Las hermosas cosas están destinadas a romperse, a formar un pacto entre ellas para durar sólo lo necesario. Conspiran para romper el corazón de un mago y hacerlo débil y necesitado de cosas nuevas. O al menos eso le habían enseñado a Blaise, quien su astuta y ambiciosa madre no había tardado en moldear como unos zapatos recién comprados, que se ponía cada que le daba la gana. Ella pensaba que tenía una baza ganadora en lo tocante a su hijo y puede que tuviera razón. Hay padres que no saben ser otra cosa para sus hijos que el obstáculo más grande, haciéndolos miserables e infelices. Y quizá fuese eso todo lo que ella quisiera que Blaise fuera, pero éste sabía a su muy temprana edad como burlar los propósitos de ella.

Aún así le sorprendió verla en el comedor de los Malfoy, fría y bella como una estatua de mármol, su voz aguda contrastando con la grave voz de bajo del señor Malfoy.

- Qué sorpresa tenerte por aquí, Galatea. Pensé que dejarías que Blaise estuviese con nosotros hasta la próxima semana.

- En realidad necesito a mi hijo ahora, si no te molesta, Lucius. Me temo que es una emergencia.-

Hermosa, displicente, le robaría a Blaise todo lo que quedara mal con su imagen impoluta, lo drenaría igual que hace un vampiro con su presa. Y sin embargo, no puede decirse que tuviera la culpa. Simplemente, hay personas que saben querer y personas que saben fingir.

Merlín supiera quién era quién.

- ¿Madre?- en ese momento Blaise decidió que era táctico hacerles entender a los adultos que estaba presente- ¿Qué haces aquí?-

- Oh, cariño, que bueno que estás aquí- ella le sonrió de ese modo alentador que utilizaba cuando él estaba portándose como ella quería. - Tenemos que irnos, pero espero que te hayas divertido.

- ¿Adónde vamos?- Blaise no se movió un milímetro, queriendo que su madre se detuviera por un momento a comprender que no podía dejar a su amigo, que quería estar allí más de lo que nunca quiso estar junto a ella. Pero Galatea Zabini era una mujer que rara vez se dejaba influenciar por nadie y mucho menos por su retoño que era una hoja caída para sus delicados zapatos, listos para hormar al chico de la peor forma posible.

- Vámonos- sentenció con tranquilidad la mujer, dirigiéndole una de sus falsas sonrisas de un amor que valía lo que ella deseara en cada ocasión. El pobre Zabini apenas tuvo ocasión de agitar la mano en dirección a los padres de Draco y entonces ambos se fueron, dejando la estela de la perdición a su paso.

- Primero Theodore y ahora Blaise- la señora Malfoy suspiró en la sala de estar- ¿Crees que las cosas podrían empeorar?

Lucius Malfoy le dedicó a su esposa una rara sonrisa que iluminó su faz y la volvió veinte años más joven. Pero el gesto cariñoso se deshizo demasiado pronto en opinión de la mujer que vio como la faz de su marido se demudaba nuevamente.

- ¿Y por qué no?- preguntó él con gravedad- ¿Sabes que Theodore me agradeció que fuera a verlo? Es un chico extraño, Narcisa. Tengo la impresión de que vuela muy lejos de nosotros, en busca de algo que no podemos ni siquiera nombrar. ¿Qué debería decirle a alguien que reconoce mi presencia, pero no mi autoridad? Y Draco se rehúsa a explicarme qué ocurrió. ¿Cómo puedo poner orden en mi casa si todo lo que digo choca contra un muro?

Narcisa asintió brevemente. Había asistido al discurso casi cruel de su marido para con su hijo sabiendo interiormente que su preocupación era más seria que su estado de ánimo actual. Puede que aquel hombre no tuviera idea de cómo tratar a su propio hijo pero eso no significaba que no tuviera dudas de su comportamiento habitual. Y como siempre, Narcisa Malfoy lo compadecía porque sabía que Lucius amaba a su hijo más de lo que hubiese querido aceptar o admitir incluso ante sí mismo. Pero sólo ella y las paredes de su casa sabían esta verdad. Si le hubieran preguntado a Draco, él podría haber dicho que su padre no lo tomaba en cuenta de verdad.

- Hiciste lo correcto, Lucius. No podemos dejar pasar cosas como éstas, mentiras pequeñas que luego se vuelven contra nosotros. Draco tiene que aprender a obedecer si alguna vez quiere tomar el mando. Y sé que lo hará. Sin embargo, todavía queda mucho camino por recorrer y tantas cosas que tiene que aprender. Quizá has sido un poco duro, es todo.

- No tenemos tiempo, Narcisa. Día a día, nuestro hijo crece y se vuelve más y más voluntarioso. Y esa lengua osada que tiene le costará más de lo que imagina. No puedo permitirme el lujo de dejarlo pasar.

La señora Malfoy asintió otra vez. No añadió que hubiese deseado que Draco siguiera siendo un simple niño, aquel que cargaba y daba vueltas para hacerlo reír. Viejos tiempos. Ni siquiera el polvo la disuadía de recordarlos con toda la ternura de la que era capaz.

- Lo mejor será separar a Draco de sus amigos por un tiempo, algunas semanas, como castigo. Así entenderán la lección- dijo Lucius con su voz metálica- No quiero problemas que no esté en mis manos resolver.

- Yo le diré- se prestó Narcisa con rapidez- Quédate aquí.

Los elegantes pasos de la mujer resonaron en el comedor, en el salón y luego en la alta escalera de la casa, que conducía a los dormitorios. Allí se detuvo un instante en una puerta y, tras una vacilación, tocó la que estaba al fondo del pasillo.

- Draco, abre la puerta. – Interiormente, Narcisa se preparó para imponer disciplina y sus suaves rasgos se endurecieron de tal forma que pareció casi enojada. La puerta se abrió al cabo de un instante y un niño vestido en pijama plateada y con los ojos tapados con un brazo se asomó en la oscuridad.

- ¿Estás llorando?- preguntó asombrada Narcisa. Draco no contestó pero por la forma en que respiró lentamente y le dio la espalda a su madre, ésta comprendió que en efecto, el niño lloraba.

- ¿Qué es lo que quieres, madre?- la voz del niño sonó dura y contrita.

- Vengo a avisarte que Theodore está mejor- el tono de ella fue duro en respuesta- Tu padre y yo hemos decidido que no verás a tus amigos en dos semanas.

Draco- por fin- movió el brazo de su rostro, mostrando el semblante empapado en lágrimas.

- ¿Por qué?- quiso saber respirando con dificultad.

- ¿Cómo que por qué? ¿Esperabas otra cosa diferente teniendo en cuenta como te has portado?

- Yo…- Draco frunció los labios en su mohín favorito- Padre me ha gritado.

- Y bien merecido te lo tienes- dijo Narcisa, severa- ¿En qué estabas pensando?

- Sólo era un juego- protestó el niño- No sabíamos que acabaría así.

- ¿Hace cuánto que juegas así con Theodore?

- Esa fue la primera vez- mintió el rubio ladinamente- Y además, realmente no pasó nada. ¿Podrías dejarme salir a jugar con Blaise, al menos?

- Estás castigado, jovencito- Narcisa se esforzó por endurecerse, por el bien del muchacho- Ya dije.

Salió de la habitación muy digna, esperando haberlo metido en cintura. Pero en ella se oyó el sonido de algo al estamparse contra la puerta, fruto de la reacción de su hijo ante sus palabras.

- Limpiarás el desastre- le anunció Narcisa con voz que tenía un toque de picardía- Esta vez el berrinche no te servirá.

En la habitación, Draco frunció aún más los labios con rabia y se cruzó de brazos.

- Veremos- dijo, sus ojos grises acuosos pero serenos.