La Primera Dama
Estaba furioso, furioso y lastimado. Le hervía tanto la sangre que prácticamente no durmió y saltó de la cama en el momento que sonó el despertador, salió de su casa hecho una furia y llegó al cuartel de la misma manera. Aparentemente sus facciones reflejaban su deseo de incendiar todo a su paso, ya que muchas personas que se cruzó en los pasillos huían de él sin siquiera saludarlo por su condición de superior. La había visto pensativa durante el día e incluso cuando llegó al apartamento en la noche, eso ya lo había asustado, tal vez se estaba planteando si seguir soportándolo era buena opción, tal vez profundizar su relación en la intimidad era lo que faltaba para que ella se diera cuenta que era mejor estar lejos de él (¿De verdad con sólo 3 meses podría resultar insoportable?); pero por supuesto que no se esperaba lo que tenía en la cabeza.
- Faltan tal vez algunos años, pero deberías pensar en que el Führer necesita una Primera Dama, Grumann es viudo, pero el pueblo adoraba a la Señora Bradley, aún lo hace.- Le dijo ella sin levantar la vista de la comida que habían preparado para los dos, lo tomó sinceramente desprevenido esa insinuación, Riza era consciente de que existían limitaciones para eso, sino ya sería su esposa hace años; pero suponía que era natural pensar en el siguiente paso, más con todo lo que habían pasado. -Riza, sabes que adoraría que seas mi esposa, nada me gustaría más. Pero primero debería deshacerme de las molestas leyes de Fraternización, te prometo que en cuanto logre hacer algo con eso lo haremos. De verdad. - Apoyó su mano sobre la de ella y le sonrió, se sentía un poco triste de tener que negarle algo así, pero por el momento las cosas eran así. Muchas veces había fantaseado con la idea de ella vestida de blanco acercándose al altar donde él la esperaba, otras veces había tenido pesadillas con la idea de ella vestida de blanco, pero era otro hombre quién la esperaba, mientras él se sentaba entre los invitados. Cambiar las leyes no sería fácil, incluso siendo Führer podría ser considerado déspota, pero no le importaría en lo más mínimo si era por ella. - No creo que los ciudadanos aprecien mucho a una Primera Dama que sea militar y veterana de Ishval. Y mucho menos si es producto de un amorío ilegal. - ¿Qué acababa de oír? Retiró su mano y borró la sonrisa mientras la miraba como si no creyera lo que acababa de salir de su boca. Usar el término "amorío" (Lo de ilegal debía concedérselo, después de todo lo que hacían sí que iba contra leyes militares) era, como mínimo, irrespetuoso a lo que eran. Se conocían hace tanto, se querían hace tanto. Su amor había atravesado las barreras de la distancia, los años y el horror, había cambiado junto con ellos, pero era una constante que los unía junto con la promesa que hicieron frente a su escritorio. - ¿Cómo puedes decir eso? - Sentía que se le hacía un nudo en la garganta que no podía pasar, se levantó casi de un salto, se puso el abrigo y salió del departamento dando un portazo. Percibió que ella quería decir algo, pero no lo quería escuchar, ya se imaginaba qué sería de todas maneras, algo así como "Es por el bien de tu imagen" o "Sabías que iba a tener que pasar". Sí, lo sabía, pero nunca pensó en alguien que no fuera ella para eso.
Y ahora debía enfrentarla y pasar todo el día trabajando con ella. Retrasó todo lo posible su arribo a la oficina, pero era inevitable. Abrió la puerta de su oficina y ella estaba en su escritorio trabajando, como era de esperarse. - Buenos días Capitán. - Trató de mantener toda la firmeza y formalidad que podía, se estaba desmoronando por dentro. - Buenos días General. - Caminó derecho a su escritorio, evitando que ella lo viera a la cara, si sus ojos marrones se posaban en los suyos iba a flaquear, y Roy Mustang odiaba flaquear, incluso ante la mujer que ama.
Se dispuso a trabajar para intentar no caer de rodillas ante ella, pidiéndole perdón por algo que no hizo (O al menos eso creía), pero lo mataba que ella se veía tan calmada, como si nada hubiese sucedido ¿Acaso no se arrepentía de haber denigrado de esa manera su relación? ¿No le molestaba la imagen de él casado con otra mujer? Maldición, a veces no aguantaba que esa mujer fuera tan colecta. Las horas fueron pasando en silencio, hasta que se hizo la hora de salida y ellos no habían cruzado palabra en todo el día. - Permiso para retirarme General, ya terminé mi trabajo y usted el suyo. – No tuvo más opción que dejarla ir, el cuartel no era lugar para discutir lo que había pasado y ella se negaría rotundamente a hablar de eso dentro del trabajo. La observó salir por la puerta apesadumbrado, barajó la posibilidad de visitarla, pero la descartó por orgullo lisa y llanamente. Se dio cuenta que estuvo más de media hora vacilando, y finalmente se marchó a su casa.
Llegando a su casa se quitó la chaqueta del uniforme y se sentó en un sofá, estiró la mano hacía el whisky que estaba en la mesita y se sirvió un vaso ¿Qué iba a hacer? Ella estaba ignorando el asunto y él se moría por hacer algo, pero también le picaba el bichito de saberse inocente en la situación y las ganas de que fuera ella quien viniera a él a aclarar todo. Para él, el sólo imaginarla de la mano de otro hombre era inaguantable, le hacía arder el pecho, le daba náuseas; pero ella trajo la posibilidad a la mesa, como si de cambiar el color de las cortinas se tratara.
En ese instante tocaron la puerta, no esperaba a nadie (Nunca lo hacía), pero aun así se levantó. - ¿Quién es? – Hasta para él su voz sonó drenada y apagada. - Soy yo… Roy. – Su corazón se detuvo un mini segundo, ella había venido hasta aquí, juntó todas sus fuerzas ante de abrir para no tomarla en sus brazos y besarla como nunca, había una imagen que mantener. La dejó pasar, fingiendo que su presencia no era gran cosa, mientras dentro de su pecho sentía a su corazón correr a mil por hora. - ¿En qué puedo ayudarte? ¿Viniste a hacerme alguna otra recomendación para mi futuro rango? - Bueno, lo segundo tal vez no debería haber salido de sus labios, sus emociones lo habían traicionado. Ella sin mediar palabra se quitó el abrigo, dejando al descubierto un hermoso vestido color obispo, ajustado y corto, mangas hasta el codo; nunca la había visto tan sensual (estando vestida al menos). - Ese recurso es muy bajo Riza. - Cruzó los brazos en su pecho, si creía que viéndose delirantemente hermosa iba a conseguir su perdón estaba equivocada. - No sé de qué me hablas. Solo creí que la Primera Dama debe tener atuendos bonitos en su guardarropa, y este me pareció de lo más adecuado ¿Tú qué crees? - No pudo evitar suavizarse, era poco común de Riza ponerse en esa posición, y si lo hacía es porque realmente se arrepentía de lo que sucedió. - Bueno, debo admitir que es muy bello, pero un poco revelador para la Primera Dama. Aunque me aseguraría el afecto de una gran parte del pueblo. - Se acercó finalmente a ella y la rodeó con sus brazos, y ella enredó los suyos en su cuello. - Bueno, tú te encargaras del afecto de la otra porción, suena bien. - Enterró su cara en la curva de su hombro y su cuello, la había extrañado tanto todo el día, como si fuera una eternidad. – Lamento haberte lastimado, pensé que si sonaba desinteresada sobre el tema sería más sencillo para ti tomar una decisión sobre eso. No quise que sintieras que no valoro lo que tenemos, o que no me importa si te veo con otra persona. – Roy suspiró. - Yo lamento que tengas que estar pensando en cosas como esas. -
Buenas! Paso a dejarles otro capítulo de esta bella colección (Bella para mi al menos que disfruto mucho escribirla)
Siempre pensé que Riza es propensa a priorizar el objetivo de Roy por sobre la felicidad de ambos, de ahí nace este one-shot. Espero que les guste y que se entienda lo que quise transmitir.
Gracias por los comentarios y los follows, ustedes me motivan a seguir subiendo!
