Muchísimas gracias a Snape's Snake, MoonyMarauderGirl, Brenkis, GabrielleRickmanSnape, AnHi, Bladre MKT, Seyka, Lisscandy, Sayuri Hasekura, charlottealighieri y DeathEaterBlood por sus amables comentarios :)

Muchas gracias también a todos aquellos que leéis sin comentar, porque sé muy bien que a veces las palabras, las muy traidoras, se niegan a salir.

Y muchas gracias también a mi beta, R.

Disclaimer:

Julia, Nym y Eileen son mis criaturitas y las quiero mucho; pero Severus, lamentablemente, no me pertenece, y los demás personajes de la saga HP, tampoco, ya que son de J. K. Rowling.

Aún así, del mismo modo que Skármeta decía que "La poesía no es de quién la escribe, sino de quién la necesita", con Severus ocurre lo mismo: él ya no es de Jotaká, sino de todos nosotros ;)


Capítulo 4. Severus

—¿No podríamos escribir algo conjunto?

Julia sonrió con ternura y acarició el cabello de Severus que, sentado ante su escritorio, seguía sin decidirse a empezar a escribir.

—Cielo, hasta nuestra hija ha accedido a redactar su parte, no querrás que piense que te echas atrás a la mínima dificultad. Piensa que tú eres su modelo a seguir…

Severus gruñó por lo bajo.

—¿Por qué todos os empeñáis en hacer que hable de mis sentimientos? Ya sabéis que ni soy bueno expresándolos ni me gusta hacerlo…

—El álbum va a quedar precioso y muy emotivo si cada uno ponemos cosas bonitas de los demás. Nym va a mezclar fotografías, dibujos y cosas así intercaladas con nuestros textos; va a ser magnífico, ya lo verás. ¿O es que vas a dejar que todos aportemos nuestro granito de arena menos tú? Además, nadie tiene por qué verlo, es sólo para nosotros.

—¿Ah, sí? ¿Me puedes dar tu palabra de que Nym no va a ir enseñándoselo a todo el mundo en la fiesta de aniversario? —Julia guardó silencio—. Me lo imaginaba.

—Severus, si quieres la palabra de alguien, tienes que pedírsela a Nym, no a mí. Y la verdad, no creo que se lo enseñe a nadie, no. Sabe que se juega el cuello si enseña algo en donde tú o Eileen habláis de cosas íntimas. Supongo que recuerdas lo que pasó cuando le quitó su diario personal…

Severus lo recordaba, había tenido que hacer verdaderos esfuerzos por no reírse ante el gran talento de su hija: con sólo trece años había conseguido teñir de rosa y azul a su hermano de la cabeza a los pies. Severus no sabía de dónde podía haber sacado el hechizo, pero estaba seguro de que no venía en los libros de texto de su curso. Él mismo tuvo que deshacer la magia de su hija, ya que ella se negó en rotundo a hacerlo, incluso bajo amenaza de castigo. Después de eso, Eileen había quemado el diario y jurado que no escribiría nunca otro.

Rememorando esto, Severus suspiró y su mujer, viendo que ya había ganado la partida, apoyó sus manos en los hombros de su esposo y presionó sólo un poquito más:

—Oh, vamos, cariño, sólo tienes que explicar algunas anécdotas de cuando eran pequeños y cosas así, les va a encantar leerlo, seguro…

El hombre volvió a gruñir.

—Está bien, haré lo que pueda —refunfuñó, tomando la pluma y hundiéndola en el tintero.

Supongo que ya imagináis todos cuán difícil me resulta esto. Escribir sobre mis... sentimientos, hablar de ellos, o incluso analizarlos siquiera, nunca se me ha dado bien.

Merlín, ¡si incluso me he pasado media vida fingiendo que no los tenía! Si no fuera porque me habéis asegurado una y otra vez que nadie que no seamos nosotros mismos podrá leer jamás esta redacción –y, porque, sólo por si acaso, yo mismo me encargaré de poner varios hechizos de protección cuando esté acabado el álbum– no habría accedido jamás a esto. Si lo he hecho es, únicamente, porque me lo has pedido tú, Nym. Sólo tú o tu hermana sois capaces de hacerme cometer una locura semejante, creo que ni siquiera vuestra madre lo conseguiría.

—Oh, yo que no lo conseguiría, mi amor, sin ninguna duda. Si no fuera para contentar a los niños, no habrías cogido siquiera esa pluma. Pero no me importa, sabes que te adoro igualmente —susurró Julia junto a su oído con voz cálida, abrazada a su cuello desde la espalda.

—Si sigues susurrándome así, no voy a ser capaz de concentrarme —protestó él, dándole un mordisquito en el brazo.

Julia rió suavemente y besó la nuca de su esposo mientras él volvía a escribir.

Vosotros tres sois toda mi vida, la única razón de mi existir, y haría cualquier cosa por protegeros, por asegurarme de que estáis bien y de que sois felices.

Severus se detuvo de nuevo, con la pluma en alto.

—¿Sabes? Tenías razón, por escrito es mucho más fácil...

—Te lo dije.

—No es ni mucho menos como tener que mirarles a los ojos y decirles todo esto en persona… eso no podría hacerlo, pero de esta manera es casi como si estuviera reflexionando sobre ello interiormente. Empiezo a entender por qué la gente escribe diarios. Creo que deberé tener cuidado, no sea que acabe confesando cosas que no quiero.

—Cariño, no descubriremos nada de ti que no sepamos ya.

—Ah, ¿no? ¿Así que crees que lo sabes todo sobre mí? —dijo él, girándose hacia su esposa con una sonrisa maliciosa.

—Sé todo lo que importa —replicó ella.

—Mmm… no estés tan segura de eso —repuso, con aire misterioso—, un hombre siempre tiene secretos. Pero, aunque así fuera…

—Ya… prefieres preservar tu reputación de murciélago, lo sé —Severus le dedicó una mirada amenazadora—. Oh, está bien, mejor me voy, sé cuándo estoy de más, como cuando te pones a cuchichear cosas al oído de tu hija.

—Nosotros no cuchicheamos, sólo tenemos conversaciones privadas. Además, creo recordar que tú también cuchicheas con tu hijo...

—Oh, Nym y yo nunca nos decimos nada importante, sólo lo hacemos para demostraros que nosotros también sabemos guardar nuestros secretitos.

Severus rió con sorna.

—¿Y qué te hace pensar que Eileen y yo no lo hacemos sólo para poneros nerviosos y que creáis que os ocultamos cosas?

—Oh, ¿eso hacéis? Qué malvados sois, ¡tener Slytherins para esto...! —Julia sonrió ampliamente y besó con ternura los labios de su marido— Sea como sea, mejor te dejo solo para que puedas ordenar mejor tus ideas y puedas escribir sin que te moleste.

—Tú nunca me molestas, Julia —susurró Severus contra los carnosos labios de su mujer.

Julia se estremeció.

—Recuérdame que explore más a fondo ese concepto después, cuando hayas acabado con esto y seamos libres de hacer lo que queramos.

—¿Libres? ¿Insinúas que estamos solos?

—Nym se ha ido a pasar el fin de semana con Hugo y con Lena.

—Oh, Merlín poderoso, ¿estamos los dos solos y me haces perder el tiempo con esta estúpida redacción?

—Tsk, tsk, no te metas con el regalo del niño, lo del álbum ha sido una gran idea.

—Sí, genial, pero, ¿puedo dejarla para más tarde? —dijo, rodeando la cintura de la mujer con sus brazos, pero ella se los apartó.

—No, cielo, lo primero es lo primero.

—Mierda... —gruñó— si al menos Nym pasara más tiempo fuera de casa... pero el chico nos ha salido hogareño.

Aún entre protestas, el hombre volvió a girarse hacia el escritorio y tomó de nuevo la pluma para seguir escribiendo. Suspiró. Se arregló el puño de la camisa. Se rascó la oreja. Volvió a suspirar.

—Cariño —susurró Julia junto a su oído, apiadándose de su desesperación—, simplemente explica alguna anécdota que recuerdes con más claridad, si no se te ocurre ninguna otra cosa.

Le besó la coronilla y salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella.

Severus suspiró una última vez, mojó la pluma en el tintero y volvió a escribir.

Recuerdo que cuando erais aún muy pequeños, hijos, teníais un instinto especial para ponernos en apuros a mamá, a mí, o a los dos a la vez. Como cuando, después de acostaros y comprobar que os habíais dormido del todo, pensábamos que ya éramos libres de ponernos… cariñosos, y de repente aparecíais vosotros para demostrar que en una casa con niños no se puede contar con el lujo de disfrutar de un momento de intimidad.

O como cuando aparecíais en nuestro cuarto por la mañana y nos despertabais saltando en nuestra cama sin ningún miramiento, pisando por cualquier sitio, que solía ser precisamente la parte más sensible de mi anatomía, y chillando como locos que os hiciéramos un hueco. Todavía con los ojos pegados, los tímpanos reventados y yo además con la entrepierna dolorida, mamá y yo nos apartábamos un poco para dejar espacio entre los dos y entonces, cuando ya os habíais acomodado, empezaba el implacable interrogatorio.

"¿Qué crees que seré cuando sea mayor? ¿Me haré tan alto como tú, papá? ¿Podremos ver un día tu despacho? ¿Cómo os conocisteis mamá y tú? ¿Nos explicas alguna historia de cuando eras profesor? ¿Cómo era la tienda de pociones que tenías en Hogsmeade, mamá?", y así, entre pregunta inocente y pregunta inocente, de vez en cuando nos colabais alguna de respuesta difícil o incómoda que nos ponía en un verdadero aprieto, como en aquella ocasión en que –no debíais tener más de seis años– Nym rozó con un dedo una de las cicatrices de mi torso y dijo:

¿Cómo te has hecho esto?

Se la hizo en la guerra, cariño —contestó mamá.

¿Y esta? —preguntó, señalando otra.

También —dije yo.

¿Y esta? ¿Y esta?

Todas se las hizo allí —repitió Julia.

¿Todas? —insistió Nym, observando boquiabierto las líneas blanquecinas de mi piel.

Asentí levemente con la cabeza.

Así es.

¿Y te duelen? —intervino entonces Eileen.

No físicamente.

¿Qué quiere decir "fisamente"? — preguntó de nuevo Nym.

Quiere decir que lo que más le duele es el recuerdo —me ayudó mamá.

¿Y te las hiciste luchando contra los malos?

Esa pregunta me hizo sentir mal. Muy mal. ¿Cómo explicarle a mi hijo lo que había hecho? ¿Cómo decirle a esos ojos abiertos de par en par, ansiosos por saber, que su padre había sido partícipe de multitud de atrocidades? Ahora que sois mayores sois capaces de entender los errores de un joven inconsciente como era yo cuando me hice mortífago, pero con sólo seis años y esa inquebrantable admiración por mí que sentíais…

No… en realidad no… —contesté, y su cara de confusión me partió el corazón.

Para acabarlo de arreglar, Eileen adoptó esa misma expresión de no entender lo que decía, y los dos me observaron expectantes, deseando que hubiera alguna milagrosa explicación para aclarar esa incomprensible respuesta, intuyendo que ahí se escondía algún oscuro misterio que demostraba que vuestro padre no era el monstruo que esas palabras parecían indicar. Por desgracia, no era así.

Nym, Eileen… veréis… la verdad es que… me temo que cuando era muy joven tomé algunas malas decisiones que me llevaron a cometer unos errores terribles…

Que después se pasó el resto de su vida enmendando —intervino mamá—. Antes de que preguntéis, "enmendar" quiere decir "reparar", "pagar". Mirad, en realidad papá sólo luchaba por lo que creía, pero después se dio cuenta de que esas creencias que tenía por verdaderas estaban equivocadas. Todos cometemos fallos —prosiguió, acariciando vuestras mejillas, sonrosadas como manzanas—, es normal, pero hay que saber darse cuenta de cuándo lo hemos hecho mal y procurar reparar nuestros errores siempre que sea posible.

¡Papá no se equivoca nunca! —chilló entonces Eileen, con su voz estridente de niña pequeña.

Se veía tan ofendida que hubiera resultado gracioso si no fuera por el tema que estábamos tratando.

Sí, sí que lo hace —dije, muy serio—. Pero intenta con todas sus fuerzas que eso ocurra cada vez menos.

Tanto Nym como Eileen parecieron un poco desinflados ante esta declaración, pero entonces Julia dijo, con fingido asombro:

Pero, ¿qué os pasa? ¿Es que acaso creéis que es mejor una persona que no se equivoca nunca que otra que lo hace y corrige su error? ¡Ni hablar! Todos vamos aprendiendo a medida que nos equivocamos, es la única manera de mejorar. Alguien que nunca se ha equivocado no es que sea más listo ni más bueno que los demás, es sólo que ha tenido mucha más suerte; y a alguien con suerte no se le puede admirar, porque sus méritos no son algo que haya conseguido por sí mismo.

Me sentí enormemente agradecido por su intervención, no habría podido soportar la mirada de decepción que había asomado a vuestros ojos y que su explicación logró disipar; pero aún así, no pude evitar plantearme si no me había vuelto a equivocar de manera terrible, si no había sido un inconsciente formando una familia.

¿No era acaso la persona menos indicada para criar a unos niños? ¿Con qué derecho podía intentar inculcaros unos valores que yo mismo tuve que asimilar a la fuerza?

Ese incidente me afectó bastante, como también ocurrió el día que decidisteis preguntarme sobre la marca tenebrosa de mi antebrazo, ya muy borrosa, pero todavía visible.

¿Cuándo te hiciste ese dibujo? Me da miedo, no me gusta la calavera.

Y a mí me da miedo la serpiente. ¿Por qué te pusiste un dibujo tan feo?

Preguntas difíciles, preguntas dolorosas que ni podía ni quería contestar.

No debéis tener miedo de vuestro padre. Nunca. Eso es sólo un dibujo que ya está casi borrado.

Julia, siempre a mi lado, inamovible, brindándome todo el apoyo que necesito antes incluso de que llegue a darme cuenta de que lo necesito.

Lo cierto es, aunque he tratado por todos los medios de ser mejor padre que el mío propio o el de Julia, soy consciente de que sigo sin ser el mejor ejemplo a seguir. Un padre debería ser un modelo a imitar por sus hijos, debería poder hablarles de cualquier momento de su pasado sin avergonzarse, sin desear librarse del mal trago con una mentira que tarde o temprano se acabaría descubriendo. Pero yo soy justamente todo lo contrario a eso, y aún así, de alguna manera, he conseguido tener una familia fantástica. Unos hijos de los que no podría sentirme más orgulloso y una esposa que me quiere mucho más de lo que jamás llegaré a merecer. ¿Cómo es posible?

Severus dejó la pluma en su soporte y se reclinó hacia atrás en el asiento para frotarse los ojos y el puente de la nariz con dos dedos.

—No puedo seguir escribiendo —dijo a la soledad de la habitación—. No puedo.

Se levantó de la silla y salió de la habitación buscando a su esposa. La encontró leyendo un libro en el salón, sentada en el sofá.

—¿Ya has terminado? —preguntó.

El hombre negó con la cabeza y se estiró en el sofá donde estaba su esposa, apoyando la cabeza sobre sus rodillas. Ella dejó el libro y acarició su cansado rostro con la mano.

—No puedo añadir nada más. No sé cuánto habréis escrito vosotros, pero no soy capaz de seguir. Lo he intentado, Julia, pero me duele demasiado.

—¿Que te duele? —preguntó asombrada— Pero, ¿cómo que…? Mi amor, se supone que ha de ser algo positivo, que tienes que hablar de las cosas buenas, de…

—Yo no soy así, ya lo sabes. No puedo separar lo bueno de lo malo. No soy capaz de pensar en lo afortunado que soy sin recordar lo poco que lo merezco…

Julia suspiró.

—Lo poco que lo mereces… —repitió, con aire frustrado— ay, cielo, ¿seré capaz algún día de convencerte de que todo lo que tienes te lo has ganado a pulso? ¿Que hace años que expiaste todos tus errores y no tienes por qué seguir culpándote por ellos? ¿Que ahora que eres libre y no tienes detrás a un viejo puñetero para hundir una y otra vez su retorcido dedo en tus llagas no es necesario que sigas haciéndolo tú por él?

Aún a su pesar, Severus sonrió débilmente.

—No, no creo que lo consigas… —susurró— ¿sabes? Si me hubieras dicho hace años que un día sería feliz y tendría todo esto habría pensado que estabas loca de remate.

—Bueno, tú siempre has creído que estaba algo mal de la cabeza —bromeó ella.

Severus rió.

—Eso también es verdad. Has de estarlo para haberte enamorado de mí —contestó—. Pero te lo estoy diciendo en serio… si pienso por ejemplo en cuando, con veinte años, entré a trabajar en Hogwarts bajo las miradas hostiles de todos mis colegas profesores; o cuando Harry Potter pisó el colegio por primera vez, trayéndome viejos y dolorosos recuerdos; o cuando el Señor Tenebroso regresó, prometiendo un futuro incierto y oscuro... ¡Merlín! En momentos así, ¿quién hubiera podido vislumbrar nada de esto? Cuando se desató la segunda guerra pensaba que no sobreviviría a ella. Realmente estaba convencido de que acabaría muerto. Mi único deseo era que tú sí vivieras, que salieras adelante sin mí, que consiguieras llevar una vida normal, libre de peligros y mentiras.

—Pero logramos sobrevivir los dos y ya nada de eso importa, Severus. Todo ha quedado atrás…

—Lo sé, pero lo que quiero decir es que no puedo evitar mezclarlo todo, ¿comprendes? No puedo disociarlo. Si pienso en lo bueno que hay en mi vida, me viene a la cabeza todo lo malo, irremediablemente.

—Entiendo… —contestó Julia, pensativa— entonces es mejor que no sigas con la redacción, no quiero que te pongas a darle vueltas a cosas que más vale dejar tranquilas. Y estoy segura de que esa tampoco era la intención de Nym cuando nos pidió que escribiéramos algo —volvió a acariciarle, esta vez, enredando sus dedos en su cabello con suavidad—. Pero dime, cariño… ahora que estamos recordando cosas y pensando en cómo ha ido nuestra vida… ¿qué opinas de cómo han crecido nuestros hijos? ¿No te parece que se han convertido en dos jóvenes maravillosos?

—Oh, ¡por supuesto que sí! —contestó, súbitamente animado—. Los dos son estupendos, tanto, que me siento tentado a creer que quizá no lo he hecho tan mal con ellos como temía, al fin y al cabo. Son muy sagaces y despiertos, siempre se han mostrado ávidos de conocimientos y tienen un gran corazón. Me siento muy orgulloso de ellos. Es curioso porque, físicamente, Nym se parece mucho a mí cuando tenía su edad, pero al mismo tiempo veo tantas diferencias en su aspecto… no es tan flacucho ni tan pálido y carece de ese aire tan deprimente que tenía yo, lo que le hace parecer muy distinto.

—Dilo claramente, Severus: a él se le ve feliz, bien atendido y cuidado. Tú no tuviste esa suerte.

—Cierto, y eso hace que sus facciones, aunque lamentablemente sean como las mías, no resulten tan poco agraciadas en su conjunto como ocurre en mi caso…

Julia rió.

—Oh, Dios, Severus, eres imposible…

—¡Es la verdad! —Se defendió él—. Nym es guapo, es un joven guapo y atractivo.

—¿Y tú no?

—Yo hace mucho tiempo que no soy joven.

La mujer volvió a reír.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí, lo sé, pero nunca he sido nada de eso. Ni atractivo ni mucho menos guapo.

—Permíteme que discrepe.

—Discrepa cuanto quieras, pero tu gusto para estas cosas siempre ha sido pésimo y, por tanto, no se puede tener en cuenta —Julia sonrió y él continuó hablando—. Como decía, Nym es un joven que podría considerarse apuesto, pero aún así, no se pavonea de ello, más bien al contrario. Es modesto, atento y considerado, y siempre le acompaña esa extraña alegría… no puedo expresar lo mucho que me complace que sea así.

—Es un gran chico —concordó Julia—, y tan cariñoso… es todo un amor. ¿Te acuerdas de cuando entró aquél pájaro herido por la ventana?

—Claro que me acuerdo, le faltaba un ala, probablemente se la habría arrancado una gaviota en una pelea. Yo quería matarlo y acabar con su sufrimiento, pero él se puso a llorar y a pedirme que no lo hiciera, insistió en que podíamos cuidarlo nosotros y hacer que se pusiera bien. Era demasiado inocente, ¿qué creía que iba a pasar cuando volviéramos a dejarlo en libertad? Con una sola ala no debió durar mucho tiempo, el pobre animal.

—Sólo tenía diez años y sí, era muy inocente. Tienes razón en que el pobre pajarito no hubiera durado mucho en libertad, por eso, cuando un par de semanas después lo soltamos al fin, fui yo la que acabé con él.

Severus la miró con asombro.

—¿Lo hiciste?

—En cuanto los niños se dieron la vuelta. Hubiera terminado en el estómago de algún gato, pisoteado por un transeúnte o atropellado por un coche muggle. ¿Qué querías que hiciera? Al menos los niños estuvieron dos semanas cuidándole ilusionados, disfrutaron de la compañía del animalito y se sintieron útiles. Siempre he creído que tener animales ayuda a que los niños sean más generosos, desinteresados y considerados con los demás.

—Creía que para eso estaba Eenie…

—¡No es lo mismo! Qué poca vergüenza tienes, decir eso de Eenie… —Severus rió, socarrón— como te oiga le va a dar un disgusto. Sabes que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Por eso yo quería una mascota cuando era pequeña…

—Bueno, bueno, ya es tarde para esos reproches… —bromeó Severus.

—… pero tú sólo me compraste aquel sapo viejo y enfermo… eres cruel.

Severus soltó una carcajada.

—Sí, es cierto, ya no me acordaba de aquel sapo. Pues sería viejo y enfermo, pero tú acabaste por cogerle cariño…

—Siempre he tenido debilidad por las almas incomprendidas —se mofó ella.

—Será eso —replicó él, con una mueca—. Creo que incluso le pusiste nombre… aquel bicho duró mucho más de lo que prometía su aspecto, el desgraciado.

—Se llamaba Martin, es cierto —contestó Julia, risueña—, vivió cinco años y era todo un luchador, así que no deberías meterte con él.

—En fin, dejémonos de sapos, ahora estamos hablando de nuestros hijos… Eileen… ¿qué puedo decir de ella? Es la niña de mis ojos, aunque ya sea toda una mujer. Es bonita e inteligente. Tan madura, decidida y llena de energía… tan firme en sus convicciones, tan honesta y noble… Fred no sabe la suerte que ha tenido de que no le maldijera todos los huesos cuando nos dijo que se la iba a llevar de casa. ¿Qué se ha creído ese mocoso de los Weasley? ¡Arrebatarnos así a nuestra pequeña!

—Oh, cariño, yo también me vi tentada de maldecirle, te lo aseguro. Pero se la ve tan feliz con él…

—¿Tú, maldecirle? No, Julia, tú estuviste a punto de arrancarle la cabeza… —se mofó Severus.

—¿Tan melodramática me puse? —repuso ella, algo avergonzada.

—Más aún. Ese chico no sabe lo cerca que ha estado de sufrir toda nuestra rabia en sus carnes… sólo ha pasado un mes, estoy seguro de que no has olvidado cómo te abrazaste a Nym y le hiciste prometer que él no se iría nunca de casa.

—Lo recuerdo, claro que lo recuerdo —admitió ella—. Merlín, ¿qué debió pensar Fred de mí? ¿Eileen se veía muy azorada?

—Un poco, pero no te preocupes, puede superarlo —contestó Severus, con una sonrisa pérfida—. Sin embargo, lo que sí debería preocuparte es que Nym se haya tomado demasiado al pie de la letra lo que le dijiste. Pasa mucho tiempo en casa, dejándonos pocos momentos de intimidad. Uno pensaría que después de veinte años sin ella, nos habíamos ganado poder disfrutarla de nuevo un poquito, pero míranos, estamos aquí solos de manera extraordinaria y en vez de aprovechar el tiempo… —dijo, llevando su mano derecha al lazo que mantenía cerrada la parte delantera de la túnica de su mujer para desatarlo— no hacemos más que perderlo. Se me ocurren algunas ideas que…

—A mí también se me ocurre una idea estupenda —dijo Julia, apartando la mano de su marido con suavidad—. ¿Qué tal si pones todo esto que hemos estado hablando por escrito? ¿No crees que estos recuerdos son la clase de cosas que a Nym y a Eileen les gustaría leer en tu redacción? Puedes añadirlos a lo que habías escrito antes, ya que no sabías qué más poner…

Severus entrecerró los ojos y se incorporó en el sofá para mirar a su mujer de frente.

—Eres una mujer taimada y ladina… —susurró— deberías haber sido Slytherin. Lo has estado planeando todo el tiempo, ¿verdad? Por eso me has hecho hablar de los niños…

Julia sonrió y se puso en pie.

—Cuando acabes de ponerlo por escrito —susurró en su oído—, me encontrarás esperándote en la cama… no te olvides de que Nym va a estar fuera tooodo el fin de semana…

Un estremecimiento recorrió el cuerpo del hombre, y cuando Julia dejó la sala no perdió de vista ni uno solo de los contoneos de sus provocativas caderas.

—¿Por qué no habremos comprado nunca una vuelapluma? —Se preguntó y, tras ponerse en pie, se apresuró a ir al despacho para acabar de escribir su redacción.