Regina sonrió tan pronto giró la cabeza para apartar los ojos de su prometida. No reprochaba que la joven le espiara por la ventana, pues ella hubiera hecho lo mismo de haber tenido ocasión.
«Cuidado, la curiosidad mató al gato», pensó.
Un joven salió de la nada y tomó las riendas de su caballo. Regina no pudo evitar revolverle el pelo a su paso. Con ello se ganó una mirada entre sorprendida y desaprobatoria por parte del marqués, pero Regina se limitó a mirarle fijamente, como retándole a que dijera una sola palabra. Por supuesto, el marqués no solo no abrió la boca, sino que miró aturdido al suelo.
Le gustaba sentir que lo tenía todo bajo control, incluso las emociones del marqués. Sí, a David Swan y Agust le tenía bien pillado.
Su acuerdo matrimonial había sido en realidad un acuerdo económico.
Nunca había explicado los motivos que tenía para casarse con la hija del marqués, pues no había sido necesario. Tan pronto le había expresado su deseo, el marqués había asentido con vehemencia, jurándole que su hija estaría más que encantada.
Por si se le ocurría echarse atrás, Regina le había propuesto un trato muy beneficioso para ambos: la colaboración conjunta en la administración de Los White's. Regina solo tenía que poner un poco de dinero, una mera propina para ella, pero toda una fortuna para el arruinado marqués. Durante tres años le había dado pequeños adelantos, y ahora era el momento de ver los frutos de esa pequeña inversión. Una sola mirada a su paso por la finca le bastó para saber que el marqués no había empleado el dinero tan honestamente como era de esperar.
No le asombró en absoluto. Ya iba a tomar ella las riendas. O sí o sí.
Mientras el marqués hablaba sin descanso de lo afortunado de su visita y de la satisfacción que esta le producía, Regina miró de nuevo hacia la ventana. Ella ya no estaba allí.
Una pena.
Suspiró y se apresuró a seguir al marqués, que ya había subido las escaleras de la entrada, y se dejó guiar por él hasta su alcoba, donde descansaría y se asearía del polvo del camino. Su carruaje no iba a tardar en llegar, pero ella se había adelantado para dar un paseo por la finca.
Cuando estimó oportuno bajó al Gran Salón.
Tomó asiento en una butaca y aceptó con desgana la copa de coñac que el marqués le tendió. Miró la copa con desagrado, pues no le gustaba beber tan temprano.
Jugó con la copa en su mano, removiendo ligeramente el líquido ambarino, concentrándose en su vaivén.
Por este motivo sufrió un pequeño sobresalto, y a punto estuvo de derramar la copa, cuando a los diez minutos escasos de su llegada Emma hizo su aparición.
Hubiera querido ponerse en pie de un salto, pero se contuvo y se levantó lentamente, como si todo aquello le fuera ajeno.
Con una parsimonia bien ensayada se giró para hacerle frente, pero no caminó hacia ella. Centró su atención en la madre, una mujer que, aunque era todavía muy bella, tenía la cara marcada por la tristeza y la desdicha.
La miró con absoluto detenimiento, mientras ordenaba a sus ojos que no se desviasen hacia la joven que estaba a su lado.
—Permitidme que os presente, Excelencia. Ella mi esposa.
— Y este es mi tesoro, Emma Swan, vuestra prometida.
Ella ni siquiera le miró. Mantenía la cabeza baja, en señal de humildad y sumisión, mientras hacía una pequeña reverencia y fijaba la vista en la alfombra, como si no se atreviera a alzar la cabeza.
Regina sí la miró. Fue lo único que pudo hacer, pues se había quedado sin habla, sin capacidad de movimiento ni raciocinio. La mujer que tenía enfrente era de una belleza extraordinaria, una verdadera diosa bajada directamente del Olimpo. Tenía el cabello rubio, y lo llevaba suelto, libre, sin los complicados recogidos que marcaba la moda.
Miró su rostro, pequeño y ovalado, de facciones perfectas, con una boca pequeña de labios sonrosados y una nariz diminuta y respingona que le confería cierto orgullo y altivez.
Consciente de la sonrisa de satisfacción del marqués por su reacción ante la muchacha, trató de responder de forma rápida
—Es un inmenso honor conoceros… al fin —se oyó decir.
Aunque hubiera querido, no tenía voluntad suficiente para apartar sus ojos de la criatura divina que tenía enfrente. Rogó que la joven alzara la vista y le mirara, que sus miradas se fundieran para poder decirle sin palabras lo hermosa que era.
No tuvo suerte.
Desilusionada, la guio hasta el sillón y la hizo sentarse.
Después se volvió hacia Mary Margaret y repitió el proceso..
Oyó hablar a David, pero ella apenas le escuchaba. Toda su atención estaba concentrada en la exquisita joven que tenía enfrente, esperando el momento en que sus miradas se encontrasen.
—Y dígame, Excelencia —estaba diciendo David—. ¿Qué hay de cierto sobre la ofensiva que está preparando el General Wellington en Ciudad Rodrigo contra el ejército de Su Majestad el Emperador?
—Del todo probable —contestó, sin mostrar ninguna emoción ni interés
—. El bando aliado se ha hecho fuerte en muy poco tiempo, y ahora el ejército cuenta con el apoyo no solo de los portugueses y los ingleses, sino también de las numerosas guerrillas que hay dispersas por los montes.
Regina hizo una mueca y miró el contenido de su copa. Después miró de reojo a Emma, que mantenía los ojos bajos.
—¡Ah! —exclamó alegremente el marqués—. Y ahí es donde entra vuestra Excelencia.
Regina se giró para mirarle y frunció el ceño sin comprender. —¿Cómo dice? —Vamos, Excelencia. No seáis humilde. Es sabido por todos vuestro excelente trabajo a la hora de apresar a esos delincuentes. Hasta nosotros llegó la noticia de que incluso apresasteis al Pochoreza.
Regina le miró atónito, pero después se echó a reír.
—El Pochoreza no ha sido nunca apresado, señor.
Fue consciente de la mirada asombrada del marqués y casi deseó reír de nuevo. Se aclaró la garganta y se inclinó hacia adelante.
—En realidad a quienes apresaron fueron a su madre y a su hermana.
Regina guardó silencio. Todos observaron cómo la duquesa de Warfield hacía una mueca de disgusto.
—Por mucho que digan, no todo vale en la guerra —continuó—. Las mujeres, los niños y los ancianos deberían ser protegidos a toda costa. No me gustó lo que hizo Leopold, su perseguidor por excelencia, y más aún cuando recibimos la respuesta de Pochoreza ante tal atrocidad.
—¿Qué respuesta?
—Reforzó los ataques y amenazó con fusilar a cien soldados franceses que tenía retenidos como prisioneros.
—¡Por Dios! —rugió con furia el marqués—. ¡Ese criminal debería estar colgado hace mucho tiempo!
Regina se volvió y lo miró con cólera.
—¿Acaso no actuaríais del mismo modo si alguien hiciera lo mismo con vuestra familia? ¿No trataríais por todos los medios de liberarlos, de hacer lo que estuviera en vuestras manos? ¿Quiénes somos nosotros para erigirnos como jueces?
David agachó la cabeza, rojo de rabia. Apretó los puños y se mordió el labio.
David levantó la cabeza y miró a la duquesa. Esta lo miraba fijamente, aguardando su respuesta. Para su alivio, la duquesa apartó la mirada y la fijó en las mujeres, a las que dedicó una tierna sonrisa.
—Pero no hablemos de política. Hablemos de lo que realmente importa.
Regina dejó vagar los ojos hasta Emma, pero sufrió un ligero sobresalto.
Ella la miraba con los ojos y la boca abiertos, como si algo que hubiera dicho le hubiera sorprendido. ¿Qué esperaba? ¿Que fuera un demonio o algo así? ¿Que fuera tan desalmada como parecía ser su padre?
Bien, ya se encargaría ella de borrar esa impresión.
No podía adivinar que eso no iba a hacer falta, pues Emma no salía de su asombro. Mientras la duquesa hablaba había alzado la vista hacia ella, buscando la verdad de sus palabras en sus ojos, intentando averiguar si aquella mujer estaba tratando de fingir una humanidad que en realidad no sentía solo para ganarse su afecto. Pero descubrió que la duquesa era totalmente sincera. Vio la rabia reflejada en su rostro cuando narraba con evidente disgusto cómo habían torturado a dos mujeres desvalidas.
Observó sus ojos encendidos cuando se volvió hacia su padre para enfrentarse a él.
Realmente todas las barreras que tenía contra ella se habían derrumbado con tan solo dos frases.
Regina. Se llamaba como el arcángel defensor de las mujeres y los niños, como la protectora de los desvalidos.
Se dio cuenta de que ella la miraba fijamente, y no pudo ni quiso apartar la mirada. Se atrevió incluso a sonreírle, pero alzó una ceja cuando la mujer se llevó una mano al pelo y apartó aturdido la mirada.
—Sí, sí, eso sería lo mejor —estaba diciendo su padre—. Así pues, ¿cuándo os gustaría celebrar el enlace?
Regina se miró las manos y sonrió a medias. Después miró de reojo a Emma y se reprochó haberlo hecho. No podía pensar con claridad en su presencia, y menos pronunciar palabra alguna cuando ella le miraba con esos ojos celestes.
—Dentro de cuatro semanas, esa era mi idea —Carraspeó y se movió inquieta en el sillón—. Siempre y cuando la señorita Swan esté de acuerdo.
Todos los ojos se volvieron a Emma. Su madre, asombrada. Su padre, amenazante, retándola a que discrepara. Regina, expectante.
Emma apartó los ojos de su prometida y miró a su regazo, sintiéndose de pronto incómoda por la atención que le prestaban.
—Sí… Sí, claro. Dentro de cuatro semanas me parece bien.
—Pero hay que publicar las amonestaciones, y no creo que tengamos tiempo para…
Regina alzó una mano para interrumpir a Mary Margaret, que seguía presa de su asombro por la celeridad con la que quería casarse la duquesa.
—En realidad es tiempo suficiente. Cuatro semanas es el tiempo estipulado —repuso con calma.
—Pe… pero… —tartamudeó Mary Margaret—. No tenemos tiempo para un ajuar decente, ni…
Iba a decir dinero, pero una mirada colérica y amenazante del marqués la hizo callar. Regina acudió en su ayuda y, como si fuera lo más natural del mundo, anunció:
—Si les parece bien, el miércoles vendré de nuevo para acompañarlas a Madrid. En la Plaza de la Constitución hay una pañería que es la codicia de todas las damas de la Corte. Espero que sea de su agrado.
Mary Margaret pareció aliviada.
Emma no.
La duquesa acababa de poner de manifiesto las dificultades económicas por las que pasaba la familia, y aunque hubiera debido estar agradecida, lamentaba no poder contribuir a su matrimonio con dote alguna. Miró de reojo a la duquesa, y al ver que le sonreía con simpatía y ternura se sintió de mejor ánimo. A ella no le importaba que ella estuviera casi en la ruina. Se iba a casar con ella de todos modos.
Se atrevió a devolverle la sonrisa y después apartó convenientemente la vista.
El marqués fue consciente del juego de miradas, y sin más se levantó y tomó el brazo de su esposa.
—Venid conmigo un momento, mi señora —ordenó, inflexible. Después se volvió hacia la duquesa y le miró significativamente, a la vez que hacía una ligera inclinación de cabeza—. Ruego nos disculpe, Excelencia. Olvidé que tengo algo importante que tratar con mi esposa. No me llevará más de media hora.
El marqués comenzó a andar hacia la puerta, y luego para disgusto de Emma la cerró tras él.
Emma miró estúpidamente la puerta, incapaz de creer lo que acababa de hacer su padre. ¿Acaso no sabía que no era decoroso que se encontrara a solas con ella, aunque esta fuese su prometida? ¡Precisamente porque era su prometida! Su padre acababa de romper una de las normas más importantes de la decencia, y se preguntó qué le habría llevado a hacer tal atrocidad.
Sintió los ojos de la duquesa fijos en su rostro, lo que le provocó un violento rubor que lo tornó carmesí. Se odió a sí misma cuando notó que las palmas de las manos se empapaban, y más aún cuando sintió el temblor de sus piernas.
—No debéis tenerme miedo.
La voz de la duquesa era baja y sensual, lo que hizo que efectivamente sintiera pánico. Tragó saliva con fuerza y se obligó a girar la cabeza para mirarla.
—No os tengo miedo, Excelencia —mintió.
Regina se hundió en el sillón y cruzó las piernas, sin dejar de mirarla ni un solo instante.
—Bien —dijo con calma—. Entonces, ¿qué es lo que hace que os tiemble el labio? ¿Timidez? ¿Nervios, tal vez?
—No, no, Excelencia… —se apresuró a precisar ella.
—¿Teméis que me abalance sobre vos? ¿Es eso? —preguntó divertida.
Emma abrió los ojos como platos. Comenzó a negar con la cabeza, con tanto ímpetu que algunos rizos le golpearon el rostro. Regina pensó que no podía ser más hermosa.
—Estoy segura de que no haréis tal cosa —confesó.
Regina se golpeó los labios con los dedos, y después se inclinó hacia delante para mirarla fijamente.
—¿Y qué os hace estar tan segura? —quiso saber, intrigada.
—No puedo saberlo con certeza —señaló Emma con franqueza—. Pero algo me dice que nunca se aprovecharía de mí, Excelencia.
Regina tuvo ganas de reír, pero se dijo que eso no haría más que empeorar las cosas
—Quiero poner un par de cosas en claro, Emma. La primera, y más importante, es que no debes tenerme miedo —Observó cómo sus ojos azules se clavaban en los suyos, prestándole la más absoluta de las atenciones—. En segundo lugar, cuando estemos en privado no seré excelencia ni me tratarás de vos. Soy Regina para ti, tu prometida.
—Pero no es correcto —interrumpió Emma.
—Emma, en un matrimonio debe primar la confianza y el respeto. La cortesía es de cara al público. Pero en la intimidad debemos ser… amigos, compañeros.
Emma la miró atónita. Aquello era demasiado para ella. Esa mujer no solo era hermosa y joven, sino que además la trataba como a una igual.
—Como gustéis… como gustes —corrigió cuando Regina tosió.
—Eso está mejor. Como iba diciendo, hay cosas muy importantes para mí. He enumerado la confianza y el respeto, pero también quiero absoluta franqueza. Por eso es mí deber preguntarte lo siguiente: ¿qué opinas de todo esto?
Ante el rostro atónito de Emma, Regina se permitió el lujo de sonreír. Al fin y al cabo, estaba consiguiendo que le prestara toda su atención. Bien, perfecto.
Emma no sabía qué decir. ¿Qué era lo que le estaba preguntando exactamente? ¿Qué, por todos los santos?
—No entiendo tu pregunta —confesó finalmente en un hilo de voz.
Juntó las manos sobre su regazo y fijó allí los ojos—. ¿Puedes ser más explícita?
—Puedo —concedió Regina.
Guardó silencio unos segundos, tan largos que Emma creyó que nunca contestaría, pero entonces Regina comenzó a hablar de nuevo.
—En realidad lo que me gustaría saber es tu opinión sobre nuestro matrimonio.
Esa mujer no sabía lo que le estaba pidiendo. Si no hubiera pedido absoluta franqueza habría sido más fácil, pero ahora entendía claramente que no podía darle una respuesta cortés para salir del paso. Titubeó y comenzó a buscar una respuesta adecuada, pero no encontró ninguna.
Finalmente decidió ser honesta con ella.
—Excel….perdón, Regina. Debo recordarte que me has pedido absoluta franqueza.
—Así es —coincidió ella—. ¿Tengo motivos para creer que no me va a gustar tu respuesta?
Ante el asentimiento de Emma, Regina se sintió desolada. Si la muchacha le decía que no le quería como esposa sabía que la iba a complacer rompiendo el compromiso.
«Mentirosa», se dijo. «La harías tuya igualmente».
De pronto se sintió violenta, furiosa, irritada. Diablos, ¿qué importaba si la muchacha no le quería como esposa? No tenía más remedio que casarse con ella. Si debía ser sincera, en realidad no estaba furioso con ella, sino consigo misma. No le gustaba lo que estaba sintiendo por esa mujer.
Demasiada pasión. Demasiada ternura. Demasiado…
—No me malinterpretes, Regina. Debes entender que apenas nos conocemos, aunque llevemos tres años comprometidos. Es la primera vez que te veo, pero aun así, no me has causado mala impresión.
—¿Ah, sí? —Quiso saber Regina, un poco más calmada y mucho más esperanzada—. ¿Y puedo saber cuál es esa impresión?
—Bueno… —comenzó a decir Emma, mientras se acomodaba en el sillón—. Para empezar, eres una mujer justa, si tu opinión sobre lo que hicieron con esas pobres mujeres es cierta, cosa que no pongo en duda.
También eres compresiva y considerada, cosa que queda demostrada al querer saber mi parecer. No estoy acostumbrada a que se me consulte…
Regina sonrió cuando la muchacha hizo lo mismo de forma irónica.
Ahora se estaba alisando una arruga imaginaria del vestido, el mismo que había comprado hacía dos meses en París. Ahora no lo veía como un vestido, sino como el precioso envoltorio de un regalo exquisito, algo sin embargo inservible, molesto, que era preciso desechar a toda costa para descubrir lo que esconde. Casi imaginó el ruido de la gasa al deslizarse por su cuerpo mostrando poco a poco cada centímetro de su cuerpo, primero los hombros, luego los senos…
Se sintió acalorada.
Emma pudo adivinar sus pensamientos, y al ver que esa mujer recorría su cuerpo con ojos hambrientos se ruborizó de la cabeza a los pies.
—¿Y eso es todo? —preguntó Regina, sorprendiéndose cuando su voz sonó enronquecida.
—Bueno… También eres….
—¿Soy…? —animó a que continuase al ver que ella no lo hacía.
—Muy hermosa —musitó Emma.
Regina sonrió con suficiencia, halagada por su cumplido.
—¿Eso es importante para ti? —preguntó, no sin cierto sarcasmo.
—Cuanto menos, ayuda.
Regina echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada. Emma, en cambio, se sintió mortificada.
—Disculpad si he sido demasiado franca, Excelencia…
—Regina —corrigió ella divertida—. Y no tienes que disculparte, Emma
Yo misma te lo he pedido.
Pasaron unos segundos sin decirse nada, mirándose de reojo, estudiándose el uno al otro. De pronto las miradas se hicieron más intensas, y Emma supo que era el momento de romper el silencio, antes de que los ojos hicieran un estropicio mayor del que estaban haciendo.
«¡Qué calor hace, por Dios!».
Buscó con qué abanicarse, pero al no hallar nada usó sus manos.
Regina reprimió una sonrisa, pues no quería incomodarla más.
—Regina, te ruego me perdones si mi opinión sobre ti es tan superficial, pero no puedo añadir nada más, pues acabo de conocerte.
—Tienes razón, Emma. Yo misma peco de superficial, pues aparte de que eres increíblemente hermosa, no sé nada de ti. Por eso había pensado enmendar nuestro error.
—¿Error? —preguntó aterrada. ¿Qué quería decir, que no se iban a casar, que el compromiso quedaba roto? Si así fuera, su padre iba a matarla. ¿Era por algo que había dicho?
—El cortejo, Emma. No has sido debidamente cortejada —se apresuró a calmarla cuando vio el pánico en sus ojos azules—. Por lo tanto, he decidido cortejarte.
—Pero entonces, ¿no vamos a casarnos en cuatro semanas?
—Por supuesto que nos casaremos en ese plazo. Verás, Emma, salvo esta semana que estaré en Madrid, las siguientes tengo que partir a Asturias, pues han surgido problemas en una de las minas que poseo cerca de Llanes.
Apenas llegaré a tiempo para la boda, por lo tanto debo posponer el cortejo hasta que estemos casados.
—¿Vas a cortejarme aunque estemos casadas?
Regina sonrió ante la cara de incredulidad de Emma. Hiciera lo que hiciera, se la veía condenadamente hermosa.
—Para empezar, cuando nos casemos nos quedaremos dos semanas en Madrid, ya que tengo que resolver unos asuntos sin importancia en la capital y aprovecharemos para disfrutar de las fiestas de San Isidro. Pero luego volveremos a Los White's, donde viviremos una temporada, pues pienso ocuparme personalmente de la finca. Quizá así, en el sitio donde has vivido y crecido, no te sea tan difícil acostumbrarte a mí.
Emma no salía de su asombro. Ella siempre había querido salir corriendo de Los White's, pero el amor que sentía por su madre le había impedido hacer la locura de escaparse tiempo atrás. Era por ella por quien se sentía más afligida cuando pensaba en su nueva vida, y ahora la duquesa simplificaba todo. Quizá su presencia fuera el consuelo que estaban necesitando, pues algo le decía que su padre no las golpearía mientras Regina viviera en Los White's. Dejó escapar un suspiro de alivio y le sonrió con sinceridad.
—Eres muy considerada, Regina. Mi madre y yo te lo agradecemos. Estamos muy unidas, ¿sabes?
—Puedo imaginarlo —respondió la duquesa. Después desvió los ojos y carraspeó con fuerza, mientras se movía inquieta en el sillón. Aquella parte había sido fácil, pero la otra… — Hay una cosa más, Emma. Quería hablar de… nuestra intimidad.
—¿Nuestra… intimidad? —preguntó, incómoda no tanto por la pregunta sino por la actitud de la duquesa, que rehuía su mirada y se mesaba el cabello.
—Me refiero a nuestra falta de intimidad.
Emma ahora sí que no sabía que pensar. No llegaba a comprender lo que esta mujer trataba de decir, y sabía que sus ojos, fijos en los de la duquesa, no estaban ayudando a que la mujer se expresara con claridad.
—Verás, Emma, no intimaremos… No hasta que estés lista para mí —se apresuró a corregir, al ver los ojos agrandados de Emma.
—Oh —se oyó decir a sí misma. Como un balde de agua fría. Humillada, abatida, desilusionada.
Dejó caer los hombros y escondió la barbilla en su pecho, tratando de ocultar el violento sonrojo de rabia y vergüenza. ¿Tan poca cosa era ella? ¿Tan poca mujer?
—Si es vuestro deseo… —aceptó en un hilo de voz.
Regina no supo qué creer. En el momento de tomar esa decisión se había imaginado la escena con su prometida a punto de saltar de alegría, dado que apenas se conocían, pero juraría que había visto desilusión en sus ojos antes de agachar la cabeza.
—Mi deseo, Emma, poco o nada tiene que ver con esta decisión —señaló con voz tan tierna y sensual que Emma levantó la cabeza para mirarle
—Deseo hacer las cosas diferentes, deseo que busquemos nuestra comodidad, Emma. No quiero que llegues a la errónea conclusión de que no te deseo, pero quiero que me desees tú también.
Y ahora era el momento de desmayarse. Por supuesto no lo hizo, pero Emma casi deseó poder hacerlo. Esta mujer era demasiado buena. Ahora entendía a dónde quería llegar, y no pudo estar más de acuerdo con ella.
—Sin embargo, has de saber que hasta que no hayamos tenido… intimidad, hasta que no hayamos consumado el matrimonio, no estaremos realmente casadas —apuntó, asombrada consigo misma porque su voz sonó serena y madura.
—Punto de más a nuestro favor, Emma. Si no hemos tenido intimidad, es más fácil romper nuestro enlace en el caso de que, ruego a Dios no se dé el caso, no nos llevemos bien. No podría tener a mi lado a una mujer desdichada que odiara cada día de su vida.
Emma asintió, comprendiendo. La duquesa se levantó, se acercó a ella y le tendió la mano. Emma la miró maravillada. Se levantó del sillón y alzó la mirada, buscando los ojos de la duquesa. Brillaban sonrientes, cálidos y acogedores. Se perdió en ellos.
Se quedó allí parada, con su mano aferrada a la de ella y la cabeza echada hacia atrás para poder mirarle.
Se percató de que estaban demasiado cerca, apenas a una pulgada de distancia de la una y de la otra. Se sintió atraída hacia ella como si fuera un imán, y sufrió un sobresalto cuando vio que la duquesa inclinaba la cabeza hacia ella.
—La próxima vez que me mires así, tendré que besarte —susurró Regina, sus labios peligrosamente cerca.
Emma sintió el aliento de la mujer en su cara, y no pudo evitar cerrar los ojos.
Lo siguiente que escuchó fue la risa baja y grave de la duquesa. Cuando volvió a abrir los ojos, ella se había separado y la miraba divertida.
Para desconsuelo de ambos escucharon la voz del marqués, que venía por el pasillo hablando en voz inusualmente alta.
«Dios Santo», pensó Emma. Su padre no podía haber sido más inoportuno, pues por un segundo había creído que Regina iba a besarla.
Esta vez, como tantas otras, odió la voz de su padre.
¿QUE OPINAN?
