Escribir dos long-fics a la vez me va a matar pero últimamente tengo exceso de tiempo así que los fastidiaré seguido con mis publicaciones.

Capítulo

3

"Y Aunque Se Caiga El Cielo"

Dean no estaba seguro de cuando había sucedido, y tampoco del cómo. Pero Castiel marcó un antes y un después en su vida. Habían tantas cosas extrañas en ese sujeto, y era precisamente eso lo que hacía que el rubio se sintiese más atraído por él. Como si hubiese algo oculto detrás de sus ojos azules y esa barba descuidada; algo que, si lograba descubrir, lo haría pedazos pero al mismo tiempo llenaría ese vacío que tenía en su pecho.

Nunca había pensado demasiado en su soledad; había estado demasiado ocupado en Sammy, y después de que su hermano se fuera a Nueva York la pasaba trabajando o malgastando su tiempo con algún hombre o mujer a quién después de follárselo no volvía a ver.

Había estado demasiado ocupado como para notar que, a pesar de ser inmensamente feliz con su familia, Bobby, Ellen, Jo y Sam; siempre hubo algo que faltaba. De alguna forma no bastaba ir a trabajar todas las mañanas, conducir a su nena, comprar café y regresar a casa por una buena cena y un merecido descanso.

Durante los seis meses que transcurrieron desde que conoció a Castiel al compartir ese taxi, empezó a preguntarse si ese "algo" no había sido, todo ese tiempo, aquel hombre.

-Eres un cursi –le decía Jo cuando lo pescaba pensando en Castiel.

-Sólo es mi amigo –replicaba el rubio, malhumorado. No le gustaba ser visto como una adolecente enamorada.

Tras invitar a Castiel al partido baseball local las cosas fluyeron con una naturalidad que alarmó a Dean. Era como si se conocieran de antes, como si sus almas, mucho antes de ser, se hubiesen fundido. Se volvieron grandes amigos, y no pasó mucho tiempo para que Dean invitase a Cas a la boda de Jess y Sam, donde lo presentó a su familia.

A sus encuentros de los viernes por la noche para ir a algún partido del equipo local, se sumaron unas cuantas salidas a un bar cercano los domingos. Pronto Dean iba a ver a Castiel a la estación de combustible donde éste trabajaba para sus sábados de películas de acción a la media noche. Y, de alguna forma, terminaron por verse los miércoles para almorzar juntos, y de un momento a otro Castiel cenaba en casa de Dean casi todos los días.

-¿Tan mal cocino? –el rubio había enarcado una ceja la primera vez que cenaron y Cas se limitó a juguetear con la comida. Pero conforme pasó el tiempo descubrió que el castaño no comía demasiado.

Además Castiel era muy reservado, como si ocultara algo. Pero Dean estaba orgulloso de decir que, poco a poco, había ido rascando ese muro hasta derrumbarlo casi por completo. La primera vez que apareció en el trabajo del moreno a éste casi le da un infarto. Cuando lo fue a ver a su apartamento y conoció a ese extraño hermano suyo, Gabriel, Castiel se había puesto tan pálido que Dean estuvo a punto de llamar a emergencias.

Pero finalmente Castiel pareció rendirse, y el rubio considero un logro el hecho de que lo invitase a ver una maratón de una serie vieja en su apartamento.

No habían ido más allá de una amistad, de una que otra mirada demasiado larga, un roce de manos y una sonrisa, porque Castiel a veces parecía quererlo cerca, demasiado cerca, y otras estaba demasiado distante, como si se sintiera culpable con sólo saludar al rubio.

Dean había llegado a abrazarlo cuando el equipo de los Jets ganó un partido importante, y ambos estaban viéndolo desde un bar, pero Castiel se había tensado tanto que el rubio lo lamento y se disculpó.

-No es tu culpa, Dean –el moreno le había restado importancia-. Es sólo que… no lo sé –sacudió la cabeza. Pero cuando ya Dean se había supuesto derrotado, el castaño le tomó la mano, dándole un ligero apretón.

En verano adquirieron la costumbre de salir de Newark, a pescar en un pueblo a dos horas de allí. Fue entonces cuando Dean finalmente le pregunto a Castiel sobre su familia.

-Mi padre se marchó –había dicho Castiel, como pensando muy bien cada una de sus palabras. Aunque Dean presintió que no mentía-, y mis hermanos tienen demasiadas riñas entre ellos. No los he visto desde hace mucho y espero que se mantenga así. Al único que tengo es a Gabriel.

-Son muy unidos –comentó Dean, acelerando el Impala.

-Es un idiota –afirmó Castiel, con su seria solemnidad, lo cual arrancó una risa al rubio.

A causa de esa risa, los ojos azules de Castiel lo habían mirado largamente. Dean supuso que finalmente darían ese paso, que finalmente se aproximarían y habría un beso o quizá algo más. En lugar de ello, al llegar a Newark y despedirse, Castiel desapareció.

Los primeros días Dean estuvo preocupado pero se limitó a controlar su deseo de llamarlo. Al tercer día entró en desesperación. Llamó al apartamento de Castiel y nadie respondió el teléfono, llamo al celular del moreno y tampoco recibió contestación.

Esa noche estaba debatiéndose si debía ir verlo al apartamento y quedar como un completo acosador. O esperar, y morir de angustia. Tras horas de estar divagando entre la una opción y la otra, tomó el su auto y condujo bajo la lluvia torrencial con la que el cielo parecía caerse sobre Jersey.

….

-Estas siendo un idiota –refunfuñó Gabriel, con los pies cruzados sobre la mesa de centro y los ojos clavados en el televisor.

Castiel iba y venía detrás de él. Había pasado los últimos tres días encerrado en su habitación sin moverse en absoluto. No necesitaba comer, ni dormir, pero a veces Gabriel había pensado que estaba en alguna especie de coma.

Esa tarde, cuando un relámpago atravesó el cielo y la lluvia se desató, había salido. Sólo para empezar a murmurar mientras caminaba como un león encerrado por la sala del apartamento. Era un comportamiento estúpido, según Gabriel; y demasiado humano hasta tratándose de Castiel.

-¿Qué quieres que haga? –gruñó Castiel, plantándose entre el televisor y el arcángel.

-Que me dejes ver la serie.

-Dean… Dean es feliz con su vida. ¿Sabes cuantas veces lo vi sonreír en todo el tiempo que nos conocimos? Juro que puedo contarlas con los dedos. Estaba roto, él lo estaba… y ahora estoy regresando a él para destruir su mundo… otra vez –continuó Castiel, aunque parecía hablar para sí mismo.

-De verdad, déjame ver la serie –murmuró Gabriel, chasqueando los dedos para hacerse aparecer unos pastelitos con glaseado rojo.

-¿Y tú sugieres que sólo continúe esta farsa? ¡Está mejor sin mí! –pero Castiel no escuchaba a nadie más que no fuera él mismo hablando de su precioso Dean.

-¡No! Yo sugiero que me dejes ver la puta serie –Gabriel rodó los ojos, y ladeó su cabeza para ver por un costado del cuerpo de su hermano.

Castiel soltó un bufido y fue hasta la cocina. Empezó a prepararse café, con cierta furia en cada uno de sus movimientos, hasta que se dio cuenta que, siendo un ángel no le haría el mayor efecto una taza de café.

-No sé qué hacer Gabriel –se quejó, derrotado. Con los brazos apoyados en la barra.

El arcángel se volvió a verlo, con una sonrisa divertida que se desvaneció pronto. Observó bien a su hermano, a los jeans que traía y a esa camisa celeste descolorida. Entonces comprendió el esfuerzo por el que estaba pasando. Gabriel jamás había tenido que preocuparse demasiado por un humano en concreto, pero Castiel… Castiel estaba jugando al humano, por Dean; renunciando al cielo, a su tranquilidad, a todo, por ese humano.

-¿Te doy un consejo? Deja de ser un imbécil y termina lo que empezaste. Lo amas, deja de quejarte, ve a su casa y cógetelo.

Castiel quedó de piedra, medio ruborizado y un tanto mareado. No había hecho falta tanta explicitud.

Antes de que pudiera responder percibió algo. Un cambio en el aire a su alrededor, una especie de vibración.

-Dean –dijo.

-Sí, a Dean. Cógetelo –recalcó Gabriel, indiferente.

-No… no, no –Castiel sacudió las manos, en pánico-. Que Dean está cerca… está… aquí – y ni bien hubo terminado de afirmarlo cuando llamaron a la puerta.

Gabriel dio un cabeceo para que atendiera. Castiel negó con la cabeza, suplicándole al arcángel con la mirada que abriera él.

-Dile que no estoy. Por favor, necesito tiempo para tomar algunas decisiones.

-Lo repito. Estás siendo estúpido, Castiel –refunfuñó Gabriel, resignado a no terminar su serie. Se levantó del sofá y fue hasta la puerta. Comprobó por la mirilla que, en efecto, era el rubio.

Abrió de un tirón.

-Hola –saludó Dean, algo intimidado por la presencia de Gabriel, aunque este era más bajito-. ¿Está Castiel?

-No –respondió Gabriel, medio sonriendo.

Se hizo un largo silencio tenso. Dean entornó los ojos, ese odioso sujeto… creía que lo había visto antes de conocer a Castiel. Sacudió esos pensamientos de su cabeza. Era imposible.

-¿Y cuándo volverá?

-No me lo dijo. Creo que tiene un asunto importante que resolver –Gabriel se encogió de hombros.

-¿Es tu hermano, viven en el mismo apartamento y no sabes cuándo volverá? - Dean se sintió rendido, dejó caer los hombros y movió la cabeza-. Bien. Si lo ves, dile que me llame.

-De acuerdo –musitó Gabriel, en tono tan bajo que dejó a Dean escuchar el bullicio de la ventana del apartamento abriéndose, y de unos pasos sobre las oxidadas escaleras de emergencia.

-¿Qué demonios… -en un exabrupto de incredulidad Dean empujó la puerta que había estado sujetando Gabriel. El arcángel no opuso resistencia, y el rubio permaneció rígido.

Castiel había estado acostumbrándose a actuar como un humano y por esa misma razón no había desaparecido simplemente. Fue aquello lo que hizo que el rubio lo pescase, del otro lado el apartamento, saliendo por la ventana a las escaleras de incendios. Dean apretó la mandíbula, los puños, y tras trabar la mirada con los ojos asustados de Castiel, dio media vuelta.

Lo estaba evitando, se repitió, mientras bajaba por las escaleras del edificio. Él había estado colgado por ese sujeto, preocupado desde que dejaron de verse, y Castiel simplemente lo había estado evitando.

-Hijo de perra –maldijo para sí mismo, cruzando el estrecho lobby hasta la salida. Empujó la puerta de cristal con ambas manos, enfurecido.

La lluvia lo recibió en el exterior con una furia renovada. Caminó con largas zancadas hasta el auto estacionado, pero antes de llegar a la puerta escuchó como alguien terminaba de bajar las escaleras de incendios. Volteó, era Castiel.

-Dean, puedo explicarlo –el castaño lo alcanzó.

-No hace falta. Lo comprendo y está bien –el rubio abrió la puerta de su auto-. Soy sólo un sujeto entrometido del que ya te cansaste. Está bien, de verdad, ahora sólo déjame en paz.

-Dean…

-¿Sabes? ¡Maldición, creí que algo te había ocurrido! Fui a tu trabajo y me dijeron que no habías ido en todos estos días… creí… -Dean sacudió la cabeza, y se escabulló dentro del auto.

-¡DEAN! –exclamó Castiel, mientras el rubio encendía el auto. Se maldijo por no poder aparecer dentro del Impala de Dean o seguirlo con un solo batir de sus alas, como solía hacer. Tuvo el deseo de hacerlo pero… no quería por ningún motivo que Dean recuperara la memoria y terminara de vuelta en todo ese embrollo de las criaturas sobrenaturales, y el cielo y el infierno y….

-Jódete –fue lo último que escuchó de él.

…..

Dean aceleró como nunca en su vida, con el parabrisas empañado por la lluvia ante sus ojos. ¿Por qué se sentía tan miserable? Castiel lo había estado evitando, eso era malo y humillante; pero se trataba de un tipo que conocía de hace unos meses. Estaba enamorado de él, sí.

-No es para tanto Winchester. No es para tanto –se repitió.

Una parte de él se maldijo por no haber chocado contra algún camión camino a casa. Llegó, aparcó el auto fuera, sin importar la tormenta, y cruzó el jardín delantero con las botas chapoteando en los charcos. Las manos le temblaron cuando rebuscó la llave de la puerta delantera. El llavero tintineó cuando ésta se abrió.

Dean se disponía a entrar pero los pasos atravesando el jardín hasta el pórtico lo detuvieron. Se giró, con el ceño fruncido, y los ojos abiertos por el asombro.

-Dean –era Castiel. Estaba cubierto de lluvia de pies a cabeza, no tiritaba pero tenía los labios rojos por el frío. De sus cabellos goteaba agua empapando aún más la camisa que se le había pegado el bien definido pecho.

Esa visión hizo que Dean soltara una respiración entrecortada.

-De verdad no es lo que crees. No te estaba evitando a propósito sólo que… tenemos una amistad tan buena que… temo dañarla si damos el siguiente paso –Castiel parecía hecho un nudo con las palabras-. Lo siento.

-¿Has venido hasta acá corriendo en la lluvia? –preguntó Dean, incrédulo.

-He tomado un taxi, pero me dejó como a media calle de aquí –explicó Cas, algo confuso por la pregunta del rubio.

Dean quiso decirle que se fuera del pórtico, que buscara otro taxi e ignorase a alguien más. Que se conocían seis meses y que podía sobrevivir a toda una vida sin él. Pero no le salieron las palabras, porque eso no era lo que añoraba su corazón.

Se acercó a Cas, tan rápido que pareció que iba a golpearlo. Lo tomó por el cuello de la empapada camisa y lo besó. El movimiento de sus labios fue tenso, temeroso; hasta que las manos de Castiel fueron hasta su cintura, apretándolo contra su cuerpo, y la boca del moreno profundizó aún más el beso.

Los brazos de Dean lo rodearon por el cuello. Sus lenguas se presionaron entre sí, sus cuerpos se empujaron dentro de la casa. De alguna forma entraron, casi tropezando; y Castiel cerró la puerta empujando a Dean sobre ésta.

El rubio dejó escapar un jadeó.

-¿Estás bien? –preguntó Castiel. Dean asintió, sonriendo con picardía.

-Pero tú no estarás bien a menos que te quites esa ropa –las manos del rubio pasearon por los costados de Castiel, estremeciéndolo.

-No creo que pueda pescar un resfrío.

-No lo digo por eso –Dean lo atrajo a otro beso, y ese marcó el comienzo de esa larga noche.

Castiel lo aplastó contra la puerta tanto que dolió. Pero el movimiento circular de sus caderas frotándose entre sí lo compensó. Dean retiró sin miramientos la camisa de Cas, y éste hizo lo propio con la ropa del rubio. Apenas quedaban los calcetines y la ropa interior cuando las manos ásperas del ángel tomaron a Dean por los muslos haciendo que le rodease la cintura.

Enredados y sin dejar de besarse fueron hasta la sala. La luminiscencia nocturna filtrándose por la venta era azul y fría, pero sus cuerpos estaban al rojo vivo. No llegaron al sofá, sino a la alfombra mullida.

Las erecciones aun vestidas de ambos bailaban entre sí, y en medio de las caricias de sus labios Castiel jadeaba y Dean gemía. Las mordidas en el cuello, en los hombros, las manos acariciando la piel contraria, las sensaciones, todo fue tan intenso, que ninguno supo cuando perdieron los bóxer. Pero una vez con la desnudez entre ellos Castiel se detuvo.

-¿Qué? –preguntó Dean, ruborizado y agitado.

Castiel estaba entre sus piernas, y se había incorporado sobre sus rodillas y manos para mirarlo. Sus rostros estaban demasiado cerca y a la vez insoportablemente lejos. Dean soltó una respiración temblorosa cuando esos ojos azules no dejaron de mirarlo. Supuso que Cas sólo estaba siendo un romántico; pero el ángel veía algo más.

Veía esa tranquilidad en Dean, esa forma confiada en que daba rienda suelta al placer, y cómo le era tan fácil dejar de pensar en todo. La primera vez que lo hicieron, antes de borrarle la memoria, Castiel recordaba que Dean fue perfecto, pero demasiado cuidadoso, demasiado perdido en las cicatrices de su propia alma para poder disfrutarlo a plenitud.

Allí, tumbado en la alfombra de la sala, sin importar a cuántos se hubiese follado antes, se veía inocente.

Castiel sonrió, acariciando la mejilla del rubio y paseando un pulgar por esas pecas casi imperceptibles. Dean inclinó la cabeza buscando más contacto, y entonces Castiel lo besó una y otra y otra vez.

-Ah, ah, Cas –Dean empezó a gemir cuando en un movimiento inesperado la polla de Castiel rozó sus nalgas-. Pronto… te necesito. Te necesito ya.

-¿Estás seguro? –Castiel lo observó con esos ojos azules enormes. Dean asintió-. Bien –añadió, había esperado que, como su primera vez, Dean fuese quién lo penetrara.

A pesar de los nervios hizo lo que había aprendido. Preparó a Dean con un dedo, después dos, sin dejar de besarlo y morderle el cuello. Cuando consiguió introducir tres dedos y abrirlos un poco Dean arqueó su espalda.

-Voy a entrar ¿Bien? –preguntó Castiel, con las piernas de Dean rodeando sus caderas, aterrorizado pero emocionado a la vez.

-Hazlo. Está bien –jadeó Dean. La punta del miembro de Cas empujó en su entrada y soltó una exclamación ahogada. El ángel volvió a empujar, entrando un poco, y el rubio tuvo que contener un quejido mordiendo el hombro de su pareja.

-Dean, mmm, Dean, oh –Castiel presionó más y más hasta estar por completo dentro-. ¡Ah, Dean! –se dejó caer sobre el pecho del nombrado. Estaba tan estrecho en su interior que temió correrse con un solo movimiento y joder la noche.

-Cas, muévete… -pero las palabras de Dean lo pusieron caliente de una forma que creyó que había perdido la cabeza.

Al principio se movió con cautela.

-¡Castiel! AH, Castiel…¡Oh, Cas, sí, justo ahí! No pares, por favor, no te detengas –pero cuando Dean empezó a gemir de esta forma, con la lluvia aporreando la ventana, Castiel perdió el control.

Arremetió dentro de Dean hasta ver estrellas de tanto placer, hasta sentir las piernas de Dean temblando espasmódicamente ante el inminente orgasmo, hasta casi saborear el placer en su boca. El sexo con Dean era aún mejor que volar, aun mejor que el cielo. Golpeó un par de veces más en la próstata del rubio abrazándolo mientras se corría con fuerza. Continuó penetrándolo durante el orgasmo, hasta que también lo siguió a esa nube de placer que los arrancó del planeta tierra.

Permanecieron un momento recuperando el aliento y las fuerzas, apretados allí en el suelo.

-Joder, eso ha estado tan bien –murmuró Dean, y cuando se removió Castiel se sorprendió al descubrir que estaba duro de nuevo-. Prométeme que no vas a intentar ignorarme después de esto –el rubio lo miró, inseguro.

-Lo prometo –aseguró Castiel, y bastó eso para que volvieran a besarse.

De alguna forma Castiel terminó a horcajadas sobre el rubio, meciendo sus caderas sobre la dureza de Dean que lo penetró descaradamente. Ambos rozaron una y otra vez el cielo. Hasta que, finalmente exhaustos, se movieron al sofá. Por suerte allí había una manta, con la cual consiguieron cubrirse. Continuaron besándose hasta que el sueño venció a Dean.

Castiel cerró los ojos, apretando sus brazos alrededor de Dean y decidiendo que, aunque no durmiera, no se iba a separar ni por un instante del rubio. Así afuera se cayera el cielo, no lo dejaría.

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Continuará…

No se olviden de dejar un estúpido y sensual Review ;)