~🌗~Media luna~🌓~
.
.
.
Era una bonita tarde de agosto. El sol brillaba, las aves trinaban, no habían demasiados autos pasando frente al pequeño café en el que un muchacho moreno hacía entrar a su mejor amigo a empujones y el interior del café olía a granos recién tostados.
—¿Esto es realmente necesario, Phichit-kun? —Preguntó Yuuri Katsuki, un muchacho de origen japonés, cabello negro y lacio, ojos rasgados y marrones medio ocultos por unas gruesas gafas de montura azul; se notaba nervioso, como si no deseara estar ahí, porque en efecto no deseaba estarlo.
—Vamos, Yuuri —Phichit Chulanont, tres años menor que Yuuri, de Tailandia, de cabellos tan oscuros como los de su camarada y ojos gris intenso además de piel tostada, animó con una adorable y brillante sonrisa—, ¡prometiste que lo harías! ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—¿Quieres que te responda en orden alfabético o por orden de daño física y mental?
Rodando los ojos, Phichit resopló.
—Las preguntas no se responden con otras preguntas, grosero —lo acusó antes de identificar la mesa en la que su "cita" y la del mayor se encontraban sentadas—, ahora, vamos.
—Espera, Phichit-kun, cambié de opinión, ya n—pero el menor lo ignoró deliberadamente, entrelazando sus brazos y tirando de él sin pena ni disimulo.
Llegaron frente a la mesa en la que el par de féminas se encontraban, una pelinegra tal y como los dos chicos solo que de larga cabellera y oscura tez, casi tanto como la de Phichit y ojos violetas, y la otra pelirroja de cortas hebras cuyos ojos eran azules como el mar calmo, además de ser caucásica.
—¡Yuuri! —la morena se puso de pie, contenta de ver al japonés—, me alegra que decidieras venir— sonrió antes de lanzar una fugaz mirada a la chica a su lado.
—¡Te prepararemos bien! —Saltó la pelirroja, riendo—, puedes confiar plenamente en nuestras habilidades—, asintió reafirmando sus propias palabras—, estarás listo cuando encuentres a tu persona especial.
—Sala, Mila —suspiró Yuuri, forzándose a sonreír—, les agradezco que se tomen la molestia, de verdad lo hago, pero...
—Nada de peros —lo atajó Phichit, golpeando entonces el costado ajeno con el propio para obligarlo a tomar asiento y después deslizarse a su lado, obstaculizando cualquier posible salida fácil para el mayor—. Practicaremos y lo harás bien.
Viéndose acorralado, Yuuri soltó un pesado suspiró y cedió.
—Si ustedes lo dicen...
—¡Nosotros lo decimos! —Soltó el trío dominado por las mujeres y rieron brevemente.
Empezaron entonces a planificar cuál y cómo sería la mejor manera de proceder al tratarse de Katsuki de quien estaban hablando. Alguien que, a sus veinticuatro años de edad y contando con todas las cualidades necesarias para ser un rompecorazones, se escudaba en una vestimenta demasiado normal y en esos lentes que por mucho que le sentaran, le quitaban presencia.
Decidiendo que por su propio bien era mejor desconectarse de la plática–que por mucho que hablaran de él, sabía que su persona no contaba con voz ni voto–, optó por cerrar los ojos y centrarse en los sonidos que le rodeaban, sonidos ajenos a las voces de sus amigos y a la del resto de los clientes. Fue más allá y escuchó la licuadora, triturando por largos segundos, los pasos de los camareros, el retintín de las tazas y los platos de cerámica con cada nuevo paso de la persona encargada de entregarlos, el sonido ahogado de un motor, probablemente el de una motocicleta y, poco después, la campanilla ubicada sobre la puerta dando la bienvenida a un nuevo cliente.
De pronto, el bello de la nuca del nipón se erizó y el resto de su cuerpo se escarapeló. Yuuri abrió los ojos, jadeando sin tener ni idea del porqué de la reacción que su cuerpo acababa de tener.
—¿Beka? —Una voz se oyó entonces a sus espaldas, una voz que Yuuri no conocía mas, aún así, giró, no por la voz, sino por el nombre—. ¿Qué sucede? —un muchacho rubio, delgado y de ojos verdes enfundado en un típico atuendo punk había formulado la pregunta, a su lado, otro chico unos centímetros más alto, de cabello oscuro, enfundado en una casaca de cuero, estaba completamente quieto, la espalda recta formando un ángulo de noventa grados en relación a la barra sobre la cual mantenía las manos, cubiertas por guantes carentes de la tela de los dedos.
—Está aquí —Yuuri escuchó la declaración del chico cuando ni siquiera su acompañante fue capaz de comprenderlo a la primera, viéndose en la necesidad de inclinarse más cerca.
—¿Qué? —inquirió el rubio, alejándose cuando el moreno giró en su dirección, las pupilas dilatadas.
—Está aquí, Yuri —Yuuri se tensó al oír el que creyó fue su nombre, ante la mirada de sus amigos, a quienes ahora él ignoraba olímpicamente y los mismos que intercalaban sus miradas entre el mayor del grupo, el desconocido de aspecto peligroso y el rubio que parecía niña y hacia rato habían dejado de hablar.
—¿Está aquí? —Yuri parpadeó—, ¿te refieres a...? —Verde jade se abrió mucho cuando el mayor asintió y se puso de pie, no importándole nada y empezando a pasear entre las mesas, mirando con atención una por una de las manos de los otros clientes.
Yuuri ocultó sus manos bajo la mesa antes de que el chico de la chaqueta llegara a su mesa, la cual era la penúltima de la primera fila.
—Hey —la voz gruesa lo erizó y giró en dirección de los orbes café. Yuuri comparó el color con el del chocolate fundido—, Muéstrame tus manos —demandó.
—Oye —Phichit salió en su rescate mas Yuuri ya había alzado las manos, revelando que en su zurda el tatuaje de una media luna ocupaba la palma casi en su totalidad. Aquellos orbes chocolatosos se agradandaron, las pobladas cejas disparándose hasta casi tocar el inicio del oscuro cabello.
Yuuri, Phichit, Mila y Sala jadearon cuando, habiéndose quitado el guante derecho, el chico levantó la palma en alto, enseñando otra mitad de luna, el lado que completaba con la que Yuuri contaba. Phichit se puso de pie, apartándose mientras extraía su teléfono celular del interior del bolsillo de sus pantalones. Ese momento debía quedar inmortalizado en una fotografía que sin lugar a dudas iría a parar a Instagram, Facebook y Twitter: ¡Mi mejor amigo encontró a su alma gemela, chicos! ¡Preparen los regalos, Yuuri se nos casa! #Soulmates
Yuuri se movió como en automático, su corazón latiendo tan rápido que estaba seguro debía oírse hasta el parque cercano, ubicado a un par de cuadras de la cafetería. Tragando saliva, se quedó quieto como estatua tras dar un último paso lejos del asiento, así que fue el chico, que era más bajo que él, quien se movió, casi pegándose a su costado pero manteniendo su brazo izquierdo plegado tras su espalda, respetuoso.
Yuuri reconoció la marca de perfume que el chico estaba usando y no pudo más que inspirar profundo, llenándose del olor y dejándolo fluir a través de él.
El chico pegó el borde de su palma derecha a la izquierda de la palma de Yuuri y sonrió. Fue la sonrisa más bonita que Yuuri hubiera presenciado en su vida.
—¿Cómo te llamas? —La voz preguntó, firme y suave a la vez.
—Yuuri —suspiró Yuuri, aclarando su garganta con urgencia y un sonrojo amenazando con hacer acto de presencia—, Yuuri Katsuki.
El chico asintió.
—¿C-Cuál es tu nombre? —preguntó casi al instante, decepcionándose un poco de sí mismo al tartamudear.
—Otabek —dijo aquel chico, el alma gemela de Yuuri Katsuki—. Otabek Altin.
Yuuri asintió.
—Es un gusto —pronunció—, Otabek.
Otabek le sonrió, con sus palmas aún pegadas.
—El gusto es todo mío —respondió, volcando su palma sobre la ajena, entrelazando sus dedos y ejerciendo una suave presión—, Yuuri.
Yuuri sonrió, devolviéndole el apretón.
Y la cafetería estalló en aplausos y felicitaciones.
¡Gracias por leer! 💙💚💙💚💙
