Viaje al pasado
Sello roto
Sayumi miraba a ese señor con el ceño fruncido, escondida detrás de las piernas de su madre, de la nada él había bajado del cielo montado en una ¿vaca? Y le asustó. Por eso su mirada furibunda.
—¿Qué te trae aquí, Totosai? —El nombre de Totosai resonó en la cabeza de la pequeña, que parpadeó con sorpresa.
Él hombre no prestó atención a la pregunta de Inuyasha sino que sus ojos saltones estaban clavados en esa niña que intentaba guardarse de él. Kagome al darse cuenta a donde miraba se apartó un poco para dejar visible a la Inu.
—Totosai ella es Sayumi una nueva integrante —presentó para luego sonreír a la pequeña—, Sayumi, él es Totosai. Es quién forjó la espada de Inuyasha, Tessaiga.
Ella sabía muy quién era ese hombre porque él era también el forjador de su espada. La espada hecha de un colmillo de su padre y la empuñadura dada por su tío, Inuyasha. Estaba en peligro si él se acercaba a un metro de su espada… con sólo una mirada averiguaría mucho, tal vez no todo pero lo intuiría, porque aunque su madre decía que Totosai parecía un viejo decrepito era más sabio de lo que aparentaba.
—Un placer, Totosai-san.
Fue educada pero con una mirada le dijo que no se acercara, Totosai entendió.
—¿Sayumi, eh? Mi princesita. Que elección tan sutil.
Ella apretó sus dientes.
—Totosai-san —intentó ser lo más amable y sutil posible—, me gustaría que revisara mi espada si es posible, ya que Kagome-san ha dicho que forja espadas.
Su plan era apartarlo del grupo para poder conversar a solas sino sus nervios no aguantarían la presión. La mañana era fresca, les había atrapado a la mitad de su camino a buscar los fragmentos de la perla faltantes por lo que el sol muy pronto comenzaría a calentar de lo lindo.
—Claro.
Ella miró a los muchachos.
—Podrían dejarnos, por favor. Quisiera que sólo él revisara mi espada… aún no me acostumbro a su presencia, espero no se ofendan.
—Para nada. Vamos chicos a descansar un rato.
—¡¿Qué? Pero si apenas acabamos de descansar.
Las protestas de Inuyasha no fueron lo suficientemente convincentes para la morena que se lo llevó a un lado, a un lugar donde sus lindas orejas no escucharan la conversación porque si de algo está segura es que el ambarino quería saber sobre la espada de Sayumi.
—Vamos chicos.
Sayumi al verlos marchar lo suficiente para que su entrometido tío no escuchara, encaró al forjador de armas.
—Totosai-san, ¿qué es lo que sabe?
—Sé que no eres de este tiempo porque Sesshomaru no ha tenido ningún cachorro y porque esa espada —la señaló con la cabeza—, fue forjada por mi mano.
Sayumi bajó la vista, a pesar de querer pasar inadvertida siempre terminaba por llamar la atención. ¿Cómo seguir su misión de esa manera? Pateó el suelo en un ataque infantil porque a pesar de su forma de ser, tan adulta seguía siendo una niña… y siendo sincera quería regresar a su casa.
Desenvainó su espada y se la tendió al hombre, que la tomó extasiado.
Totosai reconoció enseguida su trabajo, poderosa pero ligera, un arma con grandes cualidades. Sus ojos captaron la ligera molestia de la espada, al parecer quería que se utilizara a su máxima capacidad.
—¿Apenas comienzas a familiarizarte con ella? —declaró el forjador en una pregunta.
—Sí. Mi madre nunca me dejaba tocar la espada, decía que no había la necesidad de desvainarla sin motivo de peso. Elu Valgus es uno de los recuerdos más importantes.
—Ya veo —se rascó su cabeza con su dedo índice—, aunque no dudo que pronto prenderas a manejarla a toda su capacidad.
Ella asintió emocionada.
—Pero —y en ese momento se rompió la magia, Sayumi frunció el ceño esperando lo que vendría a continuación, odiaba que siempre hubiera un pero—, ¿por qué eres humana?
Gruñó. Totosai retrocedió.
—Pero que genio tienes —murmuró—, igual que tu padre.
—Mi papá… —La sensación de esa palabra en sus labios era avasallador, como quisiera tenerlo enfrente y decírselo a él, cuanto ansiaba su encuentro.
—Así es, tu padre, pero a pesar de eso tienes un gran poder rodeándote. Mis ojos no ven cosas del mundo espiritual aunque estoy seguro de que tienes el aura sagrada de una Miko. ¿Algo curioso, no?
—No me lo parece —replicó intentando zanjar con ese tema.
Totosai cabeceó entendiendo por lo que se limitó a seguir examinando esa pieza de arte, ahora entendía porque Tenseiga reacciono, al sentir la amenaza contra Sayumi quiso protegerla.
Para él sería muy interesante ver el encuentro de Sesshomaru con esa pequeña, algo le decía que será emocionante. Después de todo no siempre aparece una hija tuya buscándote.
—Elu Valgus esta perfecta, sólo entrena más con ella así se acostumbraran. Tú a ser su dueña y la espada a obedecerte.
—¿Obedecerme?
—Las espadas tienen alma propia muchos guerreros han muerto bajo su propia espada por no valorarlas.
Eso si era una sorpresa para Sayumi, puesto que nunca escuchó algo parecido, tomó su espada de regreso, sus ojos se estrecharon ligeramente al volver a tener su espada.
—¿Y… sino puedo dominarla?
Totosai negó.
—Eres la hija de Sesshomaru después de todo, en tus venas corre la sangre Inu, claro que podrás dominarla. No tengo la más mínima duda.
Ella se quedo en silencio quería decir tantas cosas pero que se atoraron en su garganta, que alguien la reconociera como lo que era, una descendiente del Lord le hacía muy feliz.
—G-gracias.
Totosai cabeceó antes de llamar a Inuyasha.
—¡Hey! —Inuyasha reaccionó al grito—. Déjame ver a colmillo que estoy seguro que está en mal estado.
Sayumi no pudo evitar reír al ver la cara de enfado de su tío mientras refunfuñaba algo parecido a maldito viejo decrepito.
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—¡No! —exclamó Inuyasha al tiempo que saltaba hacia atrás cayendo en punta y con su espada recargada en su hombro derecho—. No dejes todo el ataque a la espada, tu cuerpo igual debe participar.
Sayumi resopló desde el suelo, bien, su madre le había enseñado las posiciones básicas para utilizar una espada pero siendo sincera su madre era pésima manejando esa arma en especial.
—¡Bien, Sayumi! —Felicitó Kagome con una sonrisa mientras se acercaba su pequeña—. Has dominado el arco a la perfección al igual que toda arma que el abuelo te ha dado.
—¡Sí! —exclamó emocionada.
—Bueno tomemos un descanso y después comenzaremos a practicar más con tu poderes espirituales que aún de cuesta dominar, tal vez-
—Mamá —interrumpió—, me gustaría aprender a usar la espada.
La azabache miró a su hija antes de suspirar con resignación.
—Bien, supongo que no iba a poder mantenerte alejada tanto tiempo —musitó—, la sangre que corre en tus venas es, sin lugar a dudas, sangre guerrera. Pero eso sí, yo sólo se posturas básicas nunca me llamo la atención el blandir una espada, aunque para ti debe ser muy atrayente, ¿verdad?
—¡Sí! Quiero ser una gran guerrera como mi padre, peleare con valentía y nunca me rendiré —exclamaba—, ¡nadie podrá derrotarme!
Y al momento en que los ojos de Kagome se encontraron con los de su hija, vio en ellos el mismo brillo que Sesshomaru tenía antes de ir a batalla, el brillo de la victoria.
—Eres en todos los sentidos —Sayumi inclinó un poco la cabeza algo confundida por las suaves palabras de su madre— igual a tu padre.
La pequeña sonrió encantada antes de agregar:
—Pero con la belleza de mi madre.
Y Kagome se permitió reír.
Sayumi se levantó, decidida a seguir entrenando con Inuyasha, ya habían pasado un buen rato caminando sin la menor señal de Naraku, Sesshomaru o algún fragmento por lo que ella le pidió que le ayudara a poder manejar su espada a lo que Inuyasha aceptó.
—Vamos, vamos —alentaba burlón—, ¿ya no puedes más?
Y picó el orgullo de Sayumi.
—¡Claro que puedo! —exclamó enojada antes de ponerse en posición de ataque.
—Entonces —murmuró divertido—, ¿veamos cuanto aguantas?
Y arremetieron uno contra el otro.
Kagome observaba ese entrenamiento con bastante nerviosa, no sabía porque pero Sayumi despertaba un lado demasiado protector que ni con Inuyasha había salido a flote. A Sango es lo divertía le había dicho que le recordaba a un madre siendo coreada por Miroku y un celoso Shippo.
Por otro lado Kitto y Kirara estaban acurrucados cada uno en un regazo distinto. Kirara en el de Sango y Kitto en el de Kagome, pues había captado la misma aura que tenía su protegida.
Inuyasha saltó ágilmente para esquivar una estocada que acabo siendo para el suelo, maniobró en el aire para atacar a la pequeña que ya le esperaba con su espada en excelente posición, observó el mayor.
El choque hizo que las espadas friccionaran sacando chispas, Sayumi salió despedida hacia atrás por decima vez.
—¡No es justo! —exclamó la pequeña al levantarse con rapidez—. Te la estas cobrando porque te gané ayer.
Inuyasha hizo oídos sordos a esa declaración.
—Descansa, mocosa, que lo necesitas —declaró, y con esas palabras daba por terminado el entrenamiento de ese día.
Antes de que ella pudiera protestar que no estaba cerca de estar cansada, Kitto ya se había separado de Kagome para ir a donde se encontraba su protegida, éste saltó con rapidez para llegar al hombro de Sayumi y lamer su mejilla, sacándole unas pequeñas risas.
—¿Extrañándome, Kitto? —preguntó divertida, olvidando por completo su enojo anterior.
Por contestación recibió que el kitsune restregara su peluda cabeza contra su barbilla.
—¡Sayumi ven! —Kagome le gritó para que acudiera a descansar bajo la sombra del árbol.
—¡Voy!
A penas llegó a donde los demás le aguardaban se tendió en la hierba mientras dejaba su cabeza descansar en el regazo de Kagome donde minutos atrás estuvo Kitto, la azabache la recibió con una sonrisa y comenzó a acariciar los largos cabellos negros platinos de la pequeña, si le preguntaran diría que esa niña se parecía a Inuyasha por esos ojos dorados pero su actitud era, por no decir otra palabra, arrogante. Pero era una dulzura cuando no estaba combatiendo.
Sayumi entreabrió sus ojos para ver a su madre sonreírle con cariño, una punzada penetro su corazón, ladeó su rostro para encontrar al pequeño Shippo que tenía su ceño fruncido, sabía tantas cosas de él, tantas historias que ella lo consideraba su hermano.
—Ven, Shippo —invitó abriendo sus brazos.
El kitsune se sobresaltó al ser llamado por Sayumi, siendo sincero sentía mucha envidia porque todos se concentraban ahora en ella pero al ver esa suave sonrisa y esa chispa de cariño en sus ojos, se dejó llevar y antes de comprender bien la situación la estaba acurrucándose en un costado de ella.
Y así se quedaron ambos hasta que Kitto se les unió subiéndose al estomago de la Inu y haciéndose un ovillo.
Los demás miraron la escena con ternura, era tan extraño encontrar esos momentos de paz que ahora disfrutaban con mayor frecuencia por la presencia de Sayumi porque, aunque Inuyasha lo negara, él le había tomado cariño a la pequeña mocosa como le decía.
Hablando de Inuyasha, él se encontraba en la rama más alta del árbol pero pendiente de los alrededores pero sobretodo, pendiente de Sayumi, sentía una extraña conexión con esa niña algo le llamaba a protegerla, no como protegía a sus amigos o como protegía a Kagome… era algo que no se podía explicar, algo que le traía gruñón.
Renard que se encontraba a una distancia prudente para que las orejas ni el olfato del hanyo le captase, vigilaba todos los movimientos de Sayumi y Kitto pero sobretodo no dejaba de seguir los de la niña. Se quitó la espada de su cintura y la coloco a su lado, encaramado como estaba en el árbol los humanos no se darían cuenta de su presencia pero debía ser cuidadoso con los hanyo y yokai que encontraba a su paso.
—Buen viaje, Renard —le deseó Kitzuna con una triste sonrisa.
—Me cuidaré.
Sef le sonrió antes de dedicarle unas palabras de despedida.
—Tasakaal te acompañara en las buenas y en la malas, esta espada ha ido pasando de generaciones en nuestra tribu, se supone que yo debería llevarla ahora pero —se encogió de hombros despreocupadamente—, tú eres el que tiene una difícil tarea por delante, cuídala y ella cuidara de ti.
Renard sujetó con fuerza la espada que tenía entre sus manos.
—¡Sí! —Dio media vuelta pero se detuvo para ladear su cuerpo—. Por cierto Sef… gracias.
Sef sonrió encantado mientras Kitzuna le daba un codazo en sus costillas con diversión.
Resopló al recordar esa sonrisa, su hermano Sef era… un buen hermano, pero disfrutaba en picarle cuando tenía la oportunidad. Siguió con su tarea de velar por la seguridad de ellos hasta que encontraran al Lord.
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—Sesshomaru-sama, mire —exclamaba una emocionada Rin mientras abría sus manos mostrando una corona de flores—, ¿le gusta?
Él desvió su mirada del cielo a su protegida que le miraba con sus grandes ojos.
—Sí —musitó—, ve con Yaken.
—Claro, Sesshomaru-sama.
La niña se alejó correteando con alegría antes de abalanzarse contra el pequeño yokai verde, quién la reprendió por su falta de respeto a su persona. Sesshomaru volvió a su posición anterior, siempre descansaban cerca de un campo de flores puesto que a Rin eso le gustaba y a él, el aroma le relajaba.
Pero no en esta ocasión, su mente viaja en diversas conjeturas para explicar la extraña forma en que su espada estaba actuando.
—Tal parece que Tenseiga acaba de reconocer a otro dueño, cosa que es imposible a menos que fuera de tu misma sangre, ¿no?
—¿Mi misma sangre? —Esas palabras perturbaban al guerrero—. Imposible.
Y de la nada hubo otra reacción en Tenseiga, una perturbación más fuerte que nunca que venía del norte, posó una mano en la espada mientras que sus ojos se rasgaban al ver las nubes seguir las corrientes de aire… que iban igual al norte.
—Naraku.
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—¡Sayumi detrás! —Ella se volteó al tiempo que blandía su espada para acabar con los Saimyosho que la querían atacar por detrás.
—Gracias, Shippo —murmuró mientras éste se subía de nuevo a su espalda para ser sus ojos en ataques cobardes.
Kitto gruñía mientras se lanzaba contra los monstruos que amenazaban a su protegida, los demás estaban entretenidos con sus propios monstruos al parecer Naraku quería los fragmentos.
Sayumi no tenía idea de que tan extenuante eran las batallas que tanto le conto su madre pero al probar en carne propia uno, se tuvo que replantear muchas cosas. Habían estado pacíficamente descansando cuando el cielo se oscureció y el aire se lleno de un sutil olor a batalla. Se vio obligada a dejar de pensar cosas cuando la voz chillona de Shippo explotó cerca de su oreja.
—¡Sayumi! —Ella ladeó el rostro para verlo, éste apuntaba al suelo—, ¡Kitto está herido!
Sin pensarlo dos veces se inclinó a cogerlo entre sus brazos, olvidando que estaba en medio de una batalla.
—¡SAYUMI!
El estremecimiento que le bajo por la columna vertebral fue aterrador, al levantar su mirada se encontró con la muerte misma.
—Ah… —fue lo que brotó de sus labios antes de sentir como su piel se enchinaba y las pequeñas manos de Shippo se aferraban a su ropa.
Una mano se aferró a su cintura para apartarla del camino del ataque, sus pulmones volvieron a aceptar aire.
—¡Eres una descuidada! —Sayumi se sobresaltó al oír la voz de su salvador.
—¿Re-Renard?
Él sólo le gruñó antes de ponerse de espalda a ella para poder protegerla.
—Cuida de Kitto.
—Sí… —respondió, no entendía que era lo que Renard hacía en ese lugar pero se dejó proteger porque ella era realista, no iba a combatir con Kitto en brazos.
—¿Estás bien, Sayumi? —preguntó un temeroso Shippo.
—Lo estoy, Shippo, gracias —murmuró mientras acariciaba su cabeza con cariño—. Ahora estate atento a algún ataque, tengo que revisar a Kitto.
—Bien.
Los ojos de ella recorrieron a su pequeño compañero herido, no parecía grave pero posiblemente tuviera veneno, se inclinó sobre la herida, olfateó pero no encontró ni pizca de aroma a veneno. Se sintió aliviada.
—Pero que tenemos aquí, ¿una niña humana? —Es voz le causo repulsión apenas la escuchó y terror al mismo tiempo porque, era la misma voz de asesino de su madre.
Sus ojos se toparon con unos rojos profundos, cuanta maldad había en su mirada. Ella buscó con la mirada a los muchachos, al parecer intentaban llegar a ella pero les era imposible, le gritaban algo que no lograba entender.
Cuando el hanyo quiso tocarla su brazo fue cortado mientras veneno en vez de sangre salía de la herida.
Renard gruñía mientras alejaba a Sayumi de Naraku, por fin conocía a ese hanyo que estaba poniendo a todos los yokai de pésimo humor, Sef le había dicho que tuviera extremada precaución si se llegaba a encontrar con él.
—¿Un kitsune? —La sonrisa de Naraku se hizo más siniestra—. Que interesante.
—Renard no —musitó ella con miedo, odiaba a ese hanyo con todas sus fuerzas pero no quería que nadie saliera herido.
Fue una milésima de segundo en que él bajo la guardia, lo suficiente para que Naraku quisiera atacar pero un flecha se clavó en su brazo.
—¡Aléjate de ella!
Kagome se deshizo de los oponentes que tenía al ver a la pequeña en peligro, un sentimiento resonaba en su pecho, volvió a tensar su arco apuntando al pecho donde se encontraba la perla.
Naraku entrecerró sus parpados, no podía engañar a los ojos de Kagome y al parecer sus monstruos se estaban acabando pero ese ataque no había sido un desperdicio, encontró algo muy interesante.
—Mi pregunta es, ¿saben volar?
Nadie entendió esa pregunta hasta segundos después, Renard se volteó para abrazar a Sayumi y todo se volvió oscuro.
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Sayumi.
Sayumi.
—¡Sayumi!
Sus parpados temblaron antes de comenzar abrirse lentamente, su cuerpo le dolía a horrores, sus dorados ojos se encontraron con unos carmesíes pero a comparación con los de Naraku, estos detonaban preocupación.
—¿Renard?
Él soltó un suspiro de alivio antes que su mirada se tornara seria.
—¿En qué pensabas cuando te descuidaste para tomar a Kitto? —preguntó con enfado.
—Estaba herido, no lo iba abandonar —replicó ofendida.
—Lo pudiste haberlo defendido sin necesidad de descuidarte.
Sayumi se mordió el labio inferior sin rebatir, tenía razón por lo que se reincorporo para quedarse sentada y mirar alrededor.
—¿En dónde estamos? —preguntó al ver que no reconocía el lugar.
—Naraku hizo que el lugar donde peleábamos explotara, tuvimos suerte de no morir aunque no se qué fue de los demás, el niño yokai que estaba contigo salió por los aires igual… lo siento.
—No pareces sentirlo.
Renard le mandó una severa mirada que ella no pudo sostener.
—Jamás habías estado en una batalla, descuídate y morirás —ella se estremeció—, en el campo de batalla no debes tener sentimientos.
Sayumi se encogió, abrazó sus rodillas para ocultar su rostro entre ellas.
—Pero me salvaste —dijo aún escondida.
—Me ordenaron mantenerte a salvo hasta encontrar a tu padre, si no te hubiera salvado fallaba en mi misión.
Sólo en ese momento ella levantó su rostro, sus ojos dorados refulgían con rabia.
—Entonces —murmuró con enojo—, ¿me hubieras dejado morir? Si no hubiera sido tu misión protegerme.
Kitto se acercó a su protegida con cautela, se restregó contra las piernas de ella, pero ésta no sintió ese rose que quería ser un consuelo. Renard se limitó a seguir mirándola.
—¡Contéstame!
—Jamás dejaría a un camarada atrás —replicó fríamente—, nunca.
—¡Más rápido! —Kagome lanzó una flecha que atrapo la manga de su hija.
Sayumi se quedó quieta al ver sido atrapada tan fácilmente.
—No es justo, tú puntería es perfecta.
Kagome sonrió antes de acercarse para liberar a su pequeña de la flecha.
—Da gracias o no tendrías brazo —repuso con cariño—. Listo, libre.
Sayumi se miró la manga de su traje de entrenamiento y bufó.
—Ven, descansemos antes de seguir con tu acondicionamiento físico.
Ambas se sentaron en la entrada del Dojo, la menor con su cabeza apoyada en el regazo de su madre, siempre era de ese modo.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
—¿Alguna vez lucharé en una batalla?
La azabache acarició la cara de su hija con ternura.
—Jamás lo desearía, una batalla es muy cruel para personas de de mente débil y sentimientos frágiles. En batalla se requiere una mente fría y calculadora.
Sayumi se dio cuenta que en las palabras de su madre había tristeza.
—¿Cómo tú?
—No… yo no tenía eso, era una mujer sensible. Luchaba pero me dejaba llevar por mis emociones por eso siempre tenía que ser salvada.
Sayumi la miró atentamente por lo que Kagome desvió un poco la vista.
—¿Mamá?
—Jamás hubiera podido ser una guerrera al 100 por ciento, pero quiero que escuches esto, nunca abandones a un amigo, nunca, ¿lo prometes?
—¡Sí!
Kagome le dio un beso en la frente.
—Bien, sigamos con tu entrenamiento.
Sayumi bajó la vista tras recordar la promesa hecha a su madre y las recientes palabras de Renard.
—Lo siento —se disculpó—, no debí decir eso.
Si Renard quiso contestarle no pudo porque se vio abrumado por el yokai expulsado del cuerpo de ella, el sello se había debilitado y eso sólo significaba una cosa.
—Lord Sesshomaru está cerca.
Sayumi se encogió mientras se acostumbraba a su sangre, sentía como sus sentidos comenzaba a agudizarse, pero entonces un miedo atroz atravesó su mente. Su madre le contó como era su padre antes de que comenzaran a tratar y se asustó.
—¿Sayumi? —Renard se sorprendió al verla retroceder.
—No… aún no es tiempo…
Al girar sobre sus talones para marcharse del lugar unos pasos la detuvieron en seco, su sangre bombeaba más rápido, más fuerte y le quemaba por dentro. El terror se apodero de su pequeño cuerpo pero no pudo huir, ya no podía.
Renard se inclinó.
Y sin poder evitarlo por más tiempo ella comenzó a voltear con lentitud, con el corazón en la garganta y lo vio. Su padre estaba enfrente de ella, tal y como su madre lo describía, hasta más hermoso.
Sesshomaru miró impasible a la niña que tenía enfrente de él, le daba la espalda pero cuando sus ojos se cruzaron con los de ella, se vio reflejado; esos eran sus ojos, suyos.
—Tú.
Y el sello fue roto.
Continuara.
¿Y bien?, ¿cómo me está quedando?, ¿mal, bien?, ¿debo dejar de escribir?
FiraLili
