4. Albus

Arthur llegó cerca de las diez de la noche a su apartamento y prácticamente se desplomó en la cama; Albus, por fortuna, le recordó que aún no había cenado ni le había servido la cena, así que se levantó casi arrastrándose, le sirvió croquetas y se preparó una lasagna congelada en el microondas. La única comida que era imposible poder arruinar.

Se dispuso a comer viendo su serie favorita y de pronto pensó que tenía 30 años y que estaba solo, viendo netflix desde su computadora en la cama, comiendo una cena congelada con el gato que su ex había dejado atrás y la idea lo hizo tentarse de risa. Luego de eso se lavó los dientes, leyó dos páginas de la novela nueva que había comprado y se durmió al lado de Albus.

Su rutina en esos días era la misma de siempre con la diferencia que recibía varios mensajes de texto del hermano de Matthew haciéndole preguntas o comentándole los avances de Elise. Incluso él se había sorprendido con lo bien que Albus se había llevado con ella, aunque, después de todo, Albus al ser el gato de un veterinario que veía entrar animales de diversas especies en distintos estados de salud, se había acostumbrado a ello y en general era sociable e incluso confortaba a sus pacientes más nerviosos, como había sucedido con Elise. Sin embargo, era la primera vez que se ponía a jugar tan entusiastamente con otro animal.

Dos días después el hermano de Matthew volvió y Arthur le enseñó a Elise la orden para echarse. Practicaron juntos esa y las dos órdenes anteriores con recompensas. Dos días después visitó nuevamente y trabajaron para que Elise esperara sentada sin agarrar la comida o el juguete hasta que se le indicara. Una tarea que con beagles es normalmente compleja, pero Elise estaba muy ávida de complacer, probablemente al haber sido su vida anterior muy difícil, entonces se esforzaba por formar parte de un grupo.

A la cuarta sesión lograron que caminara tranquilamente por los pasillos de la clínica fuera de la oficina de Arthur y en la quinta sesión hicieron su primer intento de sacarla afuera; Albus también iba con su arnés de gato y entre los tres lograron que Elise saliera a la vereda y diera una vuelta entera a la manzana; iba con la cola entre las piernas y muy pegada a ellos pero con los comandos de Arthur y las recompensas pudo calmarse. El veterinario recomendó continuar al día siguiente y repetir hasta que se acostumbrara a estar sola con Alfred en la calle.

Repitieron la misma dinámica cuatro noches seguidas hasta que Elise ya iba con la cola en alto dando señales de sentirse segura; lo cual habría sido normalmente indicador de que estaba de alta y que no se verían más a menos que hubiese un problema, pero entonces Alfred, de la nada, salió con.

-Quiero invitarte a cenar para agradecerte lo que has hecho por nosotros.

-oh... bueno - Arthur quiso negarse, por comodidad, pero no quiso ser grosero. No había confianza suficiente para eso.- muy bien, pues, ¿mañana?, salgo, dejo a Albus en mi casa y nos juntamos en el centro.

-Genial. Nos vemos entonces.

Arthur estuvo todo el día trabajando, como siempre; por supuesto que pensaba en cómo lo iba a hacer para estar en el centro a las 9. Aunque no era necesario ser tan caballero inglés. Igualmente tenía una compulsión por ser puntual y estar presentable, así que se puso sus mejores pantalones negros y una camisa color verde esmeralda que, según Sey, resaltaba sus ojos. Luego cayó en cuenta de que no era necesario, así que Arthur se vio al espejo sintiéndose ridículo.

-Esto me pasa por tener poca vida social

Albus maulló desde la cama y Arthur le respondió: -Esto no es una cita, es solo una cena entre un voluntario de una causa animalista y un cliente agradecido...

En la esquina acordada, el hermano de Matthew estaba con unos jeans y una chaqueta de piel color marrón. Nada muy extravagante. Si pensaba inapropiadamente el chico no estaba mal, tenía un tono de piel un poco pálido, era alto aunque no muy atlético. Su mayor fuerte era su rostro de quijada angular, nariz recta y sus ojos celestes que combinaban muy bien con su cabello liso y rubio ambarino.

Se saludaron y Alfred le explicó que había visto en Yelp un restaurant de comida sudamericana que tenía buenos reviews y que hacía buenos Bifes de res, pero que si era vegetariano podían ir a un chino que había cerca. Arthur le dijo que la carne estaba bien y caminaron media cuadra hasta el sitio nombrado Pampas café. Había mucha gente hablando español, lo que era algo bastante normal en Los Ángeles, solo que Arthur se ponía algo nostálgico. Recordaba la música en ese idioma que solía oírse en su departamento, el poco español que había aprendido para poder comprender mejor el mundo de Antonio; incluso era capaz de darse cuenta de la diferencia entre el español latino al compararlo con el tono melodioso y las marcadas consonantes propias del español ibérico.

-Dicen que sirven una tabla que es como una parrillada con acompañamiento de empanadas y chimichurri

-¿Sabes que es todo eso?

-No, pero acá dice que tiene carne, masas y una salsa picante.

-Pide eso - contestó Arthur con determinación y todo resultó agradable, porque no solo la comida sabía bien, sino que además se convirtió en un tema de conversación intentando adivinar qué ingredientes tenía la empanada y el chimichurri y también sobre el hecho de que Arthur echaba escandalosas cantidades de salsa y pimienta a su comida.

Alfred pudo notar que detrás de los modos duros con los que normalmente actuaba en el trabajo, había una persona bastante divertida que incluso con la ironía constante, era encantador. Además pudo ver la gran diferencia entre el Arthur con ropa de médico que veía normalmente cansado y este que estaba recién bañado, con el pelo húmedo revuelto de una forma juvenil y esa ropa le quedaba tan bien que atraía la mirada de varias personas. Al final de la noche, la mesera le dejó su número sobre la mesa y Alfred confirmó que Arthur era un rompecorazones. Lo cual era digno de envidiarse porque si él alguna vez consiguió una cita, fue después de un tremendo esfuerzo e insistencia con la misma chica. Francis le había dicho una vez que si decidiera pulirse comprándose unos anteojos con más onda, ropa más ajustada y tomara un poco de sol, todas lo notarían; pero Alfred no tenía autoconfianza y nunca había considerado el atractivo físico como un logro importante a alcanzar.

Como ninguno de los dos había querido conducir para poder beber, compartieron el taxi y acordaron repetir alguna vez. Alfred pensó que no tenía nada de malo, después de todo, era solo algo amistoso y su hermano le había dicho más de una vez que tenía que salir más seguido. Arthur, por su parte, no sabía qué pensar. Alfred había sido caballeroso e incluso encantador, al punto de hacerle pensar que estaba coqueteando con él. Pero luego fijándose en la forma en que trataba a las meseras, notó que era solo su forma de ser y probablemente no había segundas intenciones, sino que solamente era un chico sin mucha vida social que quiso ser amable con quien estaba ayudando al perro que estaba cuidando.

Así que no quiso pensar más en ello como algo, siguió respondiendo los mensajes con preguntas e incluso aquellos que solo enviaban fotos con chistes o videos graciosos. Sey, su compañera en la clínica le apuntó que estaba sonriendo más. Arthur no encontró una pesadez para contestarle; tampoco no quiso darle explicaciones cuando por segunda vez salió de su turno veinte minutos antes para poder llegar a la casa de Alfred a las nueve a cenar.

"Podrías venir a mi casa a cenar y vemos una película, puedo encargar sushi de un local buenísimo que hay por acá. Pasa que la otra vez que salimos Elise rompió uno de mis manuales de programación, no eran muy importantes, pero creo que no le gusta estar sola"

Y ante eso, quién podía negarse. A pedido de Alfred, llevó también a Albus y así, mientras ellos comían y veían distraídamente una comedia de Ben Stiller, Albus y Elise corrían por la sala persiguiéndose uno al otro. Cerca de las doce de la noche, cuando los animales estaban durmiendo echados en el sofá, Arthur se despidió y Alfred propuso.

-¿A qué hora sales a trotar dijiste?

- A las siete de la mañana...

-Oh, dude, eso es super temprano.

-Bueno, la idea es ejercitar, desayunar e irme a la clínica.

-A mi me suena como un sacrificio enorme - opinó Alfred. Tenía razón. El mismo Arthur consideraba que era algo forzoso al principio, pero luego que se había quedado solo en el departamento, cuando Antonio se fue, despertar fue tan insoportable que salió a correr solo para huir de su nueva realidad. Esa mañana se había reventado los pulmones, le dio un calambre en el costado y al día siguiente tenía las piernas agarrotadas; aún así, siguió haciéndolo todas las mañanas hasta que esa forma de huida personal se había transformado en una necesidad; en el único momento de paz en que estaba solo con sus pensamientos y nadie podía interrumpirlo.

-¿Te parece si nos juntamos mañana?, Elise ya está saliendo alrededor de la cuadra y creo que ya debería comenzar a correr - propuso Alfred. Arthur quiso decirle que quería compañía. Correr era su santuario, pero hubiese quedado como un rarito antisocial.

-¿Seguro que quieres ir tan temprano?

-O sea el horario es una mierda, pero prefiero que salgamos contigo para que ella se sienta más segura- contestó Alfred casualmente. Arthur se vio confundido ¿en serio era solo por Elise?; aún así le dijo que se juntaran en la esquina de Victory Boulevard y White Oack avenue. Alfred no tenía ropa deportiva así que agarró uno de los pantalones de buzo que usaba para estar por casa y una vieja camiseta de Guitar Hero con unas zapatillas de correr que le había dado Matthew hacía más de dos años y que nunca usó.

Arthur en cambio, se veía fabuloso incluso cuando hacía deporte, con un pantalón de correr gris y sudadera color verde. Se internaron en el parque Sepúlveda Basin, donde Elise pudo jugar con otro perros; al principio había estado tímida, pero se había dejado olfatear y la forma en que agitaba su cola decía que estaba todo bien. Luego siguieron por la orilla del río Los Ángeles hasta llegar al lago Balboa, donde compraron unos Sandwiches, té y café en un food truck, la gente que pasaba saludaba a Elise y ella con la cola un poco baja se acercaba a olfatearlos.

Arthur felicitó, porque eso era bueno, Elise se notaba más confiada, pero luego, de ser un amigable caballero inglés, pasó a ser un militar y le obligó a elongar para no quedar adolorido y le aconsejó un ritmo más lento para ir acostumbrándose de a poco. "¿Y Elise no necesita elongar?" "Ella está bien, el que tiene un estado físico lamentable eres tú", se burló el inglés. Allí mismo se despidieron, Arthur corrió de vuelta a su departamento y Alfred se echó a morir un rato con Elise en el pasto hasta que tomaron un taxi de vuelta.

Aún así encontró que su nuevo amigo tenía razón; tenía apenas veinticinco años y se cansaba demasiado rápido. Tal vez si hacía un hábito de esto y se acostumbraba de a poco, podría hacerle bien; además Elise había estado muy bien socializando con otros perros en el parque, pese a que no se alejaba de ellos sino que corría siempre en círculos alrededor de Alfred. Ella también necesitaba más tiempo para salir. Ese día Alfred trabajó con mayor concentración y se durmió a las once de la noche. A las siete y veinte de la mañana siguiente se encontró con Arthur en la esquina acordada y repitieron el recorrido, Arthur ralentizó su ritmo para acomodarse a Alfred, nuevamente elongaron juntos y compartieron un desayuno.

Cuando vio al británico alejarse a un ritmo rápido sintió envidia. Arthur ¿cuántos años tendría? ¿unos treinta? ¿Veintisiete como menos? y tenía mejor resistencia que él. Tal vez el imbécil de Kyle tenía razón y tanto encierro lo estaba enterrando en vida. Debía ser más aventurero; así que trotó a paso lento, hasta su departamento, elongó en la sala antes de ducharse y con otro café, siguió trabajando.

Al día siguiente, que era viernes avisó a Arthur que no podía ir porque debía aplicarse en unos proyectos que necesitaban ser terminados con urgencia pero le propuso ir a hacer una caminata al Granada Hills por el día sábado. El inglés aceptó y acordaron que Alfred llevaría agua en su mochila y Arthur comida en la suya. Como no quiso arriesgarse, antes de reunirse, el veterinario decidió comparar shawarmas preparados; Alfred lo recogió en la calle acordada y condujo hacia el estacionamiento de la ladera del cerro desde donde iniciaron el ascenso.

Había mucho sol y ningún arbusto lo suficientemente grande como para hacer sombra. Elise iba con un pañuelo húmedo amarrado a su cuello para refrescarse; Arthur se había aplicado un galón de protector solar pero creía que igualmente el sol comenzaba a picarle.

-¿Seguro que no quieres más crema?

-Estoy bien...

-Eso te pasa por ser la superficie más reflectante en todo L.A.

Cuando luego de casi una hora caminando llegaron a la cima, pudieron apreciar una vista en trescientos sesenta grados del valle y eso había valido la pena. Se arrimaron a un arbusto que, si se agachaban, les daba sombra, y comieron allí. Elise no quiso todas sus croqueras, pero tomó mucha agua y se echó una siesta mientras Alfred sacaba fotos de la vista panorámica y luego una de Arthur echado con los ojos cerrados al lado de Elise.

La experiencia fue tan buena que acordaron hacer un sendero nuevo todas las semanas y Alfred proponía siempre el nuevo destino según las recomendaciones que encontraba en Yelp. El siguiente fue el Aliso Canyon Park que tenía un riachuelo y el fresco les permitió disfrutar más la tarde y la comida. Un fin de semana largo caminaron por horas por el parque de Westridge-Canyonback y en un momento debieron tomar en brazos a Elise que se veía agotada de tantas subidas y bajadas. El cansancio les hizo dormir siesta al pie de un árbol y luego de eso, a duras penas, llegaron al auto y se fueron a casa, al día siguiente en vez de escoger otro destino solo fueron a cenar a un pub irlandés, aunque previamente dejaron a Elise con Albus en el departamento del inglés para evitar que sufriera de su ansiedad por separación.

En ese lugar pidieron tablas de embutidos y carnes y Alfred pudo notar divertido como Arthur se desconcentraba cada vez que sonaba alguna canción que le gustara y no podía evitar cantar a veces tocando una guitarra de aire.

A esas alturas Alfred podía jurar que conocía bien a Arthur, su comida favorita era bien especiada, le gustaba el rock alternativo sin importar el país de origen, fumaba a veces cuando estaba muy relajado y, pese a que gustaba del whisky, siempre prefería una cerveza de cebada tostada y sin filtrar. Era muy dedicado en su trabajo y estudiaba constantemente artículos de medicina par actualizarse, pero igualmente leía novelas y por lo mismo, no tenía televisión en la casa sino solo una laptop donde veía netflix, lo que Alfred encontraba extraterrestre y a la vez admirable.

Aún así, Arthur no le quiso decir que estaba de cumpleaños y tuvo que ser Matthew y Francis los que le avisaran que le iban a organizar una emboscada-fiesta-sorpresa el día sábado en que todos sin más invadirían el departamento del británico; de antemano le advirtieron que no le dijera nada al respecto, porque "Arthur es una abuela enojada y si le hablas de prepararle una fiesta se va a negar y va inventar que está enfermo"

Cuando Alfred llegó temprano con Elise, Francis y Matthew ya habían llegado. Francis echaba a grito pelado al británico de su propia cocina por miedo a que arruinara la comida con la mirada. Alfred esperó divertido en la sala, soltó a Elise y la vio correr a buscar a Albus hacia el interior de lo que suponía era la habitación de Arthur. El cumpleañero salió a saludarlo con un gesto enfurruñado, olía a un perfume amaderado y especiado que Alfred había sentido en las ocasiones en que salían a comer de noche, tenía una pinta bastante punk, aunque más suave, compuesta unos jeans azules, zapatillas converse negras, una camisa negra con rojo a cuadros.

-Es injusto que te veas más joven que yo - saludó Alfred entregándole un regalo.

-Gracias por la mentira piadosa- contestó el inglés -¿quieres que lo abra ahora?

-Dale - respondió el americano mirando con los ojos ilusionados como un niño pequeño. Arthur abrió la bolsa con un cuidado enfermizo y sacó una sudadera negra con capucha que tenía estampado a los integrantes de The Smiths y la frase "And if a double decker bus..." el inglés no tuvo una reacción vocal pero su cara lo dijo todo.

-Me fijé que cantaste con mucha pasión de fangirl la canción cuando fuimos al pub irlandés así que imaginé que querrías ir a correr con estilo

-Eres un idiota, pero imaginaste bien - Arthur agradeció en voz baja para no ser molestado por Matthew o Francis que estaban cruzando entre la cocina y la sala. El timbre sonó y los salvó de un momento que pudo escalar y volverse emocional. Antonio entró al departamento saludándolo con un abrazo y un beso en la cara, detrás de él su pareja le dijo un seco feliz cumpleaños y le pasó un paquete. Luego de eso entraron dos compañeras de la clínica veterinaria y con esas pocas personas se dio inicio a la velada. Arthur no solo tenía pocos amigos, sino que tampoco les daba confianza a muchos; el único que lo conocía lo suficiente como para hacerle bromas indirectas, era su ex.

Alfred no entendía cómo se podía mantener una relación así de cordial con el ex que lo había dejado y rápidamente se había emparejado con otro tipo; Matthew le había explicado mientras lavaban y secaban los platos que tenía que ver con el hecho de que se conocían hacía años, que habían viajado juntos desde Europa a construir sus vidas en América y que al final, si pasaba algo, sabían que debían contar el uno con el otro.

Cerca de la una de la mañana, solo quedaban Matthew, Francis y Alfred tomando las últimas copas de vino, Coldplay sonaba suavemente de fondo y conversaban acerca de los nuevos convenios con laboratorios para liberar especies a los dos años de servicio. Arthur leía los documentos con los protocolos de experimentación y sugería a Matthew ser más severo con las medidas de seguridad exigidas para ciertos procedimientos. Alfred se estaba enfadando porque no era justo que hablaran de trabajo el día del cumpleaños del inglés. Afortunadamente, Francis tuvo la ocurrencia de irse y pudieron quedar solos un rato. Alfred aún movía su copa de vino indeciso.

Era la primera vez que se quedaba al último en una fiesta; una de las primeras veces que asistía a una fiesta de cumpleaños en su adultez que no fuera de un familiar, de hecho. Alfred reconocía que en gran parte, Francis y Kyle tenían razón al burlarse de él. No salía mucho, no tenía amigos y ahora que tenía uno se emocionaba más de la cuenta comprando un regalo demasiado personal y no podía aguantarse las ganas de interrogarlo. ¿De dónde conocía a Antonio? ¿En qué ciudad de Inglaterra había nacido? ¿Por qué quiso estudiar medicina veterinaria? ¿En serio su padre era tan controlador? ¿Le habían jodido por ser gay entonces?

Arthur contestaba pacientemente y hacía sus preguntas ¿Dónde había nacido? ¿Por qué gustaba tanto de los video juegos? ¿No se sentía solo acaso viviendo en ese departamento por tanto tiempo? Alfred nunca le había dado un valor negativo a la soledad, pero una vez que se hizo la costumbre de tener el ruido de Elise y los mensajeos con Arthur, debía reconocer que probablemente sí se sentiría solo si llegase a extrañar eso. Arthur era una compañía agradable, calmada que siempre intentaba atender lo mejor posible a otros sin molestar. El americano no lo pronunció en voz alta, pero no podía entender cómo Antonio había sido capaz de dejarlo.

Esa noche se devolvió a casa confundido. Su amigo era gay; a Alfred no le importaba que así fuera ¿eso lo hacía gay? No precisamente, aunque la ilusión que le daba la posibilidad de que Arthur lo encontrase atractivo, sí era motivo para cuestionarse. Alfred nunca había mirado a otro hombre con otros ojos. Siempre había mirado chicas, nunca le había ido muy bien con ellas, asumía que era porque era un nerd un poco ermitaño que no leía bien el ambiente y que frecuentemente tenía conductas socialmente incómodas que nadie se esforzaba en comprender. Se había acostumbrado a la idea de que su vida sería trabajar y luego sus hobbies. Sin embargo, últimamente se encontraba acostumbrándose a empezar el día conversando y desayunando con otra persona. Arthur era un buen amigo y un tipo bien parecido, pero Alfred no sabía si eso era suficiente para afirmar que le gustaba.

Por otra parte tenía miedo, porque si Arthur le gustaba, significaba que su único amigo de la vida real y de su adultez no era un amigo sino un interés amoroso que podía desaparecer de su vida en cuanto comenzaran las disputas y peleas propias de una pareja o de unos amigos en que existe una atracción no correspondida. Porque sinceramente ¿Qué posibilidades tenía él de que un tipo interesante y culto como Arthur se fijara en un ñoño con pésimo estado físico como él? Alfred no quería lidiar con esas emociones ni arriesgarse a la oportunidad de perder a Arthur. Llevó cuidadosamente la jaula de Elise a su habitación y se acostó en la cama inquieto. El peso de la beagle se posó en su costado y sus ojos caídos por el cansancio lo buscaron antes de volverse a dormir. Alfred estuvo nervioso unos minutos más, pero finalmente la respiración pausada de su acompañante más el hormigueo del vino en su cabeza, lo terminaron arrullando hacia un sueño intranquilo y lleno de dudas.


Nota: Yelp es como la página de panoramas que se visita comúnmente en Estados Unidos para buscar referencias de donde ir a comer, bailar, acampar, etc; de allí saqué los restaurantes y los senderos para hacer trekking en San Fernando Valley y, por si alguien ya lo había notado, el Pampas café es un restaurant argentino, lo escogí para no poner el típico local mexicano.

Desde acá comienza un poco más la teleserie jo.