— N-no, no… ¡No Hed, no me hagas eso! — suplicó Myrtle —. Harry es… era…
— Ya lo sé Myr, era tu amor platónico — replicó la chica alada —. Todo forma parte de la prueba. Debes ser capaz de manejar esto, yo te ayudaré.
— N-no sé si p-pueda — dijo la maestra nerviosamente —. Desde siempre me ha gustado, y sé que me pondré nerviosa si lo miro de frente…
— ¡Ánimo Myr! No te puedes derrumbar ahora — le dijo Hed con entusiasmo —. Acuérdate que te ves distinta, y él ya es un vie… eh, es algo mayor, no creo que te reconozca.
— Eso me temía… Aayyy, bueno, qué más da. Lo intentaré.
— ¡Ésa es la buena actitud, vamos adelante!
— Ok, entonces, ¿tengo que comenzar a enderezar a Harry II?
— ¡Chispas, es cierto, ya se me olvidaba el chico! Tu primera clase con él inicia dentro de unos minutos. Pronto, sígame maestra.
Las dos mujeres echaron a andar deprisa por los pasillos, y se detuvieron ante una pared que era bastante conocida por muchos estudiantes. Pero no para Myrtle.
— Llegamos maestra Myr — anunció Hed con parsimonia.
— ¿Llegamos? ¿A dónde? — preguntó Myrtle sin entender.
— Esto es la entrada al Salón de Menesteres — explicó la chica ángel —. Se abre cuando alguien tiene la necesidad de un espacio para algo, apareciendo el espacio necesario y el equipo que haga falta dentro de él.
— Oh, vaya. De haberlo sabido el día que morí…
— Deja la nostalgia para otro momento. Tu alumno viene para acá, vamos, desea un salón de clases.
Myrtle pensó la frase "necesito un salón para clase", y una enorme puerta apareció ante ellas. La puerta se abrió con suavidad y sin hacer ruido, dejándolas pasar. La maestra fue a acomodarse al escritorio de enfrente, a esperar a su único alumno, quien no tardó mucho en aparecer.
— Buenas… — dijo el chico al entrar.
— Buenas tardes jovencito — contestó Myrtle en tono grave. Hasta le pareció que lo había ensayado.
— Usted es Myrtle, ¿verdad? — preguntó el muchacho, casi sin mirar a la maestra.
— Ése es mi nombre caballero, pero me encantaría que le antepusiese la partícula "MAESTRA" con mucho respeto, si no le molesta.
La respuesta le había salido sin pensarlo, y Myrtle se sorprendió por lo que dijo, pero no lo demostró delante del chico, quien se sorprendió al escucharla. Solía comportarse tan altanero con los maestros, que nunca se esperó que alguno le respondiera con la misma moneda. Myrtle se percató de que su propio carácter la ayudaría a lidiar con el chico problema.
— Pasa y siéntate muchacho, vamos a comenzar — dijo Myrtle viéndolo avanzar hasta el pupitre colocado frente a ella. El joven Potter tomó asiento y se quedó callado en actitud retadora.
— Me parece amiguito — dijo Myrtle sin quitarle la vista de encima —, que antes de ayudarte en cualquier materia, tendremos que enderezar esa torcida actitud tuya.
— ¡Bah! Mejor métase en sus asuntos y déjeme tranquilo — contestó el chico con altanería —, a menos que quiera problemas; querida maestra…
El chico Potter había sacado su varita, y la blandía entre sus dedos como bastón de porrista. Myrtle recordó entonces que ella no poseía una, y sintió temor de continuar hablando, pero continuó.
— Mi único problema en este momento es meterte en esa cabeza dura que esa actitud no te llevará más que a Azkaban, si tienes suerte. Ahora, déjate de estupideces y entrégame esa varita, no la necesitas por ahora.
— ¿La quiere? Venga por ella…
— No chico — le dijo Myrtle comenzando a enfadarse —, tú vas a levantarte, vendrás hasta aquí y me la entregarás de buena forma en mi mano. Tal vez otros maestros te soporten tus desplantes, pero yo no lo haré.
— ¡No me hable de esa forma, bruja estúpida! — gritó Potter levantándose y apuntándole a Myrtle con la varita.
— ¡TÚ NO VAS A VENIR A INSULTARME NIÑO! — gritó Myrtle fuera de sus casillas — ¡Ya he recibido suficientes insultos en mi vida, y no voy a aguantar ni uno más! ¡Si vas a usar esa vara, te recomiendo que lo hagas ya, o no respondo de mí!
El muchacho quedó impresionado por la reacción de la maestra, y se quedó paralizado en su sitio. La mano que sostenía la varita comenzó a temblar, mientras Myrtle tomaba el control de las cosas.
— Bueno chico, resolvamos esto como adultos. Entrégame la varita, por favor.
Myrtle estiró la mano, y vio que no temblaba, que estaba firme a diferencia de la del chico. Éste le alargó la varita, derrotado, y volvió a sentarse.
— Bueno chico — dijo Myrtle dejando la varita en el escritorio —. Ahora, conozcámonos un poco. Tú no me conoces, ni yo a ti, cuéntame algo de tu vida, quiero saber cómo eres antes de decidir cómo trabajaremos.
— No — dijo secamente el muchacho —. Usted no me comprendería, ningún maestro lo hace. Todos son órdenes, tareas y reglas, una y otra vez. Nadie me deja ser como quiero.
— ¿Y cómo es eso? ¿Cómo quieres ser?
— No lo sé. Sólo sé que no quiero ser como mis padres… o mi abuelo…
Myrtle se quedó pensativa, mirando al chico. Quizá había encontrado una pista.
— Oye, mira siento mucho haberte grit... — dijo Myrtle, pero el muchacho la interrumpió.
— ¡Accio varita! — gritó Potter, y tras atrapar la varita echó a correr hacia la salida, perdiéndose por los pasillos, mientras Myrtle lo veía atónita. Sin embargo, no estaba molesta con él, pues comenzaba a comprenderlo.
— Qué chico tan extraño — dijo Hed parada al lado de Myrtle —. No se parece nada a sus padres.
— Sí, y menos a su abuelo — dijo Myrtle —. Vamos Hed, busquémoslo.
— ¿Eh? ¿Y a dónde iremos Myr? Hay un montón de sitios donde podría estar.
— Sí, pero por fortuna yo sé dónde están los sitios a donde van los chicos solitarios en Hogwarts. Yo era así cuando vivía. Andando Hed.
Las dos chicas anduvieron por el colegio un rato, hasta que dieron con un solitario paraje de las orillas del gran jardín del castillo. Al llegar, escucharon una suave melodía tocada con guitarra, y se acercaron despacio hasta que el chico Potter estuvo a la vista.
— Tenías razón Myr — dijo Hed mirando tocar al chico —. Es un chico solitario, quizá sólo necesite que lo escuchen.
— Eso es lo que voy a averiguar — contestó Myrtle, caminando ya hasta donde tocaba el muchacho. Éste no se inmutó cuando la maestra llegó a su lado, ni la miró para saludarla.
— Es un hábito muy malo dejar a la gente hablando sola — le dijo ella.
— También lo es espiar a la gente — contestó el chico Potter sin voltear.
— No si ése es mi trabajo jovencito. En fin, ¿puedo sentarme?
Potter sólo alzó los hombros como respuesta, peor ya Myrtle se había sentado a su lado.
— Linda canción, ¿tú la hiciste? — le preguntó la maestra, a lo que Potter asintió con la cabeza.
— Bueno, ya que no quieres hablar, lo haré yo — le dijo Myrtle —. No voy a atosigarte con la vieja y gastada historia de "Yo era igual que tú a tu edad". Eso ya está muy trillado. Sólo quiero que entiendas que estoy aquí para ayudarte a sacar el problema que te agobia de tu vida, y que seas alguien de provecho para el mundo mágico.
— ¿Qué le hace creer que usted podrá ayudarme? — le dijo Potter mirándola de frente — ¿Por qué piensa que usted logrará lo que otros no pudieron?
— Porque no soy como todos Harry — contestó Myrtle con seguridad —. Créeme, aunque me veo mayor, sé perfectamente lo duro que es ser adolescente. ¿Me darías la oportunidad de probarlo?
El joven Potter meditó un momento, se levantó y haciendo un pase mágico, hizo pequeña su guitarra y la metió en el bolsillo de la chamarra. Luego comenzó a alejarse, y tras dar algunos pasos giró la vista y se despidió de Myrtle.
— Hasta mañana, profesora Myrtle.
