Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
Hola a todos, gracias por entrar en este shikatema! Hoy se viene bravo el asunto y creo que debería aclarar un poco la geografía del lugar, aunque no especifique nombres propios y esas cosas. Yo he visto muchas telenovelas y en la mayoría de ellas las mansiones donde viven los protagonistas están ubicadas en las afueras de la ciudad, alejadas. Espero que con este simple dato se entienda un poco la cuestión de las distancias. Seh, las telenovelas son mi referente así en la vida como en la ficción XDD
Ahora sí los dejo, espero que les agrade :D
Capítulo IV: Salvándose
Durante la semana siguiente al episodio de las compras la situación entre Temari y su custodio no varió demasiado. Tampoco hubo muchas oportunidades para conversar más allá de las que les brindaban sus traslados en automóvil, ya que la compañía transitaba por una época de compleja laboriosidad. Nuevas inversiones, nuevas negociaciones y nuevos vínculos contractuales debían ser tratados por ella y por su hermano Kankuro en forma insoslayable. Gaara se hallaba de viaje de negocios, por lo cual la mayor parte de la responsabilidad recaía sobre la gerencia.
Aun así tenían sus momentos para discutir. En esos instantes Shikamaru se mostraba tan parco e imperturbable como de costumbre, aunque por dentro lo gozaba. Temari, en cambio, se enojaba con ella misma porque le seguía el juego cuando debería ser la primera en ignorarlo. Sin embargo, a ninguno se le escapaba el pequeño detalle de que, aun en esos términos, se entendían.
-Conduces demasiado rápido –lo regañó ella la tarde del jueves, cuando regresaban a la mansión-. Desacelera o nos estrellaremos.
-Usted lo había pedido –repuso él secamente.
-No lo pedí, dije que "tenía prisa" por llegar a casa.
-Por lo cual debo apresurarme.
-Por lo cual no debes distraerte con el tránsito.
-Por lo cual debo acelerar en determinados tramos.
-Por lo cual no-de-bes-to-mar-la-au-to-pis-ta-cen-tral –deletreó Temari, impacientándose.
-Maldita sea… -murmuró él, empezando a hartarse.
-¿Decías?
-Nada.
La joven lo taladró con la mirada. Después, resoplando, se limitó a contemplar el paisaje a través del cristal. No pudo evitar pensar que se estaba acostumbrando a ese tipo de intercambios. Cierto que todavía la ofuscaban, pero ya no la sacaban de quicio como antes, ni siquiera la incomodaban. Era como si ese fuera el código establecido para comunicarse.
Últimamente, cuando sus obligaciones le daban un respiro, se detenía a meditar en ello. No era que el sujeto le cayera mejor que antes, seguía generándole tanto recelo como al principio, solo que ahora no llegaba al enfado. Trataba de identificar el momento exacto en que ese cambio se había operado: ¿habrá sido durante ese sábado absurdo, o acaso durante esa semana de ajetreo constante? No podía determinarlo. La cuestión era que no hallaba otro modo de hablar con él, y en el fondo eso ya no le importaba.
Por su parte, Shikamaru también había advertido un punto de inflexión, para él era embarazoso ese halo de perturbadora intimidad que se había formado alrededor de ellos. Sí, intimidad, porque a pesar de que él mismo llevaba las discusiones al punto de la estupidez solo para provocarla, se daba perfecta cuenta de que terminaba enredado en su propio juego. Así, a pesar de que sus voces exteriorizaran fastidio y desacuerdo, se había creado una torpe pero innegable conexión entre ambos.
Y no era bueno que algo así sucediese, podía distraerlo de su trabajo. Como agente infiltrado estaba obligado a relacionarse con aquellos a quienes espiaba, o cuidaba, pero no podía permitirse crear lazos personales con ellos.
-o-
Al día siguiente Temari se tomaría la tarde libre, por lo cual Shikamaru tuvo una pausa en sus obligaciones y ocupó su tiempo deambulando por la casa. Circulaba por uno de los corredores de la planta alta hasta que le llamó la atención una de las estatuillas de porcelana que se podían ver esporádicamente y que tanto le llamaran la atención la primera vez que entró en la mansión. La silueta reposaba sobre una pequeña mesita. Era una figura humana de género indefinido: ciertos rasgos masculinos se entremezclaban con los correspondientes a los de una mujer. Su pose era meditabunda y su mirada parecía perdida en un punto lejano.
-Hermosa, ¿verdad? –observó Chiyo, sorprendiéndolo.
-¿Eh? Oh… sí, solo que me desconcierta tanta indeterminación –repuso Shikamaru.
-Tienes buena intuición para apreciar el arte, Kiba.
-¿Uh?
Chiyo rió de buena gana ante la extrañada mirada del joven.
-No hace falta ser un experto, el arte sale del corazón y con el corazón se lo aprecia –explicó la anciana, sonriente-. Es una de las estatuillas que más me gustan, en ocasiones suelo detenerme aquí para contemplarla un rato. Es como si fuera un gran signo de pregunta. No podemos afirmar qué es ni determinar qué piensa, solo sabemos que existe y que está a la espera.
-¿A la espera de qué?
-No lo sé –repuso ella con simpleza-. ¿Qué esperas tú? ¿Qué espero yo? ¿Qué espera el hombre que está escuchando la radio en su casa o la mujer que cruzó la calle esta mañana? Cada uno de nosotros espera algo, o a alguien, tal vez con esos mismos ojos –dijo, señalando con la cabeza la figura-. Lo que está por venir es siempre un misterio.
-No me gustan los misterios.
La anciana volvió a reír.
-Eres demasiado racional, querido Kiba. Aun así supiste percibir la esencia de la estatuilla con tu corazón, Temari fue muy hábil al modelarla.
Shikamaru volvió los ojos hacia ella con irreprimible estupor.
-¿Temari?
-Sí, Temari, ¿no lo sabías? –Chiyo también lo miró con sorpresa-. Desde muy pequeña aprendió a trabajar la porcelana, incluso pensaba dedicarse a eso profesionalmente –El asombro del otro iba en aumento. A ella le dio gracia otra vez-. Así como lo oyes. ¿Acaso no viste todos los libros de arte que compra? ¡Le encanta! Todas las estatuillas que decoran esta casa han sido modeladas por ella, hace ya varios años –En este punto, la mujer entristeció-. Después de que su padre la obligara a estudiar Economía ya no tuvo tiempo para la porcelana. Fue frustrante, estábamos seguros de que se convertiría en la artista de la familia.
Shikamaru no cabía en sí del asombro. Ya el sábado anterior la anciana le había revelado que Temari no había elegido ser parte de la empresa, pero que tuviera este tipo de inquietudes era francamente insólito. Ahora iba a resultar que la mandona en el fondo era una mujer sensible.
-Temari siempre demostró gran destreza en lo que hace a los trabajos manuales –prosiguió Chiyo-, también se ha dedicado durante mucho tiempo a las plantas y al paisajismo.
-¿Paisajismo?
-Así es. Cada vez que iba a casa de alguna amiga se metía en el jardín para alterar la distribución de las plantas, sembrar o extirpar ligustros, plantar flores… Las madres me llamaban por teléfono para contarme lo maravilladas que quedaban después de ver los resultados. Temari pasaba más tiempo en el parque que con las niñas.
-Vaya –exclamó el agente, perplejo.
-¿Por qué te extraña tanto? –inquirió ella, observándolo con atención.
-Mmmmno, no es que me extrañe –intentó argumentar.
-Oh, vamos –insistió la anciana, suspicaz-, hay algo que te ha perturbado… ¿Tal vez el hecho de descubrir que esa mujer tan severa y arrolladora no es lo que parece?
El otro la miró con el ceño fruncido.
-Chiyo, creo que no debo hablar de la señorita con usted.
Ella entendió a qué se refería.
-No seas tonto, sé perfectamente cuándo hablar y cuándo callar. Además, a mí no me asustará ningún concepto que viertas sobre ella.
-Pero no es correcto.
Chiyo lo escrutó con ojos entrecerrados, midiéndolo. Shikamaru creyó que le sacaban una radiografía completa. Finalmente, la anciana se sintió satisfecha al comprender frente a qué clase de hombre estaba parada. Desde que lo viera discutir con Temari la primera vez, un ápice de esperanza latió en el fondo de su corazón. Ellos podían ser jóvenes e inteligentes, pero ella poseía la experiencia. Esos dos todavía no tenían la menor idea de lo afortunados que eran.
-Muy bien, veo que eres un caballero, lo valoro y te lo agradezco –manifestó-. De todas formas, puedes contar conmigo para lo que sea.
Shikamaru no estaba muy seguro de cómo debería interpretar esa frase.
-Gracias –dijo por las dudas.
Cruzaron algunas palabras más sobre la estatuilla y otros asuntos domésticos, y luego Chiyo se retiró. El agente permaneció algunos instantes más, contemplando la figura mientras reflexionaba.
La historia de una persona, vista de cerca, siempre resulta ser interesante, incluso tratándose de alguien tan molesta como Temari. Una mujer sensible… Diablos, la próxima vez que se contacte con Chouji podría referirle con pelos y señales los detalles de la malograda vida de la hija de uno de los empresarios más inescrupulosos que haya existido, pero de la dichosa lista ni noticias.
-o-
-Bien, entonces puedo decirle al grupo Akatsuki que las negociaciones están abiertas.
-Así es, pero procura que se comuniquen con mis asistentes a partir del viernes de la próxima semana, todavía tenemos muchos asuntos que resolver durante los días que vienen.
Temari terminaba de organizar así su agenda laboral con Kabuto, sentada frente a él en un elegante café del centro de la ciudad. El gerente financiero la había invitado a tomar un refresco para pasar la tarde, ya que ella se la había reservado para descansar, pero como la joven era muy práctica (y muy obsesiva), decidió aprovechar el rato para finiquitar ciertos detalles. El otro no se sorprendió cuando vio que traía consigo su agenda, la conocía bien.
-No hay problema, no son personas que se dejen llevar por la ansiedad –dijo él.
-Me alegro que así sea, detesto a quienes solo saben presionar para lograr lo que quieren.
-Vivimos en un mundo que lleva un ritmo muy particular, querida, la presión es una constante.
-Desagradable.
-Bien, una desagradable constante, lo admito, pero es inevitable. De todas formas no creo que te afecte mucho, siempre fuiste una mujer independiente.
-Y me ha costado bastante –repuso ella, terminándose la bebida-. Si hay alguien que lo sabe ese eres tú, Kabuto.
El joven sonrió levemente, aunque esa sonrisa no le llegó a los ojos. Temari no lo percibió, o no quiso percibirlo.
-Sabes que siempre estaré aquí para ti –dijo él dulcemente, posando una mano sobre la de ella.
La mujer se quedó pensativa, mirándola, sin hacer ningún intento para soltarse. La verdad era que lo necesitaba, hacía mucho tiempo que no recibía un galanteo, una simple caricia. Solía olvidar que era una mujer, mejor dicho prefería olvidarlo, porque para ella era un signo de debilidad y no le servía en el mundo de los negocios. Ese gesto se lo recordó. Y lejos de pretender alejarse, hasta hubiese deseado prolongarlo.
-Kabuto…
-Lo sé, Temari, lo sé –dijo él, como si la comprendiera.
Temari suspiró con cansancio. Lo miró a los ojos y durante algunos instantes permanecieron así, intercambiando en silencio. Luego hizo gesto de marcharse.
-Debo irme –informó, retirando su mano y moviéndose para levantarse.
-Si lo hubieses querido las cosas podrían haber sido diferentes –murmuró él.
Ella lo miró con cierta extrañeza.
-¿Debemos hablar de eso ahora?
Kabuto volvió a sonreír.
-No es que necesite hablar de eso, tienes que entender que un hombre nunca se rinde, Temari.
La otra le restó importancia y procedió a levantarse y ponerse el abrigo. Luego tomó su cartera y se inclinó para darle un beso en la mejilla, ya que él no se marcharía aún.
-Si hay alguien que lo ha intentado, ése has sido tú. No puedes arrepentirte de nada.
-¿Y tú?
Temari pestañeó. Luego se irguió, mientras verificaba nerviosamente los broches de su chaqueta con una mano.
-Cuando tomo una decisión lo hago a conciencia, por eso no tengo de qué arrepentirme. Aun así nunca has dejado de formar parte de mi vida y tengo mucho que agradecerte, en cuanto a lo otro… lo otro es historia antigua. Quiero que sigas siendo mi amigo, Kabuto –dijo con amabilidad. Luego, antes de irse, forzó una leve sonrisa de despedida-. Nos vemos.
Sin esperar una respuesta, la joven dio media vuelta y salió del local. Afuera, en su automóvil, su custodio la estaba esperando para regresar a la casa.
-Adiós, Temari –musitó Kabuto, sombrío, observando su partida desde atrás de sus gafas.
-o-
Tuvo que tomar un camino alterno porque la calle por la que solían volver estaba cortada. A Shikamaru le extrañó, durante la ida esa senda había estado perfectamente habilitada. Temari, para variar, estaba ansiosa por regresar, por lo cual no le quedó más remedio que ir por esa solitaria ruta que casi nadie tomaba debido al aislamiento y las frecuentes curvas.
Iban en silencio, como de costumbre, solo que esta vez ella parecía ensimismada. De nuevo se preguntó qué clase de relación la uniría con aquel desagradable sujeto. Durante toda esa semana había estado indagando sobre él, tanto en la compañía como en los archivos del Departamento, pero no encontró nada, el tipo estaba limpio. También buscó información sobre el tal Orochimaru y el grupo Akatsuki, aunque no se topó con ningún dato que fuera sospechoso. Sin embargo, no podía desligarse de la sensación de haberlo visto antes, ese rostro tan particular le resultaba muy familiar. Tendría que seguir investigando.
Miró por el retrovisor y lo acometió una punzada en la boca del estómago. Un Toyota con vidrios polarizados que había divisado al salir de la ciudad apareció repentinamente detrás de ellos, demasiado cerca. ¿Qué pretendía? Cuando vio por el espejo exterior de la derecha que descendía el cristal del acompañante, extrajo su arma.
Una escopeta de alta gama asomó y los apuntó. Maldita sea…
-¡Abajo! –gritó sin tiempo, acelerando.
-¿Qué demo…? –Temari no pudo terminar de hablar. Una repentina maniobra evasiva y el ruido de un disparo le arrancaron un grito. De no ser por el cinturón se hubiese dado un buen golpe.
-¡Si no quiere que le perforen el cerebro entonces agáchese de una maldita vez! –vociferó él.
-¡¿Pero qué ocurre?
Shikamaru no respondió, tenía los ojos fijos en el espejo para vigilar los movimientos de sus perseguidores. Una serie de disparos prosiguió, que él evadió a duras penas zigzagueando sobre el pavimento. Los ruidos de la aceleración forzada empeoraban la situación, oía que la mujer emitía esporádicos quejidos por el susto, sin embargo no podía detenerse a ser considerado.
Sacó su brazo izquierdo para disparar al voleo, por si alcanzaba a infringirles algún daño, pero fue inútil. Además, tenía que seguir maniobrando para poder esquivarlos.
-Kiba, ¿qué diablos está pasando? –profirió con nerviosismo Temari, recostada sobre el asiento.
-Nos siguieron, ¿acaso no lo comprende, señorita?
-¡Deja de hablarme en ese tono, imbécil!
-¡Entonces no me distraiga!
-¡No podrás tú solo con ellos, si conduces no puedes disparar!
-Lo sé, ¡es problemático! –masculló él, sin perder su aplomo, barajando en su mente diferentes posibilidades-. Usted solo quédese donde está –ordenó, mientras eludía un nuevo disparo.
Con resolución, aprovechó una pausa para asomarse por la ventanilla y apuntar (parecía que el otro sujeto tenía que reponer las municiones). Mantuvo lo más firme posible el volante mientras se enfocaba en la rueda delantera del Toyota y disparó. La bala rozó apenas la carrocería. Shikamaru maldijo por lo bajo.
-¡Te dije que no podrías! –farfulló Temari.
Para ella era como estar en una pesadilla. No podía creerlo, jamás le había ocurrido algo igual. Su mente todavía no lograba acomodarse, no entendía que no se trataba de una maldita película policial, su corazón latía con un temor que nunca antes había experimentado. Era la primera vez que su vida corría peligro… ¡Su vida! ¡Nada menos! Tenía que intervenir de alguna manera, no quería morir y tampoco quería ser tratada como una estúpida damisela en apuros.
-¡Necesito que venga adelante! –vociferó su guardaespaldas de pronto.
-¡¿Qué? –La desestabilizó el hecho de que pudiese leer sus pensamientos y que se aprovechara.
Una nueva serie de disparos se iniciaba sobre ellos.
-¡Que venga adelante, maldición!
¿Qué pretendía? ¿Acaso el muy desconsiderado no se percataba de que no podía moverse? Las balas zumbaban alrededor del auto y mantenían su cuerpo y sus sentidos paralizados del miedo.
-¡No sé si pueda moverme, vas muy rápido! –pretextó. Jamás admitiría que estaba aterrada.
Pero Shikamaru no era ningún tonto.
-¡Deme la mano! –ordenó, mientras extendía su brazo derecho hacia atrás.
Temari la vio como si se tratase de un bicho y se mordió los labios con irresolución contenida.
-No puedo –terminó por balbucear.
-¡Claro que puede! –dijo él despectivamente. Entonces se estiró y sujetó la primera parte de su cuerpo que encontró, una pierna, y tiró hacia adelante sin contemplaciones.
Temari chilló al verse jalada, quedando en una posición destartalada entre el asiento y el suelo.
-¡¿Qué crees que estás haciendo, estúpido?
-¡Si quiere vivir tendrá que ayudarme! –le espetó Shikamaru, maniobrando bruscamente hacia la izquierda para eludir otra detonación. Sabía que ella estaría paralizada del miedo y no podía culparla, pero lamentablemente faltaba mucho para llegar, en esa área no había cobertura para llamar a la policía y necesitaba de su ayuda para poder deshacerse de los sujetos.
Temari, al verse compelida, ya no tuvo tantos reparos para moverse, más allá de la dificultad de conservar el equilibrio y soportar los golpes que los violentos movimientos del auto la obligaban a padecer. Maldiciendo, rezando, tratando de ahogar cuanto podía sus gemidos aterrados, poco a poco pudo llegar hasta el asiento del acompañante, junto a su custodio.
En ese preciso momento, el cristal posterior estalló en mil pedazos.
Ambos se encogieron instintivamente. Los trozos de vidrio volaron por el interior y Shikamaru ayudó con una mano para que Temari se cubriera la cabeza.
-¡Lo siento! –exclamó, lamentando no haber podido esquivar el impacto.
Ella lo miró con cara de "es absurdo que me digas semejante estupidez en semejante situación".
-¿Qué debo hacer? –preguntó, porque supuso que no la había obligado a moverse hasta allí solo para conversar.
-Ponte el cinturón de seguridad primero –No se dio cuenta de que la había tuteado. La joven, en cambio, sí, y no dejó de pensar en lo insólito que resultaba en el medio de toda aquella locura. Después de que se ajustó el cinturón, él continuó-. Bien, ahora lo único que debes hacer es sujetar con firmeza el volante mientras yo intento deshacerme de la compañía, ¿de acuerdo?
Temari lo miró con recelo, no muy segura de lo que su custodio pretendía.
-¿Solo eso? ¿Qué piensas hacer tú?
-Mi trabajo –masculló él, tomándole una mano para posarla en el volante-. Sujétalo con fuerza, mantenlo lo más firme que puedas.
Ella afirmó con la cabeza, conteniendo los nervios. Él lo notó, aunque confió. Estaba seguro de que lo haría bien.
-Lo harás bien –le aseguró con espontaneidad. A continuación se maldijo a sí mismo, ¿desde cuándo le decía lo que estaba pensando? Malditas situaciones límites.
Temari lo miró con asombro, pero no dijo nada. Estaba en una posición muy incómoda, medio torcida y agachada, aunque pudo sostener el volante sin mucha dificultad. Shikamaru mantenía un pie en el acelerador y, de alguna manera, se las arregló para asomarse por la ventanilla y apuntar.
Disparó una, dos, tres veces, hasta que pareció atinar. Del susto, Temari maniobró de forma abrupta y Shikamaru se golpeó la sien contra el borde de la ventana. Rápidamente se acomodó mejor sobre el asiento del conductor, gimiendo, tomando una vez más el volante.
No solo a una, le había atinado a las dos gomas delanteras. Un movimiento de desaceleración repentino sacó a los perseguidores del camino, dando vueltas sobre su propio eje a causa de la acción de la velocidad. Temari se giró para ser testigo de tan increíble maniobra.
De pronto, se escuchó el estallido de una nueva detonación.
-¡Cuidado! –alcanzó a vociferar Shikamaru, tratando de controlar el automóvil, pero fue en vano. Sin poderlo evitar, el Mercedes comenzó a girar del mismo modo que el Toyota antes, hasta que salió del camino y derrapó.
-o-
Cuando Temari recuperó el conocimiento, lo primero que vio fue a su custodio encima de ella. Un fuerte dolor de cabeza la acometió de inmediato, haciéndola gemir.
-¿Qué sucedió? –preguntó débilmente.
Shikamaru había logrado liberarla del cinturón que le salvó la vida y, sin responder aún, pasó sus brazos bajo su espalda y sus piernas para sacarla del vehículo. Ella se dejó hacer, aturdida, confusa, hasta que recordó todo lo que había ocurrido.
-¿Qué pasó, dónde están los tipos?
-Retrocedieron. Pero antes de irse nos dejaron un pequeño presente de despedida: una bala en una las ruedas traseras, por eso el auto se salió de control –explicó Shikamaru, depositándola con suavidad sobre el suelo-. Te golpeaste la cabeza y te desmayaste por unos breves instantes. ¿Dónde te duele? ¿Te sientes mareada, molesta…?
La joven se pasó la mano por la zona de la cabeza agredida y percibió la amenaza de una inminente hinchazón, aunque más allá de eso no había nada en particular que le doliese. Mejor dicho, le dolía el cuerpo entero.
-Estoy bien –terminó por decir-. ¿Pero quién demonios eran y qué querían?
Él no respondió. La contempló con gesto ceñudo, examinándola por sí mismo. Estaba en cuclillas a su lado, entonces Temari pudo advertir la sangre emanando de su sien.
-¡Kiba, estás herido! –exclamó, olvidándose de sus propias molestias. De pronto recordó-. Fue mi culpa, ¡fue en el momento en que me asusté y solté el volante! –dijo con cierta angustia.
-No es nada –repuso él con calma. Le desconcertó bastante ese súbito interés por su salud, así como su propio súbito interés por la salud de ella. No obstante, dadas las circunstancias, prefirió pensar en eso después-. No es una herida profunda, el cuero cabelludo sangra mucho haciéndolo parecer grave sin serlo en verdad. Yo les llamo "lesiones melodramáticas".
Temari intentó tranquilizarse con eso, sin mucho éxito.
-¿Qué querían? –insistió. En el fondo lo sabía, pero tenía la ilusión de que le dijeran otra cosa.
Shikamaru lo percibió.
-Lo investigaré –dijo. Había sido demasiado. Se sentía satisfecho de la valentía con la que había soportado toda esa inusitada travesía, no cualquiera lo hacía, demostraba que era una mujer fuerte y que no se dejaba vencer así como así. Por eso mismo, no la subestimaría con mentiras.
La joven guardó silencio unos instantes, procesando la evidencia. Sí, habían atentado contra su vida, habían querido asesinarla. ¿Pero quién podría estar detrás de eso, quién podría odiarla tanto? Era muy poderosa y millonaria, pero siempre se manejó dentro de un marco de legalidad. Aunque su padre… Diablos, su cabeza estaba a punto de estallar.
Gracias a su guardaespaldas se había salvado. Ese era su trabajo, ¿verdad? Ahí estaba, mirándola con preocupación y con entendimiento, aunque jamás le diría lo que ella quería escuchar. Nunca lo hizo desde que entrara a su servicio y tampoco lo haría ahora. En otro contexto lo hubiese regañado, en el presente solo podía estarle agradecida.
-Gracias –dijo simplemente.
El otro se admiró. Inquieto por ese inesperado acto de sinceridad, se pasó una mano por la nuca y miró para otro lado.
-Es mi trabajo –replicó con desgano. Después, para evadirse de la incomodidad, se puso de pie-. ¿Puedes caminar?
-¿Eh? Oh… sí, creo que puedo –dijo ella, apoyando las manos sobre la tierra para levantarse-. Claro que puedo... Sobreviví a una balacera, ¿crees que no podría caminar?
Con esa torpe manifestación de orgullo a Shikamaru ya no le quedaron dudas de que estaba bien. Reprimió una aliviada sonrisa.
-Solo lo digo porque las personas suelen angustiarse más después de una experiencia traumática. La tensión es tanta que, cuando el momento pasa, el cuerpo suele sufrir las consecuencias.
-Mi cuerpo es fuerte y resistente, gracias –señaló ella, de pie a su lado. Sin embargo, para su total desazón, sus piernas comenzaron a temblar.
-Bien, entonces acerquémonos a la ruta por si pasa algún auto que nos pueda ayudar, ya que aquí no hay cobertura para pedir auxilio –repuso él, tomando nota mental de ese detalle. No había tenido tiempo para meditarlo mejor, pero estaba casi seguro de que todo fue puntillosamente planeado para emboscarlos. Mejor dicho, para matarla. Parece ser que, además de la lista, tendría otros asuntos que resolver.
No avanzó más de dos pasos cuando se dio cuenta de que la mujer no lo seguía. Se giró para verla con interrogación.
-Ya voy –dijo ella con sequedad, disimulando. Pero no había caso, por más que se esforzaba para moverlas sus malditas piernas no la obedecían. A ella, a Sabaku No Temari… ¡Era el colmo!
-No puedes, ¿verdad? –indagó él, acercándosele de nuevo.
-¡Claro que puedo!… Solo necesito… tiempo –intentó ella absurdamente.
-Suele pasar –repuso Shikamaru con sencillez, suspirando, al tiempo que la alzaba en vilo.
-¡Oye! –se quejó ella al verse de nuevo entre sus brazos-. ¡Te digo que puedo caminar, bájame!
-Como quieras –dijo él sin problemas, bajándola.
Al apoyar los pies sobre el suelo, Temari vaciló. Fue un reflejo, no pudo evitarlo, y él lo notó en el momento exacto para sujetarla por la cintura con un brazo. Ella lo miró con cierto sonrojo y él la miró con cara de nada, demasiado acostumbrado a su testarudez. Después, sin pedir permiso (como era su costumbre), la alzó nuevamente.
Ahora ella lo encaró con disgusto y él la enfrentó con duplicada obstinación.
-¿Algún problema? –indagó él, con tono levemente amenazante. Estaba muy cansado como para seguir tolerándole los aires de superioridad.
Temari también estaba agotada y tuvo que reconocerlo. La cabeza le dolía como el demonio y no podía sostenerse sobre sus piernas, como tampoco podía mantener esa absurda puja por el poder. Dejarse cuidar era algo que nunca entraba en sus planes, pero en ese momento no tuvo más remedio que aceptar su debilidad y permitirle al sujeto encargarse de ella.
-Ninguno –musitó, ocultando muy bien sus emociones.
-Entonces vamos –terminó por decir él, encaminándose hacia la ruta con ella entre sus brazos.
Wiiiii!
Oigo ciertos acordes... una conocida melodía... Whitney Houston quizás... JAJAJAJJAAJ Solo si vieron la peli entenderán XD
Gracias por leer n.n
