Suomen Tasalvalta, Republic of Finland
El silencio ahora no nos incomodaba en absoluto. Me permití sentir aquello, abandonándome a la curiosidad. Comenzar esa lenta danza me transportó enseguida a un ambiente deliciosamente propio, de ambos. Tímidamente daba algunos pasos en ese beso inocente; tras cada movimiento de mis labios, sentía una descarga que cabalgaba a través de mi cuerpo. Todo lo que estaba presenciando era nuevo para mí, desde los suspiros que dejé huir de mi pecho hasta la delicadeza de los movimientos de Berwald. Podía tocar su alma con mis manos, delinear su cuerpo desnudo bajo el eterno cielo que nos resguardaba de la eternidad. Nuestro ritual no hacía más que iniciar nuestra unión astral. Los mismos ríos y bosques vibraron a nuestra voluntad. Su energía y la mía se fusionaban para dar origen a un conjunto de luces que sentía sobre mis párpados, quizá parte de la aurora boreal. Encaminarme a la ensoñación de sus labios enmudecía mis miedos. Podría esconderme árbol tras árbol como cuando era pequeño, intentando llamar su atención con mi sonrisa, para mostrarle algún lugar secreto donde jugaba. Así mismo nos reencontramos, escondiendo mis labios en la comisura de los de él, y lentamente me seguía. De pronto algunos gritos reprimidos pugnaban por huir de mente, y el miedo se entremezclaba con las suaves notas de tibia calidez que me otorgaban los besos en mi mejilla y cuello. No permitiría que la realidad invadiera aquello, simplemente me entregué y el elegante perfume de Berwald nublaba mis sentidos. Regresó a mis labios y fue como volver a recibir un rayo de sol después de una mañana fría. Llevé una de mis manos a su pecho y percibí con claridad el latir de su corazón. El bosque entero cubría nuestro puro secreto de los mundanos ojos del mundo. Ahora nada me importaba, su alma y la mía encajaban perfectamente y así comprobé cuando miré sus ojos inocentes. Nos apartamos lentamente sin alejarnos demasiado, a medida que comenzaba a llover. La tela impermeable de nuestra tienda entonaba una melodía agradable y el frío lograba colarse levemente por la comisura de las costuras. La luz del farol esculpía frente a mis ojos el perfecto perfil de Berwald. Sus manos escalaron hasta mi cabello y sus dedos se perdieron en él. Una vez más fue tras mis labios y para mí, ya no había vuelta atrás a mi libertad. Fue simple convencerme de sus sentimientos; sus labios temblaban bajo los míos, se desnudaba de sus máscaras y él me invitaba a ver sus pobres heridas que ensangrentaban su alma.
Cada vez me importaba menos todo; que fuésemos dos hombres, que a mi lado permanecerían sus ojos de hielo en silencio para siempre, que hubiese apagado la lámpara de aceite y que yaciéramos tendidos sobre mi saco besándonos como si fuese lo último del mundo. Nuestra invocación variaba lentamente entre sus movimientos armoniosos y la desesperación de sus manos. Me apegaba a su cuerpo y a la vez, consagraba tan delicadas caricias que sentía que me derretía. Mis manos temerosas de tocar su alma reposaban sobre su pecho. Me sumí en calma, no tenía miedo ya y mi corazón estaba por envenenarse completamente por Berwald. Sus dedos se apropiaron de mis mejillas, delineó mis labios elegantemente con los suyos, para luego llegar a mi nariz y separar nuestros rostros y así observarme en la penumbra; algo de luz del exterior podía ayudarnos con ello. Acarició mi pómulo y luego me acunó en su pecho. El frío me resultó agradable y se entonaba perfectamente entre esos embriagantes olores boscosos y amaderados. Exactamente eso éramos, bosques y nieve. Alcé mi rostro y me topé con su cuello desnudo. Con cierta timidez apoyé mis labios sobre esa herida y la besé con total gentileza. Berwald por su parte rodeó mi cabeza con una de sus manos y hundió su nariz en mi cabello.
¿Dios mío qué estoy haciendo?
De pronto caí en la cuenta. Retiré mi boca de su nuez y solo me limité a encogerme entre sus brazos. Mi corazón estaba acelerado y mis mejillas se tornaron rojas como si hubiese bebido cerveza desde que la noche apareció en el firmamento. Ambos permanecimos en silencio apaciguándonos con el agradable cantar de la lluvia sobre nuestros cuerpos. Con el pasar del tiempo, el sueño comenzó a enviciarnos y Berwald a duras penas dio con su saco y tendió unas mantas sobre nosotros. Un calor delicioso y tibio se instauró entre mi cuerpo y el suyo, más aún en nuestras manos que permanecieron entrelazadas hasta que finalmente privamos nuestros ojos al otro.
De nuevo estaba en el bosque, brincando entre los arboles buscando con mis ojos a Berwald. De pronto apareció y lucía muy molesto. Sonreí en dirección a él y salí corriendo tras otro árbol, saltando y creando ritmos. Descubrí una madriguera y los pequeños conejitos salían de vez en cuando a pasear, ya que el invierno decidió volver a su cueva fría y oscura. Quería mostrárselos todos a Berwald, porque sé que esconde un cuento sobre conejos en su baúl donde hay algunos juguetes que me gustan y saco a hurtadillas. Quizás quiera jugar conmigo como lo hacía muchos años atrás. Fue tan corto el tiempo que fue niño; me divertí mucho con él en esos días; me dijo una vez que éramos los mejores amigos del mundo y que me cuidaría para siempre.
A mí me gustaba jugar aún. Me desagradaba tomar hidromiel y prefería dormir a que unirme a las fiestas de los jefes. Finalmente llegué a mi lugar secreto, visualicé muchos conejos pequeños y no me temían, ya que yo los alimentaba. Tenía bayas escondidas para toda la peluda familia y para nosotros también. Berwald se apresuró en llegar y…
De un manotazo fuerte me volteó la cara y comenzó a regañarme. Mi llanto fue inmediato y más aún cuando enterró la espada en el suelo y mató uno de mis amigos. Grité a medida que pisaba sin cuidado y me agarró del cabello para volver a regañarme. "No puedes salir", "Rusia te busca para dañarte", "Tienes que madurar de una buena vez", "Eres un inútil, niño estúpido"
La sangre en su espada, su mirada fiera y terrible. Me iba a matar.
Podría irme con ese tal Rusia y todo terminaría.
Mis conejitos…
Mis gritos no hacían más que incrementar. La fuerza con la que blandía mi brazo era excesiva. Las imágenes difusas, aullidos, guerras, muertes, invasiones. Nos escondimos tantas veces del destino; guerreros saqueaban mis cosas, su baúl de juguetes para luego quemarlo todo. Me refugiaba en él, sin embargo temía tanto sus ojos como a los hombres que golpeaban a Lukas fuera de nuestro escondite.
Su violencia, me quería matar. Me encerró en su habitación e iba tras mío con su daga. Ya para entonces mis conejos habían muerto hace meses atrás.
Sobre su cama derramaba mi sangre y mis lágrimas. Mis labios fueron mordidos, mi cuello presionado con fuerza bruta.
Lukas, sálvame.
Te odio Berwald. Te odio y te odiaré para siempre.
Desperté de golpe y a pesar de ser una noche horrorosamente fría, transpiraba terriblemente. Tuve que apartarme de todo; tiré mis cosas con rabia muy lejos, mi capa, mi chaqueta y mi camisa suave y limpia. Berwald despertó enseguida desorientado, sin poderme detener.
Con desesperación abrí la tienda y salí en plena nevada con el torso desnudo. Corrí como pude, "Huye, Huye Tino". Las lágrimas se agolparon en mis ojos y di un traspié nuevamente. Esta vez no encontré hojas risueñas para recibirme, solo hielo y agua que en silencio me observaban llorar, como el niño abandonado que era.
¿Cómo pude caer en tus mentiras, Berwald?
Sí, soy un idiota. Un hombre muy estúpido. Sus declaraciones me estaban nublando de un día a otro para después tenerme entre sus garras, con el corazón destrozado por haberlo entregado en sus manos. No desearé ni sus besos ni sus ojos, hacerme adicto a una droga tan peligrosa podría acabar conmigo.
Mi llanto no daba tregua siquiera con el frio que ya comenzó a arañar mi piel. No recordaba la última vez que había llorado así. Mi respiración irregular hacía más infantiles mis lamentos. Mis pies sufrían porque olvidé mis botas invernales en la tienda. Apoyé mi mejilla en el frío suelo y me aferré a él, totalmente confundido.
Si mi cerebro pudiese vomitar, definitivamente habría vaciado de él absolutamente todo.
El alma me dolía, me dejé seducir y me drogué bebiendo de sus labios, de lo que estaba despertando dentro de mí, sin embargo podría estar criando el peor enemigo al que podría enfrentar jamás.
El amor.
Tenía miedo de esto. Tenía miedo de mí, de Berwald y de mi futuro. Sé que él ya no era ese bestiario salvaje que destrozaba mis esperanzas, pero no podía simplemente abrazar la idea de que sus ojos morían por mí. Tengo miedo de salir herido, tengo miedo de pelear una guerra que no ganaré. Soy demasiado gentil y me encanta ver la sonrisa en el rostro de Berwald, y soy capaz de dar lo que no tenía por ello, porque comprendía que mi ceguera sanaba con sus labios y el maldito tiempo si había jugado con nosotros y terminó por entrelazar nuestras manos y unir nuestras almas.
Pero como al tiempo le gustó soldar nuestros caminos, de igual manera podría disfrutar ver como mi frágil corazón era machacado bajo la espada de Berwald, como el cuerpo que estaba seguro que también donaría a sus brazos sería usurpado, dañado y menospreciado.
Mi llanto no hacía más que aumentar. ¿Qué me estaba pasando?, Sentía que enfermaba, que mi razón se quemaba al igual que mi piel con la nieve. No tenía dónde huir, por mucho que corriese. Me lamentaba sin importar que resonaran mis gimoteos en el bosque.
― Berwald… ― sollocé a medida que visualicé una lucecita flotar hasta mí con una lentitud increíble. Me cubrió con mi propia capa y me tomó en brazos. Me llevó de vuelta a la tienda en donde comenzó a frotarme con fuerzas. Había entrado en estado hipotérmico. Mi mente iba y venía entre los conejos de hace mil años y los besos de Berwald. Escuché que me pedía permiso y no contesté. Comenzó a desnudarme lentamente sobre las mantas tibias.
― Berwald, no quiero… no lo hagas, aléjate ― Hizo caso omiso a mis súplicas. Quería apartar sus manos de mí, defenderme. No quería que tocara mí cuerpo, no quería que me mirase. Me iba a morder. Me iba a matar.
― Te odio…
Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden
Cuando entre su llanto oí claramente esas palabras se me quebró el alma. Recurrí a sus ojos rojizos cubierto en lágrimas y nieve, para luego continuar secando el agua de sus brazos. Seguía repitiéndolo a medida que arropaba su cuerpo con todas las mantas que teníamos. Lo dijo tantas veces que no comprendo cómo pude continuar. Lo acuné en mi pecho y mi corazón herido me indicaba que seguía llorando. Estaba cubierto por tantas cobijas que con suerte salía su cabeza fuera de ellas. Me balanceaba con su él, resistiendo su llanto y sus palabras agresivas en su idioma. Estaba delirando por el frío y sus lágrimas no dejaban de torturarme.
Prefería mil veces que me dañara con la daga a que con su inconsciente.
Jamás podré poseer su alma entre mis manos para protegerla. Su sonrisa no era dedicada para mí. Sus labios los probé y terminé por hacerme adicto a sus inexpertos besos. Su juego seductor que me volvió loco horas atrás. Me dormí en la calma de la esperanza. Ahora solo lloraba entre mis brazos las lágrimas que yo ya no podía liberar; él por su mente confundida, yo por mi alma destrozada.
― Y yo, te amo. ― Logré susurrarle con la voz quebrada a su oído una vez que había calmado su nerviosismo y recobraba calor.
Finalmente lograba su cometido con una eficacia temible; Me estaba matando lentamente.
La tormenta se calmaba acorde Tino silenciaba sus lamentos y caía en sosiego nuevamente. Dejé su cuerpo completamente protegido sobre su propio saco y me apresuré en cubrir un pie que dejó escapar. La lámpara iluminaba todo con su cálida luz, pero el ambiente era frío y cortante. Tomé su ropa empapada y la doblé, puesto que no tenía como secarla. De igual manera hice con su camisa y apenas la vi, la pena se incrementó en mí. Me detuve unos momentos para poder tomar fuerzas. Cerré mis ojos con ímpetu sosteniendo esa suave tela entre mis manos temblorosas. De vez en cuando oía a Tino intentar hablarme, pero por ahora, prefería evitarlo. Mis convicciones yacían tan estancadas y quebradas, que estaba por decidir volver y dejarlo junto a los demás. Anhelaba llorar y liberar lo que siempre acostumbraba a coleccionar. Debía esperar al día para que disipara las tinieblas y aclarar lo ocurrido. Tino alucinaba ensoñado y entre sus locuras, dejó que el inconsciente dijera lo que él no era capaz de confesar. Doblé su camisa y cogí la cinta abandonada a un lado de sus otras pertenencias, tan suave como su cabello. Gradualmente la deslicé por el cuello de igual manera que una gota alcanzaba a escapar de mis ojos. Pesada y densa se estrelló sobre la pulcra tela. Me contentaba con tal de derramar dos o tres para poder desahogar mi alma, sería suficiente para no colapsar. Miré a Tino sobre su saco, se veía pequeño dentro del capullo suave y tibio. Había cesado completamente su llanto y brillaban las últimas gotas de cristal sobre sus mejillas extremadamente rojas. Busqué en su equipaje ropa nueva por si deseaba vestirse luego. Debía revisar si su piel no había resultado quemada en exceso. Quisiera saber por qué salió huyendo de aquella manera. Una vez seleccionadas algunas prendas, las dejé a su lado sin mirarlo y tomé mi saco para dormir al otro extremo para darle su espacio. Tendría frío, pero podría cubrirme con la capa de Tino. No es que pudiese darle mucha libertad, nuestra tienda era pequeña y mis pies chocaban con las piernas de Tino, además todas las cosas estaban desparramadas. Me acosté derrotado y decidí no apagar la lámpara, probablemente ya no pudiese conciliar el sueño nuevamente. Entre mis dedos aprisionaba la camisa que aún estaba tibia y la escondí dentro de mi saco. Cerré mis ojos sintiendo su suave olor boscoso e intenté convencerme que todo tendría una explicación. Tino no es una persona que guste fingir, y podría apostar mi reino que no simuló sus besos ni sus caricias. Deseaba seguridad de ello, no puedo creer que me sumí en una felicidad infinita de creer que podríamos caminar juntos hasta la eternidad, y ahora no tenía más certeza que de su odio.
Me llevé una mano a mi frente arrastrando otra solitaria lágrima que escapó a duras penas. Me endurecí con el tiempo y me costaba descongelar mis tristezas. El sabor agrio de mi vida se apoderaba de mis manos, temblaban y me pedían a gritos que no fuese tan cruel conmigo.
Me siento horriblemente mal.
― Berwald… ― La suave voz de Tino hizo que una tercera lágrima saltase el acantilado. No quise ir a su lado, no podía.
― Lo siento ― Fue lo único que pude decir.
― ¿Por qué me haces esto?, ¿En qué momento terminamos así?, ¿No quieres estar solo?, ¿Es eso?... De todas las veces que me pude haber ido con Rusia jamás lo hice, ¿Por qué de pronto se te ocurre tomar este camino, ignorando todo lo que implica, lo que sucedió años, siglos atrás? Eres egoísta Berwald, sólo piensas en ti y en no quedarte en soledad. Yo soy bastante iluso en ceder fácilmente a todo; por ti me callaría, obviaría mis dudas y mi moral, incluso guardarías mis miedos, ¿Sabes?, siempre te tuve miedo, y se entremezclaba con el respeto. Quizás esté haciendo todo por mero miedo, porque… ― Tino terminó su monólogo incorporándose lentamente, ya que las mantas no lo dejaban.
Por miedo. Hacía todo por miedo. Sé que he hecho muchas cosas mal en el pasado y fui un maldito. Incluso me asustaba de mí mismo. Nunca pensé que mis actos repercutieran incluso hasta el día de hoy. Es el pago por mis episodios, lo merecía probablemente. Jamás supe cómo proteger a Tino del mundo, jamás supe cómo lidiar conmigo mismo. Dios tampoco me ayudó, sólo era un niño sin bendecir abandonado junto a una flor que no fui capaz de cuidar.
Tino me observaba pacientemente. No encontraba las fuerzas necesarias como para poder enfrentar sus ojos; ¿Qué más daba?, él era libre de elegir lo que él quisiera ya. Hace unos años le di autonomía, sin embargo prefirió quedarse. No tenía nada más que decir, absolutamente nada más que dar. Siquiera podía sonreír por lástima a mí mismo.
Nada.
Había resuelto ya que hacer. Para ello debo continuar siendo fuerte. Las tormentas siempre tienen un fin. En cualquier caso tengo un enorme palacio en Estocolmo en donde encerrarme para siempre si quisiera. Había un enorme castillo en Uppsala en donde se me había invitado vivir. Incluso tengo enormes terrenos y hectáreas de bosques frondosos en donde desaparecer. Es fácil hundirse en la banalidad.
Pero para ello tenía que ser fuerte.
Cuando tuve la valentía suficiente de incorporarme para enfrentar los ojos de Tino, me encontré una mirada triste, muy al contrario de lo que pensaba. Una última lágrima escapó de mi inexpresivo rostro y con ello cerré mis ojos, para ya terminar con todo este tedioso momento.
― Berwald… ¿Por qué fuiste tan malo conmigo? ― Susurró Tino suavemente, sin ninguna nota de rencor. ― Ya sé que no eres así ya, pero no logro entender qué tipo de atracción sentías por mí sí sólo me hacías sufrir, tanto llegué a odiarte que quería huir con Rusia. Necesito comprender aquello para dejar el pasado donde debe estar, en mis recuerdos. No debería estar influyendo negativamente en lo que somos ahora. Si reparo aquello, puedo sanarme y continuar... para sanarte a ti.
― No sé qué decirte Tino. Ni yo comprendo que hice. Si pudiese regresar el tiempo, sinceramente te entregaría a Rusia. Quizás todo sería diferente para mejor ahora. Rusia hubiese tenido un excelente amigo con quien crecer, tu hubieses crecido en tu inocencia fuerte y amable tal como eres ahora, porque incluso bajo mi hostilidad no te volviste una bestia, yo no hubiese caído tan hondo dentro de mí. Nada de aquello que pasamos hubiese sucedido, nada de lo que pasó ayer ni hace un par de horas. Regresaría en el tiempo y te bendeciría con la paz que mereces, porque no tengo nada que entregarte más que mis sentimientos, no tengo tierras, no tengo dinero. Tu libertad ya te la entregué intentando reparar todo lo que hice. Mis reyes no entienden absolutamente nada de mis decisiones. Por suerte me apoyaron en la medida. No sabes las ganas que tengo de desaparecer. ― Solté esto sin poder alzar mi voz más allá de un murmullo. La llama de la lamparita danzaba alegremente entre nosotros. Mis pupilas pudieron enfocar las de Tino y percibía el aura invernal entre sus hermosos ojos. Sólo su cabeza y su cabello húmedo sobresalían de sus mantas. Una mano se posaba en el borde de las cobijas muy cerca de su rostro; lucía angelical, un ser de otro mundo desnudo y cubierto con mundanas pieles. Su belleza me atrapaba en extremo, no tenía como pelear contra sus facciones suaves y juveniles, los ojos de aurora boreal, el silencio de sus labios de mil años de bosques nevados y de mares fosilizados.
De alguna manera aniquilaré esto, antes que él acabe conmigo.
― Berwald… ― Sus dedos limpiaron su rostro y soltó un suspiro que hubiese adorado sentir en mi cuello dañado. ― Ya me siento mejor. Decirte esto me alivió bastante, solo quiero que hagamos una promesa ahora entre los dos. ― Buscó obtener complicidad de mí y con suerte pude otorgársela. ― Ayúdame a descubrir quién eres en realidad, para sepultar de una buena vez mi visión de ti.
No quise contestar. Había intentado conquistar a Tino con mis besos, pero antes tenía que convencerlo de que me arrepentía de mis errores, que tendría que restregarlos en mi propio rostro y torturarme con el recuerdo de que la guerra me había forjado para dañar.
Tino jamás se enamoraría de mí, puesto nada soy sin él. No tengo nada que mostrar más que mis manos dañadas por las espinas de las rosas que cultivé para él.
Asentí sin ganas y me acosté, ya queriendo acabar con esta horrible noche. Debí haberme quedado callado.
Cuando partimos en este viaje, yo no tenía destino fijo. Mañana tendría que ver el mapa, para poder llegar lo más pronto posible.
Suomen Tasalvalta, Republic of Finland
Cuando desperté, Me di un par de vueltas sobre mí mismo y recordé que estaba desnudo. Las escenas se agolparon en mis sienes y ya no me parecían tan terribles. Hablar lo que me sucedía siempre me aliviaba enormemente la carga. Estaba de buen humor y tenía hambre ya. Me incorporé y aparté un par de mantas de mí. Miré hacía donde recordaba haber visto a Berwald dormirse y en su lugar se encontraba nuestro equipaje listo y su saco ya envuelto. Me moví a duras penas ya que estaba muy adolorido; sólo a mí se me ocurre salir corriendo semidesnudo bajo el aguanieve, soy muy loco. Levanté mis mantas y vi mi desnudez. Me dio vergüenza pensar que Berwald me vio así, aunque otras veces había estado desnudo frente a él, pero las cosas cambiaron desde que sé sobre sus sentimientos. Tenía una enorme contusión por dentro del muslo derecho y un corte en el abdomen. La piel de mis piernas estaba dañada y la de mi pecho no lucía mejor. Mis pies parecían demasiado adoloridos y tenían muchas heridas pequeñas. Me tendí boca abajo sobre todas las mantas disfrutando de mi desnudez. Me gustaba estar así, pero no es que el invierno me dejara seguido hacer aquello. Había recuperado por completo la temperatura normal de mi cuerpo, sin embargo no tentaría las cosas. A mi lado había ropa doblada perfectamente y la camisa que me había regalado Berwald. Me vestí con lentitud intentando idear alguna manera de abordar todo de manera correcta. Berwald lucía devastado, pero de alguna manera tenía que enterarse de mis miedos igualmente. Abracé la camisa en mi pecho agradeciendo su gesto y me percaté que su aroma se había impregnado a ella. Terminé por vestirme y algo débil aún, intenté ponerme de pie.
Dios me dolía todo. A duras penas salí de la carpa y me encontré con Berwald en el exterior, quien destrozó el mapa y estaba sentado en una raíz, mirando el suelo en donde había dibujado con ayuda de una vara, algunas runas. Miré la cartografía destruida y pensé que era todo una cruel ironía; Las tierras dibujadas hermosamente a mano por la hija de sus reyes correspondían a Suecia. La asociación poética de ese trozo de fino papel me hizo soltar un suspiro y un vuelco en el estómago. Me dirigí lentamente a través del suelo lleno de guijarros y nieve hasta los múltiples pedazos y los recogí en silencio. Berwald notó que llegué a su lado, no obstante no me dio atención. Comprendí enseguida que sus actos eran en sentido metafórico. Agaché la mirada a los millones de papelitos que tenía entre mis dedos. Pude visualizar su nombre destrozado en múltiples partes, encontré Estocolmo dividida a la mitad, incluso vi las partes sin detallar de Noruega y Mías. Todas despedazadas. La superficie de algunas piezas tenía pequeños lagos de tristeza los cuales habían decolorado la tinta y describieron sobre la superficie, el doloroso recorrido de sus lágrimas.
Tener ese mapa entre mis manos dolió mucho más que mis huesos y mi espalda. Un nudo en mi garganta se produjo y parecía que los ancestrales árboles sobre mi cabeza tiraban de la cuerda con sus espectrales manos de dedos largos y vestidos de blanco. Fijé mis ojos en la rubia nuca de Berwald y pude ver sobre sus hombros desde mi altura, sus manos dañadas con pequeñas raspaduras y lucían sucias con la tinta que había escapado del mapa. A los pies del árbol estaba mi daga, desnuda nuevamente. Me costó asociar todas las evidencias, pero Berwald se había apuñalado a sí mismo en aquel trozo de papel.
Me costó darme cuenta también que comencé a llorar. Otra vez.
Me consideraba extremadamente débil con estas cosas. Limpié mis lágrimas rápidamente para no continuar con esto. Me llevé el mapa al pecho y me juré guardarlo para siempre, para recordarme que el hombre que siglos atrás me maltrataba sólo me pedía ayuda a gritos. Debía ser valiente por los dos, levantarlo a él y fortalecerme a mí. Éste era el último paso que necesitaba para decidir que uniría mi alma a la de él. Ese bosque completo me llamaba por ayuda. La nieve que caía desde sus cielos me lloraba por asistencia.
No iba a negarle mi auxilio. Siempre quise que fuese mi mejor amigo y estaba decidido a serlo; ser su mejor amigo, su mejor enemigo también. Su más leal vasallo. Su amor y también su amante. Me guardé todos los fragmentos del mapa en mi chaqueta y caminé hasta ponerme delante de él y a su nivel. Tenía un terrible aspecto enfermizo, su labio inferior se dañó por el frio y bajo sus ojos congelados de hermoso azul cósmico, se extendían dos alfombras violáceas. Me arrodillé frente a él y agaché mi cabeza tal como lo saludaban en las cortes. Lentamente alcé mi cabeza y tomé sus manos entre las mías y las besé levemente, intentando sanar esas pequeñas heridas dejadas probablemente por no quitar las manos a tiempo a medida que destruía el mapa. Fui tras sus ojos y luego acaricié su rostro. Sus mejillas estaban frías y los ríos habían terminado en sequia antes de que alguien secara sus lágrimas. Me acerqué a su rostro hasta quedar a pocos centímetros de sus labios, encaminé mi alma para revivir la suya cuando...
― No Tino. ― Berwald había colocado suavemente sus dedos sobre mis labios, limitando mi objetivo. ― No vuelvas a ilusionarme nunca más. No sabes cuánto duele.
No hice ningún gesto. Es obvio que reaccionara así. Habían sucedido muchas cosas y Berwald se estaba apagando. Con delicadeza quité sus dedos para aferrarlos con mi mano y llevármela a mi pecho.
― No vengo a ilusionarte, vengo a hacerte mío.
Nuestros labios volvieron a unirse bajo el silencio de aquel bosque ancestral. No le costó seguirme el ritmo a medida que sus manos me rodearon y terminaron por abrazarme. Me apoyé en una de sus piernas y me senté en el suelo para poder darle descanso a ese niño que dentro de mí aún lloraba sobre el cadáver de sus conejos, puesto frente a mí, había un joven que también rogaba por paz llorando de culpa sobre mi sangre y mis ropas desgarradas sobre su propio lecho.
Y por sus propias manos.
Me fue imposible siquiera desear romper la burbuja que nos aislaba. Sus manos me afirmaban con seguridad y sus labios lentamente cobraban confianza. Cada momento que transcurría entre los suaves suspiros que me otorgaban sus deseos más profundos, algo comenzó a hechizarme. Decidido a descubrir que era aquello que encerraba Berwald y fácilmente me atrapaba entre sus ojos, aparté mis labios y fijé la vista en sus cansadas pupilas.
― Berwald, quiero caminar a tu lado, quiero que me encantes todos los días como lo estás haciendo ahora. ― Tomé su rostro entre mis manos y besé esos ríos secos para borrarlos de sus mejillas. ― Ya ninguno de los dos estará solo nunca más. Me convertiré en tu confidente, seré tus ojos y tus oídos si quieres. Si tenemos que enfrentar nevazones, las enfrentaremos juntos, si la guerra se nos presenta en nosotros, combatiré por ti. ― Sus ojos parecían asustados al escucharme, podría apostar que soñaba con este momento mil noches en donde terminaba agotado intentando luchar contra sí. Besé sus manos totalmente entregado al arrastrante encanto que llevaba a cabo en mí. ― Te juro aquí y ahora que mientras me lo permitas, me uniré a ti. Compartiré mis días y mis noches contigo, podemos ir donde quieras, sólo… sólo tenemos que vencer las adversidades, los problemas que encontraremos. No sé nada sobre amar, de ninguna manera, sin embargo estoy dispuesto a aprender, porque hay algo en ti que me está atrapando y no quiero ignorarlo. Me gustan las cosas agradables y sabes que soy bastante sencillo. ―Con algo de timidez tomé su mano y a llevé a mi corazón― Jamás me he detenido a pensar en lo que causas en mí, no quiero dejar esto tan hermoso que me ofreces Berwald. Estoy dispuesto a lo que quieras, quiero comprenderte, quisiera… oírte reír. Ya no recuerdo tu risa, la abandonaste junto a tus juguetes y creciste muy rápido. ― Deslicé mis ojos lejos de los suyos y me dediqué a mirar sus dedos dañados aferrar mi ropa con delicadeza. Su mano helada alzó mi mentón a medida que dedicaba unas caricias cargadas de cariño en mi pecho.
― Tino eres tan… ― No fue capaz de continuar. Su pulgar comenzó a acariciar mi labio inferior con una lentitud muy propia de sus actos. ― Creo que eres el único que podría llegar a conocerme, o a ayudar también a enseñarme que hay de mí. De verdad siento que… que sin ti no soy nada. Soy muy tímido y probablemente siga guardándote cosas por miedo a dañarte o a que creas que soy un imbécil, pero mirar tu hermosa sonrisa es suficiente para poder… ser feliz ― Me dedicó un pequeño gesto agradable de esos que no solía ver en su rostro. Sus párpados ocultaban sus ojos con movimientos nerviosos.
Eso era lo que me encantaba de Berwald, su timidez. Esas miradas serían sólo mías, sus caricias sólo conocían mi piel, estoy seguro, o por lo menos estas. Desconozco si Berwald había descubierto otra persona en algún pasado, pero no me importaba, porque hace semanas lo escuché gritar al punto de volver a intimidarme con su rostro iracundo, y ahora encontraba un ser tranquilo y amable a más no poder, como jamás se mostraba con nadie más. A veces cuando estábamos todos juntos en lo que podría llamarse un ambiente familiar, me servía algún té o su brazo rodeaba mis hombros. Nunca noté cómo se preocupara de mis manos descubiertas o de mi capa.
Todo esto era sólo mío.
Nota para Sakirita-Chan:
¡Hola!
No he podido responder tu review, no conozco la causa exacta; posiblemente es porque no estás loggeada en el sitio. Quería que supieras lo mucho que me alienta tu comentario, ¡Muchas Gracias!
Espero que disfrutes esta historia; ¡Queda mucho por saber!
También planeo en el futuro subir algo sobre otros países. ¡Quizás!
¡Saludos!
Tystnad.
