No de amor
Silencio. Varias horas sin hablar. Teníamos mucho que contarnos, en diez años… en diez años todo había cambiado. Él había cambiado. Yo había cambiado. Pero sólo había silencio. Un silencio roto por el sonido de unos besos que parecían que no iban a terminar nunca. Roto también por el sonido de la tela al rozarnos. Nada más. En Le Château, reinaba el silencio.
No recuerdo cuando tiempos estuvimos así, sólo sé que al final se levantó y tomándome de la mano, dibujando esa alegre sonrisa de niño travieso y risueño, me llevó hasta el interior de la cocina. Me pidió que esperase allí. Por un momento recuperé la cordura.
-¿Rick? Creo que deberíamos…
-No tardaré –me prometió -. Sólo dame cinco minutos.
Suspiré, me apoyé en la pared, notando los fríos azulejos y la humedad que transmitían.
-¿Qué estás haciendo, Kate? –me dije a mí misma. Pero no me di tiempo para responderme; Rick entró en la cocina, llevaba algo en la mano, lo miré con curiosidad, un pañuelo, rojo, de seda.
-¿Confías en mí?
-No –contesté, mirándolo con curiosidad y a la vez, con nerviosismo.
-Lo suponía. ¿No te has dado cuenta de un pequeño detalle?
Me encogí de hombros. Él se rio y me hizo un gesto para que lo acompañara de nuevo hacia el salón, hizo un gesto con el brazo, como si lo abarcara todo.
-No hay nadie.
-Algo muy raro a la una de la tarde, ¿verdad?
-Richard… ¿qué propones?
-Se supone que has venido a saborear mi comida… -dijo, mirándome sin el menor nerviosismo. Asentí -. Me gustaría añadirle… algo de picante al asunto…
-No estás hablando de la comida, ¿verdad? –Negó, sonriente. Se acercó a mí, pegando su rostro al mío, acercó su boca a mi cabello, me mordió el lóbulo de la oreja.
-¿Alguna vez más comido con los ojos vendados?
-No –respondí, en voz baja.
-¿Le concedes ese honor a mi restaurante?
Cerré los ojos, tomé aire. ¿Cómo podía sentir ese calor estando en invierno, en París? Rick llevó sus dedos hacia mis labios, los acarició, apenas unos segundos. Abrí la boca y se los mordí, con suavidad, provocándolo. Aún con los ojos cerrados oí como caminaba a mi alrededor; se colocó detrás de mí y me apartó el pelo. El roce de la seda acarició mi rostro, lo noté sobre mis párpados, sentí como apretaba con cuidado el nudo.
-¿Lista? –susurró. Asentí y dejé que me llevase hasta una de las mesas, escuché como apartaba la risa y me guiaba, acercándola después a la mesa. Me dejó allí durante unos minutos, empecé a ponerme nerviosa pero me tranquilicé al oír de nuevo sus pasos. Me cogió las manos y me las acarició, me estremecí; las llevó hasta el respaldo y de repente noté de nuevo la seda, esta ven en mis muñecas. Me había atado.
-¿Rick? –pregunté, confusa. Sentí su aliento cerca de mi boca.
-No vas a necesitar las manos –murmuró.
-Rick esto no me va –le avisé. Acababa de anular dos de mis sentidos, empezaba a asustarme. Y sin embargo, jamás podré negar lo erótico de aquella situación.
-Confía en mí, cariño.
-¿Qué es lo que pretendes? –traté de forcejear, pero él posó sus manos sobre las mía, haciendo círculos con el pulgar.
-Volverte loca –contestó.
Me dio un beso en los labios y después sus pasos se alejaron de nuevo. Jadeé, quería volverme loca y lo estaba consiguiendo. Dejé de luchar con el pañuelo y me quedé quieta. De nuevo no se oía nada. Silencio. Silencio que se rompió poco después, con el sonido de una copa que recibía una generosa cantidad de vino. Humedecí mis labios con la lengua sin darme cuenta.
-¿Quieres probar?
Asentí, ansiosa. Me acercó la copa y me dejó probar el exquisito néctar. Fuerte. Especiado. Delicioso.
-¿Más? –susurró.
-Sí –respondí, abriendo la boca. Volvió a arrimar la copa a mis labios pero la apartó de golpe sustituyéndola por su boca, caliente, exigente. La recibí gustosa. Su lengua jugó con la mía, acarició mis dientes, lamió mis labios, quería el control y se lo di.
-Delicioso –sonrió, apartándose de nuevo. No contesté, me moví incomoda, calmando un poco la incomodidad que empezaba a notar entre mis piernas -. Quieta –me regañó – no me obligues a atarte también las piernas.
-Me vas a volver loca –murmuré. Se rio y volvió a besarme, pero apenas un instante, dejándome con ganas de más. Iba a protestar pero de repente su mano se coló bajo la falda de mi vestido, acercándose peligrosamente al encaje que cubría mi intimidad. Jadeé y de nuevo, se apartó, caminando otra vez hacia la cocina.
-Tardaré un rato en la cocina –me dijo mientras que se alejaba - no te muevas –añadió con humor.
¿Iba a dejarme allí atada y ciega? ¿Debía gritarle y exigirle que me soltase? No. Me decidí por esperar y tratar de estabilizar mi ritmo cardíaco. Podía oler el vino que seguía en la mesa, apenas a unos centímetros de mí, pero no podía moverme. Aún podía notar su mano en mi pierna, el calor que había transmitido seguía ahí.
No sé cuando tiempo se entretuvo en la cocina, sólo puedo decir que estar tanto tiempo sola, con un pañuelo alrededor de los ojos y con las manos atadas, terminó de enloquecerme. El silencio de aquel restaurante, el olor del vino, el tacto de su piel… calor en invierno.
Cuando por fin volvió hacia mí separé mis piernas, ardía, por dentro y por fuera. Se agachó y me preguntó si quería mas vino. Negué.
-No.
-¿Estás segura? –insistió, seductor.
-No quiero vino –repliqué –quiero tu boca.
Se rio y me dijo que fuera a por ella. Apreté los labios y aún a riesgo de caerme alcé mi cuerpo unos centímetros, buscándola. La encontré enseguida y mordí, con fuerza, ganando como recompensa un gemido o puede que un grito. Fuera lo que fuera, me di por satisfecha y cuando me tocó el turno de recorrer cada centímetro de su boca volví a morderle, pero esta vez con suavidad. Le besé hasta quedarme sin aliento, me empujó con delicadeza hacia la silla, obligándome a sentarme de nuevo, respiraba audiblemente, yo también.
-Ahora si quiero vino –le dije.
-Tú sí que vas a volverme loco –se rio. Me acercó de nuevo la copa y bebí. Esta vez noté un intenso gusto a canela; cuando alejó la copa le pedí más.
-Deberías tener cuidado –sonrió – este vino podría hacerte perder la cabeza.
-Puede que la haya perdido ya.
Me dejó sola otra vez, atada y ciega, pero saciada. Desde aquel gran salón podía notar el delicioso aroma de las especias que Richard utilizaba para condimentar la comida. Sus pasos no se hicieron de rogar y al momento estaba junto a mí; oí como dejaba sobre la mesa un plato. Arrastró una silla, situándola a pocos centímetros de la mía y se sentó, acariciándome la mejilla.
-Quiero probar -murmuré. Adiviné su sonrisa aun sin poder verla. La pérdida de contacto me hizo suspirar, pero enseguida sus dedos se acercaron a mis labios, esta vez, trayendo algo.
-Abre la boca.
Obedecí, ansiosa. Richard introdujo con delicadeza algo a través de mis labios. Lamí sus dedos, haciéndolo jadear y después se apartó, dejándome probar. Langostinos, mango y un ligero pellizco de curry. Y por encima de todo, el gusto de su piel.
-Sabroso -suspiré. No contestó, pero de nuevo me acercó su mano, esta vez no llevaba nada, pero no me importaba. Rozó mi labio superior, entreabrí la boca y pasé la lengua, sensualmente, rozándolo suavemente. Saboreé aquellos dedos, tan como había hecho mil veces antes, años atrás. Cuando soltó otro jadeo los rocé con delicadeza con los dientes, gimió. Presioné unos segundos, para después liberarlos -. Quiero más -pedí.
De nuevo el olor y el sabor de curry, aunque esta vez no sentí su piel, sino el tacto frío de la plata. Dejé que mi paladar se empapara con los sabores y luego lo miré, frunciendo ligeramente el entrecejo. -No me refería a eso.
-Lo sé -respondió, levantándose de nuevo.
No podía evitar inquietarme cada vez que me dejaba allí, sabía que no se marcharía, que no tenía nada que temer, pero aquella sensación de ansia se apoderaba de mí, mezclándose con el placer de lo prohibido. Con dos de mis sentidos anulados, los otros tres se centraban exclusivamente en aquel lugar y en él. Oía la música de fondo, olía los sabores que escapaban de la cocina, notaba el gusto del curry y sus dedos en mi boca. Deseo. Placer. Sensualidad.
-Espero que te guste -dijo en voz baja, sugerente -. Es la especialidad del chef. El sonido de un cuchillo cortando algo, carne, quizás. Él de nuevo sentándose. Su aliento, con sabor a vino, invadiendo mi espacio. Me estremecí. Algo presionó sobre mis labios, los abrí y dejé que de nuevo el placer culinario me invadiera. Me sentía en otra realidad, mis sentidos de crítica no pudieron adivinar que carne estaba probando, pero pude distinguir la salsa sin problemas.
-Frambuesas -dije.
-Muy bien -me felicitó y me acercó de nuevo el tenedor. Probé unos cuantos bocados más, hasta que dejó el cubierto sobre la mesa y lo sustituyó con su lengua, que penetró lentamente dentro de mí. Aquel beso me supo a vino, a frambuesa, a canela. Con sus manos me atrajo aún más, posándola con decisión sobre mi nuca. Un mechón de mis cabellos me acarició el rostro, haciéndome cosquillas, él lo apartó, con cariño, dejándolo detrás de mi oreja, sin romper el beso. Se apartó con la misma rapidez con la que me había tomado. Traté de controlar mi respiración, sin éxito, aquel juego acabaría matándome.
-¿Más vino? -preguntó. Asentí, dejando que me ayudara a beber -. Vaya... te has manchado -murmuró, con falsa aflicción.
-¿Dónde? -inquirí.
-Aquí -Oí como se arrodillaba y antes de que yo pudiera reaccionar su boca rozó la tela de mi vestido, justo encima de mis pechos.
-Richard... -suspiré. Me desabrochó un par de botones, besando la piel que encontraba, cerré los puños con fuerzas, superada por la situación. Rodeó la lencería dejando cálidos rastros de saliva, subiendo lentamente por el cuello.
-Siempre tuviste esta parte muy sensible -murmuró sobre mi garganta.
-Dios...
-Traeré el postre.
Se levantó, dejándome con ganas de más. Traté de decir algo, protestar, pero me lo impidió acercándome de nuevo la copa de vino. El gusto a canela y uva ayudaba a saciar aquella horrible sed, pero no la eliminaba. Mi boca lo quería a él.
Mientra que esperaba la promesa del postre, preguntándome que se le había ocurrido, puede que mi mente se parase a pensar en lo que estaba traicionando, lo que podría perder por dejarme llevar, pero esta historia, no es una historia de amor. Esto va de sabores, de besos, de placer, no de amor.
