Una casa para tres

—Deberían hacerlo aquí.

Que Tooyama dijese eso con un exasperado suspiro, en vez de hablar con entusiasmo sobre el torneo al que asistiría en unos días, no tenía ningún sentido, por lo que Ryoma lo observó con incredulidad, casi esperando que Tooyama añadiese algo que indicase que estaba hablando de un tema diferente.

En vez de eso, Tooyama volvió a suspirar y jugó con la comida que todavía le quedaba en el plato.

Eso tampoco era normal.

En las noches, comer juntos en medio de una charla jovial, casi siempre avivada por Tooyama, quien comía a la misma velocidad que hablaba, se había vuelto algo cercano a una rutina que Ryoma había llegado a apreciar tanto como los partidos para terminar el día con Tooyama.

Ver eso interrumpido era tan extraño que Ryoma mismo dejó de comer, prefiriendo examinar a Tooyama con atención. El pelirrojo había apoyado un codo sobre la mesa y lucía carente de apetito, algo inaudito tratándose de él.

—Dura una semana, ¿cierto? —preguntó Ryuuzaki, pensativa.

Tooyama asintió con la cabeza, confirmando que su afirmación previa —y su falta de ánimo— estaban relacionadas con el próximo torneo.

—Si no pierdes antes de la final —comentó Ryoma, ganándose una mirada irritada de Tooyama.

—¡Claro que voy a ganar! —afirmó con renovada energía y lo señaló con su tenedor—. Apuesto a que volveré con el trofeo.

—¿Y si no? —Ryoma sonrió con arrogancia, más a gusto con el giro que había dado la conversación.

Por unos segundos, Tooyama pareció distraído pensando en algo y finalmente dejó el cubierto sobre la mesa, se enderezó y dijo con total seriedad:
—Probaré ese jugo.

Ryoma no tuvo que pensarlo dos veces.

—Trato.

—¿Jugo? —intervino Ryuuzaki, luciendo deseosa de encontrar el hilo de la conversación—. ¿El de Inui-senpai?

—Hace un tiempo me mandó una receta —explicó Ryoma.

Aunque desde eso habían trascurrido meses, Ryoma todavía no sentía que comprendía qué había motivado a Inui a enviarle un largo correo electrónico sobre las necesidades de un atleta y las razones por las que su más reciente invención podía ayudarlo a cubrirlas.

Semejaba más a algún tipo de propaganda que un mensaje de un conocido, mas la receta con la que lo había concluido probaba que provenía del verdadero y único Inui Sadaharu, quien parecía seguir tan obsesionado con sus cocciones como lo había hecho en su época en Seigaku.

Compartir el horror con la persona más cercana —Tooyama— había sido un acto de reflejo que lo había llevado a olvidar borrar el correo y ahora, Ryoma se alegraba de haberlo conservado. Si bien no planeaba seguir la recomendación de tomar "un vaso cada mañana" sin importar qué, la idea de usarlo en retos como este se le antojaba divertida.

—El que probé antes era horrible. —Fue evidente que mencionarlo bastó para transmitirle el terror que causaba tan desagradable sabor, pues Tooyama se estremeció visiblemente y luego tomó su tenedor una vez más, como si quisiese borrar el mal recuerdo con el mucho más agradable sabor de la cena preparada por Ryuuzaki.

—Eran... famosos en Seigaku —dijo Ryuuzaki, sonando más educada de lo que ameritaba al hablar de aquellas infames bebidas—, pero nunca los probé.

—¡Ni lo hagas! —exclamó Tooyama, luciendo asustado ante la sola posibilidad de que Ryuuzaki lo hiciese en un futuro.

—Es lo mejor —lo respaldó Ryoma de inmediato. Esos jugos habían noqueado a un notorio número de tenistas de todas las edades y sospechaba que Ryuuzaki, tan delicada como era, no lograría sobrevivirlo de mejor manera.

—¡Y por eso no perderé!

—¿Solo por eso?

Su provocación pareció ser el último empujón que necesitaba Tooyama para recuperarse por completo y el ruidoso y animado ambiente volvió a instalarse en el ambiente.

Eso no cambió en los siguientes días e incluso cuando llegó la fecha de partir, Tooyama no pronunció ninguna otra queja sobre tener que irse.

En lugar de eso, esa mañana bajó ya preparado, desayunó en un santiamén y los instó a acompañarlo hasta la puerta a despedirlo.

—Ya verás, Koshimae —prometió Tooyama, mirándolo con seriedad a los ojos, antes de dirigirse con una sonrisa a Ryuuzaki—. Sakuno-chan, te dedicaré mi trofeo.

—¿Eh? —La sorpresa de Ryuuzaki fue evidente, mas no fue lo suficiente para que no expresase el titubeo que le produjo la idea de Tooyama—. Pero...

—Aunque sería mejor si estuvieran en la final... —continuó Tooyama sin dejar de sonreír y acomodó su par de maletas en sus hombros—. Bueno, ¡volveré pronto! —Sin más, Tooyama echó a correr hacia el lugar donde el taxi que lo llevaría al aeropuerto lo estaba esperando, demostrando su eterna energía.

—¿No debería decir lo contrario? —preguntó Ryoma en voz alta, pero Tooyama no pareció alcanzar a oírlo. Todo indicaba que a pesar de su desanimo previo, Tooyama ya estaba concentrado en el torneo y su única fijación era ir y jugar. Mejor.

A su lado, Ryuuzaki dejó escapar una corta risa y a pesar de que cuando Ryoma giró a verla ella se acalló, luciendo avergonzada, le sonrió sin lucir tranquila tras el segundo que le tomó reponerse.

—¿Tampoco mostrarán los partidos de Tooyama-kun? —cuestionó de repente, una vez Ryoma cerró la puerta y quedaron solos junto a Karupin.

—¿Tampoco? —repitió, más curioso que confundido.

Inexplicablemente, Ryuuzaki se sonrojó, mas asintió con su cabeza.

—T-Tooyama-kun me dijo que usualmente ni siquiera graban torneos pequeños, como en el que participaste —pronunció con rapidez—. Es una lástima, hace mucho que no los veo competir...

—Nosotros siempre jugamos en serio —interrumpió Ryoma.

Ryuuzaki se había quedado a verlos jugar más de una noche y aun si rara vez hacían más de un set, si es que terminaban uno en primer lugar, Ryoma consideraba esos enfrentamientos algo tan real como cualquier partido en un torneo y le costaba creer que Ryuuzaki no se hubiese dado cuenta.

—Lo sé, pero... —Aunque Ryuuzaki no pareció tomarse mal su comentario, ladeó su cabeza como si estuviese pensando cómo explicar lo que quería decir—. Creo que extraño ver los torneos de antes...

En cierta forma, Ryoma también los echaba de menos.

Tener una meta tan tangible, como una victoria en particular, traía una diversión que estaba ausente en los constantes entrenamientos y torneos de poca importancia que eran más una pequeña prueba que una verdadera montaña que tenía que escalar para llegar a la cima.

—No estaban mal —aceptó Ryoma, encogiéndose de hombros.

—Eran increíbles.

La sonrisa con la que Ryuuzaki terminó esas palabras era brillante y Ryoma no supo que más añadir salvo pronunciar un pensativo «hmm» que marcó el fin de la conversación y trajo consigo un pesado silencio.

Ryuuzaki pareció notarlo de inmediato, pues se movió en su lugar, nerviosa, e hizo un gesto poco claro hacia el fondo del corredor.

—Lo siento, Ryoma-kun, tengo que...

Notar que se habían quedado hablando junto a la puerta de entrada hizo reaccionar a Ryoma más que la poca clara explicación de Ryuuzaki para excusarse e ir a hacer lo que fuese que tuviera que hacer, pero Ryoma no se detuvo a pensar mucho al respecto pues la ausencia de Tooyama no cambiaba nada.

Él iría a la academia y pasaría gran parte del día entrenando, Ryuuzaki continuaría con las diligencias varias de su universidad y por la noche comerían juntos con la tranquila compañía de Karupin y una vez Tooyama regresara, él se uniría a esa rutina que habían establecido.

Esa misma noche, sin embargo, Ryoma se dio cuenta de que no sería así.

Si bien la ausencia de su usual oponente era algo para lo que había estado preparado y que lo llevó a terminar la tarde tomando una siesta acompañado por Karupin, la diferencia durante la cena fue evidente.

Ni siquiera el que Karupin maullase pidiendo algo del pescado que estaban comiendo llenó los silencios que a ratos se instalaron en el lugar, pese a que Ryuuzaki le preguntó sobre su entrenamiento y luego de que Ryoma le contestó, ella le contó un poco sobre su día, incluyendo el que esa noche se había perdido en el camino de regreso.

Que Tooyama no estuviese era, sin duda, la razón, o quizá una parte de ella. Había también cierta tensión, cierto nerviosismo en las sonrisas de Ryuuzaki y...

—¿Estás bien, Ryoma-kun? —cuestionó Ryuuzaki con un claro deje de preocupación una vez se levantó de la mesa tras comer, luciendo indecisa al estar de pie, con la vajilla que había usado en mano y observándolo como si no quisiese perderlo de vista hasta recibir una respuesta.

Esa pregunta había salido de la nada. Ryoma solo pudo parpadear, confundido, mas pronto decidió no darle importancia.

Tal vez estaba más cansado después de entrenar de lo usual debido a las altas temperaturas del día y si era así, Tooyama no tenía nada que ver con la extrañeza de la noche.

—Como siempre —afirmó, contento con la explicación que había encontrado, y abandonó su asiento para arrebatarle el plato—. Yo me encargo.


Dos días después, Ryoma tuvo que aceptar consigo mismo que se había equivocado al culpar al calor.

Aun si en la academia todo seguía como de costumbre, en casa no era igual.

Sin Tooyama, las antes animadas noches se habían convertido en algo tedioso en las que ninguna charla parecía llegar lejos y la tranquilidad parecía abandonar a Ryuuzaki en esos momentos, llevándola incluso a removerse inquieta en su silla y apartar a ratos la mirada mientras hablaban.

Eso era, de por sí, irritante, y no tener más que una pared como contrincante tampoco estaba ayudando a contrarrestar eso.

—¿Cómo crees que vaya Tooyama-kun? —dijo Ryuuzaki al final de la tercera noche, una vez Ryoma volvió de la cancha, a donde había ido poco después de comer.

—No ha regresado. Por lo menos no ha perdido. —Eso era tan obvio que debería ser innecesario decirlo y quizá Ryuuzaki lo notó, pues asintió con el bochorno escrito en su rostro.

—Si, tienes razón.

Algo en el tono de Ryuuzaki y en la forma en que le deseó buenas noches rápidamente le dejó la impresión de que le debía una disculpa, pero Ryoma no tuvo ninguna oportunidad de hacerlo y el día siguiente, cuando Ryuuzaki lo saludó con normalidad, descartó la necesidad de ello.

A pesar de eso, solo unas pocas horas más tarde, en el instante exacto en que regresó a casa, se encontró recordándolo.

Ryuuzaki ya estaba ahí, mas a diferencia de otros días parecía haber estado aguardando por él, pues abandonó su asiento en la sala y tras saludarlo se acercó hasta quedar parada frente a él.

—¿Te gustaría...? —Ryuuzaki mordió su labio inferior, fijó su vista en el suelo y no dijo más.

Ryoma la observó, esperando a que ella terminase lo que fuese que quería preguntarle.

—V-voy a hacer la comida —explicó Ryuuzaki al fin, hablando de manera rápida, y tras una pausa para tomar aire, alzó su mirada—. ¿Quieres algo en especial?

Aunque Ryoma estaba seguro de que había pensando en más de un plato días atrás, charlando con Tooyama, luego de unos segundos su mente no le ofreció ni una sola idea, tal vez porque era demasiado temprano para que su apetito lo hiciese querer algo.

—No realmente.

—Oh. —A pesar de sonar decepcionada, Ryuuzaki hizo un esfuerzo por sonreírle antes de dar media vuelta—. Voy a ver entonces que...

Sentirse culpable de nuevo, en esta ocasión por no causarle trabajo adicional con alguna petición, carecía de sentido, al igual que tener la sensación de que Ryuuzaki había querido decir algo más y junto a lo sucedido la noche anterior logró agriar el ánimo de Ryoma y hacerlo agradecer lo poco que faltaba para que Tooyama regresara.

Una vez lo hiciese, Ryuuzaki volvería a la normalidad, ¿no?

En dos días podría saberlo.


La espera se le antojó eterna, pese a que no hubo ningún otro incidente y cuando finalmente llegó el último día del torneo, Ryoma solo quería tomar su raqueta y recibir a Tooyama con un partido.

—¿Crees que volverá hoy o mañana? —cuestionó Ryuuzaki cuando llegó a casa y lo encontró junto a Karupin en la sala.

Ryoma miró de reojo el reloj, recordando que las finales de ese tipo de torneos solían ser jugadas cerca al medio día, y en vez de aceptar que había estado preguntándose lo mismo, se encogió de hombros.

—Depende si terminó el partido temprano. —Y si conseguían tiquetes para regresar, o si el entrenador los había comprado de antemano para el día siguiente; y si no había ningún problema en el aeropuerto, o si algún otro imprevisto no los obligaba a esperar más tiempo aun.

—Siempre es así, ¿verdad? —Ryuuzaki mordió su labio por un segundo, luciendo distraída y nerviosa a la vez, al tiempo que dejó su cartera sobre un asiento—. La vez pasada Tooyama-kun también dijo que no estaba seguro de cuándo llegarías...

—Suele serlo.

La conversación pareció morir con eso, mas el sonido de la puerta respondió la primera pregunta de Ryuuzaki e hizo que tanto ella como Ryoma dirigiesen su mirada en dirección del corredor que llevaba a la entrada, aguardando.

Esta vez el silencio era solo expectante, como si incluso antes de que Tooyama dijese una palabra cualquier incomodidad se hubiese desvanecido.

—¡Volví! —anunció Tooyama con un grito y corrió hasta la sala con su trofeo en alto.

Ryuuzaki fue hacia a él para darle la bienvenida con una sonrisa brillante y de reflejo, Ryoma dejó a Karupin en el sofá, se puso de pie sin tomar al raqueta que había dejado a la mano y la siguió, sospechando por el animado saludo que no tendría que buscar la receta del jugo para que Tooyama cumpliese con lo que había apostado.

—Felicitaciones, Tooyama-kun.

Imitando la sonrisa de Ryuuzaki, Tooyama dejó caer sus maletas al suelo al tiempo que estiró sus dos manos para entregarle el trofeo e hizo una pequeña venia.

—Aquí tienes.

Quizás Ryuuzaki había pensado qué hacer con el trofeo dedicado, pues lo recibió con calma y lo sostuvo con cuidado, como si lo considerase realmente valioso pese a ser de un torneo sin ningún renombre y en el que sin duda Tooyama no había sufrido mayores dificultades.

—Podríamos ponerlo... —comenzó, mirando a su alrededor, mas al toparse con los ojos de Ryoma se sonrojó y sacudió su cabeza—. Ryoma-kun, lo siento, debí preguntarte primero...

—¿Por qué no? —interrumpió Ryoma.

No le molestaba la idea de ponerlo como decoración temporal en una de las varias repisas en las que no había más que algunos libros olvidados y viejas porcelanas que su madre no había llevado con ella a Japón y que Karupin no había tumbado en sus paseos por todos los puntos altos de la casa.

Luciendo aliviada, Ryuuzaki le sonrió en agradecimiento.

Tooyama pareció ser el más contento con la idea y con el hecho de que Ryoma la hubiese aceptado, pues su expresión se iluminó de inmediato y corrió a pasar un brazo por los hombros de Ryoma.

—¡Trae también los tuyos!

—Están en la academia —señaló Ryoma, mirándolo de reojo y sin hacer ningún intento de apartarse, familiarizado ya con esas confianzudas acciones de Tooyama—. Y también van a querer que lleves ese.

Era la tradición, por un lado; y por otro, esos recuerdos de pequeñas victorias podían llegar a ocupar más espacio del que merecían. Solo era cosa de ver los muchos viejos trofeos que Nanjirou había coleccionado antes de jugar profesionalmente y que ahora estaban en alguna caja olvidada en el hogar de los Echizen.

Tenía más sentido llevarlos a un lugar donde eran más apreciados y de paso salvarse de escuchar las indirectas de los entrenadores, quienes no dudaban en mencionar lo mucho que apreciaban poder llevar registro de los logros de sus miembros.

—Déjame celebrar, Koshimae —lo reprendió Tooyama con su ceño ligeramente fruncido, mas esa expresión desapareció de su rostro en cuanto Ryuuzaki sugirió dónde colocarlo, cosa que hizo una vez Ryoma y Tooyama lo aprobaron.

Tras eso, Ryuuzaki dio un paso hacia atrás.

—Voy a preparar...

—Nop, hoy no —interrumpió Tooyama, alejándose de Ryoma para bloquear el camino de Ryuuzaki y con una delicadeza inusual en él, puso una de sus manos en la espalda de Ryuuzaki para guiarla sin ningún empujón hacia la puerta por la que él había entrada hace poco—. Ven tu también, Koshimae.

—¿Adónde? —Ryoma no se movió, intuyendo la idea de Tooyama pero queriendo saber más al respecto.

—Eso no es lo que importa. —Tooyama se detuvo haciendo un mohín y tras unos segundos, en los que aparentemente había esperado a que Ryoma dejase de resistirse, suspiró y se dirigió a Ryuuzaki con un tono suplicante—. Tú sí me entiendes, ¿cierto, Sakuno-chan?

—Sí. —La sonrisa de Ryuuzaki era alegre y no desapareció cuando giró para ver a Ryoma, pidiéndole con sus ojos que accediera aun antes de decir—: ¿Vamos, Ryoma-kun?

Ryoma fue incapaz de negarse ante la mirada esperanzada de ambos y se dejó arrastrar por Tooyama incluso sin haber escuchado algo concreto, solo tomándose un momento para tomar una chaqueta y su billetera.

—Debimos haber hecho esto la vez pasada —afirmó Tooyama, mirándolo de reojo con una expresión pensativa.

—Y hasta ahora lo piensas.

—Por eso vamos a hacerlo doble —replicó Tooyama sin amedrentarse—. Por Koshimae y por mí.

Ryuuzaki secundó esa idea y Ryoma terminó siguiéndolos sin ninguna reticencia.

Las sonrisas de los otros dos eran contagiosas y que la normalidad estuviese de regreso era algo que, sin duda alguna, merecía una celebración.