Perdonar pero no olvidar

Harry palmeo la barra mientras esperaba que la poción estuviese lista. Solo faltaban dos minutos para que terminara su tiempo al fuego, dos largos y lentos minutos de los ocho originales. La precisión era uno de los puntos más importantes para él en las pociones, uno de sus inesperados talentos que requerían de eso y más.

Cerró los ojos sintiéndose cansado, no del cansancio físico, más bien mental, había dado muchas vueltas, demasiados pensamientos y recuerdos para un solo día.

Le habían dado el alta a Harold alrededor de las nueve de la mañana. Un sinfín de papeles para firmar y la visita del trabajador social para comprobar las nuevas condiciones en las que viviría, por lo que debieron ocultar gran parte de la decoración que pudiera revelar algo del mundo mágico.

La habitación estaba demasiado caliente, Ginny se había reusado terminantemente a que usara la cocina para realizar pociones, así que tenía su despensa en el sótano junto con los calderos y otros menesteres propios de la materia, pero no había ventanas, así que el calor se encerraba con facilidad.

Tamborileo los dedos, faltaba un minuto.

Harold había estado callado durante todo el viaje desde que lo recogieron en el hospital, no había preguntado ni por su padre, ni sus abuelos, ni nada. Solo un mutismo prolongado y tedioso, sus ojos azules lucían apagados, el cabello rubio opaco y descolorido, la piel amarillenta. Había perdido bastante peso respecto a la última vez que lo vieron hacía ya varios años.

¿Por dónde empezar una conversación?

Siete Sickles hacen un Galeón, veintinueve Knuts son un Sickle… no eso no.

—Me faltó comprar algo para personalizar la habitación, pero quería que eso lo escogieras tú. Las sábanas son amarillas ¿Está bien? — preguntó Ginny con una sonrisa tímida, ella tenía un conflicto similar a cómo empezar una charla casual. Harold la miró con cierto aire ausente, como si le hubiera hablado en un idioma extraño. Y no respondió.

Harry soltó un suspiro. Finalmente vieron la casa aparecer al final de la calle y con ella el atisbo de un futuro incierto e inquietante. Miró con poco interés su jardín del que regularmente se sentía orgulloso, el buzón perfectamente ordinario donde decía con letras verde esmeralda "Potter". El camino de gravilla, el pórtico…

Hacía treintainueve años a él lo habían llevado al pórtico de los Dursley, con el mismo punto inseguro, su tía no se cansaba de repetirle que ese día fue de lo más… ¿Qué palabra uso? Terrible… no, fatal. Por una amenaza de Dumbledore, por una pizca de lástima o lo que fuera, no lo botaron a un orfanato. En cambio, le asignaron un espacio bajo las escaleras, el cuarto lugar de la mesa y la ropa heredada de Dudley.

—Está lista…— murmuró apagando la flama y alcanzando una cuchara para ponerla en una botella, quedando aún suficiente para un vaso aparte.

Subió con ambas cosas hasta la habitación que habían conjurado especialmente para el niño. De manera casi obsesiva se había asegurado de que tuviera la misma dimensión que las otras, ni más ni menos. La cama, el guardarropa, un escritorio con lámpara, un librero. Todo lo más elemental, todo lo particular lo comprarían en conjunto con él. El terapeuta había recomendado que no recogieran nada de sus cosas de la casa Dursley, aunque mucho dudaba que quedara algo, Vernon y Dudley se habían desecho de todo con tal de negar su existencia.

James había estado receloso, no le agradaba del todo su primo pues hubo un par de roces con Albus, pero Lily, en cambio, estaba absurdamente emocionada. Llegaron a la casa, prudente como nunca lo había sido, James ordenó a Kreacher no aparecerse hasta que lo llamaran, de manera que le ahorraran la primera confrontación con el mundo mágico, posponiéndola hasta cuando su padre lo creyera pertinente.

Le condujeron hasta la habitación, Ginny le ayudó a recostarse, su rehabilitación no estaba del todo completada, estada débil, física y emocionalmente. Después le dejaron solo, pendientes aún de cómo hacerle saber algunas cuestiones que serían de vital importancia para su futuro inmediato.

La puerta estaba cerrada, Ginny un rato antes le había subido algo para cenar y le había ayudado a comer, aunque no fue capaz de hacer que terminara todo.

Harry llamó a la puerta entrado de todos modos. Harold estaba despierto mirando por la ventada con las luces apagadas, iba a encenderlas pero Ginny le había comentado que parecían molestarle así que solo caminó hasta la silla que estaba junto a la cama. Dejó el vaso sobre la mesa de noche y una última vez volvió a pensar cómo empezar a hablar con él.

— ¿Crees en la magia, Harold?

El niño reaccionó bruscamente con un escalofrío tremendo, agitó rápidamente la cabeza y se encogió en las sábanas.

—Vernon te dijo que no existía tal cosa ¿No es así?

No hubo respuesta. En la mente de Harry se dibujó la imagen de su tío como él lo recordaba: rojo de rabia, con su papada más prominente por el encogimiento de cuello que hacía al molestarse. Los ojos pequeños y chispeantes junto con esa total seguridad de que no podía existir algo que él no lograra comprender. Una escena de esa misma cara rabiosa en el espacio pequeño de su desván bajo la escalera justo antes de que cerrara la puerta con seguros, como el celador al preso. Después solo la oscuridad y el polvo que caía cuando Dudley subía o bajaba intencionalmente a saltos.

—Bebe esto…— le dijo recordando de pronto el vaso con la poción púrpura.

Harold levantó las manos pero se quedó en el intento de sostener por su cuenta el vaso que casi cayó de no ser porque Harry lo detuvo a tiempo. Le ayudó a beberlo con sorbos lentos hasta que se lo hubo terminado todo, justamente cuando lo hizo cayó profundamente dormido.

Poción para dormir sin soñar.

Le ahorraría las pesadillas que, había advertido el médico, tenía cada que cerraba los ojos. Tal vez, una buena noche de sueño le haría bien a su ánimo. Le haría bien a los dos, volvió a servir el vaso llevándoselo a su propia habitación, él se tomaría el resto, no quería soñar con Vernon Dursley cerrando la puerta de su alacena mientras gritaba a todo pulmón que la magia no existía.

.

—Papá… — llamó muy suavemente Lily moviendo el hombro de su padre que seguía profundamente dormido.

—Papi, Harold no está…— dijo con insistencia. Pero fue su madre la que saltó de la cama como si una cuerda hubiera jalado de ella.

— ¿Qué?

—Me desperté para ver si ya quería hablar conmigo y no estaba en su cama, luego fui a ver si estaba en el baño y tampoco, y no está en la cocina ni en la sala.

— ¡Harry! — llamó Ginny enseguida moviendo a su esposo con más brusquedad pero consiguiendo despertarlo — ¡Harry! ¡Harold no está!

Harry parpadeó un par de veces para desenmarañarse del sueño, y se incorporó buscando sus lentes en la mesa de noche.

— ¿Qué?

Ginny ya se había puesto la bata y jalaba a su esposo por el pasillo hasta la habitación del niño que habían colocado contigua a la suya.

Efectivamente no había nadie ahí.

— ¿Llamamos a la policía muggle? — preguntó Ginny, Harry negó con la cabeza y regresó a su habitación para vestirse a toda prisa.

— ¡Kreacher! — llamó en un grito y el elfo apareció frente a él inmediatamente.

— ¿A qué hora salió?

—A las siete treinta, Kreacher estaba lustrando la vajilla en ese momento. Kreacher no lo detuvo porque el joven amo James le dijo a Kreacher que no debía ser visto.

Harry chasqueó la lengua ante la defensa irrefutable del elfo.

—Búscalo, pero no aparezcas frente a él, en cuanto lo encuentres ven a mi. — ordenó y el elfo volvió a desaparecer.

Justamente estaban bajando las escaleras cuando Kreacher volvió a hacer su aparición con una expresión de hastío en la cara.

—Esta camino a la casa Dursley. Horrible barrio de muggles.

En ese momento, Harry no tenía ganas de reprenderlo por el comentario, no tenía tiempo para eso. Contrariado por la decisión del chico optó por sencillamente aparecerse en la sala de los Dursley.

La casa estaba completamente vacía, la aparición tuvo un ligero fallo de dimensiones, habían cambiado los sillones del lugar que él recordaba y casi cayó por culpa de eso, no obstante, fuera de ese incidente solo hubo silencio y un frío que calaba los huesos soplando por la deshabitada vivienda.

Serían ya las nueve, el camino era largo aún en auto, así que decidió esperar por Harold ahí mismo ¿Qué pretendía? ¿Qué pensaba que ganaría con ello? Paso una hora más en la que el mago quedó sumergido en sus pensamientos hasta que escuchó la puerta abrirse.

Los cerrojos habían cedido por una llave que estaba siempre oculta en una de las plantas y Harold había encontrado sin dificultad. El niño tosió por la ráfaga de aire rancio que le dio la bienvenida pero avanzó con pasos firmes por el pequeño vestíbulo. Cruzó el pasillo justo frente a la sala pero no se molestó en voltear siquiera, así que no notó al hombre que ahí estaba.

Decididamente llegó a la alacena debajo de las escaleras, sus manecitas se afianzaron a la manillas jalando con fuerza y arrancándole un débil quejido.

Sin hacer ruido, Harry caminó detrás de él, vio la pequeña puerta ceder rompiéndose las cintas que indicaban precaución. Estiró la pequeña mano alcanzando la bombilla para encenderla, el mago frunció el ceño, ya no era más una alacena, era una nueva escalera que conducía a un sótano construido años después de su partida del número cuatro de Privet Drive.

Harold bajó las escaleras con paso más titubeante pero Harry no lo hizo sino hasta que el niño estuvo completamente abajo.

El silencio que se produjo fue casi tan solemne como las lágrimas que escaparon de los ojos azules del pequeño, su cuerpo entero se estremeció y finalmente el valor de sus piernas se esfumó dejándole caer de rodillas sobre el concreto.

Era un sótano pequeño, más grande de lo que fuera la alacena pero apenas calificaba como habitación. Había una cama desprolija pegada a la pared de donde se encontraban bien atornillados los soportes para lo que bien pudieron ser cadenas. Olía a humedad y suciedad, en la otra pared colgaban de clavos, y como si fuesen herramientas de un garaje; varas de diferentes tipos, algunos paños, muchos de ellos manchados.

Harold sollozaba en silencio, lentamente Harry se acercó por detrás hasta que finalmente optó por no tocarlo y solo sentarse en las escaleras haciéndolas crujir. El niño lo escuchó, pero no hizo más que agazaparse contra sí mismo.

El mago no emitió comentario alguno, lo miraba de espaldas; tan pequeño, insignificante incluso para ser un Dursley, y completamente a merced de sus recuerdos. Tenía que ser un chico duro, porque tenía que ser difícil ir a reconocer en persona que no había sido un sueño y, en realidad, todo lo que una vez fue amado, ya no existía mas que como odio.

Harry no quería cuestionar hasta qué punto él entendía lo que había ocurrido, se recordaba a sí mismo a sus once años de una manera similar, mirando el polvo caer y preguntándose condena de qué estaba pagando. Lo que había llevado a sus tíos de una decisión a otra, de conservarlo a marginarlo, de proveerlo a limitarlo, una dualidad que iba en conflicto con la aceptación de lo que era, de lo que había heredado de sus padres y ahora tenía Harold.

¿En ese momento la prueba de la vida era para él? Aquella prueba que a veces ponía el destino, de esas de donde luego los muggles hacían películas en las cuales al final siempre hay una lección que cambia para siempre la vida del protagonista convirtiéndolo en una mejor persona de lo que era.

Su odio secreto por su pasado en el número cuatro de Privet Drive, su creciente furia contra los Dursley y contra todo lo que ellos representaban: la intolerancia, el rencor, la envidia, todo se concentraba en una sola persona, una única obligación tal vez para demostrar que él podía ser diferente como tutor, la prueba definitiva para dejar de una vez por todas esa alacena.


Comentarios y aclaraciones:

En lo personal, la alacena debió ser una parte importante de Harry, como personaje, es la representación de todo el rencor e intolerancia de los Dursley, cuando lo mudaron a la ora habitación, no fue sino por miedo, en absoluto por aceptación, así que creo que de alguna manera al no existir esa transición, mucho de su pasado, de sus sentimientos, siguen ahí bajo las escaleras.

¡Gracias por leer!

¡Feliz año 2013!