La Noche de Hipo

Estaba enfurruñado, sin embargo, no podía ausentarse a la cena por más que quisiera, su padre se lo había ordenado, algo sobre dejar que la tribu viera el ambiente normal. En opinión de Hipo, era mejor que no lo vieran a que lo vieran berrinchudo, pero su papá no quería oír ni una palabra del asunto. Y, por si fuera poco, Bocón le había explicado a Estoico qué fue lo que explotó y por cuál razón y, claro está, el jefe quería escuchar toooodo acerca de esta nueva arma escupe fuego.

—Mientras Brutilda y Astrid no se acerquen al horno todo estará bien— había dicho su padre con una risa provocada por el hidromiel.

—Si Astrid no puede entrar a la fragua, ¿cómo voy a mantener a Hipo en el trabajo?— comentó Bocón de pasada y golpeando afectuosa y dolorosamente al susodicho en la espalda.

—¿Qué? ¿Tu personalidad cautivadora no es suficiente?— farfulló Hipo molesto. Astrid le dolía mucho en estos momentos. Estaba molesto con ella, estaba molesto consigo mismo y estaba molesto con Chimuelo, porque el dragón se había confabulado con su padre para mantenerlo en tierra.

—Pueden acercarse al horno, pero no juntas. Redactaré la ley en la mañana… Hablando de Astrid— dijo Estoico ganándose una protesta de Hipo "no estamos hablando de Astrid, ¡no hablamos de ella!" (la cual ignoró)—… Deberías hablar con ella. Me la encontré hace un rato, te estaba buscando.

Hipo golpeó su cabeza contra la resistente superficie de la mesa.

—Invítala a salir.

Golpeó su cabeza otra vez… ¿Por qué le sucedían estas cosas a él? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

—No tengo idea de qué estás esperando. A tu edad tu madre y yo ya estábamos casados.

El muchacho dejó de golpear su cabeza para mirar a su padre con furia (y las mejilla rojas, rojas, rojas).

—¡Te diré qué estoy esperando!...—siseando con furia, y muy bajito para que nadie más lo escuchara, dijo—: Espero que ella se decida.

—¡Oh! Ya la invitaste y ella no te ha contestado, ¿es eso?

Hipo se lamentó. Podría estar en cualquier otro lugar mejor ahora, como siendo comida de osos o de algo con más dientes y veneno.

—¿Podríamos no hablar de esto? ¿Qué tal si hablamos de la espada de fuego? ¿O del gronckle con quien vamos a emparejar a Bocón? ¿Qué tal sobre el muelle? Escuché que las cosas se pusieron feeeeeas.

—¿La invitaste o no?— preguntó su padre con su voz de jefe, cansado de tantas pendejadas.

—¿Cómo quieres que la invite si cada vez que me acerco me aleja?— confesó Hipo avergonzado. En serio, un oso podría entrar ahora. Ya. Pronto, muchas gracias.

—¿Cómo quieres que se decida si no le has dicho nada?— le dijo Bocón y, por ser tan torpe, lo golpeó otra vez detrás de la cabeza.

Sobándose el golpe y mirando a Bocón con rencor, el chico replicó:

—Hay algo llamado "lenguaje corporal".

—Hay algo llamado "lenguaje verbal".

Se fulminaron con la mirada mutuamente. No era muy bueno que dos personas sarcásticas pasaran tanto tiempo juntas.

Estoico levantó a Hipo sujetándolo con la camisa y le dio un empujón.

—Ve a buscarla y no regreses hasta que vengas con una cita.

El chico se removió nervioso.

—¿Qué quieres que le diga? ¿"Oye, tú, cena mañana"? Está enfadada conmigo. Me va a arrancar la cabeza con su hacha mal afilada.

—Sólo ve y sé un hombre— dijo su padre irritado y lo volvió a empujar.


—Estúpido padre. Estúpido Bocón. Estúpido Chimuelo. Estúpida Astrid...— iba murmurando Hipo por las casi desiertas calles de Berk.

La noche estaba hermosa y fresca, perfecta para caminar y auto recriminarse por no haberse dejado comer por un dragón cuando tenía siete años. Estaba cansado, irritado y, para colmo de males, tenía náuseas porque, otra vez, estaba mareado. Se preguntaba si en algún momento su vértigo se curaría por completo, se preguntaba si Viggo había montado una fiesta para celebrar su victoria, y se preguntaba por qué, de todas las chicas de Berk, se había terminado enamorando de la más complicada. Estaba lleno de problemas. Lo peor de todo es que sentía la solución muy cerca de él, casi como si pudiese extender su mano y alcanzarla. Pero, aún así, las respuestas se le escapaban y se burlaban de él, así como lo hacían las estrellas justo en ese momento.

No muy lejos de ahí, sentado sobre un destrozado cerco, Patapez revisaba frenéticamente unos papeles. Agradeciendo la distracción -y no, no es que fuera un cobarde-, Hipo se acercó al único ser viviente con quien no estaba enfadado ese día. Patapez escuchó los pasos y levantó la cabeza.

—¡Hipo!— saludó Patapez nervioso. Tal vez creía que le iba a gritar a él también.

—Hola— y, para aliviar la incomodidad, Hipo se fijó en la cerca rota y conversó con ligeresa—. Parece que todavía no hemos reparado todos los daños causados por la fuga de gallinas.

—Ah, sí. Mi mamá dijo que fue culpa de Gustav.

—Un poco sí… Otro poco fue culpa de los gemelos y supongo que también fue mi culpa en cierto modo… — dijo él frotándose la frente con una mano. Dioses, estaba más mareado y ahora le dolía la cabeza… ¿o le había estado doliendo desde el golpe que le propinó Astrid?—. ¿Qué llevas ahí?

Patapez tenía en sus manos un fajo de papeles e Hipo, en su inocencia, creía que eran tal vez anotaciones sobre la alimentación de Albóndiga. Pero, dada la actitud nerviosa de Patapez, Hipo supo que el chico estaba ocultando algo. No tú también Patapez, me agradas hoy, no lo arruines, pensó.

Patapez...— advirtió Hipo en un tono muy parecido al que usaba su padre con él—, ¿qué llevas ahí?

—No es n-nada, Hipo.

Hipo enarcó una ceja y cruzó los brazos. La cara de Patapez se puso rojísima y el chico comenzó a sudar, en serio, como yak en verano, y contuvo la respiración hasta que gritó:

—¡Está bien! ¡Pero descruza los brazos!

¿Eh?

Hipo descruzó los brazos y Patapez regresó a respirar con normalidad.

—¿Qué llevas ahí, Pez? Es todo lo que quiero saber.

El aludido suspiró con derrota y, con un hilillo de voz, respondió:

—Son cartas de disculpa…

Cartas de disculpa— repitió Hipo.

—Sí, cartas de disculpa.

—¿Puedo preguntar… no? Emmm... ¿para qué tienes cartas de disculpa?

Patapez se puso rojo otra vez y jugueteó con las cartas con sus manos. Para ser alguien tan grande se veía muy pequeño, ahí, encorvado y avergonzado.

—Es… Es una tontería…

Hipo se acercó al chico y lo tomó del hombro con reconfort. Si algo había aprendido Hipo al entrenar dragones era que el lenguaje corporal era más importante que cualquier otra cosa (a pesar de las palabras de Bocón), y los humanos eran muy similares a los dragones: un toque en el hombro, una caricia firme y amistosa, podía calmar hasta al más tormentoso ánimo.

—Puedes decírmelo, ¿sabes? Soy el rey de las tonterías. "Hipo el tonto".

Ante esto, Patapez le sonrió a Hipo y soltó la sopa.

—Pensé que si le doy cartas de disculpas a los chicos van a dejar sus diferencias de lado— y a continuación le enseñó una de las cartas a Hipo que estaba escrita con letra alargada y desprolija, muy diferente a la de Patapez.

"Queridísima" Astrid,

Lamento haberme metido con tu propiedad,

estuvo mal, incluso para mí. Te perdono

por romper mi hacha, estuvo mal de tu parte,

pero así podemos quedar a mano. Ya sabes:

"Reciprocidad".

No digas a nadie que me disculpé,

o encontrarás excremento de yak

en tu silla cuando menos lo esperes.

Ni siquiera me lo menciones a mí.

No creo que lo recuerde.

Atte, La maravillosa y única, Brutilda.

Hipo rió, encantado. La letra no era la de Patapez, sino la de Brutilda. Y así había sido con las demás cartas: Una de Patán para Brutacio que nada más decía: Yo no aposté, pero si lo hubiera hecho de todas maneras ninguno ganó; otra de Brutacio para Patán con una enrevesada historia que iniciaba con un "lo siento" y que Patán nunca leería; y una para Brutilda, de parte de Astrid, donde se leía lo inmadura que había actuado y la esperanza de poder hacer un equipo eficiente de ahora en adelante, pero que le rompería la boca si volvía a tocar alguna de sus pertenencias. Eran obras maestras. Todas con letras diferentes, estilos diferentes… Patapez conocía muy bien a cada uno de los chicos.

—Guau… Son increíbles— le aseguró Hipo, provocando una sonrisa gigantesca en Patapez—. Pero deja que ellos arreglen sus diferencias solos. Las usaremos como último recurso.

Patapez asintió.

—Si escribieras una en mi nombre, ¿cómo sería?— dijo él curioso y luego, con duda añadió—: No escribiste una en mi nombre, ¿o sí?

—No, porque tú te disculparías en persona— comentó Patapez.

¿Cómo responder a una proposición de semejante calibre? Pues: correspondiendo la confianza y haciendo que fuera verdad.

—Hablando de eso, ¿has visto a Astrid? La estoy buscando. No la traté como ella merece— comentó Hipo. Necesitaba disculparse.

Y tal vez, de una vez por todas, tragarse su miedo y decirle lo mucho que deseaba ser su pareja. Después de todo, su padre no lo recibiría si no obtenía una cita con ella. ¡Ah, trabajar bajo presión! ¡Qué belleza! ¡Nada es tan gratificante!

—Está en su casa. La temporal, porque todavía no han reconstruido la vieja— luego añadió, quizás intuyendo que Hipo se sentía miserable—. Ha sido un día ajetreado… No creo que ella te culpe si fuiste… brusco.

Hipo se frotó la cabeza, cansado. Él no sólo había sido "brusco" con Astrid, ella era una chica fuerte, podía lidiar con la brusquedad… Él había sido grosero y cerrado, no la había escuchado y había desquitado su frustración con ella. Ella cometió un error, sí: pero Hipo no tenía que enojarse con ella por eso, él debió buscar la manera de comprender y de trabajar con ella para que el error no se repitiera.

Él debió apoyarla aunque ella no quisiera hablar. Debió ser paciente. Debió ser un apoyo para ella, pues de hecho eso era lo que quería con ella. Eso significa ser una pareja.

Por esa razón la había dejado sola, después de su discusión en la fragua. Dos personas enfadadas no pueden hablar. Ahora él lo único que sentía -además del miedo- eran deseos de terminar lo absurdo de una vez por todas.

—¿Estás bien, Hipo?— preguntó con temor Patapez, sacando a Hipo de su ensimismamiento.

—Ha sido un día larguísimo, tienes razón… Es hora de terminarlo— se despidió de Patapez con una palmada en la espalda y se encaminó hacia Astrid.

La casa que Astrid y sus padres compartían antes había sido destrozada en un ataque sorpresa, así que sus padres se habían mudado con unos familiares mientras se realizaba la construcción. No se encontraba muy lejos de ahí, pero aún así a Hipo le tomó mucho tiempo llegar: entre su mareo, su miedo a hablar con la chica y... Brutilda. La muchacha le cayó del cielo, literalmente.

—¡Eructo, Guácara! ¡Regresen!— gritó ella desde el suelo llamando al cremallerus.

—¡No!— respondió Brutacio riendo—. ¡El gemelo supremo ha triunfado!

Y se marchó, así como había aparecido y dejando a su hermana atrás. Hipo estaba seguro que una de las cabezas del cremallerus seguía viendo hacia Brutilda, tal vez preocupado por su compañera, quien, por cierto, se había levantado y había tomado un tronco -aparentemente pesado- y murmuraba sobre sacarle el relleno a Brutacio.

—Tilda— llamó Hipo, arrepintiéndose casi al instante cuando ella se volteó abanicando el tronco—. Hola.

—Hipo— comentó ella con pereza mientras se iba de ahí—… Ya tuve suficientes regaños hasta el Ragnarok, asumiendo que yo esté ahí, claro está. Te escucharé balbucear otro día. O no.

—Verás— se apresuró él para detenerla, al tener la atención de ella de nuevo, siguió hablando—: ahora estoy trabajando con una estrategia diferente… En realidad es la vieja estrategia, creo— dijo él y movió las manos pensando en cómo explicar a qué se refería—… Pretendo… Ya sabes… Pretendo entender qué pasa antes de gritar por eso.

Brutilda asintió, todavía con pereza.

—Pregúntale a Astrid. Yo tengo asuntos pendientes— y a modo de reafirmación, palmeó el tronco con dulzura.

Hipo apretó los labios, preguntándose si debía o no meterse en el pleito y concluyendo que no, no iba a hacer semejante estupidez. De todas maneras, todas las personas de Berk sabían que tarde o temprano sólo aparecería un gemelo y no debían preguntar por qué o dónde se había ido el otro.

—El caso es— comentó Hipo— que ya hablé con ella y no me quiso decir nada.

La chica lo miró con astucia en los ojos, probablemente le pondría un precio a la información. Por supuesto, Hipo no iba a pagar nada porque él merecía respuestas así las recibiera por Brutilda o por Astrid.

—¿Por qué debería decirte yo algo?

Pensándolo largamente, Hipo respondió.

—Porque si no lo haces me aseguraré de que tengas que reparar el daño en el muelle— esperaba que Brutilda ya hubiese escuchado sobre ese incidente, Hipo se enteró y, después de reírse y sentir el enfado desvanecerse de su cuerpo, supo que incluso a su padre las cosas podían salírsele de control, y eso era un alivio.

Nadie esperaba que todo saliera a pedir de boca siempre.

—Hablas de la pelea que terminó con una guerra de caca de dragón, ¿verdad?— dijo Brutilda horrorizada.

—Esa misma.

Esperó.

Esperó un poco más. La chica estaba examinándolo, sin duda alguna.

—No lo harías— acusó ella.

—Pruébame— le respondió él con una sonrisa gigantesca y las manos en la cadera.

Ella entrecerró los ojos y agitó el tronco en dirección a Hipo, en una señal amenazadora. Hipo no retrocedió, esperaba no arrepentirse de eso.

—¡Eso es abuso de autoridad!— protestó.

Hipo asintió, sin dejar de sonreír. Y esperó.

Esperó.

Brutilda lo miró con rencor por un par de segundos pero después, dejó que una sonrisota maligna se le instalara en el alargado y hermoso rostro de ella.

—Bueno… si insistes te contaré todo...


Llegó a la casa donde estaba viviendo Astrid y llamó a la puerta. De nuevo, se alisó el pelo con una mano aunque sabía que los resultados serían pobres. Esa acción hizo que notara las dos trenzas que tenía en su cabello: las había hecho Astrid, durante uno de esos momentos, poco frecuentes pero gratificantes, cuando ellos estaban solos y hablaban sin miedo a lo que el otro pensaría. Él estaba avergonzado por el relato de Brutilda, sin embargo, él no debía temerle a Astrid: era Astrid, ella era un puerto seguro.

No esperó mucho, ella abrió la puerta dejando a la luz dorada de la casa salir e iluminara la calle. Ella llevaba el cabello suelto, como en la mañana, pero no usaba su armadura, en lugar de eso llevaba un vestido suelto y cómodo, tal vez preparándose para dormir toda la noche. Se veía hermosa, iluminada por la escasa luz del fuego y la luna alta en el cielo. Se veía frágil, sin el metal en su cuerpo; se veía como una niña, más joven de lo que era. Y se veía sorprendida también, sus ojos, ligeramente enrojecidos e hinchados, estaban abiertos a más no poder.

—¿Hipo?— dijo ella con su voz afectada. Ella había estado llorando. Él la había hecho llorar: era un imbécil.

—Hola— dijo él con toda la dulzura que pudo reunir—, ¿podemos hablar?

Ella asintió, se sostenía de la pesada puerta de madera sólida.

—¿Quieres pasar?— preguntó ella señalando con su cabeza hacia el interior cálido y acogedor.

Sí, le encantaría pasar: y sentarse en un cómodo asiento frente a la chimenea, hablar con ella protegidos del frío, tal vez acompañar la plática con un té de hierbas caliente y arreglar sus problemas de una vez por todas. Asintió y ella se movió para dejarlo pasar, sin embargo, escuchó voces en el interior de la casa y retrocedió, agobiado.

—¿Tus padres están?— preguntó y ella asintió—… Entonces no.

Astrid suspiró y salió de la casa, cerrando la puerta detrás de ella.

Caminaron juntos y se alejaron del pueblo. No hablaron, ella no inició la conversación y él tampoco, se sentía intimidado por ella, y estaba asustado por la conversación que tendrían, por las palabras que él iba a pronunciar. Además, se sentía como un inexperto: ella iba abrazándose, probablemente víctima del viento helado que azotaba a Berk en esos días, y él, ¿qué podría hacer? Su primer instinto era abrazarla, ya que él no usaba capas o chalecos, sin embargo, ella no reaccionaría bien. No todavía: primero tenían que hablar.

Llegaron a un risco apartado. Cerca de los muelles, pero lo suficientemente lejos como para no ser escuchados por nadie. Delante de ellos se veía el océano oscuro tenuemente iluminado por la luna, al igual que su relación. Pero, ¿cómo empezar? ¿Qué debía decir? Odiaba esto. Odiaba no saber qué decirle a Astrid, odiaba sentirse incómodo junto a ella.

—Odio esto— le confesó—. Odio que peleemos tú y yo. Puedo pelearme con el mundo, me molesta, pero no lo odio. Sin embargo, cuando peleo contigo es mil veces peor que con cualquiera.

La miró y ella estaba sonriendo.

—Mentiroso— le reclamó ella suavemente y él se ofendió ligeramente—. Ambos sabemos que es Chimuelo con quien no soportas pelear, no conmigo.

Él negó vehementemente.

—Yo no peleo con Chimuelo—contestó él, pero al observar la expresión incrédula de Astrid se apresuró a explicar—. Nos molestamos, sí, mucho… Pero no nos peleamos. Él y yo hemos llegado a un punto donde no son necesarias las disculpas para saber que todo está bien. Él sabe que yo siempre estaré ahí para él y yo sé que él siempre estará ahí para mí.

La miró a los ojos y siguió intentando definir con palabras lo que no era posible definir. Era como los colores: no podías explicar el color, sólo verlo: él no podía explicar su relación con Chimuelo, sólo sentirla.

—Él y yo logramos entendernos mutuamente— dijo él—. A veces necesito mi espacio, a veces es él quien necesita apartarse, y lo comprendemos— y se rió, con nostalgia—. No siempre me agrada, ¿sabes? Y estoy seguro que él tampoco aprueba lo que yo hago siempre… Pero la relación no se rompe, sino que se fortalece… Él y yo…

—Se entienden— dijo ella mirando al océano. Él miró en esa dirección y siguió hablando antes de acobardarse.

—Eso es lo que yo quiero contigo— le confesó.

Ella volteó a mirarlo, lo sabía, sentía con intensidad los ojos de ellos sobre él, pero no se sentía preparado para encararla. No, no todavía.

—Quiero que confíes en mí. Quiero confiar en tí. Quiero comprender cada una de tus acciones, quiero saber que no necesitamos decir "lo siento"— al pronunciar estas palabras, sintió el valor en su interior y la miró. Ella estaba sorprendida, pero cautivada—. No quiero sentir temor alguno cuando estoy contigo, y quiero que tú te sientas así.

Ahora estaban frente a frente, ella no pronunciaba ninguna palabra, así que él se acercó a ella, como lo había hecho esta mañana y sintió como ella se estremecía, probablemente de frío.

—Quiero— dijo él al final—tener la facultad de acercarme a tí sin temor— se acercó más a ella y le apartó un mechón rubio del rostro con delicadeza—, pero quiero que me apartes si es lo que quieres, sin que eso cambie nada entre nosotros.

Ella se lamió los labios y habló.

—Quieres muchas cosas.

Hipo rió suavecito.

—Soy ambicioso, sí— aceptó él, pero lo siguiente lo pronunció más despacio, saboreando cada sonido, deseando que se le grabara a ella en la memoria—. Lo quiero todo contigo.

—¿Todo?— dijo ella, abrazándose a sí misma con más fuerza.

—Así es. Todo— dijo él con más confianza—. Pero me conformo por ahora con una cita.

Fue el turno de ella para reír.

—Una cita, ¿eh?

Él se removió, nervioso, pero siguió con su plan.

—Sí. Llevaré un canasto lleno de comida, iremos tú y yo, pasaremos toda la tarde juntos, si puedes aguantarme durante toda una tarde, claro está.

Ella sonrió y llevó sus manos a los hombros de él y lo acarició. Él se relajó automáticamente, ni siquiera sabía lo tenso que estaba.

—¿Mañana?— le preguntó ella sin dejar de sonreír, esperanza.

Hipo sonrió y la abrazó por la cintura: fue recompensado por un gritito alegre de sorpresa de Astrid.

—Sí, mañana… No— dijo él frunciendo el ceño… Maldita sea, lo había olvidado por completo. Realmente el asunto de Viggo había resultado ser una prueba para el temple de Hipo—…Tú tienes que limpiar la fragua y yo tengo que arreglar lo de las gallinas y debo preparar el ataque a Viggo…

Suspiró cansado. Miró a Astrid, bien sujeta entre sus brazos… Okay, podía acostumbrarse a eso y se moría por esa cita.

—Mañana hay luna llena.

Ella sonrió arrebatadoramente. Dioses, ella podía quitarle el aliento. Ella podía hacer que se olvidara de lo demás.

—Una cita a la luz de la luna no suena tan horrible— le dijo ella en tono juguetón y se acercó a él, sin dejar de sonreír. Llevó una de sus manos a la base del cuello de Hipo y lo acarició—. Bésame, Hipo— le ordenó.

Llevó sus dos manos hacia el rostro de Astrid y la sostuvo, cerró los ojos y la obedeció. La besó inhalando la esencia de la muchacha entre sus brazos, tenía deseos de perderse en ese momento y vivir en él, porque el frío no existía, el cansancio desapareció y todo lo que existía era la maravillosa y reparadora presencia de Astrid.

Se separaron, Hipo sentía la respiración trabajosa y sus latidos frenéticos, se preguntó si el corazón de ella galopaba con tanta intensidad. Apoyó su frente contra la de Astrid, sin dejar de acariciar las mejillas de la chica con sus dedos. Pasados unos instantes, él habló, sin poder contenerse.

—Sigo enojado contigo— dijo él suavemente y se separó de ella—. Tienes que disculparte con Brutilda.

Astrid comenzó a caminar de vuelta a Berk y él la siguió. Ella iba murmurando sobre "dejarlo ir" pero él no iba a aceptar eso:

—¡Ni siquiera tienes que decir nada! Verás, Patapez tiene estas notas de disculpa, pídele una y ya— dijo él con grandes aspavientos.

—No sabes por qué nos peleamos— murmuró ella.

Ummm… En realidad…

—Brutilda me lo contó todo— dijo él y al ver la mueca horrorizada de Astrid aclaró un poco—. No te preocupes, en serio. En serio.

Ella lo miró con sospecha.

—¿No estás... molesto? Porque te vimos… —susurró ella.

¿Molesto? No, no estaba molesto. No era algo tan grave, en realidad. Estaba avergonzado, eso sí. Muy avergonzado. Casi se había ahogado en su propia saliva cuando Brutilda se lo dijo, pero el frío aire lo había calmado lo suficiente para cuando había llegado con Astrid.

—En realidad, preferiría no pensar en esa parte— respondió él—. Estoy debatiendo entre lanzarme de un barranco y arrancar mis tripas y comerlas antes de desangrame. Pero no estoy molesto. No deberías preocuparte tanto, no hicieron nada malo.

Ella seguía mirándolo como si él estuviera loco, pero, en serio, no era tan grave. Todo el mundo lo hacía y que lo hubiesen visto realmente no estaba tan azorado.

—Astrid. De verdad. Comprendo por qué estabas molesta: Brutilda te amenazó con contarme una versión exagerada de lo sucedido, sin embargo ya sé la verdad. No es para tanto. Y no habría creído otra cosa.

—¿Qué, exactamente, te dijo Brutilda?

Ante esas palabras, Hipo se detuvo. Brutilda le había contado la verdad, ¿cierto? Porque sentía como si algo se le estuviera escapando, con toda esa actitud extraña de Astrid.

—Ella me dijo que ustedes fueron a cazar al bosque para reforzar los lazos— comentó él observando con cuidado la reacción de Astrid y ver si ella revelaba la mentira, pero la expresión de Astrid estaba en blanco—, y se toparon con el riachuelo donde yo me estaba preparando para bañarme. Me dijo que me vieron desnudándome y se fueron, ¿es eso lo que sucedió?

Astrid parpadeó.

Bien, no dejes que la paranoia entre en tu sistema, Hipo. Ellas sólo vieron eso. Astrid, contesta la pregunta, pensó él.

—¿Eso fue lo que sucedió?— preguntó él de nuevo.

La expresión de Astrid cambió a una de inocencia con tanta rapidez que Hipo sospechó aún más.

—Sí, sí— respondió ella rápidamente—. Me sorprende que Brutilda te contara la verdad, eso es todo.

Después de decir eso, ella se acercó a él, lo abrazó y le dio un beso en el oído con cariño. Hipo se relajó nuevamente y la abrazó. En serio, podría acostumbrarse a estar así con ella.

—Debería disculparme con ella.

Él asintió.

—Cuando les das una oportunidad las personas te pueden sorprender. Aunque aún no entiendo eso de la propiedad, ¿qué tomó ella sin tu permiso?— hasta que no obtuviera una respuesta esas palabras posesivas de ella no dejarían de atormentarlo, ¿qué podría haber tomado Brutilda?

—Fue mi hacha—respondió ella muy velozmente—. No me gustan que la toquen y ella me la quitó cuando estábamos discutiendo.

—Exageraste, entonces— contestó él.

Astrid se separó de él y lo miró a los ojos. Era como un hechizo: ella había calmado cualquier tormentoso pensamiento en Hipo, hablar con ella significaba explayar sus ideas frente a él y podía revisarlas con total tranquilidad. Ya no estaba turbado: al arreglar las cosas con ella había logrado encontrar el centro de nuevo.

—Este día ha sido difícil— murmuró ella.

—No tienes idea de cuánto— le dijo él.

Y le contó todo su día, todos sus temores y dudas. Le comentó sobre la presión de su padre y el miedo que tenía por Viggo. Le comentó todo y ella escuchó como lo había hecho siempre. Dioses, cuánto la había extrañado.

—Sabes que no eres el único en tener dudas—le comentó ella—. Hay incertidumbre en el futuro de todos. No todos los días me despierto con la seguridad de qué hacer, toma hoy como un ejemplo— terminó como una sonrisa.

—Mañana trabajaré en mi jugada contra Viggo— dijo entonces él—. Y agradecería tu ayuda. La última vez él me llevó a su terreno e hizo lo que quiso conmigo. Ahora es mi turno.

La verdad es que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía en control. Por supuesto todavía necesitaba arreglar muchos asuntos y enmendar muchos errores, no obstante, por fin consideraba el cielo despejado.

—Por cierto, le dije a Brutilda que yo arreglaría su hacha y que tú la ibas a pagar—ella lo miró ofendida y él aprovechó para darle un beso en la mejilla, emprendió la retirada, entre las protestas de Astrid y, en un grito le dijo—: ¡No va a ser barato, Milady!


Notas de la autora:

Y asi se termina La Trilogía del Error. Muchas Gracias a quienes han llegado hasta aquí y a todas las personas lindas que me dejaron comentarios. Intento responderlos todos, pero hay algunos que es imposible (aquellos firmados por invitados) y quiero decirles lo maravilloso que es leerlos a ustedes y lo mucho que significan para mí: Muchas gracias.

Espero que hayan disfrutado la historia, espero estar con una nueva muy pronto.

Saludos!