Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de shasta53, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.Thank you, Shanda, for letting me share this in Spanish.
Link de la historia original: www fanfiction net/ s/ 7360793/ 1/ Stolen-Dreams
Capítulo beteado por Sarai GN, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite fanfiction)
Capítulo 4
Charlie terminó agarrando una silla del puesto de enfermeras y la arrastró para Edward, quien la jaló tan cerca de mi silla como pudo. Se mantuvo revisando su teléfono, casi obsesivamente, pero nadie habló. El silencio era agobiante.
Ni siquiera podía pensar. Era demasiado para procesar. Sabía que estaba peligrosamente cerca de colapsar, pero el pensamiento de que mi bebé podía estar vivo y bien, me mantuvo erguida. Eso y la presencia de Edward a mi lado.
Jasper debió haberle enviado algo, porque comenzó a pulsar la pantalla de su teléfono, leyendo atentamente. Sus cejas se fruncieron y no se veía muy feliz con lo que estaba viendo. Puse la mano en su brazo para llamar su atención, y su cabeza se levantó rápidamente. Con los ojos le pregunté si estaba todo bien, porque no quería romper el silencio. En respuesta, cliqueó en la pantalla y me pasó el teléfono para que leyera.
Allí enfrente de mí estaban empleo, finanzas, e historial médico. Había artículos de periódicos sobre donaciones benéficas y los proyectos de diseño de interior de Esme. Tenía tanta información de ellos que me mareó. Por todo lo que podía ver, ellos parecían ciudadanos respetables y buenos. Le di una mirada con los ojos muy abiertos, y él me sonrió con suficiencia, apuntando a un lugar del estado financiero. Comenzando aproximadamente hacía doce años, había grandes bajas en sus finanzas, y por lo que podía ver, considerables retiros de dinero. El último fue cinco días después del nacimiento de Ryan.
Iba a preguntarle a Edward lo que significaba eso, pero justo cuando abrí la boca, la puerta fue abierta de golpe otra vez y una mujer hermosa con cabello rubio oscuro se abrió paso al lado de Charlie y fue directamente hacia el doctor Cullen. Solo podía suponer que ésta era su esposa. Ella agarraba un fajo de papeles en la mano, y mi mente distante se dio cuenta que temblaba un poco.
—Carlisle, ¿qué está pasando aquí? ¿Por qué está el jefe de policía sentado en tu oficina preguntando sobre Ryan? ¿Qué sucedió? —Su nivel de pánico estaba por las nubes.
—Está bien, Mae. ¿Cuándo se supone que busques a Ry de la práctica? —preguntó él, manteniendo su voz calmada para controlar la creciente tensión.
—Ya lo recogí. Él tenía hambre, así que fue a la cafetería —respondió ella—. ¿Por qué necesitas los documentos de su adopción?
El doctor Cullen consideró cuidadosamente sus palabras antes de hablar.
—La señorita... la doctora Swan pensó que Ryan lucía familiar cuando lo dejé en el parque. El jefe Swan es su padre. Ellos vinieron a preguntarme sobre él.
La señora Cullen me miró fijamente, y reconocí la lucha en sus ojos. Para ella, era su hijo del que estábamos discutiendo, y haría cualquier cosa para protegerlo. Sus ojos se movieron a Edward, y de inmediato, tuvo que mirar de nuevo. Parpadeó repetidamente, como si eso aclarara su visión e hiciese al hombre sentado delante de ella menos que un doble mayor de su hijo.
—¿Por qué no traemos otra silla aquí así la señora Cullen puede sentarse? —sugirió Charlie—. Nos podemos contar nuestras historias y ver dónde nos deja eso.
Edward se paró y dejó la habitación, regresando unos minutos después con una silla de una de las salas de espera. La puso al lado del escritorio, ubicando a la señora Cullen al lado de su esposo. Charlie nos hizo un gesto para que comenzáramos.
Edward me agarró la mano con fuerza y asintió. Tomé una profunda respiración y traje los recuerdos que mantuve cuidadosamente guardados a la superficie.
—Edward y yo comenzamos a salir durante nuestro segundo año de la secundaria. Cuando llegó el tiempo de decidir las universidades en el otoño de nuestro último año, aplicamos a las mismas escuelas o a unas cerca del otro. Nos amábamos y planeábamos permanecer juntos cuando comenzáramos nuestras vidas. Por eso cuando descubrimos en Acción de Gracias que estaba embarazada, cambiamos nuestros planes de ir a la universidad en la costa este, optando por la Universidad de Washington así podíamos estar cerca de casa y de nuestros padres. Nunca hubo ninguna duda de que permaneceríamos juntos y criaríamos a nuestro hijo. Nuestros padres no estaban emocionados, por supuesto, pero eran comprensivos.
»El 3 de junio, me puse de parto. Quería a Edward en la habitación conmigo, pero el doctor Gerandy dijo que no estaba permitido, ya que él no tenía dieciocho. A papá no le parecía que ese fuera su lugar, así que fui solo yo, el doctor Gerandy, y su enfermera, Susan Mallory.
El doctor Cullen interrumpió, y casi podía escuchar el disgusto en su voz.
—¿Él no te permitió ningún apoyo mientras estabas en trabajo de parto? ¡No hay ninguna regla para los menores de dieciocho!
—Tampoco me dieron nada para el dolor —le dije—. La señora Mallory dijo que me estaba dando algo, pero lo que sea que me dio no alivió el dolor en absoluto. —No podía verbalizar con palabras cuán sola y asustada me había sentido. Como iba la cosa, los recuerdos amenazaban con hundirme—. El doctor Gerandy me detuvo de pujar para desenvolver el cordón, pero el dolor era tanto que después de que pujé por última vez, me desmayé. Cuando recobré el conocimiento, habían pasado diez minutos. Ya estaba en una habitación nueva, y mi bebé no estaba por ninguna parte. El doctor Gerandy entró y me dijo que mi hijo había nacido muerto.
El resto de las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, así que Edward continuó la historia por mí.
—Él vino a la sala de espera y me dijo la misma historia. A la mañana siguiente, Bella y yo pedimos ver el cuerpo así podíamos decir adiós, pero el doctor Gerandy dijo que había habido una confusión en la morgue y el cuerpo de nuestro hijo había sido llevado al crematorio en lugar de otra persona que había muerto.
La señora Cullen tenía lágrimas corriendo por la cara y la mano enfrente de la boca. Ésta casi amortiguó su llanto de «pobrecitos», pero lo escuché de todas formas.
El doctor Cullen lucía realmente molesto. Se tomó varios minutos para tranquilizarse antes de hablar.
—Nunca he escuchado de semejante comportamiento desalmado hacia una madre primeriza por un colega que siempre he admirado y respetado. Siento mucho que haya tenido que pasar por una experiencia tan terrible. Ni siquiera lo puedo imaginar. Por favor no me crean insensible, pero tengo que preguntar. Aparte del hecho de que nunca vieron el cuerpo de su hijo, ¿alguna vez han tenido motivo para creer que sobrevivió?
Edward negó con la cabeza, pero corté el movimiento tocándole el brazo.
—Comencé a ver un terapeuta para ayudarme a través de la pena unas semanas después. Estaba teniendo un sueño recurrente; en él, estaba dando a luz de nuevo, pero antes de desmayarme, escuchaba a Ryan llorar. Mi terapeuta en esa época, y todos desde entonces, han acordado que es un mecanismo de afrontamiento. He tratado con muchos distintos tipos de ellos en mis propias prácticas, así que nunca de verdad lo cuestioné hasta hoy.
Los ojos de la señora Cullen se clavaron en mí.
—¿A quién dijo que escuchó llorar?
—Después de que la ecografía reveló que era un niño, lo nombramos Ryan. —Edward se encogió de hombros y lucía un poco avergonzado—. Todos los libros decían que le habláramos tanto como fuera posible, así que lo hicimos.
—Oh Dios, oh Dios, oh Dios —gimoteó la señora Cullen, meciéndose de un lado para otro ligeramente—. Carlisle...
Lo miré con expectación, lista para escuchar cómo llegaron a adoptar al niño que nunca di en adopción. Tragó un par de veces y se frotó la nuca.
—Esme y yo intentamos tener niños por varios años. Después del tercer aborto espontáneo, comenzamos a ver a un especialista en fertilidad, que diagnosticó a Esme con endometriosis. Había algunas cicatrices en su útero, pero nada que él sintiera que le impediría llevar un bebé a término. Ella abortó tres veces más, la última vez a las veintitrés semanas. Me negué a ponerla a través de eso de nuevo. Mi mentor sugirió que evaluáramos la adopción como una alternativa, y Esme se lanzó a la búsqueda. Un día a principios de abril, mi mentor llamó y preguntó si habíamos investigado la adopción privada. Un viejo amigo suyo tenía una paciente joven que estaba planeando dar en adopción a su hijo, y preguntó si estaríamos interesados. Nos ofrecimos a cubrir los gastos médicos de la chica y a reunirnos con ella con antelación, pero él dijo que ella quería que fuera una adopción cerrada y que no quería saber a dónde iba el niño. Tienen que entender que este tipo de solicitudes, de acuerdo con el trabajador social de la agencia con la que trabajamos, no era extraño. Un montón de madres adolescentes quieren mantener su anonimato así no pueden ser encontradas después. Nos mantuvo al tanto de su progreso, y el 3 de junio, nos mandó un correo para decir que ella había dado a luz sin incidentes a un saludable niño. Cinco días después, nos reunimos con la enfermera en la agencia de adopción y llevamos a nuestro hijo a casa.
—La única petición que la enfermera tuvo era que lo nombráramos Ryan. Ella dijo que la madre lo había nombrado en el útero antes de que se decidiera por la adopción —se ahogó Esme—. Lo nombramos Ryan Parker Cullen.
Ella me tendió el certificado de adopción y el de nacimiento con su nombre legal. Los tomé con dedos temblorosos. Edward los miró sobre mi hombro.
—¿Quién era el amigo de su mentor, el doctor que arregló la adopción? —preguntó Charlie.
—No sé —admitió el doctor Cullen—. Nunca hablamos directamente con él. Puedo llamarle a Steve más tarde y preguntarle.
—Por favor hágalo. Hay demasiadas similitudes para que esté cómodo desestimando esto —declaró Charlie—. No quiero causarles ningún problema a ustedes, pero creo que todos le debemos a Ryan poder concluir el asunto.
—¿S-Sabe Ryan que es adoptado? —pregunté. No podía imaginar cuán horrible y perjudicial sería para él descubrir que no solamente era adoptado, sino también secuestrado, todo al mismo tiempo. ¡Solamente tenía diez años!
La señora Cullen asintió rápidamente.
—Él se dio cuenta cuando tenía unos cinco años que no se parecía en nada a alguno de nosotros. Cuando preguntó, le dijimos que habíamos elegido ser sus padres y que lo amábamos, incluso si yo no lo había traído al mundo.
Ella me hizo enfurecer otra vez, como si nosotros no lo hubiéramos querido. Sabía que no era lo que ella había querido decir, pero todavía me molesté.
—Bien, niños —dijo Charlie, parándose—. Hemos acaparado suficiente tiempo del doctor Cullen hoy, y ustedes tienen una fiesta para la que prepararse.
—Necesito recoger a Ryan de la cafetería, también —añadió la señora Cullen. Su miedo de antes parecía haber regresado con toda su fuerza, y tenía que admitir que lo entendía completamente, porque también lo sentía. Esta mujer tenía a mi hijo, y yo lo quería de regreso. Pero él también era su hijo. Ella lo había criado y amado por los últimos diez años, y no lo dejaría ir sin una pelea.
La voz severa del doctor Cullen interrumpió mis pensamientos.
—Apreciaría si se mantienen alejados de mi hijo hasta que tengamos algo más de información. No lo quiero confundir.
Quería protestar. Quería gritar y recriminar que era mi hijo, y que tenía todo el derecho de verlo si quería, pero Edward me apretó la mano, evitando que explotara.
—Podemos acceder a eso —respondió él—. Pero no esperaremos mucho tiempo. Quiero esto resuelto, y pronto. Si es nuestro hijo, quiero conocerlo.
—Por supuesto —aceptaron ellos, apaciguados por ahora.
Edward y yo nos fuimos primero, siguiendo la ruta familiar del hospital. Su auto estaba estacionado descuidadamente en un espacio cerca de la entrada, y me reí.
—¿Qué? Creí que algo estaba mal contigo.
—¿Qué hacemos ahora? —susurré cuando él encendió el motor y salió del estacionamiento.
Suspiró y me dio una sonrisa triste.
—Esperamos. Y esta noche, nos vestimos y vamos al gimnasio del instituto de Forks.
—¿De verdad esperas que me vista elegante y simule el baile de graduación? —pregunté con incredulidad.
—Sí, lo hago. Nunca te llevé al baile de graduación la primera vez, porque te negaste a ir luciendo como "una ballena". No hay nada que podamos hacer en esas tres horas que nos vaya a decir si ese pequeño es nuestro Ryan o no. Por favor, déjanos tener esta noche. Si es Ryan, nuestras vidas van a cambiar, y si no es, bueno, no estoy seguro cómo haremos frente a perderlo de nuevo. —La expresión de Edward era tan triste; no había forma de que fuera a negarle esto, ya que significaba mucho para él.
—Está bien —accedí.
—¿Sí? —Su sonrisa feliz se extendió por su cara—. Me pediste que usara mi uniforme de gala, sabes, y está colgado en el clóset.
Me estremecí con anticipación. Solo lo había visto una vez usándolo, pero demonios, era caliente. Solamente esperaba lucir como que pertenecía al lado de él en mi vestido.
El teléfono de Edward sonó cuando estacionamos cerca de nuestra habitación en The Lodge. Seguí hacia dentro para darle un poco de privacidad, ya que sonaba como Jasper y probablemente estaba relacionado con trabajo. No había forma de que pudiera concentrarme en un libro, así que encendí la televisión mientras esperaba. Cuando no regresó en quince minutos, me comencé a preocupar. Un vistazo a través de las cortinas reveló que su auto también había desaparecido.
Agarré el teléfono de mi bolsillo y marqué su número sin pensar. No respondió. El miedo brotó dentro de mí, y me paseé alrededor de la cama. Lógicamente, sabía que Edward nunca me dejaría en algún lugar sin decir una palabra, nunca lo haría. También sabía que era un pueblo del tamaño de una estampilla. Podía caminar a cualquier lado que quisiera ir en caso de ser necesario. Lo que me asustaba era que lo que sea que lo había alejado tenía que ser serio, o no se habría ido sin una palabra.
Cuando escuché la llave en la cerradura, me giré para enfrentar la puerta, miedo e ira se enfrentaban en mi interior en partes iguales. Edward tenía el teléfono presionado contra su hombro, todavía escuchando a alguien en el otro extremo, mientras balanceaba la llave en una mano y la pizza en la otra. Miró hacia mí con una sonrisa que decayó tan pronto como registró mi expresión.
—Jazz, déjame llamarte de vuelta. Acabo de volver a la habitación, y necesito encender la computadora. —Edward deslizó la pizza sobre la mesa junto a la ventana y tocó un botón en la pantalla de su teléfono sin apartar la mirada de mi cara—. Bella, ¿qué pasa?
—¿A dónde fuiste? —pregunté con voz estrangulada.
Se acercó a mí con cautela.
—Es después de la una, Bella. Ninguno de los dos comió en el desayuno, y estoy hambriento. Solo fui a comprar una pizza mientras estaba al teléfono.
Los últimos vestigios de pánico y miedo se esfumaron. Mis hombros se hundieron cuando dejé caer mi peso sobre la cama detrás de mí.
—Lo siento. Pensé que algo te había pasado.
—Bella, ¿qué va a pasarme en Forks? —preguntó Edward, su tono todavía cauteloso, pero con un toque de humor.
—No sé —respondí con voz hueca. El olor de la pizza llenó la pequeña habitación, y mi estómago gruñó en respuesta. Sin embargo no podía encontrar la voluntad para moverme. Había pasado mucho tiempo desde que mis emociones me habían incapacitado y evitado que buscara respuestas racionales.
Edward alargó la mano y agarró la mía, poniéndome de pie y guiándome hacia la mesa.
—Vamos, Bell. Vamos a comer. Ha sido un día largo, y todavía tenemos un montón por hacer.
La comida ayudó a aclarar mis pensamientos y relajarme.
—Gracias —dije una vez que la primera porción se asentó—. Creo que necesitaba esto más de lo que imaginé.
—Lo supuse —sonrió—. ¿Cuánto tiempo necesitarás para estar lista para esta noche? Se supone que debemos estar a las seis allí para cenar.
—Quizás una hora —estimé.
Frotó sus manos con regocijo.
—Bien. ¿Te sientes con ganas de ver lo que Jasper me envió?
La idea de buscar más en el misterio que rodeaba a Ryan Cullen aceleró mi corazón. Rápidamente terminamos el almuerzo. Edward se apoyó en el cabecero y me acomodó entre sus piernas mientras prendía la computadora y abría su correo.
Allí en la pantalla de diecinueve pulgadas estaban los datos financieros que habíamos visto en su teléfono más temprano. Había cuatro bajas significativas en sus carteras.
—Esos deben ser los tratamientos de fertilidad y la adopción de Ryan —señalé.
Edward se mofó y tensó contra mi espalda.
—Cincuenta mil dólares. Eso es lo que pagaron por adoptarlo.
—¿Hay alguna forma de comprobar las finanzas del doctor Gerandy para ver si él tomó el dinero? —pregunté.
—Sí, pero esperemos hasta que hablemos con él. Puede que no sea necesario. Ten en cuenta que, legalmente, yo no debería tener esta información —me recordó Edward.
A continuación, abrió el historial médico de Esme, y coincidió con su historia. Ella había tenido seis abortos espontáneos en diez años. La adopción de Ryan había seguido al último por solo cuatro meses. Ninguno de ellos tenía alguna enfermedad grave, además de la endometriosis de Esme. Financieramente, eran estables y, en teoría, eran la familia ideal para un pequeño que no necesitaba nada más que ser amado. Y en diez años de registros, no había nada que indicara que habían estado involucrados en una conspiración para robar a nuestro hijo.
A las cuatro y media, guardamos la computadora y nos metimos en la ducha para limpiarnos para nuestra noche fuera. Generalmente, cuando nos bañábamos juntos, no podíamos sacarnos las manos de encima. Hoy, sin embargo, consistió sobre todo en limpieza y toques castos, nuestras mentes demasiado envueltas en los acontecimientos del día para hacer más. Mientras me peinaba y secaba mi cabello hasta los hombros, Edward simplemente se secó su corto cabello con la toalla y se sentó en la cama solamente con una toalla alrededor de la cintura. Era algo bueno que usar un secador de pelo no requiriese ninguna destreza mental, porque mis ojos estaban demasiado ocupados vagando por su torso expuesto.
Él no se movió hasta que ya me había aplicado el rímel y el rubor. Mi cabello estaba rizado en ondas sueltas en mi espalda, y me puse el vestido strapless mientras él se terminaba de abotonar su uniforme de gala. Había algo sobre él en ese uniforme verde que me volvía salvaje, pero sabía que no teníamos tiempo para actuar sobre esos pensamientos.
—Bella —comenzó, su voz inusualmente seria—, si... si ese niño es nuestro Ryan, ¿qué hacemos?
Me acerqué a él y pasé las manos sobre sus solapas.
—No tengo idea, pero lo averiguaremos juntos, ¿de acuerdo?
Me sonrió dulcemente y presionó sus labios con los míos.
—Juntos.
Gracias por leer. Ya se van descubriendo más cosas. ¿Qué les pareció este capítulo?
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