Es irónico pensar en cómo a veces la vida se da vuelta de un modo tan particular.

Cuando Gabriel era pequeño, era obligado a leer de todo para poder ser un hombre culto. Él siempre debía estar al pendiente de todo, y no por gusto. Sino que después su padre le hacía preguntas, para comprobar que leía los periódicos, que leía los reportajes o que veía los documentales.

La asistente de su padre era la mejor amiga que alguna vez pudo haber tenido.

—No te preocupes por esas lecturas. También existen otro tipo de lecturas, que seguramente te gustarán más —le decía ella —. Mira, a mí sobrino le encantan los cómics.

—He leído sobre los cómics. Pero según dicen, solo son para pasar un buen rato, no son reales.

Ella reía siempre por el modo de hablar de Gabriel, era un niño que se comportaba como adulto, siempre explicaba todo.

—¿Por qué no los lees cuando te sientas superado? Te ayudarán a relajarte.

—Según los libros, cuando sientes que estás bajo mucha presión, lo mejor que puedes hacer es dormir o tomar algún medicamento. Aunque si los síntomas persisten, debes ir con un médico.

Ella acarició el rubio cabello del muchacho, besó su frente y le dijo:

—Solo lee un rato, nada malo pasará.

Y desde sus once años, comenzó su aficción por los cómics e historietas. Había leído muchas. Incluso algunos mangas. Le encantaban, era una buena forma de pasar el rato y de salir de aquella vida llena de obligaciones y mentiras, donde él debía ser perfecto.

A veces comparaba a su padre con un villano, en donde él era la víctima y solo debía esperar el momento exacto para convertirse en un héroe y poder hacer algo para salir de ésa realidad. Como si todo fuese un sueño.

Aunque sabía que solo eran imaginaciones.

—Es un villano al cual debo derrotar, y estoy seguro de que lo haré.

Gabriel a veces se quitaba sus lentes, ya que sin lentes nadie podría reconocerlo. Los lentes eran su identidad secreta. Se divertía mucho fingiendo ser un héroe.

Cuando tenía dieciséis años, su padre descubrió los cómics. Un día los tiró todos, porque eran inutiles.

Ese día, él lloró como nunca. Sentía que todos esos héroes habían sido derrotados y que él les había fallado. Se sintió decepcionado. ¿Qué clase de héroe no protegía a los suyos?

—¡Debo derrotarlo! —se repetía encerrado en su habitación.

Esa misma noche, despidieron a la secretaría, ya que ella le había obsequiado los cómics.

—Algún día, serás un héroe tal y como deseas. Te quiero, Gabriel. Nunca cambies, siempre sé el hombre que hoy en día eres —y besó su mejilla.

—No quiero que te vayas.

Gabriel la quería casi tanto como a una madre. Era una mujer muy dulce, muy atenta. ¿Cómo sobrevivir sin ella?

—Estoy segura de que en algún momento nos volveremos a ver, y me daré cuenta de lo maravilloso que sigues siendo.

Con el tiempo, conoció a Emilie. Con ella podía ser él mismo, y juntos organizaron una nueva colección de cómics, ambos los disfrutaban mucho.

Aunque nuevamente la vida le quitó algo que apreciaba.

Era irónico pensar esto:

Él quería recuperar a la mujer de sus sueños, la mujer que amaba con su corazón, la que le regaló los mejores años de su vida. Era su razón de ser, su felicidad, su mujer.

Para Gabriel eso era un acto valeroso, era algo que no era malvado. Simplemente... no perdía las esperanzas. Ahora que poseía un objeto mágico, se sentía como todo un héroe.

Pero... para los demás, sus métodos no eran los correctos, para todo París, él estaba actuando del peor modo posible. Él era considerado un villano.

¿No es irónico como a veces te conviertes en lo que juraste nunca llegar a ser? Gabriel nunca quiso ser como su padre, pero ahora inevitablemente era como un villano, aunque sus intenciones eran buenas.

Irónico, ¿no?