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Disclaimer: Estoy muy consciente de que no soy una de las CLAMP y menos la autora de Magic Knight Rayearth, porque si lo fuera, obtendría regalías por todas esas Mokonas de peluche que están esparcidas por el mundo. Gracias.

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¿Dónde estaba? La niebla no le permitía mirar lo que había alrededor, era tan espesa que ni siquiera podía distinguir el piso bajo sus pies…

¿Qué estaba pasando? Se había quedado dormido, lo recordaba muy bien. ¿Había tomado consciencia dentro de su propio sueño?

Ese pensamiento le hizo reír para sus adentros, sus tutores siempre le decían que "vivía en su propio mundo", quién diría que eso iba a ser tan… literal.

Miró a todos lados tratando de encontrar alguna imagen que le pareciera conocida, algún sonido… algún olor, incluso. De pronto comprobó que se encontraba en el mismo bosque que en el mundo real... Y por supuesto, ahí también estaba perdido.

Poco a poco empezó a sentirse más que relajado… su cuerpo perdía el control de sí mismo, pero se sentía bien. Es como si estuviera a punto de quedarse dormido… dentro de su sueño. – Soñar que estoy soñando, creo que estoy perdiendo la razón…-

De pronto advirtió una presencia que lo acompañaba… una voz. Podía escuchar una voz que en algún momento se convirtió en más que eso, parecía un lamento… de una mujer.

Se preguntó si acaso podría tratarse de la joven a la que salvó… si por fin se animaba a hablar tal vez podría contarle su historia.

Empezó a caminar siguiendo a la voz y poco a poco se fue dando cuenta que esos no eran lamentos, sino algo más parecido a un tarareo… siguió caminando hasta que logró ver una figura humanoide, presumiblemente femenina. Estaba sentada en el suelo y le daba la espalda al joven príncipe, que trataba de hablarle pero se encontró con que su voz se negaba a salir de su garganta.

De pronto la figura se incorporó y su canto cesó. Era, en efecto, una figura femenina que vestía una vaporosa túnica blanca. Tenía un largo cabello que cubría su espalda en forma de una cascada de largos rizos rubios.

La figura comenzó a girar lentamente para encontrarse de cara con él. El chico se sintió aterrado sin ninguna razón aparente, había perdido el movimiento natural de su cuerpo y sus ojos estaban explayados. Un escalofrío le crispó la espalda mientras la mujer lentamente le encaraba…

Despertó sobresaltado, el rostro bañado en sudor, rodeado por la oscuridad de una noche sin luna. De repente se dio cuenta que el causante de su abrupto despertar era una ardilla de enormes ojos negros que le mordisqueaba la oreja izquierda. La apartó de su lado con un manotazo y ésta dio un salto y salió corriendo para refugiarse entre los árboles. Mientras él verificaba que no hubiera sangre o pérdidas de lamentar en su cartílago, aunque se sentía aliviado de haber despertado a la realidad.

¿Qué había sido eso? No tenía sentido, asustarse por algo así…

Miró a su lado, su compañera seguía profundamente dormida y él volvió a cerrar los ojos, entregándose a un reparador descanso sin sueños.


- Iré- Dijo con firmeza la ojiverde.

- ¿Qué? ¡No, claro que no, te lo prohíbo! No sabes lo que puedes encontrar ahí… recuerda, hemos oído muchas veces de gente que entra en ese bosque y no vuelve a salir. No te arriesgues, es una locura-

- Pero piénsalo ¿en dónde más puede estar? Ya han revisado cada casa en la aldea, cada rincón de los establos y ganaderías, incluso han visto en cada saliente del río… Debe estar allí ¡No debemos perder tiempo, podría estar muerta!-

- No puedo permitir que una dama se arriesgue de esa manera. Yo también me opongo- exclamó el peliverde. La rubia lo miró con desdén ¿y a éste quién lo había incluido en la conversación?

El príncipe comprendió la mirada de reproche que recibió y sólo se encogió de hombros mientras esbozaba una sonrisa chancera. Tomó su mano y la besó sin dejar de mirarla a los ojos y haciéndole una pequeña reverencia.

La cara de la chica se tiñó de carmín, aunque él no estaba seguro de si era por vergüenza o por ira. Soltó su mano con brusquedad y caminó a trancos en dirección al castillo, su respingada nariz se arrugó (como ocurría siempre que se enojaba) y caminó con el mentón levantado a modo de indignación.

Umi vio a su hermana alejarse con ese gesto de rabia que le resultó tan divertido y no pudo evitar lanzar una risita. El príncipe del reino de Clefta sólo intercambió con ella una mirada de complicidad y le ofreció su brazo, para guiarla de vuelta al castillo. De cierta forma se sentía agradecida con el joven, le había quitado la tensión al crudo momento que estaban pasando.

Volvieron al castillo, y mientras se acercaban a las puertas un par de ojos color verde los seguían desde el interior, mirando por una ventana. Se trataba del príncipe Ascot, el único príncipe del reino de Case.

A pesar de que él fue el primero en llegar a Paires, era el que más se había mantenido al margen de la situación. Se había limitado al frío trato protocolar que se esperaba de él como visitante, pero no intentaba siquiera entablar una conversación con nadie ni tampoco había ofrecido colaborar en la búsqueda de la princesa extraviada.

Se limitaba a observar, como ahora, a las dos doncellas y al príncipe de Clefta, casi sin hacer comentarios, pero tampoco se había comportado de forma descortés, como lo hiciera en un principio el príncipe Ferio…

Sólo estaba su presencia. Impasible. Inmutable.


Ascot era el único hijo de los Reyes del país de Case, nacido después de varios años y muchos intentos previos del matrimonio por concebir, así que cuando él nació sus padres ya estaban entrados en años.

A pesar de eso, fueron siempre una familia muy apegada que gustaba de pasar el tiempo juntos, lo cual a él lo hacía un niño muy feliz, porque sin importar quiénes eran sus padres o cuántas sus obligaciones, no había nada más importante para los soberanos que su hijo. Lo llevaban a todos lados, a festivales y ritos religiosos, a cenas y bailes, incluso a mítines y consejos de guerra. Sus padres lo adoraban y les gustaba mostrar esa adoración a todo aquel que se los permitiera.

Aunque también le tocó madurar muy pronto. Un buen día su padre cayó enfermo y su madre, consciente de que el tiempo con su cónyuge se agotaba, decidió aprovechar todos y cada uno de los momentos que le quedaban, viviendo una casi segunda juventud.

Entonces el chico se percató de la labor que le tocaría desempeñar. Él sería el próximo gobernante de su tierra cuando su cada vez mayor padre dejara este mundo, aunque para su joven edad, se lo tomó demasiado en serio.

Empezó sus estudios de historia y literatura, siguió con arte y economía, después política y filosofía… cualquier cosa que le ayudara a cumplir su papel como gobernante y soberano.

Su madre estaba de plácemes con él, su padre le agradecía su dedicación en el estudio y su seriedad en el asunto, pero cuando él mismo se preguntaba por qué lo hacía no encontraba una respuesta que pudiera satisfacerle. Amaba a su país tanto como sus padres le habían mostrado de él; amaba a sus padres tanto como amaba despertar cada mañana, pero en sí no tenía ninguna razón certera que explicara el comprometerse de esa manera.

Aunque no era un autómata, pues al término de sus estudios salía corriendo a los jardines con lupa en mano en busca de sus amigos.

Siempre podía encontrarlos distribuidos por el campo, comiendo hojas, polinizando flores, saltando entre los árboles, devorándose entre sí. Sí, sus "amigos" no eran otros que los insectos. Alas, patas, antenas… todas esas eran cosas que él memorizaba con mayor interés que cualquier acuerdo, decreto o ensayo.

La tierra de Case era una población prioritariamente minera, expertos en la extracción de metales y piedras preciosas, aún así, grandes extensiones de esa área estaban provistas de muy variada vegetación, en especial las regiones circundantes al castillo, desde donde se podían observar grandes extensiones de áreas verdes (y su consecuente legión de bichitos, sea de paso), como un regalo para el joven príncipe.

Tres cosas regían la vida de Ascot: sus padres, su país y su afición a la entomología. Y justo cuando pensó que había encontrado cierta estabilidad a su vida entre esas tres cosas, le comunicaron una noticia que lo sacó de balance completamente: debía visitar el reino de Paires pues su soberano había convocado la tan sonada reunión que los reinos vecinos estaban esperando: la cesión de mano de sus hijas.

Y su madre lo envió. No necesitaba consultárselo, era una imposición que todos ahí ya habían aceptado. Además, dado que la enfermedad de su esposo parecía disminuir sus días, ella quería que su hijo volviera a casa lo más pronto posible para presentarle a su futura consorte y realizar la ceremonia ante los ojos de su padre mientras éstos estuvieran aún abiertos.

Así que esa era la historia. Aquí estaba él, llegado a Paires en una pequeña diligencia provista de caras y sumamente exquisitas piedras preciosas de gran valor comercial y joyas finamente trabajadas por los expertos joyeros, herreros y orfebreros de Case que dejarían babeando a cualquier aristócrata excéntrico.

Un collar de oro blanco con incrustaciones de perlas asimétricas que cubrían desde la parte superior del cuello hasta los omóplatos era lo que su madre eligió para la Reina de Paires; un anillo de oro sólido con una enorme amatista en el centro y dentro de ella el emblema de la casa de Paires para el Rey; un par de peinetas de plata con forma de mariposas con pequeñas incrustaciones de diamantes para dos de las princesas.

Y, para ella, la que fuera la elegida para ser su esposa, un juego del más caro oro sacado de los más recónditos yacimientos de Case: una corona tan delgada que bien podía pasar por una tiara, y en la cual se encontraban pequeñas piezas de esmeraldas y turquesas, las piedras más representativas de su país; una gargantilla que se aferraba al cuello mediante un casi invisible broche sujeto en la parte posterior del cuello, al frente colgaban una serie de hojas astadas hechas del mismo material, un par de aretes de gota de agua y un brazalete a juego, diseñado con intrínsecos y cerrados eslabones. Todo con las mismas piedras que hacían de quien las portara una verdadera ciudadana distinguida de Case.

No es que planeara impresionar a nadie, es sólo lo que se esperaba que el representante de una ciudad minera y orfebre trajera consigo. Por lo mismo, sus ropajes reales iban a juego con sus opulentos presentes. Fue el primero en llegar y el que más pompa hizo debido a la presencia de los guardias que lo custodiaban y el que más comentarios, cuchicheos y risitas coquetas causó en el palacio de Paires, que se limitó a ignorar diplomáticamente.

Y ahora todo el relajo debía ser suspendido por culpa de una mocosa que se perdió por pasear entre los jardines.

Tonta, pensaba, él nunca se había extraviado ni un poco y eso que él jugaba en los jardines, minas y talleres desde siempre. Si así de estúpidas eran las mujeres de Paires, no le quedaban muchas esperanzas de disfrutar de este matrimonio como sus padres habían pronosticado tan esperanzadoramente.

Bajó las escaleras y se reunió con los jóvenes que iban cruzando las puertas y los llamaban para cenar. Serían los únicos presentes en la mesa, sus Majestades habían perdido todo el apetito desde hace varios días y sólo comían lo que sus sirvientes llevaban para ellos hasta su habitación. El chico de ojos verdes sólo les lanzó a todos una mirada de reconocimiento que tampoco era propiamente un saludo y caminó con ellos en silencio. Lo que fuera que todos estuvieran pensando, debía esperar hasta después de la cena.


Por la noche, una sombra se movía entre los jardines del palacio. Era veloz y silenciosa, pocos se hubieran podido percatar de su presencia.

La sombra corría veloz a los pies de Gran Padre, el enorme árbol que se erguía orgulloso a la entrada de aquel bosque indómito.

Justo cuando la figura se detuvo a mirar alrededor, sintió una mano que tocaba su hombro haciéndole lanzar un gritito ahogado. Era él, el príncipe de Case, vestido con su enorme jubón blanco con orillas verdes que cubría un holgado pantalón negro que se ceñía a su cintura con un grueso cinturón dorado con una joya verde, una esmeralda, en el centro, la mismas piedras que adornaban sus botas y el guante de su mano izquierda, como complemento, y como si no se viera lo suficientemente raro, usaba un enorme gorro en su cabeza que, aunque resaltaba el verde esmeralda de sus ojos, resultaba un tanto recargado para el gusto de la chica, vestido de esa manera podría suponer que se trataba de un mago… o sólo un excéntrico, pero definitivamente no un príncipe, aunque la exquisitez de sus prendas decía lo contrario ¿qué demonios hacía ahí, la había seguido?

- ¡Me asustaste! ¡¿Qué rayos pasa contigo?!- La princesa Umi lo miraba con severidad, era bien sabido que, de las tres hermanas, la de largo cabello azul era la de temperamento más volátil (y la voz más fuerte).

- Disculpe, no fue mi intención.- Respondió él secamente, mirándola insistentemente.

- ¿Qué haces aquí?- Preguntó exaltada. Él no respondió, sin embargo, su mirada continuó sobre ella inexpresivamente- ¿Cómo supiste que yo…?-

- Esta tarde vi su discusión con la princesa Fuu. No era muy difícil darse cuenta de lo que planeaba hacer, sin embargo, es mi deber resguardar la seguridad de una dama, no puedo consentir el que se exponga al peligro de esa manera-

- Y yo no puedo consentir que un extranjero me dé órdenes, príncipe Ascot. Temo que no podrás detenerme.

- ¿Entonces?

-Entonces átame… o ven conmigo- Fue su corta respuesta. Aunque le confundiera el hecho de que él hubiera adivinado sus intenciones en sólo un momento, sabía que no tenía tiempo qué perder, su hermana hubiera ido si se lo hubieran permitido, no iba a permitirse perder a otro ser querido, suficientemente duro era tener que despedirse por culpa de sus futuras nupcias como para perder a sus hermanas en situaciones poco usuales. Si alguien se metería en un maldito bosque a mitad de la noche con riesgo de morir devorada por un demonio, esa sería ella.

- Ah, por cierto- dijo el joven, señalando hacia un matorral que me movía de forma poco natural para el poco viento que soplaba – parece que alguien más tuvo su misma idea- De entre los arbustos, dos pares de ojos se asomaron parpadeando incrédulos. La rubia y el peliverde los miraban aterrados, como dos niños que acaban de ser descubiertos haciendo una travesura. Umi los miró asombrada, luego su cara formó una mueca burlona.

- Bueno, por algo somos familia aunque no nos una la sangre- dijo, mientras los dos descubiertos trataban de desenredarse de un par de ramas que habían atrapado sus pies. Pronto los cuatro se quedaron mirando entre sí, uno a uno, descifrando las miradas de los demás y formando extraños vínculos que no podían comprender.

- Bueno… ¿nos vamos?

Estaban en la entrada del bosque. Apenas un par de metros los separarían de su destino inicial. Ninguna de ellas había ido más lejos de lo que las raíces de Gran Padre delimitaban, como si les advirtiera tácitamente que no debían avanzar más. Ellos tampoco conocían esos terreros y, si bien no sentían el pánico injustificado de las otras dos, no podían negar que resultaba aterrador entrar en un lugar lúgubre como ese y en completa oscuridad.

Ferio echaba al vació una mirada estoica, entonces sacó de entre sus ropajes una pequeña esfera de un material similar al cristal, translúcido. Dentro de él se podía observar un pequeño trozo de algún producto céreo que flotaba en lo que parecía ser simple agua. Su rostro se iluminó con picardía mientras la arrojaba al aire y cuando cayó de nuevo en sus manos ésta irradió una muy pequeña luz, apenas suficiente para iluminar el suelo unos pasos lejos de sus pies.

- Juguetes- comentó jocoso. - ¿Pero qué les pasa?- Los otros tres lo miraron como si se tratara del mismo demonio que habían ido a buscar, inconscientemente también habían dado un paso hacia atrás.

- ¿Qué has hecho?

- ¿Qué?

- ¿Quién eres? O más bien ¿qué eres? –

- Sólo un chico normal con buenos recursos y mucha imaginación- su sonrisa no desaparecía de su rostro, al contrario, se había agrandado al ver la reacción de los otros.

- Ya entiendo, un alquimista- dijo la rubia tratando de entender.

- ¿Alquimia? No, más bien es Química. En Clefta gustamos mucho de estas cosas, ya saben, Ciencia.-

- ¿Ciencia?- dijeron los tres a coro. En todo el mundo eran bien conocidos los espectáculos provenientes de Clefta, llenos de colores, luces y sonidos.

Siempre habían imaginado que eran producto de auténtica magia, o al menos eso era lo que les habían hecho creer. Descubrir que todo era obra pura de la mano del hombre, resultaba un poco confuso para quien desconoce de esos fenómenos. Aunque saber que no era ningún acto místico resultaba un tanto… decepcionante.

- Bueno, - dijo de pronto, queriendo deshacerse de ese sentimiento de incomodidad que sentía, de pronto se había sentido como fenómeno de feria – debemos continuar.- dijo, mientras se adentraba en las profundidades del bosque y encabezando la procesión, la luz de la esfera le servía para revisar el suelo que pisaban, pues era tan tenue que no les servía para nada más, aunque agradecían al menos poderse reconocer entre sí en esa espesa capa de negrura.

-Y bueno, digo yo, ¿no hubiera sido mejor haber encendido una antorcha?- dijo Umi levantando una ceja.

- Sí, lo hubiera sido, pero no hubiera provocado la misma sensación en ustedes- Rió mientras le guiñaba un ojo – Además… – y su rostro se ensombreció por la seriedad – si es verdad que hay algo allí adentro, no conviene llamar su atención usando fuego-

Poco hablaron después de eso, sin embargo, cada vez se acercaban más uno al otro. Los hombres habían colocado a las dos princesas entre ellos, a manera de protección.

El chico de ojos verdes y cabello castaño caminaba detrás de ellos, sus ojos mirando a todos lados, al pendiente de algún movimiento extraño. Se sorprendió a sí mismo al comprobar que tenía una excelente visión nocturna... y un pésimo sentido común, si sólo se hubiera quitado malditos zapatos de tisú...

El otro, el de cabello verde y ojos miel, seguía al frente de todo, iluminando su camino. Las dos jóvenes miraban con temor alrededor mientras buscaban cada una la mano de la otra.

¿Qué tan grande era ese bosque? Ellas no lo rodeaban con frecuencia y ellos nunca antes habían estado ahí, pero parecía que a cada paso que daban el aire se volvía cada vez más espeso y la maleza crecía como si no quisiera dejarlos avanzar.

El Cleftiano sacó entonces su espada, alargada y de forma curva en el filo, y comenzó a abrirse paso entre la maleza. El príncipe del pueblo minero lo imitó empuñando un delgado florete con empuñadura de mármol. Sacó de un compartimento en su tobillo una daga similar a su espada y la ofreció a la chica de cabello azul, que era la que estaba más cerca de él.

Ella miró el arma con miedo, no muy segura de querer llevarla al no saber qué hacer con ella, su hermana la empujó un poco invitándola a tomarla y ella lo hizo; miró el filo con admiración y un poco de temor, el chico sólo le regaló una sonrisa de confianza y ella le correspondió.

Continuaron su marcha, un poco ansiosos unos y bastante preocupados otros, sin conocimiento real de dónde se habían metido ni de un claro porqué, pero juntos, involucrados en la misma empresa.


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*Luccere está recostada en su cama, con la cabeza apoyada en su cojín de Pucca y los pies apoyados en la pared mientras piensa: "Creo que he olvidado algo... ¿Qué era? Mmm... ¿galletas?, ¿Facebook? No, eso ya..." Dice, mientras se rasca perezosamente la panza. De pronto, sus ojos se abren, se levanta de la cama con un grito: - ¡Fanfiction! ¡Ahhhh!*

Jajaja la verdad es que me hubiera gustado que eso hubiera sido así, pero la verdad es que por aquí pasaron cosas que ocuparon lo poco que me queda de mente, lo siento :( pero aquí está el nuevo capítulo de Criatura :D Espero que les guste.

Poco a poco estamos conociendo un poco más de los personajes y su historia, pero aún faltan muchas cosas por saber. Por cierto, que se impresionen por cosas como Ciencia... bueno, es que son medio medievalosos-primitivos (y zonzos jaja).

Muchas gracias a ascella star por tu review, y sí, aquí todo el mundo se la pasará poniendo cara de tarados y por muchos motivos jajaja. Y eso de que son prometidos... ¿Te lo cuento o dejo que sea sorpresa? :D jejeje

Mi historia está loca, es que todo se parece a su dueño jeje. ¡Saludos!