La primera vencedora.


Limb Stiff, 16 años, Distrito 7

Cuando lo anunciaron ni yo misma me lo creía.

¿Es que acaso no nos habían hecho sufrir bastante? No les bastaba con convertir el trece en un cementerio, a base de bombas? ¿Ejecutar aquellos de nuestros líderes que sobrevivieron? ¿Quitarnos todo, rebajándonos al mísero rango de esclavos?

Al parecer no.

–¡Eh, tú, idiota perdido! ¿¡Me puedes decir por qué estoy aquí!?–Le grito al guardia desde la celda del séptimo piso de esta inmunda torre. Pero él me ignora. –¿Qué pasa que además de idiota eres sordo? –Siempre he sido una persona malhablada, pero, desde que me eligieron en eso que llaman cosecha apartándome de mis padres, todo ha ido a peor.

Me siento frustrada, harta e impotente, y la ira es el mejor modo de canalizarlo.

El guardián de la celda se acerca a mí para golpearme, más que furioso, cuando otra persona lo frena.

–Déjala, ¡ya aprenderá a obedecer en la arena! –Le dice, me freno. ¿La arena? ¿Nos han apresado para llevarnos a una arena?

Al parecer sí.

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Cuando me sacan me arrastran junto a los demás, hijos de soldados, traidores, dirigentes rebeldes y así sigue la lista. Somos veinticuatro, un hombre y una mujer por cada distrito, exceptuando el trece, del que solo quedan ruinas.

El centro de un coliseo, allí es donde estamos, puestos como las estrellas de un nuevo experimento de venganza del Capitolio, donde debemos matarnos entre nosotros para conseguir un premio.

Una vida llena de riqueza.

Y ahí es cuando se desata el caos.

Los más jóvenes lloran, suplicando clemencia ante una multitud enfurecida que no hace más que gritar y tirarnos cosas. Exigiéndonos que nos matemos, estoy a punto de gritarles cuatro cosas cuando un chico del distrito cuatro hace lo innombrable.

–¡Y vosotros pensáis que os haré caso! ¡Estáis locos! – Grita, y, sin pensar, coge un arpón lanzándolo hacia un objetivo claro.

El trono de Arcana, la que se proclamó presidenta de Panem.

Pero este rebota ante una pared invisible y el chico recibe un disparo en el pecho.

El primer muerto.

Es como si un ente invisible la protegiera.

–Un campo de fuerza. –Murmura el elegido del tres y aprieta los puños, mientras intenta pobremente consolar a la niña de doce años de su distrito.

–Que esto os sirva de ejemplo, tributos. – Anuncia la mujer, solemne. –No importa como ocurra, solo uno sobrevivirá a esa contienda, si os alzáis contra mí moriréis como él, si os negáis también. Es el castigo a los rebeldes por su desacato, ver a sus hijos destruirse mutuamente para que aprendan de sus errores. – ¡Arg! Dicho así hasta suena decente.

Si no estuviera en esta contienda.

Pero lo estoy, y me niego a alzarme contra quiénes me apoyaron en la guerra.

O, al menos, lo hago, hasta que una chica del uno agarra una espada, proclamando cosas como injusticia, privilegio por derecho y más estupideces. Su distrito se vendió por una vida acomodada, el dos, peor todavía, mató a sus propios congéneres a traición, no me extraña que sean los primeros en coger las armas y atacar.

Y, otra vez, el caos, unos corren hacia las armas, otros lloran esperando la muerte y yo siento ganas de reprocharle su idiotez.

Pero cuando esa estúpida, Turmmie, se lanza hacia mí blandiendo esa espada que ni siquiera sabe manejar, se me acaban los argumentos.

Estoy harta, no quiero morir para satisfacer los deseos de Arcana como una marioneta, prefiero vivir, incluso aunque sea para escupirle a la cara.

Así que, ni corta, ni perezosa, esquivo su artimaña para buscar la primera hacha entre las armas y blandirla, chocándola una, dos, y tres veces, hasta que su arma vuela por los aires.

Y la chica me mira asustada, como si no se creyera lo que acaba de pasar.

–¡Estúpida! Si quieres matar, debes prepararte para ser asesinada también. –La retengo contra el suelo, llena de rabia y la decapito.

Y, por un momento, un solo momento, me siento aliviada.

Hasta que veo la mirada de mi compañero de distrito y advierto lo que acaba de pasar.

He caído en su juego.

Pero, ¿acaso hubiera sido mejor morir como una cobarde?

–Bien. – Digo más que firme, levantándome. – ¡Quieren un vencedor! ¡Lo tendrán! ¡Pero, desde luego, no un traidor como ella! –Señalo a la ya muerta chica del distrito uno y, los pocos rebeldes que siguen en pie, se detienen, virando la mirada hacia mí, a la par que la niña del tres se suicida, al igual que la compañera del que intentó asesinar a la presidenta.

La señal inequívoca de que me convertido en alguien digno de vivir, la primera vencedora y un símbolo.


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Nota: Lo que hace el aburrimiento y las ganas de escribir xD. La edad salió al azar de un random entre las edades de mis vencedores hasta Oceana, la cual, hasta que aparece Finnick, es considerada como la más joven vencedora conocida con solo quince años. De igual modo el distrito de procedencia de la elegida, que se sorteó entre veinte, ya que me niego a creer que el primer vencedor fuera pactado por el Capitolio. Esto era un experimento, a ver como salía y como tal necesitaba de la cooperación de los tributos elegidos para llevarse a cabo, pero como es evidente, no todos están dispuestos a alzarse contra sus congéneres, de ahí el caos que creé. En cuanto a lo del dos y el uno como traidores, pues siempre lo pensé, al fin y al cabo son ricos y privilegiados por algo. Pienso que el cuatro, en cambio, tenía dos flancos y, como seguramente la primera cosecha era de rebeldes e hijos de estos, les tocó un rol inconformista, pero quién sabe. Hasta pronto.