22/Jul/14 Un amable recordatorio: Hago comisiones (en mi perfil encontrarán un link con más información).

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Notas de autor: ¿Siguen aquí conmigo? Gracias por acompañarme hasta el final. ¿Ha sido grato el viaje, querido lector?

El gran prólogo
Por: Galdor Ciryatan

UN BREVE EPÍLOGO—

Habían pasado cuatro años.

Minato revisó el expediente con una expresión de tristeza. En alguna ocasión le había prometido a Itachi que la muerte de Fugaku y de Mikoto, más aún, de todo el clan Uchiha, no sería motivo de olvido. Le dijo que investigarían a fondo y descubrirían lo que ocurrió.

En buena medida le había fallado.

Lo único que llegaron a descubrir fue que la muerte del clan se trató de una gran conjugación de rencores, no del unificado plan de un solitario personaje. Es decir, la muerte de algunos Uchiha pudieron atribuírsela al país del viento, Kiri también le echó mano a los Uchiha que pudo encontrar en su camino, algunos clanes de otras aldeas asesinaron a varios cuervos e incluso Akatsuki estuvo involucrada en algunas muertes, sin embargo, no se podía atribuir la lenta extinción de los Uchiha a una sola persona o nación.

El resto del mundo shinobi no sentía estima hacia los Uchiha y su paulatina destrucción tuvo lugar por varias causas. De hecho, incluso un miembro del consejo de ancianos de la aldea estuvo involucrado en el asunto, aunque él no quería pensar en eso….

Bah, ahora no les servía de nada saber aquello. En su momento tampoco les hubiera servido.

Se lamentó y se dispuso a guardar los archivos. Le dedicó una última mirada al expediente de Sasuke, que ahora permanecía siempre guardado y ya no crecía con las hazañas de la joven promesa. El número de misiones que había completado junto a su equipo y los logros que tuvo estaban estancados desde hacía cuatro años.

Suspiró.

Le había fallado al clan Uchiha, a Itachi y a Sasuke, incluso a su propio hijo, Naruto, quien pateó y gruñó y lloró la pérdida de su mejor amigo. A decir verdad, Minato tenía la sensación de que había fallado como Hokage. Sólo quería hacer las cosas bien, componer este mundo vuelto al revés, pero era difícil. La tensión entre las naciones crecía cada día, la pelea por los Bijuu y la presencia de Akatsuki agregaba cargas extra a la difícil tarea de mantener la paz.

Por si fuera poco, una carta de Kiri acababa de llegar. Minato se resignó a más malas noticias y comenzó a leer.

Tiempo después—

No se arrepentía de sus decisiones. Se sentía un hombre libre. En efecto, para su caso, la muerte había resultado ser liberadora. Eso compensaba cualquier cosa pasada. Vivía tranquilo consigo mismo y con el mundo.

Kisame caminaba despreocupadamente por las calles de una aldea olvidada por dios, o al menos por el resto de las villas shinobi. La población se encontraba muy hacia el suroeste del País del viento y ni siquiera colindaba con él. Era un lugar alejado de las grandes naciones e íntimamente cercano al mar. De hecho, estaba en la costa sur.

La venta de pescado iba bien. Le satisfacía el negocio, incluso más de lo que disfrutó jugar a la pescadería en Konoha.

Era de tarde. Después de cerrar el negocio, caminaba por el pueblo en busca de sake. Compró dos botellas y se las llevó a casa.

No vivía exactamente en la villa, aunque tenía el negocio ahí. Su casa se encontraba a escasos kilómetros rumbo al sur, exactamente en el borde del mar. Cada mañana se levantaba y, al mirar por la ventana, veía el mar azul.

Con las botellas de sake a cuestas, recorrió la distancia hacia su hogar saltando entre los escasos árboles. Era un hábito de shinobi; poner chakra en las plantas de sus pies y acelerar el paso. Creía que nunca se desharía de esa costumbre, ni siquiera cuando se dirigía simplemente hacia su casa. Jamás podría llamarse a sí mismo "retirado" y que cada letra de esa palabra fuese verdad. Siempre habría algo de shinobi en él, para bien o para mal.

El sol iba bajando hacia el horizonte y Hoshigaki arribó a su hogar. Era un lugarcito acogedor por dentro, pero tenía todo el mar y la playa a su alrededor. El mundo parecía expandirse alrededor de la solitaria casa. No existían otras viviendas cercanas.

Un joven con el torso desnudo practicaba taijutsu en la arena. Peleaba contra su sombra proyectada en una roca de la playa. Kisame lo miró con una sonrisa, aunque no dijo nada. El joven se encontraba a unos cien metros y estaba embebido en el entrenamiento.

El sol tocó el borde del horizonte. El tiburón azul entró a la casa. Itachi lo recibió con un beso.

—¿Cómo estuvo el negocio? —le preguntó la comadreja.

—Regular —dijo Kisame sin mucha aflicción. Tenían comida y lo que necesitaban. ¿De qué podían quejarse? ¿De no ser endemoniadamente acaudalados?

—Mira. Estos dos están listos para la venta. —Itachi puso un par de pinturas recién acabadas junto a la puerta de entrada.

—Me las llevaré el lunes. Ya sólo quedaban postales. —Además de mariscos y pescado, Kisame vendía los cuadros y postales hechos por la comadreja—. Traje sake, ¿quieres un poco?

—Sólo un poco —replicó el joven. No le gustaba beber, pero, de cuando en cuando, consentía acompañar al tiburón en una moderada sesión de tragos.

Así pues, el mayor sirvió un ochoko y lo llevó hacia la boca de la comadreja. Ésta partió levemente los labios y esperó por un trago que nunca llegó entero. Kisame derramó a propósito el sake. El ochoko rozó los labios de Itachi y entonces fue inclinado hacia adelante bruscamente. El alcohol se vertió sin dirección clara. La lengua del joven alcanzó saborear el sake, pero éste también se esparció por su barbilla y le alcanzó el pecho. La playera ligera que llevaba adquirió una mancha semi-transparente.

Antes de que tuviera oportunidad para reclamarle a Kisame la torpeza de sus manos, el tiburón se precipitó sobre él. Le besó el mentón y chupó su labio inferior, también le dio una lengüetada a su playera. Al mismo tiempo, una mano furtiva tomaba la botella de sake por el cuello e iba a derramar otro tanto en el pecho del menor.

¿Por qué había traído dos botellas? Ahora Itachi lo sabía sin lugar a dudas.

Traje sake, ¿quieres un poco?

Sí, claro.

—Embustero —le reclamó Itachi con una sonrisa al tiempo que sentía cómo el líquido trazaba un arroyo desde su esternón hasta el borde de sus pantalones. Se estremeció un poco—. Siempre has sido un gran embustero, ¿no es así?

Kisame no tuvo el decoro de fingir vergüenza. Sus engaños habían sido medulares, antiguos y perpetuos. Todavía a estas alturas seguía engañándolo gratamente. Le decía que si quería un pequeño trago y vertía un riachuelo en su playera blanca.

Cuán complacido estaba Itachi con las mentiras de ese hombre. Se le iría la vida admirando sus engaños.

Otro chorro de sake fue vertido y el frente de los pantalones de Itachi quedó empapado. Esta vez se estremeció más.

—El piso se va a llenar de sake —advirtió Uchiha, aunque sin demasiado interés en velar por la limpieza del suelo.

—Vamos al baño entonces —le sugirió el mayor.

Le quitó la playera a Itachi, tomó las dos botellas de sake y se dirigieron al baño. Una vez ahí, Kisame se permitió el descaro de verter otro chorro de sake en el joven. Este se retorció en un pésimo intento de escapar y las líneas de sus músculos adquirieron nuevas posiciones, lo que alentó al tiburón.

Hoshigaki lo abrazó, todavía con las botellas de alcohol en las manos. Se besaron, dieron dos pasos temblorosos hacia el centro del baño e Itachi sintió que más sake caía por su espalda. El joven Uchiha se arqueó por un momento, luego recapacitó y vio lo injusto de aquellas situación. Como pudo, alcanzó una de las botellas y se la quitó al mayor, luego equilibró un poco las cosas derramando alcohol en el cuello de Kisame. Pasó la lengua por su piel azul y los dedos por el borde de su pantalón.

La ropa se resignó a salir del juego y acabó desperdigada por el baño. Dicho sea de paso, éste se convertiría en un desastre con olor a sake. Eso no le preocupaba mucho a la comadreja; de todas formas, mañana era el día en que la limpieza de la casa corría a cargo del tiburón. Se lo recordó con una risita divertida mientras le besaba el cuello. El mayor, de inicio, no se lo tomó con mucho entusiasmo; después decidió que (si había de limpiar) tendría que valer la pena el desastre.

Sentó a Itachi en el pequeño banco de madera y sobre su cuerpo desnudo dejó caer todo lo que restaba de sake. El cabello negro de la comadreja se manchó de alcohol, riachuelos de sake le bajaron por la espalda y más allá de ésta continuaron.

Desde su posición cómoda y convenientemente baja, sentado en el banco, Itachi adelantó los labios y besó el sexo de Kisame. El tiburón le acarició el cabello húmedo, lo apartó de su rostro. Gustoso, prestó su miembro a las atenciones del menor. Unas cuantas lengüetadas y caricias fueron suficientes para que se pusiera tan duro como era posible.

Ante la falta del elemento líquido y alcohólico en la ecuación (y sin deseos de ducharse todavía), otra cosa tuvo que venir a sustituir al sake. Itachi se levantó y sacó una botella de lubricante de detrás del espejo, pero fue renuente a entregarla.

—Inclínate sobre la bañera —dijo el menor. Su voz decidida evidenciaba los planes que ya había trazado en su cabeza y Kisame no deseó ser una piedra en el camino. Complaciente, obedeció.

La bañera era cuadrada, de madera y bastante alta. El tiburón que ya no pertenecía a Kiri se inclinó sobre el borde, sus antebrazos descansó en éste. Tras él, escuchó cómo Itachi llenaba un cubo de agua. Sintió el líquido tibio en su espalda baja y unas manos que lo lavaron y lo tentaron. Algo de sake se fue de escena junto al jabón y al agua derramada, pero las manos de Itachi permanecieron allí.

La siguiente vez que lo tocó, fue en un punto específico y con intenciones claras. Su dedo delgado iba cubierto de lubricante. Kisame echó las caderas hacia atrás y lo recibió. Itachi alternó entre usar su dedo y frotar el glande de su miembro erecto. Con su mano libre agarraba el sexo de Hoshigaki y lo acariciaba en toda su longitud.

Kisame soltó un gruñido cuando el glande de Uchiha hizo más que frotar. Empujó levemente, se retiró y volvió a empujar contra su entrada. Lo sentía cálido y resbaloso por el lubricante. Una de las manos de Itachi estaba sobre su cadera.

El sol se había metido tras la línea del horizonte y Sasuke continuaba entrenando. Tres shinobi vagaban por el mundo en busca de tres renegados.

La comadreja se hundió por completo en el interior de Kisame. Sintió la estrechez del anillo de músculo y escuchó un gemido de placer. Empezó a embestirlo. Él también gimió.

El mayor dejó caer la cabeza y se entregó al vaivén de Uchiha. Por enésima vez en la vida descubrió lo placentero que era entregarle el control al joven.

Últimamente era muy dado a hacer eso: Dejarle tomar las decisiones. Dicho sea de paso, Itachi lo disfrutaba (y no sólo en el terreno sexual). Le gustaba tener el mando y Kisame se había adaptado muy bien a eso. Él manejaba la pescadería y se encargaba de vender los cuadros de Itachi, sin embargo, el joven genio tomaba buena parte de las decisiones concernientes.

Ese lugar, esa casa en esa playa específica, había sido elección de Itachi.

La comadreja lo nalgueó con fuerza y jadeó de igual manera. Tenía el cabello desarreglado, sobre el rostro y a los costados de éste. Se inclinó sobre la espalda ancha que tenía ante él y hebras negras cosquillearon en la piel de Kisame. Las estocadas cambiaron de ritmo, fueron más fuertes, más profundas y desesperadas. La mano de joven se movía sobre el miembro de Hoshigaki.

Itachi pronunció algo en un gemido inconexo y se corrió con un estremecimiento de placer. Su cuerpo, sobretodo en su parte media, se agitó por su propia cuenta. Se quedó ahí, jadeante y tembloroso, con el cabello revuelto y las mejillas rojas, con el miembro duro de Kisame todavía entre sus dedos.

—Más —dijo el tiburón e intentó retomar la tarea que la mano de Itachi estaba desatendiendo.

Sin embargo, Uchiha salió de su interior y con torpeza lo hizo darse vuelta. Se arrodilló ante él. Ojos cerrados, su cuerpo aletargado moviéndose en automático. Lo tomó en su boca y terminó el trabajo.

Kisame sintió el semen que se resbalaba por su muslo y se corrió en la boca de Itachi.

Se dieron un baño rápido, al cabo de lo cual Itachi se marchó diciendo:

—Me voy a dormir.

Hoshigaki se quedó limpiado el lugar.

Después de eso se fue a su habitación, apagó la luz y se metió en la cama. Sin embargo, no encontró a una comadreja dormida, sino a un joven que, bajo las sábanas, se encontraba desnudo y dispuesto.

Kisame sonrió de medio lado y lo acarició a ciegas.

—Tú también eres un embustero. Dijiste que era hora de dormir —le recriminó el mayor en la oscuridad.

Itachi se acomodó boca abajo y separó las piernas.

—No he tenido suficiente —explicó el joven.

Kisame lo tomó por detrás mientras le sujetaba el cabello y le gemía al oído.

Cuando la noche estaba ya algo avanzada, Sasuke vio que la última luz de la casa era apagada. Supuso que era seguro entrar a su hogar. Lo hizo y se dispuso a usar el baño. Lo encontró por completo impecable. Tras bañarse con agua caliente para aplacar el cansancio de sus músculos, se secó y se dirigió a su habitación.

Al pasar junto al cuarto de Kisame e Itachi, escuchó cómo su hermano gemía quedo. Podría estar diciendo "Más rápido, Kisame" o sólo "ah, ah, ah…" por todo lo que a él le importaba. Bien, no los culpaba demasiado. Era fin de semana y solían hacer estas cosas. Comúnmente las hacían con la luz encendida y gracias a eso él sabía cuándo podía regresar a casa, pero a veces parecían no conformarse y, en la oscuridad, Itachi gemía y se retorcía bajo el cuerpo de Kisame.

Bufó. Nunca eran lo suficientemente silenciosos, así que los reprochó en silencio. Eran un par de shinobi y no podían guardar silencio mientras cogían.

Bien, no era como si él supiera hacerlo, su experiencia era bastante limitada, pero, ¿qué tan difícil podría ser?

Cuando encontrara alguien con quién probar, descubriría que no era tan sencillo quedarse en perfecto silencio.

Por el momento sólo siguió de largo hasta su cuarto, cerró la puerta y se durmió.

La mañana siguiente, Itachi despertó ante el sonido de la puerta.

Sasuke podía salir con el sigilo de un gato. En realidad, dejar que la puerta se azotara contra el marco era su forma de hacerles saber que iba a salir. De esa forma no tenía que asomarse al cuarto y verlos enredados en sábanas y brazos.

La comadreja se removió sobre el pecho del mayor y vio el reloj. Todavía era temprano. Alzó medio cuerpo y miró por la ventana. Su hermano pequeño —que ya no era pequeño— caminaba por la playa, luego encima del mar y comenzaba a entrenar.

Sin siquiera abrir los ojos pero intuyendo lo que ocurría a su alrededor, Kisame dijo:

—Entrena mucho. Se está volviendo muy fuerte.

—Lo sé. Ya no puedo seguirle el ritmo… Me ha superado y sigue creciendo.

¿Hasta dónde llegaría Sasuke? Itachi creía conocer la respuesta. Kisame tenía información que casi podría confirmarla, convertirla en plausible realidad.

Ya despiertos y sin anhelo de volver a dormir, se levantaron de la cama.

Kisame se ofreció a recogerle el cabello al otro y lo hizo de forma impecable. Mientras tanto le comentó:

—Ayer tuve noticias de Kiri. Dicen que Yondaime Mizukage ha muerto.

Itachi se sintió un tanto sorprendido, aunque era una sorpresa grata, bien recibida. Yagura había sido el responsable de enviar a Kisame en la infame misión de asesinar al clan Uchiha, fue él quien le prometió el retiro si cumplía con ese trabajo.

—¿Cómo ocurrió? —quiso saber Itachi.

Kisame le ató el cabello con el listón rojo, le besó la cabeza y se aproximó al armario. Ahí rebuscó hasta encontrar una caja. La sacó y de ella extrajo una pequeña botella de cristal.

—Una infección respiratoria que se complicó —dijo Kisame con una media sonrisa y agitando ante sus miradas el viejo frasco de 2288.

¿No era maravilloso cómo las piezas caían en su lugar, cómo se acomodaban por su propio peso? ¿No era poético que Yagura hubiese muerto de esa manera?

Itachi miró el frasco. Era el mismo que había encontrado en la oficina del tiburón, tanto tiempo atrás, en Konoha.

—¿Por qué conservas eso todavía? —preguntó Itachi, aunque conocía la respuesta.

La botella de veneno era el contenedor de muchos por qué.

De inicio, cuando Hoshigaki llegó a Konoha, la había conservado porque tenía intenciones de usar el veneno, matar a Itachi y al pequeño Sasuke. Luego fue incapaz de hacerlo. Tonto, estúpido, se enamoró de la libertad y de su blanco y renunció a la misión en un arrebato de autocomplacencia (algo que nunca antes había hecho en su vida). Sin embargo, conservó el veneno porque quería sentirse un hombre libre, con capacidad de elección. Si todavía tenía la botella del 2288 y no la usaba era porque decidía no hacerlo. Le hacía sentir dueño de sí mismo, no el títere de una aldea cruel. Por un tiempo escondió el veneno y se olvidó de él. Luego llegó Shisui y, a la larga, Kisame recordó la botella. Tiró su contenido porque no quería la tentación de usarlo y conservó el frasco porque quería tener el recordatorio de sus elecciones pasadas.

Luego se arrepintió.

Tras salir del hospital y caer en la desdicha, Kisame deseó tener el veneno, no para cumplir la misión, sino para acabar con su propia vida. Las tres gotas que conservaba el frasco eran insuficientes para darle una muerte rápida. Si las tomaba, tal vez el morirse le tomaría un tiempo ridículamente largo (si es que llegaba a suceder). De todas formas Konoha iba a echarlo y, siendo un fracaso para su propia aldea, Kiri le concedería la muerte más tortuosa posible.

¿Qué le quedaba por hacer en aquel entonces? Muchas veces deseó tener el veneno, también se alegraba de haberlo tirado y en ocasiones se sentía tentado a contarle a Itachi. Tal vez no pudiera salvarse a sí mismo, sin embargo, podía hacer algo para la comadreja. El día en que iban a escoltarlo fuera de la aldea, el frasco prácticamente vacío se encontraba en el cajón de su escritorio. Habría podido echarlo en su maleta y marchase, pero no lo hizo.

La botella delatora estaba en el cajón. Podría dejarla ahí y que los shinobi de Konoha la encontraran más tarde —entonces irían tras él y pedirían explicaciones, pero sería muy tarde porque para ese entonces ya habría sufrido un terrible, terrible accidente o una misteriosa desaparición camino a Kiri—. Otra opción era contarle a Itachi en ese momento, traicionar doblemente a Kiri: Haber fallado la misión y además desenmascarar al Mizukage. De todas formas lo ejecutarían o lo encerrarían. Haberse infiltrado con un plan tan despreciable sería difícil de perdonar. Itachi no intercedería por él, casi estaba seguro.

Y la tercera opción era el anillo. Olvidarse de Kiri, renunciar irrefutablemente a la misión y vivir el resto de sus breves días en compañía de Itachi. Ser feliz por última vez en la vida antes de que un ANBU de Kiri lo buscara y le corta el cuello. Para cuando la aldea de la niebla se diera cuenta de que Itachi no iba a morir por el 2288 y decidieran pedirle explicaciones a Kisame, ya sería muy tarde. Hoshigaki ya habría tomado toda la felicidad que cabía entre sus brazos.

Sólo que no funcionó así. En algún punto antes de la boda, tuvo que contarle. Por eso le había pedido que lo viera en la oficina después del trabajo.

Espera… Quiero hablar sobre algo

Dime

Olvídalo… Puede ser más tarde. Pasa a la oficina después del trabajo, ¿quieres?

Debía contarle. No importaba que él se resignara a las consecuencias de sus acciones, Itachi tenía que saber a lo que se arriesgaba. Jamás le había contado porque estaba consciente y conforme con su elección de traicionar a Kiri. Su aldea ya no era nada para él. Sin embargo, ¿no pondría en peligro la vida de Itachi y la de Sasuke? Incluso la de Shisui podría estar en riesgo. Si iban a casarse (por segunda vez y por las razones correctas), Kisame decidió que Itachi tenía derecho a conocer toda la verdad y decidir por sí mismo.

Pero Uchiha llegó antes a la oficina y, por casualidad, descubrió las cartas y las leyó.

Antes—

—La leíste —dijo Kisame.

Itachi se preparó para lo peor. Estuvo a un segundo de lanzársele encima y al menos tener la decencia de morir peleando, como el shinobi que nunca deseó ser, pero vio en el rostro de Kisame y entonces se sintió confundido. Lo que encontró en su semblante no le fue revelado por el Sharingan, sino por algo mucho más primordial que un kekkei genkai.

Kisame suspiró y cerró la puerta.

—De esto era de lo que quería hablarte antes de casarnos…si es que todavía lo deseas —dijo el tiburón renegado.

Le confesó todo, confirmó la veracidad de la información.

Itachi apretó la segunda carta entre sus dedos, la que estaba escrita por el puño y letra del tiburón; ahí decía que enviaran más veneno para Shisui, que Itachi no era amenaza y sólo restaba esperar su muerte.

Comprendió.

—No sólo has decidido abandonar tu misión —habló Uchiha y, luego, zarandeó la carta de Kisame frente a su cara—. Has estado haciéndoles creer que no es así, que continúas con el trabajo. ¿Pretendes enviar esta carta y seguir engañándolos? ¿Hacerles creer que el trabajo se ha alargado? ¿Por cuánto tiempo, Kisame? Eventualmente, van a descubrirte.

—Por eso tenía que contarte, para que estés preparado… Un día, van a venir por mí.

Así que era eso. Se resignaba a su destino… No, lo aceptaba. El semblante del tiburón no era un rostro sufrido y melancólico, sino una mezcla de resolución y entrega decidida.

Hoshigaki lo miró y lo último que encontró en él fue la culpa referida. La expresión de Itachi era de sincera resolución, no de dolor. Era diferente al jovencito atormentado que se casó con él tiempo atrás, la parte melancólica que mostró al final de su relación de tres también estaba perdiendo fuerza

¿Dónde estaba la melancolía de sus vidas? ¿Dónde había quedado el dolor de vivir en un mundo que a ratos era salvaje, brutal?

Kisame deseó explicar más y, por momentos, Uchiha lo dejó. Lo escuchó por un par de minutos y luego lo interrumpió.

—No —espetó Itachi.

Juntó la cejas y apretó los párpados, incluso agachó un poco la cabeza. La idea que estaba germinando en su mente era de lo más poderoso, de una fortaleza mayor a la entrega que algún día mostró por Sasuke, incluso más fuerte que el impulso que lo hizo vender la casa.

Tomó la mano del tiburón y dijo:

—Vámonos.

—¿A dónde?

—No importa. Sólo quiero salir de aquí…contigo. Comenzaremos en otro lugar.

Había decidido vender la casa del clan para tener un inicio fresco, desembarazarse de los lastres de su pasado y muerto estatus. Por esa misma razón deseaba abandonar la aldea. Ya había tenido suficiente de verse arrastrado en esos juegos de guerra. Se desprendería de todo y dejaría de ser títere de su apellido y del mundo shinobi.

—¿Qué hay de Sasuke? —preguntó Kisame.

Lo resolución estaba en los ojos de Itachi. También había dolor en él, sin embargo, respetaría la decisión de su hermano. No elegiría por él.

Para bien o para mal, cuando Sasuke escuchó la verdad y el plan, aceptó (casi exigió) acompañarlos. Naruto se había marchado a entrenar con Jiraiya, Sakura estaba estudiando ninjutsu médico y él se sentía fuera de lugar. Si prometían entrenarlo, iría con ellos.

Así pues, el hospital de Konoha emitió un sentido reporte sobre el fallecimiento de los hermanos Uchiha. Sobre el tiburón, fue reportado que tuvo un terrible, terrible accidente a las afueras de la aldea. Había tres tumbas vacías en Konoha.

Kiri no se molestó en buscar a Kisame, tan sólo esperó por la muerte de Shisui, aunque ésta jamás ocurrió. Para cuando se dieran cuenta de la farsa, ya sería demasiado tarde.

Ahora—

—¿Sabes qué fue lo primero que Godaime Mizukage hizo en su nuevo puesto al frente de Kiri? —le preguntó Kisame con una sonrisa.

—Dime.

—Aceptar que la muerte de Yagura fue obra suya y prometer que las cosas iban a cambiar en Kiri.

—¿Cuál es el nombre del nuevo Mizukage? —preguntó Itachi. Existía una buena dosis de curiosidad en su voz.

El mayor respondió con una amplia sonrisa de tiburón y con nombre de mujer:

—Terumi Mei… ¿Sabes lo que eso significa, que Mei sea Mizukage? Si resultar ser verdad…

—Tal vez podríamos volver—musitó Uchiha y volteó a verlo.

Mei y Kisame no habían acabado su relación de forma tan tormentosa, sino con un buen grado de civilidad.

Lo de Kiri eran rumores y la comadreja se propuso ir a las poblaciones vecinas más cercanas con intención de corroborar. No obstante, la confirmación tocaría a su puerta más tarde. No sería necesario que se moviera de su casa.

Uchiha miró por la ventana y observó a Sasuke, el joven que practicaba taijutsu sobre las olas. Intuyendo lo que pasaba por su mente, Kisame dijo:

—Él querrá volver. Se ha entrenado para esto. —Abrazó a la comadreja por la espalda mientras ésta miraba a través de la ventana—. Sin importar que Mei busque hacer alianza con Konoha, la guerra está cada vez más cerca y Sasuke querrá estar ahí. ¿Qué harás entonces?

—Mi deber como hermano mayor, como su familia: Respetar su decisión. Sasuke quiere recuperar el clan y la aldea. Volverá a Konoha e irá a la guerra si ésta ocurre, lo sé. No pretendo detenerlo. Confío en su juicio. Es sólo que…

—¿Qué?

Itachi se giró y lo miró de frente antes de hablar otra vez. Le acarició los tatuajes del rostro y pasó los dedos por su cabello.

—¿No vivimos una vida muy cómoda? —reflexionó Itachi—. ¿No vivimos bien? ¿No tenemos lo que necesitamos y dormimos tranquilos cada noche?... ¿No tiene todo mundo derecho a esto? ¿Qué tal si la guerra puede evitarse, Kisame? He estado pensándolo.

»Cuando era más joven, buscaba cuidar el estatus del clan porque era lo que mi padre hubiera querido. Trataba de tomar mis decisiones pensando en la aldea porque era un shinobi de Konoha. Intentaba hacer las cosas en beneficio de Sasuke porque era su hermano mayor. Pero ni siquiera comprendía la verdadera razón. Yo, que injustamente he sido llamado genio, no comprendía el verdadero motivo para pensar en mi clan, en mi aldea y en mi familia. Las decisiones que tomé de esa forma no funcionaron.

»Pero ahora, si Sasuke quiere revivir el clan, no por el estatus o por encomienda de mi padre, sino por sus propias razones, quiero estar ahí a su lado. Si Minato-sama quiere intentar prevenir esta guerra, quiero estar ahí.

»¿No tiene todo mundo derecho a esta felicidad simple que hemos conocido aquí?

Kisame se dio cuenta de que la comadreja deseaba volver, no por autoflagelarse, sino por el espíritu pacifista que estaba embebido en su alma. En realidad creía que todos debían tener la oportunidad que ellos vivían: Tener libertad, alegría, amor. ¿Cómo hubiera podido defender esas cosas en el pasado sin siquiera conocerlas? Sólo había creído que las conocía.

Se sentaron a almorzar los tres juntos. Sasuke de inmediato percibió que había algo extraño flotando en el ambiente y lo preguntó. Itachi le dijo lo de Yagura.

Conversaron largo y tendido sobre las implicaciones de esa noticia. Contemplaron incluso que podía ser un rumor con pretensiones de sacarlos de su escondite (si es que alguien dudaba de su muerte).

A final de cuentas, la resolución de Sasuke había sido obvia. Si las cosas estaban comenzando a cambiar en las grandes aldeas, él quería volver. No había más que sus dos mentores pudieran enseñarle y deseaba regresar a la aldea, reconstruir el clan y, al igual que Itachi, cambiar ese mundo torcido. ¿Cuántas guerras y peleas y disputas habrían dejado a un niño pequeño sin su familia, sin un hermano mayor que lo amara y cuidara de él?

Sasuke sabía lo que era el amor y el apoyo y, por eso, buscaría una manera de componer el rumbo de las cosas. Deseaba ser Hokage (un puesto bastante conveniente a la hora de hacer cambios y tomar decisiones).

Después de mucho rato de conversación, Kisame dijo de pronto:

—Alguien viene.

Sasuke se asomó por la ventana. Su rostro cambió.

—Es Naruto —musitó el joven, incrédulo.

La comadreja también fue hasta la ventana y, por medio del Sharingan, escrutó a las figuras que se aproximaban hasta la casa.

—También Kakashi…y Shisui —dijo Itachi.

Sasuke no dejó que Naruto llegara hasta la casa. Salió a su encuentro. El rubio dejó caer su mochila sobre la arena y corrió a abrazarlo. Se tambalearon por unos segundos y luego recuperaron precariamente el equilibrio, en gran parte debido a los esfuerzos de Uchiha por sostenerlos. Naruto estaba llorando, lo abrazaba con toda su fuerza y al mismo tiempo intentaba golpearlo. Balbuceaba algo sobre haberlo dejado. ¿Cómo se atrevió a abandonarlo?

Minato le había mentido a su hijo. Sólo el Hokage, Shisui y unos pocos privilegiados de confianza habían sabido sobre el engaño de Kisame, Itachi y Sasuke. Para el resto de la aldea y para Kiri, los tres habían estado muertos. Bueno, eso cambió en recientes fechas. Cuando Minato recibió la carta de Mei, supo que las cosas estaban poniéndose en marcha. Envió a Kakashi, a Naruto y a Shisui en una misión especial a un lugar muy, muy lejano. Y ahora, helos ahí.

—Itachi —le saludó el cuervo a la comadreja. Como siempre, sonreía e invitaba a hacer lo mismo.

Itachi no dudó en aproximarse y abrazarlo. Lo había extrañado mucho. Todavía lo quería, siempre iba a amarlo.

Los seis se sentaron al interior de la casa y otra larga discusión tuvo lugar entre esas paredes. Lo de Mei fue confirmado, las nuevas noticias sobre Akatsuki fueron difundidas. Sasuke pronunció su respuesta de inmediato: Volvería a Konoha con Naruto y compañía.

—¿Y ustedes? —le preguntó Kakashi al tiburón y a la comadreja—. ¿Planean regresar? A Minato-sensei le gustaría tenerlos a su lado.

Itachi tomó la mano de Kisame y lo miró.

Fin

Notas finales: Spoiler alert XD Esta rata embustera se dispone a dar las advertencias del fic: Contenido sexual explícito, yaoi, KisaIta, ItaKisa, trío, Uchihacest, KisaShiIta, aparente muerte de un personaje, OoC, Angst, final semi-autoconclusivo y todas las que se hayan acumulando en el camino. Vamos, díganme que no fue mil veces más divertido haber descubierto todas esas cosas durante el fic (en lugar de descubrirlas en el summary y matar toda posible sorpresa).

Me gusta imaginarme que al final todos volvieron a Konoha, Sakura regresó después de entrenar con Tsunade, Sasuke y Naruto pelearon lado a lado en la guerra, Sakura le pateó el trasero a algunos villanos, Kisame tuvo alguna conversación incómoda con Mei, Sakura pateó más traseros, Obito tuvo un desarrollo más profundo y sustancial e Inner Sakura venció a Limbo Madara.

Cielos, Kishi ha desperdiciado el potencial de Sakura. Prometía tanto al inicio de Shippuden. Pero, en fin, me estoy desviando del tema.

En conclusión, ganaron la guerra y todos vivieron felices para siempre. Itachi y Kisame tuvieron todo el delicioso y pasional sexo que puedan imaginarse. Fin.

Espero sus comentarios.