CAPÍTULO 1: LA TRANSFORMACIÓN
POV PEETA
-PARTE II-
En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce
Hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;
Recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo
Y cuando los abras el sol estará en el cielo.
Este sol te protege y te da calor,
Las margaritas te cuidan y te dan amor,
Tus sueños son dulces y se harán realidad,
Y mi amor por ti aquí perdurará.
En lo más profundo del prado, bien oculta,
Hay una capa de hojas, un rayo de luna.
Olvida tus penas y calma tu alma,
Pues por la mañana todo estará en calma.
Este sol protege y te da calor,
Las margaritas te cuidan y te dan amor.
Tus sueños son dulces y se harán realidad,
Y mi amor por ti aquí perdurará.
Para compensar lo negativo traigo a mi mente la imagen que tengo de ella, durante nuestro día en el tejado. Relajada con su cabeza en mi regazo, tejiendo una corona de flores mientras me cantaba y después me miraba con sus ojos grises llenos de amor y una sonrisa radiante.
Quiero volverla a ver cuando esto acabe, no podré vivir sin ella.
-Iré a ayudar a Renesmee con su equipaje. –Dice Bella.
-Dile a Jacob que vaya terminando de arreglar todo también. Los llevaré a la estación en dos horas. Será mejor si ellos se mantienen lejos un largo tiempo, hasta que esto se solucione.
Puedo escuchar con toda claridad el beso que se dan, aunque no parezca ser más que un roce de labios.
¿Qué me sucede? Todo se siente tan real e intenso, nunca he experimentado nada igual.
Los pasos de ella se alejan y abandonan la sala. Si me guio por los segundos que creo que pasaron, Edward se va media horadespués asegurando que irá a cambiarse y poner todo el equipaje de su hija y Jacob en el auto.
Estoy en una casa de familia. Es lo único que sé.
Diez mil novecientas cuarenta y tres respiraciones más tarde, unos pasos que suenan distintos se deslizan con un susurro en la habitación. Más ligeros. Más... rítmicos.
Puedo distinguir aquellas sutiles diferencias entre pasos, respiraciones y ruidos que nunca había sido capaz de escuchar en toda mi vida.
-¿Cuánto tiempo más queda? –pregunta Carlisle.
-No puedo verlo con exactitud. No debe de ser mucho ya. –Responde una mujer. Hasta su voz es peculiar, más alegre y harmoniosa. –Se le está aclarando la piel. Se ve ahora casi perfecto.
-No eras tan optimista hace dos días.
-No pude ver casi nada hace dos días. Ahora que él está libre de todos los puntos ciegos se distingue muy bien.
-¿Si lo soltamos se seguirá quejando?
-Dame un segundo… No, parece que se cansó de insistir y decidió quedarse quieto por propia voluntad.
Sueltan cada correa, muñequera e incluso la mordaza que me colocaron en la boca. Me siento liberado y más tranquilo. Pero tiene razón, me cansé de luchar contra lo que sea que me sucede y no pienso ni siquiera gritar. Ya pasé mucho tiempo haciéndolo y no mejora en nada cada molestia.
¿Cuánto tiempo queda? ¿Cuántos segundos más seguiré ardiendo? ¿Diez mil? ¿Veinte? ¿Otro día más, ochenta y seis mil cuatrocientos? ¿Más aún?
-Creo que se convertirá en el más hermoso del clan. –Dice ella.
-Que no te escuche Rosalie, o se pondrá celosa. –Carlisle se ríe.
-Es que míralo, siendo humano todas las mujeres del Capitolio estaban locas por él. Ahora el cambio lo favorecerá aún más.
-Aunque él no parece ser de los que se regodean en su propia belleza.
-Claro que no, y eso lo hace más especial.
-¿Has visto a Katniss?
-No hay nada nuevo, sigue en el hospital, deprimida. Es entendible. Me cuesta ver su futuro ahora mismo, pero ella y sus planes no apuntan a nada bueno en estos momentos.
Katniss… No. Tiene que saber que aún no morí. ¿Por qué ella estaría deprimida?
-Hablaremos de esto después, Alice.
Escucho el aire agitarse debido a la marcha de la mujer. Distingo claramente el siseo de la tela cuando se mueve, al rozarse. Oigo también con nitidez el silencioso zumbido de la luz que cuelga del techo. Escucho la ligera brisa que sopla en el exterior de la casa. Puedo percibir todo. Cada vez mi sentido auditivo se agudiza más.
Muy lejos están viendo la televisión.
Reconozco la voz de Claudius Templesmith y Caesar Flickerman. Podría no prestar atención, pero ellos están involucrados en los juegos, es posible que digan algo de Katniss o de mí.
-No entiendo porque tenemos que ver esto, Rose. –Dice un hombre. –Nosotros odiamos los programas relacionados con los Juegos del Hambre. Casi prefiero ver las novelas rosas del Capitolio.
-Carlisle, nos pidió que estuviéramos atentos a cualquier noticia que escucháramos sobre la chica.
-A mí no me lo pidió.
-Tú estabas cazando con Jasper cuando nos dijo eso. Ahora cállate.
Alguien sisea.
-En este programa no podemos decir mucho más. El Capitolio lamenta el fallecimiento del tributo Peeta Mellark y apoya a la vencedora Katniss Everdeen en el momento más difícil de su vida. Ella sigue internada y está siendo tratada por psicólogos y especialistas en obstetricia. –Dice Caesar.
-El embarazo no está en riesgo pero la paciente sigue muy inestable mentalmente a causa de la muerte de su novio y padre de su hijo.
¿Muerte? ¿Cómo que estoy muerto? Yo soy su novio. Entré a la arena con ella. Estoy sufriendo pero me siento cada vez más vivo y fuerte. ¿Estoy en algún tipo de purgatorio o estar muerto consiste en soñar?
-Es una lástima lo sucedido con esta pareja ¿no? Cuando parecía que saldrían con vida y vivirían felices, él se traga las bayas y muere. –Dice Caesar con dolor autentico.
-Debí haber hablado antes y esto se hubiera evitado.
-No te culpes, amigo. Fue todo muy rápido. No puedes hacer nada por cambiarlo. Lamentable televidentes, pueblo de Panem, los Trágicos Amantes del Distrito Doce que tanto nos conmovieron fueron separados por la muerte. Nuestras condolencias para la reciente vencedora. Deseamos que pueda sobreponerse a esta pérdida y que el hijo de ambos crezca sabiendo que su padre amaba a su madre y lo valiente que él era.
Es este momento todo mi mundo se viene abajo y dejo salir un grito, su nombre. Porque ahora mismo el dolor que siento al saber que Katniss está sufriendo y el no entender que me sucede es muy grande. Digo su nombre nuevamente. Grito dejo salir todo lo que estuve conteniendo hasta el momento. Grito de dolor, me muevo y me contorsiono yendo a ritmo con las zonas que se van quemando y incinerando en mi cuerpo.
El malestar que fue mínimamente soportable por un tiempo, volvió con violencia minutos antes. Intenté soportarlo hasta ahora que escuché que supuestamente morí y que Katniss y mi bebé quedaron solos. Eso no lo puedo sobrellevar.
Ahora no hay nada me impida moverme y gritar a mi gusto. Es mi manera de descargar la tortura física y psicológica que me toma como presa cada instante.
A veces abro los ojos unos instantes y veo que estoy en una habitación con paredes en tono gris claro. Otras veces veo ojos dorados y piel pálida. Nunca vi a nadie con irises de ese tono, ni la piel tan blanca. Pero los cierro de inmediato porque mis ojos arden, al igual que mi garganta, parece que no hubiera bebido en semanas, porque está completamente seca y tengo una sed que nunca pensé que fuera posible sentir.
No hago caso a las voces que intentan tranquilizarme. He llegado a mi límite de tolerancia. Puedo sentir como me sostienen entre varios y vuelven a sujetarme como antes en algunos puntos concretos de mi cuerpo.
Eso ya no me importa. Estoy ardiendo por culpa del fuego y la sed. El fuego que ahora está propagándose a mi corazón con más virulencia.
Estoy casi seguro que voy a morir. Los latidos son demasiado frenéticos y cada vez incrementan su ritmo a niveles inimaginables.
-Carlisle –llama un hombre, nos es ninguna que haya escuchado hasta el momento.
-Llegó el momento. –Dice él. –Déjame verlo.
Siento que las manos que me sostienen de los hombros y son reemplazadas otras.
El fuego se retira de las palmas de mis manos, mis muñecas y parte de mis piernas, dejándolas libres de dolor y frescas, pero se instala en mi corazón, que arde con tanta fuerza como el sol y late a una furiosa y nueva velocidad.
-Escuchen. –Indica Edward.
El sonido más fuerte que se oye en la habitación es el de mi corazón desenfrenado, que late al ritmo del fuego. Duele como nunca me ha dolido nada. Me asusto tanto que me agarro de las sabanas que cubren la cama en la que estoy.
-Ah -dice Carlisle-, ya casi ha terminado.
No puedo alivio ante sus palabras, porque no tengo la menor idea que está acabando. ¿Mi vida, o el dolor? A estas alturas creo que ambas palabras son sinónimos.
Derramo lágrimas, aunque no me atrevo a abrir los ojos.
-Muy pronto. –Dice Alice con impaciencia. –Traeré a los demás.
El fuego rasga mi pecho inundándolo de más calor, extrayéndolo de mis codos y mis rodillas.
Grito. Ahora no me pusieron nada para evitarlo.
-Haré que suban ya –Dice Alice, con un punto de urgencia en su tono y escucho el siseo del aire cuando se precipita afuera.
Y entonces...
Mi corazón despega batiendo rápidamente, con el sonido de una sola nota sostenida; parece que se abre camino a través de mis costillas. El incendio llamea en el centro de mi pecho, absorbiendo los restos para alimentar el más abrasador de los rescoldos. La espalda se me arquea, doblándome como si algo me estuviera alzando desde el corazón, haciendo que pierda el control nuevamente. Después me derrumbo sobre la mesa.
Se inicia una batalla en mi interior: mi corazón se acelera contra el fuego que lo ataca y ambos van perdiendo. El fuego es domado, habiendo consumido ya todo lo que era combustible y mi corazón galopa hacia sus últimos latidos.
Yo lo único que logro pensar es que mi fin llegó y esto que debe ser similar a un ataque cardíaco.
En mi mente, me despido de Katniss y del hijo que nunca veré nacer, que jamás sostendré en mis brazos, llenaré de besos y cosquillas. El que jamás sabrá lo que es tener a tu padre con vida y que no contará con el privilegio de que lo cuide o lo guie en cada etapa de su vida. A la chica con la que nunca me casaré como era mi sueño, y que no veré sonreír directamente a mí después de traer a nuestro hijo al mundo.
El fuego se encoge, concentrándose en aquel órgano que es lo último vivo que queda en mí, con una oleada final insoportable. Esa llamarada es contestada por un profundo golpe sordo, que suena como a hueco.
Adiós, Katniss. Adiós, bebé. Adiós, papá. Adiós, mamá. Adiós, Alexander. Adiós, Rye.
Mi corazón tartamudea un par de veces y después late sólo una vez más.
Y ya no hay ningún otro sonido. Ninguna voz. Ningún latido. Ni una sola respiración, ni siquiera la mía. El ambiente es un completo silencio.
Durante un momento, lo único que puedo comprender es la ausencia de dolor.
Estoy muerto. Me niego a abrir a los ojos. Tengo miedo de lo que encontraré al abrirlos. Todavía me cuesta aceptar que nunca volveré a ver a mis seres queridos.
Me encuentro sorprendido porque no necesito respirar, aunque lo hago una vez, no hace ninguna diferencia.
Me recuerdo que los muertos no necesitan respirar.
-Bienvenido, Peeta. –Dice una voz masculina calmada que escucho por primera vez.
Abro los ojos y miro hacia arriba. Descubro que me encuentro en la misma habitación que antes. No en el cielo, o el infierno, como creí.
Miro a mi alrededor, encontrándome con ocho personas de piel pálida, ojos dorados y de una belleza sobrenatural. Ni con todo el maquillaje y las cirugías podrían lucir así.
Todos me están observando en silencio sin parpadear, atentos a mis actitudes, o cualquier movimiento que haga.
-¿Quiénes son ustedes? –Me atrevo a preguntar.
