Capítulo 3

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¿Qué se sentirá morir?

Suspiró, exhalando una gran cantidad de humo y mirándolo fijamente, mientras se disipaba en la oscuridad de la noche; lo único que iluminaba su reducido patio trasero era la luz que provenía del interior. El ensordecedor sonido de las cigarras había perdido fuerza poco antes de la madrugada, las hojas se mecían suavemente gracias al tranquilo viento de esa noche y el silencio de la ciudad, característico de esas horas, hacían que el conjunto fuera casi relajante; cerró los ojos y respiró profundo, conteniendo el aire en sus pulmones unos momentos y tamborileando los dedos al compás de la música.

¿Frío?

Abrió los ojos, sintiendo una extraña opresión en el pecho que le obligó a toser el humo; arrojó el cigarrillo al suelo y lo pisó, casi con desesperación y con desprecio desmedido. Observó los restos apagados y ennegrecidos. La silla en la que estaba comenzaba a cansarlo.

Quizá no se siente nada, solo dejas de ser y ya… Ahí termina tu existencia y entonces estás condenado al olvido eterno.

Le pareció sumamente triste.

Volvió al interior, carraspeando al sentir seca la garganta. Al correr la puerta de cristal, la música le llegó a los oídos con más claridad. Se frotó el cuello y miró en silencio la estancia: los muebles no combinaban para nada y la mesa que adornaba su sala de estar tenía el cristal cuarteado. Suspiró y cruzó la habitación, a media luz, hacía días que un bombillo había dejado de funcionar. Se detuvo frente al estéreo y oprimió un botón, inundando de silencio la habitación.

Tomó una botella de sake y se sirvió en un vaso, miró los discos en silencio, decidiéndose por un nuevo asesino del silencio.

No. No estaba feliz, ni, mucho menos, orgulloso de su reciente estilo de vida, pero tampoco le molestaba lo suficiente para cambiarlo. Además estaba convencido que al volver a trabajar volvería su estilo aburrido y saludable de vida… o por lo menos libre de alcohol y excesos.

Le habían dado una semana de descanso por lo acontecido con su padre y se había vuelto demasiado larga… y aún tenía dos días libres. Qué haría en ese tiempo era algo que lo tomaba sin cuidado y en lo que no le interesaba pensar, con pasarla tumbado en su cama hasta que la espalda y cabeza le dolieran o en el césped mirando las nubes, se conformaba… y los cigarrillos, no podían faltar los cigarrillos. Se dejó caer en el sofá y miró al techo. Dio un sorbo y se hundió en el mullido sofá, mirando la puerta que daba hacia el reducido patio. Mientras el seco sabor del sake rondaba dentro de su boca y se quedaba en sus labios.

¿Creer en la vida después de la muerte es algo factible?

Se le formó, de nuevo, ese jodido nudo en la garganta. Quería arrancarse la piel de la cara. La mesa de centro salió volando de una patada y el cristal se volvió añicos al golpear con fuerza el suelo. Él simplemente atinó a mirar en silencio el desorden. La respiración se le agitó y se levantó, caminó por un pasillo y se encerró en su pequeña oficina improvisada, en la cual trabajaba de vez en cuando. La música siguió sonando y Shikamaru se quedó mirando una fotografía que había sobre su escritorio... esa en la que salía su padre, luciendo orgulloso a lado de una versión tres años más joven de sí mismo, que llevaba puesto un birrete negro y una extraña toga. Dio otro largo trago al vaso que aferraba a una de sus manos. El sake era amargo y seco... sinceramente jamás le ha agradado, sin embargo, esa noche iba a ignorarlo.

Que problemático.

Su vida había sido una extraña escala de grises esos últimos días, sobre todo por las ropas negras y las lágrimas y el extraño velo en sus ojos que le quitaba color a todo. La enfermedad de su padre había sido el inicio de aquel extraño declive en su calidad de vida. Aún tenía en la nariz el penetrante olor del vómito y esterilizante, medicamentos, látex y sangre... a lenta y dolorosa muerte. Aun sentía en sus manos la piel reseca y áspera de su padre, la esponja humedecida con el agua mezclada con el sudor; las convulsiones, las mantas suaves e incómodas a la vez, el pequeño balde que usaban en las emergencias. Aun escuchaba los suspiros doloridos y quejidos nocturnos, la voz con tranquilidad fingida, el respirador y el pulso. Aún tenía ese sabor amargoso en la boca. Aún sentía el peso sobre sus hombros y en su brazo derecho.

Suena el teléfono y cuando se han cansado de esperar, cuelgan. Shikamaru lo ignora mientras toma el portarretratos y lo guarda en uno de los cajones de su escritorio, en ese que jamás toca. Se sostiene, sintiéndose pesado de pronto, sus pulmones parecen no querer trabajar apropiadamente y eso lo agota de sobremanera; la habitación es pequeña y oscura, la ventana no parece ventilar lo suficiente.

Suena el teléfono… y cuelgan.

Da un largo sorbo, terminándose el contenido del vaso y sintiendo como baja por su garganta, dejando una desagradable sensación en ella, que se aguanta; su mano tiembla unos momentos y el vaso revienta. Siente algo incrustarse en su piel, siente dolor, siente algo cálido y su mano se congela.

Suena el teléfono.

—Ya basta, Yoshino… —murmura.

Cuelgan.

Con pesadez se separa del escritorio y sale de la oficina. La mano le duele y le arde, pero eso no lo obliga a ir más rápido; arrastra los pies y bosteza, pensando que la vida es problemática y que todo sería más fácil si fuera una enorme y esponjosa nube que se deja llevar por el viento. Ligera y perezosa. Al llegar a la cocina su mano ya ha dejado un rastro de manchas rojas en el suelo. Abre el grifo y deja la mano bajo el agua, sintiendo como se refrescaba y dolía un poco por unos momentos. Miró la sangre manchar la transparencia y sus parpados bajaron, pesados y cansados.

Sabe el sermón que le aguarda… pero le importa una mierda.

El sake es seco y amargo… y lo espera. Envuelve su mano, torpemente, en una venda, luego de que ha dejado de sangrar. Y se entrega. Sabe que está mal. Lo detesta y se avergüenza, pero no puede parar, hay algo que no lo deja…

La noche se vuelve vertiginosa.

Exhaló el humo y no pudo evitar dejar salir una carcajada, las luces de los autos se mezclaban y danzaban de manera graciosa frente a sus ojos. Se levantó con cuidado del suelo y caminó por el parque en silencio, tambaleándose; los ojos la engañaban, le hacían creer que las grietas del suelo se movían, como si se mecieran con el viento. Llegó de puro milagro a la acera, sin volver a tropezar, y caminó, intentando seguir una línea que se movía y ondeaba y la hacía dudar. Extendió los brazos hacia los costados, en un intento por equilibrarse y volvió a carcajear.

Ignoraba los chiflidos y llamados de unos imbéciles en auto. Agitó su cabello y sonrió de lado al escuchar el comentario que habían hecho acerca de sus atributos; se giró y los miró, con esa coquetería en la que Shikamaru no cayó aquella noche en el bar y que la hizo confirmar su hipótesis de que no era el típico hombre solitario buscando compañía de una noche. Se mordió el labio, sin dejar de sonreír.

—¿Quieres que te dé una buena mamada, princesa?

Enarcó una ceja. —Con las que me da tu mamá, me basta.

Le guiñó un ojo, se giró y siguió caminando, ignorando por completo las carcajadas de uno y el insulto del otro; Suigetsu la había ayudado, sin saberlo, a defenderse de esos imbéciles con sus constantes acosos y comentarios brutos. Inspiró profundo, mientras buscaba con la mirada algún buen cristiano que estuviera en busca de cometer la buena acción del día… no había cargado con efectivo para usar el transporte público, mucho menos un taxi. Metió dos dedos en el reducido bolsillo de su short negro y sacó de él una pastilla, la cual se llevó a los labios sin dudarlo y la pasó sin requerir agua, con la maestría que los años brindan. Se quedó de pie en medio de la acera, mirando un auto blanco pasar y lo siguió unos momentos con la mirada, para después seguir caminando, olvidándose por completo de la pastilla, los muchachos… y su vida.

Miró a una muchacha, que no dudó en desviar la mirada, luego de sonreírle amablemente.

La gente puede ser muy ingenua, pero todos están llenos de prejuicios.

Se paró justo al lado de ella, en la parada del camión. La muchacha no la miró en ningún momento, ni se alejó, permaneció ahí, tan inmutable como podía soportar serlo; se puso un audífono y encendió su reproductor de música, mirando por el rabillo del ojo. La luz blanca de la parada de autobús hacía que la piel bronceada de la extraña se viera de un pálido enfermizo y que sus cabellos color chocolate lucieran como café con crema.

—Ando corta de plata —la miró entonces, sentándose a su lado. —¿Ayudas a esta pobre samaritana?

Los ojos sonrieron. —Si me rehúso, ¿qué pasará?

—Cualquier cosa puede pasar —dijo, encogiéndose de hombros.

No pareció intimidarse, aunque esa tampoco era la intención de Karin… intimidarla. Los ojos oscuros volvieron a sonreír, antes de que los labios hablaran, con una voz tan amigable y delicada que el sarcasmo habría sido magistral, de haber sido usado.

—Soy maestra de defensa personal, he ganado el torneo estatal de artes marciales diecisiete años consecutivos y he matado jabalíes usando una simple daga… también me gusta adornar mi cabello con aspas.

Sonrisa adorable, sincera. Cínica. Mirada aburrida, desinteresada. Vacía.

—No me arriesgaré entonces… —suspiró y dejó caer su cabeza de lado, mirando los autos pasar. —¿En verdad luzco como una ladrona? —preguntó, divagando. —Me alagas… he de ser sincera, corro tan rápido como una tortuga sobre mantequilla de maní.

Un extraño tintineo llamó su atención y bajó la mirada al sentir algo rosar su pierna suavemente.

—Eso te va a costar un pasaje…

La muchacha rio, divertida y se levantó. —Hasta luego, amiga, que te vaya bien.

—Igualmente —dijo, mientras la miraba abordar el bus y se despedía con una mano, coqueta.

La muchacha río con fuerza y negó, pero no volvió a mirarla. Karin sonrió, mirando hacia el cielo, donde ya se empezaban a asomar las estrellas y tomando el dinero que aquella chica chocolate le había obsequiado… apenas lo justo para un pasaje en bus. Chica chocolate… esperaba verla alguna vez, de nuevo, le caía bien. Se levantó del asiento y se aferró a la baranda, dejando que su cuerpo pendiera, sonriendo ampliamente, mientras esperaba el siguiente bus y miraba la carretera, los autos pasar, las luces y sus destellos lastimarle los ojos; se quitó los anteojos unos momentos y vio los colores blanquecinos, amarillos y rojos entreverarse y mezclarse aún más.

Le gustan los viajes de color… le gusta el color en sí.

—¡¿Dónde estabas?!

—Relájate, Guren… —murmuró, malhumorada, mientras era empujada a través de la cocina.

Una muchacha rubia y de cabello corto la miró, con su gesto aburrido de siempre, mientras inflaba una bomba de goma de mascar y rodaba la mirada, para después seguir absorta en su teléfono móvil.

—Otra vez viene drogada —murmuró, levantando la mirada del aparato.

—… no debería sorprenderte Samui, llevas trabajando aquí tres meses —respondió en voz baja una muchacha de cabellos rojizos.

—¡Las estoy escuchando! —gritó Karin desde el otro lado de la cocina.

Batallaba contra Guren, que se empeñaba en ponerle un trapo húmedo en la cara.

—Tienes suerte que Jiraiya esté aquí y no Tsunade —murmuró, fastidiada. —¡Quédate quieta!

Karin resopló y se quedó quieta, dedicándole una mirada desagradable a Fuuka y Samui. No pudo evitar mirar con fascinación la pompa que estaba inflando la rubia del rostro de portada de revista. Pop. Frío en su nuca y su cabeza, se sentía bien; cerró los ojos unos momentos, sonriendo como una estúpida, al abrirlos notó el inconformismo en la mujer de ojos azules, que de inmediato suspiró, guardó su teléfono móvil y arrastró un sartén sobre la estufa.

—¿Qué tanto me ves, Samui?

—Cálmate —ordenó Guren, mientras le echaba un balde de agua helada.

El suspiro de sorpresa y frío cortó el lío que estaba a punto de armar; el cabello le cayó en el rostro, pegándose a su piel, al igual que su ropa. Alejó los brazos de su cuerpo y se quitó el cabello del rostro, mirando a Guren, molesta y aturdida, como toda respuesta obtuvo una mirada cansada y una toalla directo al rostro. Samui salió de ahí, portando la bandeja con maestría, balanceando bien, para no dejar caer la comida; Karin la observó.

Te miran con lástima.

—Aterriza.

Nadie entenderá jamás, lo que la gente quiere son explicaciones y acciones… resultados positivos, cosas que les beneficien. No les importará que estés cavando tu propia tumba cada noche, mientras preparas las agujas con el clorato de potasio, le arrancas las navajas al sacapuntas, llenas la tina de agua, afianzas bien la soga a alguna tubería…

Shikamaru arrojó la botella de sake contra la pared y luego de tambalearse unos momentos, tropezó y apenas alcanzó a sostenerse de la cortina de baño, para no hacerse una fea herida. Confundido, solo atinó a abrazarse al inodoro.

o te hartas de una sustancia tóxica…

Karin cayó al suelo. Desorientada se llevó las manos a la cabeza, la música se distorsionaba, las voces sonaban extrañas. Alguien le tendía una mano pero, por más que intentaba, no podía tomarla, se escurría de sus dedos, frente a ella.

o simplemente te evades y te engañas. Y esta también es una forma de morir.

~oOo~

—Estaba en coma cuando llegué, ahorita parece estar dormido… —decía una voz femenina, en alguna parte del lugar.

El silencio se mezcló con el palpitar de su cabeza, apretó los ojos, sintiendo una superficie sumamente dura sosteniendo su rostro. Pero no pudo abrir los ojos. Se relajó de nuevo y se permitió caer en aquel extraño mundo etéreo en el que nada parece ser real, nada importa y todo es solo tranquilidad y su respiración acompasada… y ganas de vomitar.

—Está bien, solo necesita descansar…

Una risa aguda, la cabeza le dio vueltas.

—Cierto que descansar es lo único que hace... puede dormir siglos y seguir cansado, típico de Shikamaru… Claro que sí, hasta pronto.

De nuevo silencio y extraña claridad del otro lado de sus párpados, entonces fue consciente de que el sol le estaba pegando con su furiosa luz en el rostro y levantó una mano con pesadez para cubrirse, pero solo logró posarla pesada sobre su rostro, para que después cayera sobre sus piernas. También se percató del insistente vértigo. Una sensación extraña se formó en su abdomen. Solo alcanzó a abrir los ojos, mirar un poco su alrededor, y comenzó a vomitar.

Escuchó una puerta rechinar entre sus arcadas y sus extraños eructos vacíos y se aferró a la taza del baño, sintiendo que su estómago volvía a diestra y siniestra, sin importarle que ya solo fueran jugos gástricos y bilis… y sabrá qué más. Una mano se posó en su espalda, en un pobre intento por reconfortarlo. ¿A quién se le ocurría? Estaba vomitando sus vísceras. Esa misma mano le ayudó a alejarse de la taza del baño y luego le acercó un vaso de agua al rostro, pero lo único que pudo hacer fue enjuagarse la boca con ello, las náuseas eran fuertes aun.

Un suspiro.

—¿Terminaste?

Preguntó una suave e impaciente voz. Él se encogió de hombros, sin abrir los ojos, conocía muy bien a la dueña. Otro suspiro.

—Tu madre estuvo llamando y no contestabas, luego desconectaste el teléfono…

Ahí estaba ese tono de reproche, de nuevo.

—Si… quería estar solo —murmuró con voz ronca. —¿Cómo entraste?

—¿Crees que no sé dónde escondes el duplicado?

Abrió un ojo entonces y se topó con el brillo solar de medio día que se adueñaba siempre de su baño; Ino estaba acuclillada frente a él, mirándolo con cara de pocos amigos y preocupación. Extraña combinación.

—Estoy seguro.

Ella bufó, haciendo que el largo mechón de cabello que le caía sobre el rostro flotara unos momentos. —Chouji me prestó su copia.

Asintió. —¿A qué viniste?

—A cubrirte la espalda y evitar la furia de Yoshino —declaró, tirando de la palanca. —Cree que estás perdiendo el rumbo.

Hizo un gesto de molestia y se recargó en la pared. Ino suspiró luego de unos momentos, como si hubiera estado conteniendo el aliento a medias. Shikamaru sabía que estaba asqueada, pero no lo demostraría.

—Yo también lo creo.

La miró unos momentos, antes de suspirar y volver a cerrar los ojos. —No estoy perdiendo el rumbo.

—Pues… demuéstralo —murmuró, con la voz quebrada. —No eres el único que ha perdido a su padre, ¿sabes?

La miró en silencio, sintiendo como esos ojos azules lo atravesaban. Lo miraría, luego desviaría la mirada y cerraría los ojos unos segundos, para volver a mirarlo de manera acusadora. La conocía a la perfección.

—Estoy bien, Ino.

Sonrió con ironía, rodó la mirada y miró hacia el suelo, ahogando una seca carcajada.

—Estás sumido en la depresión —siseó —, pero eres tan terco, que no quieres aceptarlo, te quejas de tu madre y estás igual.

—¿Vas a darme una lección de vida? —preguntó, suspirando con pesadez, sintiendo que su estómago empezaba a prepararse para volverlo casi todo de nuevo.

—No es buen… momento…

Ino cerró los ojos al verlo vomitar y contuvo la respiración unos momentos, antes de volver a frotarle la espalda con cariño.

—Lo sé… —contestó en voz baja.

Los ojos azules se llenaron de dolor y lo miraron fijamente, las lágrimas no resbalaron jamás. Con los labios tan apretados como le era posible, y su cuello y rostro sumamente tensos, se levantó, con facilidad y caminó, alejándose de Shikamaru, quien recargaba su rostro en el retrete y la miraba de reojo, sintiendo un sabor amargo, distinto al del vómito, en la boca. Ella no lo miró, simplemente se detuvo en la puerta, rodeada de la jodida luminosidad que la luz del día le otorgaba. Verla le causaba una fuerte jaqueca y dolor de ojos.

—Un día vas a explotar —murmuró —, vas a necesitar con quien hablar. Hasta entonces, Shikamaru.

Escuchó los sus suaves pasos alejarse y luego de unos minutos anunció su partida azotando fuerte la puerta. El sonido le retumbó en la cabeza más de lo que le habría gustado y cerró los ojos, recargándose en el inodoro y sintiendo su estómago un poco más tranquilo que momentos antes.

Una opresión en el pecho lo obligó a jalar aire con un poco más de fuerza. Tiró de nuevo de la cadena y con mucha dificultad se levantó del suelo, para mirarse en el espejo. Estaba sumamente pálido, tenía marcadas ojeras y un golpe en la mejilla izquierda. Suspiró, sintiendo asco hacia sí mismo.

El día pintaba para ser igual de largo y aburrido que el anterior, con la diferencia de que este también sería vertiginoso.

Caminó con paso pesado hacia la cocina, en donde se topó con un remedio para la resaca, además de un ligero y fresco desayuno, cortesía de Ino; lo miró unos momentos, sintiendo remordimiento por la manera en que la había tratado. No era la mejor persona del mundo, pero los últimos meses le había molestado recibir cualquier tipo de atención, peor aún: compasión; no soportaba siquiera que su madre intentara consolarlo, frotándole la espalda y hablándole como si la vida fuera la misma que un año atrás, antes de que su padre fuera diagnosticado con cáncer y desahuciado. Se llevó una mano a la cabeza, soltándose el cabello. Tomó el remedio, tapándose la nariz para no degustar tanto y no terminar volviéndolo ahí mismo. Paladeó unos segundos y repitió, sintiendo un poco de alivio.

Guardó el desayuno en el refrigerador, no dejaría que se desperdiciara ese esfuerzo. Salió de la cocina y al pasar por la sala de estar, se encontró con un orden que no había existido en sus últimas recolecciones de la noche anterior. Se frotó el cuello y miró al techo, Ino se había encargado, sin proponérselo, de hacerlo sentir la peor escoria en el planeta.

—Cada vez te pareces más a mi mamá… —murmuró con tristeza.

Miró el único cuadro decorativo que había en todo su apartamento, un obsequio de Ino al graduare de universidad, en el habían miles de fotos recortadas y decoradas de Chouji, Ino y él, todas eran fotografías que les habían tomado en sus diversas convivencias y variaban en edades.

Una oleada de sensaciones extrañas en el estómago lo obligó a temblar un poco. Sentíase peor que un desgraciado. Era peor la resaca moral, su padre siempre se lo había dicho.

El sol brillaba con demasiada fuerza…

~oOo~

Abrió los ojos, obteniendo una vista nubosa de lo que la rodeaba y topándose con una mancha verde, que asumía era el reloj del despertador; se giró, dando la espalda a la realidad y cerrando sus ojos de nuevo. La cabeza le dolía, estaba mareada y el sabor amargo en su boca seca le indicaba que había vomitado hasta desfallecer y aunque sentía náuseas, tenía hambre.

Pero no tenía dinero… ni ganas de salir adelante.

Respiró profundo y acomodó su cabeza sobre la almohada, juntando un poco las cejas. En verdad se sentía mal. Abrió los ojos de nuevo y notó que a lado de ella se encontraba una persona; enarcó una ceja y al moverse para tomar sus lentes, la cabeza la obligó a recostarse y desear haberse controlado la noche anterior. Su mano palpó con pesadez la mesita de noche, hasta dar con sus lentes. Los acomodó en su rostro y miró de nuevo a su acompañante. Con mano trémula le levantó con cuidado el flequillo, luego miró por debajo de las sábanas y enarcó las cejas al percatarse que era una mujer… desnuda.

Contuvo el suspiro que estuvo a punto de escapar de sus labios y con muchas dificultades caminó, pateando débilmente su ropa por el suelo y juntándola en una esquina del reducido baño. Con sus manos palpó los costados del espejo y encontró una pequeña especie de manija, tiró de ella y encontró cepillos de dientes baratos y pasta dental… pero nada de analgésicos. Miró de nuevo los alrededores y observó la estancia, topándose con la típica habitación de un motel; se llevó una mano a la cabeza y se encerró en el baño para darse una ducha fría y rápida y salir de ahí.

—¡¿Lo hiciste con una chica?! —gritó Suigetsu dentro del restorán, atrayendo varias miradas molestas.

Karin hizo lo mejor por no reír y fingió fastidio. —Carajo, no digas tan alto…

—Me vale verga que sea un lugar familiar —renegó, llevándose las manos a la cintura y mirando el menú con ojos entrecerrados.

Carcajeó fuerte y negó un poco, mientras se rascaba la frente. Ordenó lo que comería y salieron de ahí, obligados por las miradas molestas de los guardias de seguridad y algunas mujeres que parecían no poder lidiar con las preguntas de sus hijos. Caminaron por la acera en silencio, mientras tomaban sus alimentos a pesar de las miradas molestas que recibían, hasta llegar a una vieja casa en venta, con escaleras donde podían sentarse.

—¿Por qué no has buscado dónde vivir? —preguntó Suigetsu, con la boca llena de papas fritas.

Karin masticó unos momentos y pasó el bocado. —Pues… no lo sé, no he tenido tiempo.

—Eres un verdadero desmadre, ni yo he tenido sexo todos los días con una persona distinta… sigue así y te va a dar sida, maldita puta.

—Jódete, yo si me protejo.

Murmuró algo y sorbió con fuerza de su refresco. —Ya llevas dos semanas así.

Lo miró en silencio unos momentos, mientras masticaba el bocado que había dado a su emparedado vegetariano y luego tragó con un poco de dificultad; miró hacia la calle y comenzó a reír.

—¿Estás preocupado por mí?

—Quiero dejar claro, que me vale mierda lo que te pase, Zanahoria… pero a Juugo no.

Enarcó una ceja y se encogió de hombros. Ambos dieron un mordisco a sus alimentos y mascaron en silencio, ignorándose por completo y mirando los autos que pasaban. Los silencios con Suigetsu nunca eran incómodos, eran sus conversaciones las que incomodaban a los chismosos. Se recargó en el peldaño ascendente y echó la cabeza hacia atrás, mirando al muchacho por el rabillo del ojo, él estaba muy concentrado en devorar.

Desvió la mirada y cerró los ojos. ¿Qué hacer ahora?

No le molestaba vivir en moteles, tampoco en un apartamento barato o un cuarto en una casa del sector más pobre de la ciudad. ¿Por qué cambiar su estilo de vida si no le molestaba en nada? El cuarto de las escobas en el bar siempre le daba la bienvenida cuando no tenía a dónde ir y Jiraiya nunca se había molestado al encontrarla ahí dentro la mañana siguiente… cuando llegaba temprano y la sorprendía. Estaba bien así, quería convencerse de ello. Estaba bien preocupándose por el lugar en el que pasaría la noche, que pensando en lo que llevaba tiempo atormentándola y que espantaba con dificultad con todas las estupideces que hacía.

—¿Por qué llevas esa llave en el cuello? —preguntó el albino, mirando el objeto. —Ya no vas a volver a ese apartamento, ¿qué caso tiene?

Una de sus manos tomó la llave, escondiéndola recelosa. No pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas y por más que intentó, no pudo contenerlas. Se limpió de manera rápida y disimulada el rostro, para que Suigetsu no se percatara de ellas, pero nuevas inundaron su rostro. Se levantó de pronto, sobresaltando al muchacho.

—¡¿Qué carajo te importa?!

Suigetsu se protegió del golpe. —¡Estás loca!

Se alejó corriendo, doblando de inmediato en la primera oportunidad que tuvo. No se detuvo hasta que sus pulmones gritaron por un poco de aliento y el mareo volvió a atacarla. El emparedado se había sacudido tanto dentro de su estómago, que amenazaba con deslizarse por su garganta y salir de su organismo. Se echó aire con una mano y se detuvo de una pared, sintiendo débiles las piernas y el corazón.

Miró la llave que pendía frente a sus ojos, antes de desviar la mirada hacia una muchacha de largos cabellos castaños.

—¿Qué coño es esto, Kin? —preguntó Tayuya.

La miró de soslayo y suspiró. —Una llave…

—No es solo una llave —canturreó la muchacha de cabellos castaños, sonriendo.

Tayuya se cruzó de brazos y la miró, con las cejas un poco juntas y esperando una respuesta a la pregunta que había formulado un momento antes; Karin enarcó una ceja y sonrió de lado, guardando el objeto de conmoción dentro de su puño.

—Es una llave con estampado militar, tu favorito.

Carcajeó y negó de nuevo. Tayuya dejó caer los brazos, rodando la mirada.

—Ya, deja de hacerte pendeja y dinos qué es.

—¡Es la llave de nuestro nuevo apartamento!

Su mano cubrió sus labios y sus piernas no pudieron sostenerla más tiempo; cayó de rodillas sobre la acera, mientras sus hombros convulsionaban y sus sollozos se amontonaban en su garganta. Sus ojos se apretaban, pero aun así las lágrimas continuaban fluyendo. Las palabras con las que Tayuya se despidió de ella la atormentaron de nuevo y esta vez no hubo Janis ni Jimi que la distrajeran; se descubrió los labios para respirar y volvió a temblar unos momentos, sus puños se cerraron y golpearon con fuerzas diminutas el suelo.

Una sirena hizo eco en su cabeza.

—¡Puta madre, Kin!

Tayuya corría frente a ella, dejándola detrás pronto, siempre había sido más rápida. Se dejó caer de rodillas sobre el asfalto y detuvo sus manos cerca del rostro de Kin, que permanecía en el suelo, mirando al cielo. Ojos café miraban furiosos a los tranquilos ojos negros.

—¡Eres una completa estúpida! —exclamó y golpeó el suelo. —¡Te dije que no debías comprar esa puta bicicleta!

Se removió un poco y gimió de dolor. —Pero… me gusta tanto…

—¡No sonrías, imbécil!

Miró los labios retraídos y las cejas ceñidas, en un gesto de furia, pero los ojos estaban llenos de lágrimas. Se acercó a ellas, mientras escuchaba del otro lado de la línea que le pedían paciencia, la ambulancia estaba por llegar, podía escucharla a lo lejos; tomó la mano de Kin con cuidado, controlando el temblor de la propia y tragó saliva con dificultad. Los ojos negros la miraron unos momentos.

—Hey… por favor… sean felices.

Sus manos se clavaron con fuerza en su cabeza, amenazando con arañarle el cuero cabelludo; las lágrimas salían sin parar, resbalaban una tras otra, su rostro y cuello estaban completamente empapados. Su cuerpo se sacudió, ya no era capaz de controlarse, no podría dejar de llorar… lo había estado guardando desde hacía tanto tiempo que ahora no sabía cómo detenerlo. Jaló aire con dificultad y volvió a sollozar en silencio, sintiendo el oxígeno escapar de sus pulmones. Era como recibir el puñetazo de Tayuya de nuevo.

Algo la sacudió y se recargó en una pared, nadie pasaba por aquella calle en esos momentos, no podían verla… pero aun así, en alguna parte de su mente, se recriminaba ser tan débil.

Lloró y se abrazó a sí misma, olvidándose por completo de la promesa que se había hecho de no llorar de ese modo… de lucir tan débil.

Kin… no puedo…


Publicación original: Domingo, 22 de junio de 2014

Re-edición publicada: Viernes, 21 de septiembre de 2018