BLEACH 683': Heated Omen
Frente al monstruo que había usurpado el lugar de Dios, Isshin Kurosaki se mantenía firme, enfundado en su antiguo haori de capitán y empuñando su zanpakuto con decisión; plenamente consciente de la diferencia de poder, pero decidido a plantar una sonrisa como escudo ante la oscuridad.
—Hey, yayo Quincy. ¿Me dejarías un momento a solas para regañar a mi impetuoso hijo?
—Una petición inútil. Ichigo estaba aprendiendo una última y dolorosa lección antes de desfallecer ante la desesperación. Venir aquí a morir no hace más que prolongar su sufrimiento. Gran trabajo como padre, debo reconocer —se regodeaba Yhwach.
—Oye, si quiero ser un padre responsable no debería dejarte hacer eso —Engetsu se encontraba ya apuntando al Quincy en tono amenazante, pero sin emitir ningún tipo de impulso agresivo—. Quiero decir… la parte de morir. Después de todo, ya conozco tus debilidades.
—Hahaha. Tamaña fanfarronería a estas alturas… —los ojos de Yhwach se abrían y cerraban, amenazantemente fijados en el antiguo capitán en respuesta a la imprudente afirmación—. Ya he sido testigo de tu pasado, presente y futuro, y nada de lo que guardas en tu arsenal sería capaz de causarme la menor molestia.
—Oooh, no creas. Ya sé que al haberme visto con esos ojos tuyos tu Almighty ahora tiene influencia sobre mí. Conoces todas mis técnicas, tácticas y poderes, y sé que podrías destrozar mi bankai incluso antes de usarlo, pero hay algo que no has tenido en cuenta.
—¿Y eso es…? —antes de acabar su pregunta, el reiatsu negro de Yhwach, incluyendo aquel que cubría el cielo, comenzó a serpentear lentamente hacia el antiguo capitán de la décima división del Gotei 13. La luz del cielo repentinamente volvía a asomar tímidamente entre la negrura, bañando a los dos oponentes envueltos en sendos mantos de oscuridad.
—¡Imposible! Esto no estaba en m…
—Moero, Engetsu1.
Y llamas negras engulleron los ojos ciegos de Yhwach.
Varios centenares de metros bajo la cámara del emperador, en uno de los eternos pasillos suspendidos que formaban en palacio central del Wahrwelt, la batalla contra los golems que guardaban la entrada a la cámara del rey arreciaba.
—¿Estás listo, grandullón? —vociferaba un magullado Ganju Shiba mientras trazaba un círculo en el suelo con su mano. Al frente, Chad contenía al tercer grupo de gigantes que intentaba avanzar por el estrecho pasillo. La pelea se había extendido ya bastante, y por cada gigante que caía dos ocupaban su lugar. Como un guardián de acero impasible, el joven Fullbringer mantenía a raya las hordas de roca, eliminando pacientemente y de uno en uno a los golems que aguardaban con paciencia su oportunidad en la estrechez del pasillo, aprovechando cualquier oportunidad que estos le dejaban para propinar remates contundentes con sus dos extremidades.
—¡Hazlo ahora!
—¡Renkan Seppa Sen2!
Con el alarido del miembro más joven del clan Shiba, el suelo bajo los pies de los autómatas se convirtió en arena, y las losas del palacio Quincy fluyeron y se deslizaron, seccionando y derritiendo parte de la pasarela para dejar a la mayoría de gigantes de piedra en caída libre hacia el abismo. El último de ellos, con un último esfuerzo tras perder la cabeza a manos de una ráfaga de El Directo, logró aferrarse a la pierna de Chad, impidiéndole dar el paso atrás que le salvaría de correr el mismo destino que sus enemigos.
—¡Grandullón! —Ganju se levantó rápidamente, y empezó a correr con la intención de socorrer a su compañero. Sin embargo, el suelo del palacio estaba demasiado maltratado por los destrozos previos, incapaz de resistir el peso combinado de ambos gigantes, que cayeron al vacío en silencio. Ganju maldijo su impotencia, y por primera vez contempló a los gigantes que quedaban en pie al otro extremo de la pasarela, incapaces de avanzar. Dos de ellos ya se estaban recomponiendo a partir de los restos de sus camaradas caídos, como si la roca de la que estaban hechos fuese mera arcilla.
—¡Aaaaahahaha! ¡Estúpidas marionetas del demonio! ¿Ahora qué, eh?
Como si de una respuesta a tamaña provocación se tratase, uno de los golems arrojó su lanza al otro extremo de la pasarela, rozando el hombro de Ganju que, del susto, brincó varios metros hacia atrás y cayó de espaldas contra el suelo. Allí fue cuando se dio cuenta de que la lanza parecía moverse con vida propia. Al levantarse, vio como los gigantes empezaban a moldear sus cuerpos para formar nuevas losas y reconstruir el suelo perdido.
—¿Es qué no sabéis cuando parar? Mierda, ya solo me queda una opción más para vosotros, y eso que me la estaba guardando para más tarde.
Ganju se puso de rodillas y se quitó la chaqueta, dejando al descubierto varios artilugios que parecían componentes de algo mayor. Una mecha, varios cartuchos, tubos de acero… El más joven del clan Shiba procedía a montar su nuevo juguete mientras los gigantes iban avanzando lentamente en la reconstrucción de la plataforma. De nuevo una lanza aterrizo junto a Ganju, pero éste ni se inmutó. Solo voy a tener una oportunidad más. En poco más de un minuto que pareció durar varias horas, Ganju alzó lo que parecía un pequeño cañón terminado en la boca de un adornado dragón chino, y prendió la mecha mientras el primer gigante saltaba a su lado de la pasarela. Encabezando la nueva oleada de soldados pétreos, éste comenzó a avanzar de forma amenazante hacia su último adversario para intentar empalarlo con su lanza, pero este fue capaz de evitar el golpe apartándose a un lado a duras penas. Antes de poder redirigir la trayectoria de la lanza, Ganju pateó el estómago del golem y seguidamente éste se convirtió en polvo, partiendo al monstruo en dos mitades que cayeron ruidosamente al suelo para dejar espacio a la visión del ejército de piedra que, tras él, ya se hallaba atravesando el recién construido puente.
¡Ahora!
La mecha llegó a su fin, y la boca del dragón emitió un rugido de fuego que cubrió el túnel con una andanada de fuego y ceniza de la cual a su vez surgió una lluvia de proyectiles que impactó contra los gigantes al frente de la avanzadilla. Al momento del impacto, éstos se abrieron con una pequeña explosión y dejaron salir nuevas y ardientes esquirlas que atravesaron a los gigantes e inundaron de fuego y metralla el pasillo. Cuando el eco de la sucesión de explosiones tocó su fin, y el humo había invadido por completo lo que quedaba del túnel, el sonido de un centenar de mechas sirvió de ominoso vaticinio de lo iba a suceder cuando, de pronto, todas las carcasas que habían impactado estallaron en mil pedazos que destrozaron la roca como si fuese cristal, inundando toda la estancia para dejar al fuego anegar toda la estancia en pos de una vía de escape.
Cuando solo quedó el sonido de los escombros asentándose, Ganju salió cuidadosamente de su cobertura, contemplando con asombro el paisaje dejado por la creación de su hermana, el Sannen Sanshōo3. Bajo el humo, la mayoría de los gigantes de piedra habían desaparecido, y en su lugar múltiples miembros destrozados cubrían el suelo. Aquellos que todavía se mantenían en pie, estaban inmóviles, parcialmente descuartizados y con poco más que humo donde antes había sólida piedra. Algunos de ellos se desmoronaron al intentar recobrar el movimiento, mientras otros se revolvían en el suelo de forma desesperada en busca de su cuerpo perdido.
Ganju suspiró y se dejó caer. Contemplando el panorama, vio que la explosión había destrozado aún más la apertura que ya separaba las dos partes del pasillo como si se tratase de una arteria seccionada. Fue entonces cuando la negrura que cubría el cielo se hizo visible. ¿Ya es de noche? No, es imposible… Sin previo aviso, un chirriante dolor invadió el cuerpo de Ganju cuando una mano de piedra se aferró a su tobillo y lo aplastó por completo. Mientras gritaba de dolor, un nuevo gigante comenzó a alzarse, recomponiéndose a partir del amasijo de restos de sus congéneres. A lo largo de ambas partes del pasillo, brazos y piernas convergían, amasando informes masas pétreas en torno a las cuales se aglutinaban nuevos cuerpos. El ejército de autómatas se estaba formando de nuevo, listo para marchar una vez más y proteger a su rey.
—¿Es que no os rendís nunca? ¡Dadme un puto respiro!
Varios pisos más abajo, aparentemente indemne pero bastante magullado, Chad se erguía levantando una gran nube de polvo de entre los restos de tanto la pasarela donde hasta hace nada posaba sus pies como de sus enemigos, intentando ubicarse para encontrar la ruta de vuelta a la cima del palacio. Sin embargo, los escombros comenzaron a revolverse. Los autómatas pétreos volvían a cobrar vida. Chad estaba cansado. Muy cansado.
Preparando sus brazos para retomar la pelea, Chad se sorprendió cuando un cúmulo de energía sacudió los restos sobre los que se encontraba, desintegrando la mayor parte del suelo donde se sostenía junto con lo que quedaba de los antaño imponentes gigantes de piedra.
—¡¿Ves?! ¡Te dije que funcionaría!
A unas decenas de metros en la distancia, Ikkaku Madarame se encontraba agarrando con firmeza los brazos de Hanataro Yamada mientras éste, con cara lastimosa y ojos llorosos, sostenía su minúscula y humeante zanpakuto Hisagomaru4 apuntando a la zona recién arrasada. Chad no podía creerlo.
De vuelta en la cima, Ganju volvió a usar el Seppa5 para liberar su pierna, deshaciendo la muñeca del golem en poco más que fina arenisca, y comenzó a escapar arrastrándose lejos de aquella grotesca visión. Sin embargo, el gigante con el agarre de acero no tenía intención de dejarle escapar y, nada más erguirse en su recién adquirida pierna, comenzó a acercarse a su presa sin siquiera dar tiempo a su cuerpo para recomponerse por completo. Aquel aspecto dañado e incompleto que avanzaba a bruscos y retorcidos pasos no hacía más que acrecentar lo inquietante de su figura, a la que Ganju no pudo responder más que con el último puñado de fuegos artificiales que llevaba, totalmente inefectivo ante la horrible figura de su perseguidor, cuya sombra se cernía amenazante sobre su objetivo. Ya no quedaba nada más, ningún truco al cual recurrir para librarse de forma milagrosa. Nada más allá de la luz blanca que se acercaba desde el otro extremo del túnel.
Con la luz al final del túnel surge la esperanza...
