Me comí la cabeza con la persona ideal para esta canción y luego me acordé de él. Con Luz, solo podía pegarme otra peresona.


Hecho con tus sueños de Funambulista. Propuesta de Takari95


ºHoyº

Kenkari


Era navidad. Algo especial.

Mirases por donde mirases había felicidad. Quizás en otros lugares no. Algunos hogares llorarían. Otros ni siquiera los celebrarían. Algunos ya habían perdido la magia de la navidad.

Él sin embargo, estaba empezándola.

Todo era felicidad en su casa. Su madre canturreaba una canción navideña. Su padre revisaba que las decoraciones de iluminación funcionaran mientras aseguraba que de la mesa provenía un olorcillo tentador, con el que él estuvo de acuerdo.

Se acababa de duchar y ya se había puesto su camisa azul a juego con sus ojos y los pantalones de vestir negros, además de los zapatos nuevos. Olía a jabón y a colonia para hombre.

De la radio salía una música navideña con voces de niños.

—¿Ken?

Se volvió al escuchar su voz y fue como si alguien hubiera prendido todas las luces de la casa en un solo lugar.

Hikari estaba frente a él, con esa sonrisa amable suya, vestida con un largo vestido de noche blanco que, pese a lo que se esperaba, no quedaba vulgar en ella. Llevaba el corto cabello ligeramente ondulado en las puntas y un leve maquillaje en su rostro que acentuaba su rostro.

No podía dejar de mirarla. Era como la luz brillante que pese a que te ciega, por más que luches con cerrar los ojos, querías verla. Una mariposa que muere contra la luz. A él no le importaría en esos momentos morirse.

Se acercó lentamente hasta besarle la mejilla. Por respeto a sus padres se controló, educado, galante. Aunque su corazón estuviera danzando irremediablemente dentro de su pecho.

Si hubiera sido un lobo, seguramente habría aullado a la luna de excitación.

—Estás preciosa —alagó.

Ella le sonrió agradecida.

—Lo mismo digo. Estás increíble. Estoy segura de que no tendríamos que salir o te robarán.

Ken negó con la cabeza.

—Más bien creo que será al revés. No podré quitarte lo ojos de encima. —Y aunque quisiera, no podría hacerlo.

—Bueno, pues no tienes por qué hacerlo. Hoy es un día especial. Para ti. Y para mí —añadió mirándole por entero —. No puedo creer que seas tan guapo y no estés pecado.

Ken sintió que las mejillas le ardían por un momento. Ella se las besó dejando una marca suave de carmín. Se lo quitó con el pulgar, sonriente y luego se alejó para ayudar a su madre.

Ese era un día de fiesta. De vestirse, ponerse guapo como solían llamarlo, y de demostrar cuánto amabas a la persona que tenías al lado. Él solo tenía esas tres personas en ese momento. Más tarde se uniría a las otras en una celebración menos íntima.

Ese día era Hoy.

Y era feliz.