Romper silencios.
El suéter le golpeó la cara, él apenas reaccionó para tomarlo antes de que cayese al piso y continuar siguiendo el paso de la rubia quien aceleró la velocidad en un intento desesperado de perderle la pista. Frunció el ceño, dio zancadas más largas para cerrarle el paso antes de que saliera del parque, el sacudón hizo que la liga que ataba el cabello de ella volara por los aires.
Su brazo le impidió el avance, la encerró entre su cuerpo y la pared. Jadeaba, había corrido detrás suyo desde la casa de huéspedes hasta ahí. Su respiración sabía a Helga aún. Ella no lo miraba, pero intentó apartarlo con un empujón, mas no lo logró.
— Si no querías hacerlo, debiste decirlo. No tienes que mentirle.
— ¿Crees que me gusta mentir? No puedo lastimarla así Arnold.
Él suspira, quita su brazo porque la ve desconcertada. No sabe qué hacer, no quiere estar molesto con ella, pero ese enojo se le sube por la garganta y tampoco sabe cómo expresarlo. Su abuela insiste y él no es quien para persuadirla. Ama a su abuela y también ama a Helga, siente que el corazón se le parte en dos.
— La estás lastimando con todas esas cosas que no deseas decir ¡Sé honesta! Cuéntale que te vas. Dile que nos dejas… — Arnold se muerde el labio pero es tarde — explícale, no tienes por qué mentirle. Es tu vida y está bien.
Ella muestra una sonrisa de lado, de esas amargas que él conoce.
— ¿Y si me reclama como tú?
— ¡Pues acéptalo! Es la decisión que tomaste, no huyas.
Helga bufa, vuelve a empujarlo y está vez logra que él de dos pasos hacia atrás.
— Eres insoportable Arnoldo.
La rubia se le escapa por la acera y él no tiene el valor de volverla a alcanzar, siente que solo escupe reclamos y dolor. Y eso no se lo va a aceptar ni a sí mismo.
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Dos toques en la puerta, se endereza sobre su asiento. Gema abre, tiene la sonrisa fingida de siempre, ya no es de extrañar.
— Doctor, una señora dice que viene a firmar un contrato.
Arnold hace una pausa, "señora" la palabra lo ha descolocado sin permiso de consuelo. Sacude su cabeza en un intento de alejarse de la horrorosa idea que se instala en su mente.
Han pasado muchos años.
— Deja que entre.
Helga G Pataki hace acto de presencia con la esencia natural de quien ha triunfado, él siente los intestinos revolvérsele, no soporta la confianza ciega de esa mujer. Su cabello suelto hasta los hombros que indican que recién se ha bañado, los ojos de él persiguen sus manos. ¿Seguirá siendo simplemente Pataki o ahora otro apellido figura o figuró en su vida?
— Estoy lista para cumplir mis obligaciones de ciudadana Sr. Shortman ¿Tiene listo el contrato?
— Tengo que imprimirlo, toma asiento.
La rubia obedece, jala el asiento reservado a sus pacientes y se deja caer. Él intenta fingir que no la mira, ladea su silla de piel para poner atención a la pantalla de su computadora. Son segundos, pero malditos segundos que parecen horas.
El silencio lo carcome, comienza a mover su pierna de arriba hacia abajo, intenta contenerse pero el nerviosismo está ahí ¿Cómo evitarlo? Si mil veces soñó con el reencuentro y nunca se pareció a esto. Mira la pantalla y se maldice por no encontrar el documento ¿Lo habrá dejado en una memoria externa? No puede ser, todos los contratos de inquilinos los tiene perfectamente organizados ¿Entonces por qué no encuentra este?
De pronto es ella la que se pone de pie, se frota el brazo y él reconoce su tic de incomodidad, al final el postureo de confianza también para ella es superficial. Entre los dos hay una obvia incomodidad.
— Que bien que escribes en computadora — comenta Helga mientras sigue de pie ante él — cada doctor que he visitado sigue prefiriendo escribir a mano, de pronto ni las dependientas de las farmacias les entienden.
— Vamos, nunca escribí tan mal. — Sostiene Arnold girando el asiento, mientras de reojo continúa la búsqueda del archivo.
— ¿Y? pensé que en la carrera tenían algo parecido a una materia para escribir como doctor.
— ¡Eso es absurdo!
— ¡Díselo a tus colegas!
El rubio no puede evitar sonreír, es una mueca tímida que se le escapa de los pensamientos. Pronto se reprime. Vuelve sus ojos a la computadora y da con el documento.
— Siéntate ya Helga, en un momento firmas el documento.
— ¿En esa silla? De loca, más tiempo ahí me sacará hematomas en las nalgas. Y tú debes saber lo peligroso que es eso.
Helga señala la silla en un acto de dramatismo, y luego se lleva ambas manos a su trasero. Esta vez él mismo no se reprime la risa. Se lleva las manos a la cara, está enojado y se ríe al mismo tiempo. De verdad que solo eso lo logra Helga.
— ¡Por fin te saco una sonrisa Arnoldo! Sí que eres un tipo duro.
— No seas dramática — enciende la impresora y se asegura de que el papel esté en su lugar.
— Drama es mi segundo nombre.
Arnold se rinde, vuelve a sonreír mientras imprime el documento. Helga se pasea por el pequeño consultorio, él siente un nerviosismo que vuelve a subirle por la columna, la rubia se detiene en uno de los cuadros de la pared, además de sus títulos y diplomados Arnold tiene una foto especial ahí.
La foto del hospital donde trabajó casi 8 años.
— Así que aquí te formaste como médico… y reencontraste a Lila.
La voz de ella suena apagada, él siente la estaca en el corazón. Otro momento de silencio. Se levanta de la silla y se acerca a ella, va lento, la seguridad no es su aliada. Mira la foto, es el aniversario del hospital, de bata blanca él en la segunda fila de médicos. Lila, su en ese entonces amiga, en la primera fila de enfermeras.
— ¿Piensas reclamarme?
Helga se gira a verlo, los ojos azules son vibrantes por la humedad que se cuelan sin desbordarse. Arnold traga saliva, no sabe si siente ira o dolor… o ambos. Se acerca más, quiere tomarla del brazo, es la necesidad de su piel de volverla a tocar. Porque sus dedos juran que aún la recuerdan.
— Jamás lo haría.
— Claro, si la culpa ha sido tuya.
Shortman quiere golpearse la cabeza con la pared. Gira los ojos, está harto de sí mismo. El aroma que el cabello de Helga desprende lo está volviendo loco. ¿No ha cambiado de shampoo en tantos años? Es una esencia fresca, como a jazmín. El aroma le remite a cosas, memorias que él enterró, maldita memoria olfativa, maldita la hora en que tuvo que seguir abriendo la boca.
— Tú eres el que tiene que enjuiciarme si quieres Arnold. Necesitamos hablar de esto y lo sabes.
Helga se gira completa, ha adoptado una postura seria que desequilibra el proceso mental de él.
—No tengo nada que reclamar, lo que debimos de hablar expiró hace ya algunos años.
— Eso ni tú te lo crees.
Arnold siente la tensión, se aleja y vuelve a su escritorio. Los papeles están impresos y prefiere tomarlos antes que volverse a sentar.
— Firma. No tenemos que hablar de nada.
Los extiende, Helga los toma en un arrebato. No lee, pasa hojas y pone su firma donde se le indica. Él tiene el corazón acelerado, quiere que todo termine ya. El teléfono suena, gira el rostro y toma asiento. Lo levanta esperando que eso le dé un pretexto perfecto para alejarla de ahí.
— ¿Amor?
— Lila… ¿Qué sucede? Es raro que llames al trabajo.
— Salí ya del hospital ¿Te parece si paso por ti al consultorio?
La pregunta lo desconcierta, mira de reojo a Helga y lo que pasa por su mente es tan poco adecuado que de inmediato lo suprime.
— Faltan 3 horas para mi salida, si no te molesta esperar…
— Para nada, voy para allá.
El médico cuelga el teléfono, alza la vista y ahí tiene la sonrisa burlona de su ex. Esta le extiende las hojas.
— Hasta Lila sabe que esto no se puede evitar.
— No metas a mi esposa en tus delirios Helga, no vamos a hablar nada porque ya no viene al caso ¿Está bien? Tú te fuiste, regresaste tarde y ya. No te debo nada.
Arnold se mece en su asiento, cruza los brazos para zanjar la situación.
— ¿No crees que debes saber por qué no pude cumplir mi promesa?
La mujer apoya las palmas de las manos en el escritorio, aún tiene la voz calmada pero Arnold no sabe por cuánto tiempo más.
— ¿Necesitas justificarte? No quiero excusas. No volviste y esa es la única verdad. Ya no te quiero nada y aunque te extrañé ya ha pasado tanto tiempo…
— Pero si te has puesto un perímetro de seguridad. No te estoy pidiendo nada más que hablar ¿Quieres dejar de vivir en tu castillo de cristal por un momento?
Ella se reclina sobre el escritorio, sus ojos lo miran de fijo, como atrapándolo en una jaula. De nuevo el aroma, esa fragancia que lo tiene loco. Mira sin poder evitar sus labios, tan desdibujados por el tiempo en su memoria, tan finos y filosos que lo arrastran. La quiere besar. Se muerde el labio, quiere jalar de sus cabellos y volverla a desaparecer de su vida.
— ¿Y si así fuera? No tienes derecho alguno de juzgarme ni de exigirme. Esta conversación terminó desde antes de empezar, desde el momento en que me dejaste ¿Contenta? ¿Qué vas a decirme ahora? ¿Qué aún me amas?
Él ha subido el tono de voz, Gema no tardará en golpear la puerta y preguntar si todo está bien, pero no le importa. Tiene el rostro de ella tan cerca que no sabe qué hacer, no puede pensar con claridad, no sabe si callarse y sacarla a empujones o seguir diciendo todo lo que tiene en el pecho, todos los "te odio" que tiene guardados. Los ojos de ella vuelven a enturbiarse con lágrimas que no correrán por su rostro y él no sabe qué desea. ¿Qué espera que ella conteste?
— Ahora mismo estás insoportable Arnold. Pero grábatelo, hablaremos.
Ella se aleja del escritorio, toma su copia del contrato y sale dando un portazo. Él suelta un suspiro de alivio, cuando escucha la voz de su mujer. El pánico le recorre los nervios como si acabaran de encontrarlo a mitad del adulterio.
"Calma, vine solo a firmar el contrato"
"¿Y tenías que hacerlo encerrada en su consultorio?"
"Ya Lila, no hagas un drama donde no hay escena"
El médico sale a toda velocidad, pero el caos pasa tan rápido que ni él lo ve irse. Lila se está sentando en la sala de espera, él siente que los colores le regresan al cuerpo. Se acerca a ella, una sonrisa fingida se le sostiene de los labios.
— Gracias Lila
Le da un beso en la frente y regresa para atender al siguiente paciente. La cabeza le duele más de lo que va a aceptar a nadie. Para ser el primer encuentro entre su ex y su actual esposa las cosas han salido muy bien. Él mismo tiene que admitir que su esposa es maravillosa por confiar en él y mostrar una actitud a la altura, si fuese él mismo el de la situación no sabría cómo actuar.
Su cabeza es un remolino, no logra entender qué espera él obtener de toda esa situación. Claro que necesita hablar con Helga ¿Pero cómo hacerlo si no quiere escucharla?... ¿Por qué no quiere escucharla? Tal vez y aunque no quiera pensarlo la única cosa que se le viene a la mente es que ella tenga realmente un buen motivo.
¿Si lo tiene qué pasaría? NADA. Se dice a sí mismo, ya nada puede pasar. Tal vez pueda perdonarla, al final ese veneno que se le entierra en las venas lo terminará matando si no hace nada antes, pero… ¿Y si lo que no quiere escuchar es que ella dejó de amarlo y por eso no volvió?
— Doctor… ¿Es grave?
Arnold repara, muerde la pluma que usa para hacer anotaciones al margen de las recetas médicas. Esto no puede poner en peligro su trabajo ni mucho menos a sus pacientes.
— No señor Colleman, los resultados dicen que por el contrario va mejorando. De todas formas tengo que mandarle otros medicamentos para mejorar su coagulación, recuerde por favor ¡Nada de aspirinas! ¿Está bien?
El hombre de 82 años asiente, su sonrisa deja ver una dentadura casi inexistente, su dolor de espalda y su pérdida de estatura dejan al médico ver el centro de su cano cabello, Arnold lo mira con añoranza. Hace unas anotaciones al margen de la receta y se la entrega.
— Claro, gracias doctor. Su abuelo estaría muy orgulloso de usted, lo veo ahora y ni yo me lo creo… aún recuerdo esos días en los que le decía a mi hija que usted de grande sería un buen partido — Arnold se sonríe, recordar a su abuelo siempre lo pone sensible, incluso el señor Colleman extraña sus ocurrencias del poco tiempo que vivió en la casa de huéspedes — pero mi hija decía que la niña de rubias coletas era insuperable. ¿Se imagina? Todos los veíamos tan unidos que hasta apostábamos por cuándo se casaban… ¿Qué ha sido de ella? — pregunta sin inocencia mientras mira la fotografía del escritorio.
Arnold Shortman, el mejor hematólogo del hospital general de Hillwood, el hombre que renunció a su cargo de director para abrir un modesto consultorio en el único hogar que dejaron sus abuelos ahora mismo quiere que se lo trague la tierra, chirria los dientes, siente la punzada en la sien.
— Se encuentra bien… creo.
— Ya veo… los asuntos del amor nunca son fáciles pero si algo aprendí de Stilly Phil, es que el amor es totalmente incorrecto.
El hombre se levanta con dificultad, Arnold se apresura a sostenerle del brazo y lo ayuda a cruzar la pequeña sala de espera, ahí distingue como el señor Colleman saluda con un movimiento de cabeza a su esposa y ésta le responde con una sonrisa. Avanzan lento, salen de la cortina que separa el pasillo de la puerta principal y quien entra por ahí es a quien menos y más quiere ver.
Helga entra con una caja llena de documentos y libros. Abre los ojos con sorpresa al casi chocar con el anciano, se gira rápido para pegarse a la pared y evitar golpearlo con la caja.
— ¡Dios mío! Cuidado… un día cometeré un crimen sin saberlo abuelo.
— ¿Hell? — El rubio doctor quiere volver a golpearse contra la pared ¿Es que acaso hoy las energías se congregaron para ponerlo amarrado en una vía de tren? — ¡Oh mira la rubia!
Ella busca su mirada Arnold supone que busca una explicación y solo se encoje de hombros.
— ¿Señor Colleman? ¡Por amor a todo lo sagrado! ¿Cómo ha estado? — Helga toma del brazo al hombre y de forma sutil le aparta, ha tardado poco en reconocerlo — ¿Quiere que lo acompañe a su casa? ¿Sigue viviendo en la 4ta de Venus?
El anciano asiente y ella deja la caja a los pies de las escaleras mientras se anima a salir de Sunsets Arms con aquél hombre cuyo trabajo siempre la inspiró. Arnold la ve cerrar la puerta delante de él y no sabe cómo seguir esto, todo Helga lo remite a un pasado que ya está muy lejos en su memoria.
Es un dolor animal que no puede ver ni tocar, no tiene la mínima solución a su trato con ella. ¿Qué se supone que tiene que hacer ahora? ¿Cómo debe encarar este reencuentro? Si él pensó que jamás la volvería a ver. Baja su mirada para encontrar las cajas, es un impulso… toma un sobre marrón que se asoma con las letras M.G. Y lo guarda entre su bata y su cuerpo. La hora de cerrar ha llegado.
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Lila sale de bañarse, tiene la toalla enredada en su menudo cuerpo, el cabello largo le cae mojado por la espalda, él sigue sentado en la orilla de la cama cuando siente los brazos de su esposa alrededor de su cuello, le besa la mejilla y se acurruca en su hombro.
— Hoy es un buen día para nosotros, es decir para tener una familia.
Arnold cierra los ojos, y hace el esfuerzo sobrehumano de no soltar un suspiro.
— Lila, ya lo hablamos. Dame medio año más antes de embarcarnos en el camino de la maternidad y paternidad.
— Dejaste el hospital para tener tiempo, ahora no dejas el consultorio para que podamos tener una familia completa… es que Arnold de verdad que yo tengo paciencia pero esto me está descolocando — Lila se aleja de él, se sienta con las piernas cruzadas y lo mira de frente, retándolo — La boda es en un mes, mañana iré a revisar lo del banquete ¿Cuánto más me vas a hacer esperar para tener un bebé?
— Solo que el consultorio de el suficiente ingreso, tengo 3 meses con él, no me quiero arriesgar ahora. Además el edificio necesita mantenimiento, son inversiones que tenemos que hacer antes de todo. Es por nosotros y quien venga en camino.
Él se gira, le toma las manos e intenta reconfortarla.
— ¿Y si vendes Sunsets Arms?
— ¡Cómo podría! No Lila, ya lo hablamos,..
— ¿Es por Helga?
La voz de ella se corta, él nota que quiere ponerse a llorar y es ahora que se siente el criminal más vil de la faz de la Tierra. No quiere lastimarla, no después de que ella estuvo siempre para él. No después de que él se convirtió en lo único que ella tenía tras la muerte de su padre… no quiere herirla nunca. La abraza con todo el cariño que le tiene.
— No tiene nada que ver, es por mis abuelos. Es la casa en la que nací y crecí, no quiero venderla.
— ¿Y si vivimos ahí después de la boda?
Un sudor frío le sube por la nuca, el hormigueo se apodera de su piel y está seguro que sus manos comienzan a temblar.
— Es una opción que podemos valorar — Él se aparta asustado y baja de la cama — Voy a tomar un baño.
Las manos continúan temblando cuando toma el sobre de la cómoda y entra al baño esperando que su esposa no lo notara. Abre la regadera y se sienta sobre la tapa del váter. Con las yemas de sus dedos recorre la inscripción tímida de M.G. Lo gira y encuentra una anotación más "Este es bueno, lo incluiremos en la edición" Él suspira, pese a que a su esposa le ha dicho que no tiene idea de a qué se dedica Helga, la verdad es que lo sabe.
Sabe más de lo que quisiera. Porque pese a todo no pudo evitar el ansia de conocer por qué no había vuelto con él. Triunfó como novelista, conocida bajo el seudónimo de Miss G. Un apodo que él le puso. ¿Fue eso por lo que no volvió con él? ¿Fue porque dejó de amarlo? ¿Qué le dolería menos?
¿Por qué está haciendo esto si lo que desea es que ella deje de importarle?
Quisiera congelarte
justamente en este instante.
Quisiera atraparte,
retenerte y dibujarte
como el día que viniste
a visitarme.A dormir conmigo,
a romper silencios
para abandonarnos
cada uno a su desierto.Si he conocido el arte
de parar el tiempo,
debió de ser al conocerte
y verte sonriendo.
El vértigo del aspirante
siempre está al acecho.
Mi reino por poder volver
a ese momento.Quisiera congelarte…¿Por qué quieres escaparte
Precisamente de mí
que quiero convertirte en habitante inmortal
de los paisajes de mi mente?
¿Por qué te empeñas en desvanecerte? si yo
me entrego como fiel a su manada
y no hay más que pueda hacer por ti,
que pueda soportar.Quisiera congelarte…
Y él, que ha leído sus poemas por años, que ha dejado de leerlos por años, que la ha leído en cuerpo y alma, que la ha repasado en sus memorias. Él que ha escrito en su nombre, él que ha esperado envejecer a su lado… él que ha sufrido su adiós. Lo sabe.
Sabe que esto es lo que no quería saber: que ella aún lo ama.
Lo lee entre líneas, lo puede sentir en el papel escrito a mano, puede comprender cada palabra como una estocada a su corazón porque son palabras para él. Es un texto para el yo que ella dejó malherido. Pero es también un escrito para el Arnold actual… Desde la primera noche en que volvió a verla en ese café él le dijo que la seguía esperando "No vengas a convertir estas cenizas en fuego" y sentenció su futuro.
Porque ahora que lo sabe ¿Qué tiene que hacer? ¿Aún la ama o solo ama el recuerdo de lo que fue? Las lágrimas empiezan a arrugar el papel entre sus manos, el vapor de la regadera le nubla la vista y hoy solo quiere esconderse en su habitación. Quiere pasar las noches en silencio con la esperanza de que ella toque el extenso ventanal, quiere volver a sentir la necesidad de permanecer en el viejo asiento de Gertie, rodeados de los libros que la abuela le heredó.
Pero ya nada es igual ni las cosas son tan fáciles.
Se mete a bañar y espera que al salir su esposa se encuentre dormida. Ahora no quiere saber ni sobre él mismo.
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Próximo capítulo: Dirección opuesta.
