Esta historia se basa totalmente en los personajes de CCS que pertenece a Clamp

y en la obra de Johanna Lindsey


El presente fic se realiza sin fines de lucro

El relato se ubica en un universo alterno, por lo que las personalidades de los personajes, varíen según el desarrollo de la trama.


Capítulo 4: La verdad negada

Shaoran apoyó la cabeza en el sillón de respaldo alto y alzó los pies descalzos al escabel que tenía ante sí. Era un sillón cómodo, firme, bien acolchado, y servía para recordarle que era un hombre que pocas veces se privaba de algo, ya fuesen mujeres, lujos o hasta estados de ánimo. La silla era una ocho que él había comprado, todas idénticas, una para cada dormitorio de los que había en las fincas que poseía en toda Europa, además de otra que llevaba consigo en sus viajes. Cuando encontraba algo que le cuadraba, nunca dejaba de comprarlo. Siempre había sido así. La princesa Mei era uno de esos objetivos. Ella le cuadraría. Entre todas las rutilantes bellezas de San Petersburgo, ella era la joya más preciada. Y si se iba a casar ¿por qué no con la más bella?

Shaoran no había pensado en Mei desde que mencionara a su abuela que la estaba cortejando, y no la habría recordado entonces de no haber sido porque acababa de despertar después de un desagradable sueño con ella. Mei lo había obligado a perseguirla y él no había alcanzado su meta ni siquiera en el sueño.

No era que él quisiera casarse con ella ni con ninguna otra mujer. No lo deseaba. ¿Para qué necesitaba esposa cuando jamás le faltaba compañía femenina?. Ella sería simplemente una responsabilidad más, cuando él ya era responsable de miles. Y este arreglo matrimonial no habría sido necesario para nada si su hermano mayor, Mijail, no hubiese extendido neciamente su servicio militar en el Cáucaso, tan prendado de combatir contra los turcos que se había quedado año tras año hasta que finalmente la suerte lo abandonó. A principios del año anterior había caído detrás de las líneas, y aunque nunca se había recuperado su cuerpo, demasiados camaradas suyos lo habían visto caer bajo las balas para que hubiese alguna esperanza de que aún viviera.

Fue un día negro para Shaoran cuando se lo dijeron. No porque abrigase un gran cariño por ese hermanastro suyo, que provenía del primer matrimonio de su padre. Los Alexandrov habían sido una familia estrechamente unida cuando el padre de ellos aún vivía. Pero el ejército siempre había fascinado a Mijail, que hizo de él su vida tan pronto como tuvo edad suficiente. Después de eso, Shaoran lo había visto pocas veces, salvo ese único año en que también él había servido en el Cáucaso.

Aunque era hijo menor, no necesitaba al ejército como carrera, como casi todos los demás hijos menores de la aristocracia. Tenía riqueza propia, aparte de la vasta fortuna de su familia. Y tenía cosas mejores para hacer con su vida que arriesgarla innecesariamente.

Ojalá Mijail hubiera sentido lo mismo... Aparte de eso, si tan sólo hubiese hallado tiempo para casarse y tener un heredero antes de morir, entonces Shaoran no habría sido el último varón Alexandrov legítimo. Tenía otros cinco hermanastros, pero eran todos bastardos. Y la hermana de su padre, Sonia, había dejado perfectamente claro que era obligación de él casarse y dejar un heredero antes de que algo le ocurriera como a Mijail. No importaba que Mijail hubiera arriesgado su vida cada día, y Shaoran no. La muerte de Mijail había conmovido tanto a tía Sonia, que no quería ni oír hablar de algún retraso.

Hasta entonces, la vida de Shaoran había sido despreocupada. Mijail había sido el jefe de la familia desde que el padre de ambos muriera en la epidemia de cólera de 1830, y él había tomado todas las decisiones fundamentales. Shaoran había supervisado casi todas las posesiones de la familia, pero sólo porque las finanzas de habían vuelto una fascinación, un modo de arriesgarse sin peligro, y él estaba dispuesto a hacerlo. Pero ahora todas las responsabilidades recaían sobre Shaoran: las vastas posesiones, los siervos, los hermanos bastardos, hasta los cinco o seis hijos bastardos de Mijail. Y pronto una esposa también.

Mil veces había maldecido a su hermano por morirse y dejarlo a él para que lo controlara todo. Su vida ya no parecía pertenecerle. Esta dificultad con su hermana era un digno ejemplo. Si Mijail hubiera estado con vida, la duquesa le habría escrito a él. El problema hubiera sido suyo, aun cuando Anastasia sólo era hermanastra de Mijail. Indudablemente, él habría trasladado el problema a Shaoran, pero la diferencia era que Shaoran no habría estado en pleno galanteo y no le habría molestado nada un viaje a Inglaterra. Viajas, cosa que él adoraba, era otra cosa que últimamente se restringía.

Al menos su hermana era una responsabilidad que él pronto podría encomendar a otro cuando lograra casarla. Empero, otra responsabilidad la sustituiría cuando él mismo se casara. Si hubiera estado dispuesto a aceptar el fracaso en lograr un objetivo que él mismo se había fijado, habría renunciado a elegir a la princesa Mei.

Mei Ivanova lo había sorprendido al mostrarse muy difícil de conquistar. El cortejarle le había llevado tiempo y considerable esfuerzo, más de lo que había dedicado a ninguna mujer, y con suma frecuencia había tenido que ejercer el mayor control sobre su mal genio para soportar las idas y venidas que ella le imponía. Tal vez la halagara que él la cortejase, pero era una joven totalmente consciente de su propia deseabilidad. Sabía que podía tener a cualquier hombre que quisiera, y no tenía prisa para elegir entre sus docenas de pretendientes.

Pero ninguna mujer había podido jamás resistirse a Shaoran por mucho tiempo. No era vanidoso al respecto; tan sólo era la simple verdad. Y en el preciso momento en que finalmente lograba avanzar con la princesa, en el preciso momento en que parecía derretirse el hielo en torno del frígido corazón de esa mujer, había llegado la carta de la duquesa. Era muy mala suerte. Y sin embargo, no le preocupaba que Mei eligiese a otro mientras él se hallaba ausente. Lo que le irritaba era el retraso, y el hecho de que con su ausencia él había perdido terreno y probablemente tuviera que comenzar de nuevo su galanteo, cuando lo único que deseaba era resolver el asunto para poder dedicarse a otras cosas.

El golpe en la puerta fue una distracción bienvenida. Shaoran no quería ni necesitaba estar pensando en su inminente situación matrimonial cuando no podía hacer nada al respecto hasta que llegara a Rusia, para lo cual faltaban muchas semanas.

Entró Maxim, quien sostuvo la puerta abierta para Wei, que lo seguía llevando en brazos a Sakura. A primera vista, la joven inglesa parecía dormida. Pero entonces Shaoran advirtió el blanco de sus dientes, que apretaban su labio inferior, sus ojos fuertemente cerrados y sus manos que oprimían la tela de su falda.

El príncipe se incorporó de un salto, con una celeridad que paralizó de alarma a los dos criados.

-¿Qué le ocurre a ella? –La pregunta fue dirigida a Wei en un tono escalofriante.

-Nada, Alteza –se apresuró a tranquilizarlo Wei-. Simplemente ha perdido la sensibilidad en sus miembros y ahora la está recobrando... –Hizo una pausa, ya que la expresión de Shaoran se ensombrecía a cada segundo-. Fue una precaución dejarla en el baúl hasta que llegáramos al mar. En el río ella habría podido escapar nadando hasta la orilla. Evité los riesgos, teniendo en cuenta la importancia...

-No hemos salido todavía del Támesis, y ¿acaso debo señalar que hay otros modos de garantizar que ella no pudiera huir¿Quieres decirme acaso que acabáis de soltarla?

Wei asintió con aire culpable.

-A decir verdad, había olvidado cuánto se tarda en llegar a la costa, y en la confusión de la partida, con la muchacha encerrada bajo llave, yo... yo no pensé más en ella, hasta que Marusia me lo recordó.

Esas semiverdades parecieron apaciguar a Shaoran en cierto grado. Su expresión se suavizó un poco, aunque no por completo. Wei sabía que el príncipe no podía tolerar la incompetencia, y él había cometido más errores desde que había conocido a la inglesa que en toda su vida anterior. Con todo, Shaoran era un hombre razonable, no un tirano, y no castigaba por simples deslices humanos.

-Ella será tu responsabilidad, Wei, así que no seas tan olvidadizo en el futuro¿me oyes?

Wei gimió por dentro. El ser responsable de esa mujer era de por sí un castigo.

-Sí, mi príncipe.

-Muy bien, déjala ahí…apartándose, Shaoran señaló el sillón que acababa de desocupar. Rápidamente Wei depositó allí su carga y dio un paso atrás, rogando que la mujer no desplegara más histrionismo. No tuvo tanta suerte.

Con una exclamación ahogada, pero muy audible, Sakura cayó de rodillas. Le cayó hacia delante el cabello, que le colgaba hasta los pies, y la fina camisa se le abrió por el peso de sus senos en esa posición, revelando a los tres hombres unos tentadores montículos.

Viendo que Shaoran ponía otra vez gesto de disgusto, Wei se apresuró a decir.

-Alteza, sus incomodidades pasarán en pocos instantes.

Shaoran no le hizo caso. Apoyando una rodilla frente a Sakura, le asió los hombros con suavidad pero con firmeza, obligándola a sentarse. Luego le subió la falda sobre las rodillas y, tomándole con ambas manos una delgada pantorrilla, la empezó a masajear.

El reflejo natural de Sakura fue lanzar puntapiés. Había escuchado en silencio la conversación entre los dos rusos, sólo porque temía gritar si abría la boca. Pero ya el terrible hormigueo menguaba, tal como había predicho Wei; aún estaba presente, pero era tolerable. Empero, no lanzó puntapiés. Su hirviente cólera necesitaba un desahogo mejor, uno que no fuera malinterpretado, y ella lo buscó. Su mano azotó sonoramente la mejilla del príncipe.

Shaoran se inmovilizó. Maxim palideció, horrorizado. Las palabras brotaron de Wei sin pensarlo.

-Ella pretende ser de la nobleza, Alteza... hija de un conde nada menos.

Todavía reinaba el silencio. Wei no sabía con certeza si el príncipe lo había oído, y en tal caso, si la afirmación tenía importancia. No estaba seguro de por qué se le había ocurrido explicar tan increíble ultraje, y con algo que era ciertamente una mentira. Si no hubiese dicho nada, tal vez la muchacha hubiera sido arrojada por la borda, con la eterna gratitud de él.

Shaoran había alzado instantáneamente la vista, encontrándose con un temporal turquesa en los ojos de Sakura. Ese no había sido un leve bofetón insultante. En ese golpe había habido una potente furia, y lo sorprendió tanto, que su reacción quedó en suspenso. Y ella no había terminado aún.

-¡Tu arrogancia no merece ni un desprecio, Alexandrov! Que te hayas atrevido... que hayas ordenado mi... ¡oh!

Cerró los puños sobre la falda. Con todas las fibras de su ser, se esforzaba por controlarse, cosa que le resultaba sumamente difícil.¡Y él permanecía allí, arrodillado, mirándola con asombro!

-¡Malditos¡Llévenme de vuelta a Londres! Insisto... no¡exijo que lo hagan de inmediato!

Shaoran se incorporó con lentitud, obligando a Sakura a estirar el cuello para mantener el contacto visual. Distraído, se tocó la mejilla sin dejar de mirarla, y luego, repentinamente, un destello de humor apareció en sus ambarinos ojos.

-Ella exige, Wei- dijo Shaoran sin mirar al criado.

Al oír ese tono burlón, el otro hombre se tranquilizó.

-Sí, mi príncipe – suspiró.

Una sola mirada hacia atrás.

-¿Hija de un conde has dicho?

-Eso afirma ella.

Esos ojos aterciopelados se deslizaron sobre Sakura, quien comprobó que, pese a su furia, podía ruborizarse, pues ellos fueron a posarse, no en su rostro, sino en su corpiño abierto, del cual ella se había olvidado hasta ese momento. Y si tal audacia no bastaba, descendieron con lentitud por su cuerpo, hasta detenerse finalmente para admirar sus piernas, de las cuales también se había olvidado la joven.

Con una exclamación ahogada, se bajó la falda y luego empezó a toquetear la fila de botones que se alineaban en el frente del vestido. Por su decoro logró que el hombre que estaba delante de ella riera entre dientes

-¡Canalla! –susurró sin alzar la vista hasta cerrar el último botón a la altura de su garganta-. Tienes los modales de un animal, pero claro que eso no debería sorprenderme en lo mas mínimo, ya que tu moral es igualmente decadente.

Wei Kirov alzó los ojos al techo. Maxim no se había recobrado de su primera impresión cuando lo volvieron a estremecer esas palabras. En cuanto a Shaoran, su regocijo aumentó.

-Debo felicitarte, Sakura –le dijo finalmente-. Tu talento es notable.

Momentáneamente, ella bajó la guardia, sorprendida.

-¿Talento?

-Por supuesto. Dime¿has tenido que esforzarte, o esta habilidad se te da de modo natural?

La joven entrecerró los ojos con suspicacia.

-Si estás insinuando...

-Insinuando no – la interrumpió Shaoran con una sonrisa-. Te aplaudo. Imitas a la perfección a tus superiores. ¿Es un papel que has representado en escena? Eso explicaría...

-¡Basta ya! –clamó Sakura, incorporándose de un salto, con las mejillas ardiendo al comprender.

Pero, lamentablemente, el estar de pie junto al príncipe la puso en clara desventaja. Era la primera vez que hacía tal cosa, y fue algo por demás intimidatorio. Shaoran era tan alto comparado con la reducida estatura de la joven, que ella se sintió ridícula. La parte superior de su cabeza llegaba apenas a los hombros del ruso.

Sakura se aparto precipitadamente hasta hallare fuera se su alcance; luego se volvió con tal rapidez que su cabello voló hacia fuera en un amplio arco. Ya segura a esa distancia, recobró su dignidad. Cuadrando los hombros, echando adelante la barbilla, fijó en el príncipe una mirada de absoluto desdén. Y sin embargo, había perdido en parte su furia. Shaoran no se burlaba de ella. Había sido sincero al valorar el "talento" de la joven, y eso la asustaba.

No había considerado la posibilidad de que él no le creyese. Había dado rienda suelta a su cólera porque nunca había dudado ni por un momento que, una vez que él supiese quién era ella, se apresuraría a resarcirla. No era eso lo que ocurría. El ruso creía que ella fingía y eso le causaba gracia. ¡Dios santo¿una actriz? Lo más cerca que ella había estado de una era en el palco de su padre, en el teatro.

-Haz que salgan tus lacayos Alexandrov –dijo. Pensándolo mejor, y al darse cuenta de que no podía permitirse el lujo de enemistarse con él, se corrigió-: Príncipe Alexandrov.

El maldito aún tenía en sus manos todas las cartas, y aunque eso era absolutamente irritante, ella sabía ser flexible... hasta cierto punto.

No se le ocurrió pensar que acababa de emitir una orden. A Shaoran sí se le ocurrió. Durante una fracción de segundo alzó las cejas; luego alisó el ceño, intrigado.

Con un brusco ademán despidió a los dos hombres que aguardaban tras él, pero no habló hasta que oyó cerrarse la puerta.

-¿Y bien, querida mía?

-Soy lady Sakura Saint John.

-Sí, eso encajaría –repuso él, pensativo-. Recuerdo haber conocido a un Saint John en una de mis visitas a Inglaterra, muchos años atrás. El conde de... de... ¿era Stafford? No, Srtafford. Sí. El conde de Strafford, muy activo en las reformas, muy conocido en público.

Esto último fue dicho con intención, sugiriendo que en Inglaterra cualquiera podía conocer ese nombre. Sakura apretó los dientes, pero el que él hubiese conocido a su padre le dio esperanzas.

-¿Cómo conociste al conde? Es probable que yo pueda describir el ambiente tan bien como tú, tal vez mejor, ya que estoy familiarizada con todos los amigos de mi padre y con sus hogares.

El príncipe sonrió tolerante.

-Descríbeme entonces la finca rural del duque de Albemarle.

Sakura dio un respingo. Tenía que nombrar a alguien a quien ella nunca había visto...

-No conozco al duque, pero he oído decir...

-Por supuesto que sí, querida mía. También él es muy conocido en público.

La actitud del ruso la irritó ¿Por qué no quieres creerme¿Dudé yo acaso de que fueras príncipe? Lo cual, de paso sea dicho, no me impresiona, ya que no desconozco la jerarquía rusa.

Shaoran rió entre dientes. Antes lo había intuido, nada más, pero ahora ello lo había expresado con claridad: que lo encontraba singularmente defectuoso. Eso debía fastidiarlo, y sin embargo se ajustaba muy bien al papel que ella representaba. Había sabido a primera vista que ella le resultaría divertida, pero nunca había supuesto que encerraría tantas sorpresas.

-Pues dime qué grandes verdades conoces, Sakura.

Aunque sabía que él no hacía más que seguirle la corriente, ella necesitaba convencerlo.

-Todos vosotros, los nobles rusos, lleváis el mismo título, aunque la antigua aristocracia rusa tiene más rango que la nueva; al menos eso me han dicho. Muy democrático, realmente, y sin embargo, la verdad es que un príncipe en Rusia es meramente el equivalente de un duque, un conde o un marqués inglés.

-No estoy del todo seguro de que apruebe eso de "meramente", pero ¿a dónde quieres llegar?

-Somos iguales –dijo ella con énfasis,

Shaoran sonrió.

-¿Lo somos? Sí, se me ocurre un caso en el que podríamos serlo.

Sus ojos se deslizaron sobre el cuerpo de ella, para no dejarle dudas.

Sakura apretó los puños con desesperación. Al recordársele lo sucedido entre ellos la noche anterior, quedaba indefensa. Su ira se había centrado en la arrogancia y la condescendencia del príncipe, no en el hombre real que tenía ante sí. Hasta ese momento, sus emociones enfurecidas le habían impedido percibirlo como otra cosa que el objeto de su escarnio. Pero su presencia la estremecía, igual que esa mañana.

Por primera vez se detuvo en la vestimenta de Shaoran, o su falta de ella. Sólo llevaba puesta una bata corta de terciopelo, ceñida con un cinturón sobre unos pantalones blancos sueltos. Estaba descalzo. También tenía desnudo el pecho, revelando por el cuello abierto de la bata color esmeralda. Las ondas de su cabello, un poco largo para la época, estaban despeinadas, como si acabara de levantarse de la cama. Su informal atavío indicaba lo mismo.

Cualquier réplica que pudo haber formulado Sakura a la última afirmación del ruso quedo olvidada al comprender ella dónde debía estar, en el dormitorio de él. No había mirado a su alrededor. Desde que abriera los ojos, sólo había mirado a Shaoran. No se atrevía a mirar en torno, temiendo ver que una cama revuelta fuese su perdición. Él había ordenado que la llevaran allí. Y ella, como una mentecata, había insistido en que se los dejara solos para esta importante confrontación.

Este nuevo dilema superó al anterior. Shaoran había querido tenerla allí, y eso podía deberse a una sola razón. Desde el primer momento le había seguido la corriente, utilizando su hechizo y sutiles insinuaciones en lugar de fuerza. Pero luego vendría la fuerza, y ella sabía que no tendría la menor posibilidad. Con sólo mirar el tamaño del hombre, se sentía débil y desvalida.

Tantos pensamientos alarmantes que convergían sobre ella al mismo tiempo hacían que Sakura desatendiera el hecho de que estaba en un barco, y que ese camarote debía de servir a todas las necesidades de Shaoran, tanto placer como negocios. Pero afortunadamente, ese fragmento de información fue innecesario entonces, ya que fue salvada de averiguar lo que pudiera haber sucedido luego cuando se abrió la puerta y un remolino de colorido tafetán fucsia penetró en la habitación.

La joven alta, de dorado cabello, era hermosa. Maravillosa sería una palabra mejor, al menos para Sakura, quien quedó en efecto, maravillada al ver aparecer tan repentinamente esta visión de tan llamativos colores. Pero la entrada sin previo aviso de la mujer logró dos cosas, por las cuales Sakura quedó agradecidísima: por fin hizo apartar de Shaoran los ojos de Sakura, de modo que sus pensamientos pudieran recobrar sus procesos lógicos normales. Y, además, reclamó toda la atención de Shaoran.

Tan pronto como se abrió la puerta, ella había hablado en un tono claro, aunque malhumorado.

-Shao, he esperado horas, mientras tú te pasabas el día durmiendo pero no... esperaré... más. –Pronunció con lentitud las dos últimas palabras al detenerse, viendo, finalmente, que él no estaba solo. Desechó a Sakura con una sola mirada, pero toda su actitud cambió cuando vio el fastidio con que Shaoran se volvía hacia ella-. Lo siento –se apresuró a manifestar-. No me di cuenta de que estabas en negociaciones.

-Lo cual no tiene nada que ver –dijo Shaoran con mordacidad-. No me extraña que la duquesa se desentendiera de ti, Anastasia, si esta falta de buenos modales es otro de los nuevos defectos que has adquirido.

La mujer cambió de actitud otra vez, poniéndose a la defensiva por esta reprimenda delante de una desconocida.

-Es importante, o yo no habría...

-¡No me importa si el buque se incendia¡En el futuro obtendrás permiso antes de molestarme, a cualquier hora y por cualquier motivo!

Al observar este despliegue autocrático de mal genio, Sakura se sintió casi divertida. Aquí estaba un hombre que no se había dejado importunar por ninguna otra cosa, ni siquiera el bofetón de ella, que había sido tan enérgico como ella pudo darlo, fanfarroneando ahora por una interrupción secundaria. Pero, claro está, ella había conocido rusos en la corte, y también oído contar numerosas anécdotas al embajador inglés en Rusia, que era amigo íntimo del conde y sabía que los rusos eran intrínsecamente volubles, con rápidos cambios de temperamento y de humor.

Hasta ese momento, el príncipe no había mostrado ninguna tendencia hacia tan variable disposición. Al menos, ese despliegue de mal genio era consolador en cuanto se parecía más a lo que Sakura habría podido esperar de un ruso. Siempre era más fácil habérselas con lo predecible.

Evaluando sus alternativas con rapidez, Sakura decidió arriesgarse. Asumiendo una actitud servicial que le era ajena, intervino con lo que estaba a punto de convertirse en una acalorada discusión, a juzgar por la expresión de la mujer, ya encolerizada.

-Mi señor, no me importa esperar afuera mientras atiendes a la señora. Yo saldré y...

-Quédate donde estás, Sakura –le espetó él por encima del hombro-. Anastasia se marcha.

Dos órdenes, una para cada una de ellas. Pero ninguna de las dos mujeres tenía la intención de obedecer sin dar pelea.

-No me esquivarás, Shao –insistió Anastasia, golpeando el suelo con un pie para asegurarse de que él notara cuán alterada estaba-. ¡Falta una de mis doncellas¡La muy zorra ha escapado!

Antes de que Shaoran pudiera responder a esto, Sakura, moviéndose lenta pero firmemente en torno de él y hacia la puerta, dijo con decisión:

-Mis asuntos pueden esperar, mi señor. –Equivocadamente agregó: Si alguien se ha caído por la borda...

-Disparates –la interrumpió Anastasia, sin reconocer siquiera la ayuda de Sakura-. Esa ladina criatura se escabulló del barco antes de que zarpáramos. Durante el viaje a Inglaterra estuvo mortalmente enferma, igual que mi Zora. Simplemente no quiso embarcarse otra vez. Pero yo me niego a prescindir de ella, Shao. Me pertenece y quiero recobrarla.

-¿Esperas que haga volver al barco por una sierva, cuando sabes que les he ofrecido a todos la libertad cuando la quieran? No seas estúpida, Anastasia. Tendrás cualquiera entre cien mujeres para reemplazarla.

-Pero no aquí y ahora. ¿Qué haré ahora, con Zora enferma?

-Tendrá que bastarte una de mis criadas¿de acuerdo? –La pregunta fue, en realidad, una orden.

Anastasia sabía que ese era el final; él no cambiaría de idea. No había esperado, en realidad, que él hiciera volver el barco. Simplemente había necesitado una excusa para desahogar en él parte de su frustración por ese viaje forzado, para obligarlo a comprender un poco más sus sentimientos, y esa doncella fugitiva le daba tal excusa.

-Eres cruel, Shao. Mis doncellas están bien entrenadas. Tus criadas no sabrían nada de ser damas de compañía. Sólo saben cómo servirte a ti.

Mientras ellos discutían por contratiempos domésticos, Sakura aprovechó su distracción para acercarse a la puerta. No se molestó en repetir otra vez que esperaría afuera hasta que el príncipe quedara libre para reanudar su propia conversación abrió en silencio la puerta y por ella se escabulló, cerrándola en igual silencio.

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El estrecho corredor estaba iluminado tenue pero adecuadamente. En un extremo colgaba un fanal y en el otro se derramaba por los peldaños la luz del sol que penetraba por la puerta abierta que comunicaba con la cubierta. El corredor estaba desierto, lo cual hizo titubear a Sakura. Esto era demasiado fácil. Le bastaría con subir a la cubierta por esos peldaños, llegar a la barandilla y deslizarse con rapidez por encima de ella. Pero, durante veinte segundos, Sakura no hizo más que permanecer inmóvil junto a la puerta de Shaoran, conteniendo el aliento.

Tras dos días de tan mala suerte, era natural dudar de que una oportunidad como aquella estuviera de pronto a su alcance. Su corazón empezó a latir con violencia. Aún había peligro. No podía sentirse realmente a salvo hasta que sus pies tocasen la ribera y pudiera ver como el barco seguía su marcha hasta que no fuese sino un punto oscuro sobre las aguas... y un mal recuerdo.

El príncipe no quería volver a Londres ni siquiera por una integrante de su propio grupo, de modo que ciertamente no lo haría por ella.

Aunque las voces que se elevaban coléricas dentro del camarote eran indistinguibles, sirvieron para recordarle que en cualquier momento Shaoran podía advertir su ausencia. No tenía tiempo que perder. Sólo podía agradecer que esta oportunidad para la fuga hubiese aparecido antes de que el buque llegara a la desembocadura del Támesis y dejará atrás la costa de Inglaterra. Una vez en el mar, no habría fuga posible.

Se apartó de la puerta y corrió hacia la escalera, tropezando con los dos primeros escalones en su prisa. Pero ese momento de perder el equilibrio la salvó de precipitarse atropelladamente en los brazos de un tripulante, que pasaba por lo alto de la escalera. Aunque no sabía qué hora era realmente, debía ser muy entrada la tarde. Si ya hubiese sido de noche tendría una preocupación menos. Pero a la noche esa oportunidad se habría perdido, el río habría quedado atrás. Tenía simplemente que correr el riesgo de que la vieran.

Su corazón galopaba cuando subió los escalones lentamente.

Uno de los criados entró en la línea visual de Sakura mientras ella permanecía nerviosa e inmóvil en la puerta. Era la joven doncella que la había atendido la noche anterior, quien a unos tres metros de distancia hablaba y reía con uno de los marineros ¡y en francés!

La cubierta bullía de actividad; podían oírse gritos, risas, hasta cantares. Nadie parecía advertir la presencia de Sakura, quien se acercaba con naturalidad a la barandilla. Mantenía la mirada fija tan sólo en ella, aquellas tablas de madera que anunciaban la vuelta a la libertad. Por eso, cuando asió la baranda superior y finalmente alzó la vista, vio consternada cuán lejos estaba en realidad la tierra firme, habían llegado a la boca del Támesis, esa extensión de agua cada vez más ancha que abrazaba al mar. Al parecer, kilómetro y kilómetros la separaban de la libertad que ella había creído a costa distancia como para cruzarla a nado. Y sin embargo¿qué otra alternativa tenía? Navegar hasta Rusia era imposible, cuando aún estaba Inglaterra a la vista.

Cerró los ojos y murmuró una breve plegaria por la fuerza adicional que, lo sabía, necesitaría; dejó fuera el aterrador pensamiento de que bien podía estar al borde de una tumba líquida y no de la libertad.

Le dolía el pecho por la violencia con que le latía el corazón. Jamás había estado tan asustada. Y sin embargo, se había alzado la falda y las enaguas para que no la estorbaran cuando trepara a la barandilla. En el instante en que su pie descalzo se apoyaba en una tabla intermedia para subir, un brazo se deslizó en torno de su cuerpo y una mano se enganchó bajo su rodilla levantada.

Aunque habría debido estallar de cólera por lo injusto de verse detenida en el último instante, Sakura no hizo tal cosa. A decir verdad, sintió tal alivio cuando se le quitó el problema de las manos, que casi quedó aturdida. Más tarde se lamentaría del destino que conspiraba siempre contra ella, pero no en ese preciso momento, cuando se disipaba su temor y su corazón recobraba su ritmo normal.

El sentimiento contradictorio de ser salvada en vez de vencida duró apenas unos segundos, hasta que bajó la vista y vio el terciopelo verde que cubría el férreo brazo que le circundaba las costillas, debajo mismo de sus senos. Y si eso no hubiera bastado para indicarle de quién era el pecho contra el cual se apretaba su espalda, reconoció la mano que le aferraba el muslo con tal firmeza, que ella no podía posar su pie en la cubierta.

Conocía íntimamente esa mano; la había besado la noche anterior incontables veces con placer, con patético ruego, con gratitud. Aunque esos recuerdos la avergonzaban, sabía instintivamente que el sentir otra vez el contacto de ese hombre la devastaría. ¿Acaso no había procurado mantenerse lejos de él? Era demasiado pronto, la experiencia estaba demasiado fresca en su espíritu para que ella hubiese preparado las defensas necesarias; fue como si la droga estuviese todavía en su cuerpo, obrando su magia contra ella. Tal vez realmente lo estuviera.

El brazo de Shaoran se movió dos centímetros más arriba y ella quedó mortificada al sentir que le cosquilleaban los pezones al endurecerse. ¡Y él ni siquiera los estaba tocando, tan sólo apretando el brazo bajo los senos de ella!

Shaoran sentía tanto como Sakura el dulce peso que se apoyaba en su brazo. Hallaba dificultades para resistir el ansia de llevar sus manos a esos suaves montículos, sentir de nuevo con qué perfección colmaban sus palmas. Pero también advertía que no estaban solos, que sin duda había docenas de ojos curiosos enfocados en ellos. Empero, no lograba decidirse a soltarla. Era tan agradable la sensación de abrazarla otra vez... Por su mente pasaban imágenes sin cesar: los ojos llameantes, los suaves labios entreabiertos en un grito de placer, las caderas agitadas.

El calor le atravesó la ingle, peor que antes, en el camarote, cuando contemplara el abierto corpiño de la joven y las cremosas colinas de sus senos, que asomaban por el encaje de su camisa. Si entonces no hubiese estado tan placenteramente excitado, no se habría irritado tanto con Anastasia por su inoportuna interrupción. Y si no hubiese estado tan irritado con ella, habría notado antes el vuelo de esta avecilla, o se habría percatado, por sus solas palabras, de lo que ella se proponía.

Ni Shaoran ni Sakura advirtieron como pasaban los minutos sin que ninguno de los dos pronunciara una sola palabra. Otros lo advirtieron. Lida se escandalizó al ver que el príncipe aparecía en cubierta vestido como estaba, hasta descalzo, y se acercaba a la inglesa. Ella ni siquiera la había visto allí, junto a la barandilla.

Los marineros que se hallaban en cubierta la encontraban muy sugestiva, con su larga cabellera agitada por el viento, y ningún adorno en su sencillo corpiño que distrajese la mirada de esos senos erguidos y bien delineados. Y cuando el príncipe se acercó a ella junto a la borda, en más de un rostro curtido apareció una sonrisa intencionada al ver el cuadro íntimo que ambos formaban. Era, en realidad, una cuadro erótico, con el pie de Sakura aún apoyado en la barandilla, las faldas levantadas sobre la rodilla, mostrando el torneado giro de una lisa pantorrilla, el príncipe acariciando atrevidamente la pierna expuesta, o eso parecía; ella reclinándose en él, de modo que Shaoran apoyaba la barbilla en la cabeza de la joven al sujetarla contra sí.

Sakura habría muerto de vergüenza si se hubiese podido ver en ese momento, o peor, si hubiese sabido de la lujuria que estaba engendrando entre la tripulación. Sus modales impecables, su sentido de la propia valía, su gusto y su estilo decoroso (¡nunca usaba escotes pronunciados!), sólo habían originado respeto hacia ella en los hombres que conocía. En su hogar ella era la voz de la autoridad... también allí, nada más que respeto, si bien mezclado con cierto temor.

Nada de lo sucedido la noche anterior parecía real, pese a que los recuerdos eran tan potentemente claros. Y lo que estaba ocurriendo en ese preciso momento era estrictamente unilateral... o eso creía ella. Tan entrampada estaba en sus propios sentimientos, que se hallaba totalmente ajena a los de Shaoran.

Fue él quien primero reparó en la posición de ambos, y por qué él se había precipitado a ese sitio en primer lugar. Inclinando la cabeza, su voz resonó en ronca caricia junto al oído de la joven inglesa.

-¿Volverás conmigo o debo llevarte en brazos?

Casi deseó no haber hablado. No se había preguntado por qué ella no había dicho nada, por qué ni siquiera había movido un músculo en todo ese lapso. Esta silenciosa aceptación de su frustrada fuga no era propia del carácter de ella, como no lo había sido su actitud final en el camarote, si tan sólo el le hubiese prestado atención.

-De no haber estado distraído, habría sospechado inmediatamente de esos mansos "mi señor" que tan obedientemente has pronunciado en mi camarote. –Su voz ya no era ronca, pero aún seguía siendo profundamente acariciadora-. Pero no estoy distraído ahora, pequeña, así que basta de triquiñuelas.

Sakura trató una vez más de zafarse, pero fue totalmente inútil.

-¡Suéltame!

No fue un dulce ruego, sino una orden. Shaoran sonrió. Le agradaba ese papel arrogante que ella asumía, y le complacía que ella no hubiese decidido abandonarlo todavía, simplemente porque no estaba obrando en su favor.

-No has contestado a mi pregunta –le recordó él.

-prefiero quedarme aquí mismo.

-No te he ofrecido esa alternativa.

-Entonces exijo ver al capitán.

Shaoran rió entre dientes, apretándola levemente sin advertir lo que hacía.

-¿Otra vez exigencias, querida mía¿Qué te hace pensar que con esta obtendrás más que con las otras?

-Temes permitirme que lo vea ¿verdad? –lo acusó la joven-. Ya sabes, podría gritar. No es muy digno, pero tiene su utilidad.

-No, por favor –respondió el príncipe, mientras se sacudía de risa sin poder contenerse-. Me rindo Sakura, aunque sólo sea para ahorrarte la molestia de pensar un modo de llegar al capitán más tarde.

Sakura no le creyó, ni siquiera cuando él llamó a uno de los marineros cercanos y, al volverse, ella vio que este iba de prisa a cumplir su orden. Pero cuando vio que un oficial aparecía por el alcázar y se dirigía hacia ellos, lanzó una exclamación ahogada al recordar por fin su posición: aún tenía la falda levantada y las enaguas licenciosamente a la vista.

-Suéltame ¿quieres? –siseó dirigiéndose a Shaoran.

El también había olvidado que aún le sujetaba una pierna, lo cual había sido un movimiento puramente impulsivo, innecesario para detenerla. Retiró el brazo, pero no apartó la mano de inmediato, dejando que sus dedos recorrieran el muslo de la joven mientras ella bajaba el pie. Oyó que ella contenía de pronto el aliento por tan deliberada osadía, pero no lo lamentó en lo más mínimo, ni siquiera cuando ella se volvió para mirarlo con furia.

Aunque arqueó una ceja con aire inocente, Shaoran sonreía cuando, volviéndose hacia el hombre que se detuvo frente a ellos, hizo breves presentaciones. Serguei Mironov era un hombre de estatura mediana, robusto, de alrededor de cincuenta años. En su bien recortada barba se entremezclaba el gris con el castaño, profundas arrugas rodeaban sus ojos pardos, que no expresaban la menor irritación por verse alejado de sus tareas. Su uniforme azul y blanco estaba impecable. Sakura no dudó de que fuese, en realidad, capitán de aquel barco, pero no le agradó la deferencia que él mostraba hacia Shaoran.

-Capitán Mironov¿cómo puedo explicarle esto? –lanzo una mirada titubeante a Shaoran y se dio cuenta repentinamente de que no convenía, de buenas a primeras, acusar de iniquidades a un príncipe ruso, al menos ante un capitán también ruso-. Se ha cometido un error. Me... me encuentro con que no puedo salir de Inglaterra en este momento.

-Tendrás que hablar con más lentitud, Sakura. Serguei entiende el francés, pero no cuando se habla tan de prisa.

La joven inglesa hizo caso omiso de la interrupción de Shaoran.

-¿Me ha entendido usted, capitán?

El otro hombre movió la cabeza afirmativamente.

-Una equivocación, ha dicho usted.

-Exactamente –sonrió Sakura-. Entonces, si es usted tan amable, agradecería sobremanera que me llevaran a tierra... si no fuera demasiada molestia, claro está.

-Ninguna molestia –repuso el marino, complaciente, pero luego miró a Shaoran-. ¿Alteza?

-Continúe su rumbo actual, Serguei.

-Sí, mi príncipe.

Y el capitán se alejó, mientras Sakura se quedaba mirándolo boquiabierta. Rápidamente la cerró y se volvió hacia Shaoran.

-Grandísimo miserable...

-Te lo advertí, querida mía –repuso él, amable-. Verás, este barco y todo lo que hay en él me pertenece, incluídos el capitán y su tripulación.

-¡Eso es barbarie!

-De acuerdo –replicó él encogiéndose de hombros-. Pero hasta que el zar acepte contrariar a la mayoría de sus nobles y abolir el sistema, millones de rusos seguirán siendo propiedad de unos pocos elegidos.

Sakura contuvo la lengua. Aunque mucho le habría gustado atacarlo sobre esta cuestión, ya le había oído decir a la bella Anastasia que él había ofrecido la libertad a sus propios siervos, de modo que probablemente coincidiera con cualquier argumento que ella pudiese exponer, y en ese momento no tenía ninguna gana de coincidir con el en nada. Tomó otro rumbo.

-Hay en este barco una cosa que no te pertenece, Alexandrov.

Shaoran sonrió levemente, y en esa sonrisa estaba el conocimiento de que, aun cuando ella tenía razón en principio, se hallaba sin embargo a merced de él. Sakura no necesitaba oírlo decir para entender este sutil mensaje. El problema consistía en aceptarlo.

-Ven, Sakura, discutiremos esto en mi camarote, durante la cena.

Cuando el príncipe quiso tomarle el brazo, ella lo retiró diciendo:

-No hay nada que discutir. Llévame a la costa o déjame saltar del barco.

-A mí me exiges, a Serguei le haces dulces ruegos. Tal vez deberías cambiar de táctica.

-¡Vete al infierno!

Y Sakura se alejó con andar majestuoso, tan sólo para darse cuenta tardíamente que no tenía a dónde ir, ningún camarote propio donde retirarse, ningún sitio en todo el barco, el barco de él, donde pudiera esconderse. Y el tiempo pasaba: Inglaterra se perdía cada vez más en la distancia a cada segundo que transcurría.

Cuando llegaba a la escalera, la joven se detuvo y se volvió hacia el príncipe.

-Pido disculpas, príncipe Alexandrov. No suelo ser tan irascible, pero dadas las circunstancias... en fin, dejémoslo. Estoy dispuesta a ser razonable. Si me llevas a tierra, juro olvidar que nos conocimos. No acudiré a las autoridades. Ni siquiera diré a mi padre lo que ha ocurrido. Tan sólo quiero irme a casa.

-Lo siento, Sakura, de veras que sí. Si el zar Nicolás no visitara a tu reina este verano, no sería necesario llevarte lejos de Inglaterra. Pero a los periódicos ingleses les encantaría tener un motivo para atacar. No les daré ese motivo.

-Juro que...

-No puedo correr ese riesgo.

Sakura estaba tan furiosa, que lo miró a los ojos.

-Oye, esta mañana estaba alterada. Dije muchas cosas que no quería decir. Pero ahora ya te he dicho quién soy. Sin duda verá que no puedo permitirme el lujo de reclamar retribución, que no puedo hacer nada sin enredar a mi familia en un escándalo terrible, y eso es algo que no haría jamás.

-Estaría de acuerdo si fueses en efecto una Saint John.

Ella emitió un sonido que era a medias gemido, a medias grito.

-¡No puedes hacer esto¿Sabes lo que causarás a mi familia, la angustia que sufrirán por no saber qué me ha sucedido¡Por favor, Alexandrov!

Notó que a él le picaba la conciencia, pero eso no modificó la situación.

-Lo siento –repitió. Alzo una mano para acariciarle la mejilla, pero la bajó al ver que ella se apartaba-. No lo tomes tan a pecho, pequeña. Te enviaré de vuelta a Inglaterra tan pronto como termine la visita del zar.

Sakura le dio una última oportunidad.

-¿No cambiarás de opinión?

-No puedo.

Como no quedaba nada por decir, ella le volvió la espalda y bajó la escalera. No se detuvo al oírlo vociferar llamando a Wei. Pasó frente al camarote, encontró la despensa y se sentó en el baúl donde antes había estado encerrada. Allí espero sin saber que esperaba.

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Notas Mías: Hola que tal estuvo el capítulo???? Parece que el carácter de Shaoran aunque nos saca de quicio, nos fascina de la misma manera….jijiji XD.

Sin duda Él es un cabezadura, pues prefiere tildar a Sakura de actriz que reconocer su condición de noble; acaso será porque su propia conciencia trata de evitar la realidad, pues esta le sería muy adversa, después de todo a lo que la sometió.

Nuestra Saku no es tan fácil de convencer pero teniendo a Shaoran será un gran trabajo resistirse.

Bueno me despido hasta otra oportunidad, agradeciéndoles de todo corazón su reviews y palabras de aliento.

Besos.