El escándalo de la Cenicienta

Capítulo Dos

Regina retiró la mano al ver que la rubia se había quedado petrificada, con los ojos abiertos como platos tras las gafas de montura plateada, y las mejillas teñidas de un creciente rubor. Podría haber relajado la situación encogiéndose de hombros y diciéndole algo así como "todos cometemos errores, ha sido sólo un malentendido, lo entiendo", pero le sobrevino un impulso malicioso de hacerla sufrir un poco más. Algo le decía que Emma Swan era una de esas personas a las que les gustaba tenerlo todo bajo control, y le divertía la idea de pincharla un poquitín para hacerla saltar.

Además, se lo merecía después de haberle dicho que era demasiado mayor. "¡Diablos, demasiado mayor con veintiocho años!". Sin embargo, cuando la vio soltar lentamente entre dientes el aliento que había estado conteniendo, comprendió que su sonrojo no se debía a que estuviera azorada, sino a que estaba profundamente irritada.

- Usted… usted... ¡sabía perfectamente que estaba haciéndole una entrevista de trabajo! – exclamó Emma indignada – ¿Por qué no me interrumpió y me dijo quién era en realidad y a qué había venido?

- Vaya, vaya, la gatica ha sacado las garras – pensó Regina enarcando una ceja – lo siento, es que... bueno, me hizo gracia – contestó con una media sonrisa – y no pude evitar seguirle la corriente – aunque no lo dijo, lo cierto era que también le había gustado que, por una vez, alguien no la hubiese reconocido. Detestaba que la gente se mostraran amables con ella sólo por ser quien era. Claro que "amable" no era exactamente la palabra que utilizaría para describir la actitud de Emma Swan hacia ella en ese momento. Sus labios estaban apretados formando una fina línea, y sus ojos parecían relampaguear.

- Me alegro de haberle divertido durante unos minutos – Emma masculló estrujando entre sus manos el formulario que había estado rellenando y tirándolo a una papelera que había junto a la mesa – bien, ya que obviamente no está aquí por nuestra oferta de empleo, ¿hay algo que pueda hacer por usted? – inquirió con aspereza.

- He venido por el local del edificio contiguo.

Emma contrajo el rostro.

- ¿Qué pasa con él?

- Mi agente inmobiliario se puso en contacto ayer con el propietario, David Swan, que no sé si tiene algún parentesco con usted, para alquilarlo.

- David es mi padre – respondió Emma entornando los ojos recelosa – pero debe haber algún error, porque no tenemos ninguna intención de alquilar ese local.

- Pues tienen puesto un cartel bien grande, y mi agente no sólo firmó el contrato en nombre de mi familia, sino que le dijo que podía pasarme hoy por aquí para echarle un vistazo al local por dentro y darme la llave.

- Pero.., pero es imposible – balbució Emma con la voz quebrada.

- Y mi agente le ha entregado un cheque, además.

- ¿Un cheque? – repitió la rubia incrédula, observándola con una mirada vacía, como la de alguien que está en trance.

Regina asintió con la cabeza.

- Le dio un cheque por el valor que su padre le pidió —respondió contrariada – ¿Por qué le importaría a ella que fuera a alquilar el local? – pensó – ¿Hay algún problema? – quiso saber

Emma se quedó mirándola fijamente, mientras sentía que un ataque de histeria la invadía. Aquello no podía estar ocurriendo, se dijo. Su padre se lo habría dicho si de verdad tuviera intención de alquilar el local. Su local. Muy despacio, se quitó las gafas, extendió las palmas sobre la mesa y se levantó, apoyándose en ellas.

- ¿Me disculpa un momento?

Salió del despacho y se dirigió a la cocina. Su padre estaba inclinado sobre la gran isleta con superficie de mármol, escarchando el piso inferior de la que iba a ser una tarta de fresas de tres pisos con nata montada. Emma se puso frente a él con los brazos cruzados.

- ¿Cómo has podido hacer algo así?

- Muy sencillo – contestó David sin levantar la vista – se cortan las fresas en rodajas muy finas, y se añade la cantidad exacta de gelatina a la nata montada... y sale perfecto.

- No me refería a eso y lo sabes – dijo ella agarrando el bol de nata montada y apartándolo de él para que la mirara – me prometiste que me alquilarías a mí el local de al lado.

- No te prometí nada – replicó David, frunciendo el ceño, y cruzando los brazos sobre el tórax – te dije que lo pensaría.

- Es el sitio perfecto para un cayber café – insistió la rubia esforzándose por no alzar la voz y controlar el arranque de ira que estaba formándose en su interior – tenía... tenía muchísima ilusión en ese proyecto. Me he pasado meses diseñando el interior, los posibles menús… me dijiste que estabas impresionado.

- Y lo estaba —asintió David.

- ¿Y entonces por qué? – exigió saber Emma sintiendo que la voz le temblaba mientras sus dedos aferraban el bol de metal – ¿por qué me haces esto?

- Eres demasiado joven para abrir tu propio negocio, Emma – respondió David en un tono condescendiente – cuando seas un poco mayor volveremos a hablar del tema.

- Deja de tratarme como a una niña, papá, tengo veinticuatro años – replicó ella apretando los dientes – Elsa, Ana y yo ya hemos crecido. ¿Por qué no quieren verlo ni mamá ni tú?

- Porque soy tu padre – le dijo David con firmeza – y es mi deber cuidar de mi familia.

- Papá – suplicó ella, luchando por controlar las lágrimas – he trabajado en la panadería contigo desde los diez años. Sabes que puedo poner en marcha mi propio negocio.

- Es demasiado dinero.

- La tía Ingrid me dijo que me ayudaría...

- No es de tu tía de quien depende la decisión – replicó su padre alzando la voz – mi hermana tiene sangre gitana en sus venas, y es una inconsciente que va de ciudad en ciudad, de país en país. ¿Qué sabrá ella de negocios y responsabilidad?

- Tía Ingrid se toma muy en serio su trabajo – Emma defendió a su tía – el que viaje no significa que...

- ¡Ya está bien, Emma! – la cortó su padre levantando una mano para callarla – está hecho y punto. Voy a alquilar el local por un año, y cuando haya pasado ese tiempo volveremos a hablar.

- Pero...

- Y ahora sé una buena chica y ve a enseñarle el local a la señorita Mills – le dijo su padre dándole unas palmaditas en la cabeza.

- ¿Qué? – contestó ella sin dar crédito – ¿Esperas que yo...?

- Harás lo que yo te diga y se acabó – respondió su padre quitándole el bol de las manos – y serás atenta con la señorita Mills, ¿entendido? No quiero discusiones.

Emma abrió la boca para protestar, pero al momento volvió a cerrarla, sabiendo que de nada le serviría. El contrato del alquiler estaba firmado, y sabía que si seguía insistiéndole a su padre, jamás le alquilaría el local. Pero, aun así, le repateaba tener que ser amable con la mujer que se había burlado de ella. Apretando los dientes, regresó al pequeño despacho. Al llegar a la puerta inspiró profundamente. Lo cierto era que ya había quedado como una idiota, y no quería parecer también patética, así que lo mejor sería intentar sobrellevar el mal trago lo mejor posible. Forzó una sonrisa, y abrió la puerta.

- Bueno – dijo entrando y sacando una llave del primer cajón de la mesa – parece que había habido un malentendido, señorita Mills, pero ya está aclarado. ¿Cuándo tiene intención de empezar a usar el local?

- Mañana.

- A pesar de su resolución de mantener la calma, Emma no pudo evitar mirarla boquiabierta – ¿Mañana? – repitió en un tono aflautado.

- Dentro de unos días vamos a anunciar la candidatura de mi padre. No sé si habrá oído que se presenta a las elecciones al Senado – explicó la morena – y nos ha llevado mucho encontrar un local que se adaptara a nuestras necesidades, así que me gustaría empezar cuanto antes con las mudanzas.

- Ya veo – balbuceo Emma recobrando la compostura – vamos, le enseñaré el local.

Qué repentino cambio de actitud, pensó Regina levantándose y siguiéndola. En unos minutos había pasado de ser la señorita tempestad a la señorita hospitalidad. Claro que tampoco se tragaba que ese cambio fuera auténtico. Podía leer la tensión en sus ojos, y el matiz de ansiedad no había desaparecido de su voz. Estaba claro que bajo la serena fachada se estaba formando una tormenta.

Salieron de la panadería por la puerta trasera a un pequeño jardín rodeado por altos muros de ladrillo y estuco. Había bancos de piedra rodeados de flores y helechos, y estatuas de sonrientes querubines y un pequeño estanque bordeado de piedras.

- Por aquí se va a un callejón que conduce de un edificio a otro – explico Emma mientras atravesaban el jardincillo.

Llegaron a una verja de hierro que abrió, y salieron al callejón. Regina miró hacia arriba, siguiendo las escaleras de hierro forjado que subían al segundo y tercer piso del edificio contiguo.

- ¿Están alquilados los dos pisos superiores? – quiso saber la joven empresaria

- No. En el segundo piso está el apartamento de mi tía, y en el tercero su estudio de fotografía – respondió Emma. Atravesaron una segunda verja, y entraron a otro jardín – la mayor parte del tiempo está de viaje… si es que le preocupa que pueda molestarlos.

Mientras Regina seguía a la rubia a través del segundo jardín hasta la entrada trasera del edificio, no pudo evitar fijarse en el ligero contoneo de caderas que esta tenia, y en que también poseía unas bonitas piernas. Algo le decía que no sería la tía lo que podía llegar a distraerla. Cuando llegaron a la puerta trasera Emma introdujo la llave en la cerradura, la giró, y Regina observó cómo se erguía e inspiraba profundamente antes de girar el pomo, como reacia a hacerlo.

El olor a pintura fresca inundó las fosas nasales de Regina al entrar, y cuando encendió las luces vio que la disposición del local era similar a la de la panadería. El sol del atardecer entraba por la puerta abierta, haciendo relucir el brillante suelo de madera del pasillo.

- La parte de atrás está dividida en varios cuartos, un baño, y una cocina – dijo Emma mientras avanzaban por el pasillo – y la parte delantera es un gran salón.

Mientras recorrían el local, Regina advirtió una expresión de anhelo en los ojos de la rubia, como quien observa algo muy deseado que está a punto de perder. Y entonces lo comprendió.

- Quería este local para usted, ¿no es verdad? – inquirió quedamente.

- Emma se detuvo y se volvió hacia ella, alzando la barbilla – lo que yo quiera ya no es importante – respondió tendiéndole la llave – el local es suyo por un año. Felicidades

- Lo siento – murmuro la morena, cerrando su mano sobre la de ella al tomar la llave, y maravillándose de la suavidad de su piel – no lo sabía.

- ¿Le habría importado algo si lo hubiese sabido?

- Si se refiere a si habría cambiado de idea respecto a alquilar el local, la respuesta es no – contestó ella con sinceridad – ¿Qué iba a hacer con el local?

- Nada que no pueda esperar – respondió ella, paseando la vista por el salón – otro año al menos. Que su padre y usted tengan suerte, señorita Mills – intentó retirar la mano, pero Regina la retuvo, apretándosela ligeramente. Entonces alzó la mirada y enarcó una ceja.

- Vamos a ser vecinas, Emma – murmuró la morena – ¿Qué tal si nos tuteamos y me llamas Regina?

Emma ladeó la cabeza, escrutando su rostro, y aunque aquello no era exactamente lo que podía llamarse una sonrisa, sus labios perdieron la rígida expresión que habían tenido hasta ese momento, y sus ojos brillaron divertidos.

- Buena suerte, Regina – finalmente dijo la rubia – estaré contando los días.

Desde la ventana del salón del apartamento de su tía, en el segundo piso del edificio contiguo a la panadería, Emma vio que estaba aparcando junto a la acera una furgoneta con un logotipo de alquiler de muebles y material de oficina. De ella bajó un hombre calvo y fornido vestido con un mono gris, y con una carpeta sujetapapeles en la mano, y entró en el local del primer piso. Ingrid

- No puede decirse que Regina Mills pierda el tiempo, ¿verdad, Delilah? – le dijo Emma a la labrador de su tía, que estaba sentada a su lado – No hace ni cinco horas que le di la llave, y ya va a empezar a montar su cuartel general.

Condenada Regina Mills, bueno, lógicamente no era culpa de ella que no fuera a poder disponer del local para sí, pero siempre era más fácil dirigir la ira de uno contra los extraños que contra la propia familia. Emma había llegado incluso a suplicar a su madre que reconsideraran su decisión de alquilar el local, pero sus esfuerzos habían sido en vano, Y es que, convencida de que el centro de operaciones de campaña de Henry Mills sería un semillero de solteros ricos y de buena familia, a Mary sólo le había faltado salir bailando cuando su esposo le comunicó a quién había alquilado el local.

Y hablando de personas ricas y de buena familia... El pulso de Emma se disparó al ver a Regina salir del edificio con el hombre calvo. Se había quitado la chaqueta que había llevado horas antes, dejando ver con claridad su excelente figura. La morena se puso una mano en la cadera y señaló el edificio mientras hablaba con el hombre, y Emma no pudo evitar que sus ojos recorrieran su escultural figura de arriba, abajo. Sintió un cosquilleo en el estómago, pero se dijo que era hambre y no deseo.

- La mayoría de las madres les dirían a sus hijas que tuviesen cuidado con las personas como Regina Mills – comento bajando la vista a la labrador, que estaba lavándose – pero a mi madre le encantaría que la señorita Mills formara parte de nuestro circulo de amistades

Sabía que no estaba bien espiar a la gente, se dijo mientras observaba a Regina, que estaba mirando su reloj en ese momento, pero si ella no la veía, ¿qué había de malo en ello? Y, justo en ese momento, la morena alzó la cabeza. Maldiciendo entre dientes, Emma se apresuró a apartarse de la ventana, rogando por que no hubiera podido verla a través de la persiana veneciana entreabierta.

- Esto me pasa por ser tan curiosa – se reprendió a si misma

Resistiendo el impulso de volver a la ventana, se dirigió al cuarto de baño. Se quitó la ropa, y se metió en la ducha, dejando que el agua caliente disipara las tensiones del día que se le habían acumulado en los hombros y el cuello. Después de todo sólo sería un año, se dijo. Podía resistir ese tiempo. "¡Pues claro que resistiré!", se dijo con firmeza mentalmente. En sólo doce meses Regina Mills se marcharía, y el local sería al fin suyo. Aquel pensamiento la animó inmensamente, y después de envolverse en un albornoz y secarse el pelo, se puso la ropa más cómoda que tenía, unos vaqueros gastados que adoraba y una camiseta rosa de algodón. Aquella noche iba a ir con Ana a ver una película, y eso la ayudaría a olvidarse de aquella mujer.

Antes de meterse en la ducha había dejado tirados en el salón sus botines de cuero marrones, y había uno que no encontraba, debajo de la mesa que había junto al lado del sillón. Cuando se agachó para alcanzarlo, le pareció oír voces a través de la rejilla de ventilación que había en la parte baja de la pared, justo al lado del sillón.

Eran voces de hombres; debían ser la gente de la empresa que estaba llevándole a Regina Mills los muebles de oficina. Se puso de rodillas para poder oír mejor. Estaban diciendo algo sobre cambiar una mesa de ángulo. "¿No has aprendido la lección, Emma?", se reprendió, "no está bien espiar". Iba a levantarse, cuando oyó que hablaban de una "chica rubia buenísima de la panadería", y hacían un comentario de lo más zafio sobre la "delantera" que tenía. Al instante supo que se referían a Elsa, y le hirvió la sangre que hablaran en un tono tan pedestre de su hermana, por lo que se inclinó hacia delante y les gritó:

- ¡Eh, ustedes! ¡Los de ahí abajo! – hubo un silencio exabrupto – Sí, les habló a ustedes!, ¡como se atrevan a volver a...!

- Emma, ¿qué haces?

La voz de su hermana Ana a sus espaldas la sobresaltó, y levantó la cabeza, dándose un buen golpe con la mesa. Maldijo entre dientes, frotándose el cuero cabelludo, y gateó de espaldas para salir de allí debajo.

- Ana, por amor de Dios – se quejo poniéndose de pie – al menos podías haber…– Se quedó de piedra en el sitio. Al lado de su hermana estaba Regina Mills – "Dios, que sea una pesadilla, que sea una pesadilla..." – rogó mentalmente – yo... estaba... estaba buscando mi zapato – balbució, enseñándoselo y calzándoselo. Regina estaba reprimiendo su risa a duras penas.

- La señorita Mills necesita la llave del cajetín de fusiles de la luz – dijo Ana carraspeando.

- Llámame Regina, por favor – la morena le pidió a Ana delineando una sonrisa.

Ana se sonrojó y apartó la vista, mientras que Emma sintió deseos de darle un puntapié a la morena para hacer desaparecer esa encantadora sonrisa de su cara.

- Creo que está en la cocina – dijo Emma agarrando a su hermana por el brazo – Ven, ayúdame a buscarla.

Y antes de que su hermana pudiera decir nada, la arrastró consigo. Sin embargo, no fue a la cocina donde la llevó, sino al cuarto de lavado, que estaba un poco más lejos del salón, y cerró la puerta

- ¿Cómo no me has avisado antes de subir con ella? – Emma le preguntó irritada a su hermana, sin soltarle el brazo.

- Lo hice, llamé por teléfono, pero no contestabas – respondió Ana mordiéndose el labio inferior. Debía haber sido cuando estaba en la ducha, pensó Emma – Lo siento mucho, Em , de verdad. ¿He hecho algo malo?

- Emma se sintió avergonzada, y le soltó el brazo – Perdona, Ana – murmuró con un suspiro – es que estoy un poco disgustada con ella porque me ha quitado el local, eso es todo. Y me pone enferma que papá y mamá sigan tratándome como a una niña pequeña.

- Al menos mamá no está buscándote marido todo el tiempo – replicó Ana, y los ojos se le llenaron de lágrimas – ¿Por qué no puedo casarme con quien yo quiera?

- No te pongas así, mujer, ya verás cómo lograremos arreglarlo. Tienen que entender que ya no somos unas niñas.

- No sé – musitó Ana – yo no soy tan fuerte como tú, ni tan independiente como Elsa; soy incapaz de enfrentarme a nuestros padres, no sé decir que no.

- Pues entonces tendrás que aprender – contestó Emma dándole un abrazo – y ahora olvídate de eso, esta noche vamos a salir por ahí a divertirnos y...

- Pero Ana movió la cabeza y dio un paso atrás – no puedo... no puedo salir esta noche, Em.

- Ana, si es por lo de...

- No quiero hablar de ello – dijo Ana levantando una mano y volviendo a mover la cabeza – por favor – le suplicó, sin poder contener las lágrimas.

- Oh, vamos, Ana, no llores. Escucha...

- Lo siento, de verdad que lo siento... Tengo que irme...

Ana se secó las mejillas con el dorso de la mano y salió del cuarto de lavado, abandonando el apartamento por la puerta trasera. Llena de frustración, Emma iba a seguirla, pero en ese momento recordó que Regina estaba esperando la llave.

La tomó de un panel de llaves que había en la pared, e inspirando profundamente para calmar sus nervios, volvió al salón. Donde encontró a Regina observando las fotografías que decoraban la pared, con Delilah echada a sus pies. "Traidora", pensó Emma frunciendo los labios.

- Son unas fotografías magníficas – murmuró Regina cuando Emma llegó junto a ella – tu tía verdaderamente tiene talento, La que más me gusta es ésta en la que estás sentada junto al estanque del jardín, leyendo un libro – dijo señalando una en blanco y negro – ¿Cuántos años tenías?

- Dieciocho, creo – respondió ella algo desorientada. Se sentía rara mirando unas fotos tan personales con una mujer a la que apenas conocía, sobre todo tratándose de fotos de su tía, que parecían captar el alma de las personas – a mi tía le encanta hacernos fotos cuando no estamos mirando. Nos tiene locos a todos – añadió. Para distraer su atención de la foto de ella, le señaló otra – Esta es mi tía.

- Es una mujer muy hermosa.

Y era cierto. Con su cabello rubio y sus rasgos húngaros, aún a sus cuarenta y ocho años Ingrid Swan tenía a los hombres a sus pies.

- No hay duda de que ustedes se parecen – dijo Regina pensativa

- Emma tuvo que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco y decirle; "¡por favor!"No nos parecemos en nada —finalmente termino replicando

- Claro que sí – insistió Regina, volviéndose hacia ella y estudiando su rostro – los mismos ojos, la misma boca...

Emma sintió que el pulso se le aceleraba. ¡Dios, como la irritaba ser tan vulnerable al encanto de aquella mujer! Trabajando en la panadería había tratado con dos o tres hombres de negocios, que le habían fascinado por su elegancia y su seguridad en sí mismos, y solo con una de esos hombres había habido un intercambio de miradas y de sonrisas, pero nada más. Incluso se había estado citando con uno de ellos, a escondidas de sus padres naturalmente, pero no había sido nada serio, ni ella lo había querido llevar más lejos. Pero con Regina, en cambio, algo le decía que, si se dejaba engatusar por su elegancia, lo que sucedería entre ellas no sería precisamente algo ingenuo e inofensivo.

- Creo que habías venido por esta llave – Emma dijo tendiéndole la llave

- ¿Tienes hambre?

- ¿Qué?

- ¿Tienes hambre? —repitió la morena – voy a salir por una hamburguesa.

- Desde luego no podía decirse que la morena no fuera directa, se dijo Emma – ya he hecho planes – respondió. Y ella que se hubieran estropeado no era asunto de la morena – pero gracias de todos modos.

- Una de las comisuras de los labios de Regina se arqueó hacia arriba, y tomó la llave – hasta mañana entonces... Em.

La joven se quedó mirando la puerta con el ceño fruncido después de que Regina saliera del apartamento. ¿Cómo podía saber su diminutivo? No recordaba que Ana la hubiese llamado así delante de ella... A menos que... Abrió los ojos espantada y se giró hacia el sillón. ¡Dios, aquella rejilla de ventilación conectaba con la del cuarto de lavado!...

Dejó escapar un gemido de frustración y cerró los ojos. ¿Habría oído su conversación con Ana?, si las había oído debía saber que le había mentido cuando la había invitado a salir a cenar. Bueno, ¿y qué si las había oído? Se cruzó de brazos y apretó los labios. No le iría mal enterarse de que todavía quedaban personas en New York que eran capaces de resistirse a esa maldita sonrisa suya.

- Estás siendo ridícula – Emma se dijo a sí misma – te había invitado a comer una hamburguesa, nada más. Nadie llamaría a eso una cita, por amor de Dios

Sí, estaba llevando las cosas al extremo, razón de más para guardar las distancias con Regina. La había conocido ese mismo día, y ya estaba poniendo su mundo patas arriba.


DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: ni Once Upon a Time ni sus personajes me pertenecen. Al igual que las canciones que puedan aparecer en esta historia.


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