Silent Wish.

CAPITULO CUARTO.

Arthur se movió con cuidado, pensaba que, si hacía algún movimiento inapropiado podía repercutir de alguna manera a aquel ser, que aún no se había movido de aquel lugar, al inicio del pasillo. Su sonrisa burlesca y sus cejas arqueadas daban la correcta expresión de que estaba más que entretenido. ¿Cómo no estarlo?, este capricho había sido una buena decisión para el. Muy entretenido.

El cuerpo de Alfred seguía en el sofá, sin ningún indicio de despertar, cosa que alivio en cierta forma a Arthur, un alivio insignificante comparado con lo que veía ahora. Arthur apretó los ojos al cerrarlo, los volvió a abrir y el seguía allí.

Le arquea las cejas y hace un gesto cómico.

Eh, mírame, soy real.

No.

Arthur no quería que fuera real. Volvió la visión a Alfred y busco protegerlo de alguna forma, no sabía lo que aquello podía llegar a hacer, ni lo que quería hacer con él o consigo mismo.

—¿Qué…? –Se quedó a mitad de las palabras para cuando aquello se movió detrás del mueble frente a ellos dos. Puso sus manos a lo largo del espaldar del mueble ancho y suspiro, y al hacerlo tan profundamente, parecía que el aire de la sala hubiera sido aspirado y exhalado al mismo ritmo, toda la casa suspiro con un sonido inquietante.

Arthur tomo el cuerpo de Alfred, estaba semi desnudo en el mueble y se alegró –solo un poco— dentro de ese mar de angustia que estuviera respirando.

Reinó un largo silencio donde ninguno de los dos se quitó la mirada de encima. Mucho menos eso, que parecía estar bastante atento al intento del otro por proteger el cuerpo durmiente.

—¿Qué es lo que quieres? –

El ser se señaló a el mismo, con claro asombro.

—¿Quién? ¿Yo?—Sonrió y sus colmillos fueron cada vez más visibles, parecía regocijarse ante la pregunta. Y su respuesta seria para él un completo placer. — La pregunta aquí es: ¿Qué quieres tú? Es de lo que siempre se trató…es de lo que siempre se ha tratado.

El ser se levantó, ahora parecía estar confundido

—…Ah ¿no es eso de lo que se trata todo? Humanos, ambiciosos, siempre queriendo lo que no pueden tener. ¡Siempre se ha tratado de eso! —

Arthur arrugo el entrecejo, sus cejas gruesas se unieron en confusión, frustración.

—Oh vamos, no pongas esa cara –Le dijo él. –Apuesto a que se sintió bien ¿no?—Le cuestionó una voz justo a su lado, el ser había aparecido a su lado por arte de magia. Arthur casi siente que su corazón se detiene, soltó una exclamación seca y se alejó del sofá como si estuviera prendido en llamas, en su retroceso se golpeó el brazo con la mesa de madera. Se arrepintió, entonces, de haberse alejado de forma tan instintiva, Alfred seguía allí, acostado. Ahora era demasiado tarde, el ser se había acercado al cuerpo de americano y parecía custodiarlo.

Arthur parecía crecer en ansiedad. El ser ladeo el rostro entre confundido y algo entretenido.

—Oh no, no me digas que ahora te arrepientes—

—¿Qué le has hecho…?

—…Nada. – Le respondió este y comenzó darle caricias al cabello de trigo del cuerpo durmiente – Yo solo hice lo que querías que pasara. Oh vamos, Cejon amargado, la forma en que lo mirabas, era tan evidente. ¿No te gusta?

Arthur negó con la cabeza con vehemencia.

—Aléjate de él. – Ordenó el británico intentando parecer más valiente de lo que realmente se sentía. Se llevó las manos a las cienes pensando que todo esto fuera solo parte de su imaginación.—

Eso parecía pensarlo. Definitivamente Arthur no tenía muchas ventajas de ordenar aquello, por no decir ninguna, y había algo que eso odia de los humanos. Las ordenes. Arrugo un poco los labios pálidos y de repente todo su rostro se tornó serio. Denso, inescrutable y frio.

Miro a Arthur con intensidad, como si con solo sus ojos, fríos, azules y penetrantes pudiera apuñalarlo. Eso que había sido tan considerado, tan atento en darle lo que…no pidió.

Se alejó poco a poco del sofá. Arthur le siguió con la mirada. Eso podía caminar lentamente, como una especie de acecho, eso lo estaba observando, eso parecía molesto.

Arthur no pudo continuar observarlo. Desvió la mirada hacia Alfred y al querer volver a verlo, eso había desaparecido, de la sala, de donde estaba. Arthur dio una rápida mirada a su alrededor, alarmado, busco en todos lados con la vista. Se había ido. No importa. Debía salir de allí

Volvió a ver a Alfred, se acercó a el desesperadamente, lo movió, lo zarandeo e intento levantarlo.

—Alfred, despierta, tenemos que irnos – Le dijo, le tomó del rostro con cariño. Oh, era tan hermoso. Cuando este abrió los ojos no los reconoció.

Un azul brillante y su pupila felina. Alfred sonríe.

—¿A dónde quieres ir ahora? – Le pregunto y su voz no era la propia. – Arthur…

Este se alejó de él, casi al momento el otro se levantó sonriente. Respiro profundamente como si quisiera verificar que lo que sentía era real. Oh si, era gratificante tener un cuerpo que controlar. Volvió el rostro al británico

—… ¿Crees que de verdad alguna chica se resistiría a esta cara como para abandonarlo? – Alfred sonrió con autosuficiencia –

Arthur tomo distancia con lentitud, y observo como el cuerpo de Alfred se levantaba con tranquilidad. Aquel no era Alfred, este se llevó las manos al rostro y al cuello donde se reconoció algunas marcas.

—Eres demasiado lindo, Arthie…cuando estas desesperado— Alfred sonrió y mostró sus perfectos dientes. En otra ocasión aquella sonrisa hubiera sido encantadora, pero aquello solo hizo que Arthur se alejara por el pasillo con miedo a eso. – De hecho, creo que todos los humanos lo son...

Se adentró al pasillo y casi enseguida escucho a Alfred detrás de él. Movía sus dedos por las paredes cada vez que pasaba y golpeo la puerta de la habitación en donde Arthur se había ocultado. Golpeo otra vez y el sonido se escuchó por todo el pasillo.

—…Arthur. Déjame entrar… — Pidió amablemente y la golpeo otra vez, la madera tembló –

Arthur estaba por terminar de colocar el seguro en esta, su espalda pegada a la madera de la puerta tembló. Alfred, no, eso estaba golpeando la puerta nuevamente. Arthur se mantuvo firme en ese momento, cada golpe era una inquietante ola que le gritaba que debía salir de allí, buscar ayuda…

No sabía a donde ir en primer lugar, también sabía muy bien era esa cosa, el miedo no nos deja pensar, había escuchado decir alguna vez en algún momento que no puede recordar.

Pronto la puerta dejo de sonar. Los golpes de detuvieron y Arthur tuvo que moverse con sigilo y pego la oreja de la madera para detectar algún ruido. El silencio. Del otro lado Alfred estaba copiando su posición queriendo escuchar lo que Arthur hacia adentro.

El sonido de la madera crujir le perforo los oídos al Británico que se alejó de la puerta con un lamento.

Se sentó en la cama, de cara a la cómoda, el espejo redondo dibujaba su cuerpo, atormentado. Se llevó las manos a la cabeza. ¿Alfred? ¿Qué había pasado con él?... ¿qué demonios estaba sucediendo?

Si imaginación, quizá.

No, todo era demasiado nítido, demasiado real. Sintió la incertidumbre corroerle el alma. Su pecho ardía en angustia.

Miro su reflejo en el espejo y no se reconoció, parecía una víctima, perturbada alma. El reflejo le sonríe, levanta sus gruesas cejas, y le guiña los ojos. Su reflejo pegó las manos del espejo, lo ve malignamente.

— ¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar! – Ordena, golpeando el vidrio del espejo repetidamente. Arthur retrocede y se pega a la pared de la habitación, lejos de la puerta, lejos de la cama. — ¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar!

Cada vez que golpea el vidrio este parecía querer romperse, y cada vez que el sonido resonaba en la habitación, la mente de Arthur parecía temblar de incertidumbre. Cuando escucho el sonido de la puerta golpear nuevamente se sintió acorralado, se arrincono en la única esquina libre de su habitación y…como si de alguna forma pudiera evitar lo que se avecinaba, se cubrió la cabeza al escuchar el vidrio romperse. Luego el ruido ceso, y solo escucho diminutos pedazos de vidrio roto, se atreve a mirar aun encogido. El vidrio está en perfecto estado, arruga las cejas con incredulidad, pero no se atreve a moverse.

Se queda tieso cuando escucha el seguro de la puerta abrirse lentamente, tan lentamente se mueve hacia arriba y luego hacia la izquierda con suma delicadeza. La puerta se entreabre y lo único que puede hacer Arthur es esperar con un temor anticipatorio a lo que vendrá.

Se cubre la cabeza al sentir que el frio entra a la habitación. Escucha sus pasos ligeros, como si tuviera mucho cuidado de no ser escuchado y lo era porque no se dio cuenta de que estaba frente a él cuándo suspiro pesadamente.

—Mírame, Arthur. Eso…así —

Arthur solo levanta un poco la cabeza y lo ve; esta allí, sus ojos observándolo, brillantes. Podía ver a través de su espíritu. Esa gélida mirada podía leerlo completamente. No hacía falta decir nada.

—Yo sé lo que quieres… —

Eso sonríe.

Un manto de oscuridad se instala detrás de él, se hace cada vez más grande, más amplio, cubriendo cada rincón de la habitación.

—Yo sé lo que deseas— Y aquellas palabras le causaron un terror inenarrable, Arthur tembló sin poder controlarse. Al verlo sonreír tan satisfecho supo que era inútil suplicar por piedad, porque su única motivación eran los caprichos, no era un humano y no podía sentir compasión, se regocijaba más bien, en el sufrimiento ajeno. Así era eso. Y de no haberlo visto antes quizá no habría tenido esta oportunidad tan divertida.

Arthur cerró los ojos mientras era envuelto en aquella oscuridad, en sus propios deseos. Terriblemente frío, inicuo.

Cuidado con lo que deseas, no hace falta decirlo, nunca se sabe cuándo eso está cerca.


DamistaH.