Capitulo largo para compenzar la demora. Espero que les guste y lo disfruten.
Dejen sus comentarios y opiniones. Gracias por leer :D
Disclaimer: Los personajes de Once Upon a Time no me pertenecen y son propiedad de sus respectivos autores. Esta historia esta creada con fines de entretenimiento y cualquier parecido con la realidad es coincidencia.
Empaque todas mis pertenencias en mi bolsa de lona y con ellas mis ilusiones y esperanzas. Al anochecer comencé a caminar hacia el lugar de siempre; la noche era fría y la luna brillaba entre las nubes que se expandían por el cielo. Mi aliento formaba un humo blanco cuando lo dejaba escapar, sentía mis dedos fríos y mis manos temblaban. En realidad todo mi cuerpo temblaba, pero no era por el frio, eran los nervios que me traicionaban.
Sabía que Regina y yo podíamos ser felices juntos y que podíamos empezar una nueva vida; sabía que ella no se arrepentiría de irse conmigo, pero dentro de mí, muy dentro de mí, se escondía un profundo temor a que algo saliera mal.
Cuando llegué a nuestro lugar recorrí con la mirada mí alrededor y después me deje caer en el pasto para sentarme a esperar por Regina. Froté mis manos rápidamente para tratar de recuperar el calor. Después de varios minutos de seguir sintiendo frio decidí buscar algo de leña para hacer una fogata. Dejé mi bolsa de lona en el suelo y camine un poco entre los árboles para encontrar ramas necesarias para una pequeña y cálida fogata.
Recogí toda la madera que mis brazos me permitieron y regrese a donde había dejado mi bolsa. Dejé caer las ramas al suelo y las acomode para formar una pequeña pirámide, abrí mi bolsa y busque entre mis pertenencias una caja de cerillos.
Encendí la fogata recordando lo que mi padre me había enseñado y segundos después el calor que esta desprendía empezó a devolver el calor a mi cuerpo. Me senté ante el fuego y esperé por Regina.
La fogata empezaba a consumirse y ya solo se podían sentir el calor que las cenizas dejaban escapar. Si no me equivocaba ya era cerca de la media noche y Regina aun no aparecía. Estaba comenzando a preocuparme, ya había pasado demasiado tiempo sin tener noticias de ella.
Me levante del suelo y sentí como mi vista se nublaba haciéndome ver destellos de colores. Parpadeé varias veces tratando de recuperar la vista pensando en que eran efectos del cansancio y luego observe todo el perímetro sin encontrar rastro alguno de Regina.
Los ruidos del bosque eran lo único que podía escuchar y la luz de la luna marcaba las sombras de los árboles, el frió se hacía cada vez más intenso y mis ojos ardían mientras intentaba resistirme al sueño.
Esperé sentado ahí hasta el amanecer y Regina no apareció, ella no llegó, me dejó ahí con la ilusión de una vida juntos.
Sentí una presión en mi pecho y las lágrimas ardían en mi garganta; los sentimientos se estaban apoderando de mí y los latidos de mi corazón dolían contra mi pecho.
Me levante con lentitud y tome mi equipaje para colgarlo sobre mi espalda. Respire profundo y convertí mis manos en puños, comencé a caminar en dirección del castillo decidido a ver a Regina. No iba a perder las esperanzas, tal vez ella no había querido dejarme ahí esperando, tal vez sus padres habían descubierto nuestro plan y la tenían encerrada en el castillo sin poder comunicarse.
Atravesé el bosque con pasos largos y seguros y cuando observe el castillo frente a mí, una sensación paralizante se apodero de mi cuerpo y me quede parado observando como el palacio estaba decorado, la gente entraba, los carruajes llegaban y la música se podía escuchar desde el interior.
Arrugué mi frente preguntándome que era lo que estaba pasando en ese lugar. Con pasos lentos me acerque a la puerta del castillo tratando de observar hacía el interior. Los guardias en la puerta me miraron con desconfianza y me detuve frente a ellos mirándolos con seguridad.
—No puede entrar sin una invitación — Me dijo uno de los guardias.
—Solo quiero saber ¿Qué es lo que se está celebrando? — Respondí con un tono firme.
—Es el compromiso de la princesa Regina con el Rey Leopoldo.
Mi mandíbula callo hasta el suelo y mis ojos se abrieron como platos, sentí un temblor recorrer todo mi cuerpo y mis piernas solo consiguieron alejarse de la vista de los guardias y después ya no pude sostenerme. Caí sobre mis rodillas sintiendo que no podía respirar, mi intento por regresar el oxigeno a mis pulmones era totalmente inútil.
El mundo se me vino encima, sentía como si todas mis ilusiones y deseos fueran grandes rocas que caían sobre mí aplastándome hasta que las lágrimas fueron lo único que lograba aliviar esa presión.
Sabía que no podía quedarme ahí pero no podía moverme. Por más que trataba de controlarme las lágrimas salían de mis ojos en contra de mi voluntad y caían por mis mejillas mientras mi cabeza se apoyaba en mis rodillas.
Respire profundo y me levante del suelo reuniendo toda la fuerza que me quedaba y comencé a caminar por donde había venido sin saber cómo lograba seguir dando cada paso hacia el pueblo.
Habían pasado dos días y yo no podía salir de la pequeña cabaña en la que vivía. Estaba sentado en mi cama viendo la vida pasar por la ventana, pensando en Regina y en lo que había pasado entre nosotros.
Mi corazón aun no lo podía creer, pero mi cerebro lo había comprendido desde el momento en que supe que ella se iba a casar con el Rey. Regina me había abandonado, me había dejado y me hacía hecho creer que me amaba, que estaba dispuesta a dar todo por mí y que nunca más nos separaríamos.
Pero todo había sido una mentira, todas y cada una de sus palabras habían sido una mentira clavándose en mi corazón como pequeñas agujas, y ahora que veía todo con más claridad, esas pequeñas agujas se habían ido dejando a mi corazón romperse en mil pedazos.
Debí de haberlo sabido, una princesa jamás se fijaría en un simple campesino. Tal vez yo solo era uno más de sus caprichos, una más de sus diversiones. No sé en qué pensaba cuando me enamore de ella, cuando deje que sus ojos me envolvieran en un mundo de fantasía en donde no importaba nada más que ella y yo. Me entregue a ella sin cuidar mis pasos, siempre fui sincero y pensé que ella también lo era. Pero que equivocado estaba.
Pensar en Regina era tan doloroso como caminar sobre espinas; había prometido quererla para siempre y era cierto. Solo podía imaginar mi vida a su lado y ahora todo había desaparecido, todo se había esfumado como cuando el mar borra las huellas en la arena.
Perdí mi trabajo por no presentarme en el campo, y solo era una parte más de mi vida que se desmoronaba. Tenía dinero para vivir unas semanas más, pero necesitaba conseguir un nuevo trabajo si no quería quedarme en la calle.
Mi cuerpo parecía ser el impedimento para comenzar a hacerlo; no tenía energías para nada, no había probado comida y la falta de sueño comenzaba a dejar estragos sobre mí. Regina me estaba destruyendo por dentro, era como una epidemia que avanzaba dentro de mí destruyendo todas mis ilusiones que me impulsaban a vivir.
Pensé en mi madre. Ella me había dejado ir para que buscara mi felicidad al lado de la mujer que yo amaba. Pero qué pensaría ella ahora sabiendo que esa mujer solo jugo conmigo y que me había dejado ir solo para perseguir un sueño inalcanzable.
Sé que soy un tonto por seguir sufriendo por Regina, sé que no debería dejar que esta situación se llevara mis ganas de vivir. Pero simplemente no podía evitarlo. El solo hecho de imaginar que ella estaba feliz, a punto de casarse y ser la reina del Bosque Encantado, me hacía sentir una amargura en la boca y mi corazón se encogía. Mi mente me gritaba que dejara ya de pensarla, que dejara de darle importancia a alguien que ni siquiera se preocupaba por mi; alguien que me había hecho creer que era su mundo y después había dejado que el mío se derrumbara.
Se había casado, Regina se había casado horas antes y en el palacio había una gran fiesta para celebrar aquella unión. Solo habían esperado un mes para casarse y por lo que pude escuchar la boda fue espectacular, la más espectacular de todos los reinos según la gente del pueblo.
Yo también estaba celebrando el matrimonio de Regina, ¿Por qué no habría de hacerlo? Fui a la taberna y pedí un buen tarro de cerveza. En realidad, ya me había tomado varios pero ni así lograba aplacar la tristeza, la ira y el resentimiento que mi corazón sentía en cada latido.
No quería ahogar mis penas en el alcohol, pero simplemente necesitaba olvidarme de ella por un rato, y al parecer las cervezas no estaban surtiendo su efecto. Cada vez pensaba mas en ella; Regina era como una herida en mi pecho, se estaba cerrando con lentitud y un dolor insoportable, pero aun cuando el tiempo pasara yo no podría olvidarme de ella porque siempre estaría ahí la cicatriz para recordarme que ella había existido.
Pero ahora, ya no había marcha atrás; ella ya no era mía… nunca lo fue. Y tenía que aceptarlo.
Larga vida a la reina.
Me olvide que aun llevaba este diario conmigo. Lo encontré entre mis cosas y lo mire durante un rato antes de volver a escribir en el. Me había pasado algo que necesitaba escribir, que necesitaba sacar de mí ser para sentirme más tranquilo.
Hace un año, Regina se había casado y yo… Yo me había convertido en un ladrón y no estaba orgulloso de eso. Un mes después de buscar trabajo sin éxito, conocí a un hombre llamado John quien me presentó a un hombre que tenía un "trabajo" para mí.
Hasta que llegue a esa cita supe que se trataba sobre robar algo muy valioso. El objeto estaba custodiado por un hechicero y nadie antes había podido llevárselo. La paga que me ofrecían era bastante buena, así que decidí tomar el riesgo.
Y en contra de todas las posibilidades pude robar aquel objeto. No pude ver lo que era, para mí solo parecía una pequeña bola de cristal sin importancia. Mis habilidades de cazador me habían ayudado a ser cauteloso y asechar a mi presa hasta tener la oportunidad de dar el tiro de gracia.
Recibí una jugosa recompensa y una reputación que yo no había pedido. Tiempo después John y yo nos habíamos convertido en los ladrones más famosos del reino y también en los más buscados; no era algo que me hacía sentir orgulloso, pero me estaba ayudando a llevar una buena vida.
Y aunque cada día se volvía más peligroso mi estilo de vida, yo no quería dejarlo. Toda esa adrenalina me ayudaba a dejar de pensar en todo lo que había sufrido, en todo lo que Regina me había hecho sufrir.
Había rumores que corrían por el Bosque Encantado, rumores que decían que ella se había vuelto amargada y solitaria. El rey había muerto hace poco y su hija Snow White estaba devastada, pero no Regina. Ella estaba tomando las riendas del reino pero no estaba actuando como una reina bondadosa y comprensiva.
John y yo seguimos con los robos y cada vez eran cosas más grandes que nos dejaban más dinero. Después de que todo salía bien, celebrábamos en la taberna con una buena cerveza y de vez en cuando John festejaba con algunas chicas que se acercaban a nosotros. A decir verdad yo no podía ni siquiera pensar en la idea de tener a mi lado a una mujer. No después de todo lo que había pasado en mi vida.
Ahora era un ladrón que pasaba sus días tratando de olvidar a una mujer a través del dinero y el alcohol. John sabía que yo tenía el corazón roto y que eso era lo que me había llevado a ser lo que soy ahora, y el siempre me decía: "Vamos amigo, ninguna mujer puede ser tan hermosa como para impedir que vuelvas a vivir tu vida". Pero él no sabía que esa mujer era Regina, que para mí nunca habrá mujer más hermosa que ella y que mi vida nunca sería vida después de que ella tuviera mi corazón en sus manos y lo destrozara sin piedad.
Hoy conocí a una mujer llamada Marian y sorprendentemente era la primera mujer que había logrado despertar algo en mí después de todo este tiempo. Fue tan rara toda esa situación.
John y yo no habíamos tenido un trabajo en días y el dinero se nos estaba terminando. Por varios días observamos una granja en donde tenían varios caballos de raza pura y seguramente pagarían un buen precio por ellos.
Decidimos llevar a cabo todo el plan durante la noche. La familia que vivía en la granja se dormía temprano y si actuábamos a media noche nadie se daría cuenta de nada. John y yo esperamos escondidos hasta que las luces de la granja estuvieron apagadas y ni un solo ruido salía del interior de la casa.
Caminamos cuidando cada paso y con los ojos bien abiertos, yo llevaba el arco en una mano y John llevaba un pequeño cuchillo. Nunca solíamos lastimar a nadie, las armas solo eran una medida de precaución que nunca habíamos necesitado usar.
Abrí la puerta del establo y John entro para revisar que todo estuviera despejado. Segundos después me hizo una seña para que entrara y fue cuando colgué mi arco en mi espalda para poner tener las manos libres.
Sin pensarlo dos veces tomamos los cuatro caballos que se encontraban dentro y los sacamos las caballerizas tratando de no asustarlos. Nos llevamos a los caballos sin ningún problema, los animales estaban bien entrenados y no protestaron a nuestras órdenes.
Para el amanecer ya estábamos en el pueblo tomando nuestra acostumbrada cerveza. —Habíamos dejado los caballos atados afuera de la taberna y de vez en cuando echábamos un vistazo por la ventana para ver que todos estuvieran ahí.
La sorpresa fue cuando una mujer entro a la taberna. Camina segura de ella misma con los ojos cafés llenos de furia. Sus ropas eran sencillas y su cabello formaba largas hondas sobre sus hombros.
—¿Me pueden decir quién fue el valiente que se atrevió a robar los caballos de mi padre? — Preguntó ella mientras colocaba sus manos en su cadera.
Todos y cada uno de los hombres en la taberna se habían quedado con la boca abierta y habían dejado sus bebidas de lado para observar aquella escena.
—Creo que tienes problemas Robín — Comentó el hombre que atendía la barra.
Mis ojos viajaron de la mujer hacia el hombre y lo fulminaron con la mirada para después regresar hacia la mujer que ya solo estaba a unos pasos de mí.
—¿Así que tú fuiste quien los robo?
—Fue algo así como tomarlos prestados por un tiempo — Respondió John con una pequeña sonrisa.
—Es increíble que hicieran eso… ¿Qué nunca les enseñaron a respetar las pertenencias de las otras personas? — Ella arrugo su frente mientras miraba a John — Supongo que no. La gente como ustedes nunca se detiene a pensar todo lo que un hombre ha trabajado para tener una casa y un trabajo digo. Ustedes solo roban sin pensar en las consecuencias que sus actos dejan.
Las palabras no salían de mi boca, me había quedado paralizado mirando fijamente a aquella mujer que defendía con pasión las posesiones de su padre.
—Ahora, si me disculpan… Me llevare los caballos de mi padre a donde pertenecen.
Ella dio media vuelta y camino con la misma determinación con la que había entrado. Desato a los caballos y segundos después estaba tratando de llevarse a los cuatro caballos ella sola.
Me levante rápidamente y corrí hacia ella, me coloque frente a ella y se detuvo fulminándome con la mirada.
—Se que estas molesta — Dije mostrando las palmas de las manos — Y te entiendo.
—¿Qué quieres? ¿Convencerme de que te deje quedarte con los caballos?
—No, al contrario… Quiero pedirte una disculpa.
Sus palabras me habían hecho reflexionar. Ella tenía razón, nosotros nunca pensábamos en las consecuencias que dejaban nuestros robos, nunca nos deteníamos a pensar en las personas que lastimábamos y hasta ahora me daba cuenta.
Había estado cegado por mi egoísmo y por la necesidad de enterrar mi pasado en un presente incierto.
—Por favor. Déjame ayudarte a llevar los caballos de vuelta — Continué hablando en un tono suave — Déjame disculparme con tu padre y aceptar el error que cometí al robar sus caballos.
Ella ladeo la cabeza y observe como sus ojos se movían inquietos, como si estuvieran analizando el momento tratando de confirmar lo que sus oídos habían escuchado.
—¿Enserió quieres hacer eso?
—Es lo correcto.
Entregue los caballos al dueño de la granja y me disculpe con el prometiéndole que eso jamás volvería a pasar. Aquella mujer me dijo que su nombre era Marian y le agradecí por haberme hecho ver lo que en realidad hacia cada vez que robaba a alguien. Las personas pasaban por necesidad, el pueblo se veía afectado y simplemente esa idea me hacía sentir avergonzado en lo que me había convertido.
John y yo tomamos una decisión que cambió nuestros rumbos para siempre. Decidimos seguir robando, pero esta vez no para nuestro beneficio; robábamos a la gente rica y poderosa del Bosque Encantado y lo repartíamos al pueblo. Nuestras ganancias se dividían con todas y cada una de las personas que necesitaban comida, un hogar o incluso saldar deudas.
Después de aquel incidente con Marian, ella me había perdonado y habíamos seguido viéndonos de vez en cuando. Ella me contó la historia de su vida y yo le conté la mía pero ahorrándome detalles innecesarios sobre la chica que me había roto el corazón.
Marian me dijo que cuando alguien te rompe el corazón es difícil volver a amar, pero no imposible. Ella era una mujer bella por dentro y por fuera, era alegre y se preocupaba por los demás. Cuando John y yo regresábamos al pueblo ella nos ayudaba a repartir las ganancias en el pueblo. Y aunque su padre no estaba muy de acuerdo en que ella estuviera involucrada en esta situación ella seguía haciéndolo y siempre me decía que había una razón en especial pero nunca me decía cual era esa razón.
Con el tiempo, más hombres se sumaron a nuestra causa, los entrené y nos convertimos en la banda de ladrones más buscados en todo el reino. Los chicos de la banda habían decido llamarnos "Merry Men" y yo estaba bien con eso.
Así que por todo el bosque podías encontrar carteles ofreciendo recompensas por nosotros. Los caballeros negros de la reina nos perseguían y muchas veces habían estado cerca de atraparnos, pero siempre lográbamos huir.
Regina me buscaba sin saber quién era realmente. El pueblo había comenzado a llamarla la reina malvada. Ella se había convertido en una mujer llena de rencor, segada por su búsqueda por la princesa Snow White.
No había vuelto a ver a Regina en mucho tiempo, pero los carteles de "se busca" con la cara de la princesa en ellos eran prueba suficiente para comprobar todas aquellas acciones innecesarias que se decían que Regina estaba cometiendo.
Parte de mi corazón se entristecía al saber aquello, en saber que Regina solo estaba impulsada por odio y una venganza por la que yo no sabía el motivo.
Pero así eran nuestras vidas ahora. Yo me había convertido en Robín Hood, el ladrón que robaba a los ricos para dar a los pobres y ella… Ella se había convertido en la reina malvada.
Marian me confesó sus sentimientos hacía mí y yo no pude hacer otra cosa más que mirarla con los ojos bien abiertos. Ella me dijo que me quería y que nada la haría más feliz que comenzar una vida a mi lado, que a pesar de todo ella estaría conmigo y que no le importaban los riesgos que podía correr al estar conmigo; me dijo que todo valía la pena con tal de estar a mi lado.
La ternura de sus palabras inundo mi corazón y me dejo sin habla. Marian me dedico una pequeña sonrisa y se alejo lentamente de mí diciéndome que quería que lo pensara muy bien antes de darle una respuesta.
Fui a la taberna y me senté a pensar acompañado de una cerveza y clave mi vista en la mesa de madera tratando de averiguar qué mi corazón quería. Mi corazón quería ser curado, sentirse de nuevo vivo y amado, pero por otra parte siempre amaría a Regina y la llevaría dentro.
Marian era una buena mujer, y sin duda sería una buena compañera de vida y tal vez una excelente madre; pero ¿Por qué todas esas cualidades no podían ser suficientes para amarla? ¿Por qué no podía corresponderla?
Estúpido corazón, siempre ha sido un estúpido. ¿Pero qué podía hacer yo? Los sentimientos eran algo que nunca aprendí a controlar. Simplemente tienen vida por si solos y se apoderan de mí.
Pero ya era a tiempo, tenía que olvidar a Regina y seguir con vida como ella había seguido con la suya. Después de todo, ella jamás había vuelto a buscarme, ella jamás se había interesado por mí y hasta ahora estaba totalmente seguro de que ella ya se había olvidado de mí.
Observe el tatuaje en mi brazo derecho del estandarte de león, el símbolo de nuestra banda; y como líder de ella había decidido tatuarlo en el interior de mi antebrazo. Acaricie la tinta del tatuaje con la yema de mis dedos y deje escapar un suspiro.
Este era el hombre que yo era ahora, un hombre que necesitaba ser feliz y seguir adelante con su vida. Un hombre que necesitaba dejar ir el pasado para poder ver su futuro. Di el último trago a mi cerveza y me levante de mi asiento con determinación.
Ya lo había decidido. Me daría una oportunidad con Marian, mi oportunidad de empezar una nueva vida estaba junto a ella… Pero antes, tenía que hacer una última cosa para dejar ir el pasado por completo.
Camine por el bosque con la luna alumbrando mi camino. El aire fresco de la noche llenaba mis pulmones, cada vez que respiraba profundo tomaba el valor para seguir caminando hacia aquel lugar. Nuestro lugar.
Cuando estuve ahí, me quede paralizado. Mis ojos repasaban cada detalle del lugar y en mi mente estallaban los recuerdos de todos los momentos que Regina y yo vivimos juntos. Recuerdos que muchas veces me llenaban de vida y alegría. Pero hoy, hoy solo me dejaban un sabor amargo en la boca.
Encendí una fogata, como la última vez que estuve ahí, y me senté frente a esta mirando fijamente las llamas. Saqué la hoja de papel doblada que llevaba en el bolsillo de mi pantalón y la desdoble con mis manos temblorosas. Observe fijamente la escritura en ella y mis ojos se llenaron de lágrimas mientras miraba las palabras que yo mismo le había escrito a ella.
Ya hacía mucho tiempo que le había escrito aquella carta a Regina, pero nunca la envié. Nunca tuve el valor necesario para hacerle llegar aquellas palabras que expresaban mis sentimientos más profundos.
Arrugué la hoja hasta convertirla en una pequeña bola de papel y la lancé al fuego; la observe arder y volverse cenizas.
Aún sigo recordando todas y cada una de las palabras escritas en aquella hoja. Todas esas palabras que expresaban mis sentimientos encontrados al recordar a Regina. A aquella mujer que fue mi salvación y ahora es mi ruina:
"Mi querida Regina.
Esta es la última vez que sabrás de mí, la última vez que mi nombre será mencionado por tus labios al terminar de leer esta carta.
La última vez que nos vimos me dijiste que empezaríamos una vida juntos, que solo seriamos tú y yo. Pero todo fue una mentira. Me dejaste creer que tus sentimientos hacía mí eran sinceros. Nunca había tan enamorado. Cuando me besaste caí bajo tu hechizo pero todo lo que tú hiciste fue lastimarme
Uno no elije de quien enamorarse, uno no le dice al corazón que hacer o a quien entregarse. No sé qué era lo que pensaba yo al enamorarme de ti, al escuchar todas aquellas promesas que hoy parecen solo palabras vacías. Me fuiste enredando y caí como loco a tus pies; trate de hacerte feliz, de darte todo lo que era y lo que tenía, pero tal vez eso no fue suficiente. Tal vez todos aquellos besos y caricias eran falsos y solo buscabas un pretexto para irte, para dejarme de lado sin tener que dar explicaciones.
Quisiera decirte que ya no te amo, que ya no siento nada por ti, pero estaría mintiendo. Quisiera odiarte, pero no puedo. Quisiera ya no sentir mariposas en el estomago cada vez que te recuerdo, pero no puedo. Simplemente no puedo deshacerme de todo lo que tú me hiciste sentir en un abrir y cerrar de ojos. No puedo evitar preguntarte en donde estas, o que estás haciendo; si estas sintiéndote sola o si alguien te esta amando y te tiene entre sus brazos.
Llevo toda la noche observando la luna salir y desaparecer. Pienso en la vida que habríamos podido llevar si las cosas hubieran sido distintas. Tal vez yo hubiera podido observarte mientras dormías sin que fuera algo que solo pasa en mi cabeza, sino parte de nuestro día a día. Verte despertar con una sonrisa, y solo yo poder contemplarte, sería egoísta y no compartiría ese momento con nadie. Solo el amanecer sería mi cómplice cuando me escuchara susurrarte un te amo y darte un beso a los labios.
Pero eso no pudo ser. Me aferré a la idea de que eras el amor de mi vida. Y ahora sin ti me siento como la mitad de un todo; todo se volvió blanco y negro y pasa en cámara lenta. Camino y siento que me desintegro, se agotaron mis energías, me estoy viniendo abajo, a penas estoy respirando con un corazón roto que sigue latiendo. El idealizarte a mi lado noches y días hizo más dura la caída y me di cuenta de la gravedad dolía.
Tal vez tú ya te olvidaste de mí; Puede ser que ya sea parte de ese pasado que no quieres recordar, pero te puedo asegurar que por más que pase el tiempo yo seguiré viendo tu reflejo en mis ojos.
Estoy esperando un nuevo día, con la esperanza de que mi corazón pueda cerrar sus heridas poco a poco; poder pensarte sin sentir un nudo en la garganta que me sofoca y no me deja respirar. Poder escuchar tu nombre sin que mi corazón se acelere y poder ver tu rostro sin que mi pecho duela. Pero la verdad… Creo que eso será imposible.
Siempre tuyo, Robín".
Han pasado ya dos años desde que Marian y yo decidimos intentarlo, desde que decidí comenzar una nueva vida.
Hoy Marian me dijo que tenía una sorpresa para mí, y que era algo que me haría muy feliz. A la hora de la cena me confesó que estaba embarazada y sentí como mi corazón se llenaba de alegría.
La ilusión de tener un hijo me hacía sentir el hombre más afortunado del mundo. Tenía a mi lado a una mujer que me amaba y que ahora me ayudaría a formar la familia que yo siempre quise.
Estaba seguro de que mi vida había comenzado a cambiar para bien. Ahora tenía una casa, un lugar a donde llegar después de los largos viajes que los "Merry Men" y yo emprendíamos. Ya me era tan familiar llegar a aquella pequeña y acogedora cabaña y ver a Marian ahí, esperándome con una sonrisa. El aroma a flores y comida recién hecha llenaba mis pulmones y automáticamente una sonrisa escapa de mi rostro.
Y ahora solo podía pensar que pronto tendría un bebé que acompañaría a todo eso, para hacer mi vida mejor. Una razón más para regresar a casa, una razón más para sonreír.
El bebé esta a poco de nacer, pero Marian está enferma y los doctores no saben decir que es lo que le pasa. Ella cada día se veía más pálida, más ojerosa; se veía acabada y débil. Mi preocupación por ella y por el bebé era tan grande que decidí emprender una misión casi suicida.
Comencé un viaje hacia el castillo de Rumplestilskin, el oscuro. Mi plan era robar una varita mágica para poder curar a Marian. Escuche que él tenía en su poder toda clase de objetos mágicos que podían ayudarme en mi objetivo.
Cuando llegué al castillo lo observe por varios minutos analizando cada entrada y salida, cada puerta y ventana. Mi momento llego cuando observe al oscuro salir del castillo, lo observe caminar hacia los jardines y con pasos sigilosos me colé en el gran palacio oscuro.
Con el arco en mano preparado para disparar, los ojos y oídos alertas y pasos ligeros, caminé por los pasillos intentando encontrar la sala en la que tenia aquellas varitas mágicas. Los rumores decían que por todo el castillo había objetos mágicos, pero en el gran salón se encontraban los de más valor.
Observe una gran y dorada puerta que estaba entreabierta. Me acerque lentamente y pude ver una gran cantidad de objetos en pedestales y vitrinas. Abrí un poco más la puerta y entre en la habitación dando con el blanco.
Frente a mí estaba la varita mágica y mis ojos se iluminarlo al verla. Caminé hacía ella rápidamente y la tome entre mis manos, pero no fue tan fácil como yo esperaba.
El oscuro apareció ante mí y mis ojos se abrieron como platos.
—¿Realmente creías que podías robarle al oscuro? Robín Hood.
—Tenía la esperanza — Respondí con algo de sarcasmo tratando de mostrarme lo más seguro posible.
Rumplestilskin soltó una risita burlona y se acerco a mí mirándome con esos ojos saltones.
—Nadie le roba al oscuro.
Me atrapo, me torturo y me hizo pasar un infierno por intentar robar aquella varita. Llevaba días sin comer y sin tomar agua. Mis brazos, pecho y espalda sangraba y mi rostro estaba hinchado de los golpes que había recibido.
Mis esperanzas de regresar se desvanecían con cada día que pasaba y mi preocupación por Marian crecía al no tener ninguna noticia de ella. El oscuro no me dejaría escapar, estaba seguro de que me mataría.
La puerta se abrió y levante la mirada parpadeando varias veces para acostumbrar mis ojos a la luz. Pude distinguir a una figura pequeña que titubeaba antes de dar cada paso.
—¿Estás bien? — Preguntó una mujer con una voz bastante peculiar.
—Aun sigo vivo… — Respondí en un susurro.
—No te preocupes… Todo estará bien.
Las cadenas que me tenían atado se soltaron de pronto y mi cuerpo tembloroso cayó al suelo. La mujer se acerco y me ayudo a ponerme de pie; difícilmente mis piernas sostenían mi cuerpo.
Segundos después me repuse y mire el rostro de la mujer. Ella me dedicó una pequeña sonrisa y puso en mis manos la varita mágica.
—Ahora vete… Antes de que Rumple regresé.
Asentí y guarde la varita en el bolsillo de mi pantalón. Caminé hacia donde estaban mis pertenencias y me apresure a colocarlas todas en su lugar. Me detuve en el marco de la puerta y di media vuelta para observar a la chica que me había ayudado.
—Gracias… — Ella me sonrió — ¿Puedo saber tu nombre?
—Belle.
—Muchas gracias Belle. Esto nunca lo olvidare.
Ella asintió y yo me fui del castillo lo más rápido que pude. Caminé aun sintiendo las piernas temblorosas y busque mi caballo con los ojos. Me apresure a llegar hasta el caballo que seguía en el mismo lugar donde lo había dejado.
Me subí rápidamente en el y agité las riendas para que el caballo comenzara a avanzar.
Cuando llegue a casa, me apresure a llegar hasta la habitación en donde Marian se encontraba. Ella estaba recostada en la cama respirando lentamente. John estaba a su lado y cuando me vio llegar se levanto de un salto de su silla.
—¿Pero qué fue lo que te paso? — Preguntó él preocupado.
—Eso no importa — Respondí hincándome al lado de Marian — Lo importante es que conseguí la varita mágica.
John me observo con ojos llenos de sorpresa mientras sacaba la varita de mi pantalón. Respire profundo y pase la varita sobre el cuerpo de Marian observando como la magia le regresaba el buen aspecto a mi esposa.
Segundos después, ella abrió los ojos y parpadeo varias veces. Giro su cabeza lentamente hacia mí y me dedico una pequeña sonrisa.
—Robín — Susurró ella.
Había funcionado, Marian estaba bien ahora.
El bebé había nacido, era un niño. Un niño realmente hermoso, lleno de vida, tan pequeño que podía tomar su cabeza en mi mano y su cuerpo llegaba hasta mi codo. No podía dejar de sonreír al ver los pequeños ojos cafés de mi hijo. Marian estaba feliz y recuperándose del parto, sus ojos brillaban cada vez que sostenía a nuestro hijo en sus brazos.
—¿Cómo vamos a llamarlo? — Pregunté acariciando la cabecita de mi hijo.
Marian lo sostenía entre sus brazos mientras ambos lo observábamos dormir.
—Roland — Respondió ella con una pequeña sonrisa.
—Roland.
Nunca había deseado llegar a casa tanto como ahora. El caballo ya no era lo suficientemente veloz para mí y mi deseo por llegar a casa. Roland tenía tres años y cada vez que regresaba de un viaje él corría y se lanzaba a mis brazos para saludarme.
Cuando vi la cabaña a lo lejos, sentí que mi corazón se aceleraba. Hicé que el caballo corriera lo más rápido posible y me baje de un salto al llegar al porche. Abrí la puerta y mi hijo se lanzo en mis brazos. Lo abracé con todas mis fuerzas y lo levanté del suelo para cargarlo entre mis brazos.
Observe a John salir de la cocina. Su rostro estaba acongojado y preocupado. Arrugue la frente y deje a Roland de vuelta al suelo.
—¿Qué pasa? — Pregunté con curiosidad.
—Roland, ¿Por qué no vas a jugar un momento afuera?
El pequeño asintió y salió corriendo hacia afuera. Escuche al resto de mis hombres saludar a mi hijo y la pequeña risa de Roland.
—¿Me vas a decir que está pasando?
—Es Marian… — Susurró él — Robín, Marian esta…
—¿Qué pasa con Marian? Dímelo de una vez John — Mi voz sonaba impaciente y había avanzado varios pasos hacia él.
—Un día después de que te fuiste, Marian salió a comprar algunas cosas y me pidió que me quedara con Roland — Respondió John con la mirada clavada en el suelo — Ella nunca volvió… — Mis ojos se abrieron como platos y mi corazón se acelero — Así que decidí empezar a buscarla, pero pasaron los días y no podía encontrarla… Esta mañana, encontraron su cuerpo… Robín, Marian esta… ella está muerta.
Mis piernas temblaron y mi cuerpo cayó al piso. Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas y de mi boca no salía palabra alguna. No podía creer lo que había escuchado, no podía creer que Marian, mi esposa, ya no estaba.
No, ella no podía estar muerta. Ella no podía abandonarnos a mí y a Roland. Mi pecho dolía, mis pulmones inhalaban y exhalaban pero yo sentía que no podía respirar.
Marian ya no estaba más conmigo.
