Capítulo 3 – Casi

Miedo (del latín metus):

1. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o un daño real o imaginario.

2. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Era una palabra siempre presente en el vocabulario de Kate. Si alguien tuviera una lista de las palabras más usadas de la detective, "miedo" estaría entre las diez primeras. Aunque, curiosamente, era algo más pensado que dicho en voz alta.

Pocas veces se escuchaba a Kate Beckett decir que tenía miedo, pero la sensación la acompañaba casi a diario. Desde que se rindió al quizás, era lo primero que sentía cuando abría los ojos por la mañana en su cama vacía y lo último sobre lo que reflexionaba antes de que el agotamiento del día la venciera y se quedara dormida.

Cuando era pequeña, le aterrorizaba la oscuridad. Todavía recordaba las estrellas que brillaban que su padre le había pegado con blu-tack en el techo de su habitación – con la forma de las constelaciones reales, claramente – para que no se sintiera tan sola por las noches. Si eso no era suficiente, su madre le ponía una luz en el pasillo de forma que alumbrara la puerta abierta de su cuarto y se colara de forma suave hacia dentro, lo justo para que no estuviera todo sumido en sombras pero no tanto como para no dejarla dormir.

Más adelante, su miedo eran los monstruos. A diferencia de la oscuridad, estos también podían atacar durante el día, lo que les hacía mil veces más peligrosos. Adoptaban cualquier forma, estaban en cualquier rincón, acechando, a la espera de que sus padres se fueran de la sala y pudieran saltar sobre la indefensa y pequeña Kate. La noche, si eso, solo les volvía más impredecibles y escurridizos. Las estrellas de su techo o la luz del pasillo no servían, eran insuficientes, sus padres tenían que asegurarse de forma exhaustiva de que su habitación estaba libre de visitantes indeseados antes de que ella se atreviera a meter un pie dentro.

Llegó a su adolescencia y sus miedos cambiaron y tomaron forma de expectativas. Temía no encajar, quedarse sola, no estar a la altura de lo que en ese momento se consideraba como guay. Temía que nadie se fijara en ella nunca, que esos estúpidos brackets que sus padres le habían obligado a llevar causaran que ningún chico la encontrara guapa y no supiera lo que era ser besada hasta una edad vergonzosa. Temía que su cuerpo no entrara dentro de lo que se veía como atractivo, que su nariz fuera demasiado grande, sus tetas demasiado pequeñas, su culo demasiado plano.

Afortunadamente, nada de lo anterior se hizo realidad.

Superó con facilidad el miedo a lo incierto de su futuro cuando estaba en el último curso de su colegio, ella tenía bien claro que quería dedicarse a lo mismo que su madre: ser abogada. El traslado a la universidad lo sufrieron más sus padres que ella, Beckett vibraba prácticamente solo de pensar en todas las posibilidades que se extendían ante ella en el campus. Los exámenes eran un grano en el culo pero nada que no se pudiera arreglar con mucha memorización y tiempo invertido.

Entonces llegó la bomba, el momento que lo cambió todo. La noche más fatídica de su vida. El "¿es usted el señor Beckett? Su mujer es Johanna Beckett, ¿correcto? Mire, señor, su mujer fue apuñalada esta noche. Lamentamos mucho su pérdida e imaginamos por lo que están pasando ahora mismo, pero si pudiera pensar en alguien que quisiera haberle hecho daño a su mujer, nos sería muy útil cualquier tipo de información que puedan proporcionarnos."

Beckett recordaba todavía la incredulidad, el shock. Luego el terrible golpe de realidad en forma de una patada en pleno pecho que hacía imposible respirar y convertía el mundo en una espiral de sonido y movimiento distorsionado a su alrededor hasta que no había nada más que oscuridad. Y la paz. La calma que precedió a la tormenta de despertarse en una casa donde la tristeza impregnaba el aire, donde el aliento de su padre apestaba a alcohol, donde los sueños de llegar al Tribunal Supremo eran sustituidos por la sed de justicia que los policías eran demasiado ineptos para conseguir.

Su peor pesadilla se había hecho realidad y, oh, Kate deseaba poder volver a preocuparse por cosas tan nimias como si el equipo de animadoras la aceptaría para esa temporada o mejor debería unirse al club de poesía aunque solo fuera para fastidiar a sus padres.

Después de eso, llegó el miedo a perderse a sí misma. Se convirtió en un barco a la deriva en una tempestad de rabia. Le llegaba por oleadas y, durante unos horribles momentos, era incapaz de respirar, incapaz de pensar, incapaz de sentir otra cosa que no fuera rojo. Muerte y destrucción. Venganza.

Se miraba en el espejo y no reconocía a esa joven ojerosa, en los huesos, pálida y sin siquiera fuerzas para pelear con su padre por las botellas de alcohol que este había aprendido a esconder por la casa para que ella no las encontrase y tirase a la basura. Veía fotos viejas y apenas podía creerse que esa chica, antaño sonriente, fue ella en algún momento de su vida. Parecía tan lejano, tan irreal…

Cuando por fin logró salir de ese pozo negro, su mayor terror era volver a caer en él. Por eso erigió sus murallas de kilómetros de altura y grosor, con una puerta levadiza que se bajaba de ocasión esporádica en ocasión esporádica. Adquirió esa actitud que hacía parecer que nada podía afectarle porque tenía un corazón de piedra. Porque, en la mayoría de los casos, la gente que finge que no siente nada, en realidad siente demasiado y tiene que protegerse de ello. Beckett no era diferente. Ante la posibilidad de volver a sufrir de la misma manera, prefería erradicar cualquier opción de raíz.

Además, era entretenido ver a la gente con un mínimo de interés en ella correr a su alrededor en busca de grietas inexistentes o lanzarse de cabeza contra las paredes. Como si fueran tan fáciles de romper. Estaban hechas de titanio, a prueba de balas.

Las personas que tenían acceso al interior podían ser contadas con los dedos de una mano, y Beckett no pretendía que eso cambiara en ningún momento. Por lo menos, no en un tiempo cercano. Podía ser solitario, pero era seguro. De ese modo, podía mantener al miedo bajo raya, contenido en una caja como si fuera un gato domesticado.

Y si la nostalgia del contacto humano se volvía demasiada como para soportarla, se subía a un par de tacones, se enfundaba en un vestido apretado lo suficientemente sugerente, se maquillaba y salía a una discoteca. Por raro que pareciera, había algo en estar rodeada de gente completamente desconocida que no tenía problema alguno en rozarse con ella mientras bailaban, en la música tronando a través de los altavoces a tantos decibelios que casi rozaba el umbral del dolor, en las luces de colores que eran capaces de alterar completamente los rasgos de una persona. Beckett no podía definirlo, no lograba encontrar palabras para describir esa sensación liberadora que se apoderaba de ella en cuanto entraba en un sitio así. Era como si pudiera ser cualquiera, podía inventarse un nombre, una historia, un pasado. Podía hacer borrón y cuenta nueva por el tiempo que estuviera allí y nadie se iba a parar a investigar si todo lo que decía era verdad porque no les importaba. Les daba completamente igual, ellos también buscaban pasarlo bien y para eso no se necesita saber hasta la marca de la pasta de dientes que usan.

Siempre había chicos atractivos dispuestos a bailar con ella. Los había que incluso le invitaban a varias copas. Si Kate les dejaba, sus manos podían cobrar vida propia y vagar un poco, tocando aquí y allá, justo donde la detective más lo echaba de menos. Y, oye, si acababan en un baño, o en casa de uno de los dos descargando algo de adrenalina y quemando el alcohol que corría por sus venas entre las sábanas… ¿Qué tenía de malo? Beckett conseguía librarse de la soledad durante un tiempo, y él… Bueno, él tenía una buena noche de sexo a cambio. Ambos salían beneficiados.

La detective habría defendido su estilo de vida como completamente satisfactorio sin dudarlo ni un segundo. Ah, la clave estaba en el tiempo verbal. "Habría". Pasado.

Antes de Castle, no habría titubeado a la hora de alegar que era feliz tal y como estaba a pesar de las miradas escépticas que pudiera haberse ganado por ello. Porque lo era. ¿Podría ser más feliz? Claro, pero ¿quién no? Nunca se está completamente contentado con lo que se tiene, va inherente en la naturaleza humana.

Antes de Castle, no sabía qué era querer otra cosa, anhelarlo hasta el punto en el que se manifestaba con dolor físico. La tirantez en el pecho, la presión en la garganta, el picor en la piel. Nunca se había parado a pensar en que, quizá, lo que había hecho no tenía vuelta atrás porque nunca se le había pasado por la mente que, algún día, podría querer algo más con una persona. Automáticamente, había considerado a todo el mundo indigno. No indigno para estar con ella, sino indigno de merecer la pena correr el riesgo de salir herida por estar con él.

Volvía a una palabra clave. Bueno, a tres más bien: antes de Castle.

Porque, cómo no, el escritor tenía la capacidad de entrar en las vidas de la gente y trastocar todos sus esquemas. Esas leyes que habían aplicado desde lo que parecían ya los inicios de los tiempos, sin excepciones, sin "uy, contigo no porque eres mono", sin "jope, es que me da pena hacerte esto", ni "una vez al año no hace daño, ¿no?". No había habido ni un solo desliz.

Hasta que hubo uno y ese desliz adquirió el tamaño de una gran brecha en los cimientos de Beckett que hacía tambalearse peligrosamente a sus murallas. Y había aparecido así de golpe, en un abrir y cerrar de ojos: Kate se había ido a dormir perfectamente y, al despertar, se había encontrado con una grieta del tamaño de EEUU entero en su escudo defensivo.

Lógicamente, habría entrado en pánico y había tratado de arreglarlo pero era como tratar de reparar un cristal roto con una tirita. "Inefectivo" es quedarse corto. Inútil, vano, inservible, improductivo, una completa gilipollez… Sí, eso era más adecuado. Y ya si se aderezaba con media tonelada de exasperación, media de incomprensión y otra media de frustración, quedaba perfecto.

No había vuelta atrás. Darse cuenta de eso le aportó una pequeña cantidad de tranquilidad. Había aprendido tiempo atrás que era un malgasto de energías luchar contra lo inevitable, contra lo que se escapaba de su control. No podía hacer nada contra ello, ya había caído en la trampa, y había caído con fuerza. Así que, por lo menos, podía disfrutar del viaje. Podía explotar la chispa entre ella y Castle para hacerle pasar un mal rato.

Su madre siempre le decía de pequeña que jugar con fuego es peligroso porque una puede quemarse.

Beckett se quemó. Tercer grado. Por todo el cuerpo.

Porque burlarse del escritor estaba bien y era seguro hasta que él cogía ritmo y se las devolvía. Porque su cuerpo comenzaba a entrar en el síndrome de abstinencia que le pedía salir de caza a una discoteca y tener una noche de pasión para calmar esa sensación de sed interior. Porque la esencia de Castle era intoxicante y Beckett veía cómo todas sus barreras caían y la dejaban indefensa, igual que cuando era pequeña y los monstruos se abalanzaban sobre ella en cuanto estaba sola.

Sin embargo, no se veía capaz de volver a su anterior estilo de vida. Iba a una discoteca y no lograba pasar del simple baile, no tenía fuerzas para girarse y susurrarle al chico de turno que por qué no salían de allí. Por alguna razón que se escapaba a su comprensión, sentía que estaba traicionando al escritor si se marchaba a casa con un hombre que no fuera él. Lo cual carecía completamente de sentido porque no le debía nada a Castle, no eran nada, no podía exigirle nada. Que alguien se lo explicara a su corazón.

Era libre sin serlo.

A pesar de todo, seguía teniendo unas necesidades, su cuerpo se lo pedía a gritos. Fue así como comenzó a acallarle quemando adrenalina en el gimnasio. Se escapaba una vez al día al pequeño gimnasio de la comisaria, que no tenía nada más que una cinta de correr, un saco de boxeo, la obligatoria colchoneta para los combates de cuerpo a cuerpo y una bicicleta estática. Era pequeño, pero suficiente. Beckett se ponía los guantes y golpeaba el saco hasta que el pelo se le pegaba a la cabeza por el sudor y los dedos le dolían aunque llevaba protección. Pero no paraba, seguía machacándose hasta que los músculos le temblaban y sentía que no podía alzar los brazos una vez más. Solo entonces se daba por vencida, se tiraba al suelo con la respiración agitada y toda ella satisfactoriamente dolorida.

No era el mismo tipo de liberación que proporcionaba el sexo, pero era un buen sustituto. Dejaba otro tipo de sensación a su paso, ese cansancio reconfortante, la sensación de ardor en cada movimiento. Era perfecto para llegar a casa e irse a dormir de un tirón hasta la mañana siguiente. No había necesidad de despertarse en una cama desconocida y tener que vestirse silenciosamente para salir de allí antes de que su compañero se despertase y tuvieran un momento incómodo en el que quedara claro que Kate no se acordaba de su nombre y no tenía intención alguna en saber nada de él. No había el típico paseo de la vergüenza de vuelta a casa en el que tenía la sensación de que todo el mundo sabía qué había estado haciendo solo por las miradas que le lanzaban. No había la ducha de después en la que se frotaba con la esponja en un intento de eliminar los restos fantasmagóricos de manos por su cuerpo, labios en su piel.

Si se paraba a pensar en ello seriamente, quizá debería agradecer la presencia del escritor porque le había hecho darse cuenta de que no tenía que actuar de esa forma. Descubrió una nueva forma de vivir y, al mismo tiempo, descubrió que lo que había estado haciendo hasta entonces no había sido vivir por mucho que ella hubiera defendido lo contrario.

Se planteó cambiar. Logró cambiar.

Conoció a Demming, y aunque al principio solo le quería para que le sujetara el saco de boxeo mientras ella descargaba sus frustraciones contra él, o para machacarle en la colchoneta; pronto vio que no era un mal tipo. Era guapo, en eso sí se había fijado. También estaba en forma, porque había que ser fuerte para no tambalearse con las patadas laterales que Beckett lanzaba a diestro y siniestro. Y era simpático, siempre se las apañaba para hacerla reír.

Cuando la invitó a ir a tomar un café, Kate controló la negativa que ya iba a caer automáticamente de entre sus labios y se dijo a sí misma "¿por qué no?". ¿Acaso no se lo merecía? ¿Acaso no se había ganado a pulso un poco de diversión que no fuera pasajera? Por una vez en su vida, no dejó que el miedo la atenazara y se arriesgó.

Aunque quizá decir que se "arriesgó", entre comillas, fuera más adecuado, porque nunca puso mucho en juego. Había entrado en la partida pero mantenía sus cartas bien cerca del pecho, recelosa de que se las viera su contrincante y apenas apostaba a no ser que supiera con absoluta certeza que podía ganar. Cierto era que lo estaba intentando, estaba intentando ser un poco menos calculadora y dejarse llevar, pero un hábito de diez años era difícil de romper en una semana. Necesitaba tiempo, y debía admitir que no le importaba si ese tiempo era con Demming.

A quien sí parecía importarle era a Castle. Nunca lo dijo en voz alta o de forma explícita, pero solo había que ver cómo actuaba cuando el otro detective estaba cerca. Se volvía posesivo. Beckett casi diría que estaba celoso de Demming si no fuera porque no creía que Castle pudiera estar tan interesado en ella.

No iba a negarlo, era divertido ver a ambos hombres, ya considerados adultos desde hacía tiempo, comportarse como niños pequeños tratando de impresionar a la chica popular de la clase. Era una competición constante por ver quién de los dos la tenía más larga.

Lo que pasaba con Castle y ella era que su relación parecía una moneda con dos caras idénticas. Bien podía caerle a uno que a la otra. No importaba, con el tiempo la tortilla se volvería, la moneda saltaría al aire y caería para el que se había librado.

Madison Queller fue quien lanzó su moneda. Beckett volvió a sus años en el instituto, cuando ambas se habían peleado por el chico más guapo de su clase de francés antes de darse cuenta de que su amistad era más importante que la atención fugaz de cualquier rubiales guaperas. Solo que esta vez fue más confuso todavía, porque su parte racional podía comprender lo que era un enamoramiento en los difíciles años de la adolescencia, pero no encontraba la lógica en enfadarse cuando Castle y Maddie se fueron a cenar al nuevo restaurante de moda. Había llegado al punto de sentir alegría cuando descubrieron un motivo por el que sospechar de Madison y así poder interrumpir su cita romántica llena de darse de comer el uno al otro y demasiados ruiditos de placer que era imposible que un simple risotto de huevos y setas pudiera provocar. A eso se le tenía que sumar el pequeño ataque de pánico que había seguido a su mejor amiga averiguando su secreto y gritándolo a los cuatro vientos en la sala de interrogatorios cuando el escritor estaba justo al otro lado del espejo y podía escucharlo todo – cosa que no había tenido problema alguno en recordarle a Beckett minutos después cuando contrastaron notas –.

Y, entonces, llegó la gran revelación. De un modo u otro, a alguna metedura de pata siempre seguía un momento clave, unos segundos en el que el mundo dejaba de girar sobre sí mismo y todo se paraba hasta que la realidad caía sobre Kate como un cubo de agua fría que le hacía darse cuenta de una verdad de la que no había sido consciente hasta ahora.

«Acababan de cerrar el caso después de descubrir el motivo por el que su víctima había sido asesinada: se había enamorado de la mujer de su hermano, y ella de él, iban a tener un hijo juntos y todo; pero el hermano se había enterado y una traición así le había vuelto loco de rabia.

Mientras Beckett le daba el último repaso al informe, Castle por fin puso en palabras físicas lo que llevaba rondándole por la cabeza desde que habían escuchado la historia entera de labios de la mujer del hermano.

- En mi opinión, ella tendría que haber seguido a su corazón. Dejar a David e irse con Wolf.

Kate alzó la mirada en cuanto el escritor comenzó a hablar, sin poder evitar sonreír un poco cuando este sacó su lado romántico. Siempre a favor de los finales felices donde la pareja comía perdices, como si fuera un cuento de Disney. La detective, en cambio, era más realista, siempre lo había sido.

- ¿Sabes?, yo entiendo por qué se quedó. Quiero decir, los tipos como Wolf llegan y alteran todos tus esquemas. Por supuesto que él te hace sentir viva, pero, con el tiempo, sabes que simplemente te va a decepcionar. Así que… ¿Por qué arriesgarse?

Cuando trabó la mirada con la de Castle, sintió que, de alguna forma, ya no estaban hablando de los implicados en el caso. Muchas veces le pasaba eso con el escritor, era como que comenzaban a comunicarse con metáforas y símiles que solo ellos entendían porque solo ellos conocían los verdaderos sentimientos ocultos tras sus interacciones diarias.

Él ladeó la cabeza, su expresión seria, sin una pizca de diversión.

- Porque el corazón quiere lo que el corazón quiere – contestó.»

¿Cómo una conversación tan simple podía haber trastocado de una forma tan brutal el mundo de la detective? Sentía que había perdido su centro de gravedad y ahora solo podía vagar dando vueltas por el aire hasta que chocara contra algo.

No habían estado hablando de Wolf, ni de David, ni de la mujer de este. Beckett no se estaba refiriendo a ellos cuando defendió la postura de quedarse con lo conocido y no arriesgarse con lo desconocido. Castle no estaba pensando en el peculiar trío cuando respondió.

Las palabras indicaban una cosa, lo que iba oculto entre líneas apuntaba en la dirección opuesta.

Castle había llegado a su vida como un huracán que pasa por una pequeña ciudad: arrasando. El mundo en blanco y negro de Beckett se había convertido en una nueva paleta donde cada color tenía cinco nuevos derivados surgidos de mezclarlos con otros, de la experimentación hasta tropezar con el acierto. Ya no había dos grandes bloques, sino millones de cajas pequeñas repartidas por todos sitios y de las que salían muchas más para llenar la mente de la detective de posibilidades en las que nunca antes había pensado porque suponían romper alguna de sus reglas.

Castle había llenado su vida de color, de risas, de tentaciones, de nuevos miedos. Y eso debería molestarle, pero la verdad es que Beckett estaba encantada, una vez había vuelto a encontrar tierra firme y conseguido establecer unas paredes a su alrededor más o menos estables. Con sus defensas armadas y preparadas, se veía capaz de enfrentarse a las novedades que la presencia del escritor traía consigo.

Una de ellas había sido Demming. Beckett nunca le había tratado como una fase, un objeto necesario para superar algo y del que luego se desharía una vez fuera capaz de volver a valerse por sí misma sin ayuda alguna. Le había visto como una oportunidad para mejorar. Había pensado que él era lo suficientemente buena persona como para darle la posibilidad de florecer a la idea de una relación, porque nunca antes había sentido la curiosidad por saber qué se sentía. Demming era una opción segura para estrenarse. Además, tenía la seguridad de que él estaba más involucrado que ella en lo que tenían de modo que, si Kate actuaba de forma correcta, no había motivo alguno para que saliera herida.

Entonces Castle había destrozado con solo nueve palabras toda la ilusión. Ahora no era más que pedacitos relucientes en el suelo.

Había estado bien intentarlo, era una buena iniciativa. El problema era la persona. Y no era problema de Demming, por muy cliché que sonara, sino de Beckett. Lo gracioso era que había dado el paso para librarse del miedo al amor sin darse cuenta de que estaba dejando que ese mismo miedo condicionara su decisión al elegir a una persona que Kate había calificado como "segura" desde un primer momento, y no lanzarse de cabeza, ponerlo todo en juego, y arriesgarse a intentar algo con quien realmente quería: Richard Castle.

No había sido consciente de esto hasta que el escritor y su estúpida oratoria le habían abierto los ojos. Ahora que lo sabía, no conseguía decidir qué hacer.

Por un lado, podía seguir pretendiendo que nada había cambiado y explorar en profundidad su relación con Demming, ver si se podría convertir, con el tiempo, en algo similar a lo que tenía con Castle. Por el otro lado, podía realmente dejar de vivir condicionada y maniatada por el miedo y tirarse a la piscina llena de tiburones que suponía dejar al detective e intentar algo con el escritor.

Su madre siempre le decía que la vida nunca te trae nada que no puedas manejar. Cuando era pequeña, Beckett nunca había dudado de su palabra, ahora, sin embargo, comenzaba a preguntarse si tenía razón o era una forma de inculcarle el pensamiento positivo.

El tiempo pasaba de forma vertiginosa y, antes de que se diera cuenta, se encontraba ya a las puertas del verano e inmersa hasta las cejas en un enrevesado caso sobre un juego de espías. Su relación con Demming estaba cada vez más resentida por el raro comportamiento de Kate, y esta no podía hacer nada para evitarlo porque sentía que no debía crearle falsas expectativas al detective pero tampoco quería hacerle daño.

Todo era una balanza. En un lado estaba Demming, con todas sus cosas buenas y sus cosas malas. En el otro lado estaba Castle en una situación similar. Beckett era quien sujetaba ambos platillos mientras caminaba por la cuerda floja, tratando de equilibrarlos para no precipitarse al vacío y perderles a ambos. Lo malo era que era mucho más cansado de lo que podía parecer, sus fuerzas estaban menguando y el tiempo se estaba acabando.

Tenía a Castle con su proposición de ir a los Hamptons juntos, tenía a Demming con su casa en la playa de Asbury. Tenía el remolino de emociones que el escritor era capaz de despertar en ella solo con un roce y una sonrisa torcida, tenía la tranquila calidez que el tacto del detective dejaba en su piel.

Justo cuando parecía que la balanza se iba a inclinar a favor de Demming, llegó la gran revelación de que Castle estaba planeando en quedarse en los Hamptons hasta octubre y que esa sería la última vez que trabajarían juntos en una larga temporada. Beckett sintió que perdía pie en la cuerda floja y se desmoronaba la estabilidad que había luchado por lograr. Ahora se balanceaba de lado a lado sin control alguno sobre sí misma, como un barco sacudido por las olas en una tormenta.

A partir de ahí, todo comenzó a precipitarse.

Esposito, siempre un observador pero nunca comentarista, por primera vez tomó pie en el asunto.

«Se acercó a Kate cuando esta estaba repasando la pizarra por quincuagésima vez a pesar de que todo el mundo se había ido a casa ya. Parado junto a ella, comentó que Ryan y él estaban pensando en hacerle a Castle una fiesta de despedida.

- Mmm bueno, tampoco es que se vaya a ir para siempre… - comentó la detective, fijando la atención de vuelta en las fotos y datos cuidadosamente colocados en la blanca superficie.

- ¿Estás segura de eso? – Esposito hizo un gesto como de "venga ya" cuando Beckett le miró sin saber a qué se refería –. ¿Por qué crees que ha estado siguiéndote tanto tiempo? ¿Para documentarse? Tiene suficientes datos como para escribir cincuenta libros.

Kate casi contuvo la respiración. No podía decidirse entre quedarse y escuchar la verdad de alguien tan objetivo como Espo, o darle la espalda y marcharse antes de que lo hiciera todo más difícil con lo que estaba a punto de decirle. Su cuerpo decidió por ella, ya que no respondió a sus órdenes de moverse.

- Mira, sea cual sea su motivo, estoy muy seguro de que no incluye verte con otro tío.

Con una sonrisa triste, el detective se dirigió al ascensor para irse a casa. Beckett, sin embargo, siguió allí parada, congelada en el sitio.»

Dicen que la verdad te hace libre, pero para ella era algo similar a una sentencia de muerte porque la balanza acababa de añadir más peso en un platillo que el otro y, la ya de por sí desequilibrada Kate, no podía sujetarse recta.

De lo que más se arrepentía era de que, en su caída, se había llevado a Demming con ella sin querer.

Rompió con él tras resolver el caso. No tenía planeado hacerlo así, pero el detective se le acercó antes de que ella pudiera entrar en la sala de conferencias, donde Castle, Ryan, Esposito, Montgomery y Lanie estaban celebrando con cervezas y comida la llegada del verano. Le preguntó si había pensado ya sobre su propuesta de salir de Nueva York un poco antes el viernes para llegar a tiempo a la reserva en un bonito restaurante cerca de la casa en la playa. La oleada de culpa casi la ahogó porque no recordaba que le había dicho que sí al detective sobre irse una semana a Asbury, no se había acordado en ningún momento de que quería llevarla a una cena romántica. Había estado tan preocupada con la marcha de Castle y el huracán que la noticia había desatado en su interior que se había olvidado por completo que ella ya tenía novio.

Así que se lo había soltado todo de repente, sin suavizar ni una pizca la noticia. En su favor, tenía que decir que Demming acusó el golpe estoicamente. No hubo enfados, ni reproches, ni lamentaciones. Solo preguntó si había sido culpa suya, si quizá había dicho o hecho algo que no debería. Y cuando Beckett volvió a aplicarle un cliché – "No creo que esto sea lo que estoy buscando ahora mismo" – cuadró la mandíbula y lo aceptó como un verdadero adulto. Se despidió con un beso en la mejilla y sus deseos de que tuviera un buen verano.

Punto y final.

Punto y aparte.

Era la hora de comenzar un nuevo párrafo.

«Cerró la puerta de la sala de conferencias en la que estaban sus amigos y su capitán para que no escucharan lo que estaba a punto de decir. Tantos años trabajando con ellos hacían que supiera que tendían a dejar que sus oídos captaran conversaciones privadas.

- ¿Qué ocurre? – preguntó Castle, entre curioso y extrañado por el comportamiento de la detective.

Beckett se plantó frente a él, una mano alrededor del cuello del botellín de cerveza y la otra jugueteando nerviosamente.

- Mira… - desvió la mirada, pensando bien lo que iba a decir antes de decirlo.

Quería que eso saliera bien, estaba a punto de hacer una de las cosas más arriesgadas de toda su vida. No quería que los nervios que la estaban comiendo por dentro le jugaran una mala pasada.

- Sé que no soy la persona más fácil de llegar a conocer, y… No siempre dejo ver qué estoy pensando – reunió el valor necesario para mirarle a los ojos. Azul contra verde avellana una vez más –. Pero este último año, trabajando contigo… - luchó para que las palabras salieran de su boca porque parecían atascadas entre el nudo de su garganta y la colmena de abejas asesinas de su estómago –. Me lo he pasado muy bien.

- Sí, yo también – sonrió Castle, con esa expresión que parecía que lo que había dicho la detective le acabara de alegrar el día.

Kate no pudo evitar corresponder a su gesto, aunque borró la sonrisa de su rostro en cuanto se dio cuenta y bajó la mirada.

- Así que… Voy a decir esto y…

- ¡Richard! – llamó alguien desde el pasillo.

No solo alguien: una mujer. Y había interrumpido la confesión de Beckett. La detective frunció el ceño y trató de disimular su fastidio cuando vio a una rubia con más semejanza con una Barbie que un ser humano llegar a la altura del escritor y rodear su cintura con un brazo.

- ¿Estás listo?

- Hey, Gina – Castle la abrazó por los hombros y se giró de nuevo hacia Beckett con la rubia en su costado. – Beckett, ya conoces a Gina, mi exmujer.

- Y tu editora – le recordó ella.

La detective sintió que la tierra se abría bajo sus pies y deseó que se la tragara rápido porque no podía creer que estuviera pasando eso precisamente cuando había decidido decirle a Castle que estaba enamorada de él y que aceptaba su propuesta de irse juntos a los Hamptons por el verano.

- Sí, hablamos por teléfono el otro día, parece que por fin le encontraste – contestó tratando de parecer lo más despreocupada posible.

- Oh, sí, es como un niño a veces. Aunque he de decir que no sé por qué, no muerdo. Mucho – añadió, haciendo reír a Castle.

Kate aguantó una arcada ante la cantosa indirecta sexual.

- Deberíamos ir yendo o nos va a pillar todo el atasco.

El escritor miró su reloj, sorprendido al ver la hora que era.

- ¿Ir yendo? – preguntó Beckett.

Le importaba un bledo si parecía demasiado ansiosa, necesitaba saber cuáles eran los planes de Castle. Que le llamaran tonta pero todavía tenía esperanzas de que Gina estuviera allí solo por cuestiones de trabajo.

- A los Hamptons – contestó Castle.

- ¿Por el fin de semana?

- No, por el verano, en realidad. Así puedo estar encima de él para que termine el libro – intervino Gina. Parecía que estaba marcando territorio.

Boom. Así que el escritor no había tenido problema alguno en encontrar una sustituta con quien pasar el verano, aunque esa fuera su exmujer. Decir que dolía era quedarse corto. Acababa de estrellarse contra el suelo después de una caída de kilómetros de altura sin frenos.

- Perdona, creía que vosotros dos no os llevabais bien – sonrió para suavizar un poco el puñal.

- No lo hacíamos – dijo Castle para nada afectado, girándose para mirar a Gina –. Pero anoche en el teléfono… Empezamos a hablar…

- Y acabamos hablando durante horas – terminó la rubia por él –. Igual que en los viejos tiempos.

El escritor miraba a Gina con la misma expresión de enamorado que un niño con su juguete favorito. Kate no sabía cómo era capaz de seguir de pie a esas alturas. Todo su interior estaba haciéndose añicos poco a poco pero ella seguía erguida por pura cabezonería, decidida a no dejar ver cómo se sentía de verdad.

- Ah, perdona. Me estabas… Me estabas diciendo algo antes – se acordó Castle, nada incomodado por la rubia colgada de su brazo ni las miradas de los demás a través del cristal de la sala de conferencias.

- Sí, quería decirte - miró a los lados, buscando una excusa, aprovechando para disipar las lágrimas -, ten un buen verano – tragó saliva, satisfecha con su respuesta.

- Tú también – sonrió él –. Y, como has dicho, ha estado muy, muy bien.

La detective asintió, parpadeando para reprimir las ganas de llorar. Tragó saliva de nuevo porque no conseguía librarse del nudo de su garganta y no quería que su voz sonara estrangulada.

- Sí, lo ha estado – concedió.

Pero ella estaba pensando más allá. Había estado bien que eso pasara ahora que todavía era pronto para ella, y no cuando ya hubiera arriesgado todo, cuando sus cartas estuvieran al descubierto en la mesa.

De esas heridas podía recuperarse. De las otras… No estaba tan segura.

Castle hizo un gesto como para abrazarla, pero Gina seguía con su brazo apresado así que se limitó a estrecharle la mano a Beckett y despedirse de los demás desde el otro lado del cristal.

Rodeó a Gina otra vez, atrayéndola contra él, y se encaminaron por el pasillo hacia la salida.

- Hasta otoño – se despidió Beckett, aunque sonó más como una pregunta que como una afirmación.

- Hasta otoño – corroboró Castle, lanzando una última mirada por encima del hombro antes de desaparecer tras la esquina.

Kate asintió, bajando la mirada hasta el suelo y parpadeando furiosamente. Solo un poco más, solo hasta que estuviera sola y no con sus amigos mirándola desde la sala de conferencias, sabiendo lo que Beckett había estado a punto de hacer y lo que le había costado reunir el valor necesario solo para que Castle lo arruinara con a su exmujer.

En ese momento, la detective tomó una decisión. Se hizo una promesa: nunca más.»

El "puede ser" había sido una sensación cálida en el pecho.

El "quizás" se había parecido a una montaña rusa, en la que un momento estás gritando de pura excitación y al siguiente de puro terror, pero cuando se termina la vuelta te falta tiempo para correr al final de la cola y volver a montar porque es adictivo.

El "casi" se asemejó a los destrozos que deja un fuego sin control en un bosque en pleno verano y con mucho aire.

Tendría que haberle hecho caso a su madre cuando esta le decía que jugar con fuego es peligroso porque puedes quemarte. Beckett había tenido un par de sustos pero ninguno como la devastación que siguió a los días posteriores a la marcha de Castle con Gina. El saber lo que había estado a punto de confesar y que podría haberle dado tiempo a decírselo si el taxi de la rubia hubiera pillado un semáforo más en rojo… No quería ni pensar en ello.

La sola idea de que Castle hubiera tenido que rechazarla allí mismo, delante de todos, le daba escalofríos.

Pero ya había aprendido la lección. Castle era el fuego, y no pensaba volver a acercarse a él.

Porque si a Beckett le gustaban los quizás, los "casi" tampoco le disgustaban mucho. Significaban que no estaba todo perdido y que una podía volver a juntar los pedacitos de sí misma hasta recomponerse. Y esa nueva Kate sería más fuerte y más lista que la anterior.