Autor: Usagi—Asakura
Fandom: World Series: Hetalia.
Disclaimer: Personajes a Hidekaz Himaruya.
Claim: España/México
Tema: #06—El intervalo entre los sueños y la realidad.
Resumen: Cansado, volvió a tirarse en el sofá. Y á pesar de que odiaba sentirse de aquella forma, sentía que se lo merecía.
Advertencias: Tal vez un universo alterno. Que yo recuerde, la anterior G—20 fue en Dinamarca. Si me he equivocado, pido mil perdones. Un poco de USA/Méx, USA/Inglaterra, España/Italia del Sur, Francia/México. Nada fuera de lo común, algo que salió en una noche de aburrición. Ya saben, he usado el nombre de Pedro para México porque es el que más me gusta, y me he acostumbrado a usarlo. Gracias a quien lea, y a mi beta.
#06— El intervalo entre los sueños y la realidad.
México salió del bar muy agitado. Las pretensiones de Francis, sus manoseos y la desvergüenza con que le había tocado le irritaron tanto, que pensó en iniciar de nuevo otra guerra como en el pasado. Pero le daba pena. Por sentirse tan impotente ante él, era joven y lo sabía; era apenas un recién ingresado en el G—20. Tanto le había costado converse a USA para que le ayudase entrar, que si no se comportaba a la altura de los países europeos se sentiría mal… ¡Que diría España ante eso! ¡Maldito francés y sus arranques de Casanova!
Al entrar al hotel, uno de los botones le dijo:
—Bienvenido, señor
Había estado habitando ese cuarto por varios días, estaba en el tercer piso, con unos grandes ventanales que daban a un magnifico jardín. No sabía danés, así que había optado por hacer recorridos cuando Alfred hacia alguno, se sentía expresamente cómodo con él a su lado. Porque sabía que el otro podría manejar mucho más la situación que él mismo, por eso es que había aceptado compartir el mismo cuarto. Fatigado, se tumbó en el sofá. Al lado, en el buro derecho, había un sinfín de cajas vacías, alguna que otra lata de soda, envolturas de chocolates, estampillas de lo jugadores de beisbol. Alfred era adicto a coleccionarlas.
Más relajado, empezó a considerar si seria prudente pedir algo de comer. No lo había hecho desde la mañana, ¡Primero por vergüenza al ver que nadie lo hacia! ¡Segundo, porque él era un hombre! ¡No faltaba más! Si nadie lo hacia, él no lo haría.
A pesar de que se había trabajado en mantener la calma, al saber con quien conviviría, no pensó que lograse explotar como lo había hecho hace unos momentos. Había logrado soportar acosos mucho más descarados, inclusive había dejado avanzar a muchos otros, ¿Qué había pasado esa noche? Sabía que había sido mala idea haberse alejado del gringo. Pero no podía. No al verle tan feliz molestando a su amado Inglaterra. Estaba sufriendo mucho al no encontrarse junto a su vecino del norte, se sintió inútil.
Sabia que sus asuntos en aquel lugar habían terminado el día anterior y él, grandísimo idiota, se había quedado en Dinamarca. Para poder verle un poco más. Porque deseaba, aunque fuera por unos minutos dirigirle la palabra, a él. A España. Pero el episodio de ser manoseado por Francis le fastidiaba ya, lo más razonable era, sin duda, regresarse a su casa.
España. España... Antonio.
Oh, sí. Antonio. Todo cuando se había esforzado por mantenerse en calma. El poder mostrar su buen temple se había ido al carajo, al salir enfurecido del bar donde había ido a celebrar el cumpleaños de Alemania. Quería que España se enorgulleciera de él, que figurara por unos instantes en la mente de su mentor. México sabía que seria imposible, porque siempre ponía a Italia del sur en primer lugar. Aquellos quemantes celos aparecieron como en el pasado. Era caprichoso, infantil cuando se trataba de su "madre", y aunque supiera que estaba mal, no podía más que sentirse complacido, todo, era sin duda culpa del propio España, por consentirle y amarle como lo había hecho.
Se puso de pie, abrió las ventanas, la brisa de la noche se estampo en su rostro con deleite. Se sentía tan confundido. Cada noche se levantaba de la cama, sonámbulo, con aquella sensación quemándole su pecho. Por haber tenido el valor de hablarle, aunque fuera para preguntarle si algún podría a verle. Idea que siempre se quedaba en sus labios. Porque sentía que una barrera invisible se interponía entre ellos.
Se alejo del ventanal, miro la botella semi vacía de tequila que la noche anterior había servido como su mejor confidente. Siempre que se deprimía, un gran trago de esa bebida le hacia sentir mejor, eso nunca cambiaria. Cansado, volvió a tirarse en el sofá. Y á pesar de que odiaba sentirse de aquella forma, sentía que se lo merecía. Cerró los ojos, el sueño le estaba venciendo. Escucho como alguien tocaba una puerta a lo lejos. Ya no sabía si estaba soñando o era la realidad, no le presto más atención. Su mente se encontraba recordando en la dolorosa indiferencia que había obtenido por parte de español en aquellos días. Y él, no hacia más que huirle, aunque su corazón sangrase dolorosamente. La culpa siempre se hacia presente cuando cruzaba su mirada fugazmente. Rebusco algún vaso vacio, que le sirviera para poder beber el tequila.
Nada.
Tal vez si no fuera tan cobarde con el español, ya habría hecho las pases con él. Esperó que el dolor de cabeza se alejara… ¡No tenia el humor para soportarlo! ¡No tenia humor para soñar con una reconciliación de ensueño! ¡La dolorosa realidad era otra!
¡Y Ahí estaba de nuevo! El sonido de la puerta, rompiendo aquel momento consigo mismo. Irritado, se levanto del sofá y se apresuro a abrirla.
—¿Otra ves olvidaste la llave? Te la voy a tener que atar en el cuello, Alfred —exclamo enfadado.
—¿Eh? —dijo España levantando la mano a modo de saludo.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte
—¿Por qué? —musito incrédulo.
La sonrisa que en ese momento le estaba dando el español, le hicieron sentir de nuevo incomodo. ¡Ni una miserable vez le había hablado en la sala de juntas! ¿Por qué ahora se encontraba enfrente de su puerta? Se alejó un poco, asustado de que estuviera alucinando.
—Te molesto…—dijo Antonio.
Después de aquellas palabras, Pedro pudo volver a la realidad. Inquieto, miro hacia los lados, esperanzado que nadie les viese.
—¿Quieres pasar?
—¿No tendrás problemas con Alfred? —pregunto.
—No creo que él venga esta noche —dijo el otro.
Cuando ambos se encontraba ya dentro de la habitación, México miro con cierto escrutinio al español, quien se dedico a observar los adornos del cuarto, rió ante la basura que se encontraba regada por el piso. Niños, pensó.
—¿Siempre compartes la habitación con Alfred? —preguntó.
—Uhm, cuando es necesario…
—Oh, ¿Inglaterra no se molesta? Porque mira que es celoso cuando se trata de él, tu sabes… —explico alzando los hombros, como restándole importancia al asunto.
—Alfred nunca se ha negado a dormir conmigo —musito.
—Vaya, mira que has crecido
México entendió que aquella frase llevaba una connotación mucho más profunda de lo que aparentaba. Recordó que a España le había costado mucho tiempo, para aceptar que entrase en su lecho. No le gustaba dormir con gente extraña, al menos que fuesen sus hermanos menores.
—Todos lo hacemos —dijo—. ¿Crees que sería siempre seria un pequeño?
Cuando España rio un poco, el latino tuvo el valor de estirar su mano para tomar la suya, se deleito con el fuerte olor de colonia que desprendía.
—Perdón. —dijo al fin.
—Francamente, no tengo nada que perdonarte.
—¡Te deje! ¡Te deje por seguir al gringo! —exclamó México.
España le tomo de los hombros, lo sentó en sus piernas y le acaricio los cabellos a modo de caricia. Cuando era pequeño y este se caía del caballo por andar jugueteando, una simples palmaditas en su cabeza le ayudaba a callar sus lagrimas, ¿por qué cambiaria aquello? Su pequeño siempre había sido tan fuerte. Esperanzado, volvió a reír con complacencia.
—No importa. Nada ya importa…
—Pero…
—Shh…
El latino se sorprendió; el otro le estaba besando con fuerza, supuso que sus mejillas le ardían por la vergüenza de aquel acto, derrotado, entrelazo sus brazos por su cuello. Todo razonamiento, se perdió. España le recostaba en el sofá mientras él se dedicaba a quitarle el abrigo que llevaba puesto…
—Esta es la primera vez que te apenas por un beso mío —dijo España al terminarlo.
Pedro, sin mirarle, tuvo una sonrisita muda y cohibida.
—Pensé, que estarías acostumbrado, ¿Qué no haces nada con Alfred? ¿Nada como esto? —tocó sus labios.
El moreno cogió su melena negra, la revolvió y lo miró por un momento, se sentía intimidado ante tanta pregunta por parte de él.
—Te suplico que no preguntes cosas que es mejor no saber.
—¿Lo haces? —insistió él.
—¿Tu haces esto con Lovino?
Antonio callo y le devolvió una mirada aquejumbrada. ¡Obviamente que lo hacia!, pensó el latino. Eso es lo que comúnmente hacían las parejas normales. Así que era normal besarse, tocarse, deleitarse uno con el otro. Cuando comprendió sus pensamientos, se levanto del lugar donde se encontraba.
—¡Esto no esta bien!
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?
—¿Es por Alfred? —pregunto Antonio.
—¡Claro que no!
Lo que más le atormentaba en ese momento al pobre latino, no era sentirse infiel con Alfred. Porque para infidelidades, él había sido el primero en hacerlo. No. Era precisamente que el beso que hace unos segundos había compartido con el español, para él tenía un significado mucho más profundo. Uno que no deseaba nombrar. Para Antonio, simplemente seria alguna que otra caricia. Algo pasajero, que pudiese obtener de él o de sus hermanos, ¿Qué intención tenia Antonio para con él? ¿Lovino lo sabría? La rabia le asalto, por su estupidez, si tan solo fuese más decidido y valiente, ya le hubiese apartado desde el primer momento que sintió su aliento rozar sus labios, ¡Pero por idiota había caído!
—Eres cruel, Antonio —murmuro—. No importa lo que haga… Siempre pensaras en… en, no puedo competir con eso, ¿lo sabes, no?
—Acaso, yo te pido que solo pienses en mí, ¿Acaso no piensas también en Alfred? —contraataco Antonio frunciendo el ceño.
—Necesito a Alfred… —dijo con solemnidad.
—Y yo a Lovino —confesó.
España escucho el sollozo de su pequeño, preocupado se acerco a él. Se quito el abrigo que hace unos instantes el otro trataba arrebatarle.
—Vamos, no estamos haciendo nada malo
—Lo se. Lo se.
—¿Entonces?
Apenas como México sintió como le besaba de nuevo las mejillas, se sintió morir. Por todo lo cariñoso que estaba siendo España para con él y por la firme convicción de que era lo que había estado esperando.
—Te quiero —confeso.
—Yo también.
Cuando aquellas palabras llegaron a oídos del latino algo en él se encendido, como un ventanal lo arrastro hacia la cama, cerro la puerta y empezó a besarle con ahincó ¡Ambos debían tener cuidado! ¡Lo sabían! Pero por ahora, dejarían de lado sus temores y se entregarían como la primera vez que se conocieron…Aunque ambos no comprendiera que era real o que era un sueño.
