CUARTO CAPITULO:

EL PECADO INMORTAL

Volvió en medio de la noche, la notó hecha un ovillo en el suelo, debía tener frío, miró a su alrededor en búsqueda de algo con que cubrirla, se miró a sí mismo…, todo lo que tenía era su propia "ropa", de un tirón tomó un trozo de la misma y la puso delicadamente sobre ella. Era como una mascota, un adorno.

…..

-Madre…madre..ma- abrió los ojos en medio de la oscuridad, estaba sudando, el pelo alborotado, y al otro lado del cuarto ese individuo enorme, su imagen era terrorífica, aun dormido inspiraba temor. De pronto se preguntó que habría bajo ese yelmo, la curiosidad la seguía en el fondo de su conciencia desde que lo vio por primera vez (era como una niña caprichosa, simplemente perseguía sus deseos sin pensar en las consecuencias). Arriesgándose a ser despedazada se acercó lenta y silenciosamente hasta éste; no parecía dar señas de lucidez, así que siguió adelante, acercó la cabeza para observar en la abertura que había justo terminando el cuello, era difícil distinguir algo por lo que se atrevió a ir más lejos, e introducir una de sus manos y comprobar si allí había un rostro. Apunto estaba de meter su mano, cuando una mano fría y gruesa se la tomó por sorpresa.

- ¿Qué significa esto?- sin soltarle la mano, y sentándose de rodillas. Le tomó el cabello con fuerza estirándole la cabeza hacia atrás con cierta violencia - ¿buscabas algo?, sabes que puedo terminar con tu vida como la de una hormiga, eres débil e insignificante.

Lágrimas comenzaron a caerle, mientras miraba hacia la cabeza de pirámide, recuerdos de su madre le vinieron a la memoria y eso la reconfortó, ya no le importaba morir.

-¡Cuánta debilidad y patetismo puede hacerme ver un solo ser humano!-

-No me necesitas, dejaré de estorbarte en cuanto lo hagas…- con la mirada endurecida y fija.

Un silencio incómodo pasó entre los dos, seguía inclinando la cabeza de ella hacia atrás y la observaba; ella lo miraba impasiblemente.

- Tan pálida, tan fría, como una mañana de primavera aun aferrándose al frío del invierno (frase del Señor de los anillos)- aflojó la tensión en la mano con que sostenía su pelo, y con la otra le acarició el rostro, rosando los labios enrojecidos con las puntas de los dedos, descendiendo desde su mentón hasta la clavícula; la presión dentro de sí comenzaba a molestarle, esa necesidad, esa urgencia de tomar lo que quería y que había alimentado por años.

Cerró los ojos esperando que todo terminara pronto, pero la mano dejó de moverse a la altura de su pecho, ojalá le rompiera el cuello y se apagara ya su luz.

-¡Vete de aquí!-soltándole el pelo, y lanzándola lejos.

Cayó y se deslizó medio metro por el suelo hasta la entrada de la habitación. Se irguió, dio una rápida mirada hacia atrás, y se marchó cautelosamente para no ser vista ni oída por las criaturas del pueblo. Un sonido proveniente de sus entrañas le recordó que no se alimentaba hace casi 24 horas, debía buscar provisiones, y para ello tendría que recorrer las calles, arriesgándose a ser descubierta.

Un paseo por el Hospital:

Introduciéndose con delicadeza por la entrada trasera, y con la pierna aun sangrándole por el reciente ataque recibido por un Feral, se hizo camino por los pasillos en busca de vendajes y algún desinfectante; todavía rondaba su mente una pregunta ¿por qué la dejó ir, por qué no terminaba con ella, qué tendría ella de especial? Entró a la sala de operaciones, en el pabellón de urgencias, seguro estaría lleno de los implementos necesarios para cuidar una herida.

En las salas del lugar, en sus pasillos, en sus rincones, se ocultaban criaturas de las que Lilith ni siquiera oyó hablar a su madre, y que nunca tuvo oportunidad de ver, ya que jamás le permitió adentrarse por esos lares.

Ningún movimiento se oía proveniente del final del pasillo (donde estaban las puertas de la sala), tampoco había una cantidad significativa de luz, pero la suficiente como para revisar las gavetas. Abrió sigilosamente, inmediatamente al fondo de la sala, se encontraban las estanterías de implementos médicos, se dirigió tranquilamente, comenzó a revisarlos uno por uno, fue metiéndolos en un bolso antiguo que tenía guardado en la pieza que ocupaban con su madre en la Intendencia.

Satisfecha con el resultado de su inspección, dio la vuelta para ir a "casa", unos pasos y se vio rodeada por 5 seres con aspecto femenino y vestidas como enfermeras, tenían la cara oculta tras vendas sucias (lo mismo que su uniforme), la piel grisácea, el escote era bastante pronunciado, de senos generosos, piernas perfectamente torneadas se mostraban sin ningún problema debido a la pequeñez del uniforme. En la diestra sostenían decididamente un escalpelo.

El miedo la inmovilizó, y se dio cuenta de que estas "mujeres" reaccionaban con el movimiento, tendría que moverse rápido.

Temblando y con sudor frío resbalándole por la piel, echó a correr entre las figuras, que con igual velocidad le dieron alcance; ella trató de defenderse dando manotazos y patadas, pero esquivándola la tumbaron en el suelo y contrario a lo que ella creía no le dieron muerte, sino que comenzaron a acercar sus cabezas al cuerpo de ella a tal punto que era capaz de sentir la respiración de éstas como "olfateándola" , de pronto una de las criaturas con el bisturí en mano comenzó a hacerle señas, unos segundos le tomó entenderlas, ¡quería que se desnudara!, instintivamente cruzó los brazos sobre su pecho y apretó el rostro en señal de negación; la respuesta enfureció a todas las enfermeras, por lo que una de ellas le apretó el cuello con un solo brazo y empezó a hundir el cuchillo quirúrgico lentamente justo por donde pasa la yugular, el dolor era fuerte a pesar que sólo estaba en la superficie de su piel; dejando caer los brazos a los lados les dio a entender que no se resistiría. La enfermera que la tenía agarrada de la cabeza, con un solo gesto de mano indicó a otra que trajera una cuerda de un mueble cercano; después de desvestirla, le amarraron las manos sobre la cabeza y la hicieron ponerse de pie. Entre todas comenzaron a manosear su figura, una de estas (eran todas iguales) hurgando entre sus pliegues vaginales le masajeó el clítoris, acto seguido introdujo uno de sus dedos, para sacarlo y volver a meterlo repetidas veces, ello la hizo llorar y gemir al mismo tiempo (una reacción inevitable al ser estimulada).

Una de las criaturas tomó distancia frente a ella, levantó un poco el uniforme dejando al descubierto unos genitales de ambiguo aspecto, poseía un pene y una vagina, el pene posicionado justo sobre esa; volvió a acercarse, otra enfermera por detrás la hizo ponerse de rodillas con la cara en frente del área púbica de la otra; el olor a putrefacción que emanaba de ahí era insoportable, estaba a punto de vomitar. Aquella que tenía en frente del rostro sujetó su cabeza por la nuca y hundió la cara de Lilith contra sus genitales, ello finalmente la hizo vomitar; la enfermera furiosa le dio una bofetada, para después sujetarse el pene y presionarlo contra los labios cerrados de la chica que nuevamente se negaba a obedecer.

Otra vez se valieron del escalpelo para persuadirla, sin más opciones abrió la boca recibiendo violentamente todo el pene de esta, que lo introdujo y lo retiró tantas veces que la muchacha perdió la cuenta. Luego la forzaron a ponerse a gatas (en 4), inmediatamente pensó que sería desflorada por una de estas monstruosidades por lo que no pudo contener el llanto y las lágrimas, pero este llanto fue reemplazado por gritos de dolor cuando sintió como era penetrada analmente, mientras dos de estas jugaban con sus pechos, y la otra volvía, como queriendo sofocar sus alaridos, a introducir el pene en la boca de Lilith, mientras tanto las otras dos se penetraban mutuamente y observaban la escena.

Explosión de una sustancia viscosa y amarillenta se coló por su garganta, y la misma viscosidad sintió por detrás; ocurrido esto un ruido como de alguien acercándose se escuchó en las proximidades, ello distrajo la atención de las mismas hacia un nuevo objetivo, dejando a la mujer abandonada y humillada.

Era incapaz de armar algún pensamiento coherente, todo lo que podía formar era la palabra odio y la palabra venganza; estaba mareada y exhausta no podía moverse, ni tenía energías para hacerlo, este sería su último reposo.

Como de milagro por la puerta de aquella sala entró, acompañada de hombres vestidos con trajes bastante extraños (como aquellos que usan para meterse a habitaciones con radiación o sustancias elevadamente tóxicas, o donde hay personas en cuarentena), una mujer de aspecto severo, cabello tomado en un apretado moño, y un vestido que dejaba poco al descubierto (victoriano); se acercó y desató sus manos, presentándose con el nombre de Cristabella. La tapó rápidamente con una manta, y se la llevó junto a su séquito.