Hola a todos y a todas, me tardé mucho en actualizar éste fic y lo reconozco, no me odien! jaja bueno al fin termine el cap, es algo largo. Como les había comentado anteriormente, no creo que éste fic tenga muchos caps. Este cap contiene más VxB, pero como ya conocen el carácter insufrible del Príncipe, el no va a caer rendido a sus pies como lo ha hecho Gokú con Milk xD...paciencia mis queridos lectores. Bueno aprovechando el rating M de la historia, les pongo algo de lo que les gusta, no lo nieguen jajaja no hay lemon lemon, pero si lime.
Muchas gracias por su paciencia!, espero sus comentarios y sus opiniones...abrazos de oso.
Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen a Akira Toriyama, con básicas muy básicas referencias del cuento la Bella Durmiente de los hermanos Grimm.
Capítulo IV
Camino a la aventura
El silencio inundaba la cueva en donde se habían refugiado al anochecer, después de la confesión y las palabras que Milk le había soltado; se sintió algo mareado. La oscuridad empezó a hacerse presente y por primera vez en varias semanas, sintió miedo. Miedo que se vio seguido por un ahogado lamento amortiguado por la mordaza. A Kakarotto le hormiguearon la punta de los dedos y un ardor picante se concentró en la palma de su mano. Reprimió el recuerdo de aquel día con esa preciosa mujer, aún a sabiendas de que ahora mismo lo que más deseaba era sentir otra vez su trémula y tibia piel entre los dedos. La preciosa joven bajo la maldición le había confesado que aquella joven de piel pálida que se recuperaba de sus heridas, era nada menos que la Princesa.
Kakarotto observó con mucha atención como su piel blanca se transformaba en una línea blanca y brillante allí dónde las manos de Milk habían tocado. El cambio era casi instantáneo y sabía que la tranquilidad y la paz de la sanación se extendían lentamente por toda su piel. No le gustaba demasiado el aspecto que tenía la pobre muchacha dormida, se notaba muy delgada, pálida y demacrada, conocía demasiado bien a Vegeta y sabía que habían segundas intenciones de por medio; el Príncipe no tenía tanto autocontrol y solo quería castigarlas severamente como a unas vulgares esclavas, hacerle pagar caro a Milk la humillación sufrida.
La ofensa. Así era la nobleza, orgullosa hasta el final. Bien lo sabía él, que había sido siervo toda la vida.
Pero él no era como el Príncipe, él era la parte sensata y racional de aquella alianza; era cierto que quería castigarla también, pero jamás haciéndole daño, no la haría sufrir sin necesidad; ya bastante tiempo ha sufrido esa hermosa criatura como para causarle más dolor. Se sentía demasiado conmovido por las heridas de su alma, se notaba en su mirada que era muy infeliz, pero sabía que un atisbo de compasión en este preciso momento podría suponer una desventaja sobre ella. Podría aferrarse a esta compasión y no soltarla jamás. No, tenía que mostrarse severo e inflexible por su propio bien. Pero no inhumano. El joven vasallo se sumergió otra vez en sus cavilaciones, intentando pensar. Ella era salvaje, peligrosa, una asesina que atrapaba a los hombres en sus redes para luego matarlos mientras estaban envueltos en sus redes de placer.
¿Qué era esa bella criatura? De día parecía una hermosa joven, de noche también lo era...pero algunas cosas en ella cambiaban, como su aspecto. Seguía luciendo hermosa, pero...
¿A cuántos ignorantes habría desangrado con sus afilados dientes, similares a los colmillos de un lobo? ¿Cuántos habrían sobrevivido a sus mordiscos y habrían intentado matarla a ella? ¿Cuántos habrían herido, cortado o marcado tan suave y hermosa piel? ¿Cuántos hombres habría tenido entre sus piernas sin sentir nada salvo tristeza? ¿Quién debió ser el primer hombre que la hirió tan profundamente para quedar maldita durante tanto tiempo?
¿Broly? Ella había dicho que ese hombre era su padre.
Cada pregunta que él se hacía, se hundía un poco más en la desesperación y eso se reflejaba en su mano, pues la apretaba con tanta rabia que comenzaba a sangrar. Justo lo que no quería, no quería asustarla. Ella lloraba. Kakarotto se echó la mano a la cara lleno de repentina frustración. Respiró hondo, hasta tres veces, y se relajó, expulsando el aire por la nariz. Se acercó a ella, colocándose a su lado en el sueño rocoso de la cueva. Las dos manos del criado se posaron sobre las caderas temblorosas de la mujer, que dio un respingo por el contacto. Aproximándose a una distancia tal que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo, posó los labios sobre su hombro desnudo. Recorrió lentamente la distancia que lo separaba de su cuello y finalmente, besó su oreja. Pasando una mano por entre el cuerpo de la mujer y la columna de piedra, le acarició suavemente el cabello.
- Dime cual es la verdadera maldición - ordenó.
- No - respondió ella. ¿Había sonado a terquedad su negativa?
- Dime la verdad, MIlk. ¿Por qué dijiste que si ella despierta moriremos? ¿Acaso ya no está despierta? - repitió con calma. Su demanda fue acompañada por una caricia a sus labios y a su delicado mentón. Tenía el rostro ovalado y el labio inferior carnoso. Lo apretó delicadamente hasta teñirlo de un sabroso color cereza. - ¿Ella es la verdadera Princesa?
- No.
Kakarotto mantuvo la calma y deslizó la mano por su cuello, apretando con dos dedos bajo la mandíbula, sintiendo el ritmo del corazón pulsando contra las yemas.
- ¿Solo sabes decir "no"? - se burló él. - Tienes el corazón desbocado y puedo notar como intentas mantener la respiración calmada a pesar de que apenas puedes contener el aliento - susurró suavemente en su oreja. Ella jadeó. - Tus palabras son una negativa a mis preguntas, pero tu cuerpo responde afirmativamente a mis caricias. Sólo lamento que tus reacciones estén condicionadas por tu maldición. Seguramente se deba a años y años de atrapar a hombres bajo tu influjo, te excitas ante cualquier estímulo. Tienes una voluntad débil...
- Eso no es verdad... - barboteó ella. Él se sintió lleno de júbilo; la habría tomado ahí mismo. ¡Un avance!. Le tapó la boca con la otra mano y apretó suavemente su tibio pecho hasta que ella se arqueó con un gemido.
- Eventualmente me lo dirás Milk. Sé que confiarás en mí poco a poco como lo vienes haciendo hasta ahora. Los hechos hablan por ti, hermosa desconocida. Tienes unos labios de ensueño, un cuerpo sublime. Y lo sabes, y lo utilizas. Conmigo funcionó. Pero ahora ya estoy al tanto y confiarás en mí, pero no confíes aún en Vegeta... Él no confía en nosotros por el momento.
Le volvió a poner la venda en la boca y apartó la mano de su pecho. Kakarotto se miró los dedos con los que había tocado su cuerpo y los acercó a los labios. Cuanto ansiaba poseerla, cuanto ansiaba besarla; se moría de impaciencia por entrar en su cuerpo y borrar el oscuro y horrible pasado del que ella era cautiva. Sentir sus muslos temblando, su néctar fluyendo libremente entre sus cuerpos, sus labios llenos de placer y sus pechos hinchados de deseo por él.
La observó una última vez por esa noche antes de dejarla en aquel espacio reducido junto a la otra mujer y reunirse con el Príncipe, no debió hacerlo...por sus ojos resbalaban copiosas lágrimas.
En silencio, la abandonó y regresó dónde estaba el Príncipe, cuyo ceño fruncido auguraba que estaría enfadado al menos durante unos cuantos días.
- ¿Y bien? - preguntó impaciente.
- Todo está bajo control, Príncipe - con calma, Kakarotto cogió una cacerola de entre las pertenencias de las que disponían y se acercó a la entrada de la cueva. Seguía lloviendo, así que no le costó mucho llenar la cacerola con agua de lluvia y regresar. Puso el agua junto al fuego.
- Espero que sepas lo que estás haciendo con esa desgraciada... - farfulló el soberano.
- Sí, mi Señor. Lo sé... - vaciló antes de volver a hablar. - Puede que me lleve más tiempo del que pensaba en un principio.
- ¿Más tiempo? - protestó el joven muchacho. - Deberíamos abandonarla aquí y seguir con la búsqueda nosotros solos. - dudó unos segundos en cuestionar - ¿Y qué hay de la otra mujer?
- No, no vamos a hacer eso, mi Señor - su tono fue tajante y autoritario. El Príncipe se cruzó de brazos lanzando una maldición. - La otra mujer es importante para la cautiva, posiblemente también sea una criatura de la maldición, por lo que creo conveniente que las mantengamos cerca de nosotros y estemos atentos; así no nos podrán sorprender - aún no quiso rebelarle la identidad de la desconocida, además Milk le había confirmado que no era la verdadera, por lo que no estaba seguro en hasta dónde le mentía esa hermosa desconocida. Podía detectar la mentira en su tono de voz y su mirada nerviosa, su cuerpo era tan receptivo y a la vez tan sincero.
- Hablaré con esa mujer cuando despierte, me llamó mucho la atención su vestimenta. Si te fijas bien en ella; la cautiva y esa mujer se ven muy diferentes; parece que ésta mujer tiene algún rango más importante. Y además si es parte de la maldición, ¿Por qué la atacaban esos espectros? ¿No se supone que es a nosotros a quienes quieren asesinar? - cuestionó el Príncipe, confuso y a la vez desorientado por el rumbo que estaba tomando su expedición, él sólo quería encontrar a la estúpida Princesa y besarla o hacerle lo que sea que tuviese que hacer y desposarla, listo. Todo el reino dormido sería suyo; ella, que de seguro sería una bella mujer de más de cien años de edad, ¿Pero qué rayos importaba? No le importaba ella, salvo que esté en óptimas condiciones como para procrear un heredero, es todo lo que quería de ella, y por supuesto su riqueza y su ejército.
¿No era un plan asombroso? Pero debía reconocer que esa extraña mujer lo había perturbado, ¿Por qué la había salvado de ese espectro? ¿Por qué no la había dejado morir? ¿Compasión? No, no era eso.
Cuando el agua se templó, Kakarotto regresó con la cautiva y la joven dormida. Ella sollozaba. Otra punzada de compasión aleteó en su pecho. Depositó el cazo cerca de ella y humedeció un trapo. Empapado en agua tibia, escurrió el agua caliente por sus hombros. Las gotas se deslizaron por su espalda y provocaron un escalofrío de placer en ella. El vasallo se mantuvo en silencio mientras cubría su piel de agua caliente y restañaba las heridas de su espalda, acariciándola con ternura. Ella se relajó a medida que la calentaba.
- Doy por hecho que las inclemencias del tiempo no suponen un inconveniente para ti. Habrías muerto de una pulmonía hace horas bajo la lluvia y sin embargo caminabas semidesnuda bajo ella. Por eso no te he cubierto con nada. Por eso y porque tienes un cuerpo hermoso y me gusta tenerte así - comentó en un momento dado, mientras pasaba el paño por sus muslos. - Hay una cosa que quiero dejarte clara Milk: a mí no me interesa esa Princesa. Me interesas tú. Me interesa conocer la razón que te lleva a actuar de ésta forma, me interesa conocer tu cuerpo y tu mente y me interesa liberarte de ésta tortuosa condena. Veo que estás asustada, que tienes miedo. Yo te doy miedo, lo que me lleva a preguntarme, cómo es que sufriendo semejante condena durante todos estos años, temes lo que yo te estoy ofreciendo.
Rodeó la columna para ponerse frente a ella. Al instante la cautiva agachó la cabeza para no mirarlo a los ojos.
- Me recuerdas mucho a ella. - recordó aquella vez, esa mujer a la que tuvo que asesinar -Antes; una mujer, me ha mirado mientras otro hombre la besaba. Me ha abrazado cuando otro hombre le daba placer. Supongo que quería tenernos a los dos atrapados para que ninguno pudiese escapar, porque era una asesina del maldito que destruyó el Reino de donde provengo. Pero me inclino a pensar que en realidad me deseaba y quería que fuese yo quién le diese placer, quizás no debí matarla- le puso un dedo bajo la barbilla para levantarle el rostro pero ella se resistió. Kakarotto agarró su cabellera y tiró hacia abajo para alzar su cabeza y la penetró con la mirada. Los ojos de ella titilaron con la luz de los fuegos de la cueva. Le quitó la mordaza.
- Dime la verdad que ocultas Milk.
- Me es demasiado difícil confiar en ti...
-Puedes confiar en mí, debes hacerlo o al final el Príncipe y yo moriremos y tú y tu hermana la Princesa nunca podrán salir de aquí, nunca podrán ser libres... ¿Acaso no deseas eso? ¿No deseas tener una vida feliz? ¿No es la felicidad y bienestar de tu hermana lo que persigues? ¿No es por ella que has soportado todos estos años? Ahora soy tu amigo. ¿Me dirás qué es lo que está pasando? - demandó con impaciencia, endureciendo la mirada.
- Mi padre maldijo a mi hermana y al Reino, pero no durmió a todos como se hizo creer, el creó una densa neblina venenosa y la envió a las calles del Reino, cada habitante aspiró aquel aire envenenado...mi padre no los durmió, él los dejó morir a todos - tartamudeó con un temblor en sus labios tan tiernos. Kakarotto estaba impactado por sus palabras. - Él maldijo a mi hermana, la envenenó y la durmió, ella duerme un sueño eterno hasta que encuentre la luz, la luz en su interior...fue lo que él dijo; cuando ella despierte el efecto del veneno se activará y ella morirá, y con ella todos los seres que mi padre mantuvo con vida, ella posee una gran magia que es la que ha sostenido nuestras vidas durante todos estos años, ella es quien nos brinda estos poderes; pero ella no puede ser libre, tu Príncipe no es honesto; él no la amará jamás sólo quiere utilizarla. Está escrito, mi madre es una vidente ella lo profetizó hace muchísimo años, llegarían dos hombres de algún Reino lejano, uno lleno de ambición y frivolidad, el otro atormentado por los recuerdos y las dudas, ambos destruirán la maldición y con eso todos desapareceremos, la magia de la Princesa se apagará. No puedo permitirlo, ella nunca ha sido feliz, ella jamás ha conocido nada que no sea oscuridad y sufrimiento; mi padre la odiaba, la detestaba tanto por ser la más poderosa descendiente de la luz que le hizo todo este daño. - Milk lloraba inconsolablemente y a él se le partía el corazón por verla así - A pesar de que mi padre está muerto, nadie ha podido deshacer el conjuro, es una magia tan oscura y antigua; mi madre que posee el poder de la luz lo ha intentado todo, pero es imposible; ella fue apresada por mi padre antes de morir y no he podido encontrarla, ni a ella ni a mis hermanos. Tengo miedo de que él los haya matado...
Soltó un suspiro y comenzó a desatar las cuerdas de sus muslos, su torso y finalmente, sus manos. Ella lo miró con impaciencia. En cuanto él la soltó, Milk retrocedió y echó a correr invadida por el pánico. Huyendo. No llegó muy lejos, cayó de bruces contra la piedra de la cueva y descubrió que tenía una cuerda atada al tobillo, cuyo extremo seguía atado a la columna. Sus mejillas se tiñeron de vergüenza y, despacio, levantó la mirada hacia el vasallo, quién la observaba con extrañeza desde su posición elevada. Sabía que ella intentaría huir y se sintió un poco dolido. Pero lo entendió. Le había atado el tobillo sin que ella se diera cuenta.
Le disgustaba que ella le tuviera miedo. Necesitaba borrar ese pánico de sus ojos asustados. No tenía sentido que ella fuese una asesina despiadada y luego lo mirase con esos ojos negros tan llenos de terror como un animalillo indefenso, nada de esto era su culpa; su padre había sido un maldito que la sumió en ésta desesperación.
Milk trató de desatarse la cuerda apresuradamente. Él no pudo resistirlo más y se cernió sobre ella. Le agarró una muñeca con brusquedad, le rodeó la nuca con la otra mano y la atrajo hacia él con fuerza, alzando su rostro para besarla. Ella abrió mucho los ojos cuando él le cubrió la boca con la suya. En esta ocasión ya no era un deseo irracional lo que impulsaba al hombre a besarla. Era una ardiente necesidad por desterrar la inseguridad que dominaba a esa mujer. Era contradictorio, su fogosidad anterior y su vacilación de ahora. Poco a poco sintió que ella cedía, que se relajaba y abría los labios. Con un gruñido ronco, Kakarotto se introdujo en su boca deseoso de llegar hasta dónde ningún otro hombre hubiese llegado jamás. No quería limitarse a besarla, quería que sintiera lo que era ser besada de verdad, con pasión, con deseo y con ganas de complacerla absolutamente.
La boca de Milk era lo que prometía, cálida, sabrosa, tímida. Huía de su lengua, como si de pronto se hubiese vuelto pudorosa. Kakarotto apretó los dedos en torno a su nuca y siguió envolviéndole la boca hasta que le arrancó un lamento. Saboreó el sonido con gozo y recibió un nuevo gemido absolutamente delicioso. Ella se apretó a él buscando una profundidad mayor, ladeando la cabeza para que sus bocas se acoplaran mejor. Se agarró a él con la mano libre. Quería dominar. Kakarotto le concedió una pequeña victoria, dejó que saboreara el momento, que se confiara. Antes de que ella pudiera arrebatarle el control, la cogió de las dos muñecas y le puso las manos en el suelo a los lados de su cabeza, obligándola a tumbarse. Se separó de sus labios a una distancia muy corta y la miró intensamente.
- No, pequeña Milk, así no funcionan las cosas - murmuró roncamente en su boca. - Voy a liberarte de ésta maldición, vamos a salvar a tu hermana...te lo prometo. Voy a sacarte de aquí, sea como sea. Debe de existir una manera...
Ella arqueó la espalda para tratar de apretarse a su cuerpo. Kakarotto se subió encima de ella a horcajadas y se sentó sobre sus muslos. Milk se removió de impaciencia. Era difícil resistirse teniéndola tan cerca. Pero el hombre permaneció impasible ante sus tentadoras ofertas. Era dificil tomar el control en una situación así.
- Llegado el momento, sé que confiarás totalmente en mí.
Kakarotto se acomodó mejor sobre ella y metió una pierna entre los muslos, separándole las rodillas. Sujetándole una muñeca, con la otra mano acarició su rostro brevemente, luego su vientre y finalmente la besó, fue un beso suave y tímido. Ella gimió y se arqueó, echando la cabeza hacia atrás. Kakarotto apreció sus dientes blancos detrás de los labios rosas y los dos caninos afilados como cuchillos que habían estado a punto de matarlos.
- Milk, eres una salvaje y necesitas disciplina. Deseas complacer y asesinar en nombre de tu causa, siempre has deseado complacer pero nadie ha hecho caso de tus demandas y estás furiosa. Pero yo sí. Yo hago caso de tus demandas, yo presto atención a los latidos de tu corazón y tus sentimientos.
La mujer se estremeció y levantó la cadera, ansiosa por recibir más caricias. Él la atormentó frenando las caricias.
- De nuevo, me cuestionas. Acepta lo que te doy. No quiero más, ni quiero menos. Quiero lo que quiero. Quieta.
Ella se detuvo y le miró compungida.
- Milk...Milk - se escuchó la débil y suave voz femenina en toda la estancia, la pálida mujer de cabellos azules comenzaba a abrir los ojos. Milk se removió nerviosa y el joven siervo se levantó alejándose de ella, nervioso a pesar de lo que acababa de decir. ¿Qué le sucedía con ella? Perdía el juicio cuando la tocaba.
Milk se rindió, incapaz de seguir soportando aquella tortura. Lloraba de emoción y también de dolor contenido, con la respiración agitada y el corazón palpitando bruscamente en su pecho. En los últimos años su pulso sólo se aceleraba cuando mordía y bebía, cuando la sangre entraba en contacto con su lengua y el calor abrasador le bajaba por la garganta. Pero esto, esto que ese hombre le había hecho sentir, era intenso; tan intenso que no podía ser cierto y tan abrumador que daba miedo, estaba aterrada ante su suerte.
Durante los últimos años, que habían sido muchos, el lazo entre ella y su hermana se había estrechado. Ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba cautiva, del tiempo que había transcurrido desde que había sido apresada y castigada, hasta el instante en el cual decidió que no podía resistirlo más. Suplicó entre gritos tratando de acercarse a la joven mujer que acababa de despertar.
- Por favor... déjala huir - sollozó.
- ¿Por qué, Milk? - dijo entre suspiros la joven de cabellos azules - ¿Por qué insistes en que nos separemos? No quiero que te hagan daño - trató de sentarse, pero su cuerpo aún estaba debilitado.
- Li-béra-me... - farfulló cada sílaba con un nudo en la garganta - Va a recaer, su energía está muy débil, por favor - le suplicó.
- Lo haré, Milk, lo haré... haré todo eso y más. Las ayudaré - el hombre se acercó a la cautiva y comenzó a desatarla, primero el nudo que tenía en el tobillo, luego la mordaza y finalmente las manos, ella se puso rápidamente de pie y corrió hacia la joven debilitada, la rodeo protectoramente con sus brazos y comenzó nuevamente con el proceso de curación, sólo cuando su hermana era atacada por algún espectro muy poderoso o intentaba ella misma deshacerse de la maldición se debilitaba tanto al punto de rozar la muerte.
A veces su hermana era tan testaruda, a pesar de ser tan comprensiva e inteligente.
- Haré lo que me pides... lo haré. Te lo suplico, nunca me abandones Bulma...seremos libres... lo... necesitas... lo necesito... - jadeó ahogándose con su propia respiración, con el rostro bañado de lágrimas.
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- No confío en ti y menos en esa mujer - dijo el Príncipe. Era la sexta vez que se encaraba contra Milk desde que dejaran atrás la caverna que había servido de refugio hasta que cesó la tormenta. - Así que, en esta ocasión, vas a ir por delante de nosotros, la mujer la que tanto cuidas vendrá a nuestro lado.
- Creo, mi buen Príncipe, que...
- Cállate, Kakarotto- atajó el soberano con los dientes apretados.
El sirviente se tragó la protesta al ver la furiosa mirada de su señor, pero no se movió de su posición entre Milk y el soberano. Lo último que deseaba era escuchar otra vez larga lista de razones por las cuales el Príncipe debía matar a la mujer y abandonarla para que su cuerpo fuese devorado por los gusanos y las bestias. Aquella imagen sobrecogía a Kakarotto en más de un sentido, no podía imaginar la dulce carne de ella siendo atravesada por aceros, desgarrada por dientes o devorada por los gusanos. Además, la violencia implícita en las palabras del Príncipe lo irritaba. Nunca había puesto en duda su lealtad hacia él, pero empezaba a sentirse terriblemente tentado de darle un buen puñetazo para que dejase de comportarse de esa manera tan infantil. Inculcarle un poco de sentido común y meterle en la cabeza que no hacía falta ser tan condenadamente desagradable para mostrar su desacuerdo.
En esta ocasión, la discusión había comenzado cuando se detuvieron al borde de un precipicio, en un desfiladero de enormes proporciones imposible de cruzar. Milk había asegurado que, si bordeaban el lado en el que estaban, encontrarían un árbol con el tronco caído junto a un arbusto de flores silvestres de color azul, señal de que allí se encontraba el puente que los llevaría al otro lado. Lo hicieron con mucha precaución y atentos a todo el entorno, ya que aunque no llovía, seguía siendo un lugar oscuro y cualquier paso en falso podría lanzarlos al vacío. Para cuando dieron con el árbol y el arbusto de flores azules, allí no había ninguna clase de puente y eso había enfurecido al Príncipe, que a punto estuvo de darle un azote a la cautiva con la funda de la espada. Bulma les aseguró que el puente estaba ahí, pero que era invisible y sólo los que conocían el lugar sabían dónde se encontraba. Tanto Kakarotto como el Príncipe se habían aproximado al borde, sólo para ver una caída de varios cientos de metros y oscuridad al final del mismo.
- ¿Qué esperan? Crucen ustedes primero - demandó el Príncipe. Milk se pegó a la espalda del vasallo y Bulma tiritó en su lugar. Él en lugar de pensar en defender su honor, lo único que pasó por su cabeza fue la imagen de su desnudez, la del color de su piel cuando se sonrojaba y visión de su mirada turquesa.
El Príncipe había manifestado rápidamente su poca confianza en ellas cuando el vasallo, agotado, había asumido que era momento de seguir la marcha. Explicó a su Señor lo que había logrado pactar con la mujer: ella no podía decirles dónde estaba la Princesa por la maldición, pero podía llevarlos lo más cerca posible hasta ella por un camino rápido y seguro. Antes de emprender la marcha, el Príncipe exigió que fuesen atadas por precaución; Él así lo hizo. Para evitar la tentación constante de ver sus cuerpos desnudos inmunes a los elementos naturales, les puso una capa por encima de los hombros y la ciñó a sus cinturas.
Aquella caminata estaba siendo un tormento para ambos hombres.
Pero aun así, podían adivinar las curvas de sus caderas, la prominencia de sus pechos y sus blancos y esbeltos tobillos quedaban al descubierto.
Las mujeres cumplieron su palabra y los guiaron por el camino correcto para salir del bosque. Caminaban detrás del vasallo, que era quién tiraba de la cuerda que les ataba las manos y de tanto en tanto se volvía para brindarles una mirada de amistad. No sufrieron más emboscadas, y avanzaron con presteza por entre los árboles.
Una vez dejaron atrás el bosque vislumbraron una extensa llanura de tierra pantanosa y cultivos marchitos. Encontraron un granero medio derrumbado en el que acamparon para pasar la noche.
El Príncipe Vegeta dividía su atención entre la mujer de cabellos azules y el entorno, pero ella le puso las cosas difíciles desafiándolo. Los días en la cueva le parecieron ya lejanos cuando la mujer había despertado cerca de él, lo había mirado fijamente y le había sonreído. El sirviente tiró de la cuerda que le ataba las manos para intentar que ella lograse volver a dormir. Ella aterrizó convenientemente sobre el suelo y el hombre aprovechó voltear la mirada y fingir que su sonrisa no lo había conmocionado, se estaba comportando como un idiota.
Unas horas más tarde, tras una frugal comida, decidieron salvar el tramo que les restaba hasta la muralla de la ciudad a caballo. El Príncipe abrió la marcha y acomodaron a cada una de las jóvenes en la parte delantera de las monturas.
Unas horas más tarde, encontraron aquel abismo en la tierra que les impedía seguir avanzando. Se asemejaba a una grieta en la piedra, como si la tierra se hubiese abierto por el paso del tiempo.
- Yo cruzaré el puente - convino finalmente Kakarotto para acabar la discusión. Confiaba plenamente en las palabras dadas por ambas mujeres y era hora de demostrarlo. Era momento de dejar la lujuria atrás y emplear la mente en algo productivo.
Se encaminó hacia el borde del desfiladero, observando que, claramente, allí no había más que un abismo negro que prometía una caída interminable. Sonrió para sus adentros y se agachó para recoger un puñado de tierra seca. Luego, la arrojó hacia el desfiladero, ante la envidiosa mirada de su Señor por no haber pensado en aquello y los ojos brillantes de admiración en los rostros de ambas jóvenes por su gran idea. El polvo aterrizó sobre una superficie invisible, revelando los bordes de un puente de dos metros de ancho. El vasallo sonrió con morbosa satisfacción y miró a su Príncipe levantando una ceja.
- Crucemos... - se aclaró la garganta y trató de disimular el color carmesí de sus mejillas. Nunca imaginó sentirse tan incómodo por una situación así.
- ¡Cuidado Kakarotto!
Un chillido agudo, similar al de un pájaro de presa, retumbó por todo el desfiladero y de pronto una criatura alada surgió por el borde. A esta criatura le siguieron cuatro más, que se abalanzaron sobre el vasallo y lo derribaron. Se revolvió cuando unas manos lo agarraron de los brazos y de las piernas, inmovilizándolo contra el suelo. Un cuerpo femenino se subió encima del suyo y sintió un nudo en el estómago.
- Arpías - murmuró Bulma con un gemido.
El Príncipe ya había desenvainado el acero y se dirigía a rescatar a su vasallo cuando tres de aquellas criaturas lo enfrentaron. Eran mujeres y estaban completamente desnudas; cuerpos femeninos de formas voluptuosas y rostros hermosamente provocativos lo estudiaron de arriba a abajo con un brillo codicioso en las pupilas. Dos enormes alas de colores pardos se extendían a sus espaldas, salpicadas de tintes oscuros. Tenían los cabellos sueltos y ondulados, los labios rojos y los pechos turgentes. Cuando la mirada del Príncipe se deslizó hacia abajo, descubrió que sus pies eran como las garras de los pájaros. Al mirar de nuevo sus rostros, ellas sonreían. Todos sus dientes estaban afilados y sus ojos eran de un negro brillante y profundo. El Príncipe vaciló ante la hermosura de aquellas criaturas, cuyas poses eran seductoras, nada hostiles. Sintió unas manos femeninas a su espalda y descubrió a otra de esas exuberantes mujeres. La cercanía lo impactó, el aura de peligro que desprendía era tan potente como su belleza y cuando ella lo devoró con un ardiente beso, cualquier atisbo de cordura fue borrado. Antes de poder reaccionar, las otras dos mujeres se le habían acercado y una de ellas se subió sobre la hoja de la espada, metiéndola entre sus piernas mientras le dirigía una mirada cargada de provocación, toqueteándole entre las piernas.
Kakarotto no estaba en mejor situación, tres de las mujeres lo tenían inmovilizado en el suelo y una cuarta se le había subido encima a horcajadas. La excitación previa a la que había estado sometido durante el viaje no ayudó en absoluto a calmar sus emociones; en cuanto la mujer lo envolvió con sus poderosos muslos, se endureció más de lo que ya estaba. Tragó saliva tratando de pensar una forma de escapar, pero el calor del sexo femenino sumado a los pechos curvos y puntiagudos que lo rodeaban, concentraban toda su sangre en un único punto. Un escalofrío le recorrió el espinazo y ahogó un jadeo, tratando de contenerse. Las risitas cantarinas enviaron oleadas de deseo contenido a su entrepierna y cerró los ojos, intentando pensar en otra cosa. Pero imaginar a Milk estando rodeado de cuerpos excitados que prometían alivio no fue una buena idea. La mujer que tenía encima deslizó las manos por su rostro, su pecho y empezó a desatar los cordones de sus pantalones. El joven vasallo se revolvió con todas sus fuerzas, pero su forcejeo enardecía a las mujeres y su pelvis se rozaba entre las piernas de la que tenía encima. Con gemidos y gorjeos, las arpías arrancaron su ropa, tocaron su pecho desnudo, sus hombros y sus brazos. El tacto era ardiente, le quemaban la piel con cada caricia y sus risas le provocaban espasmos por todo el cuerpo. Una de ellas le besó la boca y él le mordió el labio en respuesta. Ella protestó, pero cogió su cara con las dos manos y lamió sus mejillas, su frente y mordisqueo su oreja. Una segunda boca se deslizó por su torso. Una extraña melodía le fue cantada al oído, nublándole los sentidos y las manos sedosas cubrieron su cuerpo.
Un aullido de pura rabia rasgó el sobrecargado ambiente y Kakarotto sintió que la presión que las mujeres ejercían sobre él se aflojaba. La que había estado todo el tiempo encima de él aterrizó a un lado en una mezcla de piernas, plumas y gruñidos hasta que una enorme salpicadura de sangre se elevó en el aire. Milk le desgarró la garganta con sus dientes afilados y le arrancó un puñado de plumas de una de sus alas. Cuando encaró a las otras tres mujeres, su mirada ardía prendida con la llama de mil fuegos y por su hermosa boca resbalaba sangre fresca, deslizándose por su cuello y sus pechos desnudos. El cambio fue instantáneo, las mujeres aladas emitieron unos agudos chillidos y sus facciones se trasformaron en grotescas muecas de avaricia. Milk se lanzó cual bestia sobre las tres a la vez, rodando por el suelo, formando otra nube de piernas, plumas y sangre. Kakarotto reaccionó sacando el puñal que guardaba en la bota y hundió el arma en el lustroso muslo desnudo de una de las arpías, que lanzó un alarido rabioso. Sus delicadas manos se abalanzaron sobre el rostro del vasallo, dispuestas para arrancarle los ojos. El hombre extrajo el puñal de la pierna y lo hundió entre sus costillas, depositando, no sin un atisbo de tristeza, el cuerpo femenino en el suelo mientras expiraba.
Bulma por su parte se enredó en el cuerpo de una de las arpías, todavía tenía las manos atadas y la soga que le sobraba se les enredaba en los pies, pero eso no le impidió hacerle frente y defenderse, ella no poseía un gran poder físico como su hermana, el cuerpo que ahora poseía era producto de la magia, de su propia magia...era de eso de lo que podía valerse para ayudar a Milk. Al contemplar la brutalidad de su dulce hermanita menor se sintió afortunada por tenerla a su lado, la había echado tanto de menos. Un chillido a su derecha la alertó, justo en el instante en que veía a una arpía descender en picado desde el aire con las garras por delante. Se hizo a un lado y ella aterrizó dónde antes había estado el Príncipe. La enfrentó formando en una de sus manos un ataque mágico, pero el Príncipe, con menos escrúpulos que ella, ya había acudido en su rescate y atravesó el pecho de la arpía. El acero asomó tintado en rojo y el cuerpo se derrumbó a sus pies sin vida.
Los tres observaron la cruenta lucha entre la arpía y Milk, la primera había logrado agarrar a la mujer de los brazos con sus garras y levantó el vuelo. Kakarotto echó a correr, pero sólo alcanzó a rozar el tobillo de Milk cuando esta fue levantada en el aire. El Príncipe rezongó una maldición y sin pensarlo lanzó la espada contra la arpía. Esta realizó una finta en el aire y el acero sólo le cortó unas plumas. Con determinación, la arpía se dirigió volando a trompicones hacia el abismo con Milk entre sus garras.
- No, no, no... - Kakarotto cogió su arco y buscó a tientas las flechas desperdigadas por el suelo mientras el Príncipe se lanzaba a la carrera hacia el acantilado. No vaciló al poner un pie en medio de la nada y cruzó velozmente el puente invisible, quedando suspendido en mitad de la nada.
- ¡Devuélveme a mi hermana! - gritaba Bulma, frustrada, estaba muy débil y acumular su magia tomaría unos minutos, minutos que su hermana no tenía para sobrevivir.
Sobreponiéndose a aquella visión tan extraña, Kakarotto tensó el arco y disparó. La flecha atravesó el cuello de la arpía, pero su errático vuelo no se detuvo y con sus últimas fuerzas, se lanzó al vacío. Milk emitió un grito desgarrador cuando se vio impulsada hacia abajo por efecto de la gravedad... pero tuvo tiempo de lanzar la cuerda que ataba sus manos hacia dónde se encontraba el Príncipe. El soberano agarró la soga y se tensó, preparado para recibir el tirón. El peso de Milk, sumado al de la arpía agarrada a sus brazos lo tiró al suelo cuando se produjo un brusco frenazo. La arpía soltó los brazos de la joven y ésta se balanceó peligrosamente como un péndulo de un lado a otro, poniendo a prueba la resistencia del Príncipe. Kakarotto, con el corazón en un puño, cruzó el puente invisible y con ayuda de Bulma, alzaron a Milk. Sólo cuando la tuvo entre sus brazos, herida y sangrando por un millón de cortes, se sintió medianamente aliviado.
- Empiezo a cansarme de que todo lo que quiere matarnos en este maldito lugar, antes tenga que seducirnos- resolló el monarca, con el cuerpo tenso por la lucha y la sangre chorreándole por los codos. - La próxima cosa viva que vea, la atravesaré con mi espada y no dejaré que me ponga una mano encima...
- Gracias... - la joven de cabellos azules se le acercó con la cabeza gacha, aún temblaba ante el recuerdo de lo ocurrido hace unos instantes - Gracias por ayudar a Milk, Príncipe Vegeta - agachó la cabeza otra vez en sentido de agradecimiento, él no supo la razón de su nerviosismo pero no puedo decirle nada, las palabras no salían de su boca. Él no necesitaba ningún tipo de agradecimiento. Sólo quería ver a la dichosa Princesa.
Completamente sordo, Kakarotto apretó a Milk contra su pecho, mientras empezaba a pensar que aquel viaje era demasiado peligroso.
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