Hola... aquí estoy de nuevo como prometí con el próximo capítulo. Hoy voy a subir tres capítulos. El de hoy, el de mañana y uno de regalo. Así que espero que los disfruten. Ya saben, aclaraciones al final.
CAPÍTULO 3
EN URGENCIAS
Edward Cullen se había convertido en mi nueva obsesión. Cada mañana le veía mirarme desde aquella foto en el campamento de La Push con su sonrisa dulce, sus ojos verdes brillantes y abrazándome que no me podía creer que fuera el mismo Edward Cullen de mirada gélida y distante que me encontraba cada mañana en el instituto. Edward me seguía sometiendo al mismo régimen de alejamiento que hasta entonces. Había intentado averiguar cosas sobre él pero aparte de lo que sabía todo el mundo... que las chicas morían por él, que era el capitán del equipo de baseball... no sabía nada más. No podía llegar al fondo del verdadero Edward Cullen porque estaba segura de que aquello solamente era una máscara. Una máscara para tapar un inmenso dolor como decía Alice. Y quería averiguar qué había causado ese dolor y quería aliviar la pena de su corazón. Me sentía como una vez el Edward de doce años debió haberse sentido persiguiéndome por todo el campamento escuchando mis desplantes. Y sentía un feroz deseo de protegerle, de hacer que olvidase, de borrar esa mirada llena de resentimiento... de hacer que Edward Cullen se transformase en mi Eddie. Esa mañana como cada mañana, Charlie me dejó a unos cuantos metros más abajo del instituto. Habíamos llegado a ese acuerdo y para mi era todo un alivio que la gente no se me quedase mirando al bajarme del coche patrulla. Aunque todo el mundo sabía que el jefe Swan era mi padre. La noche pasada había nevado y helado por lo que el aparcamiento del instituto de Forks era una auténtica pista de hielo. Yo iba absorta escuchando música en mi ipod, concretamente a Bon Jovi y concentrándome en no caerme al cruzar la placa de hielo. Tyler Crowley entró en el aparcamiento un poco más rápido de lo que debería. El coche empezó a patinar. Las ruedas chirriaron pero yo no me di cuenta. El coche de Tyler se acercaba peligrosamente a mi pero tampoco me daba cuenta. Yo seguía caminando a lo mío. La melodía de "These Days" sonaba en mis oídos con fuerza. Me sobresalté cuando sentí unas manos aferrarse de forma férrea a mi brazo y tirar de mi. Levanté la vista y me encontré con los ojos de Edward Cullen. Pero sus mirada no era fría, ni siquiera distante. Solamente había preocupación en ella. Resbalé y bueno todo fue muy rápido. Vi el coche de Tyler impactar contra los coches a los que cuyo lado yo caminaba hacía unos segundos. Pero de alguna forma me las arreglé para golpearme en la cabeza. Me llevé la mano a la nuca. Entonces miré mi mano ensangrentada.
- ¡Maldita sea Bella! ¡Estás sangrando!- dijo Edward que estaba a mi lado tirado sobre el suelo.
Empecé a sentirme floja. El color, el aroma, la textura de la sangre todo eso hacía que me desmayase. Pero algo captó mi atención. Edward se estaba quitando la cazadora mientras murmuraba maldiciones. Después se sacó el jersey que llevaba que creía que era de Lacoste y después la camisa. Vi su torso desnudo. A simple vista y comparado con Emmett, Edward parecía un blandengue pero entonces me di cuenta de los músculos de su pecho y de sus brazos.
- ¡Mierda! ¡Qué frío!
Se volvió a poner el jersey y la cazadora. Después cogió la camisa y haciéndola una bola la colocó en mi nuca.
- No... no... te preocupes... las heridas de la cabeza son las que más sangran...- dije.
- Vamos, Bella, levántate... yo te ayudo.
Le miré sorprendida. Por que aquel era exactamente el tono de voz que habría usado mi Eddie para hablarme. No había más frialdad ni reproche, ni dolor... solamente una preocupación sincera. Edward me intentó levantar pero mis piernas estaban flojas. Así que sin el más mínimo esfuerzo me cogió en brazos. Entonces me di cuenta de que todo el mundo me estaba mirando a mi alrededor. Me aferré a su cuello y hundí mi cabeza en su hombro. Así todo dejó de dar vueltas a mi alrededor. Ya sabía que el flamante Volvo que había visto el primer día era de él. Abrió la puerta del copiloto con un poco de esfuerzo y me depositó suavemente sobre la tapicería de cuero. Edward rodeó el coche para subirse en el asiento del piloto.
- Te voy a manchar de sangre el coche- acerté a decir.
- Deja de decir tonterías Bella o voy a pensar que el golpe te afectó realmente.
Sonrió como solamente lo hubiera hecho hace cuatro años. De forma dulce y tranquilizadora. Edward encendió el coche y comenzaron a sonar las notas de "Claro de Luna" de Debussy.
- ¡Claro de Luna!- dije.
- ¿Conoces a Debussy?
- La verdad es que no mucho. No es de mis favoritos. Pero mamá me la tocaba al piano cuando era niña. Me tranquilizaba.
- ¿Tocas el piano?
- Yo no, Renee si... yo no fui bendecida con el don de saber leer un pentagrama.
Edward rió. Cerré los ojos y dejé que la música me embriagara. Edward conducía anormalmente rápido pero el coche apenas se meneaba. Era un buen coche. Nos detuvimos en el aparcamiento del hospital. Edward me ayudó a bajarme del coche.
- ¡Edward!- dijo una enfermera. Era joven de unos veintipocos años- ¿Qué haces aquí?.
- ¿Está mi padre?- dijo Edward.
- Sí... en la sala de médicos.
Edward me rodeó con un brazo y entramos en Urgencias. Cruzamos el área. Nadie nos dijo nada. Al parecer todo el mundo conocía a Edward Cullen. Cuando llegamos a la sala de médicos Carlisle estaba sentado en la mesa, trabajando en un ordenador portátil.
- ¡Bella!¡Qué ha pasado!- dijo Carlisle.
- Larga historia- contestó Edward.
Me volvía a sentir tremendamente débil. Carlisle me cogió en brazos y le dijo a Edward que se quedase allí esperando. Carlisle me llevó a uno de los boxes de urgencias. Corrió las cortinas para darme un poco de intimidad. Apartó la camisa de Edward, ensangrentada.
- Bueno, Bella... esto no es nada. Unos puntos y ya está...
El propio Carlisle me hizo la cura de la herida. Seguramente que si hubiera sido cualquier otra persona, se hubiera encargado de mi una enfermera. Después me dio los puntos de sutura cuando la anestesia hizo efecto.
- Estás hecha toda una mujer, Bella... y una mujer muy bonita...
Enrojecí y el color de mis mejillas destacaba sobre la lividez de mi rostro. ¿Qué iba a ser yo bonita? Bonita era Rosalie Hale por ejemplo, no yo.
- Debo agradecerte algo, Bella- dijo Carlisle de repente mientras me aplicaba yodo con un algodón.
- Dime.
- Has hecho que Edward vuelva a sentir algo... verás... estos últimos años... he llegado a pesar que era incapaz de sentir cualquier tipo de emoción. Se que suena tonto pero es... impasible es la palabra... Su cara cuando llegasteis era de sincera preocupación...
- Edward me odia- dije recordando su comportamiento hasta entonces.
- No te odia tesoro... hubo algo que le hizo tanto daño que se encerró dentro de sí mismo. Solo necesita que alguien le ayude a salir...
Carlisle y Alice opinaban igual. Aquello solamente era una máscara. Y saber eso me dio fuerzas para seguir intentando deshacer las barreras de Edward. Cuando Carlisle me acabó de hacer la cura, me ayudó a ponerme en pie y caminar hacia la sala de médicos. Me senté en el sofá.
- Ahora mismo te voy a preparar un buen desayuno...- dijo Carlisle.
- Ya desayuné...- dije.
- Perdiste mucha sangre, Bella, esto te ayudará a reponerte.
Carlisle me preparó una taza de leche con cacao, un vaso de zumo y un bollo. Lo comí sin rechistar mientras que Carlisle le preguntaba a Edward sobre los pormenores del incidente.
- Por favor, Carlisle... no le digas nada a mi padre- supliqué.
- Te va a ver la herida...- dijo Edward.
- Y es posible que llamen del instituto- dijo Carlisle.
- Lo se, pero prefiero lidiar yo con él...- dije.
Carlisle entendió. Conocía a mi padre desde hacía muchos años y sabía que podía llegar a preocuparse demasiado. A veces tenía reacciones exageradas. Después del segundo desayuno del día Carlisle le recomendó a Edward que me llevase a mi casa. De camino el Edward frío y distante había vuelto a aparecer. Detuvo su flamante Volvo delante de mi casa. Se bajó del coche como un perfecto caballero y me abrió la puerta. Me bajé del coche y me acompañó hasta la mismísima puerta de mi casa. Yo abrí y entré adentro. Él se despidió de forma fría. Tenía el ceño fruncido. Estaba distante, no como lo había estado cuando íbamos de camino al hospital. Al parecer tenía que ponerme en peligro para que el Edward Cullen que había conocido en La Push regresase. Eso significaba dos cosas. Que para ver esa mirada en sus ojos cargada de dulzura podía ponerme en peligro, y siendo yo la que lo hacía seguramente lo conseguiría. O que después de todo no le era indiferente y esa certeza me dio ánimos para seguir intentando hacer mella en el muro que Edward Cullen se había hecho alrededor de sí mismo.
