El rey del laberinto

—Dame una sola razón por la que debiera de hacerlo.

Hoggle inclinó la cabeza mansamente a sabiendas de que recibiría la negativa del rey ante su petición. De hecho, en ese momento empezó a mascullar al respecto llamándose "torpe" en repetidas ocasiones a la vez en que movía las manos no sabiendo a qué afianzarse para protegerse de la ira de Jareth.

No obstante, el Rey miraba tranquilamente desde su trono el pequeño espectáculo que le ofrecía el viejo enano.

—No me interesa Higle. Conoces las reglas, lo olvidará, crecerá y la vida seguirá su rumbo — recitó cambiando de posición para inclinarse al frente, aunque los peldaños que separaban su asiento del suelo lo dejaban muy lejos aún de la altura de su súbdito.

—Es Hoggle, su alteza… Pero si su alteza… si su alteza… Sarah es… Sarah es amiga de Hoggle…

—Esa no es una razón lo suficientemente poderosa para acceder.

— ¿Y no hay algo que pueda hacerse para ayudarla? ¿Lo que sea?

—Tú, el guardián del puente junto con su ridícula montura, y la bestia peluda, no han sido ejecutados porque no me viene en gana, pero quiero recordarte que desobedecieron mis órdenes directas, cometieron acto de traición y participaron en una rebelión armada.

—No estábamos armados.

— ¿Qué has dicho?— bramó poniéndose de pie.

—Que que que no estábamos armados, señor, su majestad.

Jareth impuso su altura, muy por encima de la media en un goblin. Le miró con el semblante serio, los ojos de color dispar clavados directamente en su verrugoso cuerpo y el enano agachó más la cabeza llevándose las manos a la boca, sin creer realmente lo que acababa de hacer.

—Yo… su alteza, yo no….

—Vaya, vaya. Con que te has vuelto muy valiente.

—No, no señor, no su alteza…

—Yo creo que sí ¿Y sabes qué? Me estás tentando a jugar un juego.

— ¡Por favor! ¡Piedad!

—He sido muy indulgente con ustedes, mis pequeños traidores. Eso no habla muy bien de un Rey ¿No es así?

Hoggle ya estaba arrodillado pensando en lo peor. Jareth podía ser muy cruel, demasiado, y en partes iguales caprichoso y calculador.

—Cumpliré tu petición. Aunque claro, sabes que nada se obtiene fácilmente.

—Que… ¿Qué debo hacer, señor?

No podía creer que realmente estuviera a un paso de lograr ayudar a Sarah, solo un poco de todo lo que ella había hecho por ellos. Pero le daba miedo lo que Jareth fuera a pedir, lo que se le ocurriera para dar por pagada su petición sería horrible ¿Se acobardaría? El Rey tenía razón, solo era cuestión de tiempo para que Sarah confundiera todo con un sueño, jamás se molestaría con él por no haberla ayudado, pues no sería real para ella, una traición imaginaria de una criatura imaginaria. No le guardaría rencor por eso.

Aunque quedaría en su propia conciencia. No. Había hecho cosas peores, no tenía porqué afectarle tanto que una humana que ni siquiera lo consideraría real quedara abandonada a su suerte.

¿O sí?

Trago saliva y no se molestó en disimular el temblor que lo envolvía completamente, ya estaba arrodillado, casi a nada de estar completamente tumbado en el suelo empezando a excavar algún agujero para meterse y del cual no salir en los próximos cien años.

.

Jareth se quitó la chaqueta de piel arrojándola sobre la cama para después dejarse caer él también. Extendió los brazos a los lados y cerró los ojos mientras el sol de la tarde caía sobre la habitación, entrando cálidamente desde el balcón con la firme intención de dejarle dormido. Pero él no perdería batalla con algo tan insignificante como el calor, solo pasados unos minutos en los que pudo sentir el cansancio del día abandonarle, se incorporó en un solo movimiento y se dispuso a cambiarse de ropa para la cena, no obstante, se percató de que no estaba completamente "a solas" como había dado la orden.

—Por tu bien que esta interrupción tenga más valor que tu vida— masculló sin mirar.

—Sí, si que lo es ¡Gaaarg!— chilló la cabeza de un ave asomada por el ventanal sin atreverse a entrar, solo moviendo el cuello hasta casi hacer una contorción.

—Pero el viejo no puede subir — siguió diciendo el pájaro con su voz chillona y graznidos incontrolados al hablar.

Jareth creó una esfera de cristal, la jugó entre sus dedos mirando en ella el jardín que estaba debajo de esa torre y donde un viejo mendigo permanecía sentado en una banca medio derruida al lado de un rosal marchito. Notando que no había nadie más con él, arrojó el cristal al suelo rompiéndolo en pedazos pero convocando al anciano harapiento. Casi arrepentido por haberlo traído directamente a su habitación arrugó la nariz por el espectáculo ligeramente grotesco que daba la cabeza del pájaro arrastrándose hasta quedar cerca del goblinque dificultosamente se agachaba para tomarlo por el cuello y subirlo hasta su cabeza.

—Su alteza— habló finalmente el viejo, inclinándose más de lo que la joroba lo obligaba naturalmente.

— ¿Qué es lo que tienes que decir?

—La tierra habla señor, y el viento también. Hay mucho polvo de hada en los muros del laberinto. Se acercan, señor.

—Pero no sería la primera vez que esos bichos se acercan tanto, ni la primera que los rociaremos con veneno. Son torpes, intuitivas y desordenadas. Con su reina muerta se convirtieron en una plaga salvaje.

—Eso mismo, su alteza, los golems de las montañas más allá de sus dominios están abandonando sus madrigueras, no quieren ser usados de nuevo por las hadas.

El rey entreabrió los labios comprendiendo la gravedad de lo que su viejo informante le estaba tratando de decir muy a su particular estilo de no dejar nada claro.

—Los golems, mi señor, son criaturas de la naturaleza, y las hadas pueden gobernarlos.

— ¡Ándate sin rodeos, sinvergüenza!

—Alteza, una reina ha nacido.

Jareth le dio la espalda apretando los puños.

—Y si mi vieja intuición no me falla, es una Reina de tierra y hojas, señor.

—Intuición… no me sirve tu intuición, y no puedo verla si no la conozco. Quiero que no sea una sospecha, quiero que estés completamente seguro de esto que me estás diciendo.

Enseguida, Jareth le entregó un cristal que el otro guardó el la caja de la limosna con solemnidad.

—Si antes de que caiga el próximo claro de luna llena en los bosques de la frontera, tú eres capaz decirme quién es y en dónde está, serás recompensado — dijo con seriedad recibiendo una inclinación de cabeza por respuesta.

Olvidándose de lo que iba a hacer antes de ser interrumpido por el sombrero parlante, y una vez que envió al viejo de regreso a los pasillos del laberinto, salió de su habitación con humor nada mejor a como había ido a encerrarse.

— ¡Quiero tres mensajeros! — vociferó señalando a un guardia que primero saltó exageradamente y después se escurrió entre los pasillos.

— ¡Los capitanes de la guardia a la sala del trono, ahora!— volvió a demandar haciendo que su voz se escuchara como un trueno que hizo eco en todo el castillo y seguramente afuera también.

Todos los pequeños goblins temieron que alguien lo hubiera puesto de mal humor y a toda prisa, chocando entre ellos, destrozando todo lo que a su paso se encontraban al querer seguir un práctico camino recto en lugar de dar rodeos con sillas y jarrones. Toda la guardia se apostó en sus posiciones del jardín a la plaza y los capitanes de cada sección se reportaron tan pronto como pudieron donde habían sido solicitados.

El lugar era un desorden total, más de lo que usualmente era. A través de las cortinas rasgadas solo entraba un poco de la última luz del día, había varios candiles colgando del techo, y antorchas en los muro, pero no serían encendidos, nadie se ocupada de ellos porque todos podían ver perfectamente tanto si había luz como si no. El último de los capitanes entró abrochándose las correas de su armadura, trató de hacer el menor ruido posible, pero todos atendieron su llegada puesto que nadie se había atrevido siquiera a emitir una risa boba al notar el semblante serio del Rey, que absorto en la escritura de lo que parecía una carta no había dado más indicación.

El último mensajero salió por la ventana pedaleando con velocidad para elevar su globo directo a la ventana. Solo el chirrido del mecanismo de los pedales fue lo que se escuchó por unos segundos, hasta que se alejó tanto que desapareció.

Hubo un gruñido que pudo ser un estornudo. Jareth levantó la vista y se puso de pie.

— ¿De cuántos soldados disponemos?— preguntó mirando a los trece goblins que tenía al frente suyo.

El primero de la fila, moviendo su larga cola de un lado a otro, rodando los ojos en busca de una respuesta, fue el primero de hablar.

—Yo tengo uno por cada pilar en el norte.

Jareth bajó la vista, esos eran ochenta, noventa si le había asignado puesto a donde no quedaban más que ruinas. Señaló a uno con hocico de cerdo, siguiente en la fila.

— ¿Yo? Yo, yo… yo alteza cuento con dos soldados en cada puerta del castillo.

Doscientos cincuenta y seis.

—Yo tengo solo uno.

— ¿Qué?

—Señor, mis subordinados se perdieron en el basurero cuando empezamos la búsqueda del ladrón de techumbres de las casas ¿Recuerda? solo uno ha regresado.

Ni siquiera se molestó en hacer comentarios, solo pasó al siguiente.

—Yo tengo uno por cada plaza de la ciudad.

Veintidós.

—Eh… creo que tenemos cuatro barredoras… no, cinco…

Sí había ocho por cada barredora, serían cuarenta.

Que ninguno supiera contar más de diez, o veinte si eran demasiado listos, era un problema total, porque aparte de los soldados asignados a cada sección estaban los que iban en rondas individuales, lo que creían serlo y por supuesto, los que se perdían y andaban en algún lado del laberinto sin volver a ser vistos. No tenía tiempo para contarlos a todos personalmente, así que se arriesgaría a trabajar con el número más aproximado que le reportaban. Se cruzó de brazos pensando bien qué haría, tampoco tenía un censo seguro de las hadas, pero tan solo en sus propios dominios había al menos una cuarta parte de su número total de goblins, y faltaba ver los que se habían dispersado en otros reinos y los que seguían en su propia tierra.

—Busquen a los exterminadores de hadas y que preparen el veneno, quiero a la mitad de los soldados que disponen trabajando en eso.

— ¿La mitad?— se atrevió a preguntar uno — ¿La mitad de la cabeza? ¿O la mitad de las piernas?— siguió hablando con total seriedad, él en lo personal daría la mitad de la cabeza para que con los ojos pudieran ver lo que hacían, pero el Rey tenía que escoger.

Jareth cerró los ojos.

—Es que no pueden ser tan imbéciles — murmuró.

— ¿Su alteza prefiere que las mitades tengan un brazo y una pierna?— preguntó de nuevo, asustado por su primer error. De los trece presentes solo dos ya habían entendido a qué se refería, pero no decían nada, especialmente porqué el Rey no estaba de muy buen humor y pasar inadvertidos era su mejor oportunidad de salir ilesos de la reunión.

— ¡Uno completo a trabajar con el veneno! ¡Y uno completo a trabajar en su sitio de guardia!

—Pero… ya no serían mitades, alteza.

Jareth se dejó caer en el trono soltando un suspiro. Iba a ser una noche demasiado larga.


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