4
La cicatriz
El cuarto de baño estaba rodeado del espeso vapor y el aroma de los aceites, la luz de la tarde entraba por la ventana reflectando las gotas de agua como un arcoíris. Cora tallaba con cuidado la suave y rosada piel de su pequeña hija, mientras ésta jugaba la espuma del jabón en la bañera con los deditos de las manos, canturreando una cancioncilla. Cora parecía muy pensativa, pasaba la esponja de felpa sin poner mucha atención.
—Mamá… Quiero decir, madre —corrigió Regina rápidamente—, ¿estás triste?
—¿Mmm? —Cora salió de sus pensamientos—. Oh, no, no hay nada en este mundo que pueda ponerme triste, querida.
Regina sonrió. Cora siguió enjabonándola, sin embargo, había una cosa que no podía quitarse de la cabeza. Algunas veces, cuando cuidaba de Regina, no podía evitar pensar en la hija que había abandonado. Cuando Regina nació era tan parecida a esa primera niña que sintió miedo. Tenían el mismo tono de piel, el color de los ojos y el cabello. Con el paso de los meses los ojos de Regina adquirieron un color más ocre, hasta que finalmente se volvieron marrones y su cabello se oscureció. Para alivio de Cora, Regina tenía mucho al príncipe Henry, así no recordaba a aquella niña que había dejado en el bosque, en una simple canasta. No se arrepentía de ello, no podía decir que sintiera alguna culpa, para una mujer sin corazón no existía el remordimiento. Sin embargo, le alegraba que Regina fuese tan diferente, como si con ella comenzara una nueva oportunidad, un nuevo inicio para hacer las cosas bien. El cuidado con el que proveía a su hija tenía fundamento, quería convertirla en lo que ella no había podido ser. Ahora que sentía amenazados sus deseos, Cora era capaz de todo con tal de conseguir lo que quería y necesitaba.
…
Regina miraba por la ventana. Henry estaba jugando en el jardín trasero, sobre la espalda llevaba un saco de cuero falso y dentro de éste un juego de flechas con punta de plástico. En las manos sostenía un arco también de juguete y corría de un lado a otro apuntando al aire y hablando consigo mismo. Regina podía pasar horas sólo mirándolo. Henry era un niño maravilloso y ella lo sabía. Sólo él había logrado despertar sentimientos profundos y buenos en Regina. Se había convertido en una madre dulce y amorosa. Desde que había lanzado la maldición, hacía ya veintiún años, ella no se había permitido tener a nadie a su lado. Henry llegó en el momento correcto y estaba segura de que su curtido corazón se ablandaba poco a poco.
—¡Henry! —llamó Regina saliendo por la puerta del jardín.
—¡Un rato más, mamá! ¡Por favor! —suplicó Henry con la carita llena de tierra y las rodillas enlodadas.
—¿Qué haces, cariño? —preguntó Regina, divertida.
—¡Soy Robin Hood! —exclamó Henry, emocionado con el arco en la mano.
—Bueno, sir Robin Hood, es hora de que haga sus deberes —dijo Regina con un tono ceremonial.
—Está bien, mi lady —sonrió Henry haciendo una reverencia para luego salir corriendo.
Regina sonrió, ¿y se suponía que el Bosque Encantado había quedado atrás? Sabía que a su pequeño le entusiasmaban las historias; sin embargo, fue muy cuidadosa y dejó fuera de su alcance los cuentos de hadas, con las historietas era suficiente.
Hacía ya un mes de que Henry iba al prescolar. Regina poco a poco se había acostumbrado a tenerlo lejos de ella la mitad del día, pero no por ello le resultaba más fácil. Así que implementó una rutina, todas las tardes dejaría el trabajo a tiempo para estar con Henry, harían los deberes juntos y cenarían en casa. Todo iba a ser perfecto.
—Bien, veamos qué es lo que se le ocurrió a la señorita Blanchard esta vez —dijo Regina en un tono poco amistoso que Henry no solía notar.
—Debo trabajar en mi árbol geológico.
—Querrás decir genealógico, cariño.
—Sí, tal vez.
La expresión jovial de Regina se transformó en un gesto serio. Henry se quitaba el atuendo de Robin Hood y se sentaba al lado de su madre en el pequeño escritorio de su habitación. Regina lo miró con detenimiento y moduló su voz a un tono muy suave.
—Henry, ya habíamos hablado de esto hace poco, ¿recuerdas? —preguntó ella, un tanto preocupada.
—¿Sobre qué, mamá? —respondió Henry confundido.
—Sobre tu adopción, cariño —dijo Regina sutilmente.
—Ah, sí, lo sé —asintió Henry sin mucha preocupación—. La señorita Blanchard lo sabe también.
—¿Cómo dices? —preguntó Regina extrañada.
—Sí, ella me contó sobre el día en que me conoció —sonrió Henry, haciendo unos garabatos en la hoja de papel—. Me dijo que tú me trajiste a aquí y que yo lloraba mucho.
Regina apenas si podía articular palabra. ¿Cómo se atrevía esa maestra de pueblo a contarle algo así a su hijo? Por supuesto que Henry sabía que era adoptado, Regina había sido muy cuidadosa en decírselo desde muy pequeño, para que nunca llegase a conclusiones erróneas sobre su origen. Sin embargo, Snow, Mary Margaret, había llegado muy lejos.
—Entonces, ¿tengo abuelos? —preguntó Henry desviando la atención de su madre quien tenía claramente una mirada furiosa.
—¿Qué? —musitó Regina confundida—. Ah, sí… Sí, Henry. Bueno, los tuviste.
—¿Cómo eran tus padres, mamá? —preguntó Henry, entusiasmado.
—Mi padre era el hombre más dulce de este mundo —respondió Regina, aclarándose la garganta un poco como cada vez que hablaba de su padre—. Se llamaba como tú: Henry.
—¿De veras?, ¿yo me llamo como él? —preguntó el pequeño emocionado con una sonrisa de oreja a oreja.
Regina asintió complacida.
—¿Y tu madre? —preguntó Henry con curiosidad.
Regina suspiró.
…
Regina corría a toda velocidad por los prados sujetándose el largo vestido con las manitas para no tropezar. Detrás de ella, dos niñas corrían también apresuradas. Entre risas y gritos de júbilo jugaban al Rey Midas, una de ellas era el rey y si tocaba a otra ésta tenía que quedarse inmóvil pues se convertía en oro. Era la primera vez que Regina jugaba con otras niñas, éstas eran las hijas de las mozas que vivían en el mismo feudo. Aquello resultaba ser muy divertido. Regina lamentaba que nunca antes hubiese salido a jugar a los jardines con ellas, estaba pasándola muy bien. Cuando le tocó el turno de ser el Rey Midas las otras niñas corrieron también apresuradas, sin embargo lo hicieron muy lejos con verdadero miedo. De pronto, Regina se dio cuenta por qué las niñas habían huido de ahí: Cora se aproximaba a Regina con paso firme y rápido, tenía un gesto de enfado evidente y resoplaba por la nariz.
—¡¿Qué estás haciendo aquí?! —exclamó Cora a su hija, sujetándola firmemente por un brazo—. ¡Esas niñas no son como tú! ¡Son unas simples sirvientas! ¡Habrá que ver si no te han contagiado los piojos! ¡Mírate nada más!
Cora condujo a Regina del brazo hasta el interior de la casa. Los ojitos de las otras niñas miraban desde sus escondites cómo la princesa Cora blandía a su hija. Regina tenía el corazón acelerado, sentía miedo. Cora seguía reprendiéndola cuando de pronto el príncipe Henry se cruzó en su camino.
—Cora, tenemos que hablar.
—¿Ahora? —inquirió Cora malhumorada—. No tengo tiempo. Tu hija ha estado jugando con los criados. No sé de dónde habrá aprendido esas costumbres.
—Cora, esto no puede esperar.
Henry tenía un gesto nervioso, sudaba a mares y tenía el semblante enfermizo.
—¿Qué pasa, querido? —preguntó Cora, soltando a Regina y aproximándose a Henry.
—He abdicado junto con mi padre —dijo Henry sin rodeos.
Cora no quería creer lo que escuchaba. Regina se había quedado en un rincón de la habitación, temerosa. El príncipe Henry caminaba de un lado a otro muy preocupado.
—¿Q-qué has hecho qué? —preguntó Cora sorprendida.
—He renunciado a la fortuna, Cora —dijo Henry con los ojos enrojecidos, intentaba explicarse lo mejor posible—. Creo que será lo mejor para nosotros. Aceptaré el título nobiliario que mi padre nos ha ofrecido. Podremos ser conde y condesa, las cosas irán bien, ya lo verás. Nos quedaremos con esta casa, con las granjas y los criados. Regina podrá crecer aquí, en el campo, tendrá una buena vida.
—Tú… tú… —intentaba decir Cora— has condenado a nuestra hija a una vida miserable.
—¿No lo entiendes, Cora? —preguntó Henry, preocupado—. Podremos vivir con libertad, no hay nada mejor que eso.
—¡El reino habría sido mejor que eso! —exclamó Cora encolerizada—. ¡Nos has dejado en la miseria!
—No, Cora, por supuesto que no —respondió Henry, cansado—. Lo que he hecho ha sido por el bien de los tres. Haber peleado por la corona habría sido estúpido y una guerra perdida.
—Para mí no.
Cora miró a Henry con desprecio, tenía los ojos llenos de lágrimas furiosas. Tomó de nuevo a Regina del brazo y la llevó consigo hasta su alcoba de prisa.
…
Por mucho que lo intentara, Regina no podía evitar sentirse molesta con Mary Margaret. Se suponía que en esa nueva vida ella no debía causarle más problemas, ese era el plan. No soportaba que Henry hablara todo el tiempo de su maestra ni que pasara demasiado tiempo con ella. Ardía de celos con sólo pensar que el niño pasaba la misma cantidad del día con la señorita Blanchard como con ella que era su madre.
Graham ya había sufrido las consecuencias del malhumor de la alcaldesa, en los últimos días lo había convencido de vigilar a Henry durante la hora del almuerzo en la escuela, quería saber cuánto tiempo pasaba su hijo con la señorita Blanchard. Lo mismo había sido para Sidney quien no había conseguido acceder a los archivos de la escuela como Regina lo había pedido.
—¡Son esos archivos o tu trabajo, Sidney! ¡Los quiero para mañana mismo! —exclamó Regina con firmeza en el auricular y luego colgó de mala gana—. ¡Archivos clasificados… bah! ¡Yo hice esa escuela!
Llamaron a la puerta y el rostro de Graham se asomó por la abertura.
—¿Se puede?
—Pasa —ordenó Regina, ordenando unos papeles apresuradamente—. ¿Qué haces aquí? El almuerzo comienza en media hora, ya deberías estar ahí.
—¿Crees que sea muy necesario? —preguntó Graham con un gesto dubitativo.
—Lo es, por supuesto que lo es —respondió Regina con un gesto amenazante.
—Regina, ¿no crees que estás llevando esto demasiado lejos? —preguntó Graham, indiferente—. La señorita Blanchard es la persona menos interesante que he conocido en Storybrooke. Es sólo una maestra. ¿Qué es lo que tienes contra ella?
Regina miró a Graham con una cara de pocos amigos, cuando hacía ese gesto la cicatriz de su labio parecía marcarse aún más.
—Mi hijo pasa con ella todos los días, Graham, ¿te parece poco que quiera saber quién es esa mujer?
—Pero si todo mundo la conoce. ¿No será que estás celosa?
—¿Celosa? —preguntó Regina, resoplando—. ¿Celosa de una maestra de pueblo?, ¿por qué habría de estarlo?
—No lo sé —respondió Graham encogiéndose de hombros—. Quizá por Henry.
—Henry es mi hijo, no de ella.
—¿Lo ves?
Graham sonrió alzando las cejas hacia la alcaldesa. Ésta lo miró con desprecio y regresó a su escritorio.
—Regina, no tienes que temer nada. Mary Margaret no es una amenaza para ti. Conozco a Henry muy bien y sé que él te ama más que a nadie en este mundo.
Las palabras de Graham tomaron a Regina por sorpresa. Ella alzó la mirada, su gesto se había vuelto suave. Graham le guiñó un ojo y salió por la puerta.
Por la tarde, luego de los deberes, Regina ayudó a Henry a ducharse antes de cenar. El niño no dejaba de hablar sobre lo que había hecho en la escuela, pero por alguna razón Regina se mostraba mucho más alegre. Las palabras de Graham habían hecho efecto en ella. Henry era su hijo y también lo amaba más que a nadie en el mundo.
—Entonces, yo le dije que podríamos construir un sitio para aves aquí en la casa, ¿podemos mamá? Te prometo que nos portaremos bien. Él es mi amigo.
Henry sonrió a su madre, ésta le secaba el cabello con la toalla.
—Ya veremos, cariño —dijo Regina—. De hecho, he pensado que quizá nos hemos apresurado un poco con esto de la escuela.
—¿Por qué? —preguntó Henry, confundido mientras su madre le colocaba el pijama de dinosaurios.
—Creo que ha sido suficiente, por ahora. ¿Qué te parece aprender cosas en casa? El próximo año podrías regresar a la escuela sin ningún problema. Será otra clase, pero harás amigos ahí también. Ya verás.
—¿Qué?, ¿no volveré a la escuela el lunes?
—Es lo mejor, cariño.
—P-pero… la señorita Blanchard…
—No me importa lo que la señorita piense —dijo Regina subiendo el tono de su voz—. Yo soy tu madre y sé lo que te conviene y lo que no. Así que si digo que no volverás a la escuela así será.
—¡Mamá, yo quiero ir a la escuela!
—Volverás a casa y eso es todo.
—¡No! —gritó Henry, zafándose de los brazos de Regina—. ¡Yo quiero ir a la escuela! ¡Tengo amigos! ¡Quiero a mi maestra!
—¡Tú no puedes quererla, Henry! ¡Ella no es tu madre! —exclamó Regina, exasperada.
—¡Tú tampoco lo eres!
Regina no soportó que su hijo le dijera aquello. Lo miró enfurecida y, con un impulso que ella misma desconoció, alzó la mano amenazadoramente. Henry cerró los ojos y se cubrió la cara con los brazos. Regina se detuvo en el aire y apretó el puño, ¿qué había estado a punto de hacer? Henry abrió los ojos poco a poco, bajando los brazos con incredulidad. Por primera vez en su corta vida, miró a su madre con miedo y sus ojos se cristalizaron. Regina no sabía qué hacer, sus labios trémulos intentaban decir algo al pequeño niño que la miraba con esos ojos verdes y profundos llenos de lágrimas.
—Henry, yo…
El niño echó a correr por el pasillo, alejándose lo más rápido que pudo de su madre. Regina se quedó inmóvil, sólo mirando cómo su pequeño hijo huía de ella. Regina fue tras él tan pronto como pudo. Henry se encerró en su habitación, colocó el seguro y se escondió debajo de la cama. Regina se colocó detrás de la puerta.
—¡Henry! —exclamaba llamando a la puerta—. Cariño, perdóname… yo… yo no quise…
Regina se dejó resbalar con la espalda pegada en la puerta, mientras se sentaba en el suelo con las rodillas recogidas y el rostro escondido entre ellas. Una lágrima recorrió su mejilla hasta morir sobre la cicatriz de su labio.
…
Cora cambió el vestido sucio de Regina por uno limpio rápidamente. Intentaba distraerse de lo que acababa de anunciar Henry. Estaba furiosa, no podía contenerse a sí misma. Regina miraba a su madre con un poco de aprensión. No sabía lo que pasaba, pero intuía que no era algo bueno.
Para calmar su humor, Cora comenzó a cepillar el cabello de su hija, desenredando los mechones que le caían sobre la cara.
—Mamá, ¿por qué no puedo jugar con esas niñas? —preguntó Regina, confundida.
—Porque tú eres diferente a ellas, querida —decía Cora, ensimismada.
—¿En qué soy diferente?
—Bueno, tú eres la nieta del rey, eres la dueña de las tierras que ellas van a sembrar algún día.
—¿Y eso es bueno?
—Lo es, Regina —dijo Cora con una sonrisa—. Debes entenderlo desde ahora. Tú serás alguien muy importante, harás cosas grandes y maravillosas. No puedes perder el tiempo jugando con unas simples plebeyas.
—Pero, madre, tú haces cosas de plebeyas.
—¿Cómo dices? —Cora se detuvo y miró a su hija con detenimiento.
—La otra noche yo te vi hilando en la rueca. Hacías que la paja se convirtiera en oro —respondió Regina como si se tratase de la cosa más natural del mundo.
—Te prohíbo que cuentes algo de esto a tu padre, ¿me entendiste? —Cora tomó el brazo de Regina, haciéndole daño—. ¡¿Cuándo aprenderás a comportarte como una princesa?!
La mirada de Cora se tornó colérica. Alzó una mano y azotó la mejilla de Regina tan fuerte que lanzó a la niña por los aires, en el arrebato no contuvo su magia y ésta se impactó contra la pequeña como una luz púrpura resplandeciente. Regina cayó de bruces contra el suelo, las lágrimas resbalaban de su rostro y también la sangre. El golpe de su madre le había abierto el labio, haciéndole una profunda herida. Regina se tocó el rostro con la mano y vio el líquido rojizo. La puerta de la alcoba se abrió de par en par, Henry apareció en el umbral y miró perplejo la escena: Cora se había quedado en el rincón de la habitación, cubriéndose la boca con las manos. Regina, en el suelo, lloraba con el rostro enrojecido y los labios ensangrentados.
—¿Qué has hecho? —preguntó Henry, furioso, con la voz grave. Se dirigió con rapidez hacia su hija y la tomó entre sus brazos.
Cora era incapaz de articular palabra alguna. Henry miró con detenimiento la herida de Regina y luego dirigió sus ojos enrojecidos hacia su mujer.
—Tú no merecías ser madre, Cora.
En cuanto Henry dijo esto salió de la habitación, presuroso, protegiendo a su hija entre sus brazos.
…
Regina se miraba en el espejo, había llorado mucho. Se lavó la cara y pasó sus dedos por su rostro deteniéndose en la marca de su labio. Recordaba aquel día, recordaba a Cora, recordaba todo. Había fallado. Henry no abrió la puerta de su habitación durante toda la noche.
Continuará...
