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Parcialmente Vivo

Maye Malfter

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Capítulo IV

Al llegar al Nuevo Scotland Yard, Lestrade los estaba esperando en la puerta de su oficina, con un gran vaso de café en una mano y ojeras propias de quién no ha dormido más de un par de horas en las últimas veinticuatro.

Entre la entrada principal y la oficina del detective inspector, una gran cantidad de ojos curiosos se habían girado para verles. A algunos de ellos, Sherlock los reconocía de años anteriores, rostros más endurecidos y experimentados, pero sin duda alguna conocidos. Otros, como el muchacho moreno del día anterior, eran totalmente nuevos a sus ojos, gente que el detective consultor nunca había visto en su vida pero que, a juzgar por cómo le miraban, sabían perfectamente bien quién era él.

Por su propia tranquilidad mental, Sherlock ni siquiera se permitió detenerse a pensar en qué habría sido de aquellos a los que sí conocía pero que, de acuerdo con sus deducciones, ya no estaban en el Yard... como Phillip Anderson.

—Vaya, eso fue rápido —comentó Lestrade nada más verles, e hizo un gesto con la cabeza para que lo siguieran, lo que ambos hicieron.

—Casualmente estábamos cerca —dijo Sherlock, entrando en la pequeña y pobremente iluminada oficina a la que Lestrade les había conducido, un par de cubículos después de la suya.

—Casualmente, ¿eh? Qué conveniente —dijo el inspector, apoyando su trasero en el diminuto escritorio al fondo del lugar y tomando un largo trago de café. John se aclaró la garganta, desviando la mirada en gesto culpable, y Sherlock no pudo contenerse de dar un leve gruñido y poner los ojos en blanco.

—¿Me llamaste sólo para regañarme o tienes algo para mí? —preguntó exasperado. Lestrade simplemente lo miró, bebiendo más café.

—Ambas —confirmó, con una leve sonrisa. Sherlock estuvo a punto de replicar, pero John intervino antes.

—Dijiste que tenías aquí a la amante de Burke, ¿no? —preguntó—. No sabía que tuviera una amante.

—Nosotros tampoco —declaró el inspector, encogiéndose de hombros—. «Tenía una amante» no es algo que esperes escuchar en la declaración de la pareja de la víctima, pero por lo general suelen haber pistas, como los chismorreos de la servidumbre o de algún vecino. Los chicos de tecnología aún están trabajando en el contenido de la laptop de Burke, pero cuando la mujer llegó a declarar, hice que me enviaran el historial de mensajes y llamadas de su teléfono móvil.

»Hay muchos mensajes de texto entre el número de Burke y uno registrado a nombre de la supuesta amante, y también algunas llamadas. Los mensajes más viejos datan de hace poco más de ocho meses, pero el contenido no es concluyente; no hay nada que indique que eran amantes, pero sí que concertaban muchas citas para comer y para verse en distintos sitios. Del resto, son simples saludos y un par de mensajes de aliento para soportar algo que tampoco se determina en los mensajes. Si de mí dependiera y sólo guiándome con el historial telefónico, yo jamás habría adivinado que Robert Burke tenía un amorío.

—Eso es porque no lo tenía —sentenció el detective consultor, haciendo que Lestrade alzara ambas cejas, en un gesto entre sorprendido e incrédulo.

Sherlock pasó por alto la incredulidad de su contraparte, ocupado como estaba en acceder a toda la data almacenada en su palacio mental hasta ese momento, para poder cotejarla con la nueva información suministrada por Lestrade. Nada de lo que aseguraba el inspector tenía sentido, lo que significaba que, o estaban pasando algo por alto o la mujer estaba mintiendo

—¿Ah no? ¿Y entonces a quién tengo en mi oficina? —inquirió el otro, cruzándose de brazos.

—Burke estaba felizmente casado —indicó Sherlock, ignorando la tonta pregunta de Lestrade a fin de exponer su punto—, o al menos eso es lo que pude deducir ayer al ver su cuerpo. Es por eso que el suicidio es una causa de muerte poco probable, porque las personas felices con su relación no suelen cometer ese tipo de actos. Tampoco las que están a punto de expandir su compañía y mucho menos las que acaban de vestirse para salir. ¿La mujer especificó que era la amante de Burke?

—Dijo que tenían una «relación especial» —explicó el detective inspector—. Que se enteró de lo ocurrido y decidió venir a ver si su declaración podía servirnos de algo, porque, según ella, Burke no era un suicida.

—«Relación especial» no necesariamente significa «nos estábamos acostando», inspector. —Lestrade bufó, en claro desacuerdo—. Oh, por favor, Lestrade, ni siquiera tú puedes ser tan denso —espetó Sherlock, comenzando a exasperarse.

—Eso mismo digo yo —contradijo Lestrade—. La mujer vino aquí por su cuenta a decirnos que estuvo con Burke desde la hora del almuerzo hasta hora y media antes del tiempo estimado de muerte. Dice que estuvieron en su casa todo el tiempo y que no tiene testigos porque estaban solos. Y aparte dice que tenían una relación; no hay que ser físico nuclear para suponer el resto.

—Es de tontos suponer sin tener toda la información, detective. —Sherlock juntó las manos bajo su barbilla en gesto de plegaria y comenzó a pasearse por el diminuto espacio—. Hay muchos tipos de relaciones, infinidades de ellas y no todas son sexuales, por mucho que los cortos de mente quieran verlo de esa manera. La mujer puede haber dicho que tenía una «relación especial» con la víctima, pero si nunca afirmó ser su amante o haber tenido un affaire con él, trabajar bajo la suposición de que sí lo era podría perjudicar el caso. Además está el hecho de que Robert Burke era feliz con su esposa, sólo había que fijarse en lo bien cuidado de su anillo de bodas para notarlo.

—¿Su anillo de...? John, ¿un poco de apoyo aquí, por favor?

Sherlock dejó de pasearse, mirando a John justo cuando este volvió el rostro hacia el detective inspector. Estaba cruzado de brazos y parecía tenso, lo que sólo podía indicar que algo en la conversación le hacía sentirse incómodo.

No obstante, y en contraste con la expresividad de su lenguaje corporal, el rostro del doctor era una calculada máscara de neutralidad, una que el consultor guardó en su palacio mental para ser analizada una vez terminado el caso.

—Sherlock tiene razón. No todo es blanco o negro, a veces es mucho más complicado que eso. —La decididamente neutra mirada de John cambió en ese momento, tornándose sombría y melancólica. Cosa de un instante, pero más que suficiente para que el detective consultor se diera cuenta de ella.

—Oh, por todos los... ¿Tú también? —John se encogió de hombros por toda respuesta—. ¡Genial!

—Sí, me imagino que lo es —convino Sherlock, ignorando el tono sarcástico de Lestrade y la mirada de advertencia que John lanzó en su dirección—. ¿Cuándo puedo hablar con ella?

—¿Que no es ilegal dejar que un civil interrogue sospechosos? —intervino el doctor, mirando primero a Lestrade y luego a Sherlock, quien desestimó su comentario con un ademán.

—Lo es —aceptó el inspector, apurando lo que restaba de su café—, pero Katerina Fallon vino aquí por su cuenta y todavía no da su declaración oficial, así que técnicamente no es ni sospechosa ni testigo.

—Veo que has aprendido mucho acerca de vacíos legales, Geoff —comentó Sherlock, componiendo una sonrisa afectada—. Tendré que mandarle a Mycroft una canasta de frutas en agradecimiento.

—¡Oh, ya cállate! —soltó Lestrade, impulsándose hacia adelante—. Vamos, antes de que me arrepienta.

Sherlock siguió a Lestrade hacia el pasillo, con John pisándole los talones. El inspector se giró para verles una vez más antes de abrir la puerta de su oficina, revelando que estaba completamente vacía salvo por la mujer sentada frente al escritorio. Los tres hombres entraron y la mujer en cuestión se giró para verles, momento que el consultor aprovechó para deducirla.

Katerina Fallon era, sin lugar a dudas, una mujer atractiva... al menos para los estándares convencionales. Sin embargo, y dejando su opinión personal de lado, la fémina frente a él bien podía considerarse el cenit de lo que muchos llamaban «verdadera belleza». Tenía la piel clara, cabello negro de ondas suaves que le llegaba casi a la cintura, pómulos altos y ojos de un color verde oliva poco común entre los británicos; labios color carmín y ojos delineados, enfundada en un largo abrigo negro que apenas dejaba entrever el sencillo vestido que llevaba debajo, del mismo tono de rojo que su labial. Los tenues surcos en sus mejillas y los ojos levemente enrojecidos indicaban que había estado llorando; eso y el pañuelo que estrujaba con las manos sobre su regazo, manchado de mascara para pestañas.

A juzgar por sus manos, bien cuidadas pero de uñas cortas y sin esmalte, Katerina era alguna clase de escritora o columnista, teoría que tomaba mucha más fuerza debido a las marcas oscuras en la base de las muñecas y a las escasas pero visibles manchas de tinta de bolígrafo en su piel; muchas horas apoyando las muñecas sobre superficies de madera y anotaciones rápidas y descuidadas que dejaban manchas de tinta en sus dedos. Una escritora de ascendencia italoamericana, concluyó Sherlock para sí, una que curiosamente no parecía estar llevando ningún tipo de perfume.

—Hola de nuevo, señorita Fallon —la saludó Lestrade tan pronto hubo cerrado la puerta detrás de ellos—. ¿Ya se siente mejor?

Katerina le siguió con la mirada y tan pronto el inspector se hubo sentado detrás del escritorio, la mujer volteó a ver a los recién llegados. Sherlock estaba de pie cerca de la pared del fondo, mientras que John decidió quedarse cerca de la puerta, por alguna razón desconocida para el consultor. Los ojos de Katerina bailaron un momento más de la cuenta en Sherlock y el detective se preguntó si acaso su maquillaje cobertor estaba demasiado desgastado. Desechó de inmediato ese pensamiento.

—Estoy más tranquila, gracias —dijo hacia Lestrade—. Es sólo... todo ha sido tan repentino...

—La entiendo —afirmó el detective inspector, en tono compasivo—, y sé que debe estar cansada de estar aquí, pero me sería de gran utilidad que se quedara un poco más.

—Todavía no he dado mi declaración oficial —señaló Katerina con voz firme, aunque el tic nervioso de sus manos al apretar el pañuelo la delataba—. ¿Ya es mi turno?

—No, no. Aún falta arreglar algunas cosas... papeleo, ya sabe —indicó Lestrade, componiendo una sonrisa afable—. Sin embargo, esperaba que pudiera responder algunas preguntas.

—¿Es esto alguna clase de interrogatorio? —inquirió la mujer en tono tranquilo, mirando a Sherlock de nuevo—. Sé muy bien quienes son estos hombres, así que no hace falta que embellezca las cosas, detective. Pero como estoy aquí para cooperar en lo que pueda, no tengo inconveniente en responder preguntas. Lo que sea necesario para encontrar al culpable de... —A pesar de la resolución de sus palabras, la voz de Katerina se quebró antes de poder terminar la frase. Se limpió la nariz con el pañuelo—. Lo siento —se disculpó.

Sherlock miró a Lestrade en busca de indicaciones, a lo que el inspector respondió con un simple asentimiento de cabeza. Perfecto.

—Déjennos a solas —declaró sin más, haciendo que tanto John como Lestrade le miraran como si le hubiera crecido un cuerno en la frente. Sherlock se limitó a señalar la puerta con una de sus manos.

—No puedes estar hablando en serio —dijo el inspector, con una ceja alzada y cruzándose de brazos—. John, dime que no está hablando en serio.

John vio a Lestrade y luego a Sherlock, quién se aseguró de dirigirle una significativa mirada que expresara cuan en serio estaba hablando. El detective vio cómo su compañero fruncía los labios y asentía de manera discreta; por supuesto que le había entendido.

—A mí me parece que sí —señaló John, al tiempo que colocaba una mano en el pomo de la puerta —. ¿Vienes? —Lestrade soltó un gruñido de frustración.

—Estás siendo grabado en video y audio —le notificó al consultor mientras caminaba hacia la puerta—, así que nada de estupideces, ¿está bien?

—Ninguna que haga que mi hermano venga corriendo, lo prometo —respondió Sherlock en el tono más falsamente amigable que pudo lograr. Lestrade volvió a gruñir y siguió a John hacia el pasillo, cerrando la puerta tras de sí.

El detective dirigió la mirada hacia Katerina, quien no había dejado de seguir sus movimientos ni un instante. Sherlock se acercó al escritorio y se mantuvo de pie cerca de la silla de Lestrade, posición que le daba la oportunidad de apreciar todas y cada una de las expresiones de la mujer frente a él, mientras mantenía su propio rostro semi oculto gracias al efecto contraluz.

—Supongo que va a preguntarme si soy la amante de Rob. —El tono de la mujer era calmado y controlado, pero la forma en la que estrujaba el pañuelo en sus manos y el ligero temblor en su labio inferior contaban una historia muy distinta—. Para ahorrarle algo de tiempo, le cuento que no. Rob y yo no somos... no éramos amantes. Nada más lejos de la realidad.

Katerina hablaba con honestidad o al menos eso era lo que Sherlock alcanzaba a deducir de ella. Quienquiera que fuera esa mujer y cualquiera que fuera su lugar en la vida de la víctima, lo que Lestrade suponía estaba completamente errado.

—Entonces dígame, señorita Fallon, ¿qué clase relación tenía usted con Robert Burke? —La mujer suspiró profundamente.

—Una muy especial —dijo con convicción, sosteniéndole la mirada al detective—. Mucho más que una amistad, incluso más que un amorío.

—Así que tenían un amorío —estableció Sherlock, tratando de acelerar el proceso.

—No, yo no dije eso —rebatió Katerina, con tranquilidad—. Rob amaba a su esposa y ni yo ni nadie hubiera sido capaz de meterse entre ellos.

—Aun así, Burke y usted se citaron al menos un par de veces por semana durante los últimos ocho meses, ¿correcto? —indicó el consultor, recordando las palabras de Lestrade—. Si no estaban manteniendo relaciones sexuales, ¿sería tan amable de decirme para qué se veían tanto?

La mujer compuso una sonrisa y la expresión en su rostro le indicó a Sherlock que lo que estaba a punto de escuchar era, probablemente, una información que nadie más poseía.

—¿Sabe usted lo que es la anosmia, señor Holmes?

La pregunta tomó a Sherlock por sorpresa, pues de todos los datos que había recopilado de la víctima, ese era el único al que no le había dado demasiada importancia. Se reprendió a sí mismo.

—Es la pérdida del sentido del olfato —respondió sin perder el tiempo, ganándose un asentimiento por parte de Katerina.

—Así es —confirmó la mujer—. Es la incapacidad de oler y es muy rara, apenas 2% de la población mundial; mucho más rara que la ceguera o la sordera, sobre todo si es congénita... ¿Tiene idea de lo extraño que es conocer a alguien que la padezca?

Sherlock recordó lo que John le dijo luego de dejar la casa de la víctima.

—«Muy poco común, incluso siendo médico» —recitó, para luego agregar—: ¿Es usted anósmica?

—Desde hace seis años, por causa de un accidente automovilístico —explicó Katerina—. ¿Ha escuchado eso de «es mejor haber amado y perdido...»? —preguntó, con cierto tono melancólico—. Pues eso no se aplica a mi caso. Haber podido oler durante toda mi vida y luego perder esa capacidad a causa de un tonto error de volante fue lo peor que me pudo haber pasado. Todo mundo se conduele de aquellos que pierden la vista o el oído, pero ¿sabe cuántos se preocupan por los anósmicos? Casi nadie en absoluto, esa es la respuesta. Nadie se para a pensar en lo horrible que resulta no poder oler las rosas o la tierra mojada cuando llueve. Y ni hablar de cosas básicas, como saborear algunas comidas o simplemente saber si están en buen estado o no. No ser consciente de tu olor corporal ni del de los demás, no saber si un perfume te sienta bien... ¡Demonios! Ni siquiera ser capaz de detectar una fuga de gas. Perder uno de mis sentidos fue algo que cambió mi vida para siempre y estuve a punto de cometer una soberana tontería a causa de ello... ¿Sabe qué me hizo cambiar de idea?

—¿Conocer a Robert Burke? —aventuró el consultor. Katerina sonrió de nuevo.

—Nos conocimos por casualidad, en la sala de espera del consultorio de mi psicóloga. Rob también era su paciente, pero él no asistía a consultas semanales como yo y mi doctora jamás había mencionado estar atendiendo a otra persona con mi condición. —Mientras hablaba, Katerina dejó de verle, perdida como estaba entre sus recuerdos—. Alguien en el lugar preguntó si no olía como a quemado y Rob dijo que era anósmico de nacimiento y que no podría decir si olía o no ni aunque quisiera. Lo dijo con tanta naturalidad que todos se rieron de su comentario, y con una sonrisa en el rostro, ¿se imagina? ¡Sonreír ante tal cosa!

Sonreír ante una condición tan limitante e incluso bromear de ella, dos mecanismos de defensa bien conocidos por Sherlock, tanto en su vida como en la muerte a la que todos llamaban Síndrome de Fallecimiento Parcial. «Quizás Robert Burke no era tan despreocupado como aparentaba», pensó Sherlock sin proponérselo. «Quizás simplemente demostraba su lado fuerte para que los otros no vieran su debilidad».

—Pero así era él —continuó la mujer—, y al verle tan optimista ante una enfermedad tan frustrante, no pude evitar acercármele para conversar.

—Fue ahí cuando comenzaron a verse. —No era una pregunta.

—Todo empezó con ese primer café —confirmó Katerina—, luego de salir del consultorio. Hablamos tanto que la mañana se hizo tarde y a Rob casi se le pasa la hora de recoger a su esposa de algún lugar en el que estaba. Fue un... Je ne sais quoi, ¿sabe? Una conexión que yo jamás había sentido con nadie. Como... si nos conociéramos de siempre. ¿Alguna vez ha sentido algo así, señor Holmes?

—Yo...

¿De verdad su testigo le estaba preguntando eso? Y lo peor de todo era que Sherlock tenía la respuesta a esa pregunta en la punta de la lengua, tan accesible como contundente; infranqueable, irrefutable, sempiterna: por supuesto que .

El apoyo que John representaba en su vida iba mucho más allá que cualquier cosa pasada o presente que el detective hubiera experimentado, e incluso en ese lugar tan incierto en el que se encontraba su relación con el ex-militar, la conexión entre ellos era algo que resultaba tan indescriptible como única. Algo que Sherlock nunca había sentido, ni en sus oscuros días de desintoxicación ni mucho menos entre sus nuevos iguales, allá en el centro de tratamiento para pacientes de SFP.

Desde el momento mismo que conoció a John Watson su vida cambió por completo, y no sólo por el hecho de que Sherlock jamás había tenido un compañero de piso o alguien que se preocupara tanto por él, sino algo más, algo profundo que se había instalado dentro del detective consultor sin que él se diera cuenta y que ni la muerte había podido aniquilar. Un sentimiento desconocido, aterrador y a la vez excitante, que le había llevado a sacrificar su propia vida con tal de salvarle a él de un destino igual o peor que el suyo.

—Lo siento, no debí preguntar eso —se disculpó Katerina, fijando su atención en él otra vez—. No es de mi incumbencia —agregó, lanzando una mirada fugaz hacia la puerta de la oficina. Sherlock se aclaró la garganta, obligándose a apartar de su mente todo lo que no estuviera relacionado con el caso entre manos. Ya habría tiempo de prestarle atención a otras cosas.

—Así que sólo era... entendimiento mutuo —estableció el detective consultor, recibiendo un asentimiento por parte de Katerina—. Simple conexión.

—Bueno, hay algo más —confesó la mujer, estrujando de nuevo su pañuelo—, pero tampoco tiene que ver con sexo. —Sherlock se sentó en la silla de Lestrade, asegurándose de componer un lenguaje corporal receptivo—. Rob y yo nos reuníamos mucho para conversar, es cierto, pero últimamente la mayoría de nuestras reuniones eran de negocios. Él y yo... estábamos planeando fundar una clínica especializada en enfermedades como la nuestra, incluso pensábamos involucrar a su esposa cuando tuviéramos un plan bien ideado, pero...

La expresión de Katerina cambió en ese momento, pasando de melancólica a agitada. El detective se inclinó hacia adelante.

—¿Pero? —instó.

—De un par de semanas para acá, alguien comenzó a chantajear a Robert con lo nuestro —explicó la mujer—. Amenazaba con decirle a Linda que ambos estábamos teniendo un amorío.

—¿Alguien conocido?

—No lo sé, Rob nunca quiso decirme... pero yo creo que él sí sabía quién era —declaró Katerina, soltando por fin el pañuelo y tomando su cartera de algún lugar cerca de su pierna. Comenzó a rebuscar dentro de ella—. Yo sólo sé que tenían fotografías nuestras, fotografías en las que salimos muy juntos y que podrían malinterpretarse —Y acto seguido, Katerina le tendió un sobre.

Sherlock le dio la vuelta y observó el contenido con detenimiento, teniendo cuidado de no dejar sus huellas marcadas. Efectivamente, había varias fotos de la víctima y Katerina en distintos lugares de la cuidad y a distintas horas del día, tomando café, caminando y comiendo juntos. Todos en diferentes ocasiones, a juzgar por la ropa de cada uno.

—¿Le pidieron dinero? ¿Alguna clase de pago? —preguntó Sherlock, aún examinando las fotografías.

—Una fuerte cantidad —aseguró Katerina—. Eso y que no le retirara el apoyo a las beneficencias de Linda —El detective alzó la mirada ante ese comentario—. Raro, ¿eh?

—Bastante... —dijo, volviendo a meter las fotografías dentro del sobre para dárselo a Lestrade como evidencia—. ¿Sabe hacia dónde se dirigía Robert esa tarde? —La mujer se lo pensó un momento.

—Dijo que tenía que arreglar un asunto y que luego se reuniría con su esposa para cenar —respondió, con gesto pensativo—. Lo encontraron en su casa, ¿cierto? —Sherlock asintió—. Rob tenía el hábito de bañarse varias veces al día, aunque más que una compulsión típica de anósmicos, para él era una costumbre adquirida. Siempre que tenía el tiempo suficiente, se desviaba a casa para tomar un baño y cambiarse de ropa. No sé si eso sea de utilidad, pero... —Katerina dejó de hablar y el detective vio como estrujaba el pequeño pañuelo otra vez.

—Me aseguraré de darle buen uso a su información, señorita Fallon —dijo Sherlock, poniéndose de pie y caminando hacia la puerta—. Muchas gracias por su cooperación.

—Señor Holmes —le llamó la mujer, haciéndole girarse justo antes de alcanzar el pomo—, por favor atrape a esos malditos. —Sherlock asintió, y salió de la oficina cerrando la puerta tras de sí.

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