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Fresas con crema
OmnimonxGallantmon
El sol se filtraba suave y cálido por las cortinas de la sala de reuniones, la que se acababa de vaciar de la presencia de los otros nueve caballeros reales. Solo quedaban ellos dos.
Omnimon no había levantado la vista de las hojas que desfilaban por sus manos ni una vez. El único movimiento que se diferenciaba de pasar una hoja de una mano a otra, era cuando llevaba una mano a su rostro para subir sus gafas de montura azul. Tenía cinco de los diez reportes entregados por los demás caballeros, incluido el suyo. El de Alphamon no estaba obviamente, era él quien daba la orden de redactarlos. Uno cada dos semanas sobre la actividad registrada en las zonas asignadas a cada caballero. El de Gallantmon siempre era el más largo. Por alguna razón, los sitios que él vigilaba siempre estaban atestados de problemas.
-Seguro Alphamon me envía allí para que me maten-rompió el silencio el caballero rojo, adivinando los pensamientos de Omnimon. Estaba apoyado contra una pared y sostenía entre sus manos uno de los reportes. Era el único que se daba tiempo de ayudar al segundo líder a revisarlos, antes de que cayeran en las manos examinadoras de Alphamon.
El digimon blanco levantó la mirada y le ofreció una agotada sonrisa. Suspiró y se quitó las gafas, dejándolas sobre la mesa. Se llevó ambas manos a la cabeza y se recargó hacia atrás en la silla.
-Estoy muerto-dijo, presionando con sus manos sus ojos azules-estas reuniones siempre me dejan así.
-Te dejan así desde que Alphamon también está presente en ellas-sentenció su compañero, dejando el reporte de ulforce en la mesa-con él te pones nervioso, tenso y se te va la hora en evitarlo-se acercó al ventanal, y sus siniestros ojos amarillos contemplaron el vasto horizonte que se abría a sus pies. Sintió la silla descorrerse y los pasos de Omnimon aproximarse, lentos. Sus frágiles manos rodearon su pecho y se encontraron adelante. Omnimon dejó salir un suspiro de cansancio, que a la vez le dijo lo agradable que era poder tenerlo entre sus brazos, y apoyó su cabeza en su espalda. Gallantmon lo adivinó con los ojos cerrados, pesados, pero siempre con esa sonrisa dulce.
Nunca dejaba de sonreír. Aún cuando estaba destrozado en el peor de los aprietos. Esa era una de las cosas que más le gustaban de él. No pudo evitar que su rostro se encendiera ligeramente al sentir su tierna respiración traspasar su camisa oscura. Con sus manos resguardó las de Omnimon, queriendo hacerle saber que él estaría allí para ayudarlo y sostenerlo, en lo que fuera y hasta el final.
-Gracias-le dijo Omnimon despacio sin abrir los ojos.
Omnimon…su mejor amigo, su más tierno amante y su más grande compañero. No necesitaban palabras para hablarse ni caricias para amarse. Llenaba cada rincón de su mente y estaba en todas sus horas, en cada palabra que pensaba y en cada acción de su vida. Omnimon lo conocía mejor que a sí mismo, sabía cada una de sus mañas y adivinaba cada cosa que pasaba por su cabeza. Se lo sabía al derecho y al revés, no había secreto que pudiera esconderle, ni deseo que no supiera cumplirle. Muy por el contrario, Gallantmon era un hombre perdido cada vez que intentaba descifrar sus sonrisas juguetonas, sus gestos traviesos y sus miradas codificadas. Se extraviaba intentando comprender la lógica de su amor de fábula. A veces creía que Omnimon era una criatura salida del lugar más fantástico y maravilloso posible, y por eso, cada vez que estaban juntos, a él le costaba tanto entender y alcanzar toda la felicidad que se desencadenaba en Omnimon con un simple beso o una caricia.
"Saliste del más irreal de mis sueños" le susurraba mientras dormía, y podía pasar largas horas en vela solo para llenarse de su paz y su belleza.
Se sentía idiota y maldecía no ser un hombre más a la medida de alguien como Omnimon, tan sencillo, resuelto y lleno de la energía de la vida. Se convertía en la criatura más despreciable y repugnante si llegaba a causarle un disgusto a ese ser tan amado, y era capaz de destruir todas las barreras de su orgullo para conseguir su perdón. Pero Omnimon nunca le exigía tanto. Lo que menos le gustaba era hacerse heridas innecesarias. Pero era él quien siempre arruinaba todo. ¡Él y sus malditos celos salidos de lo más hondo del infierno! ¡Como se odiaba por ello! Con cada arranque de envidia, veía más y más claramente que él no era merecedor de ese amor tan puro. Él nunca sería perfecto y admirable como Alphamon, ni poseería todos sus encantos, pero era irremediable ese amor que por Omnimon crecía con el pasar de los días. Quiso renunciar alguna vez para dejar el camino libre a su rival, pero se dio cuenta de que le resultaba imposible.
"Sin ti no puedo vivir"
Presionó levemente la mano de Omnimon al pensar en todo aquello, y el digimon blanco abrió los ojos. Se separó un poco y se paró frente a él, examinando su rostro abatido por los aplastantes pensamientos. Omnimon sonrió y le acarició con ternura.
-Creo que mejor nos vamos a descansar-dijo suavemente, y encaminó sus pasos hacia la puerta. Gallantmon le siguió con la mirada. No solo estaba perdidamente enamorado de la personalidad cambiante e impredecible de Omnimon, sus valores tan rectos y su espíritu armonioso y fuerte; no podía negar su atractivo físico y las miles de experiencias que ese cuerpo de hombre maduro le regalaba en las noches de locura y deseo. Si había algo que Gallantmon jamás podría olvidar, aunque tuviera mil parejas, era la forma en que Omnimon le hacía el amor. No conseguía entender, entre tantas cosas, cómo podía balancear tan bien una pasión erótica y desenfrenada, con la ternura y dulzura de una primera y última vez. Sentía que él solo se iba en un mar de deseos lujuriosos inacabables, que más allá del placer no era capaz de entregarle algo más a Omnimon. Si bien así podía servirle de algún modo, que así fuera.
-Gallantmon-le llamó Omnimon al ver que su compañero no le seguía. El digimon rojo levantó la mirada y se encontró con esos ojos azules que le llamaban cariñosamente. Caminó hasta él, le tomó la mano y se la besó. Su amante sonrió sin entender muy bien a qué se debió el gesto. Gallantmon volvió a besarle, en el rostro esta vez, y salió de la sala. Omnimon salió y cerró la puerta tras de sí.
Esa noche, el caballero rojo estaba recostado boca arriba sobre su cama, con su mente divagando muy lejos de su cuerpo. Volvió la mirada hacia la ventana, con las cortinas descorridas y la luna brillante y curiosa tras unos lejanos montes. Se levantó, fue hasta ella, y antes de correr los largos telones, se quedó contemplando la belleza del astro. Dejó escapar una leve risa.
-¿Qué tiene de divertida hoy la luna?-escuchó esa voz a su espalda.
Se giró y vio a Omnimon entrando con una fuente en su mano. Cerró la puerta y le puso llave. Gallantmon sintió su corazón latir con más fuerza.
-No es la luna…-respondió desviando su mirada al suelo-es el hecho de que me parece hermosa.
-¡Bah!-exclamó su compañero, recostado en la cama y con la fuente en su pecho-La luna siempre ha sido hermosa-dijo mientras con la cuchara revolvía una montañita de crema que bañaba unas fresas muy tentadoras.
Hizo con la mano sobre la cama, un gesto para que Gallantmon se recostara junto a él. El digimon lo hizo mientras contestaba.
-Antes de enamorarme de ti, la luna y el sol eran simples astros que iluminaban en determinados horarios.
-Siempre tan técnico y pragmático-suspiró Omnimon con una sonrisa, llevándose una cuchara del postre a la boca-¡Abogado tenías que ser!
Gallantmon rió y se acomodó aún más entre sus almohadones de pluma.
-Tú solías ser así.
-Pero se me quitó-respondió el caballero blanco, tomando una gran fresa bañada en crema y acercándola a la boca de su amado-abre.
Este obedeció y disfrutó de la exquisita textura de la crema y el dulce sabor de la fresa.
-¿Y ahora?-le preguntó.
-¿Y ahora qué?-volvió a preguntar Gallantmon.
-¿Qué te parecen la luna y el sol?
Sus ojos se quedaron fijos y transmitiéndose mil cosas hermosas a la vez. Gallantmon levantó su mano y acarició su rostro tan dulce y sereno.
-Ahora me parecen hermosos…maravillosos.
-Vaya-Omnimon sonrió y volvió a comer una de las deliciosas fresas-hoy has estado muy extraño.
-¿A sí? ¿Por qué?
-Estás muy cariñoso-se acercó y besó lentamente los labios de Gallantmon. Se separó y le acarició también-me gusta…
Con su mano libre, Omnimon acarició su hombro y su brazo, pasando sus dedos por sobre su pecho. Su compañero fingió no entender la indirecta del tono de su voz o la forma en que lo acariciaba, y metió de manera traviesa un dedo en la fuente con crema, llevándosela a la boca y mirando en cualquier dirección. Omnimon sonrió de manera maliciosa, dejó la cuchara de lado y tomó una fresa cremosa con sus dedos, sosteniéndola sobre los labios de Gallantmon. Este abrió la boca para recibirla, pero el digimon blanco la levantó y se la terminó de un bocado, mirándole de manera picara. El caballero rojo se incorporó y trató de tomar una fresa de la fuente, pero Omnimon la alejó de su alcance. Empezaron un juego en el que, para obtener las fresas de mano de Omnimon, Gallantmon debía acercarse y subirse más en el cuerpo de su compañero, hasta que quedó completamente sobre él.
-¿Quieres?-le preguntó el digimon blanco, sonriendo y con muchas intenciones en su mirar.
-Por supuesto-respondió Gallantmon con una mirada que denotaba sumisión.
-Tómalas-dijo Omnimon, dejando la fuente de fresas al alcance de Gallantmon. El digimon la tomó con su mano derecha y la dejó sobre la mesa de noche junto a la cama, mientras reposaba su cuerpo sobre el de Omnimon, y el digimon rodeaba su cabeza con ambos brazos, uniéndose ambos en un cálido beso y acariciándose por sobre la ropa. Abrió sus piernas para darse a ambos más comodidad y sintió el acalorado roce de las partes intimas de Gallantmon con las suyas. Cerró los ojos, y mientras Gallantmon dejaba sus labios y recorría su cuello, él le acariciaba la espalda y le rodeaba con las piernas. El calor comenzó a invadirlos muy rápidamente.
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