Declame: Adaptación del libro de Kat Martin ambientada a los personajes de la saga de Harry Potter de la autora Rowling. Ni la trama ni los personajes me pertenecen, si no a sus respectivas autoras.

Nota de Autora: Espero que les haya gustado el capítulo anterior. Recuerden que...

1-. Transcurre en 1800.

2-. No habrá magia.

3-. La pareja estará compuesta por Blaise y Ginny.


Londres, Inglaterra, 1804

Se oían risas procedentes del carruaje negro abierto que cruzaba Hyde Park. Era la voz profunda de un hombre unida a la voz más aguda y cristalina de una mujer. La tierra todavía brillaba a causa del rocío de la mañana y, a pesar de que la brisa soplaba suave, los rayos de sol ya asomaban entre las nubes e iluminaban el parasol color albaricoque de Ginny y el sombrero alto de piel de castor que lucía Harry Potter.

– Querida Ginny. –Dijo mientas tomaba la mano de Ginny y se la llevaba al labio–. Con tu melena al viento y las mejillas sonrosadas, pareces una princesa.

Ginny se ruborizó y bajó los párpados con la esperanza de ocultar el efecto que habían provocado aquellas palabras. Como todas las mañanas, Ginny se había encontrado con Harry en el parque. Tenía el aspecto de un aristócrata londinense. Aunque Harry vestía con cierto aire informal, sus prendas de ropa tenían un corte perfecto y estaban confeccionadas con tejidos muy buenos, de modo que le sentaban a la perfección.

– Me halaga, señor. –Ginny jugueteó con un pelirrojo pelo que sobresalía por debajo de su sombrero–. Hay algo de viento, he de suponer que debo de tener un aspecto horrible. Es muy galante por su parte.

– "El viento del sur toca la trompeta y con su hueco sonido sobre las hojas predice tormenta y un día revuelto."

Ginny se rió al reconocer la cita de Enrique IV de Shakespeare.

– "Seremos azotados por un viento tan fuerte que incluso nuestro grano arecerá tan ligero como la paja, y el bien y el mal no podrán discernirse."

Harry sonrió complacido ante aquel detalle de ingenio.

– Eres encantadora, querida Ginny. Me siento un hombre muy afortunado por haberte conocido.

Ginny no dijo nada y se limitó a disfrutar escuchando los halagos de Harry y el sonido de los pasos de los caballos que cabalgaban por el camino.

Pero las nubes empezaron a espesarse y el cielo oscureció. La brisa se convirtió en un fuerte viento. Cuando se oyeron los primeros truenos a lo lejos, Harry hizo que los caballos giraran para regresar a casa.

– Será mejor que nos demos prisa –dijo–. Va a empezar a llover en cualquier momento.

El viento alzó las hojas alrededor de sus pies mientras Ginny tomaba la mano de Harry y ambos subían a toda prisa las escaleras de la gran mansión de piedra de la calle Brook. Ginny no estaba segura de cómo había ocurrido, de si había sido idea suya o de él, pero al cabo de unos segundos Harry se encontraba a su lado junto a la entrada y finalmente se quedó a tomar el té con ella. Ginny recordaba que Harry le había preguntado si su primo ya había regresado y ella le había contestado que no regresaría hasta dentro de dos días.

Ginny le dedicó una breve sonrisa al mayordomo, un hombre llamado Severus.

– El señor Potter tomará el té conmigo en el salón rojo –informó Ginny sin darle más importancia tras haber descubierto que todo lo que debía hacer para conseguir la obediencia de un miembro del servicio era evidenciar que deseaba algo–. ¿Te ocuparás de ello, Severus?

Delgado como un espantapájaros y con una cabellera que pareciera que nunca lavaba, el hombre apartó la vista de Ginny para mirar a Harry y luego volvió a mirarla a ella. Entonces ya no hubo duda de la expresión desaprobatoria de su rostro. El hombre se limitó a enarcar sus espesas cejas y dijo:

– Como desee.

Ginny, que se esforzó por evitar una sonrisa, agarro a Harry de la mano y lo acompañó hasta llegar al salón rojo. Le indicó que se acomodara en un sofá frente a la chimenea. Al cabo de unos minutos llegó el té y Ginny lo sirvió mientras pronunciaba en silencio unas palabras de agradecimiento por haber aprendido las normas sociales necesarias para moverse con soltura en el mundo de Harry.

Harry tomó un sorbo de la tacita con el borde dorado que ella le había dado mientras sus ojos, del color azul de la porcelana, se desviaban para mirarla.

– No sé cómo decirte lo mucho que me he divertido todos estos días que hemos pasado juntos.

Ginny dejó su taza y la tetera encima de la mesa.

– Yo también lo he pasado muy bien.

Había resultado divertido que un hombre guapo la hubiera cortejado.

El hijo de un conde, nada menos, había puesto a prueba sus artimañas femeninas por primera vez. Al principio Ginny se había mostrado cohibida; después de todo Harry era un miembro de la aristocracia que se encontraba muchos kilómetros por encima de ella. Pero su sonrisa y su encanto enseguida habían logrado que Ginny se sintiera cómoda a su lado.

– Ha sido maravilloso, Harry. Si no hubiera sido por ti, mis días en esta casa hubieran sido muy tristes.

Harry sonrió.

– El placer ha sido mío. Te lo aseguro. "Tus palabras han sido balsámicas y han convertido esta dura temporada en algo dulce y encantador."

Ginny notó cómo se ruborizaba. Harry siempre parecía recitar poesía. Era tan romántico, tan cortés...

– ¿Shakespeare? – Ginny sabía lo mucho que le gustaba Shakespeare, pero en aquella ocasión dudó por un segundo.

Harry asintió.

– Ricardo II.

Ginny bebió un sorbo de su té y luego depositó con cuidado la taza encima de la bandeja.

– Me encantaría verla representada algún día.

– Entonces te llevaré. –Harry se levantó y le tomo las dos manos a Ginny–. Querida Ginny. Tienes que saber cómo me siento.

Ginny miró las manos de Harry, entre las que reposaban las suyas. Eran unas manos suaves, pálidas; las manos de un caballero. A Ginny le latía el corazón muy deprisa. Seguramente era demasiado pronto para que Harry hablara de matrimonio.

– No sé... No sé qué decir.

Harry echó un vistazo a la puerta, Ginny no se había dado cuenta de que permanecía cerrada, se aproximó a ella y luego la abrazó.

– Sé que no nos conocemos demasiado pero, en ocasiones, cuando dos personas comparten una atracción tan fuerte, el tiempo es lo de menos. Tengo que besarte, querida Ginny. No he pensado en otra cosa desde el momento en que te vi por primera vez. Me he vuelto medio loco pensando en ello.

De pronto Ginny se sintió algo incómoda. Como bien había dicho Harry, sólo hacía una semana que se conocían.

– Harry, no creo que...

Los labios de Harry impidieron que Ginny pudiera terminar la frase. Era la primera vez que alguien besaba a Ginny, aunque ella había soñado muchas veces con ello. La sensación fue agradable, pero no despertó el fuego que había imaginado, no hubo pasión. Cuando Ginny notó la mano de Harry bajo su pecho, se quedó boquiabierta y Harry aprovechó para deslizar la lengua en el interior de su boca.

Ginny se sorprendió. ¿Cómo podía tomarse semejante licencia? ¿Acaso Harry creía que se trataba de la típica mujer que dejaba que un hombre al que apenas conocía la tocara con aquella libertad? Decidida a finalizar aquel beso, Ginny intentó alejarse de él golpeándole el pecho con las manos mientras Harry se apartaba bruscamente y se arrodillaba con tanta rapidez que estuvo a punto de golpearse con el sofá.

Harry respiraba con dificultad y se cogía las manos con fuerza.

– Zabinni... –fue todo lo que dijo.

Ginny no había oído la puerta. Ahora, mientras se esforzaba por comprender lo que estaba ocurriendo, vio que había un hombre de pie en el interior de la habitación. Era unos centímetros más alto que Harry, de piel oscura y cabello negro. Estaba serio y apretaba la mandíbula con tanta fuerza que parecía un busto de mármol. Sus ojos castaños la miraron con dureza.

– ¿Quién... quién es? –preguntó Ginny con dificultad.

– Creo que... su compañero... me conoce perfectamente.

Harry miró a Ginny con sus ojos verdes, confundido.

– Creí que me habías dicho que Greville era tu primo.

– Lo dije, pero esto no es...

El hombre alto hizo una reverencia con la cabeza.

– Blaise Zabini, quinto conde de Greville, para servirla, señora. – Todas y cada una de aquellas palabras estaban llenas de rabia mal disimulada. Cuando miró a Harry con sus ojos castaños, a Ginny le dio la impresión de que éste se estremecía–. La señorita Weasley y yo debemos hablar –dijo el conde con educación–. Creo, señor Potter, que será mejor que se marche.

Harry se levantó sin decir nada, con las manos pálidas y los puños todavía cerrados. Una ráfaga de aire frío pareció invadir la habitación mientras los dos hombres se miraban fijamente. Harry cerró con fuerza la mandíbula, se volvió y caminó hacia la puerta.

– ¡Harry... espera!

Pero Harry siguió caminando y salió de la habitación. Sus pasos resonaron en el pasillo.

Ginny fijó su atención en el hombre que había junto a la puerta.

– No... No comprendo lo que está sucediendo.

Blaise esbozó una sonrisa de hielo.

– Lo que ocurre, querida, es que mi padre, el cuarto conde de Greville, fue lo suficientemente bueno como para morirse hace dos años y dejarme su título.

Ginny, nerviosa, se humedeció los labios.

– El conde... ¿está muerto? –Le costó pronunciar aquellas palabras. Todo parecía dar vueltas a su alrededor.

– El anterior conde está muerto. Yo soy Blaise Zabini, el quinto y actual lord Greville, el hombre que ha estado pagando tus mejores vestidos, tu alojamiento, tu comida y tu educación. Como puedes imaginar, todo esto supone mucho dinero.

– Sí, estoy segura de ello. Ésa es una de las cosas sobre las que quería hablar con el conde, es decir, con usted.

No había llegado a conocerlo realmente, además hacía cuatro años que lo vio por última vez, pero estaba segura de que era él quien la había ayudado.

– Creo que hablaste con el conde acerca de todo esto hace algún tiempo. Tengo entendido que los dos llegaron a un acuerdo hace algo más de cuatro años.

Ginny tragó saliva con dificultad e intentó mostrarse valiente.

– Supongo que así fue.

– Por lo que tengo entendido, a cambio de los gastos y tu educación, acordaste que al alcanzar la madurez te convertirías en la amante del conde.

Lo que había dicho, sin rodeo alguno, era cierto.

– Sí, pero entonces yo... yo era muy joven. No me daba cuenta de...

– Ahora eres mayor, tienes casi diecinueve años, si no recuerdo mal, y ya no eres aquella chiquilla inocente, al menos eso parece por lo que he podido ver de tu conducta con el señor Potter –Ginny palideció–. Has recibido una amplia y muy costosa educación. Quiero pensar que durante todo este tiempo has llegado a comprender exactamente qué clase de trato hiciste, ¿no es así?

Ginny empezó a sentir náuseas.

– Sí.

– Además, has aceptado todo el dinero que te he enviado y has permitido que pagara tus clases.

– Sí.

– Has permitido que te comprara la ropa que vistes. El vestido que llevas ahora, por ejemplo.

De forma inconsciente, Ginny se alisó el precioso vestido de seda color albaricoque y rozó con los dedos una hilera de rosas bordadas. Se le formó un nudo en la garganta.

– Sí.

– Puesto que tengo razón, el acuerdo sigue en pie.

A Ginny se le llenaron los ojos de lágrimas y parpadeó varias veces para evitar que rodaran por sus mejillas.

– Sí... –Le dolía la garganta. Santo Dios, Ginny jamás había creído que llegaría aquel momento.

El conde se volvió y empezó a caminar dirigiéndose hacia el pasillo. Era un hombre alto, delgado y de piel oscura, y su presencia parecía haber quedado suspendida en la habitación a pesar de haberse marchado. Blaise se detuvo y se volvió una vez más para mirarla.

– Quiero que suba arriba, señorita Weasley. –Blaise no se molestó en esperar respuesta y se limitó a proseguir su camino, seguro de que Ginny, lo seguiría.

Muerta de miedo, Ginny lo siguió a unos pasos de distancia, como si de un señor y su esclava se tratara, sin hacer caso del insulto, escaleras arriba y a lo largo del pasillo iluminado hasta entrar en el dormitorio del conde.

Ginny jamás había estado en aquellas habitaciones. Se fijó en la alfombra turca de color azul y en las cortinas de terciopelo que impedían la entrada de los débiles rayos de sol que, aun así, intentaban colarse a través del parteluz de la ventana. Como era de esperar, la enorme habitación estaba tan oscura como el resto de la casa. Afuera cayó un rayo. Unas espesas nubes grises cubrieron el sol y la tormenta enfureció. Con un extraño silbido, el viento logró colarse por el alféizar de la ventana. Ginny ralentizó su caminar mientras el conde pasaba junto a los muebles con sobres de mármol de la salita hasta llegar al dormitorio. Blaise se detuvo a los pies de su cama, adornada con cuatro columnas de madera.

Ginny también se detuvo durante un instante sintiendo los fuertes latidos de su corazón. Notaba sobre sí la mirada de Blaise, sus ojos castaños, fríos como el viento del norte que soplaba fuera de la casa. El conde permaneció de pie mientras aguardaba, con una gélida expresión en el rostro, a que Ginny se acercase a él. La muchacha se detuvo al llegar a la puerta del dormitorio.

– Ciérrala –le indicó él. Su tono de voz era cortante. En lugar de la cólera que su hermano había manifestado con ella en algun momento, la fría ira del conde penetró en Ginny como si se tratara de algo mucho más aterrador.

Ginny se mordió el labio inferior y obedeció. Cerró lentamente la puerta con mano temblorosa.

– Ven aquí, Ginny.

Ginny no quería hacerlo. Bien sabía Dios que lo que quería era darse la vuelta y echar a correr. No era una chica cobarde, jamás lo había sido. Había sobrevivido a los azotes de su hermano. De algún modo saldría del atolladero.

Sin embargo tenía miedo. Se aproximó a él con las piernas adormecidas, rezando para que siguieran manteniéndola en pie.

– Hubo un trato –dijo–. Yo he cumplido mi parte. Ahora te toca a ti cumplir con la tuya. Quítate la ropa. Quiero ver lo que he comprado con el dinero que tanto me ha costado ganar.

Durante unos eternos segundos Ginny se limitó a mirarlo, horrorizada e incrédula.

– No puedo... No puedo...

– Si no hubiera llegado en ese preciso instante, te hubieras quitado la ropa para Potter. Ahora quiero que lo hagas para mí.

Ginny sintió un escalofrío que recorrió su espalda y se esforzó por evitar emitir el sollozo que estaba a punto de escapar de su garganta. ¡Por Dios, no podía ser cierto! De todas las cosas que Ginny había visto, ninguna era tan terrible como aquélla. Le ardían los ojos y amenazaban con llenarse de lágrimas. Hizo un último esfuerzo, estaba decidida a no llorar ante la despiadada bestia que ahora era el conde.

En lugar de llorar alzó la barbilla.

– Está equivocado, señor. No hubiera permitido que Harry se tomara esas libertades conmigo.

Arqueó una fina y delgada ceja.

– ¿No? –Blaise esbozó una amarga sonrisa burlona–. ¿Y esa escenita que he presenciado en el salón rojo? ¿Vas a decirme que no estaban abrazados como dos enamorados?

Ginny se mordió el labio inferior. Sólo había sido un beso y, además, desde el principio algo le había disgustado.

– Lo que vio fue... fue un error. Ninguno de los dos quería que eso ocurriera.

Blaise frunció las cejas hasta formar una línea oscura y furiosa y de su boca desapareció la sonrisa. Se acercó a Ginny con una expresión tormentosa en el rostro. Ella retrocedió un paso de forma inconsciente.

– Si crees que Harry Potter no tenía planeado seducirte es que eres mucho más ingenua que yo. Y ahora quítate la ropa si no quieres que lo haga por ti.

A Ginny se le llenaron los ojos de lágrimas. Parpadeó repetidas veces para intentar que no cayeran hasta que finalmente lo logró. De algún lugar en su interior surgió el coraje. Debía de tratarse de un lugar cicatrizado por las crueldades que su hermano le había infligido Le había pegado muchas veces, pero jamás la había vencido y tampoco lo haría el conde.

Ginny se volvió para dar la espalda a Blaise mientras permanecía de pie con las piernas temblorosas.

– Tendrá que ayudarme con los botones.

El conde se acercó. Ginny escuchó el roce de los lustrosos zapatos negros de Blaise sobre la alfombra. El conde no atendió a los botones y se concentró en el calor de sus dedos al entrar en contacto con la nuca de Ginny mientras agarraba el vestido y lo abría violentamente hasta la cintura.

Ginny no pudo evitar un sollozo y cuando se volvió a mirarlo comprobó que sus inexpresivos ojos castaños no mostraban un solo ápice de compasión.

– Ahora haz lo mismo que he hecho yo. Quítate el vestido. –El conde retrocedió varios pasos, como si quisiera contemplar la angustia de Ginny desde cierta distancia.

A Ginny le temblaban las manos. Tomo la delicada seda de color albaricoque y dejó que el maltrecho vestido se deslizara por sus hombros. "Un vestido tan bonito", pensó durante un segundo. Jamás había tenido cosas tan bonitas. Intentó decir algo que pudiera convencer al conde de que lo que había ocurrido entre Harry y ella había sido un error, pero con una simple mirada supo que el esfuerzo sería inútil.

Ginny permaneció frente él vestida tan sólo con los zapatos, las medias de seda blanca, las ligas satinadas y un camisero muy ligero, de una tela tan transparente que mostraba los círculos rosa pálido de sus pezones y su anatomía femenina. Ginny se ruborizó mientras aquellos ojos de examinaban sus pechos. Prosiguió examinando su cadera, las piernas, los tobillos, y finalmente volvió a observar el rostro de Ginny.

– Suéltate el pelo. Quiero ver cómo reposa en tus hombros.

Ginny se mordió la parte interior de la mejilla sin saber si tendría el coraje suficiente para continuar. Sintió un escalofrío; luego otro. No podía soportar imaginar qué era lo que aquel oscuro e imponente conde pretendía hacer con ella. Volvió a barajar la posibilidad de echar a correr, de intentar salvarse. Pero creyó que aquel furioso hombre no la dejaría escapar.

Decidió hacer lo que él le pedía mientras rezaba a Dios para que intercediera y provocara algún milagro, con la esperanza de que de ese modo se le ocurriera algo para salvarse. Le temblaban tanto los dedos que apenas podía quitarse las horquillas que sostenían su cabello.

Al caer al suelo de madera, las horquillas provocaron un suave tintineo. Cuando se quitó la última horquilla, su roja cabellera le cubrió los hombros.

– Ahora la enagua*.

OH, Dios! Las lágrimas empaparon los ojos de Ginny, ahora ya no pudo hacer nada por evitarlo: rodaron por sus mejillas.

– Por favor... –susurró–. Lamento mucho lo ocurrido. Sé que no debería haberlo dejado entrar, pero no imaginaba que pretendiera besarme.

Blaise cerró los dientes con fuerza. Ginny cerró los ojos para no ver aquella alta silueta que se le aproximaba como si de una visión infernal se tratara. Se detuvo frente a ella y extendió las manos para tomarla por los hombros.

– No soy idiota, Ginny. Es evidente que Harry Potter es tu amante y ya que esto es así, a partir de hoy simplemente calentarás mi cama en lugar de la suya.

¿Su amante? Ginny se sintió miserable. Negó con la cabeza.

– Harry no es... mi amante. Jamás he... Nadie me ha... Ha sido la primera vez que alguien me ha besado.

Blaise apretó con fuerza los hombros de Ginny.

– Mientes.

– Digo la verdad. –Ginny examinó las arrugas del rostro de Blaise–. Nos conocimos la semana pasada. Yo paseaba por el parque y él... simplemente apareció. Hoy hemos ido a dar una vuelta con su carruaje. Empezó a llover, de modo que... le pedí que entrara a tomar el té. Entonces me besó.

En el exterior, la tormenta rugía furiosa y hacía crujir las ventanas. Otro rayo iluminó el cielo nublado, ensombreciendo los ángulos del rostro de Blaise. Ginny vio algo en sus ojos que no esperaba ver. Algo parecido al dolor. Algo que Blaise no había pretendido mostrar.

Blaise apartó sus largos y oscuros dedos de la espalda de Ginny. Por primera vez, Blaise se mostró inseguro.

– ¿No me estarás diciendo...? ¿No me estarás diciendo que eres virgen?

Ginny mostró una expresión afable. Bajó la mirada y la fijó en la alfombra. Examinó los tonos azules y rojos del complicado dibujo.

– Jamás permitiría que un hombre... No dejaría que... Sí, lo soy.

Blaise agarró la barbilla de Ginny y la obligó a mirarlo. Ahí estaba de nuevo, en lo más profundo de sus ojos. El dolor, la amargura, la herida, como si se tratara de un hombre al que su mejor amigo ha traicionado. Ginny no pudo comprenderlo, pero de algún modo la emocionó.

Se miraron durante un rato en silencio. Blaise estaba tan cerca de ella que Ginny podía notar el calor de su cuerpo, el roce de su ropa. El color de los ojos de Blaise empezó a cambiar y pasaron de ser de un chocolate a un color café. La ira seguía allí pero estaba empezando a cambiar, mostraba ya cierto brillo cálido.

Entonces, sin avisar, Blaise aproximó su boca a los labios de Ginny.

No hubo ternura en aquel beso. Fue duro, bruto salvaje. Un beso de castigo que pretendía borrar el error que Blaise había cometido. Por segunda vez aquel día Ginny había sufrido las consecuencias del deseo de un hombre al que apenas conocía, a pesar de que las atenciones de cada uno de ellos habían sido totalmente distintas. El beso furioso del conde violó su boca a modo de castigo aunque a medida que pasaban los segundos el beso había ido cambiando. Se había suavizado, se había hecho más cálido.

Ginny se balanceó mientras los labios de Blaise se movían junto a los de ella y empezaban a convencerla, a seducirla, convirtiéndose en algo que ella no esperaba, algo que tiraba de ella desde un lugar secreto y oscuro.

Algo mucho más conmovedor que el beso que había compartido con Harry Potter.

El contacto terminó de forma tan repentina y brusca como había empezado, y Blaise se volvió para dirigirse hacia la pequeña ventana; parecía tan aturdido como Ginny. Se alisó la cabellera negra y ondulada. Con la luz procedente de un relámpago, el cabello adquirió un tono azulado.

– Tal vez hayas dicho la verdad. Aunque en realidad no importa.

Pero, de pronto, apareció una grieta en la armadura que Blaise había llevado hasta entonces y, por vez primera desde que había dado comienzo aquella pesadilla, Ginny sintió un rayo de esperanza. Reunió el poco coraje que le quedaba y respiró con tranquilidad.

– No tengo ni idea de lo que está pensando... Lo que debe pensar realmente de mí. Sea lo que fuere, lamento mucho lo que ha ocurrido.

Blaise se volvió hacia ella.

–¿Lo dices en serio?

Ginny se humedeció los labios y notó todavía el cosquilleo que había provocado el beso.

– Hice un trato. Tal como dijo, usted ha cumplido su parte. Nunca tuve la intención de no cumplir la mía. Únicamente tenía la esperanza de que, ocurriera lo que ocurriese entre nosotros, lo hiciéramos de mutuo acuerdo.

El conde no dijo nada.

– Lo que quiero decir es que tenía la esperanza de que podríamos llegar a solucionar las cosas de forma amistosa. Creí que podríamos hablar de ello. No suponía que usted esperaba de mí que cumpliera con mi parte del trato la primera vez que nos viéramos.

Blaise dejó entrever su incomodidad.

– No era mi intención.

A Ginny se le aceleró el pulso mientras recuperaba la esperanza.

– Si eso es cierto querría pedirle un favor.

Blaise alzó una de sus pobladas y negras cejas.

– ¿Un favor? Creo que ya has recibido bastantes favores de mi parte.

Ginny apartó la mirada por un instante y se ruborizó al sentirse intimidada. Él ya le había dado mucho más de lo que ella podría haber deseado.

– Sólo le pido tiempo, señor. Como le he dicho, cuando llegué di por supuesto que tendríamos la oportunidad de conocernos un poco. Confiaba en construir una amistad antes de que nuestra relación progresara.

El conde se apartó de la ventana. Ahora que su ira remitía, su rostro no parecía tan rígido. Ginny comprendió por primera vez que, siendo más masculino, el conde era tan guapo como Harry.

–¿Amigos? –repitió el conde con tono burlón–. Tener una mujer como amiga es un concepto novelesco, señorita Weasley. Lo encuentro casi divertido.

Ginny alzó la barbilla. Su deseo habría sido no verse obligada a mantener aquella conversación prácticamente desnuda. Por otro lado, el hecho de que pudieran estar hablando era de por sí un milagro por el que se sentía extremadamente agradecida.

– No hay nada divertido en una amistad, señor. Y no veo por qué razón un hombre y una mujer no pueden ser amigos.

Blaise examinó la delgada enagua de Ginny y observó sus pechos al tiempo que ella se ruborizaba. Ante aquel escrutinio, Ginny tuvo que hacer un esfuerzo por permanecer inmóvil.

– Hay muchas razones, querida señorita Weasley, que hacen prácticamente inviable la amistad entre sexos opuestos. El hecho de que no lo sepas me lleva a suponer que realmente debes de ser tan inocente como aseguras.

Blaise se acercó a Ginny hasta encontrarse a pocos centímetros de ella. Aunque Ginny era más alta de lo habitual, se veía obligada a tirar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo. El conde tomó un mechón de su cabellera y lo alisó entre sus dedos.

Ginny sintió una extraña sensación en el estómago.

– ¿Y cómo sugieres que debemos construir esa... amistad? –preguntó con tono de voz suave. Blaise le rozó el hombro al dejar caer el mechón de cabello, y el cosquilleo hizo que se le pusiera la carne de gallina, primero en el hombro y luego en el brazo.

Ginny estaba segura de que era la esperanza lo que provocaba los rápidos latidos de su corazón. Si Blaise aceptaba esperar antes de pedirle que se acostara con él, Ginny dispondría del tiempo necesario para convencerlo de que reconsiderara el trato.

– No había estado nunca en Londres –dijo mientras se esforzaba por dibujar una sonrisa con sus labios–. He visto muy poco desde que llegué. Tal vez podría enseñarme la ciudad.

– ¿La ciudad? ¿Qué quieres ver?

Ginny hacía trabajar su cerebro a toda velocidad mientras buscaba una respuesta que supusiera su salvación.

– La ópera, tal vez. ¡O una obra de teatro! Me encantaría ir al vez Shakespeare. Siempre he querido ver El rey Lear. Usted vive en la ciudad. Seguro que conoce lugares interesantes. Me encantaría ir a cualquier sitio que usted sugiera.

Blaise pareció considerar la oferta. Le dio la espalda a Ginny y reanudó su escrutinio de las ramas que golpeaban contra el cristal de la ventana.

– Muy bien, señorita Weasley. –Volvió a centrarse en Ginny–. De momento, dejaremos a un lado tus... obligaciones. Prefiero tener a una mujer contenta en la cama que a una que simplemente está allí porque yo quiero que así sea.

Ginny se balanceó tratando de ocultar el fuerte alivio que sintió en su interior y que le provocó incluso una leve sensación de mareo.

– Entonces será mejor que vuelvas a vestirte.

Ginny no lo dudó ni un segundo, recogió el vestido del suelo y se lo puso como pudo. Introdujo los brazos por las mangas, se lo subió por los hombros y finalmente, cuando estuvo completamente vestida, suspiró aliviada.

El conde no dijo nada más y Ginny interpretó aquel silencio como una señal para que saliera de la habitación. Sin hacer caso de los botones que faltaban del vestido y del hecho de que llevaba la cabellera despeinada, se dirigió hacia la puerta con la seguridad de que aunque la viera algún miembro del servicio no diría nada. Desde el día en que llegó a la casa, Ginny había notado que todos trabajaban de forma muy discreta y sombría. En la mansión pudo escucharse una leve risa. Tras haberse encontrado con su despiadado patrón comprendió por qué.

Esforzándose por mantener el maltrecho vestido en su lugar, Ginny se dirigió a toda prisa y en silencio hacia su dormitorio. Cuando llegó prácticamente corría. Una vez dentro, Ginny cerró la puerta a toda prisa y se apoyó en ella. Estaba a salvo. Pero ¿hasta cuándo?

Le hubiera gustado saberlo, le hubiera gustado que hubiera una salida para la situación en la que se había visto involucrada. Lo cierto es que no tenía muchas opciones. No tenía dinero, no tenía trabajo, ni tampoco tenía otro lugar adonde ir y le había dado su palabra.

Ginny se frotó los ojos, cerrados, y se esforzó por contener el llanto.