Harry Potter, ni ninguno de sus parsonajes me pertenece, es propiedad de J. K. Rowling.
Capítulo cuatro: La luz de una oportunidad.
Las cinco de la mañana y él seguía despierto. Observó el cabello pelirrojo de su mujer, quien le daba la espalda, esparcido por la almohada, el leve movimiento de su cuerpo cada vez que respiraba y la silueta curvilínea que se dibujaba bajo la sábana. Cualquiera en su lugar estaría metiendo sus manos por debajo de ese camisón negro; cualquiera menos él.
Negó con la cabeza. Si antes tenía pocas esperanzas de salvar su vida matrimonial, ahora eran casi nulas. Y por alguna extraña razón, no le molestaba tanto como debería; si Harry había cambiado ─aunque él seguía manteniendo que no─, ella también lo había hecho: ya no era más la determinada y fogosa joven que había conocido, de la que se había enamorado; ahora era una mujer materialista, profesional e irritable.
Se encogió de hombros. Al menos seguía siendo una buena madre, se ocupaba de las necesidades de los chicos y siempre los ponía en primer lugar ante cualquier cosa. Podía sentirse conforme en ese aspecto; porque en los otros…
Cansado de seguir acostado y divagando estupideces, decidió salir de la cama y bajar por un vaso de agua. Menos mal que en la Academia de Aurores le habían enseñado a superar algunos de sus problemas de torpeza y a ser lo bastante sigiloso para no despertar a nadie. Evadió con éxito todos los obstáculos que se cruzaron en su camino: pantuflas, juguetes, sustancias pegajosas de dudosa procedencia y que no entendía cómo habían llegado hasta allí, y hasta esos autitos muggles que tanto le gustaban a James y que eran una verdadera arma mortal porque siempre se encontraban al pie de la escalera, pero fue cuando llegó a la sala que Harry detuvo sus pasos.
Draco Malfoy estaba ahí, dormido, ciertamente, y con la misma expresión desconocida y cálida que Harry había observado con anterioridad. Su cabello rubio y bien peinado siempre, estaba casi igual de desprolijo que el suyo, su boca estaba ligeramente abierta y tenía un brazo colgando del sillón mientras que el otro descansaba sobre su pecho que subía y bajaba cada vez que respiraba profunda y pausadamente. Aún tenía puesta la misma ropa con la que lo encontró, ni siquiera los zapatos se había sacado, provocando que frunciera el ceño. ¿Cuán obstinado podía ser Malfoy? ¿Por qué le costaba tanto dejarse ayudar por él? Recordó la reacción de Ron y de Ginny, quienes después de tantos años aún conservaban la misma aversión hacia el rubio. ¿Será que Malfoy tampoco había abandonado el odio que le tenía? ¿Por eso se resistía?
Se acercó un poco hacia el hombre que descansaba en su sofá, sin dejar de observarlo, sabiendo que era muy posible que la situación se estuviera volviendo un poco rara. Un mechón de pelo rubio descansaba sobre uno de sus parpados y Harry pensó que debía ser muy molesto, así que alargó la mano, de manera inconsciente, para apartarlo.
─¿Señor Potter?
Mierda. Rápidamente retiró su mano, dejándola caer, y se volteó hacia el portador de la voz que le provocó un susto de muerte, con el sobresalto en sus ojos.
─Scorpius, ¿qué haces levantado a esta hora? ─preguntó un poco asustado aún, como si hubiera estado haciendo algo malo y lo hubieran atrapado. ¡Era un estupidez que estuviera sintiéndose así!
El infante se frotó el ojo con el puño mientras se cubría la boca con la otra mano para bostezar.
─Tenía sed, pero no vi ningún elfo y no sé dónde está la cocina, así que me levanté para buscar a papi y preguntarle ─contestó el pequeño, con voz somnolienta, acercándose hacia ellos─. ¿Y usted qué hace aquí?
─Eh… no podía dormir, así que también me dirigía a la cocina para tomar algo ─se excusó, pasándose una mano por el pelo, nervioso y evadiendo el verdadero significado de esa pregunta─. De todas formas, no es necesario que despiertes a tu padre, podrías haberle preguntado a Albus ─El niño de encogió de hombros, bajando la cabeza─. Bueno, supongo que ya no importa. Ven, yo te llevo.
─Gracias, señor Potter, pero ¿podemos desayunar mejor? Es que se me fue el sueño y no creo que pueda volverme a dormir con los ronquidos de Albus ─comentó con disgusto.
El mayor se rió divertido, asintiendo. Para ser el hijo de Malfoy, le caía bien y hasta estaba seguro que podría encariñarse con él. Lástima que no fuera así de fácil con el padre el niño. Y hablando de él, ¿qué había sido esa idiotez de acercarse hacia Malfoy y querer tocarlo? No, corrección: querer apartarle el mechón de cabello descolocado porque por eso, y solo por eso, se había acercado hacia el rubio. O aun peor, ¿por qué de repente le preocupaba tanto lo que le fuera a pasar o que lo odiara? Por favor, no era como si hubiera esperado un "gracias" de parte del ex Slytherin, pero tampoco se esperaba tal hostilidad contra él. Después de todo, quién sabía hasta cuando se tendrían que alojar ellos en su casa; al menos podría fingir que no lo odiaba para que él se quedara tranquilo y no pensara tonterías a las casi seis de la mañana.
Estúpido Malfoy.
─¿A usted también le gustan las galletitas con chips de chocolate? ─Le preguntó Scorpius, asombrado.
─Por supuesto, son mis favoritas. ¿Y sabes que me gusta untarles? Miel ─comentó, sacando de la alacena le bote de miel en forma de osito que usaban sus hijos. A veces le gustaba creer que no había madurado lo suficiente.
─¿De verdad? ¡A mí también, señor Potter! ─chilló el niño, dando saltitos en su asiento─. A papá no le gusta porque siempre termino ensuciando la ropa, o porque dice que mucha azúcar me vuelve insoportable, pero si fuera así, no pondría la miel en el desayuno, ¿o sí? ─hablaba el pequeño rubio, poniendo una cantidad exagerada del bote en su plato de galletitas.
Así que, al parecer, Malfoy era igual o peor que él en cuanto a consentir a los niños. Sonrió al pensar en el rubio siempre pulcro, frío y elegante, lidiando con Scorpius, corriendo de aquí para allá para atraparlo, con el traje y el rostro manchados de comida, despeinado, pero con una sonrisa en el rostro. Una imagen muy similar a la que él vivía día a día. Una imagen familiar y humana. Seguramente hasta era un buen padre. Aunque, ahora que se percataba, faltaba algo en ese cuadro: una madre.
─Scorpius, ¿dónde está tu…?
─¿Pero qué demonios se supone que significa esto?
Tanto el menor como el mayor voltearon hacia la puerta para encontrarse con el rostro incrédulo y la ceja rubia levantada de Malfoy. Harry frunció el ceño al comprobar que estaba perfectamente peinado, vestido con otra ropa, y que su rostro no mostraba signos de haberse levantado recién. ¿Por qué se tenía que sentir como un indigente en comparación con él? ¿Por qué no se podía ver tan bien en las mañanas como el jodido Draco Malfoy?
─Buenos días, papi. No deberías decir malas palabras, ya sabes lo que eso significa ─dijo Scorpius, alargando la palma de su mano hacia su padre, como esperando que este depositara algo en ella.
Al parecer, Malfoy sabía que era lo que su hijo esperaba porque soltó un resoplido y se fue a sentar junto a ellos. Sin embargo, prefirió no preguntar por el momento.
─No tengo dinero, pequeño chantajista. Anótalo en mi lista de deudas ─A pesar del tono fastidiad, las facciones del rubio parecían divertidas; no había rastros del hombre cansado y derrotado con el que Harry se había encontrado ayer, y se sorprendió sin poder evitarlo─. Cierra la boca, Potter, es de mala educación y aunque fuera para decir algo, seguro no será nada inteligente.
─Buenos días para ti también, Malfoy ─masculló el moreno, fingiendo concentrarse en su desayuno, escuchando lo que hablaban los dos rubios.
No pudo evitar pensar en que si Narcissa y Lucius Malfoy también se hubieran instalado en su casa, serían la versión platinada de los Weasley invadiendo su hogar. Tomó un sorbo de su café para ocultar su risa. Mejor no le diría nada a Malfoy, las probabilidades de ser hechizado eran muy altas. El hecho de recordar a los padres de su ex compañero del colegio, lo hizo volver a la cuestión inicial: ¿por qué Malfoy se había quedado ─figurativamente, gracias a él─ en la calle? Esperaba poder obtener esa respuesta hoy o moriría de ansiedad. Tal vez exageraba.
─Buenos dí… ─Ginny había cruzado la entrada de la cocina, obviamente, saludando, pero se interrumpió al ver a los nuevos invitados permanentes, cambiando su expresión a una de indiferencia, pero que Harry sabía que estaba más que molesta.
─Buenos días, señora Potter ─saludó, para sorpresa de todos los presentes, el menor que se encontraba entre ellos.
Tanto Malfoy como Harry contuvieron la respiración, esperando la reacción de la pelirroja, aunque el primero jamás lo admitiera.
─Buenos días, Scorpius ─correspondió casi sonriendo, dirigiéndose hacia donde estaban las cosas para prepararse el desayuno.
Un sentimiento de alivio embargó a Harry de pies a cabeza. Por un segundo creyó que el mundo explotaría o que alguna catástrofe pasaría, pero nada de eso sucedió. Quizá se preocupaba demasiado y en verdad todos podrían llevarse bien o, mínimamente, aprender a soportarse. Claro que sólo hablaba en el caso de los infantes y los mayores; el trato entre los tres adultos, incluyéndolo, ya era otro caso. Pero, por mucho que le costara, él prometía esforzarse. Empezando justo ahora.
─Malfoy ─Le llamó. Los ojos grises se posaron rápidamente en él, con cierta consternación. Supuso que se debía al breve intercambio de palabras entre su hijo y Ginevra─, hoy iremos a buscar trabajo ─Y para no parecer tan mandón, agregó─: ¿te parece bien?
El aludido se encogió de hombros, recuperando su habitual indiferencia y siguió desayunando tranquilamente, vigilando que su hijo no se ensuciara. Harry supo que eso era más de lo que podía conseguir y ni se molestó en decir otra cosa, ignorando la mirada atenta de Ginny desde la barra de la cocina donde se encontraba sentada.
Durante la siguiente media hora, los hijos de Potter hicieron aparición, gritando y dando vueltas mientras devoraban todo a su paso. Draco estaba horrorizado, al contrario de su hijo, que se dispuso inmediatamente a entablar una importante conversación sobre por qué el chocolate era infaltable en sus cortas vidas con los hijos del moreno. Menos mal que lo estaba viendo porque si se lo contaban, jamás lo creería. Pero si había alguien que estaba más sorprendido que él, esa era la comadrejilla, quien tenía la misma horrible manía de Potter de quedarse con la boca abierta.
Toda la situación era ridícula. ¿Qué carajo hacía él en medio de la cocina de Potter, sentado con los hijos de Potter, su hijo, la pob-esposa de Potter, quien seguía ignorándolos con excepción de sus hijos, y con Potter, sea dicho de paso? Sus padres debían estar revolviéndose en su tumba. Qué diablos, él mismo se estaba revolviendo en su asiento. Odiaba sentirse incómodo, lo hacía sentir vulnerable y tímido.
─¿Y a qué escuela vas, Scorp? ─Escuchó que gritaba el mini-Potter.
─De hecho, nunca fui al colegio. Mi padre o mis abuelos me enseñaban en casa ─explicó el pequeño rubio─, ¿cierto, padre? Aunque hace bastante que no estudiamos.
Oh, mierda, lo había olvidado completamente. Era cierto que le estaba dando clases particulares a su hijo porque desconfiaba de que en las escuelas, tanto públicas como privadas, lo aceptaran. A decir verdad, ya lo habían rechazado en dos de los mejores institutos cuando Scorpius tenía tres años; en ese entonces, como él poseía el tiempo y los conocimientos, no le costó mucho optar por la opción de educarlo en su propia casa. Pero ahora las cosas difícilmente eran iguales.
─Lo lamento, Scorp, pero no creo que me sea posible…
─¿Te gustaría ir al colegio con Albus, Scorpius? ─interrumpió Potter, quien hasta el momento había estado extrañamente callado y le había dado la esperanza a Draco de que finalmente se hubiera quedado mudo.
─¡Sííí, sería genial que fuéramos al mismo colegio! ¿No crees, Scorp? ─apoyó la idea la mini-copia del héroe mágico.
El rubio menor volvió la vista hacia su padre, suplicante. ¿Por qué tenía que usar esa mirada para todo?, se preguntó Draco, angustiado. Maldito Potter, ¿en serio era tan retrasado como para proponer semejante cosa cuando sabía que él ya no poseía nada? O es que acaso…
─Potter, ¿qué diablos crees que estás haciendo? ─siseó entre dientes, bajito y mirándolo de la forma más amenazante que pudo.
─Cállate, Malfoy, estoy hablando con Scorpius, no contigo ─Le respondió el sin vergüenza─. Olvida lo que diga tu padre, pequeño, ¿a ti te gustaría ir al colegio?
─Sí, claro que sí, señor Potter ─respondió alegremente el infante.
─Bien, entonces Ginny te llevará al colegio junto con mis hijos. Hoy será tu primer día ─declaró el moreno.
─¡¿Qué?! ─chillaron los dos adultos entre el griterío emocionado de los menores.
Y si Harry salió vivo de esa situación, fue porque tenía la suerte de ser el Niño que Vivió y haber sobrevivido a dos Avada Kedavra. Ah, sí, y también porque los niños estaban presentes. Sin embargo, no se salvó de las advertencias de su esposa, ya que cuando terminaba de guardar sus cosas para irse junto con Malfoy a buscar trabajo, pese a que tenía que ir a trabajar, ella lo acorraló.
─Tres meses. Ese es el tiempo que te doy para que Malfoy siga en m-nuestra casa, sino… ─Dejó la amenaza inconclusa y se fue de la habitación dando un portazo.
Bueno, esperaba que el límite de tiempo le rindiera. Bajó las escaleras, para constatar que Ginny y los cuatro niños ─tuvo que recurrir a frases manipuladoras para que accediera a llevarse al mini-Malfoy─, ya se habían ido y que el rubio lo estaba esperando con una expresión que claramente expresaba lo mucho que lo quería en ese momento. Sí, claro.
─¿Nos vamos? ─preguntó de manera natural.
─Desde luego, Potter, ¿qué crees que hago aquí parado? Aparte de esperarte y que bajes vestido de manera decente, claro. Debí suponer que no conocías el significado de la palabra decencia ─Se lamentó el rubio
─Con un simple "sí" hubiera bastado ─bufó Harry─, pero, por supuesto, no serías tú sin tus comentarios de mierda.
─Y no serías tú sin tus preguntas estúpidas, Potter. Pero no es necesario confirmar lo obvio ─replicó Malfoy, burlón.
Decidió ignorar las pullas del rubio y dirigirse hacia la chimenea. Esperó a que su acompañante entrara con él y tomando un puñado de Polvos Flú, desaparecieron con destino al Ministerio.
El puto Ministerio de Magia que le había arrebatado todo, pensó Draco, con resentimiento. Le parecía mentira que estuviera pisando ese lugar repleto de imbéciles, que se creían que tenían el derecho de juzgar a los demás, con el objetivo de pedir trabajo. Aunque no le parecía más increíble que estar acompañado del mismísimo San Potter y que éste lo ayudara a conseguir uno. Era bastante obvio que las influencias del héroe servirían, si no lo estuviera ayudando a él.
Pasearon por todos los departamentos del Ministerio, averiguando y preguntando si alguien no tendría un puesto de trabajo para Draco, pero todos ponían la misma cara de circunstancias y respondían siempre un escueto "No". A los idiotas ni siquiera les preocupaba que fuera el jodido Potter quien les estuviera preguntando, en cuanto notaban su presencia, la respuesta era rotunda y sin vacilación. Vale, Draco sabía que lo odiaban y que su apellido no era bien visto, era consciente de esos hechos, pero no había sabido hasta qué punto estaban tan mal las cosas para él. Primero, lo habían rechazado en Hogsmeade cuando estaba buscando un lugar dónde poder alojarse; y ahora, era rechazado por todo el Mundo Mágico –en teoría- al buscar un trabajo. No quería sentirse desalentado, pero la realidad con la que sucedían las cosas comenzaba a abrumarlo.
─¿Quieres sentarte, Malfoy? Parece que vas a romperte en cualquier momento ─sugirió el Auror, reflejando preocupación en sus brillantes ojos verdes.
No le respondió, pero tomó asiento en una de las sillas de espera que se encontraban en el lugar y enterró el rostro entre sus manos. No podía dejar que la desesperación tomara el control, tenía que mantenerse fuerte y centrado. Tenía que confiar en que todo saldría bien.
Por el otro lado, Harry estaba a punto de mandar al carajo al Ministerio. No podía creer… no, mejor dicho, no quería creer que actuaran de esa manera. ¿Acaso no habían enfrentado dos guerras contra la discriminación? ¿Cuán hipócritas podían llegar a ser? Malfoy no había sido un mortífago, él mismo lo había confirmado y reafirmado muchas veces, incluso había estado presente en su juicio, donde había abogado a favor de los Malfoy por una razón; ellos habían sido absueltos por esa razón. ¿Nada había servido? ¿Nada se había aprendido? Se sentía impotente y furioso. Sólo le quedaba una opción, aunque apostaba que a Malfoy no le agradaría ni un poco y probablemente se negaría al principio.
Se aclaró la garganta para captar la atención del rubio, quien lo miró con el ceño fruncido.
─Yo… sé que no te va a gustar, pero no tienes otra opción, Malfoy ─El aludido lo observaba como si se hubiera vuelto loco y lo cierto es que tenía razón en mirarlo así─. Como nadie te quiere dar trabajo; no, cállate, déjame terminar. Como decía, como nadie quiere darte trabajo y no posees ningún tipo de estudio o fuente de ingresos; yo te ofrezco uno: ser mi secretario hasta que consigamos algo.
Malfoy abrió y cerró la boca cual pez fuera del agua, en shock, hasta que se recuperó y se abalanzó contra Harry, empotrándolo contra la pared.
─¿¡Te volviste loco!? ¿¡Acaso quieres humillarme más, Potter!? ─rugió el rubio, demasiado cerca del rostro del Auror.
─¡Claro que no, idiota! ¡Pero considerando que nadie te quiere aquí, no te queda otra opción! Y dudo que quieras seguir viviendo en mi casa ─espetó Harry, alejando al otro de un empujón. La manos le cosquillearon al hacer contacto con el pecho de Malfoy, e ignoró por qué se había sentido tan nervioso al tenerlo tan cerca.
─¿Ah, no? ¿Y entonces por qué lo haces, Potter? ¿Por qué me ayudas? ¿Por qué siempre estás salvándome? ¡No se supone que lo hagas! ─gritó, agitado.
─Porque soy así, Malfoy, esto es lo que soy. No hay trampas, no hay trasfondos; simplemente, busco ayudarte porque al contrario que tú o que todos los demás, yo sí sé diferenciar ─replicó, más tranquilo al ver que el rubio se calmaba y tomaba asiento nuevamente.
─Que te jodan, Potter. No conocí a nadie más idiota que tú… pero aceptó. De todas formas, no me daré por vencido y seguiré buscando otro trabajo, así que no te acostumbres ─bufó el ex Slytherin.
Harry se alegró de ver que el Malfoy al que él conocía estaba en pie otra vez, sin querer cuestionarse por qué, ya luego tendría la noche para divagar estupideces como siempre.
─¿No tienes que trabajar? ¿O es que tienes privilegios por ayudar a alguien también? No que me extrañara ─comentó el rubio con sorna.
─Hoy me tomaré el día. Todavía tenemos una conversación pendiente ─sentenció para pesar de su nuevo asistente.
Presentía que los días con Malfoy iban a ser relativamente largos. Ni siquiera quería ponerse a pensar en que, si en dos días muchas cosas habían cambiado, en tres meses ¿qué pasaría?
… ¿Continuará?
N/A: ¡Beeeeeelloooooooooooo! Ah, parece que esta semana es semana de actualizaciones. xD. Pónganse felices y salten, (?. Y sí, porque lastimosamente empecé la facu, T.T. Imagínense que si tarde ya de por sí, lo que va a pasar ahora. :S. Na, mentira, xD, seguiré tratando de actualizar antes de cumplir una semana. Aunque ahora me pasé... Eh, bueno, detalles, detalles (?.
Ya saben, sugerencias/opiniones/crucios/advertencias/todo lo que quieran, pueden dejarlo por escrito en un hermoso y decorativo review que tendrá mucho valor para su humilde autora -Léase: yo-.
Gracias infinitas a lucas1177, Ali loves choco (que por cierto, cuando quiera fija fecha de casamiento, :P), liziprincsama, jessyriddle, Lily Dangeuros Black, Kuroneko1490, susigabi, ValeryVampire, kasandra potter, AnataYume, xonya11, JAFRYN, NUMENEESSE, Shirokyandi y Blacky-Yuuki por sus hermosos reviews, son tan lind s, (L). También gracias a todos los que agregaron a Favoritos y Follows este fic.
Gracias infinitas y más allá a Maye Malfter por ser tan linda y betear este fic, (L.
Besotes con cariño y gracias por leer.
