Él era la prueba viviente de que los niños son capaces de sobreponerse a prácticamente todo si se los trata con amor, siendo apenas un infante sufrió en carne propia las condiciones más duras a las que se puede enfrentar un niño pequeño, fue víctima de abuso físico por parte de las personas a quienes confiaron su cuidado… y aunque jamás hablaba de ello, lo recordaba cada día, cada vez que enjabonaba su espalda y sentía bajo sus yemas las huellas de su terrible pasado.

Y a pesar de ello, gracias al amor, a la infinita paciencia, a la entrega absoluta de sus padres adoptivos, una pareja de adultos bastante mayores que lo rescataron del sistema con tan solo seis años, Lance Sweets había logrado recuperar su espíritu, sanar su alma, restaurar su confianza en la gente… el crío temeroso, desconfiado y agresivo que rescataron de un terrible hogar de acogida creció para convertirse en un hombre feliz, agradecido con la vida, seguro de que el futuro siempre nos da la oportunidad de convertirnos en mejores personas.

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Luciendo un par de sonrisas encantadoras y absolutamente conspiradoras la pareja de anfitriones intercambió miradas, para luego al unísono reclamar que era el turno de Booth. Cualquiera podría suponer que habían planeado al detalle la forma en que iban sucediéndose las historias durante esa cena, y aunque les preguntaran, lo más probable es que jamás supieran si había sido así, lo único indiscutible era que Angela y Jack estaban deseosos de poner en aprietos al mejor agente del FBI.

Con actitud resignada, Booth respiró hondo y sin dejar de mirar directo a los ojos de su amada Huesos, tomó una de sus manos entre las suyas y acercándola lentamente a sus labios depositó un suave y tierno beso sobre su muñeca, como pidiéndole disculpas anticipadas por la historia que iba a contar… pero justo cuando estaba a punto de empezar, fue interrumpido por una ansiosa Daisy que con agudísima voz suplicaba "dejen que mi Lancelot cuente su historia primero".

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"Cuando cumplí 18 años sentí una incontrolable necesidad de esclarecer mi pasado, de comprender porqué fui puesto en el sistema de adopciones prácticamente desde mi nacimiento… mis padres adoptivos intentaron convencerme de mantener esa puerta de mi pasado cerrada, estoy seguro que ellos temían que yo terminara herido y perdiera parte de lo que llamaban 'mi ilusión por la vida'… pero al final, comprendieron la necesidad que tenía por conocer a mi madre biológica y apoyaron mi búsqueda.

Sobra decir que localizar a mi madre biológica fue una verdadera odisea pero finalmente lo logré… mi madre era una artista circense que recorría el país de manera errante, y supuse que la única manera en que podía descubrir verdaderamente que clase de persona era ella, sería uniéndome al circo y eso fue precisamente lo que hice…aunque les parezca difícil de creer, durante exactamente cinco días, trabajé como ayudante de mantenimiento.

Como es natural suponer, mis sentimientos por ella eran contradictorios, una parte de mi deseaba quererla, pero al mismo tiempo no podía evitar culparla por todo lo que tuve que soportar, antes de ser adoptado.

El día que finalmente nos conocimos era un 14 de febrero, la mesa empotrada en su casa rodante se había dañado y cómo los ayudantes más expertos estaban trabajando montando la carpa, me asignaron a mí el trabajo de repararla… se podía decir que el destino jugaba a mi favor.

Los segundos que transcurrieron desde que mis nudillos tocaron a la puerta de su casa rodante, hasta el instante en que regalándome una deslumbrante sonrisa, abrió y se hizo a un lado para dejarme pasar, han sido los más angustiantes de mi vida. Sentí el impulso de salir corriendo de allí y no detenerme hasta estar nuevamente en la seguridad y tranquilidad del que había sido mi hogar por los últimos doce años, pero me hallaba literalmente paralizado de miedo.

En cuanto ingresé a su espacio, a su hogar, esa completa extraña extendió hacía mí un vaso con limonada y cubos de hielo con forma de corazón, y antes de que yo pudiera explicarle que venía a arreglar el desperfecto de su mesa, escuché su voz por primera vez "entra querido, bebe y dime si no es la mejor limonada que has probado jamás?", sin darme tiempo a responder añadió "… ¿quieres ser mi Valentine?" y luego en una explosión de suaves carcajadas me agradeció por ayudarla y se disculpó por bromear conmigo.

Yo estaba anonadado, la mujer frente a mí no se parecía en nada a la madre de mis fantasías, siempre supuse que mi madre sería una mujer triste, apesadumbrada por la carga de su pasado, abrumada por el cargo de consciencia de haberme abandonado a mi suerte… en cambio, aquella mujer que no parecía tener más de treinta y pocos años emanaba tranquilidad por cada uno de sus poros y aunque Dios sabe que intenté mantenerme indiferente ante ella, mis intentos fueron inútiles, tenía una personalidad encantadora, extrovertida, diáfana…

Al final de esa tarde juntos, después de la conversación maravillosa en que ella me envolvió: un divertido monólogo, durante el cual me llenó de preguntas a las que yo solo respondía con monosílabos o frases muy cortas, pero que ella aceptaba con entusiasmo… casi terminaba de arreglar su pequeña mesa, cuando de pronto me dijo en tono interrogador "si prefieres puedes terminar mañana, de seguro tienes que salir con alguna hermosa muchachita".

No recuerdo claramente cómo fue que le expliqué que no tenía novia, ni ningún plan para esa noche, solo se que finalmente terminamos cenando juntos sobre una mesa a medio reparar, compartiendo anécdotas: ella de su vida en el circo, yo de mi vida en la escuela; descubriendo con deleite cuánto teníamos en común, cantando "the lime and the coconut"…

De pronto respiró profundamente y aunque intentó ocultar su mirada, pude ver como sus ojos se llenaban de lágrimas y casi en un susurro la escuché decir "perdóname, he rezado por ti cada día de mi vida, te he extrañado desde el mismo instante en que permití que te apartaran de mí…", fue entonces que se derrumbó ante mí, en silencio empezó a llorar, sin mirarme, sin fuerzas para levantarse y huir, entre sollozos abrió el medallón que sostenido por una delgada cadena colgaba de su cuello y me mostró una pequeña fotografía en la que se veía a un par de adolescentes sonrientes… la muchachita con frenos en los dientes, era ella, luciendo esos mismos ojos oscuros, confiados, divertidos… junto a ella, un jovencito muy parecido a mí, con mirada traviesa.

Mis padres adoptivos me enseñaron a comprender a las personas, me transmitieron su maravillosa capacidad para perdonar, gracias a ellos aprendí que no debemos juzgar los actos de las personas que amamos y fue por ellos que tuve la suficiente fortaleza para recordar que todos, a veces, cometemos terribles errores, errores que nos perseguirán toda la vida… Y gracias a sus consejos, esa noche perdoné… el pasado ya nos había torturado bastante a ambos y decidí no convertirme en su verdugo… sentí que el corazón me iba a explotar, necesitaba más que nada en el mundo que ella supiera que la perdonaba por todo nuestro pasado, que tenía una familia que me amaba, que era un estudiante de psicología con notas casi perfectas, que estaba en camino a convertirme en un hombre de bien y que solo quería conocerla para que los dos pudiéramos mirar al futuro con esperanza, reconciliándonos con la vida.

Al despedirme de ella esa noche, lo hice con la absoluta certeza de que algún día volveremos a encontrarnos y entonces la vida nos dará la oportunidad de crear historia juntos.

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Ninguno de los amigos reunidos esa noche volvería a ver al joven psicólogo de la misma manera, acababan de recibir una de las lecciones de amor más grandes de sus vidas y con un nudo en la garganta aguardaban a ver quien sería el primero en romper el silencio.

"Díganme si mi Lancelot no es el mejor hombre del mundo" se escuchó decir a Daysi y fue la primera vez que todos agradecieron por oírla hablar con la agudísima y casi insoportable voz que ponía cada vez que se refería a su novio.

Mientras Jack volvía a llenar las copas vacías, Angela se levantó de su silla y sonriendo se excusó "permítanme que vaya un momento a ver a Michael", dio unos pasos hacia el corredor, pero justo antes de salir del campo visual de los presentes esa noche, se giró sobre sus talones y con un guiño malicioso dedicado al padre de su futura sobrina, señaló "ahora no te salva nadie Booth… tú eres el siguiente".