Disclaimer: Ni la historia, que es de Emma Mars, ni los personajes, de nikelodeon, me pertenecen, solo hice una adaptación y los mezclé.

4

LA PIEDRA DE SU ZAPATO

—¿De veras era necesario tirar el colchón por las escaleras? Casi matas del susto a esa pobre mujer.

—¿Y era necesario robar mi cama? —contraatacó Korra.

—¿Cómo que tu cama? Ahora no empieces a hacer teatro: sabes tan bien como yo que ninguna de las camas era tuya. Tú llegaste después y yo ya me había quedado con una.

—¡Porque ni siquiera me diste opción de elegir!

—¿Cómo iba a hacerlo? ¡Te fuiste a tu habitación!

—Oh, eso es rastrero incluso para ti, Sato. ¡Tú sabías perfectamente que no había otra habitación y no me lo dijiste! Debería darte vergüenza.

—Se te da muy bien hacerte la víctima, Raava. ¿Te lo habían dicho antes?

Ella no se hacía la víctima. Bueno, quizá, un poco. Puede que con Bolin y Mako dramatizara más de lo necesario, a veces incluso más de lo humanamente posible, según qué tema estuvieran tratando. Pero era solo porque estaban demasiado acostumbrados a que ella fuera la fuerte, la estable, la que nunca tenía dudas, miedos o momentos en los que, francamente, le entraban ganas de frenar el tren del mundo y apearse.

Mako nunca tenía en cuenta que había veces en las que se sentía un autómata, no una humana, y no lo hacía porque eso era exactamente lo que la gente esperaba de ella, que fuera como un robot sin sentimientos, perfectamente programado.

—No es de tu incumbencia —replicó con testarudez, aunque fuera consciente de que Asami tenía razón.

Detestaba esos momentos en los que un comentario suyo la hacía recapacitar. Se suponía que Asami no tenía ese poder sobre ella. Se suponía que era una descerebrada de falda demasiado corta, extremadamente corta; tanto, que a lo mejor hasta se creía que le hacía un favor al planeta ahorrando tela. Ahora iba a resultar que las minifaldas eran de ecologista.

—Eso quiere decir que sí.

—Eso quiere decir que estamos aquí para lo que estamos, Sato, y que todo aquello que no tenga que ver con la misión, no es de tu incumbencia. —La miró con los ojos borrachos de furia y ligeramente humedecidos por la rabia que sintió—. Bien. ¿Por dónde empezamos?

Asami se alegró de que su compañera cambiara rápidamente de tema y la salvara así de una dramática e incómoda conversación que no estaba preparada para tener. Si consolar a sus amigos no era uno de sus puntos fuertes, consolar a un enemigo tenía, necesariamente, que acabar en catástrofe. Además, en ese momento no le apetecía sentirse culpable, mucho menos por algo que hubiera ofendido a Korra Raava.

A Asami siempre le había hecho sentir muy incómoda ver a la gente llorar. A regañadientes, barajó la posibilidad de disculparse. Le daba mil patadas en el estómago porque ella también era muy orgullosa, pero por mucho que Korra fuera la cara opuesta de su moneda, no disfrutaba haciendo daño a la gente, y en esta ocasión parecía claro que acababa de meter el dedo en la llaga. Se estaba preparando mentalmente para formular una disculpa, pero una gota le impidió hacerlo, una gruesa gota que impactó con fuerza contra su nariz. Pestañeó, incómoda, levantó los ojos hacia el cielo y se lo encontró cubierto de gigantescos nubarrones negros.

—¿Por dónde empezamos, dices? Me temo que por esto —dijo, sacando un paraguas plegable de su bolso y haciéndole una seña para que se acercara.

La pequeña localidad costera de Durness es uno de los parajes más espectaculares de Gran Bretaña. Sus pequeñas calas son el paraíso de cualquier niño deseoso de jugar al escondite, ya que se encuentran repletas de angostas y húmedas grutas cavernosas que habitaron los humanos en otras épocas. Estas cuevas son uno de los principales atractivos de este diminuto destino norteño, al que acuden los turistas para ver lo que a muchos les parece el final del mundo y es tan solo la parte en la que Escocia acaricia el Mar del Norte.

Pero por más impresionante que fuera su despliegue natural, no transcurrió mucho tiempo hasta que sus arco iris, puestas de sol y prados interminables evidenciaran que aquel trabajo no iba a resultar sencillo para dos chicas de ciudad. Desconocía a dónde se dirigían, pero era Korra quien guiaba la marcha. A ella le costaba menos caminar. Llevaba zapato plano y unos pantalones muy cómodos, con el bajo perfectamente ajustado a la longitud de su pierna, de manera que tenía controlados sus pasos sobre el barro.

Asami, sin embargo, tenía verdaderos problemas para caminar con aquella lluvia torrencial. Agradeció que Korra no hiciera ningún comentario sobre sus botines de tacón y las medias originariamente negras, ahora de un color sucio indefinido, aunque sabía que seguramente le resultara surrealista, casi trágico, verla ataviada así para caminar por los lluviosos y montañosos Highlands.

—Creo que antes de nada deberíamos volver a la posada para que puedas cambiarte.

—No —replicó Asami de manera tajante—. Vamos a seguir caminando.

—Pero mira cómo tienes…

—En serio, sigue andando y no te preocupes por mí —insistió.

Korra no comprendió a qué venía esta testarudez. El paraguas había sido un gran detalle, pero no entendía qué pretendía demostrar caminando sobre un barrizal con botines de tacón. Aun así, no insistió. Prefirió no hacerlo porque la chica de pelo azabache parecía tener claro que no regresaría a la posada ni por todo el oro del mundo.

—Lo primero que deberíamos hacer es tantear a los habitantes de la zona, visitar los sitios que podría frecuentar Varrick, como una farmacia o un supermercado —propuso entonces, intentando cambiar de tema.

—Cualquier opción es mejor que abordarle directamente. Ya sabes lo que dijo Tenshi. Tenemos que hilar muy fino.

Asami seguía teniendo dificultades para caminar. A Korra le sorprendía que todavía no hubiera dejado los botines enterrados en el lodo, aunque lo que más problemas le estaba dando era sujetar el paraguas mientras se concentraba en dominar sus tacones. A veces parecía estar realizando complejos movimientos de equilibrista para sortear los charcos. Su lentitud desesperaba a Korra, una mujer terriblemente práctica, casi enemiga de la coquetería, y desde luego incapaz de comprender por qué su compañera parecía no querer cambiarse para facilitarles las cosas.

De pronto, Asami se quedó paralizada al ver a un pastor que acompañaba a sus ovejas de vuelta a casa. Los animales caminaban en fila por el verde pasto que estaban bordeando; balaron quejumbrosamente cuando el pastor arreó con un palo los cuartos traseros de las ovejas más rezagadas.

—¡Venga, que no tenemos todo el día! —le gritó Korra para que la escuchara con el ruido ensordecedor que hacía la lluvia al caer.

Sin embargo, la morena seguía tan quieta como una de las piedras del camino y Korra tuvo la sensación de que su cuerpo se había encogido un poco al ver que los animales se acercaban.

—¿Te ocurre algo?

Asami no le contestó. Seguía detenida al lado del charco, que cada vez se hacía más grande, y Korra tuvo que deshacer el camino andado para volver junto a ella. Estaba empapada de pies a cabeza.

—Repito: ¿te ocurre algo?

Asami dudó un instante. Era difícil contestar aquella pregunta porque no le agradaba la idea de que su compañera descubriera uno de sus puntos flacos. Aunque sabía que era algo que ocurriría tarde o temprano; lo había estado esperando desde el momento en el que les habían comunicado el destino del viaje. Era inevitable.

—Las ovejas.

—Las ovejas —repitió Korra sin comprender. Asami asintió con la cabeza. Tenía el pelo empapado, de su larga melena negra, antes bastante ondulada, caían gotas del tamaño de lágrimas de elefante—. ¿Qué les pasa a las ovejas?

—Me dan miedo.

—Te dan miedo las…

—El campo. Odio el campo, ¿vale?

—¿Eso es todo? ¿Odias el campo? ¿Por eso estás así? —se cruzó de brazos con media sonrisa en la cara y una ceja levantada. Era evidente que Korra encontraba irrisoria la idea.

—Tú no lo entiendes. ODIO el campo —dijo, marcando bien las palabras—. Odio las vacas, el verde, la hierba y a las malditas ovejas que balan como si las estuvieran torturando a las mismísimas puertas del infierno. —Señaló al pastor que se había convertido ya en un minúsculo puntito en la lontananza—. Son espeluznantes, criaturas infernales.

—¿Y por qué no te opusiste a esta misión? Tú eres la senior, podías haberlo hecho.

Tenía razón. Si alguien podía haber intentado quitarle la idea de la cabeza a Tenshi, esa era ella. Pero Asami era una persona que en el fondo disfrutaba con la idea de ponerse a prueba, como si una parte de su ser quisiera descubrir qué se sentía al convivir con Korra Raava. Llevaban tanto tiempo odiándose una a la otra que en realidad nunca se habían dado una oportunidad de conocerse.

—Si te digo la verdad, no lo sé —replicó, encogiéndose de hombros—. Tal vez en el fondo soy un poco masoca, y quería ver cómo funcionábamos tú y yo.

La respuesta cogió completamente desprevenida a Korra. Estaba segura de que Asami había sido sincera al contestar, pero su manera de ver las cosas era muy diferente. Si lo que pretendía era que le agradeciera que por su culpa ahora estuvieran perdidas en Durness, bajo un aguacero, caladas hasta el tuétano solo porque a ella se le había antojado que pasaran tiempo juntas, podía seguir esperando. Eso no iba a ocurrir. Ni ahora ni nunca.

Las siguientes horas se tornaron cansadas y poco fructíferas. Las dos mujeres esperaban encontrar una señal o alguna información que les fuera útil para acercarse a su escurridizo autor, pero todos sus intentos habían sido en vano.

Lo poco que sabían de Iknik Varrick era que se trataba de una persona a la que le encantaba llamar la atención y aunque probablemente hacía pocas apariciones públicas, de las que tenían constancia eran míticas. Tenían su dirección postal, podían presentarse en su casa sin más, llamar a la puerta y esperar que un mayordomo anunciara su llegada sin haber sido invitadas. Pero tal y como les había advertido Tenshi, aquello habría supuesto un inmediato suicidio profesional. Varrick no cogía el teléfono desde hacía semanas, y todos sabían que no aceptaba visitas. Su jefe no quería que ellas cometieran el fallo de otros editores que se habían presentado en su residencia con todo el desparpajo del mundo solo para volver a casa con las manos vacías, posiblemente con una orden de alejamiento. Varrick podía ser así de lunático.

Con todos estos inconvenientes, Asami empezaba a sentirse como si acabaran de iniciar una cansina persecución de gato y ratón. Varrick podía ser todo lo misterioso que quisiera, pero, aparte de sentir debilidad por las mujeres guapas, le parecía que también sentía debilidad por la atención que le estaba prestando el mundo editorial. En el fondo, pensaba, no era más que otro autor con un ego hiper desarrollado y una necesidad imperiosa de convertirse en el centro de atención. Tarde o temprano, él querría publicar su libro, de ninguna manera iba a dejar el borrador escondido en un cajón de su mesita de noche. Así que la duda no era si la novela se acabaría publicando, sino qué tenían que hacer ellas para que eligiera Avatar Ediciones.

Comenzaron por visitar los sitios que supuestamente podría frecuentar el escritor. Eran sitios normales, rutinarios, como la tienda de comestibles o la farmacia. El afamado autor seguramente tendría empleados que se ocuparan de las tareas domésticas, pero Asami suponía que en algún momento saldría a dar un paseo, y un paseo podía significar que acabara entrando por casualidad en uno de estos establecimientos. De ser así, les resultaría sencillo hacerse las encontradizas, porque Durness no era precisamente una metrópoli mundial. Y, sin embargo, aquel día los frutos no fueron los deseados.

En la tienda de comestibles del pueblo les dijeron que no tenían ni idea de lo que hablaban. Ninguna de sus descripciones parecía corresponderse con la de un lugareño, mucho menos con la de un autor famoso a quien, muy en su humilde opinión, la dueña de la tienda habría reconocido de inmediato.

—Aunque no sepa quiénes son, tengo buen ojo para eso. La gente famosa huele diferente, ¿sabe? —les confesó, en medio de una risa pícara.

El dueño de la tienda de automoción y taller mecánico, recordaba vagamente haber tratado con un hombre moreno de bigote fino y ojos somnolientos. Según él había cambiado su líquido de frenos en más de una ocasión, pero al cabo de dos minutos les negó todo lo dicho. Se rascó su dura barba de dos días, limpió el sudor de su frente como si estuviera pensando con dificultad y dijo:

—Me he confundido de persona. —El tabaco de mascar abultó su carrillo derecho—. Qué va, no conozco a nadie con esa descripción.

Luego se acercó a una camioneta suspendida en el aire, sujeta por unos nada fiables cables de metal, y siguió trabajando en ella mientras silbaba alegremente. Ni siquiera se molestó en despedirse.

Tampoco aquel lugareño tan reservado, uno que tenía once dedos, tres de ellos meñiques, había sido capaz de darles una pista. Les contestó con evasivas, como si tratara de ocultarles algo, aunque lo cierto era que se ponía fácilmente nervioso cuando hablaba con mujeres atractivas.

—Es un hombre alto, apuesto, con pelo moreno y bigote. Suele llevar pañuelos en el cuello. ¿Está seguro de que no le suena?

—Si nos ayuda, puede que hoy se lleve alguna que otra alegría al bolsillo. —Asami agitó un billete de cincuenta euros con la intención de sobornar al paisano.

Pero tampoco eso había dado resultado.

—No. Largaos de una vez. Ya os he dicho que no conozco a nadie así —les dijo en tono de pocos amigos. A Asami le pareció haber notado un rastro de sudor frío perlando su frente, pero a lo mejor se lo había imaginado.

La misma suerte la encontraron en la farmacia, la floristería, el estanco y en una de las tres tabernas que había en el pueblo, las cuales constituían los locales más populares en Durness y se jactaban de vender el mejor whisky casero de todo el país.

Definitivamente, la tierra parecía haberse tragado a Iknik Varrick. Si era verdad que se había mudado allí, estaba claro que nunca se dejaba ver por los alrededores.

Sus huellas se habían borrado de la faz de Durness.

—Es obvio que están mintiendo —comentó Korra, dejándose caer sobre una piedra que todavía estaba húmeda por las lluvias que habían caído antes.

Estaba rendida. Le dolían los pies, tenía hambre y los huesos entumecidos por la humedad. Su primer día había sido un verdadero desastre. Lo único que deseaba era irse a la cama.

Asami tomó ejemplo y se sentó en otra piedra cercana.

—Es decir —siguió intentando razonar Korra—, no puede ser que este pueblo tenga cuatrocientos habitantes y ninguno de ellos conozca a un escritor de fama mundial, que habrá comprado la casa más espectacular en ochenta kilómetros a la redonda.

—Eso no lo sabemos, podría vivir en un establo —bromeó Asami.

Korra no pudo evitar sonreír.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Sí, y estoy de acuerdo contigo, resulta un poco extraño, pero también puede ser que lo estén protegiendo.

Asami puso un tobillo sobre su rodilla y se quitó lo que quedaba de su botín derecho. Llevaba horas soportando los aguijonazos de una piedra que se había colado en él. Tenía las medias rotas y hacía tiempo que había perdido el tacón. Korra no pudo evitar fijarse en lo pequeños que eran sus pies en comparación con la estatura de Asami. Sonrió.

—Raava, ¿me estás escuchando? ¿Qué te hace tanta gracia?

Korra meneó la cabeza con fuerza. Se había quedado tan embobada mirando su pie que ahora no recordaba de qué habían estado hablando segundos antes.

—Perdona, me he distraído sin querer. ¿Qué me estabas diciendo?

Asami frunció el ceño. Era impropio de su compañera distraerse siquiera una centésima de segundo. Ella siempre tenía esa cara de estar concentrada. Prestaba atención si el tema era personal y todavía más atención si se trataba de un tema laboral, solo se distraía si esa era su intención. Pero era tarde y la oscuridad estaba cayendo, por lo que optó por no darle mayor importancia.

—Nada, se ha hecho muy tarde, te lo cuento de camino a la posada. ¿Vamos?

—Sí, vamos.

Aquella era, probablemente, la primera vez que se habían puesto de acuerdo en algo. Korra empezaba a pensar que quizá Tenshi no se había equivocado. Le costaba creerlo, pero a lo mejor tenía razón y después de todo formaban un buen equipo.

oOoOo

Tan pronto salió de la ducha, Korra se dejó caer, larga como era, sobre el colchón de su cama. Sí, la suya. Después de la pelea, el chaparrón y la caminata que se habían pegado aquella tarde no le quedaba ánimo ni disposición de disputar la cama más grande.

Asami, en cambio, no se encontraba ni la mitad de cansada. La ducha le había relajado tanto que solamente le dolían los pies del calzado inadecuado que había llevado, pensando que la ropa formal era lo adecuado para visitar la delegación escocesa. Por culpa de la discusión sobre la cama, se había olvidado de cambiarse y ahora sus pies estaban pagando las consecuencias de su despiste. Sin embargo, no sentía cansancio, de hecho, estaba tan despierta que no conseguía acostumbrarse a la idea de estar compartiendo habitación con Korra Raava.

Intentó mantenerse ocupada, sin fijarse en el pijama que llevaba puesto Korra nada más salir del cuarto de baño. Era un simple pijama de cuadros sin mangas, dejando al descubierto sus definidos brazos, pero le quedaba sorprendentemente bien, y le resultaba incómodo que la castaña hubiera dejado dos botones de la parte de arriba sin abrochar. Asami carraspeó, se tumbó en la cama y abrió el libro de Varrick por donde lo había dejado antes de la discusión del colchón. Pero las pocas veces que consiguió concentrarse y leer más de dos párrafos, Korra tosió, carraspeó o hizo algún ruido que le recordaba su presencia, y eso la ponía nerviosa. Además, la novela era carne de trituradora, un bodrio infumable por el que no pagaría más de dos euros. Se había leído ya cincuenta páginas y no podía entender que un autor incapaz de controlar los tiempos verbales figurara siempre entre los cinco más vendidos de España y Latinoamérica.

Este libro en concreto, "Penélope, una historia", tenía de protagonista a un inspector de policía, un tipo duro, con muchas cicatrices, muchos músculos y esas inmensas secuelas psicológicas que tanto gustaban a los autores contemporáneos de novela negra. Era un personaje odioso, un macho Alfa cliché que ocultaba su mirada detrás de unas gafas de cristal tintado. A Asami le repateaban este tipo de personajes estereotipados. Podría haber pasado por alto estos detalles y seguir leyendo (con desgana, pero hacerlo), si no fuera porque "Penélope, una historia", era también una descarada apología de la prostitución, un tema del que era mejor no discutir con ella, porque podía hacer que se sulfurara. Además, si Penélope era la puta, lo normal habría sido darle un papel protagonista, y no dejárselo a aquel adicto a los esteroides de profundos hoyuelos y con un serio complejo de Electra.

En cualquier caso, si hubiera sido por ella, "Penélope, una historia", jamás habría llegado a las estanterías de las librerías, pero el dinero mandaba y aquel era un libro de Iknik Varrick, autor de más de diez best-seller, muchos de ellos llevados a la gran pantalla. Varrick podía publicar una ilustración del Kama Sutra con una brevísima anotación a pie de página, solo eso, y se hubiera vendido igualmente. Pero todos sus libros, en el fondo, versaban de una sola cosa: sexo. El sexo vendía, eso estaba claro, lo sabía ella y todos los editores del planeta, pero pensar en ello mientras Korra también leía en la cama de al lado le hizo preguntarse si la castaña, mojigata como era, llegaría a aplicar esta máxima a las elecciones que algún día haría como editora. La vida sexual de Korra tenía que ser más aburrida que "Penélope, una historia", pensó con una sonrisa.

—¿Estás leyendo "Penélope, una historia"? – le preguntó Asami, cerrando su propio libro y dejándolo en la mesilla de noche.

Korra asintió.

—¿Por dónde vas?

—La prostituta acaba de declararse y le está bajando la cremallera con los dientes.

—Ah, sí, esa escena es muy típica de Varrick. Creo que se repite en sus tres obras previas. Yo lo llamo "el momento dentobragueta" —dijo, antes de incorporarse en la cama y empezar a aligerar el contenido de su bolso.

Cuando estuvo convenientemente vacío, se levantó y se dirigió hasta la puerta. Korra no fue consciente de lo que ocurría hasta que Asami abrió la puerta.

—¿A dónde vas?

La morena dejó la puerta entreabierta y se giró para contestarle:

—Pensaba que tú y yo sólo íbamos a hablar de asuntos estrictamente laborales, así que no creo que sea de tu incumbencia a dónde voy en mis ratos libres.

La respuesta dejó tan desconcertada a Korra, que no supo qué contestar durante unos segundos. Había sido un golpe bajo, pero tenía que reconocer que era ella quien lo había propiciado y solo por eso le estaba bien empleado.

—Claro, no sé para qué pregunto —respondió con fingido desinterés—. En realidad, no me interesa, solo pretendía ser amable.

—Bien, me alegro de que no te interese ir al bar a tomarte una cerveza y que yo no haya tenido que preguntarte por cortesía si te apetece acompañarme. Así es todo más sencillo.

Korra frunció el ceño. ¿Al bar? ¿Cerveza?

—¿Cómo que al bar? ¡Sato! ¡Que mañana hay que trabajar!

Pero la chica de piel blanquecina ya había salido al pasillo. Entonces coló la cabeza por la abertura de la puerta y le dedicó una amplia sonrisa.

—Tú lo has dicho, Raava: mañana —matizó, antes de cerrarla de nuevo e irse.

Perfecto. Aquello era perfecto. Korra dio un puñetazo rabioso a la almohada y se quedó mirando la chimenea que había en la habitación. Le fastidiaba esa actitud relajada, pasota, de Asami. La mayor parte del tiempo daba la sensación de que todo le daba igual, como si fuera la mujer impasible, y Korra, se ponía de los nervios. A veces tenía que recordarse a sí misma que Asami, en el fondo, era una persona madura y responsable, al menos lo suficientemente responsable para levantar una delegación prácticamente sola.

Intentó leer otro poco, pero fue incapaz. El silencio de la habitación la estaba matando y no lograba concentrarse. Cerró el libro con enfado y se levantó de la cama como si tuviera dos muelles en las piernas. Sentía la adrenalina recorriendo su sistema, la sangre bombeando sus sienes. Estaba tan furiosa que empezó a pasear sin rumbo fijo de un extremo a otro de la habitación, como era habitual en ella cada vez que se enfadaba o necesitaba ordenar sus pensamientos.

Tenía que calmarse, tenía que recapacitar y poner sus ideas en orden. Respiró hondo. ¿Y sí le pasaba algo? ¿Qué le diría a su jefe si le ocurría algo malo a Sato? Es que estaba en el bar… Miró de soslayo la ventana y sonrió con tristeza. Qué ridícula estaba siendo. Asami era una persona adulta, podía cuidar de sí misma, no necesitaba una niñera. Entonces sonó el teléfono. Korra salió corriendo hacia la mesita de noche y descolgó el auricular como una exhalación.

—¿Diga?

—¡Hola!

Mako. Se había olvidado por completo de él.

—¡Mako! ¡Hola! ¿Cómo has conseguido este número?

—Llamé a Bolin y se lo dieron en la editorial. Quedaste en llamarme nada más llegar a Escocia y estaba preocupado. ¿Va todo bien?

—Sí, bien —mintió para no preocuparle—. Es que el móvil apenas tiene cobertura y acabamos de llegar al hostal. Hoy no hemos podido hacer mucho, solo nos estamos ubicando. Lo único malo es que me ha tocado compartir habitación con Sato.

—Ah, eso. —Mako hizo una pausa al otro lado del auricular—. Se ve que es algo bastante normal.

—¿Lo sabías?

—Puede que Bolin me hubiera comentado algo sobre sus viajes.

Mako supo de inmediato que estaba dolida cuando su novia no respondió. Si no se lo había dicho era para no ponerla más nerviosa antes del viaje, pero ahora ya era demasiado tarde para excusarse.

—Y por lo demás, ¿bien? —le preguntó, desesperado por cambiar de tema—. ¿Está contigo Asami?

Korra se giró para asegurarse de que todavía estaba sola. Suspiró profundamente antes de contestar: —No, al parecer tenía ganas de fiesta y se ha ido a un bar.

—¿A un bar? ¿En Durness?

—Sí, ¿por qué lo preguntas? Ahora no me digas que estás de acuerdo con que se vaya de copas en medio de una misión. Porque a mí me parece una falta de profesionalidad imperdonable.

Mako estaba dispuesto a darle la razón como un autómata. Aquel no era el momento de discutir con su novia las ventajas de tomarse un par de copas para relajarse en medio de un viaje de negocios. Conocía muy bien a Korra: el trabajo siempre era lo primero, sin excepción.

—Sí, tienes razón.

—¿Entonces? —insistió ella.

—Simplemente, he pensado que no es tan mala idea.

—No te entiendo, Mako.

—Bueno, por muy raro que sea ese autor tuyo…

—Varrick.

—Como se llame —continuó Mako—, el tío es un hombre.

Korra asintió, aunque sin comprender a dónde estaba intentando llegar. Aquello era evidente y de una lógica aplastante.

—¿Y?

—Y que muchos hombres frecuentan los bares y tabernas de vez en cuando. No digo que las mujeres no lo hagan, claro, pero me imagino que en un lugar pequeño es más frecuente en los hombres —razonó él—. Además, ¿qué otra cosa se puede hacer en un pueblo como Durness? ¿Korra? Korra, ¿estás ahí?

¡Pues claro! La maldita Asami lo sabía. Había pensado lo mismo que Mako y ahora trataba de colgarse otra medalla sin contar con ella. Oh, ¡qué estúpida había sido! La castaña lo vio todo tan claro, tan cristalino, que no se detuvo ni un momento a despedirse de su novio o a darle las gracias por aquellas suposiciones que tanto le habían abierto los ojos. Sin molestarse en colgar el teléfono, se puso lo primero que encontró, cogió el abrigo, que había dejado sobre el respaldo de una silla, fue hasta la puerta, la abrió y dio tal portazo que el señor Gansu, que estaba descansando en sus aposentos privados, tuvo el peor despertar de su vida. Estaba decidido: por su propio bien y el de su familia, la próxima vez les diría a los de la editorial que la posada estaba completa.

—¿Korra? —siguió insistiendo Mako al otro lado de la línea.

Los intentos de las chicas de buscar al escritor parecen no llevar a ninguna parte, pero lo que ha dicho Mako no es ninguna tontería ¿habrá urdido Asami alguna estrategia sin contarle a Korra? No os perdáis el siguiente capítulo, porque para ser sinceros es uno de mis favoritos.

Ahora vamos con los reviews:

Maria: jajajaj yo a veces puedo llegar a ser un poco lenta y no llegar a pillar las cosas o a reírme de la hoja que cayó del árbol, aunque no tenga gracia alguna, es muy divertido ser un poco bipolar en ese aspecto.

Nos vemos en el siguiente capítulo chicos, realmente el fic no está recibiendo el acogimiento que esperaba, pero no lo dejaré a medias por no defraudar a las personas que lo siguen. Os quiero muchachillos.

Bisu! (^3^)

Yomi.