Llegó agotado, empapado de agua salina, con los cabellos enmarañados de algas y arrastrando una capa de arena bajo los pies.

Tonto, tonto, tonto demonio, ¿en qué estaba pensando? Suspiró intentando desenredar su cabello con los dedos mientras llegaba a su vivienda y se escabullía por atrás como sombra logrando entrar a su habitación para cambiarse la ropa cubierta de sal. Apenas se había logrado peinar la cabellera cuando le fue informado que su pupilo le esperaba en el salón de música.

El moreno suspiró hondo y se puso las primeras prendas que halló a mano antes de salir y recorrer el pasillo aprisa para no dejarlo esperando mucho más. Pidió una torpe disculpa a lo que Asmita sonrió, haciendo la reverencia con su calma habitual antes de pedirle que no se preocupara, que era él quien le agradecía su tiempo, tan correcto y educado.

Aquello disipó la incómoda sensación que se había asentado en el moreno y se dispuso a guiarlo al piano a explicarle cómo iban a empezar la lección.


—Do... Re... Mi... Fa... Sol... La... Si... — Cada sílaba iba acompañada de un sonido que Defteros hacía sonar en el piano. Junto a él, el rubiecito escuchaba atentamente para memorizarlos, detalle que no pasó desapercibido por el tutor. —Tienes que aprender a reconocerlas por el sonido, no memorizar en dónde están. Así— Defteros tomó las manitas del chico y las colocó en las teclas bajo las propias tras lo cual continuó con el ejercicio forzando al niño a imitar el movimiento. Asmita parecía tenso o nervioso tal vez. Sus manos se despegaron de las contrarias de inmediato al sentir la reacción del pequeño y se puso de pie de casi al instante sintiendo un extraño escozor en sus ojos. —Intenta de nuevo por favor.— Dijo con la voz casi susurrante.

El niño obedeció y empezó a tocar con temerosa lentitud mientras el maestro primerizo asentia y parafraseaba palabras de aliento haciéndole saber que ejecutaba el ejercicio bastante bien.

El niño continuó sintiéndose más confiado repitiendo las notas con la vocecita claramente entusiasmada por la aprobación de su ídolo.

Defteros por otro lado luchaba contra la tristeza que empezaba a querer embargarle por su estupidez. Dejar que un rechazo imaginario lo ahogara era sumamente infantil, pero el sentimiento se había sembrado en su mente y no podía sacarlo de allí. Se sirvió un vaso lleno de agua fría que bebió aprisa para calmar el dolor abrasante que le quemaba la garganta. Quería desaparecer de ahí, volver a hundirse en el océano que siempre le recibía calmo cuando quería desahogarse, pero por ahora debía esperar, hacía media hora que la sesión había empezado y faltaba media más para que concluyera, no podía pedirle al niño que se fuera, no era su culpa que fuese tan sensible, suponía que se debía al entusiasmo de tener alguien que lo admirara con la inocencia que el rubiecito transmitía, no quería escuchar esos comentarios que buscaban endulzarle los oídos, esos que iban dirigidos a él buscando un objetivo, beneficiarse de él de alguna manera, y Asmita no era así, su admiración era tan pura como su alma, y sin embargo su aparente rechazo había herido al moreno. Vaya que era un completo estúpido.

—No es un estúpido, eso es imposible.— Sus pasos se detuvieron en seco sin estar completamente seguro de lo que acababa de oír. —Usted no es estúpido— repitió el niño, que había interrumpido su ejercicio y se había volteado en su dirección—es solo que no lo entienden, que la música significa todo para usted. Lo daría todo, incluso renunciar a su descanso, puedo sentir el aroma a sal, se que así huele el mar, supongo que estaba distraído nadando y por eso ha tardado, pero no se ha olvidado de la promesa que me hizo. Si los demás no lo comprenden no es culpa de nadie, no lo hace menos a usted, ni estúpido.—

El rubiecito se había puesto de pie y se aventuraba a acercarse a él despacio hasta sentir que la distancia se había acortado, extendió los brazos hasta encontrar los de su maestro y coló las manitas por los costados hasta rodearlo con ambos brazos y hacer nula la distancia entre ambos. Defteros se había quedado de piedra como tonto, sus mejillas le ardían y se le hacía difícil respirar aunque el motivo fuese solo un abrazo.

Temblaba terriblemente, no quería sentirse tan expuesto, tan sensible, pero ya había caído. Una de sus manos subió hasta sus labios, dándole una mordida para ahogar un embarazoso sollozo.

—Yo también me siento solo a menudo, me entristece no poder ver el mundo, las flores, el cielo, el mar. Es normal sentirse triste señor... —

—Defteros, solo... solo Defteros por favor.— interrumpió con la voz temblorosa.

—Defteros, no te sientas solo. Yo puedo ser tu compañía y tu mis ojos, podemos ayudarnos, eso es lo que Buda nos enseña, ayudar a nuestro prójimo. Yo te ayudaré y tu a mí, así ambos saldremos de las arenas movedizas en las que estamos. Podemos dejar de estar tristes.—

Las rodillas del moreno temblaron peligrosamente haciéndole perder el equilibrio y caer escondiendo la cara empapada de lágrimas en el pecho del niño, mordiéndose los labios para que los sollozos no fueran tan sonoros. Se sentía un idiota, inmaduro por dejar que algo tan trivial le afectase tanto, por tener que buscar refugio en un completo desconocido, por incomodarlo y mostrarse tan débil como se sentía, como realmente era.

La realidad le golpeó de pronto, quien era él para robarle la paz y hacer de aquella lección una experiencia desagradable? Defteros se intentó separar y alejarse de inmediato.

—Lo lamento, esto no es apropiado.—

Se hallaba dispuesto a huír cuando la mano del niño lo sujetó aprisa; la carita se hallaba llena de angustia y fue aquello lo que detuvo al compositor.

—Por favor... no huyas, todos se marchan, no me gusta quedarme solo.—

Y aquella sencilla pero sincera petición le hizo dejar de tensar el brazo para que el rubiecito lo soltara y dejara de escapar. Él tampoco disfrutaba de la soledad, al contrario, la aborrecía con todo su ser, y ahora acababa de hallar a alguien que también sentía lo mismo, vivía lo mismo que él y lo entendía.

—No iré a ninguna parte Asmita. Siempre estoy aquí.—

—¿Te quedarás?—

—Siempre— susurró, condenándose.


Nota del autor :

Pido disculpas a quien siga esta historia, es una temática que me ha costado ir desarrollando porque abarca muchas de las cosas que en algún momento experimenté y me da un sabor agridulce escribir.

Y sí, Deft es un poco llorón, me gusta que por ahora sea así, luego irá aprendiendo con el tiempo.

Hasta la próxima.