Por supuesto, Harry Potter no me pertenece. Es propiedad de su autora, nuestra querida JKR, quien con sus inmensos aciertos y sus grandes fallos, ha construido una saga que nos ha acompañado durante tantos años, y que ha dado vida y forma a nuestra niñez y adolescencia. Este escrito es sólo por diversión.
Capítulo I
Los labios de Tom se unieron a los de ella en un delicado roce, una caricia al principio. Hermione jadeó, anhelante. Entonces él profundizó el beso. Su boca capto suya, atrapándola, y su lengua comenzó a saborear el interior de su piel, y a jugar con ella.
Hermione apretó los ojos con fuerza, concentrándose por completo en aquel beso. Sus brazos rodearon el cuello de Tom, y sus manos electrizaron la parte de alta de su espalda. Tom también la abrazó, rodeó su cintura con fuerza, y la atrajo hacía él, mientras sus labios seguían bailando el uno con el otro.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, se separaron. La joven dio un paso hacía atrás, con la respiración agitada, a fin de contener las millones de luces que parpadeaban en su cerebro, pero Tom la cogió de las manos, y la retuvo a su lado. Sabiendo que era inútil luchar, y sin desear hacerlo, Hermione acostó la cabeza contra su pecho y dejó que él la abrazara.
No podía creer lo que sentía. Como si ese fuera su lugar y no cualquier otro. Como si toda su vida, todos los recuerdos que no poseía, fueran nada comparados con lo que sentía en ese momento.
— ¿Lo sientes? —susurró, levantando el rostro para mirarlo—.
No hizo falta que preguntará más. Tom asintió. Hermione sonrió con fuerza.
— Creo que el descanso ya ha terminado —advirtió tiempo después, aun contra su voluntad—. Deberíamos volver.
Él asintió.
— Deberíamos —pero no hizo ademán de moverse—.
— Tom, prométeme que jamás te irás de mi lado.
— La última vez que yo te hice jurar algo semejante, tú te desvaneciste.
— Entonces prométeme que si alguna vez desaparezco de nuevo, me estrecharás entre tus brazos con fuerza y no permitirás que me vaya sola.
Tom la contempló unos instantes, y ella sintió como el negro de sus ojos adquiría un tono solemne. Si el hablaba ahora, no serían afirmaciones banales, sino palabras que lo perseguirán el resto de su vida.
— Lo prometo.
Hermione sonrió aliviada, y él alzó una mano para acariciarle la mejilla. Le gustaba el tacto de su piel. Aun así, su rostro seguía solemne, atado a un juramento que había hecho, por encima de todo, a si mismo, y que no dudaría en cumplir.
— Vamos – la insto él finalmente, alejándose unos pasos y tendiéndole la mano—. Volvamos a clase.
La mente de Hermione volvió a la realidad mientras dejaban atrás los terrenos y se acercaban al castillo. Hasta ahora, todo había transcurrido similar a como transcurre un sueño, pero eso se había acabado. El mundo real existía, y en apenas unos pasos más, los absorbería por completo. Quizá esa fuera la causa del extraño mutismo de Tom.
Hermione suspiró. Todavía no lo conocía lo suficiente para saber que pensaba, al contrario que él, que siempre parecía entender sus pensamientos, pero si creía entender lo que enturbiaba su mente en esos instantes.
— Tom —lo llamo, deteniendo sus pasos—. Tal vez fuera mejor si entraras tú solo primero. De ese modo, y si somos cuidadosos, nadie tiene que sospechar nada.
— ¿Prefieres que sea un secreto? —preguntó él, con voz neutra—.
Hermione no estuvo segura, pero juraría que por un momento sus pupilas destilaron odio. Rechazó la posibilidad con un gesto de cabeza.
— Me es indiferente. Siempre he odiado a la gente que publica su vida personal en una revista, pero eso no es motivo para esconderme. Te quiero y no me importa que el mundo entero lo sepa.
Tom arqueó una ceja, aunque la oscuridad que rezumaban sus ojos volvía a ser la de siempre; parecía aliviado.
— ¿Entonces?
La morena agachó la vista, turbada, antes de responder.
— Es solo que pensé... —se giró hasta clavar sus ojos sobre él, sincerándose—. No quiero que los Slytherin te causaran problemas, Tom. No por mi culpa
Tom soltó una carcajada. Colocó los dedos sobre su mentón y lo alzó hasta dar con sus ojos. La proximidad hizo que saltaran chispas entre ellos. El corazón de Hermione latía desbocado mientras él no dejaba de observarla.
— Tú vales infinitamente más que ellos, Hermione. Jamás lo dudes. ¿No te preocupa más lo que te puedan decir tus amigas, o señor Dumbledore?
— ¿Dumbledore? —los ojos de Tom se oscurecieron visiblemente ante la mención del nombre de su viejo maestro—. Mis amigas… Acabo de conocerlas, Tom. No creo que se atrevan a opinar todavía sobre mi vida privada, y si hablaran en tu contra me negaría a escucharlas. Y en cuanto a él... no se porque tendía que interesarle el asunto.
— Oh. Pero le interesará.
De todos los magos que conocía, Dumbledore era el único que estaba a su altura. Otra estrella, aunque mucho más vieja y mucho menos poderosa, llena de ridículas ideas, y aficionada a perder el tiempo despilfarrando talento.
Sin embargo, por mucho que lo despreciara, no podía ignorarlo. Dumbledore era alguien. Y sabía que, al margen de Hermione, era la persona que más lo conocía en el mundo, aun cuando solo hubiese visto la mínima parte de su superficie. Y eso era peligroso.
— En tal caso, escucharé lo que tenga que decirme y después me marcharé, asegurándole educadamente que ni mil razones más podrían hacerme cambiar de opinión, o de sentimiento.
— ¿Tan segura estás? —la tentó, examinándola con fijeza fijamente.
A pesar de su seriedad, su rostro reflejaba contento.
— Si. Lo estoy.
Tom sonrió. Después, volvió a acercarse a ella y la besó.
Atravesaron las puertas del castillo cogidos de la mano, y Hermione no se separó de él en todo el camino. Por suerte, la mayoría de los alumnos estaban ya recogidos en las aulas y no encontraron a nadie hasta llegar a clase de Defensa. Ahí fue cuando las cejas de todos los alumnos se alzaron y decenas de pares de ojos giraron sorprendidos para observarlos. Incluso al profesor, el viejo Tiberius, se le escapó una exclamación.
Hermione envidió el aplomo de Tom. Si algún rastro de nerviosismo circulaba por sus venas, lo cual era bastante improbable, nadie hubiera sido capaz de adivinarlo. Entro en el aula con paso seguro, expuso una educada disculpa ante el profesor por la demora y, tras localizar una par de mesas libres, se dirigió hacía ellas arrastrando a su novia consigo.
Hermione camino cabizbaja a su lado hasta acomodarse en su asiento, y se sintió tentada a seguir igual el resto de la clase, hasta que una especie de instinto protector rebelde apareció en su estomago. No era justo para Tom enfrentarse a la situación solo, incluso aunque no supusiese ningún esfuerzo para él hacerlo. Ella lo amaba, y ocultar la vista a los demás como si tuviera miedo no era la forma correcta de demostrarlo. Además, de pronto, la opinión del resto parecía tan insignificante y poco importante que Hermione se avergonzó de si misma y su comportamiento.
Arrastrada por un extraño sentimiento de fuerza, alzó la cabeza con orgullo y enfrento a cuantos la miraban. No supo muy bien que reflejaban sus ojos en aquel momento, pero lo cierto es que nadie aguanto frente a ellos, y pronto la lista de curiosos fue reducida a cero. Cuando el profesor planteó la primera pregunta, Hermione fue la más rápida en contestar.
Tom, a su lado, sonrió orgulloso. No se había equivocado, solo ella era digna de sentarse en su trono y compartir su reinado. La única digna. Su futura emperatriz oscura.
La clase de Defensa se hizo eterna para Hermione, pero nada comparada a la de Encantamientos. El joven y bajito profesor Flitwick estuvo repasando los encantamientos convocadores del curso anterior, algo que ella realizaba con tanta facilidad como elevar un pluma con el wingardiu leviosa. Para la colmo, la clase se compartía con los Ravenclaw, no con los Slytherin, y sin la presencia de Tom la muchacha se sentía extrañamente ansiosa.
La mayor parte de la hora la paso en las musarañas, recordando las frases dichas por Tom unos momentos atrás, y huyendo de la preocupada mirada que le lanzaba McGonagall desde su asiento.
De seguro querría interrogarla cuando acabara la clase, y aunque comprendía y agradecía su preocupación por ella, no se sentía ganas para dar explicaciones en ese momento. En ningún momento, en realidad. Lo que había entre ella y Tom era tan íntimo, tan especial, que compartirlo con las demás persona parecía sacrilegio.
Suspirando Hermione sacudió la cabeza, tampoco era sano pensar de aquel modo, y trató de distraerse escuchando las aburridas explicaciones de Flitwick el resto de la hora.
Cuando el timbre sonó indicando el final de la clase, Hermione se incorporó a la velocidad de un torbellino, sujeto la mochila a su espalda de malas maneras y se abandonó el aula dejando tras de si un rebulló de papeles suspendidos.
Minerva y Dorea se miraron sorprendidas, el ceño fruncido de la primera contrastaba con la sonrisa comprensiva de la segunda.
Hermione no detuvo su marcha hasta llegar al hall principal, pero una vez allí dudo que camino tomar. Tom había tenido que asistir a Aritmancia, en el torre este, paralela a Adivinación, pero quizá tras el timbre hubiera bajado a la Sala Común para dejar algún libro. Aquellos segundos de indecisión le dieron la respuesta.
— ¡Hermione! – el joven avanzaba hacía ella dejando atrás la entrada a las mazmorras; así pues, su suposición había sido correcta.
La muchacha sonrió, sintiendo mariposas en el estómago con el simple roce de su voz, pero después frunció el ceño al verlo. Su andar era tensó, mantenía los brazos rígidos, al igual que los pópulos en las mejillas, y el negro de sus ojos brillaba con un matiz peligroso, cercano a la furia.
Sin embargo, conforme se fue acercando a ella, todo eso desapareció. Sus mejillas se ahorcaron en una sonrisa y su rostro adquirió un matiz de calma, de relajación. Sus ojos brillaron con adoración al contemplarla. Tal era el cambio, que Hermione creyó haber imaginado lo anterior.
— ¿Estás bien? —inquirió con voz tierna, mientras apartaba un oscuro mellón de cabello de su frente.
Era increíble como hasta las cosas más simples podían hacerla sentir tan completamente llena.
— Contigo, siempre —respondió él, antes de entrelazar los brazos alrededor de su espalda posesivamente, y apoderarse de sus labios con una lenta y frugal caricia—. ¿Te apetece que vayamos fuera?
Hermione sonrió como respuesta.
El tiempo seguía siendo bueno, por lo que caminaron sin prisa de la mano hasta llegar a orillas del lago y después se recostaron sobre el césped. Tom se mantuvo erguido, con las piernas cruzadas, y la joven se tumbó entera sobre la tierra, apoyando el cuello entre ellas; desde allí podía divisarlo todo, desde el cielo hasta el lago.
— ¿Verdad que son bonitos los colores que forma en Sol cuando resplandece sobre el agua? —señaló en un estado de completa sugestión, tras varios instantes de silencio contemplándose el uno al otro—.
— Te gustan... —inquirió Tom fascinado; él nunca era capaz de fijarse en esos pequeños y hermosos detalles—.
— Brillan como diamantes, pero son… aún más naturales.
El muchacho la contemplo unos instantes, pensativo. Ella era tan valiosa a sus ojos, tan hermosa... Poseía una belleza interior que no contaba rival.
Sus ojos castaños adquirían una intensa y cautivadora expresión de como respuesta a la belleza del agua, dos seductores hoyuelos surgían en sus mejillas como producto involuntario de su maravillosa sonrisa, su espeso y abundante cabello, sin orden, con una organización caótica y variable, contrastaba totalmente con lo que él era.
Después sacó la varita y trató de reunir en su mente todas aquellas sensaciones. Jamás había tratado de crear algo bello, y no estaba convencido de poder hacerlo, pero ninguna inspiración podría ser tan efectiva como la de esa mágica criatura que reposaba entre sus piernas. Cerró los ojos y se concentró. Después efectuó una elegante floritura agitando la varita por encima de sus cabezas.
Hermione, que lo había contemplado entre confusa y fascinada durante todo el proceso, tuvo que ahogar una exclamación ante lo que sucedió a continuación; la superficie del lago se removió y flotó hasta colocarse por encima de sus cabezas, formando un cúpula de agua cuyo centro se situaba justo encima de sus cabezas. Los rayos del Sol golpeaban el agua y esta se dividía en multitud de brillantes fragmentos de colores. Parecían estar prisioneros en un palacio de cristal.
— Tom... —murmuró emocionada—, esto es... Es tan hermoso.
— Es tu esencia mezclada con mi magia —explicó el, acariciando sus cabellos castaños—. Tú eres mi inspiración.
Hermione lo contempló asombrada unos instantes, quizá asustada, esperando que el hechizo se rompiera y uno de los dos se desvaneciera del mundo, pero Tom sostuvo su mirada con seriedad, totalmente cautivado de su reflejo, y Hermione no pudo más que sonreír para él. No sabía quien era, ni cual era ese otro mundo del que provenía, pero lo que sí sabía con total seguridad, era que si Tom no formaba parte de él, entonces no merecía la pena volver para averiguarlo.
Todavía encantada, la joven enredó los brazos alrededor de su cuello e irguió la espalda para poder besarlo. Sus labios conectaron en seguida, produciendo una corriente eléctrica que recorrió sus espaldas. Hermione sintió la necesidad de tocarlo, y no acalló aquel deseo acariciando su rostro ni recorriendo su espalda; necesitaba sentirlo, sentir su cuerpo haciendo presión contra suyo, invadiendo su espacio, formando parte de él.
Tom también lo sintió; una necesidad que nunca había sentido, algo que trascendía lo físico, que alcanzaba lo... espiritual. Y profundizó el beso.
De alguna manera, el cuerpo de Hermione presionó el suyo hasta que ambos acabaron tumbados sobre la hierba, él encima de ella. Sus piernas se enredaron, sus manos indagaban ansiosas la piel bajo las camisas del otro; la respiración se incrementaba, acorde a los intensos latidos de ambos corazones. No había sangre corriendo por sus venas, únicamente fuego.
Hasta que finalmente Hermione se separó. Si no lo hacía en ese momento, nada podría haberlos detenido; o peor aun, no estaba segura de querer que algo los detuviera. Pero solo estoy con él desde hace dos días, aquel pensamiento que con tanta frecuencia había visitado su mente en las últimas horas, cada vez perdía más importancia. Hermione no entendía por qué, o cómo era posible, pero sabía que lo amaba, lo amaba completamente, lo amaba con una intensidad que le sería imposible sentir por cualquier otra persona.
Colocó los brazos sobre el pecho del joven y, reuniendo toda su fuerza de voluntad, apartó los labios y ejerció una leve presión contra él. Tom pareció despertar de un sueño al sentirlo. Hermione lo miró y trató de murmurar unas palabras como excusa, pero sus ojos reflejaban tal confusión y vulnerabilidad que estas se perdieron en su garganta. Permaneció estática.
Él pareció notar su rigidez porque se incorporó de golpe, apartándose un par de pasos, hasta dar con el muro de agua; tras un instante de vacilación, lo atravesó sin problema. Hermione dudo en seguirlo... nunca, ni siquiera cuando era niños había visto en sus ojos una fragilidad tan pronunciada, era... le sangraba corazón el pensar que ella podía ser la responsable; pero tampoco podía dejarlo solo.
Tom todavía no era capaz de entenderlo, y sentía vulnerable. Él, miedo, vulnerabilidad, desconcierto. No era posible. Desde que era un bebé, siempre había tenido sus emociones bajó control; eran algo secundario, algo sujeto a su mente y a sus intereses. Incluso cuando le decía a Hermione que la amaba, a pesar de ser totalmente sincero al decirlo, era él quien controlaba ese amor, no al contrario.
Pero por un momento, mientras la besaba, mientras deseaba hacerla suya... lo había perdido todo; prácticamente... se había olvidado de sí mismo, de su propia existencia. Si ella no le hubiera detenido... habría perdido el control. Por completo.
— Tom —lo llamó, acercándose a él frente a la falta de respuesta—. No pasa nada ¿sabes? Somos humanos, y lo que sentimos... no es normal, va más allá de toda lógica y razón. Es magia.
Magia. Tom no se sentía humano, al menos no un humano común... Esa sería una descripción demasiado pobre para lo que él era, para lo que ambos, ella también, eran. ¿Pero sería posible que la magia tuviera algo que ver en sus sentimientos? Después de todo, él se había valido de magia para crear la cúpula de agua, pero no solo había sido magia, había sido magia mezclada con su esencia lo que le había permitido crearla.
¿Esa era la respuesta, entonces? ¿Era magia, destino lo que los mantenía unidos? La gente se enamora y se desenamora constantemente; no hay nada mágico en ello, única debilidad humana. Pero ellos eran más que eso, ¿cierto? Eran seres en cierto sentido superiores, las leyes que se aplicaban al resto ellos podían cambiarlas. Por eso ella le afectaba de tal modo, por eso la razón palidecía a su lado. No era amor, no era un sentimiento humano normal, lo que sentían el uno por el otro era mucho más.
Inconscientemente, Tom se relajó. Dejó que ella lo abrazara e incluso recostó la cabeza contra su pecho. Ya no se sentía vulnerable, es más, estaba satisfecho de los resultados de aquella experiencia... Ahora por fin podía entenderlo. Su destino era amarse y nada ni nadie los separaría jamás.
— ¿Te gustan las mascotas? —preguntó curioso, tiempo después, cuando los dos volvían a estar sentados sobre la hierba—.
— Los gatos peludos y los conejos blancos, suavecitos, con las orejas rosadas.
Tom sonrió ante su infantil descripción.
— ¿Qué opinión te merecen las serpientes?
— Me agradan más que los leones, desde luego —bromeó con naturalidad—. Por un parte prácticamente son mis animales favoritos. Quiero decir, ellas resultan tan... cautivadoras. Pero también cargan con ese alo tan oscuro y temible... Una mezcla de fascinación y miedo, supongo.
Su respuesta produjo una sonrisa torcida en el rostro de Tom; como si estuviera disfrutando de un chiste privado. Pero en seguida se puso serio, es más, Hermione hubiera jurado que... ilusionado.
— Quiero presentarte a alguien —afirmó, instantes después—.
Hermione lo observó curiosa; sin mirarla, el muchacho susurró unas palabras intangibles que parecían silbidos, y apenas tres segundos después una pequeña serpiente acudió a su llamada arrastrándose por el suelo. Hermione se tensó, pero no pudo dejar de obsérvala, fascinada. Su cuerpo era delgado y su longitud nada excesiva; una serie de anillos rojos, amarillos y negros eran formados por sus escamas.
— Es... preciosa —susurró hipnotizada, después elevo la vista—. ¿Es tu mascota?
Tom solo sonrió.
— Puedes tocarla —indicó—.
— ¿No es venenosa?
— Solo para quien yo quiero que lo sea.
Hermione alzó la mano hasta depositarla con cuidado en sus escamas. Eran frías, tal como esperaba, pero no le causaron repulsión, al contrario... había algo mágico en ellas. Cuando se aseguró de que la serpiente soportaba su roce mansamente, se atrevió a recorrer todo su cuerpo en una caricia. Por la forma en que movió la cabeza, pareció disfrutarla.
— ¿Le has colocado algún nombre? —inquirió, todavía sin apartar los ojos de ella..
Tom dudó un momento antes de responder.
- Se llama... Nagini —sus ojos se oscurecieron al pronunciar el nombre, cargados de emociones—.
—Nagini —repitió Hermione, el nombre adquirió un matiz distinto en sus labios—.
— Así se escucharía tu nombre en su lengua…
Tom miraba aquella serpiente con más cariño del que podía dedicar al resto del mundo, la miraba con casi la misma devoción con que la miraba a ella. Debía haber sido su única compañera en años... y le había puesto su nombre. Era demasiado para pensarlo siquiera. Ellas eran todo lo que el tenía, y ella no quería a nadie excepto a él.
— ¿Cómo la conseguiste?
— Ella me encontró — explicó; se sentía extrañamente cómodo hablando con ella de esto, de cosas suyas, de cosas que nunca habría tenido intención de rebelar a nadie excepto a Hermione –. Es una serpiente mágica, ¿sabes? Cuando ella elige un compañero y lo muerde, permanece atada a él resto de su vida, y su longevidad se posterga hasta que él muere. Su veneno no cicatriza con ningún tipo de poción o hechizo mágico, pero su saliva si es capaz de curarlo. Cura cualquier herida o enfermedad, en realidad, exactamente como...
— Como las lagrimas de un fénix... —concluyó Hermione por él—.
Tom sonrió y Nagini se enroscó alrededor de su muñeca, realmente parecían unidos.
— ¿Y siempre tendrá este tamaño?
Su compañero elaboró una medio sonrisa y sus ojos brillaron extraños antes de responder.
— Créeme. Cuando Nagini crezca, ningún ser, ni mago ni muggle, podrá interponerse en su camino.
Hermione trató de imaginar una aterradora serpiente de instinto asesino en el lugar de aquella pequeña y dulce cría, pero no fue capaz. Acarició una vez más con ternura su cabeza y la serpiente le dio un lametazo en respuesta. ¿Cómo podía llegar a ser terrorífica una criatura de esas características?
El resto de la tarde la pasaron hablando, juntos, el uno con el otro y con Nagini deslizándose plácidamente entre ellos. A la hora de la cena, Tom acompañó a Hermione hasta las escaleras que conducían a su torre, pues la joven necesitaba cambiarse para asistir. Después, con Nagini cómodamente enroscada en su brazo oculta tras la túnica, él mismo se dirigió a su sala común.
Mientras descendía por las mazmorras, su tranquila expresión de paz se fue alterando progresivamente, hasta ser completamente reemplazada por una máscara fría de desprecio y furia contenidos. Sin dejar de caminar, sus ojos, dos oscuras masas negras, observaron a la serpiente con placida devoción.
— Ahora pequeña, hagamos pagar a esas débiles... serpientes —rebozó de sarcasmo la palabra— habernos cuestionado está mañana, ¿te parece?
Nagini, atenta a sus palabras, restregó cariñosamente la cabeza contra su brazo, y sonrió.
— Si —siseó complacida—, hagámoselo pagar.
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