4. Capacidad de observación.

Jasper y sus hermanos siempre la había definido como la más compasiva a la hora de cazar e incluso Edward cuando le presentó a Bella utilizó esa misma expresión: la compasión. Normalmente ella no acechaba a sus víctimas ni escogía a la más fuerte de una de una manada para batirse en un duelo que sabía que siempre ganaría por simplemente divertirse como estaban haciendo Emmett y Jasper unos kilómetros al sur de donde ella se encontraba o dispersaba a un grupo de ciervos para ir persiguiéndolos uno a uno como hacía Rosalie, al norte. Ella necesitaba alimentarse y alimentarse rápido porque quizá la pérdida de sus visiones se debía a lo sedienta que estaba.

Persiguiendo los repiqueteos y el olor húmedo y caliente de la sangre de los animales del bosque conectaba y desconectaba con sus visiones: Bella hablaba con su padre en casa a la par que Edward se despedía de Esme y Carlisle para tomar su coche. Todo estaba bien. Podía relajarse. Jasper la había obligado a sumarse a la expedición de caza pero ella no había accedido hasta comprobar que esa penumbra no se cernía de nuevo sobre sus visiones. Iba y venía como su contacto con el futuro y tan pronto lo veía todo claro como todo oscuro. Disfrutaba de Edward y Bella haciendo cosas cotidianas como pintar una pared de color café o colocar una estantería y tan pronto se centraba en Jasper, no había nada.

Eso hacía que exhalara hasta el último aliento innecesario que había dentro de sus pulmones y sólo le apeteciera estar tumbada inerte. Estaba tan desorientada sin saber qué ocurría y a qué se debía que se sentía totalmente ciega y desesperanzada. No se había dado cuenta de lo que dependía de sus visiones hasta ahora que funcionaban a su libre albedrío y de lo fría y desesperanzada que se sentía cuando no podía aventurar lo que ocurriría allá cuando quería.

Lo estaba perdiendo. Estaba segura.

Carlisle creía que se debía a que se enfrentaban a una época de cambios: Edward y Bella se marcharían en cuanto se graduaran y ellos tendrían que empezar a cero en otro lugar, pero a Alice eso no le servía. Cuando abrió los ojos como vampiro – con un futuro aún más incierto que el que Carlisle le podía ofrecer en unos meses – vio el rostro de Jasper, un completo desconocido que sabía que la protegería, amaría y comprendería sin reparos, así que esa explicación no le era válida. Jasper sólo decía que se forzaba demasiado por querer proteger a Edward y a Bella de lo que casi les pasa por culpa de Victoria y que quizás eso le confundía. Esme lo arreglaba todo con un abrazo. A Emmett no le preocupaba. Y Rosalie decía que seguro que esa penumbra la traía el olor a sangre y a hormonas que se respiraba en la Mansión.

Al menos podía centrarse en Edward y Bella para disfrutar de lo que le quedaba de su don de clarividencia. Su futuro era claro, conciso y estaba escrito sin que nadie pudiera borrarlo. Juntos y felices. Allá donde mirara. ¿Y porqué el de los Cullen no? No sólo era intentar verse a ella o a Jasper. Mirara donde mirara del resto de su familia… no estaban.

Volvió a exhalar el aliento innecesario y arrinconó al alce que perseguía entre su cuerpo y el risco del acantilado. Se centró en el corazón desbocado del animal, estiró los brazos para buscarle la yugular, apretó para partirle el cuello pero…

…vio a Bella limpiar rápidamente su habitación. Hacer y deshacer su cama y dudar si cambiarse de ropa. Debería, esa camisa verde no le favorecía demasiado y la hacía muy lánguida. Se cepilló el pelo y se perfumó y bajó corriendo las escaleras. Abrió la puerta para ver a Edward al otro lado y después se colgó de él para que caminara dentro de la casa llevándola en brazos.

-¿Qué ocurre, Alice?

Tuvo que batir la cabeza y mirar a Jasper que la tomaba de los brazos preocupado. No se había dado cuenta que el alce se había escapado y que ella estaba inerte en el risco hasta que notó el suave tacto de su amado.

-Han cambiado de planes. No están en Port Angeles.

-¿Qué pasa?- preguntó Emmett tras ellos.

Se volvió para mirarle y su grandullón hermano sólo le sonrió. Aún pudo oler en él la sangre que acababa de extraer del animal que había desollado, pero afortunadamente no sintió sed así que estaba saciada. Ambos desaparecieron de delante de sus ojos y volvió a centrarse en su visión, de Bella y Edward entrando en una habitación tenue sin dejar de besarse para empezar a desnudarse a la vez que se dejaban caer sobre la cama abierta y…

-¿Están bien?- insistió Jasper- Alice…

-Sí- pestañeó, volviendo al presente- Están bien. Charlie se ha ido y se han quedado solos en casa. No quiero mirar más. Es algo íntimo y se lo prometí a Edward.

-¡Ja!- exclamó burlón Emmett- Tú no quieres mirar pero yo sí quiero que mires: ya me estás contando hasta el último detalle. ¿Quién de los dos está encima?

Alice emitió un gruñido que Jasper coreó y Emmett no pudo más que dar un par de pasos hacia atrás en signo de rendición.

-Está bien, está bien. ¿Sabéis que sois unos verdaderos muermos? Ahora no podré tomarle el pelo.

-¿Qué os pasa?

Rosalie accedió al risco desde el norte saltando grácil de un árbol a otro para plantarse detrás de Emmett. Alice seguía inmóvil, Jasper sólo la reconfortaba y Emmett parecía contrariado.

-Que Edward está liberando su tensión sexual y Alice no me lo quiere contar.

La vampira emitió un bufido de desagrado y se colocó uno de sus mechones rubios hacia atrás como si fuera lo más importante del mundo. Miró aburrida a Jasper y a Alice y como ni le contestaron, ni gruñeron, ni interactuaron con ella, se centró en su pareja.

-¿Y a quién le podría importar lo que esté haciendo Edward que posiblemente apestará toda la casa?

-Están en casa de Charlie- le contestó juguetón.

-No me importa donde esté- añadió fría- Y si tanto le gusta estar allí, debería de quedarse para siempre.

Emmett solo resopló, dejó los ojos en blanco y saltó un par de árboles más al este. Rosalie era totalmente impasible y ácida en todo lo que refería a Edward y a su nueva condición humana y como no quería discutir con ella ni le iba a seguir el juego, prefirió dedicarse a buscar una nueva manada a la que acechar.

Rosalie echó a correr al oeste.

Jasper movió a Alice. Se quedó con los ojos vacíos – donde su pupila ya estaba más cerca del dorado que del negro – con la boca abierta y exhaló aire lentamente.

-¿Qué ves ahora?

Carlisle estaba en casa, en su estudio. Miraba libros. Uno detrás de otro. Los colocaba, los sacaba del estante de la biblioteca y les daba una nueva ubicación. Esme, por el contrario, escogía telas de colores para los muestrarios que usaba para trabajar. Pasaba uno, otro y otro, llenando su estudio de pequeños retalitos. Se quedó allí, con ellos, disfrutando de la claridad. Pero de repente una nuble los cubrió y aparecieron en el salón de la Mansión con caras súbitamente preocupados.

-¿Alice?

-Tendremos una visita.

-¿Quién es?

Sólo le sirvió un atisbo. Un gesto. Carlisle dirigiéndose a la puerta del jardín para dar la bienvenida a una de su clase, una figura esbelta y perfecta con un hermoso cabello rubio rojizo.

-Tanya. Ha venido sola desde Denali como portavoz de su familia: quiere saber qué ha pasado con Edward y si es cierto eso de que nos hemos unido con licántropos para poner fin a los de nuestra especie.


No podía creer cómo había sobrevivido ocho semanas, seis días y 22 horas sin esa sensación: la sensación de estar besando a Bella libremente, sin pensar que les iban a interrumpir o que les estaban escuchando, desnudándola y dejando que le desnudara. También podía pensar cómo había sobrevivido 90 años, pero como la respuesta era tan fácil no era necesario planteárselo: porque no había encontrado a Bella.

Sabía tan bien, era tan suave y su cuerpo tan cálido que en apenas segundos los nervios se convirtieron en deseo y cuando se quiso dar cuenta ya estaban en su habitación, y eso que hizo el camino con los ojos cerrados y guiándose por su olfato como cuando era vampiro, en busca de la parte de la casa que más olía a Bella, sin ni siquiera dar un traspiés.

Así que allí estaban con la luz tenue, delante de una cama magistralmente abierta y con las cortinas echadas besándose sin parar ni para tomar aire, ella con la camisa desabrochada y con tres botones del pantalón bajados, mientras él ya había perdido la mitad de sus prendas en el umbral de la habitación.

-Bella, espera.

Dejó de forcejear con el cinturón de su pantalón e iba a besarle de nuevo cuando se quedó congelada e incluso con los labios unidos sin sitio para posarse.

-No, no, no- suspiró agónica- No vamos a esperar más. Como me pidas que paremos vas a tener que llevarme a urgencias.

Él se echó a reír y le cogió la cara con las manos para volver a besarla. Ni con esas Bella dejó de forcejear con el cinturón y sólo se relajó cuando oyó la hebilla caer al suelo para posar ahora las manos en el torso desnudo, sin camisa ni camiseta.

-Me refiero a que vayamos despacio porque no me voy a marchar a ninguna parte.

Hizo caso omiso, volvió a hacer que sus labios se fundieran e incluso a la vez volvió a saltar para que la cogiera a horcajadas. Fue magistral como se deshizo de su camisa para quedarse en ropa interior y como en el cepo de sus piernas hizo salir sus zapatillas deportivas que cayeron al suelo junto con el cinturón.

Edward se volvió a echar a reír.

-Quería preguntarte qué es lo que te gusta y que me fueras guiando porque la otra vez no lo hice y no es una actitud de caballero no satisfacer a una dama, pero creo que me voy haciendo a una idea.

-Sí, así que no te sientas mal si me vuelves a arrancar alguna prenda de ropa.

-Ya no te quedan muchas- añadió divertido.

Ella también se rió, apoyó su frente en la suya y así se dio unos segundos para respirar. Después se dio cuenta de que la mitad de su piel ya estaba en contacto con la de Edward al tenerle desnudo de cintura para arriba y a ella sólo quedarle el sujetador y pensó que tomar aire era una pérdida de tiempo para volver a besarle, lo más pasionalmente que pudo. En medio de ese magnífico beso, Edward la hizo resbalar de nuevo por el cuerpo, pero ahora no posó los pies en el suelo, si no que le recostó en la cama para quedarse encima, y en medio de más besos y más caricias, todos sus botones fueron desaparecieron para que los pantalones bajaran más allá de las caderas.

Ahí hubiera podido llorar de felicidad si no hubiera estado más ocupada bajándole los pantalones a él sin aflojar un ápice la intensidad del beso, solamente para que él se incorporara y se deshiciera de ambas prendas. Y ahí hubiera podido aplaudir como la noche de Año Nuevo cuando le volvió a tener casi desnudo a unas pulgadas de su cuerpo. Edward bien hubiera podido ser modelo de la ropa interior de Calvin Klein que llevaba puesta que se ceñía a su cintura dándole ganas de arrancársela de cuajo, pero que se volviera a recostar sobre ella, que le hiciera flexionar las piernas cuidadosamente para acomodar su cuerpo en medio, le hizo evadirse de cualquier otro deseo que no fuera sentirle, en el más amplio sentido de la palabra. Y ahí incluso olvidó querer destrozar prendas e ir rápido porque entonces dejaría de experimentar lo que era tener a Edward para ella sola más pronto de lo que pudiera soportar.

-Si te hago daño…

-Tranquilo- respondió Bella en un nuevo beso.

Edward dejó de besarle para ir recorriendo con sus labios todo su mentón, incluso atrapándolo con los dientes, en sentido descendente a su cuello para llegar a los huesos de la clavícula y por último al reborde de su sujetador, para ir bajándolo cuidadosamente. Durante décadas había leído en mentes ajenas de la fascinación que sentían otros hombres con los pechos de las mujeres y no pudo estar más de acuerdo cuando la noche de Año Nuevo pudo ver a Bella por primera vez sin prenda de ropa que le protegiera: podía pasarse horas besando, acariciando y pasando la lengua por esa parte de su anatomía a la vez que ella iba suspirando más y más agónica mientras con una mano perdía los dedos por su cabellos y con otra recorría su columna vertebral de arriba abajo y viceversa.

Sólo paró para lanzar la prenda fuera de la cama junto con las otras y para seguir hacia el ombligo con su último objetivo: fue resbalando sus labios por su piel, también bajó la braguita lo más despacio que pudo, se las fue deslizando hacia las rodillas y después levantándole las piernas las tiró al suelo.

Bella no hizo más que acomodarse y demandarle con las manos que se volviera a recostar sobre ella, así que lo hizo, mientras se besaban. Volvió a ejercer ese cepo tan perfecto y a la vez que seguía resbalando la yema de sus dedos por su espalda empezó a empujar su ropa interior hacia abajo. Dejó que se la quitara como ella hizo con él y cuando le dio una patada que probablemente la lanzaría hacia el escritorio, volvió a flexionarle las rodillas, hacer que sus caderas coincidieran, que le aferrara con sus piernas y tomó la bocanada de aire más grande que pudo para tener oxígeno suficiente para el beso más largo, apasionado y profundo.

Apenas paró para abrir los ojos, acariciarle la mejilla, mirarla directamente y que Bella asintiera con la cabeza. Después el silencio de la habitación – sólo roto por la lluvia violenta que golpeaba con el cristal – se llenó con un suspiro excitado al unísono de ambos que fue graduándose al mismo ritmo que los movimientos de sus caderas se sincronizaban las del uno con las del otro.

Esa sí que era la sensación más maravillosa del mundo, de su mundo humano. Y de sus 107 años de existencia. Antes de verse mortificado por mejillas encendidas y latidos de corazón acelerado, sus hermanos le habían contado que el sexo era la experimentación más poderosa, sólo seguida por beber sangre humana, pero él había bebido sangre humana durante años e incluso había bebido la de Bella cuyo deseo no se podía comparar por ninguna otra, pero estar allí, dentro de ella, sintiendo como su cuerpo de amoldaba a la perfección, suspirando mientras ella gemía, le iba clavando las uñas en la espalda con deseo y marcando el tempo que quería que llevase en los latidos entrando y saliendo de su cuerpo, no se podía comparar con nada.

Edward, Edward, Edward, Edward, Edward.

Intentó no perder la concentración y seguir con el ritmo de sus movimientos al escuchar su dulce voz apasionada llamándole cuando sabía que esas palabras no provenían de su boca porque estaba muy ocupaba en la suya, y dejar parte de su mente para la mente de Bella. Se frustró y gimió de esfuerzo a la vez que apretaba los ojos sin dejar de moverse dentro y fuera de ella cuando creyó que su mente humana no podía registrar tantas sensaciones, pero la voz se volvió a colar en su mente.

No sabes lo que te necesito y te deseo. No puedo creer que sea tan afortunada de que estés así, conmigo, ahora.

Las palabras le sobrecogieron y perdió incluso el ritmo de sus caderas y de su respiración, así que solo la abrazó más fuerte y se perdió en la intensidad frenética del beso a la vez que las maravillosas sensaciones que él estaba experimentando cuando una parte de su cuerpo se abría paso dentro de Bella de nuevo, coincidían exactamente con las de Bella.

No pares, por favor, no pares nunca.

Sintió que quería que la besara con más pasión y así lo hizo. Sintió que quería que fuera más rápido y así lo hizo. Sintió que quería que la apretara más contra él y así los hizo. Sintió que quería sentirle aún más dentro de ella y así lo hizo.

Perdió de nuevo la cadencia de movimiento cuando ahora no sólo escuchó su voz o notó sus sensaciones, sino que una imagen se coló en su mente. Una imagen de él. Una imagen de él sonriendo. No pudo reconocer en qué momento se habría producido esa imagen – él sonriendo y ella acariciándole la mejilla para después acurrucarse en su pecho sintiéndose feliz, protegida y amada – pero intentó impregnarse lo más posible de ello por si no se volví a repetir hasta que la voz salió de su cabeza e hizo eco en la habitación, haciéndole desconectarse de su mente cómo si alguien hubiera apagado una radio.

-Sigue, por favor, más rápido- imploró.

-Bella…

-Sigue, por favor- rogó ahora.

Le clavó las uñas al final de la espalda e incluso le apretó las piernas en torno a la cintura así que el ruego se convirtió en una súplica tan desesperada que él sólo pudo acceder, gimiendo a la vez que Bella cuando sus cuerpos volvieron a estar conectados. Volvió a buscar su mente, su voz, sus recuerdos, pero no hubo nada así que se concentró en sus deseos: la aferró mejor, le hizo arquear la espalda y así ahora pudo hacerlo más rápido y más sincronizado con el movimiento de sus caderas que le esperaban deseosa.

-Edward…- gimió casi sin voz.

-Yo también te necesito y te deseo- suspiró en su esfuerzo- Yo soy el afortunado.

Pero ella sólo curvó más la espalda, haciendo que se fundieran como ese único ser que eran. Y justo cuando eso pasaba, cuando respiraban, suspiraban y gemían a la vez volvió a sentir la pasión y el deseo en su mente a tal nivel que bien podían haberle vuelto loco porque era él el que se lo estaba causando a la vez que estaba tocando el cielo con los dedos borracha en su éxtasis. Bella vibró casi en el mismo momento que él, dejó de respirar, le clavó más las uñas que nunca, y en medio de sus dos últimas sacudidas de placer dejó su mente abierta para él, lo mismo que estaba su cuerpo.

Soy tuya para siempre.

-Edward…- gimió.

Se volvió a ver él mismo. Pero ya no sonreía. Estaba de pie y entraba en la cafetería del instituto, caminando con la frente arrugada y el ceño fruncido. Su piel era pálida, tenía las ojeras marcadas y unos brillantes ojos color ónice. Levantó la cabeza y le miró a la vez que Bella sentía que el corazón se le encogía mientras pensaba que era el chico más guapo que jamás había visto y esa escena se fundió apareciendo otra de ellos en un prado. Ahora tenía los ojos dorados, leves rayos de sol le hacían salirle destellos de la piel que tenía a la vista y le tendía una mano para que tumbara a su lado, dejándole notar el frío que ese gesto le hizo sentir.

-Te quiero- añadió Bella moviendo los labios contra su hombro.

Lo volvió a perder. Más cuando la siguiente sensación que salió de su mente era que le pesaba demasiado y que no estaba cómoda con él encima. Así que convirtió sus deseos en órdenes para él.

-Y yo a ti- respondió sin emoción en su voz.

La abrazó, también le besó el hombro y el cuello y así se deslizó para quedar de lado. Sus gestos fueron menos bruscos que sus pensamientos y le siguió para volver a acurrucarse en su pecho, algo que le correspondió. Allí la besó y la tapó con la sábana dándose cuenta que estaba empapado en sudor lo mismo que ella, pero le gustó esa sensación y la temperatura de sus pieles pegadas la de uno sobre la otra así que hizo lo mismo con la yema de los dedos tras apartarle el pelo húmero que se le pegaba a la cara.

Reflexionó que quizás entrar en la mente de Bella no iba a ser tan maravilloso como entrar en su cuerpo. Bella era la persona que más quería sobre la faz de la Tierra y cualquier sentimiento le haría más daño que el de cualquier ser. Podía tomar su corazón y estrujárselo sin ni siquiera darse cuenta y eso le hacía más vulnerable que cualquier cosa tenebrosa del Mundo.

No le gustó estropear ese momento con tal pensamiento. Ojalá nunca hubiera podido tener ese atisbo de su mente.

Sonriendo en su burbuja de felicidad post-placentera, levantó la cabeza de su pecho, húmedo y aún tan desbocado como el de ella, para sonreírle. De todos los nuevos Edwards que conocía hasta ahora, claramente el que más le gustaba era el exhausto – y más si era por culpa de un encuentro sexual – sudoroso, con el corazón relajándose tras un esfuerzo, con el pelo húmedo y las mejillas aún sonrosadas. Le hacían parecer adorable, delicioso y sus piernas volvían a temblar estremeciéndose al recordar que hacía escasos minutos aún estaba en medio de ellas.

-¿Cómo estás?- preguntó Bella.

-Muy bien. ¿Y tú?

-Perfectamente- sonrió de nuevo- Charlie debería de salir más.

-No lo haría si supiera que le has mentido y no has ido a Port Angeles.

-Lo hago por su salud. No le gustaría saber la realidad- añadió divertida.

Edward sólo asintió con media sonrisa y se acomodó mejor en la almohada. Bella le imitó, también se apoyó, volvió a taparles con la sábana y así tras acariciarle la mejilla donde tenía unas graciosas gotitas de sudor, le recorrió el perfil con el dedo índice para acabar besándole suavemente en los labios.

-No…- murmuró Bella- No cierres los ojos.

Los abrió de inmediato para fruncir el ceño.

-¿Por qué?- dijo extrañado

-Porque me gusta el verde de tus ojos- añadió -. Es mi color favorito.

-Creí que era el dorado o el ónice- dijo en tono monótono-. Eso me dijiste una vez cuando te lo pregunté.

-Eso era antes. Ahora me gusta más el verde. Es el verde más bonito del mundo. A veces me aturdes con sólo mirarme- respondió Bella en un tuno susurrador que esperaba que ejerciera el mismo influjo en él que cuando lo utilizó en la puerta de entrada.

Iba a besarle de nuevo e incluso a volver a entrelazar una de sus piernas alrededor de su cadera, pero fríamente Edward se apartó. Le dolió lo mismo que si alguien le hubiera dado una bofetada, tanto incluso que se incorporó apoyándose en un codo.

Se lamentó de su inseguridad porque estaba pensando cosas horribles. La primera que Edward le parecía muy distante cuando no debería querer despegarse de ella como le ocurría a ella misma. Y eso quizás era porque no había disfrutado, no le había gustado o ella había hecho algo mal. Esa última idea le horrorizó.

-¿Qué… pasa?- titubeó.

La miró frunciendo el ceño y la imitó, apoyándose en el codo para tenerla frente por frente. Antes de contestar le volvió a apartar un mechón hacia detrás y eso la puso más nerviosa que nunca. La estaba reconfortando antes de decir algo malo, seguro: que no querría estar más con ella así. O que no había merecido la pena esperar. O que…

-Pensabas en mí antes. En cuando era vampiro.

Pestañeó tan deprisa que hasta se hizo daño en los ojos. Y después pegó hasta un salto y se quedó arrodillada en la cama, aún cubierta por la sábana.

-¿Me has leído la mente de nuevo? ¿Mientras estábamos…?

-Casi todo el tiempo. Me desconcentré varias veces, pero… sí.

-¿Y no te ha… gustado?

-Creo que no.

Se llevó las manos a la boca para tapársela y ahí gimió. Ya estaba, se lo iba a decir. ¿Tanto esperar para esto?; No lo vamos a repetir más; o incluso que ni siquiera quiero casarme contigo y a la mierda del plan de Dartmouth. Iba a llorar, iba a llorar, notaba subir las lágrimas a sus ojos, que el sudor se enfriaba sobre su piel y que la cama iba a colapsar sobre sus patas.

¿Los muelles sonaban a la vez que Edward se incorporaba para quedar sentando con los pies fuera? ¿Habían sonado en algún momento antes?

-Perdona si pensé… algo…- volvió a titubear- No sé qué tenía en la mente. No recuerdo que…

-Parece que pierdes la capacidad de observación cuando tienes la atención fija en alguna otra cosa- añadió con aquel tono frío y calculado.

Su voz le golpeó como una ráfaga de aire frío que le hizo incluso estremecerse y haciendo los mínimos movimientos – como si con ellos le fuera a molestar- para arroparse y quedarse observándole de espaldas, con la mirada perdida hacia la ventana.

-Edward…- habló.

-No me gusta que pienses en él. Es estúpido y egoísta, pero no quiero que esté en tu mente- se volvió para encararla- Es otra persona. Ni siquiera es una persona. No quiero que creas que era el chico más guapo que hubieses visto jamás o que deseara que te cogiera de la mano porque todo eso quiero que lo pienses de .

Volvió a pestañear rápido y confusa. Un momento: ¿tanto frío y tanta distancia por… eso? ¿Por qué tenía celos de sí mismo? ¿No era ella la insegura?

-Edward, sois el mismo. ¿Cómo puedes creer…?

-No- le cortó- No somos el mismo. Con él raramente pudieras haber hecho esto. Y seguro que él tampoco te hubiera podido leer la mente porque hubiera estado más concentrado en no matarte. Así que no quiero que esté aquí. No quiero saber si le echas de menos. Porque esto es lo que hay- hizo un gesto con las manos, de arriba abajo en toda su envergadura, sentado sobre la cama, con la sábana agurruñada alrededor de la cintura- Sólo y únicamente un ser humano. Con deseos humanos y miedos humanos.

-¿Y celos humanos del vampiro que era antes?- preguntó a media voz.

-Sí- espetó- Si quieres llamarlo así.

Hizo algo parecido a un mohín mientras cruzaba los brazos que le hizo aún más adorable de lo que era antes con el pelo revuelto y húmedo o las perlitas de sudor, así que en vez de estar seria como él, Bella se echó a reír. Él la miró negando con la cabeza de nuevo, con gesto molesto, pero cuando se deslizó hacia él para abrazarle, no pudo más que responderle.

-Perdona- dijo él- Es totalmente absurdo lo que acabo de decir.

-En mi mente sólo estás tú: Con todos tus colores de ojos. Y me voy a casar con el que tiene los ojos verdes, así que seguro que con eso el resto estarán celosos.

-Se lo diré la próxima vez que me tope con ellos- añadió, relajado.

-¿Eso es todo lo que te preocupa? ¿El otro Edward de mi mente? ¿No hay nada más? Has… disfrutado, ¿verdad?

Tuvo que separarle la cabeza de su hombro para verle aquella cara suya tan adorablemente sonrojada que le dio ganas de volver a abrazarla con fuerza para besarla sonoramente en los labios.

-He llegado a tocar el cielo con los dedos. Y tú lo pensaste a la misma vez que yo.

Se sonrojó aún más y se escondió de nuevo en su hombro así que sólo le meció para ahora acariciarle su larga melena despeinada.

-No hubo rastro de dolor, para empezar. He podido centrarme más en las sensaciones que la otra vez- explicó- quizás porque tenía una idea más clara de lo que esperar y no me he visto abrumado.

-Ya te dije que era todo cuestión de práctica- respondió con una sonrisa- La próxima, irá incluso mejor.

-¿La próxima?- repitió con su sonrisa retorcida.

Le respondió al gesto y volvió a sumergirse en su cuello. Pasó otra vez los dedos por sus cabellos, la apretó contra él y los tapó bien con la sábana.

-Me da miedo- dijo Edward después de un rato- Me da mucho miedo- puntualizó- lo que pueda haber en tu mente. No puedes ni siquiera imaginarte lo importante que eres para mí, el daño que me puedes hacer con un simple pensamiento que ni siquiera puedes controlar. No puedes siquiera imaginarte el poder que tienes sobre mí y sobre mi corazón.

Levantó la cabeza nuevamente y ahora sólo se quedó quieta, mirándole. Ahora era él el de las mejillas encendidas y el gesto de inseguridad así que excepto acariciarle poco más hizo. Él le sostuvo la mirada y al final dijo:

-Soy tuyo en el sentido más extenso de la palabra.

-Del mismo modo que yo soy tuya.

-Pero tú no puedes leerme la mente.

-Seguro que hay lo mismo que en la mía: todo lo que me quieres, me necesitas y me deseas.

-Y alguna cosa sucia más.

Bella se rió.

-Completamente igual que la mía- bromeó.

-Entonces, ¿no te molesta? Sé que antes preferías que no te leyera la mente lo que me frustraba aún más.

-Me encanta. Y no se me puede ocurrir momento mejor para que hayas recuperado tu don, aunque sea momentáneo. En el instante donde me siento más plena, feliz y que he encontrado mi sitio en el mundo.

-Tú eres todo mi mundo- respondió Edward para abrazarla.