Capítulo 3: Más que una cita de navidad


Take these sunken eyes a learn to see


Tras el incidente dónde por poco fue otra vez capturada, permaneció oculta en casa de Sonya por un par de días. Las unía un estricto lazo de confidencialidad, pero más allá de que sus caracteres eran completamente diferentes, Jade confiaba plenamente en ella y en su palabra. Después de haber sido rechazada por el grupo de edenianos con los que hasta entonces había estado refugiada, no tenía otro lugar al que ir.

Eso la fastidiaba. No le gustaba sentir que era una carga —una peligrosa carga —para Sonya y Johnny. Hasta ese entonces, ellos ya habían hecho mucho por ella.

Ambos habían hecho lo posible para explicarle, en simples palabras, lo que significaba la Navidad. No había tenido la oportunidad de pasar mucho tiempo en el exterior, pero en las pocas ocasiones en que, a pesar de la respuesta negativa de su entorno, decidió arriesgarse, se había encontrado con un panorama relativamente homogéneo; adornos, luces, gente corriendo de aquí para allá con regalos, algunas esculturas o carros con un hombre grande, sobrepasado en peso y con una larga barba. Traía consigo, ropa roja, por lo general un gorro y un saco en su mano.

Por lo poco que había logrado comprender, ese sujeto parecía algo un poco menos poderoso que una divinidad, algo que hacía que todo aquello se viese espacialmente ridículo y poco serio. En Edenia adoraban a sus Dioses, había esculturas y templos erigidos en su honor, pero nadie se paseaba por la calle pretendiendo obrar sus milagros.

Más allá de eso, realmente no tenía problemas con la navidad. No la conocía, así que no podía compartir los sentimientos de las personas a su alrededor que, al parecer, planeaban celebrarla en una fecha específica.

Sin embargo, ella no sufrió mayores preocupaciones. Sonya parecía realmente ocupada en aquel momento, iba y venía de un instante a otro. A veces, la llamaban a altas horas de la madrugada por algo que parecía ser urgente, y ella no tenía mayor remedio que marcharse. Afortunadamente, su casa era lo bastante grande para que ella se pudiese refugiar allí sin sentir que estaba encerrada en una caja.

Sonya no recibía visitas más allá de Johnny, solo alguna muy excepcional y por motivos de trabajo, por lo que la mayoría del tiempo tenía plena libertad.

Cuando la noche de Navidad llegó, fría y ventosa, a Sonya no quedó más que decirle, algo apenada, que aquel día ella tenía una reunión familiar, y que no podría quedarse con ella para celebrar. Además, habiendo otras personas dedicadas a los servicios militares o de seguridad entre sus parientes, era muy arriesgado llevarla consigo.

Jade comprendió, sin explicarse del todo por qué su amiga lució tan apenada al decírselo. La navidad no representaba nada para ella en absoluto. Le dijo que todo estaría bien, que ella se quedaría en la casa, comería algo y luego, seguramente, se acostaría a dormir.

Pero mentía.

Tenía otros planes para esa noche, unos mucho más pretenciosos. Le habría encantado compartirlos con Sonya, y no podía evitar sentir culpa al recapacitar sobre lo que tenía en mente, pero sabía que la militar no le daría más que una rotunda negativa.

Sonya y Johnny la habían preparado. Sabían que existía la posibilidad de que por alguna razón o en algún contexto ella fuese descubierta o se viese obligada a cambiar de escondite. Le obsequiaron mapas de la ciudad de Nueva York y de otras aledañas, le enseñaron a leerlos y comprenderlos. Jade nunca acabó por comprender del todo qué significaban algunos símbolos, a veces le hablaban de "gasolineras", "recorridos turísticos" o algo aún más extraño llamado "shopping". Pero al cabo de un rato, ambos habían decidido que ninguno de esos lugares sería realmente importante para ella, siempre y cuando sepa moverse por la ciudad.

Anteriormente, había estado en el refugio con otros edenianos rescatados, pero tras el incidente del Manhattan Mall —después del cual era cuestión de tiempo en que se vuelva la presa más codiciada de la DCRI— ellos habían decidido expulsarla del grupo.

Sin hogar, una vez más, vagó por la ciudad hasta encontrar un mapa que le permita ubicarse. Sonya le había indicado la localización de su casa en caso de que lo necesite, y eso fue lo que acabó por salvarle el pellejo. Pero la teniente no solo le había enseñado eso. Jade recordaba perfectamente el domicilio de Johnny y, a pedido de ella, el de una persona más.

Cuándo Jade se lo pidió, Sonya se vio obligada a explicarle, con tristeza, cuál era la visión de Kung Lao, y que de seguro ella no sería bienvenida por él, al menos no con buenas intenciones. Al final, pero haciéndole jurar que utilizaría la información como último recurso, Sonya accedió a indicarle la dirección. Jade marcó los tres sitios con tachas de colores y las observaba a diario para tenerlos siempre presentes.

Sonya se fue entrada una vez la noche, muy poco después de las veintiuno. Le advirtió que cerraría cada puerta con cerrojo y que, en caso de algún problema, no dudase en llamar. Anotó su número de celular y lo pegó en la heladera con un imán —aunque Jade ya lo había memorizado —, junto al número de Johnnny —que también sabía —.

La mujer, elegantemente vestida con un sobretodo rojo y unas botas, cruzó apresurada la sala de estar. Jade estaba acostada en el sillón, curioseando aquel extraño aparato que ellos llamaban televisión. Su amiga acababa de darle algo de comer, antes de marcharse.

—Bien, ya sabes —repasó el plan una vez más —. Tienes todo lo que necesitas, y si tienes problemas…

—No dudes en llamar — repitió hastiada —. Lo sé, Sonya. Puedes ir tranquila, podré cuidarme sola por una noche.

—No me preocupa lo que tú puedas hacer, en realidad— repuso amargamente, recostada en la puerta de madera pintada en blanco que daba acceso a su casa —. Cuídate.

Aquellas palabras no hicieron más que la pena recalara otra vez en ella. Pero tenía la decisión tomada, debía ser esa noche; no habría otro día en el que ambos estuviesen por su cuenta y el resto del mundo estuviese tan inmiscuido en sus propios asuntos, no por el momento.

Esperó una hora desde la partida de su amiga. Mientras, con parsimonia, recorrió la sala, el comedor y finalmente llegó a su habitación. Era pequeña, pero tenía una cama, un armario e incluso un escritorio; lo necesario y algo más.

Levantó el colchón. Allí, cuidadosamente depositados y envueltos en tela, estaban su razorang y su bastón. Los tomó con el corazón latiéndole aceleradamente. Se los llevó consigo al comedor, luego tomó una hoja de papel y un bolígrafo. Llevaba un tiempo intentando aprender la lengua escrita de los terrícolas, y era capaz de escribir mensajes simples.

Regresó a la habitación y abrió el armario de par en par. Tomó su uniforme de batalla —que llevaba mucho tiempo sin utilizar — y se lo puso. Nunca lo había sentido especialmente cómodo, pero sentía que era parte de la costumbre.

Finalmente, antes de marcharse, tomó un largo y grueso tapado negro que la cobijaría del frío, puesto que su traje definitivamente no lo haría.

Sin mirar atrás, la edeniana salió a las calles de la ciudad de Manhattan. Había dejado atrás al miedo y a la duda, que nunca habían sido buenas compañías. En ese momento, todo en lo que pensaba era encontrar la verdad.


Kung Lao, con teléfono en mano, estaba en su sala de estar. Johnny había vuelto a llamarlo, insistiendo en su invitación. El monje, ya sin encontrar una manera realmente cortés de rechazar la invitación, intentó razonar con él por un momento hasta que, harto, colgó abruptamente.

Fuera de eso, todo en aquella noche había sido tranquilo y según lo planeado. No había tardado en notar que había mucho menos movimiento que de costumbre en las calles.

Estaba revisando una vez más los papeles que Kramer le había brindado —aunque para aquel entonces ya había memorizado gran parte de la información— , cuando notó que, de un instante a otro, Marvel había cruzado la cocina, había pasado aparatosamente delante de él sin siquiera mirarlo y ahora se encontraba en el recibidor. Esas eran las cosas que su amigo solía hacer cuando recibía visitas.

Pero nadie había tocado a la puerta, ni esperaba recibir una sorpresa.

Caminó intrigado hasta allí. Marvel estaba parado frente a la puerta, lucía tenso, alerta, pero no gruñía ni emitía ningún sonido que le sirviese para advertir peligro. Estaba completamente manso.

De repente, notó que su perro se inclinaba bajo la puerta y olfateaba algo. Se acercó rápidamente para observar. Sobre la alfombra, había una pequeña nota de papel.

Se inclinó y la tomó, sorprendido. Quizás por lo inusual de la situación, quizás temiendo que Johnny esté allí, buscándolo para llevarlo a su absurda fiesta, pero sus temores y teorías más disparatadas acabaron por desplomarse al desdoblar el papel y encontrarse con una simple pero clara inscripción. Citaba:

"Nos veremos en la Catedral.

Jade"

No había nada más, ninguna especificación, ningún horario. Para hablar con tanta ambigüedad, Kung Lao era consciente de que solo podía referirse a un lugar. ¿Por qué elegir precisamente ese?

Se llevó la nota bajo las fosas nasales y la olió suavemente, intentando captar algún aroma. Pero no logró sentir nada, ni la más mínima fragancia.

Inexplicablemente, sonrió. Miró de soslayo, su afilado sombrero, pulcramente cuidado y guardado. Lo oía, pedía a gritos ser portado una vez más.

A su lado, Marvel, absolutamente desconcertado, inclinó la cabeza hacia un lado.


Desde el exterior, la Catedral lucía como alguna suerte de factoría abandonada y muy deteriorada. Algunas personas lo habían adoptado como su basurero barrial; había decenas de bolsas de residuos apiladas contra algunas paredes. Pero no era solo eso, casi todos los cristales estaban rotos y los revoques fisurados. No quedaba ningún rastro de lo que alguna vez fue un tétrico e imponente templo erigido para adorar a Shao Kahn. Solo lucía como un lugar completamente deprimente.

Caminó hasta la puerta principal, subiendo por las esculpidas escaleras de mármol. No le sorprendió ver que la gruesa cadena que de antaño la mantenía cerrada estaba cortada y arrojada a un lado. Aunque eso cercioraba el hecho de que, aparentemente, no se había equivocado. Su instinto no le había fallado.

Se adelantó y extendió los brazos, uno hacia cada hoja de la puerta doble. Las empujó para abrirlas de par en par y encontrarse con la demacrada catedral.

De repente, sintió el anhelo de ver a Marvel escurrirse entre sus piernas para entrar antes que él a cualquier lugar, pero a último momento había decidido que no podía pretender hacerlo formar parte de algo que no había vivido. Sentía, en su interior, que no era justo.

Dio unos pasos decididos hacia adelante. Viró sobre sus talones y, suavemente, cerró las puertas de la catedral. Estas hicieron un estruendoso ruido, que pareció extenderse por toda la edificación.

Se adelantó unos pasos. Aun sin alzar la mirada, acaricia el helado filamento de su sombrero con unos ávidos dedos. Ha decidido que las cosas del pasado merecen ser honradas como tales, y basado en tal argumento, se ha puesto su antiguo uniforme de batalla, aquel que lo había acompañado en los encuentros más duros de su vida.

Solo entonces alzó la mirada y un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. Parada sobre el altar, cubierta con las vestiduras verdes y negras con que la había visto por primera vez —y que lo habían cautivado, debía admitir — estaba Jade. En sus manos sujetaba firmemente su razorang y su bastón. Desde lejos, podía admirar, apreciar esos ojos ansiosos, expectantes.

Con paso lento, pero decidido, se acercó hasta ella, hasta estar a tan solo uno diez metros de distancia. Parados unos frente al otro, examinan a su adversario. Ambos tienen la misma duda, saben que son enemigos, saben que pueden enfrentarse, ¿pero hasta qué punto? ¿Puede su enemistad estar por encima del pasado?

Aquella incertidumbre los carcome a ambos, y los ha llevado hasta el punto donde no les queda más remedio que comprobarlo por sí mismos.

—Parece ser que ha llegado el momento —murmuró ella, sin mucho ánimo, aunque en su interior podía sentir la temperatura de su sangre elevándose a cada instante. Hervía. Hervía como nunca. Pero no era rabia. Era algo mucho más triste y que le daba mucho más impulso.

—Ha pasado mucho tiempo —respondió él, sonriéndole. Se inclinó, haciendo una reverencia —. Pero finalmente volvemos a encontrarnos en este lugar.

—Pero no más como aliados —añadió —. ¿Qué ha pasado?

—Es solo el tiempo haciendo de las suyas — explicó, simpático ante lo inusual e innecesario de la charla —. El problema es que a veces quiere hacernos creer que algunas cosas pueden ser como antes.

De repente, Jade soltó sus armas. Las dejó caer al suelo sin reparo y estás produjeron un eco metálico al golpear las baldosas. Se acercó caminando lentamente. No había una respuesta negativa en él, lo que permitió que no se retracte. Es más, ella podía sentir que él estaba esperándola.

—Entonces, así son las cosas ahora — dijo, sin detenerse hasta estar a centímetros de él —. ¿Dónde quedaron los sentimientos que alguna vez me profesaste, Kung Lao? —inquirió. Sabía que la respuesta no la alegraría, pero necesitaba saberla. Necesitaba oírla de su boca.

Pero, para su sorpresa, Kung Lao no supo que contestar. La miró con nostalgia pero, por sobre todo, con la mayor de las cautelas. La examinaba. De repente, Jade no pudo evitar que una gran tristeza aflore en su interior.

—Me atacarías en este momento, ¿verdad? —le preguntó, extendiendo una mano hacia su mejilla. Podía sentirlo; la frialdad y el recelo.

—Lo haría de ser necesario —exclama, sin darle mayor importancia.

— ¿Qué te detiene?

—El honor.

Una lágrima amenazó con escapar entre sus ojos verdes, pero lo resistió y, en cambio, lanzó una carcajada que Kung Lao acompaña con una sonrisa. De repente, las vueltas de la vida le han comenzado a parecer curiosas e irónicas. Antes, Jade podía asegurar que él habría muerto por estar tan próximo a ella. Pero esta vez, es ella quien haría lo que sea por sentir que aún queda algo del viejo Kung Lao. Lo había encontrado, sabía que estaba ahí adentro, pero parecía ser que ella ya no formaba parte de él.

—Me alegra saber que algunas cosas no han cambiado en ti.

Y, sin decir más, se acerca repentinamente a su rostro. El verde de sus ojos desaparece momentáneamente y Kung Lao acabó decidiendo que podía permitirse ese único riesgo, pero solo porque lo necesitaba. Sus labios se unieron suave y lentamente, solo por un instante, casi como si fuesen adolescentes a punto de dar su primer beso. Miles de recuerdos pasaron en su mente como un flash y, tras un momento, se esfumaron otra vez.

Jade retrocedió, volvió a colocarse su máscara y regresó a su lugar, inclinándose para tomar sus abandonadas armas.

Ninguno dijo una palabra más, pero sabían que el momento de la verdad había llegado. Kung Lao elevó su brazo derecho y, tal como había hecho hace años y añoraba volver a hacer, sujetó su sombrero con habilidad de maestro. Su corazón palpitaba como nunca.

Lo balanceó hacia atrás, mientras Jade hizo lo propio con su razorang. Un instante después, ambos lanzaron sus armas. Estas chocaron en el aire, esparciendo una lluvia de chispas que iluminó la oscura catedral.

Un momento después, se lanzaron en una encarnizada batalla cuerpo a cuerpo, cegados. Quizás por la sombra de la sociedad en la que vivían, quizás por el pasado, quizás por el dolor. Quizás era una desagradable combinación de todas aquellas cosas juntas.

Lo importante es que finalmente se han reconocido como enemigos, al menos hasta que sean iluminados por la verdad.


All your life, you were only waiting for this moment to be free


Fin.