Nocturno
— Quiero ver tu vestido —dijo Katie sentada en la cama de Angelina con las piernas cruzadas, dejando que la futura novia peinara su cabello castaño sin ningún problema.
— No está aquí y no lo verás hasta el día de la boda. Mañana será un día muy ocupado, probablemente no nos veamos hasta el momento en el que esté en el altar y tú a un costado —explicó Angelina suspirando—. George insistió en venir hoy tan solo para verlos a ustedes, de otro modo hubiéramos llegado el miércoles.
— Oh, sobre eso, creo que Charles no ha disfrutado para nada la atención —se lamentó Bell.
— He estado pensando —la detuvo su amiga—. ¿Por qué accedió a suicidarse públicamente? ¿Por ti? —la última pregunta la soltó de un modo cantarín que hizo que Katie se apartara bruscamente con el ceño fruncido pero un curioso tono rosa en todo el rostro. Angelina rio por su reacción.
— Lo hizo por lo que te dije… la tonta mentira de mi madre dudando sobre mi sexualidad —respondió con tono culpable.
— No te sientas así, lo hiciste por una buena causa ¿No? —insistió Angelina.
— No lo sé, Angie. Algunas veces pienso que debí haberlo hecho todo como la gente adulta lo hace o al menos como alguien normal lo haría a mi edad. Tengo veinticuatro, por Merlín, no quince, y Charles nunca me lo perdonará cuando se entere.
Johnson tuvo que intervenir para que se animara.
— La única manera en la que podría enterarse sería si le dijeras la verdad: que le mentiste para venir con él y como algo más que amigos… ahora, a lo que voy es que ya lo hiciste y lo que tienes que hacer es disfrutar, continuar adelante. Dime ¿Acaso Molly ya te entregó el sweater de la futura novia?
— ¿Qué diablos es el sweater de la futura novia? —preguntó la castaña enarcando una ceja.
— El sweater que se han puesto todas las novias de sus hijos, ella dice que da buena suerte —Angelina alzó ambas cejas y las dejó caer sugerentemente. Katie le dio un golpecito en el brazo y se puso de pie.
— Sí, me lo dio, pero no me lo pondré, hace un calor infernal —soltó con una sonrisa rendida—. Además, con habernos obligado a compartir una habitación a Charles y a mí basta.
— ¿Obligado? Yo no te veo enfadada por haber sido "obligada" a compartir el cuarto con él.
— ¡Oh, púdrete! Si sigues así te quedas sin dama de honor.
Angelina se largó a reír y observó meneando la cabeza como Katie se largaba a su habitación, completamente enfurruñada por cómo terminó la conversación.
Charlie salió del baño con el cabello goteando sobre su pijama tras haberse dado una breve ducha y se encontró con Katie leyendo en la cama. La muchacha se encontraba tan concentrada en las palabras bajo sus ojos que por poco se le pasa su entrada, pero con tan solo sentir el aroma de su shampoo más sus fuertes pasos sobre la madera del suelo, simplemente no pudo seguir leyendo. Levantó la mirada y se encontró con el azul de la suya, observándola con una sonrisa amigable y un poco extraña.
Sí, concedía que era extraño tener que compartir por primera vez una habitación y que probablemente era eso en lo que estaba pensando él también al verla, pero no era algo que le preocupara mucho.
— ¿Ya viste lo que me dejó tu madre? —le preguntó para distraerlo de ese asunto.
— Oh sí. —Charlie le sonrió ampliamente—. El sweater.
— ¿Debería temerle? —siguió ella, jugando. El pelirrojo negó y se pasó una toalla por el cabello para que dejara de gotear.
— Es solo una tontería —confesó sentándose en la cama, a una distancia considerable que daba cuenta de inmediato que solo eran amigos, no lo que pretendían ser fuera de esas cuatro paredes. Si Molly Weasley estuviera de algún modo observándolos en ese mismo momento se daría cuenta de inmediato de la gran equivocación, o mejor dicho, el gran engaño—. Comenzó con Fleur. Cuando Bill la trajo a casa, mamá insistió en que se quedara a pasar unos días. Era un invierno de locos y mi querida cuñada francesa se congeló por completo, así que mamá tejió un sweater para ella. Extrañamente no lo hizo a su medida, así que desde entonces es considerado "estandar" y cuando Hermione se lo puso, coincidentemente por los mismos motivos, quedó bautizado como el sweater de la futura novia, ya que luego Ron se casó con ella así como Bill con Fleur.
— Dime ¿Fue George quien ideó ese nombre tan ridículo?
Charlie le ofreció una sonrisa enormemente complacida a Katie y asintió.
— Me lo imaginaba. —Bell se recostó un poco más en la cama y dejó el libro a un costado—. ¿Qué pasa con Harry?
— Harry no es una novia, Kate.
— ¡Pero Ginny es la Weasley en su caso!
— Mañana si quieres pregúntale a Gin si su esposo cabe en ese bendito sweater. —sugirió el cuidador, haciéndola reír largamente.
— Suerte que es verano, Charles, sino estarías maldito y tendrías que casarte conmigo porque no perdería la oportunidad de ponérmelo, luce cómodo —lo provocó Katie y luego de un segundo se sentó a su lado, gateando por la cama hasta llegar a él—. Tengo una idea, ¿Puedo peinarte?
— Kate…
— Anda, no seas aguafiestas.
Él no quiso explicarle que a nadie, en especial las mujeres con las que estaba —aunque técnicamente ella no fuera una, sino que su amiga—, le permitía tocar su cabello. Algunas veces pensaba que era porque lo llevaba descuidado y las chicas siempre se fijan en eso, otras solo pensaba que era un capricho suyo, que le molestaba que las pequeñas manos de alguien en quien desconfía y a quién desconoce lo tocara así de ese modo. Era un movimiento demasiado cercano como para que él permitiera que cualquier persona lo hiciera.
No era un aguafiestas, como decía ella, simplemente estaba nervioso. Aun así asintió toscamente, permitiéndole proseguir y ella alzó sus manos hasta posarlas en su cabello anaranjado, el cual ya casi le llegaba hasta la barbilla. Su toque se sintió como un tranquilizante natural, una poción adormecedora, dormir luego de mucho trabajar. Cerró los ojos cuando sus dedos se internaron hasta tocar su cabeza y masajearla, un ir y venir desde el centro hasta la punta de cada mechón de cabello húmedo en su cabeza. No había nada que se le pareciera y ella lo hacía con tanta, tanta dedicación…
— Kate… —se volteó, inquieto, y la tomó de las muñecas, impidiéndole seguir. Ella notó que todo lo que había dicho en esos últimos minutos había sido solo su nombre, nada más—. Estoy cansado —logró decir luego.
Sin mostrar un atisbo de decepción en su rostro sino que una cubierta llena de entendimiento y ligereza, Katie solamente asintió.
— Lo siento, me agrada peinar a las personas, es todo. —se excusó, aunque en realidad jamás le había tocado la cabeza ni el cabello a nadie más, ni siquiera a sus amigas en la escuela, pues siempre fue al revés.
Charlie deseó decirle que no había nada malo con eso, que le agradó mucho el gesto, pero se quedó callado, lo que hizo sentir peor a Katie. Su silencio contenía mil aristas que poder interpretar. No sabía por dónde comenzar.
Se alejó y volvió a su lado de la cama, donde estaba cuando él entró desde el baño personal de la habitación tan hogareña que les había asignado la misma Molly hace un par de horas. Posó luego los ojos en el sweater que yacía sobre una silla, observando con cuidado su color burdeo, muy típico de una familia de orgullosos leones Gryffindor, pensando que ella se lo pondría si tan solo él se lo pidiera.
Pero eso no sucedería.
— … en el suelo —dijo Charlie. Katie tuvo la sensación de que había estado hablándole por horas y ella simplemente no prestó atención.
— ¿Perdón? —dijo en voz baja, quitando sus ojos del sweater para mirarlo a él.
— Que pondré un par de mantas en el suelo y dormiré allí, si te parece —explicó Weasley con paciencia.
— No. —se opuso rotundamente—. No dormirás en el suelo en la casa de tu familia, la cual debe ser como tuya. Si esto te está salvando de dormir en el pórtico no es para que duermas en el suelo, Merlín —lo regañó, alzando la voz. Charlie alzó una ceja, asombrado por el cambio de voz y semblante en ella.
— ¿En dónde entonces? —preguntó sinceramente aturdido.
— ¡En la cama, Charles! Y te recuerdo que tienes treinta, no eres un niño que se avergüenza de dormir con sus amigas.
«No es vergüenza precisamente» pensó haciéndose el desentendido. Caminó hacia el pequeño armario que había en una esquina y comenzó a hurgar algunos cajones que había en su interior hasta que encontró una cinta que pudo usar para atar su cabello. De no ser porque sería muy evidente, Katie hubiera dejado caer su mandíbula hasta el suelo. Adoraba que se hiciera esos moños prácticos que le quitaban el cabello de la cara y lo hacían lucir como un leñador con esa barba sin afeitar y esas cicatrices en los brazos. No le gustaba, de ningún modo posible, el hecho de saber que había obtenido esas cicatrices en procesos dolorosos, el pensarlo era doloroso hasta para ella, pero ahora que ya las tenía eran como parte de él, natural en su piel. Un Charlie sin cicatrices, sin esa piel que gritaba esfuerzo y dedicación, amor a su trabajo, no era Charlie. Se preguntó si tendría más en el pecho o la espalda, en las piernas, en algún lugar que a ella nunca se le permitiría ver.
Charlie, por su lado, se encontraba un poco perturbado. Como lo estaba pensando, no era vergüenza lo que lo detenía de ir y recostarse al otro lado de la cama en la que ella dormiría, era algo mucho más complejo, era la costumbre de tener una gran cama para él solo y despertar del mismo modo. ¿Cómo dormiría sabiendo que su pequeño cuerpo está al otro lado? ¿Qué haría si por accidente la toca? Era imposible para alguien tan inquieto como él no tocarla, no pensar en que podría pasarla a llevar, sentir la textura de sus piernas desnudas con solo ese bendito pantaloncillo corto cubriéndola. No era vergüenza, era tan solo ese sentimiento de peligro que lo embargaba y le impedía pensar correctamente. Él no era un depredador y Katie no era una presa, pero diablos, si lo presionaba de ese modo su mente le jugaría malas pasadas y con mucha frecuencia los días que le quedaban fingiendo ser su «novio».
— ¿Y bien? —preguntó ella bruscamente, quitándose los anillos de sus dedos y la pulsera con su nombre de su muñeca para poder dormir más cómoda.
Charlie, petrificado como nunca antes lo había estado ante una mujer, seguía dudando como si eso fuera una movida en el quidditch y él, como capitán, tuviera que decidir si eso era realmente bueno como estrategia o un fiasco total.
— ¿Somos amigos, Charles? —la joven cazadora cambió la técnica y suavizó el tono de voz. Charlie nunca antes estuvo más consciente de su manera tan única de llamarla por su nombre, el que le había puesto su madre al nacer y no ese diminutivo cariñoso que todos utilizaban.
— Sí, Kate. —respondió como un animal domado.
— Entonces ven y ocupa tu jodido lugar, tengo sueño y apagaré la luz dentro de poco. —le indicó entonces Katie, ignorando lo que sus inocentes acciones estaban causando. Eso no era parte de su plan ni de algún tipo de seducción deliberada, sin embargo, hasta ese momento había sido más efectivo que todo lo que había hecho a conciencia, incluyendo la mentira que tanto le carcomía por dentro.
Si tan solo supiera.
Charlie avanzó hacia la cama y se sentó al otro lado. Prácticamente la había dejado ganar y ambos lo supieron en ese mismo momento.
— Buenas noches, Charles. —contenta con haberlo convencido de dormir a su lado, se metió bajo las sábanas y cobertores y le dio la espalda tan solo para tener la libertad de sonreírle a la pared como una jovencita consiguiendo lo que más codicia.
— Buenas noches —respondió su amigo, imitándola, pero con un gesto de inseguridad respecto a toda la situación y a su propio comportamiento.
¿Qué rayos había sucedido?
