Capítulo 4
Un guía luminoso
Una bruma negra la abrazaba. Estaba de pie… aunque pensándolo bien, era como estar flotando en el aire, en el medio de la nada misma. ¿Esto era morir? ¿Dónde estaba?
Era extraño, no sentía miedo, ni dolor, ni culpa. A pesar de encontrarse en el lugar más oscuro y frío que jamás había estado, se sentía en paz.
— ¿Hola?—el eco se extendió hasta desaparecer. Aparentemente estaba sola.
Intentó mirarse los pies, pero no alcanzaba a visualizar nada. Era como estar en el medio de un enorme salón sellado y con acústica, pensó.
¿Y ahora? ¿Qué se suponía que debía hacer? Dio un par de pasos tratando de fijar su vista…pero nada. La bruma era demasiado espesa para llegar a ver algo a través de ella.
Pero de repente, un escalofrío le recorrió todas y cada una de las vértebras de su columna. Por instinto se dio la vuelta y observó cautelosa.
¿Qué es eso?—se acercó con cuidado.
Una pequeña luz color ámbar claro, danzaba a unos metros de donde se encontraba parada. Extendió su mano tratando de alcanzarla y para su gran sorpresa, una preciosa luciérnaga, no más grande que un botón, se posó en uno de sus dedos, agitando alegremente sus diminutas alas.
— ¿Qué haces tú aquí? ¿Estás perdida?...Igual yo—le confesó, mirándola encantada— ¿Y ahora qué haremos? ¿A dónde tenemos que ir?—y como si el diminuto animalito entendiera, se desprendió de su dedo lentamente para adentrarse en la bruma.
—Esto es ilógico ¿Se supone que tengo que seguirte? ¿Estoy hablando con una luciérnaga? ¡Genial! Lo que me faltaba ¡Me volví loca!—y negando con su cabeza, olvidó su racionalismo y la siguió.
Después de caminar varios minutos, aunque no estaba muy segura cuanto tiempo había pasado realmente. A lo lejos, pudo apreciar que un resplandor azul se filtraba entre la espesura. Respiró profundo y sin perder de vista a su guía, no detuvo su paso.
No lo podía creer. Se paró de golpe y miró asombrada.
¿Qué hacía el espejo de Oesed frente a ella y suspendido en el aire? La luciérnaga revoloteó unos instantes y se posó elegantemente en el marco tallado.
Harry le había hablado del espejo en su primer año en Hogwarts. No imaginó que fuera tan grande.
—Supongo que esperas que me mire en él ¿No?—le habló al animalito, que agitó sus alas efusivamente.
— ¡Muy bien!—pero justo en el momento que estaba por dar el único paso que la separaba de su reflejo, una brisa acompañada de un susurró, llegó a sus oídos:
Perdóname.
— ¿Q…quién eres?—preguntó turbada. La voz se le hacía familiar, pero no lograba asociarla.
Perdóname.
Volvió a escuchar.
— ¿Qué es lo que tengo que perdonar?—se estrujó los dedos, nerviosa y esperó, pero no hubo respuesta. Sólo el eco de su voz, se expandía a lo largo y a lo ancho, de ese interminable lugar.
Entre la voz susurrante y la luciérnaga que aparentemente entendía lo que le hablaba, el ambiente se estaba tornando un poco macabro. Se sintió intranquila, algo no andaba bien, lo olía…un olor como a…no, no podía ser.
Fijó sus ojos en el espejo y con paso apresurado, enfrentó lo que esperaba fuera su pronta salida de ahí.
— ¿Pero qué…? ¿Qué significa eso? ¡No!...Noooooo No es posible. Eso no es ciertooooo—y en una fracción de segundo, fue jalada hacia atrás.
Entre gritos desesperados, vio como la imagen más irracional, se alejaba de ella, al igual que un tren en curso, se aleja de una estación.
— ¡Enervate!
Abrió sus ojos de golpe, totalmente aterrada.
— ¿Dónde estoy?... ¿Fleur?... ¿Estoy a salvo? ¿No estoy muerta?—preguntó comenzando a llorar. Miró la sabana que la cubría, la levantó despacio y su llanto se hizo más fuerte— ¡Duele! ¡Duele horrible!
—Tranquila, lo mejor es que no te muevas—pidió la rubia, acercando su silla, al costado de la cama— ¡Toma! Te preparé esta poción. Tienes que bebértela toda, si no, las heridas no cerraran—le habló con cariño, entregándole la taza con un espeso liquido color marrón, que olía espantoso. Al ver la mueca de asco que había hecho la joven, agregó—Se que no tiene buena pinta, pero te ayudará, lo prometo.
Sin pensarlo dos veces, se incorporó a penas y se bebió todo. Asimilando el sabor amargo en su boca, se recostó y con manos temblorosas, le devolvió el tazón.
— ¿Fleur…? ¿Lo sabes, no? Sabes lo que me hizo.
—Hermione, yo…
—Por favor, no les digas nada. No quiero que me vean como…Nadie debe enterarse. Te lo suplico ¡Prométeme que no lo dirás! ¡Prométemelo!—le aferró su mano, suplicante.
—No diré nada, lo prometo, pero ahora tienes que dormir y descansar—no quería que se tensara más de lo que ya estaba y en el fondo, ella pensaba lo mismo. Era mejor que nadie se enterara de nada, por lo menos por ahora.
—Me duele mucho la cara…—se quejó, rozando con sus dedos una de sus mejillas.
—Lo sé. Pronto la poción hará efecto—le tranquilizó, acariciándole el cabello.
— ¿Por qué no morí, Fleur? Yo no debería estar aquí…Debería estar muerta.
—Shhh…—levantándose de su asiento, se acercó y acomodándose cuidadosamente a su lado, la abrazó protectoramente—Duerme, todo se verá mejor en la mañana—le aseguró, acurrucándola en sus brazos y dándole un beso en su frente.
Sus suspiros de angustia fueron cediendo, su respiración se hizo más acompasada y el dejo de lagrimas secas en su magullado rostro, dieron paso a el lugar donde todo era posible…incluso para ella, incluso para su desgarrada alma. Sólo en los sueños, la vida no parecía tan complicada y en ese momento, era lo que Hermione necesitaba con desespero, una oportunidad para escapar…
— ¿Otra vez aquí? ¿Otra vez tú?
Un pequeño animalito, revoloteo a su lado, feliz de volver a verla.
— ¿Y bien? ¿Cómo se encuentra?—Harry era un manojo de nervios acumulados. Hacía tres horas que estaban aguardando por noticias.
Luna había preparado unas infusiones y ahora el reducido grupo se encontraba alrededor de la mesa.
—Nada bien—confesó, sirviéndose un poco de té, y mirando con preocupación a su marido.
—Pero… se recuperara ¿Verdad?—quiso saber Ron, conteniendo las lagrimas.
—Ya le suministré todo lo que teníamos, pero lo que más me preocupan, son sus piernas, las puñaladas fueron muy profundas. Rozaron el hueso y no creo que de resultado la poción que le di.
—Bellatrix, la pagará ¡Lo juro!—escupió el pelirrojo, con profundo odio.
— ¿Y entonces qué haremos?—preguntó Bill.
—No lo sé, Bill. Necesitamos medicamentos y por supuesto, está de más decir, que no es recomendable trasladarla. Por lo tanto, yo me quedaré con ella. Será lo mejor.
— ¿Segura? ¿No quieres que me quede?
—No cariño, creo que puedo manejarlo. Además será fundamental que te marches con ellos, ahora sin Hermione, necesitaran toda la ayuda posible—concluyó.
—Gracias, Fleur—agradeció Harry—Nosotros nos encargaremos de hacerte llegar todo lo que necesites. Los medicamentos, ya sé donde conseguirlos.
— ¿Dónde iremos ahora, Harry?—inquirió Ron.
—A la bóveda de Bellatrix.
— ¿QUEEE? ¿Eso es muy arriesgado?
—Sí, Ron, pero no por nada esa asesina casi mata a nuestra amiga. Es obvio que algo esconde en esa bóveda.
—Muy bien ¿Y cómo se su pone que entraremos?
—Creo que tengo la respuesta—cortó Fleur, levantándose de su asiento y dirigiéndose a las escaleras. Pero antes de subir el primer escalón, agregó— Necesitaran a Luna, para que funcione.
— ¿A Luna?—preguntó Bill extrañado.
—Sí, para la poción multijugos. De seguro, Fleur, encontró más que un cabello, en la ropa de Hermione—contestó Luna, sabiendo exactamente lo que la rubia pretendía buscar.
—No, no, no. No arriesgaré la vida de más nadie—frenó Harry.
—Tranquilo, Harry. ¡Quiero ayudar! Además siempre me ha gustado actuar—dijo tranquila, observando el llama ángeles Muggle, que colgaba de la puerta de entrada.
— ¡Nos descubrirán! No lo lograremos, no con Luna—le susurró Ron a su amigo.
—Iré a hablar con el duende—ignoró lo dicho por su amigo y subió las escaleras junto con Fleur. Era el único plan que tenían, por lo tanto, si lograba convencerlo de que los llevara hasta allí y así, encontrar otro pedazo de su alma, estarían más cerca de vencerlo. Confiaba en que Luna estuviera a la altura de la situación. Hermione lo hubiera hecho fantástico, pensó. Una oleada de tristeza lo atravesó, vio como la rubia se adentraba en la habitación que se encontraba su amiga y frenándose un momento, musitó: ¡Juro que vengaré todo lo que te ha hecho!
Ahora tenía una nueva razón, que se sumaba a la gran lista. Quería vencerlo, quería terminar de una vez por todas con ese ser despreciable. Y con renovadas energías, se apresuró en subir los últimos escalones, que le separaban de la única puerta del tercer piso. Golpeó tres veces y entró, dispuesto a negociar:
—Necesito hablar con usted, Griphook.
Era el momento…El nerviosismo hacía más insoportable la espera.
— ¡Ahí viene!—avisó Bill.
— ¿Bien?... ¿Cómo me veo?—preguntó Luna, extendiendo sus brazos.
— ¡Horrenda!—contestó Ron.
— ¿Le puede dar la espada a Luna, Griphook?—pidió Harry.
— ¡Cuídense! ¡Tengan mucho cuidado!— Fleur se despidió de todos con un abrazo.
— ¡Cuídala mucho!
—No te preocupes, Ron. Estaremos bien—y con un último adiós, la rubia volvió a entrar en la cabaña.
Harry, Ron, Luna y Bill, hicieron un círculo, uniendo sus manos.
—Contamos con usted, Griphook. Si burlamos a los guardias y llegamos a la bóveda, la espada es suya.
El duende se acercó conforme y posando su palma por encima de las demás, desaparecieron en una giratoria nube negra.
El atardecer dio paso a un cielo repleto de estrellas parpadeantes, el sonido de las olas rompiendo en la orilla, llegaba como bálsamo a la única habitación iluminada por farolas encantadas.
Se removió inquieta, su respiración se agitó y un sudor frío, llegó acompañado de gemidos angustiosos. Fleur se aproximó y le tocó la frente. Efectivamente, el medicamento no estaba ayudando en nada, tenía fiebre, y la única manera que se le ocurría para poder frenarla, era al estilo Muggle, paños fríos y paciencia…Decidió cambiar primero las vendas y luego traer la palangana con agua helada para bajarle la temperatura.
Retorciéndose entre las sabanas, Hermione balbuceaba desesperada, como tratando de librarse de una horrenda pesadilla, pero sin éxito. Y caminando entre la conciencia y el delirio, se dio cuenta, que ya no se trataba de un simple sueño…Su mente la estaba castigando, porque se lo había ganado, lo merecía, merecía el castigo y mucho más…o eso creía en su fragmentado razonamiento.
— No quiero estar aquí, ¿Por qué me muestras eso?
Perdóname.
—Noooooooooooooooo.
