Unbreakable Vow 4
Tendremos todo el tiempo del mundo
John se aburría. Se venía aburriendo desde… meses atrás. Claro, todo se debía a que el señor celebridad, James Sirius Potter, Head Boy, se tomaba muy en serio su trabajo. Lo cual era una aberración, pues un año antes se la pasaba tonteando a pesar de ser Prefecto de Gryffindor. Ahora era todo lo contrario, parecía que se había dejado el gancho de la ropa en la espalda, no se podía ni siquiera reír en su presencia. Había instaurado reuniones para los Prefectos, todos los días a las 8 de la noche. Por lo menos uno por cada año debía asistir, mientras los otros continuaban con sus actividades acostumbradas.
Por alguna extraña razón, al principio del año, Neville Longbottom, su Jefe de Casa, le informó que sería Prefecto. Pensó que todo estaría bien, pero era uno de los trabajos más aburridos del mundo y que no pensaba que tuviera que realizar. Aunque, ¿alguna vez había renunciado un Prefecto? Tal vez él sería el primero y le parecía algo tentador y ya lo habría hecho sino fuera porque Molly también era ahora uno de ellos y se habían puesto de acuerdo para acudir a las reuniones juntos.
Mientras Potter hablaba y hablaba, sólo algo le llamó la atención, la mención de un robo. Durante los días previos habían sustraído varios objetos personales de las habitaciones de los Slytherin, seguramente su colección de escamas, pensó John. Olvidó aquello, con seguridad habría algo para identificar al ladrón que no podía ser más que alguno de ellos, porque ningún otro podría entrar a su sala común. La Prefecta de Slytherin, una viborita llamada Irene Adler, parecía muy indignada y aseguraba que se habían hecho las investigaciones adecuadas para descartar que cualquiera de la casa hubiera cometido aquello.
Se despidió de Molly y se alejó lo más pronto posible, antes de que Potter lo viera y atrapara a los tres Prefectos de Gryffindor en un interminable monologo sobre los deberes y obligaciones que conllevaba un honor tan alto. Corrió literalmente a la biblioteca. Esta vez el tema eran las debilidades de los vampiros. La luz de sol obviamente. O eso querían creer. John le había reiterado a Sherlock que muchas veces no es tan sencillo como parece y la tradición puede decir algo que no es enteramente cierto. Por lo mismo, debían ser muy cuidadosos y de preferencia, perfeccionar todos los hechizos ofensivos y defensivos posibles.
No era como si tuvieran un vampiro para practicar.
-¡Sherlock! –dijo en cuanto lo vio sentado con un libro inmenso y que parecía podría desmoronarse en cualquier momento.
-John, he recopilado cerca de cuarenta menciones de vampirismo en la zona en dónde estuvimos, seguramente podrás ayudarme a decidir qué es real de todo esto. –dijo. Lo miró y supo que por primera vez estaba cansado, su mente había estado trabajando a todo lo que daba desde que George los sacó del Cáucaso y no se había detenido. La única manera de hacerlo, de lograr que su cerebro se desconectara aunque fuera por unos momentos era si John hacía cierta cosa. Al principio, cuando habían sido un par de besos, John pensó que era un sueño; ahora sabía que era real y que cada beso lo acercaba más a un punto sin retorno, donde finalmente podría admitir lo que Sherlock le hacía sentir.
Lo besó. Habían cambiado ligeramente los besos, de ser un roce de labios a permanecer un poco más sobre los mismos, a moverlos tentativamente, a probar una sola ocasión con la lengua, porque tenía mucha curiosidad sobre qué lo haría sentir. O más bien a qué sabría si es que fuera enteramente sincero. Sherlock pasó sus brazos por detrás de su cuello y comenzó a respirar muy rápido. Sabía que debía detenerse, por lo que John se retiró y trató de ocultar su sonrojo.
-No te detengas –dijo Sherlock casi con un jadeo y eso lo convenció de que debía alejarse hasta físicamente de él. Tiene doce años, tiene doce años. Y nada de lo que pasaba últimamente por su mente era adecuado para esa edad. Además, tenían que poner en práctica lo que se le había ocurrido, finalmente había precedentes y él como Prefecto, podía andar fuera del horario en los corredores.
-Tengo una idea –le dijo a Sherlock y desapareció por entre los pasillos de la biblioteca para esperarlo en la entrada. Finalmente apareció, con una expresión entre enojada y dolida. Lo comprendía, pero John pensaba que podrían tener mucho tiempo después para eso, cuando ambos fueran adultos, cuando no estuvieran en la escuela.
Llegaron al séptimo piso cuidando que nadie los viera, aunque realmente no pasaría nada, debido a que, a pesar de ser un Ravenclaw, al estar en compañía de John, le permitía caminar a horas inadecuadas de la noche sin tener ninguna consecuencia. Pero no les gustaba que hablaran más de ellos, de por si la gente susurraba a sus espaldas por razones que ninguno comprendía.
John se concentró de verdad en su necesidad de un lugar con ciertas especificaciones para practicar la magia que había aprendido. Cuando abrieron la puerta encontraron aquel paisaje del que habían huido, esa ciudad desierta tras el anochecer y la misma sensación de que "algo" los observaba. Pese a saber que estaban en Hogwarts, Sherlock hizo lo que solía hace ante el peligro, acercarse a John en busca de lo que fuera que sólo encontraba en John.
Lo que fuera que los observara, aunque John sabía lo que era, se movía con excesiva velocidad a su alrededor, en cosa de segundos estaría sobre de ellos.
-Aresto Momentum –dijo John y el movimiento se volvió lento y pudieron verlo, la figura parecía más alta de lo usual, tal vez dos metros, de largas extremidades y piel blanca como la misma nieve. Los ojos eran más grandes, de inmensas pupilas negras y dientes expuestos en una mueca que parecía dolorosa. John sabía que no era real y aun así sintió el escalofrío más horroroso de su vida.
-Confringo –dijo Sherlock recordando lo que se suponía que habían platicado una y otra vez. John trataría de protegerlos y Sherlock de atacarlos, era obvio que de los dos el mejor atacante era él y por lo mismo, debía tomar siempre la iniciativa. Algo que también estaba claro era que debían controlar era la desaparición, pero para ello necesitaban pasar exámenes y obtener permisos, por lo que sería lo último que harían. Cuando el hechizo tocó al ser que seguía corriendo alrededor de ellos, lo tiró al suelo y lo hizo explotar causando una llamarada.
La recreación terminó y el boggart regresó con inmensos trabajos a un armario cercano donde John lo encerró con cuidado. Tendrían que regresar una y otra vez, tendrían que perfeccionar su dominio de hechizos y maldiciones, lo que fuera que les pudiera ayudar cuando regresaran a aquel lugar.
-John –dijo Sherlock. No quería voltear a verlo, sabía que encontraría esa mirada necesitada de "lo que fuera" y no quería tener que rechazarlo y alejarlo una vez más, tendrían tiempo, se decía una y otra vez, tendrían mucho tiempo.
-Los boggart no recrean con exactitud lo que imitan, tendremos que conseguir alguna otra cosa que nos ayude a practicar en un futuro –dijo con rapidez, pero antes de agregar algo más, sintió en su mano, la mano de Sherlock. Lo abrazó por detrás, con fuerza, como el día en que volaron en hipogrifo y en ese abrazo estaba todo, montones de sentimientos que ninguno entendía, que ninguno sabía cómo expresar.
Tendremos tiempo.
Tengo la estúpida mente en blanco
-No sé nada –sentenció John y se dejó caer en el piso de la biblioteca. No era el único entrando en una especie de trauma emocional, varios de sus compañeros de quinto año, de diferentes casas, estaban en la misma situación. Faltaba un día para comenzar los exámenes, los T.I.M.O. y eso estaba provocando crisis en todos. No estaban acostumbrados una presión tan grande y John estaba convencido de que lo que había aprendido, se le había olvidado por completo.
-Por supuesto que sabes algo, sabes cantidad de hechizos que no vienen en ningún examen –dijo Molly un poco en tono de burla, lo cual era muy impropio de ella, sin embargo, se sentía muy poco complaciente en ese momento.
-No estás ayudando Molly –dijo John sin levantarse del piso, cerró los ojos y recordó las horas previas al lado de Sherlock. Estaban a veinte días de terminar otro año y era bastante bueno, podrían regresar al lado de sus padres, quienes ahora estaban en Australia. Le gustaba Australia y seguro sería del agrado de Sherlock, con multitud de animales ponzoñosos (y sobretodo, no mágicos) para poder experimentar. Él le había asegurado que no tenía que temer, que podría demostrar todo lo que sabía en cualquier momento y que sus conocimientos eran superiores a los necesarios.
-No eres un completo idiota -le dijo, para maravilla de John. Eso había sido perfecto, el mayor halago que pudiera recibir de su parte.
-Oh wow Sherlock, muchas gracias –respondió entre risas. Habían terminado una práctica más en la Sala de Menesteres y estaban cansados hasta decir basta.
-Pon la mente en blanco –dijo él y John quiso decirle que era imposible, que tenía tantas cosas en las que pensar que olvidar todas y cada una de ellas era sumamente difícil de conseguir. Pero antes de poder expresar nada, Sherlock acortó la distancia entre ambos y lo besó. De nuevo, los besos habían cambiado haciendo que John pensara que avanzaban con demasiada rapidez. "Tendremos tiempo", era lo que siempre se repetía cuando sentía que la lengua de él pedía permiso para entrar a su boca. "Esto no debería estar pasando" y sin embargo, siempre le daba permiso porque cuando estaba así con Sherlock, no podía pensar en nada, simplemente se desconectaba.
-Tengo la estúpida mente en blanco –dijo y ambos intercambiaron sonrisas.
Molly le estaba picando las costillas para tratar de que reaccionara, pero tenía, de verdad, la mente en blanco y poco a poco lo que debía saber iba fluyendo, lo cual era un suerte porque el primer examen era en dos horas y era en sí, el que menos le preocupaba. No podía fallar en Encantamientos, hubiera sido muy desagradable que así fuera.
Molly lo arrastró hasta el comedor donde, por alguna razón, no se encontró a Sherlock, de hecho, los días pasaron y examen tras examen, y no veía a Sherlock. Cada vez recreaba con más intensidad aquel día y su mente se desconectaba el tiempo justo para recordar lo que debía, así que pasó por toda la semana hasta que el sábado y el domingo tuvo que esforzarse lo doble pues el miércoles tenía que presentar dos exámenes, uno tras el otro y no tendría tiempo de estudiar para ambos. Sentía que podría enloquecer y más porque llevaba dos años pegado al Ravenclaw y no verlo, era… raro.
El jueves de la segunda semana, última día de exámenes, se encontró en la puerta de la Sala de Menesteres, cuando la abrió, había un largo campo de juncos verdes que se movían ligeramente con el viento. Sherlock estaba sentado entre ellos y podía ver su cabeza llena de rizos negros. Si algo debía aceptar era que el chico de trece años seguía creciendo, mientras que él, casi a los dieciséis años, parecía estancarse, medía 1.69 cm y su madre decía que tal vez podría crecer un poco más. Pero Jon pensaba que no sería así y la distancia entre Sherlock y él era cada vez menos evidente.
-¿Cómo te fue? –le preguntó, aunque no creía necesario hacerlo. Confiaba en John, demasiado y estas eran sólo clases, cosas teóricas y cuestión de memoria. Él, en cambio, sabía que en el momento que ambos tuvieran que enfrentar aquello que se habían propuesto, podría poner su vida en sus manos sin pensarlo siquiera por un segundo.
-Lo sabremos pronto, aunque creo que fue me fue impresionantemente bien –respondió John con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba muy cansando y se alegraba de poder volver a estar con Sherlock.
Y entonces se durmió, porque era lo que necesitaba, porque no había descansado en días, porque quería sobresalir, porque quería ser el mejor, porque quería poderlo proteger cuando dependiera de él, cuando estuviera en sus manos, cuando fuera de verdad, de vida o muerte.
No eres de este mundo, ni del otro. Eres de mi mundo.
Terminado el año y para festejar el hecho de que, para sorpresa de John, había obtenido sólo calificaciones Extraordinarias; se quedaron una semana en Londres. A John le gustaba la ciudad, cuando sus padres tenían que pasar algunas semanas en la misma, vivían como muggles. Lo tomaban como experimento de campo y por supuesto que era algo muy raro, pero le había servido a John para saber comportarse como persona "normal" entre millones de personas no mágicas.
El lugar a donde Mycroft los envió fue un pequeño y acogedor departamento en la calle Baker, el número, 221B. Ahí, una squib muy amable les dio la bienvenida, Martha Hudson, quien a pesar de repetir mil veces que no era su ama de casa, les ayudaba en todo lo que podía. Al principio Sherlock no entendió el porqué John quería pasar una semana como muggle, hasta que se dejó llevar por el Gryffindor sin poner demasiado resistencia. Podían caminar por las calles, sentarse en un parque, "comer" en una cafetería, ver una película. Todo era muy sencillo, nada tenía reglas muy precisas, se sentía bastante libre.
De repente pudo imaginarlo, viviendo con John, sin tener de esconderse, siendo capaz de hacer lo mismo que hacían sus padres en recónditos lugares del planeta. Viviendo al lado de los muggles, como si no fueran diferentes.
Un día antes de ir a Australia John repasaba sus pergaminos, las notas que había estado recopilando ahora eran muy extensas y creía necesario ponerlas en orden antes de cualquier otra cosa. Pero algo faltaba y tuvo que repasar hoja por hoja hasta convencerse que de verdad, no estaba un mapa que había dibujado.
-Sherlock –dijo y sólo obtuvo por respuesta una especie de gruñido desde el sillón.- ¿Recuerdas que te dije que había habido unos robos en Slytherin a principio de año?
-Si, y unos cuantos más en todas las casas –respondió.
-Pues al parecer a nosotros también nos robaron –dijo y al instante tenía al Ravenclaw a su lado, inspeccionando de nuevo los pergaminos hasta convencerse de que de verdad, el mapa que John había dibujado, donde se especificaban todos los encuentros con vampiros de la región del Cáucaso, había desaparecido.
La señora Hudson entró justo en ese instante, ninguno de los dos consideró necesario detener su conversación, lo que fuera, lo podían comentar frente a ella, se había ganado su confianza.
-La segunda vez que tocamos en tema, los Prefectos estaban muy enojados, una chica de Slytherin, Ana Merup, exigía que se aclarara el tema, pero después de las vacaciones de invierno, no volvió a suceder.
-¿Qué se te perdió querido? –preguntó la señora Hudson.
-Un mapa del Cáucaso que dibujé–respondió John.
-La familia Pávlov ha vivido ahí desde siempre, podrías preguntarle a tu amiga Ana, seguro te ayuda a dibujar uno de nuevo –dijo ella y ambos chicos la miraron extrañados.
-¿Ana Merup? –preguntaron al mismo tiempo.
-Claro, los Merup y los Pávlov son la misma familia, pero una de las hermanas se casó con un inglés.
-Sherrinford era Slytherin –dijo de repente Sherlock y muchas cosas hicieron click en ese segundo gracias a un pedazo de información que parecía obvio, pero no lo era en absoluto. Los robos habían sido para encubrir la desaparición de ese pergamino en cuestión. Durante todo este tiempo había habido una persona que sabía algo sobre la desaparición del hermano de Sherlock, pero ninguno había hecho la relación porque Ana era más inglesa que la reina. Entre los Slytherin estaba la respuesta, por lo que no tenían otra opción que infiltrarse entre ellos.
Lo cual era repugnante.
-Sherlock –dijo finalmente después de un buen rato de silencio.- ¿Recuerdas el mapa?
-Está en mi Palacio Mental –respondió y se acostó en el sillón, estiró su cuerpo y se relajó, cerró los ojos y tomó la mano de John.
Pasaron tres horas, debía de haberlo guardado en un lugar muy recóndito, no lo culpaba, tal vez lo había visto unas dos veces mientras John lo dibujaba, basado en lo que iban encontrando en libros y relatos. Cuando por fin abrió los ojos, dio un saltó y cogió un pergamino en blanco, lo dibujó lo mejor que pudo y John sabía que faltaban algunos detalles, porque no lo había visto ya terminado.
Era maravilloso, la manera en que podía hacer eso, jamás olvidar algo si es que ese era su propósito, era increíble y jamás se cansaría de decírselo y demostrárselo.
-Te quiero –fue lo que dijo en vez de todas las alabanzas que pensaba y escucharlo lo sorprendió. Sherlock detuvo el movimiento de su mano y lo miró sonriendo. Ah, así que esta es la manera en que se siente aceptar finalmente lo que uno siente, pensó John. Era tan liberador, tan precioso.
-Yo también te quiero John –respondió Sherlock- y recuérdalo muy bien porque no te lo voy a andar diciendo cada cinco segundos como niñita enamorada.
Por supuesto, así es como se siente que te regresen el sentimiento. A su manera claro, John no pedía otra cosa.
Gracias por seguir leyendo.
Tres capítulos en menos de 6 horas!
Wow, esperen los dos últimos para más tarde.
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