El Caballero Oscuro Ket lanzó su ataque contra el Lobo Tecnológico, que estaba en modo de defensa. Un gemido escapó del público, al ver la diferencia de puntos que garantizaba inmediatamente la destrucción de la carta máquina. Pero, una carta boca abajo fue descubierta, dejando ver la carta Coraza Metálica, que aumentaba en 200 puntos la defensa de cualquier carta de tipo máquina. Los espectadores contuvieron el aliento, pero del otro lado fue activada la carta mágica Doble Ataque Oscuro, duplicando el poder de ataque del Caballero Oscuro...

- ¿Qué opinas, Yugi? - preguntó Tristán, al pequeño campeón que seguía atentamente el duelo.

- Todavía tiene posibilidades. La baraja de Jörgen depende demasiado de sus monstruos de oscuridad - respondió el joven - Y no olvides que la luz siempre es más poderosa que...

Una ovación interrumpió sus palabras en el momento en que el Caballero Oscuro hacía una brocheta con el Lobo Tecnológico. Los puntos de vida bajaron a una velocidad alarmante.

- O, quizás, a veces la oscuridad es más fuerte... - admitió Yugi, con una sonrisa.

- Tú lo sabes... Después de todo, tu carta más poderosa es de tipo Oscuridad - reflexionó Tristán - Al igual que la tuya, ¿no, Joey? - preguntó, volviéndose hacia el rubio quien, apoyado contra la barandilla, miraba también el duelo que se desarrollaba frente a ellos - ¡Hey! ¡Tierra llamando a Wheeler! - ahuecó las manos como bocina, al no recibir respuesta - ¡JOEY!

- ¡Basta, Tristán! ¡No molestes! - Joey alejó a su amigo de un manotazo.

- Es que estabas más perdido que en la luna. Te pareces a Kit. ¿Acaso ya te contagiaste de tu gatito? - preguntó otro joven con sorna.

- ¡NO ES MI GATITO! - aulló Joey

Los espectadores que los que los rodeaban, adolescentes la mayoría, se giraron hacia ellos bastante molestos y varios les chistaron, para que se callaran. Hay pocas cosas más latosas que la gente que habla en medio de un espectáculo. ¡Si no querían ver el duelo, había gente que sí! Justo ahora que se estaba poniendo interesante... Yugi, avergonzado, pidió disculpas en nombre de sus amigos, quienes se miraban con expresión de lince encrespado.

- ¡Caramba que estás susceptible! Nunca te molestó que le dijésemos "Kitten" - masculló el moreno, fastidiado.

- Tristán, mira... Allí hay unas chicas solas, que parecen no entender nada del duelo. ¿Por qué no vas a tontear con ellas en lugar de meterte en mis cosas?

- Viejo, no sé qué mosco te picó, pero últimamente estás in-so-por-ta-ble - silabeó Tristán, antes de alejarse en pos del grupito de mocosas que, efectivamente, estaban mirando el espectáculo pero con cara de no entender qué hacían esas cosas con aspecto extraño en medio del playón.

- Joey... - empezó Yugi, con el reproche pintado en sus enormes ojos violetas. ¡Ah, no! Ya iba a empezar a poner esa carita de cachorro a medio morir, que era capaz de hacer sentir culpable hasta al Santo Padre.

- No empieces tú también, Yug... - cortó el aludido y se volvió para seguir mirando, sin ver, el duelo que estaba en sus fases finales.

Yugi hizo como que también observaba el duelo y, pese a sus muchas ganas, aguantó un tiempo récord sin regañar al rubio por su actitud.

- Joey, estás actuando injustamente con Tristán. Él sólo se preocupa por ti... - murmuró el pequeño, dos minutos después - Hace unos días que estás raro, distraído... y contestas mal a todo el mundo. Todos lo hemos notado...

- Hn... - fue la poco característica respuesta.

- Sabes que puedes contar con tus amigos para cualquier cosa - ofreció Yugi, con esa santurrona sinceridad que, por más que fuera fastidiosa a veces, hacía que fuera imposible molestarse con él - ¿Te sucede algo? ¿Es el trabajo, los estudios?... ¿Es Kit? ¿Tienes algún problema con él?

Joey suspiró. No, no tenía un problema CON el chico de los ojos azules; el chico de los ojos azules ERA un problema. Y no solamente uno... Pasemos lista.

Problema número uno y, como lo indica el ordinal, el que había iniciado todo eso: el beso. Joey se había dicho una y mil veces que NO había sido un beso. No, nada de eso. Sólo habían juntado sus labios. Claro que eso no era un beso. ¿Y entonces, qué era? ¿Acaso le estaba dando respiración de boca a boca? De acuerdo, el castaño estaba en crisis, y él había intentado contenerlo y había quedado conmovido por la suavidad de la piel y hechizado por los brillantes ojos azules y... y... ¡Está bien! Lo admitía. Había sido un beso, a toda regla, y aunque inexperto, suave y hasta un poco torpe... le había gustado.

Y eso llevaba al problema número dos: él no era homosexual. Nunca, ni de casualidad, le habían gustado los hombres. Era vox populi lo enamorado que había estado de May Valentine unos años atrás. Inclusive había tenido su primera experiencia sexual con la exuberante duelista rubia y ésta fue más que satisfactoria. Quizás hubieran seguido juntos, si ella no hubiese estado tan sumergida en su carrera, al punto que decidió mudarse a Europa... más concretamente, a Italia. El "romance" se había terminado amistosamente y de común acuerdo. Después de May había tenido algunas más, aquí y allá, conquistas ocasionales, amores de una sola noche o, cuanto mucho, un par de semanas... ¡Pero todas, ABSOLUTAMENTE todas, eran mujeres! ¡Hembras! ¡Personas de sexo femenino! Entonces... ¿qué demonios hacía él besando a otro hombre? Porque el castaño tenía ciertos problemillas, especialmente mentales, ¡pero de ninguna manera su físico podía ser confundido con el de una mujer! Tenía un cuerpo alto, de músculos firmes y naturalmente esculpidos, piernas largas, espaldas anchas... perfecta, completa y decididamente masculino. Arrebatadoramente masculino. Sensualmente masculino...

¡Oh, sí! Ése era precisamente el problema número tres: todo, pero absolutamente todo, en el chico de cabellos castaños le empezaba a resultar seductor. Ni hablar de cosas normales, como el sedoso cabello, el maravilloso color de los ojos, la finura de los rasgos de su rostro, etc. Cuando se dice todo, ES todo. Le volvía loco la forma en que inclinaba la cabeza para ocultarse tras la cortina lacia de su cabellera, la expresión ausente y pensativa con la que se quedaba horas mirando el infinito, el modo en el que entrecerraba los ojos cuando el sueño empezaba a dominarlo, la costumbre que tenía de envolver con las delgadas manos una taza de café caliente a la hora del desayuno, la textura de los labios, la curva del cuello, la forma encogida en la que dormía... ¡Cuando se dio cuenta de que consideraba seductor hasta su modo de estornudar, Joey supo que realmente estaba en aprietos!

- ¡Jörgen Sagesmuller ha resultado el ganador de este duelo! - sonó la voz metálica del comentarista por los parlantes, sobresaltando al rubio - Con esto, queda asegurada su participación en el próximo Torneo a celebrarse en...

La gritería del grupo de fans que, al parecer tenía el duelista vencedor ahogó las últimas palabras. El chico, de unos catorce años, ojos negros y cabello del mismo color peinado en un extraño estilo, subió al estrado con una sonrisa arrogante. Guiñó un ojo a unas mocositas que casi se desmayan al verlo y aceptó el premio con una naturalidad tan desenvuelta que hacía presagiar en él a un nuevo Duke Deabling, como si el original ya no fuera lo suficientemente pedante.

- ¡Agradecemos al actual campeón Yugi Motou y a su compañero Joseph Wheeler por el extraordinario duelo de exhibición que presenciamos a principio de la competencia! - continuó el comentarista.

Dos jóvenes promotoras, bonitas y muy escasa ropa bajaron del escenario y se acercaron a ellos. Joey dedicó una sonrisa y una inclinación de agradecimiento a la morena que le entregó unas plaquitas conmemorativas, de las que ya tenía varias docenas.

- ¡Aficionados al Duelo de Monstruos, eso es todo! ¡Hasta el próximo torneo! - tronó el anunciador.

El público se empezó a dispersar. Yugi, sonrojado hasta las orejas, repartió unas sonrisas a sus admiradores, murmuró unas palabras con timidez y, finalmente, propuso a su amigo que se reunieran con los demás. Bajaron unos escalones y se pusieron a esperar, en la sombra, a que Tristán terminara de despedirse de las chicas, con las que parecía haber hecho buenas migas en pocos minutos. La promotora que le entregara la medalla pasó junto a Joey y él la miró fijamente: sí, era muy hermosa y el diminuto traje de baño delineaba unos senos y un cuerpo muy deseable. La chica le devolvió la sonrisa y una mirada seductora, ensayada y profesional. Después de todo, le pagaban para hacerlo. ¡Bien!, pensó Joey... como sea, aún le atraían las mujeres. ¿Y entonces?

Siguiendo con su lista, el problema número cuatro era... ¿a quién pedir consejo? ¿A Tristán? El súper-macho-pero-poco-imaginativo Tristán Taylor probablemente primero se reiría, luego no le creería, luego se reiría un poco más, para terminar diciendo alguna brillantez tipo "Pero Joey, si te gusta un hombre, eso te haría gay y tú no lo eres, ¿o sí?". Descartado. ¿A Tea? La embajadora permanente de la amistad era buena compañera y una buena consejera y en cualquier otra circunstancia, Joey hubiera acudido a ella. Pero tenía un punto en contra fundamental: era mujer. ¿Cómo hacerle entender a una chica el embrollo mental que suponía para un hombre encontrar atractivo alguien de su mismo sexo? También descartada.

Última opción: Yugi. El enano era un genio en el Duelo de Monstruos, un especialista en meterse en cosas raras, en salvar al mundo y en arrastrar involuntariamente a sus amigos en aventuras peligrosísimas... pero era una completa nulidad en temas amorosos. Tan tímido era con las mujeres, tan distraído (o indiferente) al hecho que había muchas que babeaban por él (o por su fama) que Joey apostaba la cabeza a que aún era virgen. Desde ese punto de vista, no había mucha diferencia a pedir consejo a una mujer, aunque... pensándolo bien...

- Yugi, tú eres mi amigo, ¿no es cierto? - preguntó y los enormes ojos violetas se volvieron hacia él, atentos y confiables - Acabas de decir que puedo contar contigo...

- Seguro, Joey. Para cualquier cosa...

- Si te cuento algo, ¿prometes no hacer muchas preguntas, guardar el secreto y confiar en mí?

El pequeño campeón asintió y Joey echó una mirada sobre su hombro para asegurarse que no hubiera moros (léase Tristán) en la costa. Satisfecho con el hecho que el joven moreno todavía estaba hablando con las chicas, tomó aire y soltó.

- ¿Alguna vez has... encontrado...? - dudó - ¿Alguna vez... te has sentido... atraído por otro hombre?

Las mejillas de Yugi se pusieron rojas en un solo segundo. ¡Oh! ¡Así que el enano no era tan ingenuo como parecía! ¡Las cosas que uno descubría, ¿no?

- Sí - admitió.

- ¿Te pareció raro? Es decir... ¿qué hiciste?

Yugi suspiró, bajó la cabeza y empezó a hablar con suavidad, vacilante.

- Nada. No hice nada y me arrepiento de eso. Él estaba muy cerca de mí y me gustaba... ya sabes, como normalmente un hombre gusta de una mujer, pero... era complicado. Y además, había alguien muy cercano a mí a quien también le gustaba él. Y... siempre sentí que nuestra conexión era más que "especial" como él la llamaba, pero... creo que él también se sentía así y fue un poco incómodo, lo admito. Luego se fue para siempre y...

¡Un momento! Joey empezó a atar cabos: alguien muy cercano, conexión especial, alguien que también gustaba de la misma persona, se había ido para siempre... ¡Oia! ¡Así que por ahí venía la cosa con esos dos! Hummm... Aunque no había resuelto su dilema, mejor dejaba las cosas así, antes que Yugi terminara por echarse a llorar en medio de la playa y él tuviera que consolarlo como si fuera su hermana mayor. Por cierto... tenía que dejar de pensar en términos femeninos ¡urgentemente!

- ¿Por qué me preguntaste, Joey? - inquirió Yugi, secándose los ojos con el dorso de la mano.

- Por nada. Simple curiosidad. ¡Oh, mira! Ahí viene Tristán - nunca se había sentido tan feliz de ver que el moreno se acercaba a ellos - ¿Cómo te fue?

- Recuérdame agradecerte tu malhumor, viejo. Les di un curso acelerado de Duelo de Monstruos y ¡mira! Conseguí los números de teléfono de tres - rió el aludido, mostrando tres trocitos de papel con algo apuntado en cada uno de ellos - ¿Ya terminó el duelo? ¿Quién ganó?

- Jörgen... Lo anunciaron por todos los altavoces. ¿No lo escuchaste?

- Estaba prestando atención a otras cosas - rió Tristán - Así que Jörgen... Va a ser interesante ver cómo se las arregla en el Torneo. A propósito, ¿van a participar, no?

- ¿El Torneo? - preguntó Joey.

- Bueno, éstas fueron las finales de la región. Los finalistas de todo el país disputarán un último torneo para elegir al mejor del país, que se enfrentará a los campeones de cada nación en el Torneo Internacional - explicó Yugi, mientras los tres salían del paraninfo.

- ¿Torneo Internacional? ¿Y quién lo patrocina?

- Kaiba Corp, por supuesto - informó Yugi con naturalidad.

- ¡¿Y a mí no me invitaron? ¡El Gran Joey Wheeler no va a participar! - el rubio levantó un puño como si fuera a golpear a alguien - ¡Ese ricachón engreído me las va a...!

- Calma, Joey. Las invitaciones aún no fueron cursadas - lo detuvo Yugi - Aún no hay una fecha definitiva y sabes bien que a Kaiba le gusta dejar el suspenso hasta el final. Ni siquiera a mí me avisaron...

- Ah, bueno... - Joey alisó las plumas que se le habían encrespado.

- ¿Kaiba participará? - preguntó Tristán.

- Es casi seguro que sí. Después de todo, es el organizador y principal patrocinador

- El torneo se pondrá interesante, entonces. Y podrías aprovechar para preguntar a Kaiba si no se le perdió un gemelo en alguna parte - rió Tristán y Joey estuvo a punto de golpearlo - Ya, tranquilo, que era broma. A propósito: ¿dónde está Kit? Normalmente no se despega de ti.

- Sabes que no le gustan los duelos... Lo dejé con Tea.

- ¿Con Tea?

- Sí, después que ella me juró que no intentaría probar, de nuevo, su última teoría psicológica con él. Están tras aquellas rocas - señaló hacia un lugar tranquilo y medio apartado de la playa - ¿Nos reunimos con ellos? Tengo hambre y Donna Marina nos preparó una gran cesta de merienda para todos.

- ¡Genial!

Los tres jóvenes avanzaron por la playa de Ciudad Domino, donde se había llevado a cabo el Torneo de Verano de Duelo de Monstruos, cuya final habían acabado de presenciar, como invitados especiales de los organizadores. Después de todo, eran el Campeón y el... el... ¿que siempre estaba entre los primeros lugares? Tristán y Tea se habían anexado a la invitación pero la chica había declinado a favor de su papel de niñera. Por fin, llegaron a un pequeño remanso, casi escondido entre una formación de rocas altas. Trepar por ellas era un poco trabajoso, pero la discreta lengua de arena que se había formado frente al océano, junto con una especie de piscina de aguas lo suficientemente profundas como para ser divertidas, pero no tanto como para considerarse peligrosas, era un paraíso.

Tea estaba allí, tendida al sol sobre una toalla, con su traje de baño rosa fuerte de una sola pieza, que resaltaba muy bien su delgado y bien formado cuerpo. Tenía el cabello oculto bajo un pañuelo y un par de gafas de sol protegían sus ojos, que estaban concentrados en una de esas revistas para mujeres.

- Hola, chicos - saludó, sin levantar la vista - ¿Todo bien?

- De maravilla. Jörgen ganó el duelo, Joey y Yugi agregaron más medallas a su colección y yo conseguí el número de teléfono de tres nenas preciosas - fanfarroneó Tristán, sentándose junto a la joven - Y ahora, tenemos hambre. ¿Dónde está la comida?

Tea señaló hacia una gran cesta que estaba en la fresca sombra que proyectaba una de las rocas. El moreno la miró inquisitivamente, pero como la joven no hizo ademán de levantarse, no tuvo más opción que hacerlo él mismo.

- ¿Y Kit? - preguntó el rubio, inmediatamente - ¿Cómo se ha comportado?

- Joey, parece que fueras su padre. ¿Cómo quieres que se haya comportado? Como siempre...- rió la joven - Kit es la persona más dulce y tranquila que he conocido. Créeme, ese chico es un sol

- Hablas de él como si fuera un crío - bufó Tristán, arrastrando la cesta hacia ellos - Lo que es gracioso, si tienes en cuenta que tiene el físico de un macho potencial. ¿No será que por eso te gusta tanto estar con él? ¿Hacen "cositas" cuando están solos?

- ¡No seas grosero, Tristán! - protestó Tea, roja hasta las orejas y francamente molesta.

Joey frunció el entrecejo y dirigió sus ojos hacia donde estaba el castaño, sentado tranquilamente a la sombra de otra roca, abrazando sus rodillas y con su ausente mirada perdida en el mar azul que se extendía ante ellos. Oh, oh... Problema número cinco: ¡estaba sintiendo celos! ¡Y de Tea, nada más y nada menos! Cierto que la chica pasaba mucho tiempo con el castaño, que siempre buscaba la manera de quedarse con él, que siempre lo estaba tocando y probando cosas nuevas para ver si lograba hacerlo reaccionar y que... ¡Argh! ¿A poco Yugi también se tomaba demasiadas confianzas con el chico de los ojos azules? ¿Quién le había dado al enano permiso para acercarse a él, tocarle el hombro e instarlo a que se aproximara a ellos para acompañarlos en la merienda?

- ¡Yugi, déjalo en paz! - le gritó.

El pequeño se sobresaltó y retiró su mano del hombro del chico de cabellos castaños como si éste le quemara. Sus grandes ojos violetas se llenaron de lágrimas y Joey tuvo el fuerte impulso de pegarse a sí mismo. ¿Cómo podía haber pensado eso? ¡Yugi era el ser más inocente del mundo, por todos los cielos! El rubio miró el mar... ¡Qué ganas de meterse en el agua helada, así se le refrescaban un poco las ideas!

- Joey, acompáñame a comprar bebidas frescas - ordenó Tea, levantándose de la toalla - ¡Ahora!

El joven suspiró y, con las manos en los bolsillos de su corto pantalón café, siguió a la chica hacia el puesto de bebidas. Seguramente, había un sermón sobre la amistad en su futuro próximo.

Veinte minutos después y con las orejas tan calientes como si las hubiera puesto en una sartén, Joey hacía equilibrios con una bandeja alta llena de bebidas frescas, siguiendo a tropezones a Tea por la arena caliente de la playa, pues la chica le había endosado cómodamente toda la carga, parte por caballerosidad y parte en castigo por su comportamiento. Es que con la joven Gardner, juicio, sentencia y condena venían en el mismo paquete y sin posibilidades de escapar a ninguno de ellos.

- ¡Chicos, salgan del agua y vengan a comer! - gritó Tea, en cuanto ambos traspusieron las rocas.

"¿Chicos, salgan del agua?", repitió Joey mentalmente y dirigió su acaramelada mirada hacia el mar. Mala idea. Inmediatamente empezaron a temblarle los labios, las manos, la bandeja y... algo peor, porque por alguna humorada del destino, mientras él y la chica estaban buscando las bebidas, Yugi y Tristán habían convencido al chico de los ojos azules que los acompañara a refrescarse en el agua poco profunda. Claro, ellos podían estar fresquitos, pero al rubio se le estaban subiendo los calores y de una manera que ni se la esperaba.

La imagen era casi paradisíaca y al mismo tiempo tan arrebatadoramente... no encontraba la palabra exacta para describirla. Lo que había empezado como una despejada tarde de verano, se estaba empezando a cubrir de nubes que amenazaban tormenta, y el sol ocultándose ya tras ellas, lanzaba destellos magentas que pintaban de dorado, las grises formaciones. Pero no sólo eran las nubes... Todo el ambiente parecía embebido en una luz del color del fuego líquido, que casi hacía juego con los ojos de Joey y daba reflejos de oscuro caramelo al cabello castaño del joven que, en ese momento, salía del agua.

Como no tenía bañador, el chico se había metido al agua con el atuendo con el que había ido a la playa. Los pantalones cortos se le habían adherido a los muslos y la playera, también mojada por las olas, demarcaba la fina y estilizada figura, dejando poco librado a la imaginación... o mucho, dependiendo de cuán pervertida era la imaginación de quien observaba. ¿Cómo se verá un gato en el momento de salir del agua?, pensó Joey, sin darse cuenta que se había quedado con la boca abierta. No sabía por qué, pero su mente insistía en compararlo con un elegante felino.

Como percatándose de la intensa mirada dirigida hacia él, el joven levantó la cabeza. El azul del mar pareció hacer espejo del intenso color de sus ojos, dándole un profundo tono de zafiro a unas pupilas que, normalmente, eran más claras y vibrantes. Los delgados labios se curvaron en una leve sonrisa al ver la figura que lo esperaba en la playa y, en ese instante, el rubio se rindió.

¡Bienvenido al problema número seis, Joey Wheeler! ¿Cómo calmar el huracán de hormonas que corrían por su cuerpo?


A eso de medianoche estalló la tormenta. El viento fustigaba las paredes de los edificios como si éstos fueran delgado papel en lugar de recio cemento. Entre el restallar de los truenos, los relámpagos iluminaban la habitación.

Joey apartó a un lado las sábanas de su cama. Los pantaloncitos cortos que usaba para dormir parecían adherirse a su cuerpo, al igual que la playera sin mangas que, en ese momento, estaba asfixiándolo. Cada vez hacía más calor en ese cuarto. Estaba empezando a sudar. El rubio se quitó la playera y trató de ponerse cómodo, pero no pudo. Su inoportuna mente se llenaba de imágenes.

Todo había empezado en una noche como ésa. Recordó la primera vez que viera al chico de cabellos castaños, encogido en la basura como un gatito perdido y abandonado. Recordó la primera vez que los ojos azules perdieron su expresión ausente y se clavaron, diáfanos y brillantes en los suyos. Recordó la primera vez que una sonrisa suave se había insinuado en los labios delgados y que sólo, únicamente, estaba destinada a él. Recordó cada centímetro de la blanca piel que había visto desnuda alguna vez. Recordó cada gesto que hacía acelerar los latidos de su corazón.

Otro estallido de truenos hizo resonar las ventanas. Joey se levantó y se aproximó a la abertura, buscando alivio en el aire fresco que entraba a través de las hojas abiertas. Una pulsación en el cielo le hizo contemplar su propia imagen reflejada como en el vidrio. La luz plateada hacía más claro su cabello, más intenso el amelado tono de sus ojos, más dulces y aniñados sus definidos rasgos masculinos. La fina capa de sudor que cubría su cuerpo, lo hacía brillar como si cada músculo estuviera esculpido en el bronce más puro y fuera obra del más hábil artesano. Sibarítico. Contemplar con placer su propio cuerpo era sencillamente sibarítico. ¿Cómo sería compartir ese goce con alguien más? Se llevó una mano a sus labios y el leve roce de sus dedos le recordó aquel beso, la textura única de esa boca sobre la suya. Pasó la lengua por sobre sus labios, anhelando el sabor prohibido que había probado sólo una vez y que, de pronto, le parecía insuficiente.

Joey sacudió la cabeza para tratar de despejársela y el momento en que iba a cerrar la ventana, oyó que el suelo crujía detrás de él. En la penumbra, a través del reflejo del cristal, pudo observar movimiento en el rincón en el que dormía el chico de cabellos castaños. Se volvió, caminó hacia él para echarle un vistazo y se detuvo a pocos pasos.

- ¿Estás despierto? - preguntó, en un susurro.

El otro joven asintió. Joey se acercó más y un nuevo relámpago le permitió verlo, sentado, abrazando sus rodillas y con el rostro oculto entre los brazos.

- ¿Te despertó la tormenta?

El joven sacudió la cabeza, sin levantar el rostro y Joey se arrodilló junto al borde del futón, con el ceño fruncido.

- ¿Te sientes bien? - le preguntó, apartando suavemente los delgados brazos para obligarle a levantar la mirada.

El joven tembló y alzó el rostro para enfrentar a Joey. Una angustia sin nombre, un dolor impensado parecía condensarse en los charcos azules, inundados de lágrimas que resbalaban por las mejillas, tan pálidas como la más fina y frágil porcelana. El corazón de Joey se estremeció ante ese llanto silencioso.

- ¿Qué te pasa, gatito? ¿Tuviste una pesadilla? - le preguntó el rubio, enjugando las gotas cristalinas con sus dedos.

El otro joven sujetó esa mano para aferrarla entre las suyas. Joey lo atrajo hacia sí y lo estrechó entre sus brazos, como si fuera una criatura necesitada de consuelo. Pero lo que el chico de los ojos azules necesitaba no era consuelo. Se apretó contra él, hundiéndole el rostro en el torso desnudo. El rubio comprendió de inmediato.

- Estoy perdido - murmuró, como el nadador que se siente hundir por tercera vez y acepta que ya no puede luchar contra la corriente, sino que debe permitir que ésta le guíe, suave y tranquilamente hacia la seguridad de la playa.

Con suavidad lo apartó de sí y le acercó el rostro al suyo, buscándole los labios con desesperación. Le inclinó la cabeza hacia atrás mientras le separaba los labios, buscando la dulzura interior de la boca, tocándole la punta de su lengua con la de él. En sólo un momento, los delgados dedos del castaño se hundieron en su sedosa cabellera rubia y le atrajo más hacia él, hundiéndole más y más la lengua en la boca.

Joey reaccionó vigorosamente ante esa agresividad, succionándole los labios, mordiéndolos, poniéndolos entre sus dientes para pasar la lengua sobre la hinchazón. Invirtiendo los papeles, el castaño lo tomó de la barbilla para obligarlo a mirarle. Las brillantes pupilas azules parecían hipnotizarlo. ¿Hipnotizarlo? Nunca había estado más lúcido y consciente de sus actos.

- Eres mío, ¿lo sabes? - Joey llevó sus labios al cuello del otro joven - Yo te encontré y eres mío.

Joey se apartó a un lado y comenzó a pasar sus manos por los costados de las largas piernas del otro joven, sus dedos apretando los músculos firmes de la parte posterior de los muslos. El castaño soltó un gemido, con la cabeza echada hacia atrás y cayó sobre el futón, con la respiración agitada.

- Mi gatito... Mi dulce y precioso gatito- murmuró el rubio, moviendo nuevamente la cabeza para capturarle los labios y el beso se hizo más intenso cuando sus manos regresaron a las piernas del otro joven, acariciando la carne, explorando las curvas y contornos de su cuerpo.

Pero el chico de los ojos azules no se conformó con ser un participante pasivo y también comenzó a explorarle con las manos, tocando la piel enfebrecida del rubio con sus manos ardientes, inquisitivas. Los delgados dedos recorriendo sus músculos curvos y ondulantes lo excitaba más que en sus momentos de imaginación más desbocada.

Joey se inclinó, deslizando sus manos bajo la camisa que llevaba el otro joven. Su boca siguió a sus manos, odiando la tela que se interponía. Empezó a besarle el vientre, los brazos, el pecho, los hombros, para luego volver al cuello y reiniciar el trayecto con la lengua. Era como si las últimas semanas hubiera memorizado esa piel y ahora deseara probarla, lamerla, saborear su esencia hasta consumirla y consumirse en el caldo del placer. Las manos del castaño se quedaron quietas sobre su espalda mientras concentraba su atención en lo que el rubio estaba haciéndole con la boca.

Los labios de Joey tocaron la línea de piel que se perdía dentro de los bóxers y la respiración del castaño se aceleró, sus manos apretaron los músculos firmes y duros de la espalda. El rubio cambió ligeramente de posición para poder ir de abajo hacia arriba y a medida que sus labios se movían también lo hacía su mano derecha, subiendo la camisa hasta que ésta llegó al cuello del otro joven, mientras la izquierda hacía lo propio con los bóxers. Milagrosamente, los molestos trozos de tela desaparecieron, dejando la suave piel expuesta a la vista y al tacto de Joey.

Fue el turno de jadear para el rubio cuando esa piel desnuda tocó su cuerpo caliente y enfebrecido. El castaño deslizó un brazo alrededor de su cintura y lo arrastró hasta acostarlo sobre él. Y cuando la boca del joven abrió un surco ardiente en su pecho y tocó un pezón con la lengua, Joey se estremeció y se arqueó contra el cuerpo bajo él, golpeándolo con las caderas.

Un gruñido profundo y sensual surgió de la garganta del joven cuando sus dientes apretaron demasiado el pezón y Joey protestó, intentando alejarse de él. El chico de los ojos azules sonrió perversamente y lo atrajo nuevamente hacia sí. Con el mismo gesto atrapó un lóbulo de la oreja del rubio con los dientes y el aliento, dulce y caliente, pareció meterse por el oído de Joey y llegar directamente al centro de su ser.

El dulce gatito parecía haberse convertido en un feroz tigre y el rubio no iba a quedarse atrás. Joey empezó a deslizarse hacia abajo, besando todo lo que caía bajo su boca: el pecho, el vientre, hasta llegar a las caderas. Allí ocultó el rostro entre los muslos del otro joven y los sostuvo con las manos contra sus orejas. Éste no se movió, pero su piel cobraba más y más calor.

Ahora fue su turno de sonreír perversamente cuando llevó su boca al miembro del castaño, aprisionando el trozo de carne palpitante entre sus labios. Un gemido ahogado escapó del joven de los ojos azules y Joey vio cómo se mordía los labios, mientras sus manos aferraban las sábanas convulsivamente. El rubio trató de ir despacio, trató de recordar que el otro chico probablemente debía estar asustado, pero no pudo dominarse más, así como no habría podido detener un tren en marcha. Deseaba desesperadamente sentir esa turgencia suave y caliente, que recorría con sus labios y lengua, en el interior de su cuerpo.

Cuando retiró su boca, el castaño emitió un gemido, pero Joey le cubrió los labios con los suyos y éste, casi al borde de las lágrimas, se agarró más fuerte a él. Los pantaloncillos del rubio habían desaparecido en algún momento. Se posicionó de modo que su entrada tocara la masculinidad del otro joven y se dejó caer lenta, muy lentamente, poco a poco, centímetro a centímetro.

El jadeo del chico de los ojos azules fue claramente audible esta vez y su cuello se arqueó hacia atrás, pero su cuerpo se quedó muy quieto. Joey tampoco se movió por un momento, descansando, disfrutando de la plenitud que le llenaba, permitiendo que las sensaciones fluyeran de una piel a la otra. Finalmente, no pudo resistir más y empezó a moverse a un ritmo fluido, lento, rítmico, fácil, transportándose cada vez más alto en una sensación en la que se mezclaban el dolor y el placer.

Las manos del castaño se izaron hasta su pecho y bajaron lentamente, tocando cada rincón y cada hendidura hasta llegar al miembro del rubio, donde los dedos delgados, que no habían perdido nada de suavidad pese al trabajo en el restaurante, empezaron a estimularlo. Joey comenzó a moverse con más rapidez, adoptando un ritmo más acelerado, permitiendo que se hundiera cada vez más en él.

Una música blanca, intoxicante, explotó dentro de la mente del rubio y separó todo su ser, mientras su cuerpo temblaba y se agitaba, estremeciéndose hasta que toda su fuerza se transformó en gelatina. Terminaron juntos, en una satisfactoria explosión y Joey se derrumbó sobre el otro joven, sintiendo su piel ardiente, su respiración irregular. Tardó un rato en recuperarse.

- ¿Estás bien? - preguntó.

Lo sintió mover la cabeza afirmativamente bajo su pecho y sonrió.

- ¿Puedes respirar?

El chico de los ojos azules movió la cabeza en negativa. Joey rió entre dientes y se desplazó un poquito para permitirle respirar. Los cuerpos sudorosos permanecieron unidos. Afuera comenzó a llover.

Joey había sentido un poco de temor de mirarlo, miedo de lo que pudiera haber en los hermosos ojos azules, pero se echó hacia atrás para estudiarlo mejor. El cabello castaño le rodeaba el rostro suave, con mechones pegados a las mejillas por el sudor y las pupilas nubladas por los restos de la pasión compartida. Lo besó en la boca, suavemente, viendo cómo los párpados del otro joven se cerraban de cansancio. Sonrió con ternura, buscó a tientas la sábana para echarla sobre los cuerpos de ambos y se acomodó para dormir junto a él, con la cabeza apoyada en su pecho.

Milagrosamente, la media docena de problemas que lo habían preocupado durante todo día habían desaparecido.